Capítulo 2

Tu mejor amigo gay

Harry no tenía idea de dónde se hospedaba Malfoy. Así que, para poder hablar con él, tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para interceptarlo a las puertas de la Academia. Malfoy llegó y pasó junto a Harry sin mirarlo; éste no sabía si realmente no lo había reconocido o simplemente estaba fastidiando.

—¡Malfoy! —le gritó y corrió hasta ponerse enfrente de él, estorbándole el paso. No se atrevió a sujetarlo de ningún lado: ahora le sería difícil olvidar que había sido la aparente fobia de Malfoy a ser tocado por él lo que los había puesto en esa situación.

Malfoy lo miró de arriba abajo y sonrió burlesco.

—Oh. Hola, Harriet. Veo que nada te ha funcionado. ¿Resignado ya al cambio permanente?

Harry apretó los labios y contó hasta mil. Aquella mañana vestía una sudadera vieja y ancha y los jeans más holgados que había encontrado en su guardarropa porque, aunque había adelgazado de la cintura y de las piernas, la circunferencia de su cadera había aumentado notablemente. Intentaba disimular lo más que podía el cuerpo femenino que ahora poseía. Por otra parte (y sólo porque resultaba sumamente incómodo no traer uno), se había colocado un sostén que Calliope le había conseguido prestado de otra de sus compañeras. Harry había demorado horas en colocarse la prenda endiablada y aún en ese momento se sonrojaba de la rabia y el bochorno que le provocaba recordar que traía uno puesto. El cabello se lo había sujetado de cualquier manera sobre la nuca sólo para no traerlo suelto. La noche anterior, antes de irse a la cama y completamente desesperado, había cogido unas tijeras y se lo había cortado hasta más o menos dejárselo como lo había tenido antes de la maldición, sólo para levantarse al día siguiente y descubrir que el endemoniado pelo le había crecido otra vez. Harry se había dado de cabezazos contra el espejo de su baño; parecía que ese extraño encantamiento que hacía que su cabello siempre estuviera en la misma longitud y que tanto había agradecido de niño, seguía funcionando ahora que era mujer.

Después de haber pasado una tarde y una noche de pesadilla donde Calliope y él intentaron todo y hablaron con todo el mundo para al final no conseguir nada, de lo que menos tenía ganas era de aguantar las pullas de Malfoy. Si no hubiese sido porque necesitaba su ayuda…

—Me urge hablar contigo —le susurró—. ¿Podemos salir al jardín para hacerlo en privado?

Ahí, en medio del corredor principal de la Academia donde estaban parados justo a la hora de entrada a clases, Harry se sentía horriblemente expuesto. Todos los que pasaban le dedicaba miradas curiosas: Harry no estaba seguro si era porque se veía como la mujer más mamarracho del mundo o porque lo reconocían como alguien que había sido hombre apenas el día anterior.

—Lo siento, Hattie, pero por si no te ha quedado claro lo que "ser gay" significa, te recordaré que las mujeres no son mi tipo —se burló Malfoy mientras lo miraba arrugando la nariz con asco—. Si te han invadido ciertas urgencias, te recomiendo que te busques un…

Se interrumpió porque Harry sacó su varita y le apuntó, escondiéndola a un costado de modo que nadie más pudiera ver lo que estaba haciendo. Malfoy frunció el entrecejo y lo miró con los ojos resplandeciendo furia.

—¿Es en serio, Potter? —siseó.

—¡Es más serio de lo que crees, Malfoy! —masculló Harry, intentando con todas sus fuerzas no gritar para no llamar la atención de los alumnos que seguían entrando—. Ayer, Calliope y yo intentamos todo y al final tuvimos que buscar entre los locales de la aldea por información. Encontramos un anciano maorí que nos escribió la contramaldición en este papel —dijo y estampó en el pecho de Malfoy un pedazo de pergamino—. Está en maorí y ni Calliope ni yo lo entendemos. Así que decidimos que tenías que ayudarme.

—¿Yo? —preguntó Malfoy abriendo los ojos y tomando el papel que Harry le había dado.

—Sí, tú —continuó Harry con voz peligrosa. Estaba tan enojado que no comprendía cómo se estaba controlando; estaba seguro de que Malfoy también lo percibía y tal vez por eso era que estaba ahí parado escuchándolo—. Vas a traducirlo para mí y luego vas a ayudarme a librarme de esto. Porque si no, voy a presentar cargos de intento de asesinato en contra tuya. Calliope ha accedido a ser mi testigo.

—¿QUÉ? Maldición, Potter, ¿de qué demonios estás hablando? ¡Tú sabes que mi intención no era matarte!

—¿Quién me asegura que no? Justo un momento antes estuviste a punto de arrojarme a otra poza cuyo contenido de arsénico sí me habría matado. Calliope y yo aseguraremos que ésa era tu meta. Si no conseguimos fastidiarte lo suficiente por la vía legal, al menos sé que el escándalo bastará para conseguir tu expulsión de la Academia.

Malfoy lo miró boquiabierto y Harry sintió una enorme satisfacción por eso. No era fácil conseguir que Draco Malfoy te mirara con semejante cara de pasmo.

—Eres increíble, Potter —susurró y meneó la cabeza—. Bajo y ruin. No pareces un Gryffindor.

—No, Malfoy, parezco un hombre desesperado por regresar a su sexo habitual y nada más, muchas gracias. Así que, ¡lee! —le ordenó apuntando con su varita hacia el papel.

Malfoy lo miró con gran odio durante unos segundos. Finalmente pareció aceptar su destino, suspiró con gran dramatismo y procedió a obedecer.

—Dice: Mahi kore kua mahi aha te reira a koutou ki te wai a ake ake i pai a koutou, ki te kahore i koe te okotah —leyó y se quedó callado.

Harry puso los ojos en blanco.

—Malfoy, te lo advierto…

—¡Está bien, está bien! Espera. Es que está un poco confuso. Es casi como un trabalenguas. Quiere decir… "Hacer lo que nunca has hecho… con quien nunca lo haría si no fueras tú la excepción". ¿Qué? —Malfoy giró el papel como si al reverso fuera a encontrar la respuesta—. ¿Qué mierda es esto, Potter? ¿Estás seguro de que está bien redactado?

—¡¿Cómo voy a estar seguro de tal cosa, Malfoy, por Dios?! —exclamó Harry comenzando a perder los estribos. Afortunadamente ya era un poco tarde y no había tantos alumnos a su alrededor—. Fuimos con el anciano más anciano de la aldea y de quien todos nos habían dado excelentes referencias. Nos dijeron que si había alguien que sabía del asunto, era él y nada más él.

Malfoy arqueó las cejas. Parecía estar estudiando las palabras de la contramaldición. Sacó una pluma de su elegante bolso de piel y anotó la traducción al otro lado del pergamino.

—Así no la olvidarás —le dijo a Harry y le regresó el papel—. Ya que tu novia parece tan dispuesta a ayudarte, supongo que no me necesitas más. Así que…

Hizo el amago de avanzar, pero Harry le bloqueó el paso otra vez.

—Ah no, Malfoy. No vas a ningún lado. Calliope ya hizo bastante por mí, saltándose todas las clases de ayer para ayudarme a encontrar la contramaldición.

"Y consiguiéndome un sostén para estas malditas bolas que me brotaron del pecho", pensó y se sonrojó un poco. Quien no tuviera senos de talla grande no podría comprender el alivio que se sentía tenerlos bien sujetos bajo la prenda.

—Así que el día de hoy —continuó Harry— he decidido que seas tú quien me ayude. ¡Me lo debes, Malfoy! Después de todo, estoy así por tu culpa. Es eso o… ya sabes. Me iré ahora mismo a la oficina del director a acusarte.

En el fondo Harry no estaba tan dispuesto a hacer tal cosa (porque además era evidenciarse a él mismo que se había metido a las termas sin permiso), así que su única esperanza era que Malfoy se asustara lo suficiente y accediera a ayudarlo sin tener que llegar a más. Malfoy observó a Harry a la cara durante unos segundos; parecía estar sopesando las alternativas.

—De acuerdo —dijo, arrastrando las palabras con lentitud—. Pero con una condición. Si consigo ayudarte a liberarte de eso, dejarás el dormitorio del campus para mí.

Harry suspiró con alivio.

—El dormitorio del campus, mi escoba, mi varita… bueno, no tanto, pero está bien. ¡Lo que sea! Gracias, Malfoy —se le salió sin pensar y hasta que hubo dicho todo eso se percató de que tal vez no era buena idea demostrarle a Malfoy que estaba así de agradecido. Sin embargo, Malfoy no dijo nada y Harry lo tomó como buena señal—. Entonces, ¿qué crees que signifique esto? —preguntó y levantó el papel que tenía en la mano.

Malfoy se lo arrebató y releyó la traducción que él mismo había escrito. Harry aprovechó para guardar su varita en el bolsillo de sus jeans.

—"Hacer lo que nunca has hecho con quien nunca lo haría si no fueras tú la excepción". Mmm.

—De acuerdo —dijo Harry, pensando con rapidez—. Tengo que hacer algo que jamás hubiese hecho antes con alguien que tampoco lo haya hecho. No es tan difícil, ¿no?

—Al contrario. Yo más bien diría que no es tan sencillo. Hay una trampa aquí: dice que la otra persona no haría tal cosa al menos que lo esté haciendo sólo porque tú eres la excepción. —Soltó una risita y levantó la mirada—. Se me ocurre que puedo matarte, Potter. Después de todo, no soy un asesino pero por ti haría gustosamente la excepción.

—Jaja, qué gracioso —dijo Harry irónicamente—. Para empezar, ya me han matado antes, ¿lo olvidas? Así que eso no sería algo que yo no hubiese hecho nunca.

Malfoy pareció decepcionado.

—Tienes razón. Qué pena. Entonces, piensa en cualquier cosa que no hayas hecho, no creo que sea tan duro —dijo Malfoy—. Es imposible que hayas hecho ya todo lo que se puede hacer en la vida. —Le entregó el papel a Harry y miró su reloj de pulsera—. Te dejo, Potter. Ya voy tarde para mi primera clase.

—¿Qué? ¡Claro que no vas a ningún lado! Vas a ayudarme y lo vas a hacer ahora mismo. Dime tú alguna actividad que no harías al menos que fuera conmigo.

Malfoy se turbó un poco ante lo dicho por Harry, pero fue una expresión que sólo le duró unos pocos segundos.

—Yo no haría nada contigo, Potter. A no ser, como te dije antes, asesinarte dolorosamente.

—Eso dejó de ser gracioso hace tres días, Malfoy. Piensa en otra cosa.

—¡No se me ocurre ninguna otra cosa! ¿Qué crees, que ando por la vida pensando en ti y haciendo listas mentales de lo que haría contigo y sólo contigo?

Malfoy dijo eso en su habitual tono sarcástico y arrastrado, pero Harry podía jurar que se había sonrojado levemente al terminar su diatriba y que además ponía gesto culpable. Harry lo miró con el ceño fruncido y Malfoy, quien pareció darse cuenta, añadió rápidamente:

—Tengo una idea, Enriqueta —dijo y tomó del brazo a Harry. Lo arrastró rumbo al sendero principal del bosque, dejando la Academia atrás—. Me invitarás a almorzar en el pueblo y mientras comemos pensaré en algo que podamos hacer para romper tu maldición, ¿te parece? Además, necesitamos ir de compras. Si voy a andar paseándome por Rotorua con una chica, ésta tiene que tener estilo y sofisticación sino mi reputación de fashionista se irá a pique.

—¡Malfoy, no voy a gastar galeones en comprarme ropa que usaré una sola vez!

Malfoy se detuvo y lo miró a los ojos.

—¿Quieres mi ayuda o no? —le preguntó y Harry asintió lastimosamente—. Entonces, ropa decente. Si cuando eres hombre te ves como esperpento con estos… andrajos, como mujer no quiero ni comenzar a decirte lo que pareces —dijo y lo miró con asco antes de comenzar a caminar otra vez—. Espero que traigas contigo dinero muggle, porque con ellos es a donde voy a llevarte a comprar.

Harry gimió al pensar en lo que le costaría ser "la amiga" de Malfoy, y tan asombrado iba por la disposición de éste por ayudarle que se olvidó fijarse en el detalle que Malfoy lo llevaba caminando tomado del brazo.


Haciendo un recuento de los hechos varias horas después, Harry se encontraba más que sorprendido. Malfoy, por alguna razón misteriosa, se estaba portando amable con él. Lo llevó a la parte muggle de Rotorua en la cual Harry no había estado, principalmente porque estaba muy alejada de la Academia y para llegar ahí había que caminar hasta salir del bosque y luego, ya al borde de la autopista, tomar un autobús.

Harry no se sintió particularmente impresionado por el pueblo: Rotorua era más bien simplón y normal. Las calles eran anchas y nuevas, y los edificios, modernos y amplios. Era como si en Nueva Zelanda lo que sobrara fuera espacio: las casas y sus jardines se extendían innecesariamente hacia todos lados. Lo que le pareció curioso fue la amalgama de la población: muchos maoríes de piel oscura y pocos blancos habitando entre ellos, coexistiendo todos muy felizmente. Harry sabía que ahí en Rotorua el grueso de los habitantes de la zona (tanto muggles como magos) estaba compuesto por maoríes, gran diferencia a otras ciudades más grandes de Nueva Zelanda cuya mayoría era la gente rubia de origen europeo.

Una vez en la zona central de Rotorua, Malfoy arrastró a Harry a las tiendas más costosas del lugar. Lo obligó a comprarse un outfit completo de la cabeza a los pies: ropa interior nueva (¿Un sostén prestado? Ugh, Potter, ¿qué es lo que está mal contigo? La ropa interior no se presta), una blusa blanca de lino con botones de perla, jeans ajustados (¿Te fijas la diferencia? Con éstos hasta pareces tener buen trasero), botas (de acuerdo, sin tacón. Pero te pierdes centímetros de más y sofisticación) y un hermoso suéter de color verde olivo que, le dijo Malfoy, se le veía maravilloso en contraste con su piel blanca, cabello negro y ojos verdes.

Cuando Harry escuchó eso y se giró a ver a Malfoy (tan rápido que casi se le cae la cabeza), Malfoy ya no estaba a la vista. Aparentemente había ido a buscar alguna otra cosa costosa qué obligarlo a comprar. Harry, ya vestido con aquellas prendas, se dirigió hacia la caja a pagar y no volvió a encontrarse con Malfoy hasta que ambos estuvieron fuera de la boutique.

—Ahora seguramente querrás llevarme al salón de belleza a que me peinen, ¿no? —comentó Harry con voz resignada.

—¿Salón de belleza? Nah, el cabello se te ve bien así. Además, ya es tarde y tengo hambre. Vamos al restaurante de allá, Zanelli's. Es italiano y es delicioso, ya he estado ahí. Y mientras comemos, haré una lista de las cosas que podemos intentar.

Malfoy comenzó a caminar hacia el susodicho local dejando a Harry a sus espaldas. Harry lo siguió, sintiéndose totalmente impactado por el cambio tan radical en el comportamiento de Malfoy. ¿A qué se debería? ¿Sería por la amenaza de una demanda legal? ¿Por el temor a ser expulsado? ¿O era simplemente porque Harry no parecía ser Harry y Malfoy, de algún modo, podía imaginarse que andaba paseándose con una chica cualquiera?

Mientras caminaba, Harry iba acomodándose el cabello distraídamente. Pasó frente a una gran vitrina que reflejaba su imagen y se detuvo a admirarse. Su figura se veía hermosa y estilizada en aquella ropa; y su cabello, tal como Malfoy le había dicho, se le veía bien a pesar de estar revuelto en aquel intento de moño que Harry se había realizado horas antes. Sus ojos y sus labios se veían más grandes que cuando era hombre, tal vez porque su rostro se había afilado bastante. A pesar de no llevar ni gota de maquillaje, no parecía necesitarlo. Tenía un lindo color de piel con un sonrojo perfecto en las mejillas y los labios se le veían rojos y brillantes. De verdad estaba guapa.

Un par de hombres de aspecto rudo pasaron a su lado y le silbaron su aprobación. Harry se sonrojó más y corrió al lado de Malfoy, quien por cierto no se veía muy feliz de que Harry estuviese atrayendo tantas miradas masculinas a su paso.

—Heteros —masculló Malfoy mientras el camarero (que también se había comido a Harry con la mirada) los llevaba a su mesa—. Por eso no los soporto.

Harry no comentó nada al respecto. Obviamente Malfoy estaba dejándose llevar por el momento y había olvidado que, en efecto, la mujer que andaba a su lado no era otro que Harry Potter, el heterosexual más recalcitrante de Inglaterra. Aunque tal vez no era tan mala idea aprovecharse de la aparente laguna mental de Malfoy. Después de todo, Harry necesitaba su ayuda; le convenía caerle bien. Pensando en eso, se sentó frente a Malfoy con una gran sonrisa en la cara, batiendo las pestañas e invitándolo a escoger lo más costoso del menú.

Por unos segundos, Malfoy se le quedó viendo impactado y enmudecido, pero reaccionó rápidamente y procedió a leer la carta, no sin antes mirar con resentimiento a un viejo gordo y feo que, sentado en otra mesa, no dejaba de ver descaradamente a Harry a los senos.


Para el final del almuerzo habían escrito una pequeña lista. Resultó que Malfoy nunca había bailado con una chica, y Harry tampoco con un chico, así que ahí tenían una oportunidad. Para darle mayor efectividad, decidieron ir a una academia de baile maorí tradicional.

—Ahí no habrá error —dijo Malfoy después de haber convencido a Harry de que era la mejor idea—. Además, es sexy. ¿Has visto los guerreros maoríes, sólo con un taparrabos y su lanza? Los músculos que tienen… Mmm.

Malfoy suspiró y Harry también, pero de fastidio. Que Malfoy se hubiese olvidado de que Harry no era una mujer de verdad y que los hombres no le gustaban ni por asomo, estaba resultando muy engorroso. Sin embargo, Harry no dijo nada para no perder el encanto que estaba resultando tener de pronto "la amistad" de Malfoy.

Pagaron su cuenta y caminaron hacia el norte. Fue cuando Harry tuvo, por primera vez, una vista del lago Rotorua. Era enorme y hermoso, sus aguas eran de un azul intenso que resplandecían como zafiros bajo la luz del sol. Tenía una isla boscosa al centro, la cual, Harry sabía, era una zona mágica considerada muy sagrada por los locales. Hermione le había contado por qué: tenía algo que ver con una leyenda de dos enamorados, pero la había olvidado completamente.

Anduvieron hasta una academia llamada Paora atendida por el dueño del mismo nombre. Tuvieron problemas para convencerlo de permitirle a Harry hacer la danza ahí con ellos, ya que aparentemente había clases separadas para hombres y para mujeres. Malfoy tuvo que hacer gala de todo un encanto que Harry no le conocía para que el otro los aceptara a los dos juntos en una clase particular.

—¿Dónde ha visto mujeres guerreras? —se burló Paora en un muy mal inglés mientras mandaba a Harry a cambiarse de ropa—. Ellas no hacen haka ni van a pelear, ellas sólo se quedan en casa a esperar esposos.

Malfoy se rió falsamente y le dio la razón, cosa que enfureció más a Harry. Pensó en Hermione, Tonks, Ginny y todas las otras brujas que habían peleado contra Voldemort, muchas de ellas muriendo como totales heroínas de guerra. Tuvo que tragarse su rabia con tal de salir de esa. Fue y se cambió su recién estrenado atuendo por lo que Paora le había prestado: una falda de líneas verticales y un corsé negro y rojo adornado con motivos maoríes. Se quitó botas y calcetines y, aguantando el frío que todavía hacía a esa hora del mediodía, salió del vestidor.


Draco y el instructor Paora habían aprovechado que Potter estaba en el vestidor para también ellos cambiarse de ropa. Justo estaban ultimando los detalles de su atuendo tradicional maorí (el cual consistía en una falda similar a las de las mujeres y una banda de tela adornada que cruzaba transversalmente por su torso), cuando Potter salió por la pequeña puerta y caminó hasta ellos. Por el rabillo del ojo, Draco pudo constatar que Paora, macho desconsiderado y grosero, se quedaba boquiabierto y miraba sin ningún disimulo hacia Potter. Típico de ese tipo de hombres: despreciar y admirar (sin respeto) a las mujeres. Era como si les diera rabia que ellas fueran hermosas y les despertaran bajas pasiones que los muy brutos no podían controlar.

Con Potter no era para menos. El maldito suertudo estaba hecho una belleza. Draco ya lo había comprobado antes en la boutique donde lo había ayudado a elegir guardarropa: Potter tenía una figura y un rostro que podrían ser la perfecta envidia de la top model mejor pagada del mundo. Y en ese momento, vestido con la falda y la blusita maoríes, con las piernas descubiertas y los pies descalzos, se veía aún más hermoso. ¿O era hermosa? A Draco a veces no le quedaba claro y aunque tenía pocas horas conviviendo con este Potter-mujer, no le pasaba desapercibido que la delgada línea del supuesto odio que ambos se tenían, parecía desdibujarse con rapidez.

Dando pasos desgarbados (lo cual lo hacía lucir curiosamente encantador), Potter llegó hasta ellos. Miró a Draco al pecho y se sonrojó, cambiando su gesto abochornado por uno de aflicción. Draco recordó que la cicatriz que el mismo Potter le había dejado años atrás, era visible por debajo de la banda y supuso que se trataba de eso. Experimentó un ligero sentimiento de satisfacción al darse cuenta de que al menos el cretino era todavía capaz de mostrar remordimientos.

—¡Ahora, antes de empezar: hongi! —bramó Paora. Potter y Draco se le quedaron viendo sin hacer nada y el hombre se exasperó—. ¡Hongi! ¡Saludo tradicional y sagrado! ¡Para compartir aliento de vida!

No era que Draco no supiera lo que era el hongi; era simplemente que no tenía intenciones de hacerlo con nadie en ese salón. Pero Paora, sin previo aviso, se acercó y lo tomó de los brazos. Juntó su cara contra la de él, de tal modo que sus frentes y narices quedaron pegadas. Cerró los ojos y respiró y exhaló varias veces. Draco, sabiendo que sería muy grosero de su parte no corresponder, dominó su horror y asco e hizo lo mismo.

Finalmente, el instructor pareció darse por satisfecho y lo soltó, para entonces empujarlo nada amablemente hacia Potter.

—¡Hongi! ¡Ustedes!

Draco tragó saliva y caminó hasta Potter. Intentó no darle importancia. No significaba nada, era sólo un frotamiento de nariz, algo así como el beso esquimal. No tenía por qué sentirse expectante y nervioso… pero, ¿por qué justamente se sentía así?

Tal vez eso hubiera tenido su justa explicación si Potter continuara siendo el hombre que le había robado el sueño desde muchísimo tiempo atrás, pero ya no era así. Al menos en ese momento, Potter no era más que una chica cualquiera. Como Pansy, Daphne, Milli y todas las amigas de Draco. Él no iba a sentir nada especial porque… Porque, demonios, ¡sólo era una chica!

Convenciéndose de eso, Draco llegó frente a Potter y se inclinó un poco, esperando que el otro captara e hiciera lo propio. Vio a Potter abrir mucho los ojos y respirar profundamente antes de agacharse. Finalmente, sus frentes y narices se tocaron.

—¡Respiren! —ladró Paora—. ¡Compartan tiempo y espacio! ¡Aliento vital!

Potter y Draco respiraron. Un escalofrío cubrió el cuerpo de Draco cuando su mente reconoció que aquello se sentía demasiado bien: la cercanía de Potter, su piel suave y tibia sobre la suya, su cálido aliento inundando sus fosas nasales… Draco estaba alargando el momento, se estaba dejando llevar por una ola de sensaciones más que placenteras, cuando vio a Potter cerrar los ojos y lo escuchó (y sintió) suspirar quedamente. Esa pareció ser la señal que estaba esperando. Se separó de Potter y terminó bruscamente con aquel agradable momento. Potter abrió los ojos y le dio la espalda, como si estuviese avergonzado. Bueno, Draco que se sentía molesto y confuso por lo que había experimentado. ¿Qué demonios sucedía con él? Jamás se había sentido así con ninguna mujer.

—¡Muy bien! —gritó Paora—. Hombres adelante, mujeres atrás. Hombres golpean sus músculos para producir sonido, para intimidar enemigo. Mujeres sólo golpean palmas para acompañar. ¿Entendido?

Potter asintió con el ceño fruncido; parecía no apreciar los desplantes machistas de Paora. Draco, creyendo que eso iba a ser más divertido de lo que había pensado en un principio, sonrió y tomó su lugar. Paora inició entonces con una danza cuya música era el golpeteo de sus palmas contra diferentes partes de su cuerpo, y el de sus pies descalzos contra el suelo. Comenzó a gritar palabras en maorí que hablaban de enfrentamientos, de valentía y de invitaciones a pelear. Draco se rió bajito y comenzó a tratar de imitarlo. La verdad era que estaba pasando un buen rato; bailar así era divertido y además contaba con una vista grandiosa: Paora podría ser un imbécil de primera mano pero el tipo estaba buenísimo. Sus piernas, el doble de anchas que las de cualquier hombre que Draco conociera, estaban morenas, brillantes y cubiertas de hermosos tatuajes. Sus pectorales, brazos y espalda tampoco estaban nada mal: demostraban músculos tensos y sobresalientes a cada movimiento que realizaba.

Potter, Draco podía verlo de reojo, no parecía nada feliz. Quizá estaba envidioso porque él, cuando hombre, no estaba ni la mitad de bueno que Paora. Hasta ese momento había estado inmóvil y con cara de pocos amigos, pero entonces suspiró con resignación y comenzó a seguir los pasos de Paora y Draco, dándose palmadas en los brazos y en los muslos.

De pronto, Paora se giró hacia él y le gritó:

—¡Mujeres sólo dan palmadas, no golpes! ¡Mano contra mano y nada más! ¡Mujeres no guerreras!

Paora no esperó contestación y regresó su vista al frente. Potter, rojo de la rabia, le sacó la lengua a su espalda. Draco, gozando de lo lindo, se rió descaradamente de él y luego procedió a ignorarlo, acercándose más a Paora para poder apreciar con mayor definición aquellos músculos de campeonato.


Pero no resultó. Finalizó la clase y Potter seguía siendo mujer.

—¿Qué fue lo que salió mal? —preguntó Draco mientras releía por millonésima ocasión el pergamino con la contramaldición— ¿Tendríamos que haber conjurado algún hechizo o qué?

Potter, quien todavía seguía enojado, le espetó:

—Oh, no lo sé, Malfoy. Tal vez se debió al pequeño detalle de que se suponía que tenías que bailar conmigo. Si lo piensas, con quien bailaste fue con tu novio Paora.

Draco se rió a carcajadas de los celos estúpidos de Potter, pero al final admitió que tenía razón.

—No puedes culparme, el hombre era un adonis. Además, ahora que lo pienso, no es la primera vez que bailo con una mujer —agregó, recordando de repente—. Una vez, en una fiesta de gala en la mansión, mi madre y yo abrimos el baile con un vals. ¡Oh, cierto! Y también bailé con Pansy en la fiesta de Navidad de cuarto año, cuando tú fuiste el campeón más patético de la historia.

—¿¡Y hasta ahora me lo dices?!

—No te sulfures, Harrieta querida, que te arrugas. Tú también podrías haberlo recordado. ¿Qué no estabas ahí?

Potter gruñó. Sabía que Draco tenía razón.

—Muy bien, sigamos con lo siguiente en la lista, ¿qué es?

Draco revisó el otro pergamino y arrugó la cara en un gesto de profundo asco. Potter lo vio y soltó una risita.

—Es el baño de lodo, ¿cierto?

Draco asintió con pesar.

—¿Podemos brincarnos esa e ir directamente a otra? Es que, Potter, no tienes idea, pero… ¡No soporto ensuciarme!

—Puedo darme una idea aunque no lo creas. Ahora, ¿estás seguro de que nunca jamás en tu vida te has dado un baño de lodo? —le preguntó y Draco negó con la cabeza—. ¿Y que sólo estás haciéndolo por mí?

—¡No estoy haciéndolo por ti! —respondió Draco con enojo—. ¡Déjate de ilusiones, Potter! No olvides que lo hago sólo porque me estás chantajeando.

—Sí, sí, como sea. Vamos pues. ¿Sabes en dónde es?

Draco sonrió malévolamente.

—Oh, claro que sé. Hay que tomar un taxi porque está como a media hora del pueblo, rodeando el lago. Y no es nada barato, pero como pagas tú, Harrietita, yo voy encantado.

Potter rodó los ojos y no dijo más.


No obstante, antes de tomar el taxi que los llevaría al Parque Spa Hellsgate Geothermal (sí, el nombrecito no era nada alentador), Harry y Malfoy regresaron a la misma boutique donde habían parado antes, ahora para comprarse sendos trajes de baño. Harry odió el hecho de que las mujeres tuvieran que ponerse prendas inferiores de tamaños tan reducidos: ¿por qué los hombres podían llevar un pantalón corto de lo más holgado y ellas no?

Como con el guardarropa anterior, también en esta ocasión Malfoy le ayudó a elegir. Harry tuvo que aguantar la tortura de probarse tres o cuatro trajes diferentes porque Malfoy no estaba satisfecho; y en la última de esas ocasiones que salió del vestidor para que Malfoy le diese el visto bueno, un hombre joven lo abordó e intentó convencerlo de salir con él. Harry, cubierto sólo con el traje de baño y sintiéndose muy expuesto, trató de librarse del acosador que, al escuchar sus negativas, se ponía cada vez más y más pesado. Acorraló a Harry contra la puerta de su vestidor y éste ya estaba pensando en meterse a buscar su varita, cuando Malfoy acudió a rescatarlo.

—¿Algún problema, amigo? —preguntó Malfoy con voz amable pero gélida. El hombre se giró a verlo y resopló con desprecio.

—Nada que te importe, mariquita —le soltó y se giró de nuevo hacia Harry—. Entonces, dulzura, como te decía, yo…

Malfoy lo tomó del hombro, lo giró bruscamente y lo empujó alejándolo de Harry. El idiota trastabilló hacia atrás con los ojos muy abiertos; parecía francamente impresionado de la fuerza de Malfoy.

—Seré mariquita, pero sé como usar los puños —susurró Malfoy con su mejor tono venenoso; uno que, Harry presentía, podría congelar de miedo al mismísimo fuego—. ¿Quieres que te lo demuestre o serás tan amable de dejar a mi amiga en paz?

El otro no respondió. Echó un vistazo a su alrededor y pareció darse cuenta de que estaban llamando mucho la atención. Incluso uno de los guardias de la tienda ya estaba acercándose a ellos. Les dio a Malfoy y a Harry una última mirada insolente y salió de ahí.

Malfoy lo vio irse, suspiró y miró hacia Harry. Sus ojos se suavizaron de inmediato.

—Ese te queda perfecto —le dijo en voz baja.

Harry tardó unos segundos en comprender.

—Ah —jadeó y se miró hacia abajo. Era verdad: el traje de baño de dos piezas que traía en ese momento le quedaba sexy y bonito, pero Harry habría agradecido más estar viéndolo en el cuerpo de otra chica que en el de él—. Entonces, ¿éste? —preguntó.

Malfoy asintió y Harry regresó corriendo a encerrarse al vestidor. Se apoyó de espalda contra la puerta cerrada, suspiró y cerró los ojos durante un momento, pensando en lo odiosos que podían ser los hombres con las chicas bonitas y cómo jamás se había percatado de ello. Él mismo se había comportado así de fastidioso, creyendo (el muy idiota) que las chicas encontraban halagador ser víctimas de tanta insistencia.

Se puso su ropa encima del traje de baño mientras analizaba que, ahora que estaba en un cuerpo femenino, podía ver muchas cosas de las que nunca antes había estado consciente. El machismo. Que hubiera actividades que a las mujeres no se les permitía realizar. La misoginia. Tener que mostrar más piel (como en el caso de los trajes de baño) para verse bien y a la moda. Las realmente molestas miradas libidinosas de casi todos los hombres que se cruzaban en su camino y toda esa atención indeseada que parecía generar a su paso. Ahora, muy a regañadientes, estaba comprendiendo de qué se trataba su castigo.

Porque eso no se lo había contado a Malfoy, pero que Harry se hubiese convertido en mujer al caer en la poza no era una casualidad. El venerable anciano maorí que les había ayudado, les había explicado a Calliope y a él que al caer en esa poza, cada persona se transformaba en aquello a lo que más mal había tratado. Y fue en ese momento en el que perdió la confianza y la amistad de Calliope, pues la chica no tenía un pelo de tonta y había comprendido perfectamente qué era lo que eso significaba. Por eso era que ya no andaba con Harry ayudándolo, y Harry había sentido demasiada vergüenza de confesárselo a Malfoy.

Salieron de la boutique y se pararon en la calle en espera de un taxi. En un momento dado, Malfoy carraspeó y dijo en voz baja:

—Potter… Lamento lo que pasó en la tienda.

—No fue tu culpa —dijo Harry rápidamente, sonrojándose porque le abochornaba haber hecho el papelón de la "damisela en peligro" que necesitó ser rescatada por Malfoy.

—En parte sí fue mi culpa… Porque yo estaba obligándote a probarte traje tras traje sólo por fastidiarte —confesó y le regaló a Harry una sonrisa cuando éste levantó la mirada—. La verdad todos se te veían bien, desde el primero que te pusiste. Lo estaba haciendo sólo por molestarte, porque ver tu cara de zoquete avergonzado en cada ocasión no tenía precio. No pensé que… bueno.

Harry también sonrió; se sentía tan exprimido emocionalmente que no tenía ganas de enojarse con Malfoy.

—Eres un hijo de puta. Grandísimo cabrón —fue lo que le dijo. Curiosamente, unas malas palabras salidas de su boca jamás habían sonado tan faltas de odio.

—Dios santo, qué lenguaje tan soez para una chica tan bonita —dijo Malfoy en un fingido tono escandalizado.

Pero entonces todo pareció aligerarse de nuevo entre los dos y el camino hacia el spa se sintió muchísimo menos pesado.


Notas:

Haka: Haka es un término que sirve para definir cualquier danza maorí, pero se suele referir con este nombre de forma específica a la danza de guerra tribal (ahora la usan para "intimidar" a los del equipo contrario antes de los partidos de rugby).

Hongi: El hongi es un saludo tradicional maorí. Se realiza presionando la nariz y la frente (al mismo tiempo) contra la otra persona en cada encuentro.