Saludes a todos desde el mundo místico
Admito que la historia es bastante..anormal para un fic de guerreras mágicas, pero de verdad espero que a pesar de ser un tanto bizarra, logre captar su atención.
Muchas gracias por sus reviews, a las personas que leen y por su retro-alimentación. Gracias por acompañarme en este nuevo viaje
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso.
¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos.
Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.
¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia
- Corazón Delator. Edgar Allan Poe
Capitulo 2. El mundo intermedio
Tiempo: Presente
Se repetía a si misma que no se dejaría quebrar.
No dejaré que gane
No dejaré que gane
Quería convencerse de que todo era mentira, pero en las últimas semanas se le dificultaba separar el mundo de los sueños de la realidad. La incertidumbre y el mundo intermedio reinaban en cada esquina, en cada voluta de polvo y estaba más que presente en cada uno de sus movimientos.
Estoy en la habitación, sentada
¿O estaré dormida, en mi cama?
Puede que esté soñando nuevamente. Estoy en Céfiro, resguardada bajo la sombra de un árbol. Las hojas caen y el viento las lleva suavemente. Muchos colores me rondan, todos hermosos, vivos y de exhalante grandeza. Estiro mi mano para atrapar el pétalo que alguna flor ha perdido, pero no alcanzo a tocarlo. Lo veo caer al suelo y perderse entre el follaje que los árboles han dejado atrás para prepararse para el invierno. El suelo se compone de un tapiz verde, amarillo y naranja, mezclándose como si de una pintura renacentista se tratara. Es de mañana y el sol brilla. Lo veo a través de las ramas, me ciega con su intensidad. Al volver la vista, mis ojos ven pequeñas bolitas de luz por todos lados. Escucho aves trinando, y el batir de sus alas me reconforta invitándome a hacer parte del encantamiento que la naturaleza ha preparado.
Sí, quiero estar allí.
Estoy allí.
La brisa acaricia mi rostro. Su roce es suave, tierno, fresco. No. No es la brisa, es su mano tibia sobre mi mejilla… Latis está junto a mí. Apenas nos separan milímetros y puedo percibir el calor que su cuerpo despide. Mi corazón palpita fuerte y le devuelvo la sonrisa que me obsequia. Quiero hablarle, quiero acercarme a él y hacerle saber que los colores a nuestro alrededor brillan más fuerte debido a su compañía. De pronto algo requiere mi atención. Algo cambia.
Me detengo a contemplarlo, me acerco más pero su mirada me detiene, me congela pero suplica, siente dolor. Me quiere hablar, pero no puede… está mal. Sus labios…sus labios están sellados.
El sol se oculta, y el viento ahora sopla frío. Mi piel se eriza. Los dedos se me entumen. Mis manos antes rosadas se tornan de un color violáceo, y un presentimiento funesto cruza por mi mente. Las hojas se levantan del suelo y nos rodean tratando de separarnos, de interponerse con brava resolución. A través de la tormenta que se avecina pudo distinguir el rostro de mi amado, que comienza a alargarse, a perder su maravillosa forma.
(No no no, no por favor)
Sus mejillas se hunden y sus ojos se diluyen dentro de sus órbitas. Mi respiración se acelera. No no no, no por favor
¡Ayuda!
El pánico me inunda, me paraliza, me clava a la tierra. Siento las raíces del árbol bajo mi peso, me hacen daño. Tiemblo, me acerco para tocarlo, pero en vez de piel, mis dedos se hunden en una marea gelatinosa y putrefacta. Al volver mis manos están rojas, rojas de su sangre y de su carne que se cae a pedazos. Quiero gritar, pero nada sale de mi garganta, está seca. Me ahogo en el miedo mientras su rostro se derrite como la cera. Me envuelve la negrura, la nada viene por nosotros. Viene por mí, reclamando que yo le pertenezco, que soy suya para siempre.
(No, no , no ,Oh…por favor)
Mi súplica se pierde en un eco infinito, se la lleva ese viento maligno. Se instala la oscuridad y me ciega con su voluptuosa guadaña. No hay respuestas, no vendrá nadie. La boca de mi amado se contrae, y sin labios, se revuelve en agonía silenciosa para dejarme saber que grita y que yo no puedo hacer nada por salvarle…
Un sonido le distrajo y se lo agradeció. La última imagen que veía de su espadachín era una larga sombra que se agitaba con espasmos irregulares. Bajó su vista, y se miró las manos para constatar que no estaban manchadas de la mezcla de carne y sangre de la cual se impregnaron en la alucinación.
Porque eso había sido ¿verdad?
Un hombre entró. Eso creía. A menos que al dar el primer paso se diluyera en forma de bruma como a veces ocurría con las personas. Vestía una bata blanca y un pantalón café. Se fijó sin querer en su rostro, muy blanco, iluminado por el reflejo de unos lentes cuadrados que hacían ver sus pupilas azules diminutas detrás de ellos. Su andar era firme, de una resolución absoluta. Despedía poder en cada gesto. La miró fijamente con esos ojos azules muy claros, sin que una chispa de sentimiento brotara por ellos y le dijeran que todo estaría bien. Cuando estuvo a menos de un metro de distancia, movió sus cuidadas y pulcras manos, indicando algo hacia el fondo.
No se había dado cuenta que habían otros allí con ella. La tomaron por sorpresa. Pudo sentir sus manos increíblemente frías sobre su piel, que la oprimían con sus dedos sin misericordia.
Quizás gritó. No sabía con certeza si esa voz extraña que llenó el cuarto era la suya. No le agradaba si resultaba ser propia. Ella no podía estar chillando de esa forma tan animal.
No podía más, tenía que ser fuerte, pero no podía más. La angustia de ser doblegada, maltratada, pero sobre todo reducida como ser humano le obligó a pelear. Uno le agarró las piernas y otro de los brazos, alzándola como si no pesara más que un juguete. Su cabello rojo se le vino a la cara y entre el forcejeo la ahogaba haciendo su situación más desesperante. Las manos eran rudas, invasoras y no se preocupaban de ningún pudor, ni por dónde la tomaban. El camisón blanco que llevaba se enroscó en su cintura y lo lamentó, pues pudo percibir la mirada de esos hombres sobre sus piernas.
Sin remedio le aplastaron contra la cama, a pesar de su forcejeo. Le ataron de pies y manos, y acto seguido el hombre que al principio había visto, aquel que sin duda llevaba el control de la situación, se acercó con una jeringa, la cual clavó en su brazo derecho, introduciendo todo el contenido en su cuerpo. Los ojos azules del tipo le observaron fijamente. Eran los fríos ojos de la lógica.
El efecto fue instantáneo, pues dejó de sentir sus músculos. No supo cuándo retiró la aguja. Ni siquiera percibía sus extremidades. Sin embargo, degustó el salado sabor de una lágrima que rodó hacia sus labios.
Aquella pesadilla había comenzado hacia 6 largos meses, pero la historia que la desencadenó había empezado hacía ocho. Se hundió en sus recuerdos, tratando de bloquear ese presente doloroso y sin fin.
- Latis….¿número de identificación? – preguntó Noelle, triunfante de que el paciente se dignara a hablar-
- ¿A qué se refiere?
Esta vez fue Noelle quien calló. Parecía una pregunta auténtica para el sujeto. Garabateó en su libreta la palabra IDENTIDAD. Decidió cambiar de rumbo la conversación.
- ¿Sabe la razón por la que se encuentra acá?
- La intuyo –fue su respuesta, seca y sin inflexiones-
- ¿Me puede decir cuál es?
- La muerte de la adivina, o la prohibición de abrir pasos dimensionales
Pasos dimensionales. Se obligó a repetir esa frase en su mente. La escribió para recordarla.
- ¿Quiere hablarme de la muerte de la mujer, a la que llama "adivina"?
- Quiero saber si Lucy se encuentra bien
- ¿Quién es Lucy? –dijo jugando esa carta, para obtener alguna percepción de la realidad del sujeto-
Latis guardó silencio. ¿Estaba jugando con él, o le estaba diciendo la verdad? ¿Podría decirle a esta mujer quién era Lucy? ¿Representaría aquello algún peligro para su pelirroja?
- Lucy Shidou –resolvió a decir, recordando algo que ella le había mencionado a lo que ahora parecía una eternidad- tiene 18 años. Estaba a mi lado antes de que irrumpieran en la casa.
- ¿Y qué hacía ella con usted en ese lugar?
No le gustaba a donde esa mujer le estaba conduciendo. Pregunta tras pregunta, no podía averiguar nada. Debía encontrar la forma de soltarse y buscarla.
- ¿Quién es usted? – preguntó evadiendo su contestación-
- Soy su médico. Estoy acá para ayudarle
- ¿Cuál es su nombre?
- Soy Noelle, señor Latis
- ¿Noelle? Usted conoce a Lucy. –aseguró sin sombra de duda, clavando sus ojos violáceos –o-eran-grises- en ella, dejándola temporalmente atrapada en sus pupilas-
Perdiste se dijo lamentando su ineptitud. Debía haber supuesto que ellos dos habían hablado. Eliott tenía razón. Debía prestar más cuidado, debía preparar mejor su diálogo. En ese estado, solo había algo que podría hacer para recobrar la confianza.
- Si, lo era. Traté a Lucy Shidou durante su estadía acá
- ¿Entonces lo sabe?
- ¿Qué es lo que debo saber?
- Si es verdad lo que dice –sentenció mirándola directamente- acerca de ayudar, tendría que dejar que vaya con ella. Debemos volver de inmediato, antes de que sea muy tarde-
- ¿Volver a dónde?
- Si ha hablado con Lucy, por seguro sabe a qué me refiero
Si algo le habían enseñado era que no debería prestarse para ese tipo de conversación, así que decidió que por esa noche había tenido suficiente con él. Volvería mañana, con la mente más despejada, después de haber estudiado nuevamente la historia clínica de la señorita Shidou y el presente expediente. Necesitaba descansar. Había sido un día muy largo y ahora no tenía ganas de volver a perder en esa contienda de palabras.
Se levantó de su silla, tomando sus cosas y dejándola donde la había encontrado.
- Nos veremos el día de mañana, señor Latis. Seguramente la policía también vendrá a interrogarle, pero yo estaré presente.
- Espere –exigió él –
Lo observó volteando su cuerpo solo un poco, indicando que de todas maneras se retiraría, fuera lo que fuera a decirle.
- La seguirá acosando. No le dejará tranquila, hasta que logre lo que desea. Lo ha visto. También la ha estado rondando a usted. Si no deja que yo le ayude, ayúdela. No se detendrá.
Noelle no le dijo nada, pero no pudo evitar que un escalofrío la sacudiera desde la punta de los pies. Lo que ella había visto en sus sesiones con la paciente del 103C no era del dominio de nadie. No lo había dejado grabado, ni lo transcribió a pesar de que iba en contra del reglamento. El pulso se le aceleró sin poder controlarlo. Se alejó del hombre cerrando la puerta a su paso.
En el pasillo del quinto piso recostó su espalda contra una de las paredes. El edificio viejo rezumaba humedad en todas las épocas del año y el tacto era helado. Se retiró de la gruesa y blanca superficie con la piel debajo de su bata algo entumecida. Miró su reloj. La una de la mañana. El amanecer aún estaba lejano.
Miró hacia el techo, que se alzaba al menos un metro por encima de su cabeza. Las luces blancas titilaron brevemente. La sensación de tener la espalda mojada y de un frío más allá del clima se incrementó en sus huesos.
Decidió caminar y salir de aquel piso. De pronto no se sentía a gusto estando sola allí. El pasillo se estiraba hacia lado y lado, casi interminable a su vista. Las baldosas con diseños de rombos del piso se le hicieron extrañas, diferentes…como si hubieran cambiado de repente cuando ella salió de la habitación.
Había jurado que no tenían esos colores antes. Ahora mostraban un diseño que le hacían recordar un agujero enmarañado, lleno de raíces que se revolvían. Sin dejar de ver dónde pisaba, avanzó unos metros, con la penosa sospecha de que cada vez que sus pies tocaban el suelo, se hundían como si de fango se tratara.
De nuevo las luces decidieron pasarle un mal rato. Al fondo, detrás de su espalda, algunas se apagaron por completo. Caminó más rápido, sintiendo sus sentidos alerta y desbocados. Sin poder controlarse, fijó su atención en las baldosas y en un instante eterno, casi presintió que las raíces se movían bajo su peso.
Oía el sonido de sus tacones mientras avanzaba cada vez más a prisa. Pero luego, escuchó algo más.
(toc)
Paró de caminar y prestó atención.
Pero aquel sonido también paró.
No quiso voltear. La sensación de que había alguien más, algo más, de hizo inevitable.
Prosiguió, esta vez más rápido. Ahora también escuchaba su propia respiración, que le indicaba sobremanera lo que su corazón estaba percibiendo.
(toc…toc….toc…)
No pudo evitar escuchar cómo se reanudaban aquellos pasos. Eran pesados, y se acompasaban lentamente, tomando impulso, cada vez más cerca.
(toc…toc…toc..)
(toc…toc…toc…)
Ya no veía las baldosas, pero podía distinguir que la punta de sus zapatos se enredaba en las raíces, que entre ellas habían cosas que al igual que los pasos detrás suyo querían invitarla a su compañía.
Otras luces decidieron extinguirse, pero esta vez al frente suyo. Dudó seguir, pero los pasos a su espalda eran cada vez más rápidos. Al frente, la oscuridad la esperaba, y puede que allí también estuviera la perdición.
Esta vez corrió, sin importar que sintiera lodo o insectos resbalosos al alzar sus pies con resolución, dejando a su instinto fluir a través de sus piernas. Los pasos también aceleraron.
Algo cavernoso se abrió justo a su lado, y una sensación de vacío arrancó de sus entrañas el miedo más absoluto que alguna vez haya sentido. La profundidad se le acercaba sin remedio, y pudo escuchar, además de los pasos acelerados, una entidad definida, que salida del mismísimo averno, susurraba con ansiedad
(No…e…lle)
Su espalda fría percibía una mano que estaba a punto de rozarla…a punto de tomarla…
Al llegar a las escaleras casi salió rodando. Se agarró del pasamano para no caer. Todas las luces titilaron, y las que se habían apagado volvieron a emitir su luz blancuzca y cetrina.
Volteó a mirar, a pesar de que el terror le indicaba que no debía hacerlo. No quería encontrarse con el ser que estaba escondido en la oscuridad.
El pasillo estaba igual que siempre. Desolado e iluminado. Las figuras de rombos de las baldosas eran las mismas que de todos los pisos.
Con el corazón en la garganta y los ojos salidos de sus órbitas, Noelle bajó por las escaleras tan rápido como sus zapatos se lo permitieron.
Al llegar a la cafetería, se derrumbó en una de las sillas.
Una alucinación, solo eso, debo dormir más, esto me está afectando.
Se recostó sobre la mesa, tratando de calmarse, de acompasar su respiración con los latidos de su corazón que había decidido correr el triatlón por sí sólo. Ya estaba recuperando su color, poco a poco, cuando volteó a ver hacia su derecha y el mundo paró de súbito.
Allí, debajo de la mesa, tenía las piernas algo abiertas, y su pie sobresalía debajo de las patas rectas de aluminio.
Un pie que llevaba puesto un zapato de tacón, muy elegante, a juego con sus pantalones de lino negro… pero que estaba lleno de una costra gris, como si hubiera estado caminando (no..corriendo) por un prado después de haber llovido.
El detective Adam Izuki era un hombre de contextura mediana, de una altura aproximada de 1.70, solo un poco más alto que ella. Era un hombre concienzudo de unos 40 años, muy atento a los detalles y analítico. Noelle lo observaba en silencio mientras se alisaba el saco de paño negro con ligeras rayas grises y se cercioraba que la corbata estuviera en el lugar correcto después de haber permanecido 20 minutos sentado. Esta actitud parecía ser más una costumbre que un requisito de apariencia. Sus ojos castaños hacían juego con su cabello y su frente ancha le daba el toque que complementaba a su nariz un tanto aguileña.
El hombre carraspeó y se dirigió hacia la salida. La tomó desprevenida, ya que pensaba que tendría algo que opinar acerca de la conversación que habían sostenido con el tipo del cuarto aislado.
Iba solo dos pasos adelante, cuando sin girarse habló con propiedad
- Acompáñeme doctora Harris, por favor
Efectivamente caminaron por el pasillo del quinto piso, realizando el mismo recorrido hasta las escaleras que ella había hecho la noche anterior. No pudo librarse de fijar la vista sobre las baldosas nuevamente, de la misma forma que lo había hecho en el lapso de la tarde, en diferentes pisos.
Rombo exterior verde, rombo interior de rojo pálido, rombo exterior de color arena, interior blancuzco y vetas verdes. Arabescos negros en algunas.
El pasillo, al igual que muchos de ese edificio dependía de la luz artificial. Para ella era un misterio de cómo había logrado un arquitecto hacer esos corredores tan lúgubres y desesperantes a la vista.
Eran sólo las 7 de la noche, y su turno apenas comenzaba, pero ya estaba nerviosa
Tonterias Noelle. Tienes muchas cosas importantes a las cuales prestar atención además de memorizar los diseños de las baldosas de los pisos y observar cada cuántos metros hay bombillas halógenas.
Como inmediata respuesta a sus pensamientos, uno de los tubos fluorescentes comenzó a fallar encima de su cabeza. Un vacío en el estómago le recordó que antes de ir hasta el hospital había tenido que volver a limpiar sus zapatos favoritos de tacón plano.
Se ensuciaron con alguna otra cosa. Vamos, no te enloquezcas como la gente que está aquí encerrada, o te encerrarán a ti también.
- ¿Es usted originaria de Japón, señorita Harris?
- Si lo pregunta por mi apellido, le diré que yo nací acá; pero tengo ancestros de nacionalidades mixtas… mi familia llegó al Japón hace algún tiempo. Mi tátara-abuelo, el cual era norteamericano, se casó con una japonesa, y luego mi madre se casó con un inglés que conoció acá en Tokio, así que la mezcla es de todo un poco. –respondió concentrándose en su presente-
- Ya veo – afirmó secamente-
- ¿Volverán a realizar otro interrogatorio?
- ¿Lo dice porque en realidad no obtuvimos mucho de esta pequeña charla?
- Sí. El paciente es una persona muy difícil de tratar.
- ¿Cuál es su diagnóstico preliminar acerca de este tipo, doctora?
- Aún no puedo decir mucho. No lo he examinado lo suficiente
- ¿Pero qué me puede decir acerca de su mente?
- Tiene problemas para reconocer la realidad. Por ahora puedo hablar de neurosis pero conociendo el reporte policial, seguramente llegaré a la conclusión de que es psicosis.
- ¿Pudo estar bajo la influencia de alguna droga? ¿Ya han realizado los análisis?
- Aún no tengo los resultados, pero seguramente los tendré esta misma noche.
- Escúcheme –paró su recorrido un poco antes de llegar al primer escalón que comunicaba con las plantas más bajas, y le miró directamente, para enfatizar lo que iba a decir- si me pregunta a mí, y obviamente no es mi campo, le diré que ese hombre que acabamos de dejar encerrado es inteligente, pero no estoy seguro de su locura. Debo saber si en realidad este tipo está loco o sólo lo está fingiendo. Si bien en la estación de policía actuó de una manera completamente irracional, eso pudo haber sido una actuación para que lo trajeran acá mientras se desarrolla la investigación. Es común que algunos delincuentes se escuden en la locura para no ir a la cárcel.
Noelle evaluó lo que le decía
- El que sea inteligente no quiere decir que no esté loco. O al contrario. De hecho algunos genios en su época fueron considerados dementes y hoy en día son recordados en los libros de historia como grandes artistas, pensadores, etc. Pero también le puedo mencionar varios casos en que el sujeto tiene un alto coeficiente intelectual, pero eso no evitó que cometieran actos terribles. Es por eso que la evaluación debe ser tomada muy en serio. Y entre más datos tenga, será mejor. ¿Podría contarme acerca del incidente en la estación de policía?
- Por supuesto, si eso ayuda a esclarecer algo acerca del caso –aceptó el sin reservas- pero déjeme hacerlo en la cafetería del primer piso. Estos pasillos me ponen nervioso. ¿No lo cree? No sé cómo trabaja usted acá de noche tan tranquila. Este sitio da escalofríos.
Noelle no dijo nada ante ese comentario, pero su corazón dió un vuelco en su pecho. Sin más, se limitó a seguir caminando.
- ¡Espero estés contenta! – gritó Oziel con furia-
- ¡No me grites!-replicó la chica de cabello oscuro- sabíamos muy bien que algo así podía llegar a pasar
- Ambos deben calmarse – dijo el otro muchacho al fondo de la habitación sosteniendo un vaso en la mano derecha-
- Para ti es muy fácil decirlo –replicó Oziel- ya eres libre. En cambio Irina y yo debemos estar muy alertas. ¡No podremos hacer nada mientras tanto!¡Estoy seguro de que regresará, tarde o temprano lo hará! Teníamos un pacto y ahora...estamos retrasados...-aseguró con un tinte de locura en su voz- dijo que si fallábamos...que si fallábamos...
- Y la culpa es de QUIÉN ¿Ah? -gritó Irina, hacia Oziel, apagando sus ojos avellana- de tu maldita indiscreción, ¡si no te hubieras dejado llevar por la impaciencia, no me hubieras arrastrado hacia el mundo intermedio en aquella ocasión! Yo era ¡Libre! ¡Libre! Juro que te mataré si me das la oportunidad.
El muchacho de ojos azules, quien se había mantenido al margen de la pelea, se levantó de la silla donde estaba, sosteniendo aún el vaso y recorrió la estancia. Se encontraban en la "casa de campo" esa cabaña que a buen recaudo heredó de sus difuntos padres. Era una ventaja tener un sitio donde esconderse mientras pasaba el jaleo que habían provocado esa semana. Cuando todo estuviera calmado, volverían.
Avanzó a paso firme. El muchacho de tez blanca estaba sonriendo, pero para sus compañeros, esa sonrisa no denotaba ninguna alegría. Era sólo el medio que tenía para sacarlos más de quicio…e intimidarlos de paso.
- ¿Tienes alguna queja Oziel? –preguntó estando muy cerca de su cara, con esa calma infinita que le caracterizaba-
- Bu..bueno –tartamudeó con desconfianza-
- Es sólo que me lo digas. No soporto tener cobardes a mi alrededor –le dijo sonriendo e increíblemente, con una cálida expresión, completamente opuesta a las palabras amenazantes que estaba soltando-
Oziel le dio la espalda y salió de la habitación directamente hacia la puerta exterior.
En la habitación quedó solamente Irina, quien sin sombra de miedo, le enfrentó
- Pues bien, ahora que haremos. No me gusta lo que dice Oziel, pero tiene razón. Es cuestión de tiempo.
- ¿No te extraña que la noche anterior no haya ocurrido nada? –replicó el muchacho con tranquilidad al tiempo que apuraba su bebida-
Irina le miró fijamente con sus hermosos ojos avellana, pensando la respuesta, pero sabiendo en el fondo que lo que le decía tenía era verdad.
