Dedicado a Andrea porque lee mis historias y eso es maravilloso. Dedicado a todas las personas que me han dejado review, que han dado favorito y follow; no tenéis ni idea de lo feliz que me hacéis :-)
… y nos fuimos a dormir.
Velé su sueño toda la noche, sus párpados apenas se pudieron mantener abiertos debido al llanto y al cansancio, y, a decir verdad, los míos tampoco es que aguantaran mucho.
Pero la mañana llegó, y con ella, las preguntas. Cuando Regina abrió los ojos, su rostro libre de maquillaje y su pelo alborotado, supe que se me venía encima una buena. Pero me equivoqué.
— ¿Recuerdas lo que pasó ayer? Dime que no te arrepientes —fue lo primero que dijo al despertar, y lo dijo con tal inocencia que comencé a plantearme si era Regina Mills realmente o un espíritu que la había poseído.
— Recuerdo todo, y no me arrepiento de haberte besado —le dije con una pequeña sonrisa, encandilada por su simpleza a esa hora de la mañana. Esta mujer no era mi enemiga, no actuaba como tal y si bien había ignorado los cambios que había tenido con respecto a su comportamiento durante este tiempo, estaba empezando a considerar la opción de escuchar lo que decía en terapia, quizás eso me explicara por qué había pasado de ser todo uñas y dientes a ser todo abrazos y besos.
— Emma… ¿tú crees que estoy loca? Tú dijiste que no estamos locas, y comprendo que tú no lo estés, los seres humanos buscamos inconscientemente la superioridad y el poder, pero… yo no, y eso es raro —y ahí estaba Regina, la refinada Regina tras esa capa de fragilidad que le otorgaba el despertar. Quizás de aquí a unas horas volviera a ser ella misma, y no me malinterpretéis, me encanta esta versión dulce de ella, pero… ¿no os parece un poco inusual?
La Emma del pasado se hubiera reído y le hubiera dicho "mire, señora, está usted como una puta cabra", pero la Emma de ahora, la que sabía que no era la única en ese azucarado pueblo a la que le gustaba un poquito de sangre, simplemente se inclinó para besar sus labios suavemente y se levantó de golpe.
— Voy a hacerte un dulce desayuno, tú quédate aquí —dije con un guiño, frotando mi nariz fugazmente con la suya. Ella sonrió leve y sinceramente y yo me marché. No había llegado aún al pie de la escalera cuando ya estaba llamando a Gold. Necesitaba saberlo todo.
Subí poco después con una bandeja llena de dulces que había salido a comprar, con chocolate caliente y flores. Sí, soy una cursi, ¿y qué? Soy una desencantadora, era de esperar.
— ¿De verdad me has hecho el desayuno? —preguntó con inocencia, mirando la bandeja, con una gran sonrisa y una ilusión abrumadora. Vale, esta versión dócil de Madame Mayor estaba bien, pero, ¿dónde se habían escondido las cejas arqueadas?
— Creo que deberíamos hablar de lo que pasó anoche…—comencé.
— Yo también. Me hiciste sentir bien, Emma, protegida, segura, y eso hacía años que no lo sentía. No sé qué me pasó, no sé porqué fui tan débil, pero llevo pensando desde que me pusiste este collar: durante estas tres semanas, he estado a tu completa merced y no me has hecho nada. Podrías haberte vengado, podías haberme hecho daño y, sin embargo, me has protegido, me has defendido y yo sólo te he tratado mal. Me he dado cuenta de que ya no tiene sentido seguir con esta estúpida vendetta, habéis ganado. Haga lo que haga, saldré perdiendo, así que ahora me da ya igual. Por luchar tanto por una causa perdida, he perdido a mi hijo, cuán irónico. Cuanto más me resisto, más sufro. Conforme ha ido pasando el tiempo, me he dado cuenta de que el mundo sigue su curso, que yo no soy significante. Desde que te mudaste aquí, me he estado planteando varias cosas, me he dado cuenta de otras… lo que quiero decir, es que… quiero ser tuya. Desde que era pequeña, me han dicho que tenía que ser la esposa perfecta, la madre ejemplar, y yo siempre he luchado ese estereotipo, siempre me he negado, pero ahora me doy cuenta de que eso de ser fuerte e independiente no me ha ido muy bien. Necesito ser de alguien, y ese alguien eres tú.
Y… ahí estaba, la versión derrotista de la madre de mi hijo. Ya no le veía el sentido a ser fiera, este castigo había destrozado su mente. Ésta no era la mujer que me amenazaba para proteger a su niño, sino todo lo contrario: ya no le importaba, se dejaba llevar porque, hiciera lo que hiciera, estaba jodida. Creía que era un objeto y nada más, que no servía excepto para no pensar y eso era lamentable. Si había algo que me atraía de ella, era su carácter. Era posesiva, fiera como ya he dicho, dominante, temible; no se dejaba amedrentar y siempre tenía la última palabra; luchaba por lo que creía y era tenaz, obstinada, educada, elegante y a mí me volvía loca.
Pero esa mujer se había ido, y tenía la sensación de que iba a costar que volviera. ¿Cómo había estado tan ciega como para no verlo?
Gold se había negado a ayudarme. La inquina que tenía contra la morena a la que hacía de niñera era demasiado grande, así como su propio ego, y ni vendiéndole mi alma había aceptado. "Tengo una moral Emma, yo no ayudo al enemigo" ¡Y una mierda! Mis padres también eran enemigos, ¡lo encerraron en una celda! Sin embargo, a ellos sí que les había ayudado, me había dado el collar con esa extraña sonrisa suya y nos había dicho cómo controlar a la bestia, ¡y yo quería a la bestia de vuelta! No sentía más que pena por ella, por todo lo que había sufrido y lo que le quedaba por sufrir.
Archie era más de lo mismo: se amparaba en el secreto profesional, aunque no parecía tener reparos en dejarme estar presente en las sesiones. Joder, él era tonto, pensaba que yo no sabía nada o yo que sé. Era un callejón sin salida, y otro, y otro…
Maldita sea, yo quería a la señora Mills de vuelta, no a Lady Regina.
— Veo que ya has vuelto —dijo con calma y dulzura en la voz, asustándome. Me giré y la vi vestida como si acabara de llegar del ayuntamiento, pero sin apenas maquillaje, el pelo sin alisar (seguía sin creerme que tuviera el pelo rizado) y sin tacones. Regina, sin tacones… era definitivamente el fin del mundo. Me sonrió y me tomó la mano, cálida como no esperaba que estuviera (porque ella siempre tenía las manos frías) y me guió hasta la cocina. — Te he hecho la cena, ¿te gusta? —aunque olía de maravilla, no pude centrarme sino en la sonrisa plástica que tenía en su cara. Esa sonrisa decía "quédate conmigo, soy buena", decía "tiene que gustarte, por favor". Había visto esa expresión en tanto hogares de acogida, se me partía el alma. Si alguna vez me echaba a su madre a la cara, íbamos a tener unas serias palabras.
— Regina, escucha…
— Te espero en el dormitorio —dijo intentado guiñarme el ojo, lo cual no funcionó del todo y a mí me hizo mucha gracia. Pero se acabaron las risas, era hora de poner los puntos sobre las íes.
Llegué al dormitorio y me la encontré sobre la cama, escribiendo en lo que parecía ser un diario. Se lo arrebaté de las manos, ya era hora de saber qué pasaba por esa oscura cabecita. Leí y leí y me sorprendí con las palabras, ¿quién diría que la reina fuera tan… picante? A la mierda mi plan para salvar a Regina, ya lo ejecutaría mañana cuando se me pasara el calentón. Ahora sólo quería poner esa boquita en buen uso.
— Gina, ven aquí —dije saliendo del baño, ella enfadada sobre la cama, con los brazos cruzados y una mueca de desagrado. Poco le iba a durar eso. — A partir de ahora eres mía y yo soy tuya, soy tu dominante y tú mi sumisa y harás todo lo que yo te diga, ¿comprendido? No quiero micro rebeliones ni que cuestiones mi autoridad de ninguna manera. He leído tu diario, no tenía derecho a hacerlo pero lo he hecho y ya está, hablaremos de eso mañana. Ahora, ven aquí —le ordené autoritaria, sin dejar lugar a dudas, yo tenía el poder ahora. — Vamos pequeña, sabes que lo estás deseando —dije con una sonrisilla de autosuficiencia y la ví girar la cara con disgusto. Supongo que a nadie le gusta que averigüen sus secretos.
Me acerqué a ella y tomé con suavidad su rostro, la forcé a mirarme.
Aterrorizada hasta que te miré a los ojos, me hizo detener para darme cuenta de las posibilidades
— Desnúdate —le dije sin romper contacto visual con ella. No dejó de mirarme ni un segundo, quitándose lentamente la camisa y luego los pantalones. Ahora la tenía sólo para mí, y quizás fuera por la situación, pero me parecía mucho más bella con la luz de la luna bañando su piel. — Ahora… —la dejé en suspenso por unos segundos, aguantando la respiración— de rodillas.
Ella me miró con esas miradas que me lanzaba cuando llegué, aunque el significado ahora era diferente. Sus ojos oscuros eran completamente negros ahora, mirándome con lujuria. Sus manos temblaban ligeramente, indecisas ante qué hacer o cómo hacerlo. Casi a tientas, sus dedos encontraron el botón de mis ajustados vaqueros, y yo me debatía entre ponerle un mechón oscuro y curvado detrás de la oreja o dejar tal cual esa hermosa estampa, con su inocencia oculta saliendo a flote, con su cabello sobre su rostro y su labio entre sus dientes.
Bajó la cremallera, mi respiración se aceleró.
Me bajó suavemente el pantalón, ¿qué era respirar?
Sin necesitar ninguna comanda, me quitó las botas y los jeans, dejándome sólo con mi ropa interior de cintura para abajo. Me miró esperando que le dijera que sí, que tenía permiso para hacerlo.
¿A quién quiero engañar? Ella tenía todo el control.
Comenzó besando mi estómago, suave, sobre mis estrías y sin pausa. Besos húmedos que me hacían enloquecer. No podía ver ni oír nada que no fuera ella, no podía moverme ni reaccionar. Ella era todo lo que existía en ese momento.
Pasó sus pulgares con cuidado por sus estrías, y la vi sonreír levemente.
— ¿Qué? —pregunté confusa, sin saber bien por qué esa sonrisilla.
— Son como ramas de árboles… —dijo distraída, acariciando con amor mis defectos. Mi corazón dio un vuelco y, por un instante, me quise más a mí misma. Me dio una amplia sonrisa y besó ese punto medio entre mi barriga y… algo más.
Agarró mis bragas y las bajó lentamente, torturándome en el silencio de la cálida noche. ¿Era consciente de lo que me hacía? Comenzó besando mi pubis con besos lánguidos, arañando lentamente mis mulsos y haciéndome cosquillas, se sentía tan bien. Abrí las piernas un poco más para que estuviera cómoda y se fue al sur, haciéndome perder la poca cordura que tenía últimamente.
¿No hacía demasiado calor aquí?
Me contuve demasiado para no agarrar su cabeza cuando comenzó a delinear mis genitales con la punta de su lengua. Era un ritmo contante: primero pasaba su lengua por encima, como un manto protector, y luego hacía presión. Bien, pequeña, muy bien, muy…
Oh.
Su nariz rozaba mi piel, su lengua sobre mi clítoris. Oh, señor… Llegaba hasta el fondo y volvía, iba y volvía. Moví mis caderas cada vez más y más hasta que no pude contenerme, entonces todo pasó. Su lengua dentro mía, más ágil de lo que nadie podría figurarse, el ritmo incrementando frenéticamente.
Y no pude más. La avisé, agarré su cabello con delicadeza y la aparté, advirtiéndola de que me iba, de que ya no lo aguantaba más.
Y ella lo único que hizo fue echar sus hombros para atrás, mostrándome su pecho.
Oh, pequeña… no tienes ni idea de lo que has hecho…
Me corrí sobre su pecho desnudo y pude verla cerrar los ojos y sonreír, quizás sin darse cuenta.
— Mmm… gracias… mi ama—dijo con tal picardía que no pude resistirme: la cogí, la lancé sobre la cama y me quité la camiseta y el sujetador.
En la oscuridad de la noche, el brillo de placer destacaba en sus bellos ojos, y decidí que era hora de ver cuán paciente era. Me pegué a ella, llenándome yo también de mis propios fluidos, me quité el colgante que llevaba la llave que abría su collar y se lo quité. Besé su cuello con parsimonia, dejando una marca que le arrancó gemidos en crescendo. Si era verdad que era mía, entonces era el momento de marcarla como tal. Una gran marca quedó latente en su inmaculada piel.
Tenía los ojos cerrados y una expresión de felicidad incomparable a nada. Acaricié con cariño su mejilla sonrosada y besé su frente. Ella abrió los ojos con decepción, esperando una recompensa por ser tan buena chica.
— Tranquila, mi ángel, mi hermoso y valiente ángel… Durmamos, mañana continuaremos con nuestra relación —dije guiñándole un ojo. La cogí y pasé a estar yo debajo de ella, mis brazos alrededor de su cintura, planteándome si era la mujer indestructible que todos conocíamos o la niña que mi madre conoció, tan pura, tan… perfecta. Apoyó su cabeza sobre mi pecho, mi mano derecha acarició distraídamente su cabello.
Toda ella olía a limón, manzana, chocolate y azahar. Su piel era terciopelo y seda era su pelo.
— ¿Emma?
— ¿Sí?
— ¿Lo he hecho bien?
— Sí, mi niña —respondí con una sonrisa.
— Buenas noches, princesa de brillante armadura —dijo, y yo iba a responderle, pero antes de poder abrir la boca, su respiración ya era pausada y ella estaba en otro lugar.
¿Qué os ha parecido? ¿Qué kink os gustaría ver en el siguiente episodio? Dejádmelo en los comentarios! ¿Qué pensáis de mi primera escena porno? ¿Bien, mal?
Querida mills1: en la historia toda la violencia que haya entre estas dos pervertidillas es consensual, así que no te preocupes que Regina no va a sufrir daño por parte de Emma.
Al resto que habéis comentado… al final he contiuado! Seguid así!
