Los pasos, algunos apresurados y otros tranquilos, de todos los viandantes hacían un eco ensordecedor que rebotaba en los edificios más altos para quedarse encerrado en aquel valle lleno de barcas pesqueras y nubes bajas.
Intentaba pensar en cómo organizar el resto de mi día, pero algo me lo impedía. Quizás fuese aquel sueño atrasado que me impedía dar toda mi energía en el trabajo, o quizás algo me estaba perturbando por dentro; aunque de todos modos, a aquellas horas lo último que me apetecía era pensar en posibles problemas, mi pobre cerebro aún estaba despertándose.
El cielo estaba gris, y una neblina espesa y húmeda se apoderaba de las calles como si se tratase de algún tipo de invasor sin escrúpulos. Aquel paisaje cotidiano, el cual parecía sacado de una película de los cincuenta en blanco y negro, estaba manchado por los paraguas de colores diversos que atravesaban en líneas verticales y horizontales las aceras que lindaban con las carreteras menos concurridas. No había mucho tráfico; al ser un lugar relativamente pequeño casi todos los ciudadanos acudían a pie a cualquier sitio.
A medida que avanzaba, podía observar como algunos locales comenzaban a abrir sus puertas, a colocar sus escaparates con nuevos productos o a encender las luces de su interior. A la vuelta de la esquina estaba la panadería del señor Tomoe, un amable anciano que, al parecer, llevaba toda su vida levantándose a las cuatro de la madrugada para preparar las barras de pan y los bollos que vendería ese mismo día recién hechos. Me asombraba la fuerza de voluntad que debía de tener para abandonar la cama en las mejores horas de sueño, y aún más que llevase tantos años, y me atrevería a decir tantas décadas, siguiendo la misma rutina infernal. El señor Tomoe resultaba ser una persona muy agradable con la que se podía mantener una conversación entretenida, inteligente y entrañable. Me solía contar muchas cosas sobre su juventud cuando pasaba por allí a comprar algo para el almuerzo o para picar a cualquier hora del día que me pillase en el trabajo, ya que estaba a penas a unos doscientos metros de mi oficina.
El señor Tomoe me saludó desde la trastienda de su modesta panadería, a lo que yo sonreí para posteriormente devolverle el saludo. Era algo entrañable y parte de la rutina diaria: abría la panadería, preparaba la masa de harina de trigo, y me saludaba.
Los charcos de agua grisácea cubrían las aceras y las modestas carreteras, mientras el ruido de motores poniéndose en marcha, junto con el de neumáticos de goma rozando estrepitosamente contra el asfalto, en sintonía unos con otros, daban más tranquilidad al ambiente de la que había hasta entonces. Los colores verdes, rojos y amarillos de los semáforos se veían reflejados con mucha nitidez en aquellos charcos, y anonadada contando los segundos que transcurrían entre cada cambio de color, caminé sin darme cuenta hasta llegar a mi oficina.
Era un gran edificio con enormes cristaleras que hacían a su vez de paredes y ventanas. En realidad, no era un edificio tan imponente, pero en la pequeña ciudad de Karatsu sobresalía fácilmente.
Las puertas de entrada principales estaban construidas en un doble cristal muy grueso y resistente cuyo centro estaba tapado por una franja de color azul opaco, que permitía pasar la luz, aunque impedía a su vez distinguir ninguna forma. Por encima y por debajo de esa franja se podía vislumbrar el hall o sala principal de las oficinas, en la que se encontraban (entre otras varias cosas) la mesa de recepción, las secretarias de atención al cliente, un dispensador de agua mineral, varios carteles señalizando la puerta, planta y gerente de cada despacho y los limpiadores, o al menos aquellos que tenían el turno de mañanas.
Mientras plegaba mi modesto paraguas, echaba una ojeada por encima de aquella franja azul opaca que tenía la puerta, comprobando si los trabajadores y oficinistas con los que necesitaba hablar estaban de paso por el hall o si en cambio, debería ir a buscarles a sus respectivos despachos o, por otra parte, apuntarles como "enfermos" o "de baja" en el supuesto caso de que alguno no se hubiese presentado aquella mañana.
Abrí la puerta, con la intención de seguir sintiendo aquella tranquilidad que me daba el sonido de la lluvia al caer como miles y millones de diminutos disparos de flechas en una llanura gris y solitaria; pero al hacerlo, la tranquilidad se disipó entre las distintas voces, llamadas telefónicas, pasos apresurados, y aquel sonido tan característico que hacía la impresora cuando tenía que imprimir una imagen de gran formato.
"¡Ohaiyou gozaimasu, Ohara-san!" Dijo de repente una potente voz femenina.
"Oh, buenos días, Dia-san. Ya sabes que te he dicho cientos de veces que me puedes llamar por mi nombre". Respondí con una sonrisa.
Dia Kurosawa. Asesora principal, mi secretaria personal y una gran amiga, a decir verdad.
La conocí pocas semanas después de haber encontrado un piso de alquiler en Karatsu y haber comenzado con las preparaciones para continuar la gran empresa de mi padre. Todo comenzó una tarde en la que fui a hablar con unos arquitectos que me ayudarían a organizar un plan de remodelación y ampliación del edificio que, meses después, sería el continente de las oficinas en las que trabajaríamos ambas. Hacía calor, pues la primavera había empezado hacía poco tiempo, y las calles estaban llenas de personas que habían salido de sus casas para aprovechar al máximo aquel hermoso día. Puedo recordar incluso mi atuendo: unas sandalias blancas con hebillas de cinturón plateadas, un pantalón corto de tela vaquera que, aunque desgastado, era una prenda que irradiaba comodidad y frescura, todo ello con una camiseta básica blanca también, que acababa amenizada por una larga chaqueta de tela, la cual llegaba hasta mis rodillas, de color carmesí. Era un conjunto muy propio de la primavera, y recuerdo también haber salido corriendo de la sala de obras de los arquitectos en cuestión, llena de emoción y cargada con un montón de planos enrollados en forma de tubo, en dirección a mi casa para poder enviarlos por fax.
Como dije antes, hacía calor, y cuándo eso sucede, suele formarse en el suelo por el que caminamos una ilusión óptica semejante a un pequeño charco horizontal que vibra y refleja a su vez, el cielo que hay sobre él. Es una imagen muy característica, típica de películas del oeste o de aquellas en las que se proyecta un desierto abrasador, aunque en realidad sucede constantemente cuando el sol es claro y las temperaturas considerablemente altas; este suceso se aprecia muy bien en carreteras largas, o autovías.
Dicho fenómeno me produjo un enorme mareo, e hizo que mi vista se volviera borrosa y todo lo que me rodeaba, confuso a más no poder. Las personas que caminaban en dirección contraria a mí chocaron conmigo, debido a mi pérdida de equilibrio momentánea. Un par de mis planos se cayeron a la acera, a cámara lenta. O al menos, así lo vi yo. En ese momento, todo parecía ir a un ritmo mucho más lento. La gente que caminaba, los coches que pasaban por la carretera, las nubes, los pájaros. De hecho, incluso mi caída pareció lenta. Podía ver el horizonte, el cielo con su cálido tono anaranjado, los edificios, las sombras que éstos creaban, y finalmente el suelo , aunque un segundo después todo se volvió negro.
Cuando desperté, en vez de las calurosas calles repletas de gente y el sonido del tráfico por las autovías, a mi alrededor tan sólo había una pared blanca, una ventana abierta y el ruido de suaves voces conversando y personas caminando por largos pasillos. Al parecer, debía estar en un hospital.
Supuse al instante que me habría desmayado, por el calor o por cualquier otra cosa, pero lo extraño era que hubiese aparecido en el hospital por arte de magia. Alguien debería de haberme recogido y llevado hasta allí, pero el interrogante de esa cuestión me persiguió interiormente hasta que un médico, un hombre joven, de unos 32 o 33 años, entró en la sala.
"¿Cómo te encuentras?" Me preguntó, con las manos en los bolsillos de su bata blanca, la cual estaba un poco arrugada.
"Bien. Gracias." Respondí, mientras me incorporaba en la camilla. "Por cierto, ¿cómo he llegado aquí? No recuerdo absolutamente nada."
"Ha sufrido un síncope reflejo o neuromediado. No se alarme, aunque suene potencialmente peligroso simplemente se trata de un desmayo, debido posiblemente a una alta temperatura corporal o un movimiento muy rápido. Posiblemente a una combinación de ambos, correr con este calor no es bueno, y menos con una chaqueta como la que usted lleva." Comentó el médico mientras revisaba un papel que había colgado a los pies de mi camilla. "Por lo que puedo leer aquí, al parecer una joven llamada Dia Kurosawa la vio caer al suelo en plena calle y la trajo en su propio coche, ya que no veo apuntado ningún traslado en ambulancia. ¿Es alguna conocida suya?"
Me quedé bastante asombrada ante la idea de que una completa desconocida tuviese tan buen corazón y tan buena fe como para recoger a otra desconocida en apuros y ayudarla sin ánimo de lucro. No creí posible que el ser humano del siglo XXI fuese capaz de tal proeza.
"No sé quién es. No había oído ese nombre en mi vida."
"Bueno, en ese caso debería darle usted las gracias. No hay muchas personas así hoy en día, y la verdad es que si hubiese tardado más en llegar al hospital quizás su estado de salud se hubiese agravado considerablemente." Tras decir eso, volvió a guardar las manos en sus bolsillos y sonrió, mirando por la ventana. "Ya han pasado un par de horas desde que llegó aquí; de hecho, ha oscurecido. Si se da prisa, igual puede encontrarla."
No esperé a que me lo repitiese dos veces. Me levanté de la camilla, le di las gracias y recogí mis planos, que estaban en la mesilla de al lado. Bajé por las escaleras lo más aprisa que pude, evitando correr por si me volvía a pasar algo semejante a lo anterior. Era de noche, así que no me pareció muy prudente salir a buscar a esa chica por las calles, por tanto me fui a casa en taxi.
En cuanto llegué, encendí mi ordenador y me puse a buscar toda la información posible en referencia a ese nombre. Dia Kurosawa. ¿Quién era esa muchacha?
Mientras me perdí a mí misma absorta en mis propios pensamientos, miré a los planos, que reposaban unos sobre otros encima de mi escritorio. Había cuatro.
Un momento. Juraría que aquella misma tarde, cuando iba por la calle, antes de que sucediese todo eso, portaba conmigo cinco. Cinco planos. No cuatro. Faltaba uno.
Dia Kurosawa… ¿Tienes tú mi último plano?
Entonces, ya tenía más de una razón para buscarla y encontrarla. No podía dormir, así que pasé gran parte de la noche buscándola por los lugares más remotos de Internet, hasta que encontré algo que parecía sumamente relevante. Una dirección que respondía al nombre de "domicilio actual de Dia Kurosawa", en una página web similar a un registro del censo de la ciudad de Karatsu.
En ese momento, tuve varios sentimientos encontrados, cada cual de ellos luchando por hacerse con el lugar más alto y glorioso en mi escala única y personal de emociones. Tenía miedo, ya que no conocía a esa persona; no sabía cómo podía ser, si era un fraude, o si todo esto formaba parte de un maquiavélico plan para violarme y despedazarme en mil diminutos trozos.
Por otra parte, estaba muy emocionada. Sumamente emocionada. Emocionada toda mi plenitud. No sabía por qué, la verdad es que un desmayo tampoco era un acontecimiento tan maravilloso, ni grave. No creía que mi vida dependiese de ello, tampoco hacía tanto calor aquella tarde. Y, supongo, que visto de una forma ética o moral, todo el mundo debería ayudar a una persona si está en su mano; aunque, desgraciadamente, eso no es lo que sucede comúnmente.
Visto de otra manera, también estaba preocupada. Quizás todo había sido una equivocación, y aquella persona del censo que respondía al mismo nombre que el médico me había mencionado era otra mujer completamente diferente; pero que, por casualidad, tenía el mismo nombre y apellido. Todo podía pasar, había mil posibles desencadenantes de aquella historieta. Pero, de todos modos, necesitaba encontrarla, para darle las gracias.
Y, también, para encontrar el plano que me faltaba. Quizás lo tuviese esa misma persona, o quizás se hubiese perdido en mitad de todo el trasiego. Pero, probablemente, ella supiera algo; o por lo menos algo más de lo que yo misma sabía.
A la mañana siguiente, después de despertarme y tomar un café con hielo, me vestí con la intención de encontrarla. Antes de salir de mi apartamento, cogí el pequeño papel en el que había escrito su dirección la noche anterior. Curiosamente, parecía vivir en una calle muy apartada, cuyo nombre no había escuchado nunca, incluso después de haber estado viviendo en Karatsu un par de meses, y haber caminado a través de sus grises calles varias veces más.
Para mi alivio, aquella mañana de primavera la ciudad de Karatsu había amanecido sumida en una ligera neblina muy propia de una modesta villa pesquera. Se olía la característica fragancia de los marineros; salitre, pescado y humedad. Pero, pese a ello, no era un olor desagradable en absoluto. No hacía frío, pero tampoco calor. Había muy pocos transeúntes recorriendo las aceras, aunque en cambio, sí que había aumentado el número de vehículos con respecto a la tarde anterior.
Fui a la parada de autobús más cercana, y al llegar, busqué la línea correspondiente a la calle que buscaba. No solía coger el autobús, pero aquella dirección estaba considerablemente lejos de mi casa, no estaba muy segura de saber llegar por mí misma. De todos modos, yo siempre había apoyado en gran medida cualquier tipo de servicio público, así que no me molestaba.
Mientras el autobús recorría las vacías carreteras, no paraba de pensar en cómo sería ella. Tenía una curiosidad aplastante, y no podía reprimir mis inagotables ganas de agradecerle su buen acto. Bueno, y por supuesto de preguntarle por mi plano.
A los veinte minutos, el autobús frenó en una parada que, según el mapa que mostraban algunos dibujos que había en el interior del mismo, debía de ser la mía. Bajé con toda la calma que pude, y caminé un par de manzanas más hasta que divisé al final de la calle un par de casas tradicionales japonesas.
Aquella zona, más alejada y rural que donde yo tenía mi apartamento, estaba mucho más silenciosa y poco contaminada que el resto de la ciudad. En vez de coches, abundaban las bicicletas, y había más vegetación; árboles, arbustos e incluso jardines. Se podía escuchar a la perfección el graznar de las gaviotas que sobrevolaban el vecindario en curiosas formaciones similares a "V" gigantescas y perfectamente dibujadas. El olor también era más tenue.
La segunda casa, toda ella de madera con puertas correderas y un hermoso jardín en la parte delantera, parecía ser la que estaba buscando. Tenía un bonito número 12 forjado en hierro justo en uno de los muros que protegían el jardín. Inspiré, y sin pensármelo dos veces, entre para picar el timbre.
Riiiiiing.
Pasaron unos segundos. No se oía absolutamente nada. Quizás me había confundido de casa. O quizás no había nadie en casa. Quizás estaba abandonada. Quizás todo había sido imaginación mía. Quizás, entonces, no me había desmayado nunca, y ninguna chica por ende me había recogido. Quizás todo era una enorme imaginación: mi vida, mi carrera, Karatsu, el desmayo, el hospital… O quizás era una conspiración de una mafia que buscaba violarme y desped-
"Perdona, ¿necesitas algo?"
Antes de poder darme cuenta, estaba parada como una idiota (pensando en mil posibles explicaciones a los segundos de silencio que pasaron después de tocar el timbre) ante una joven muchacha de pelo negro y flequillo recto, ojos verdes y un bonito lunar bajo los labios. Por su expresión de confusión, supuse que había abierto la puerta y también esperado un rato a que yo saliese de mi sucesión completamente irrelevante de pensamientos.
"Oh, sí, lo siento. Buenos días, estoy buscando a Dia Kurosawa. ¿Vive aquí?" Dije, intentando olvidarme de mi previa metida de pata.
La chica abrió un poco más la puerta, y me empezó a prestar más atención, cambiando su gesto de confusión por uno de interés.
"Sí, soy yo."
"Oh, bueno, en ese caso… Muchísimas gracias. No sé si te acordarás de mi cara, pero ayer me llevaste al hospital, o eso es lo que me han dicho allí."
Sonrió, y antes de responderme, me hizo un gesto con la mano para que entrase en su casa. Entré, agradecida por su hospitalidad, y me ofreció asiento en un cojín, típico asiento de mesas japonesas tradicionales. Había una tetera, y un vaso sobre ella, con té verde. Dia fue a por otro vaso a la cocina, y al regresar se sentó en otro cojín, justo en frente de mí.
"No pensé que nadie vendría a darme las gracias. Simplemente pensaba que era lo correcto." Comentó, mientras abrazaba con ambas manos su taza de té, y miraba su propio reflejo en éste. Podía intuirse una leve sonrisa en sus labios, y una mirada tierna en sus bellos ojos.
"Pues tengo que darte las gracias. De verdad. Estaba convencida de que actos así eran casi imposibles de encontrar, pensaba que ya no existía gente buena en el mundo. ¡Ni que decir de en esta misma ciudad!" Respondí, riendo ante esto último.
Ella también se rió, aunque parecía bastante tímida, pero no por ello menos firme.
"Espero que te hayas recuperado. Ver a una persona inconsciente en mitad de la calle es bastante impresionante, en el mal sentido. Podrías haber estado muerta. Lo peor fue que, al parecer, fui la única que se preocupó de que hubiese una persona muerta en medio de la acera." Dijo con sinceridad, frunciendo el ceño.
"Según los médicos tan sólo fue un desmayo, nada más grave que eso." Respondí, aunque sentía la sensación de querer decirle muchas otras cosas. Pese a ello, no estaba muy segura de qué debía o no decir.
Entonces, me acordé.
"P-Por cierto, sé que es muy repentino, no nos conocemos de nada y todo eso, pero… ¿por casualidad has visto un plano que llevaba conmigo ayer? En realidad llevaba cinco, pero se vé que junto conmigo misma, sólo llevaste cuatro planos al hospital." Me sentí un poco aprovechada por ir tan directa al grano.
Dia se sonrojó, y empezó a juntar los dedos de una mano con los de la otra, en señal de nerviosismo. Comenzó a mirar a la mesa, sin levantar la mirada. De pronto, se levantó y salió de la sala. Por un momento, pensé que debía levantarme y seguirla, preguntarle otra vez o incluso marcharme. Pero me pareció más sensato aguardar sentada, y esperar a ver qué iba a suceder después.
Un par de minutos después, entró de nuevo en la sala, portando en sus manos el plano que me faltaba; el quinto plano.
No dijo nada, simplemente se arrodilló en el suelo y abrió el mapa a mi lado. Era muy grande, y no entraba encima de la mesa. Me giré hacia ella para observar con atención lo que estaba haciendo. Parecía querer mostrarme algo más que la evidencia de que ella se había llevado mi plano intencionadamente.
Al extenderlo sobe la alfombra que tapizaba el suelo de madera de roble, me fijé especialmente en el conjunto general de los dibujos. Efectivamente, ese era el plano que me faltaba. Aunque había ciertos detalles que no me encajaban del todo. Cuando me di cuenta, pude advertir que había nuevas cuentas y trazos escritos con un bolígrafo de color azul, y un tamaño menor.
"Perdón, sé que no debería haberte quitado el croquis pero planeaba devolvértelo en cuanto terminase..." Dijo esto evitando mirarme a los ojos, siguiendo las líneas de los dibujos con mucha atención. "Verás, soy arquitecta, bueno; en realidad diría que soy una arquitecta pragmática: me preocupa mucho la viabilidad, y optimizar los recursos así como la edificación responsable con el medio ambiente. Cuando te vi en el suelo y te llevé a mi coche, eché un vistazo a los planos que llevabas contigo, y me di cuenta de que había cosas que podían hacerse mejor, siendo más consciente del impacto que puede causar en una ciudad como esta, y conociendo los recursos más accesibles de esta sociedad. Sé que estoy sonando un poco ególatra, pero creo que un trabajo bien hecho puede ahorrar muchos disgustos. Al fin y al cabo, yo también vivo en Karatsu."
Me quedé bastante sorprendida al escucharla decir eso. No tenía ni idea que detrás de todo esto podía haber una causa tan… responsable. No estaba muy segura de qué decir, ya que de todo lo que me podría haber imaginado, eso no estaba en la lista de "probables explicaciones". Entonces, sonreí cautivada por aquella manera de actuar, y le tendí la mano con una resplandeciente expresión de confianza.
"¿Te gustaría trabajar para mí, Dia Kurosawa-san?"
Me miró perpleja, esta vez sin ningún tipo de timidez visible en sus pupilas. Entonces, sonrió.
"Por supuesto, Aunque no tengo ni la menor idea de cuál es tu nombre."
"Mari Ohara. Ese es mi nombre." Sonreí.
A/N: ¡Hola de nuevo, he regresado!
Ha pasado más de un año desde el primer capítulo de esta historia (espero que no me matéis, pero entre exámenes y demás, no tengo tiempo para nada). Espero que sigáis leyendo mis historias, y que seáis conscientes de que para mí, vuestros cometarios son muy importantes, así como vuestros "favorito", vuestros "siguiendo" o vuestras visitas; si escribís supongo que podréis entender a que me refiero, aunque me gustaría recalcar que me apasiona escribir. Es mi pasión. Y por ello vosotros, sois una parte fundamental de ello.
Bueno, esta revelación de "necesito seguir escribiendo" ha surgido por un comentario de un anónimo que respondía al nombre de Paula, y que, gracias a ti, Paula, me he dado cuenta de que alguna persona de este mundo, aunque sea una, sigue disfrutando de lo que yo escribo. Así que, gracias. He vuelto.
