Disclaimer: Las series PJO y HOO le pertenecen a Rick Riordan.
Capítulo 2 de 4: Nico/Persephone
Palabras: 2451
"Suficiente" Ella susurró a través de su respiración irregular, gotas de sudor rodando por su cuerpo. Tomó un gran respiro y calmadamente alzó sus ojos del suelo hasta encontrarse con los de él. "Suficiente, Hades" El remolino de sombras que los habían envuelto segundos atrás, desaparecieron al estar parados en el oscuro salón de trono una vez más. Sus ojos esmeralda brillaban a medida que hablaba. "Estoy cansada de tus juegos"
"Entonces vete si no te gusta estar aquí. Tú sabes tanto como yo que como no estás muerta o muriendo no tengo poder sobre ti. Y como también eres una deidad, tengo hasta menos poder sobre ti, diosa" Su tono no sonaba enojado. En cambio, casi sonaba arrepentido y Perséfone casi le cree. Pero esa sonrisa de satisfacción plasmada en su rostro y ese brillo en sus ojos oscuros lo decían todo. Él se estaba burlando de ella, incitándola.
"Y tú sabes también mi lord, que no hay escape del infierno más que a través de su maestro"
"Entonces, sería mejor conocer a ese guardián, ¿no crees mi querida Perséfone?" Hades susurró, antes de que las sombras lo tragaran nuevamente.
La muerte es aterradora; la muerte es cruel; la muerte es inquebrantable...La muerte es una promesa inescapable.
Parada en las sombras, viendo por primera vez el juicio de las almas, Perséfone llegó a otras conclusiones.
La muerte no es aterradora; es imponente. Sentado con orgullo en su trono de color negro, su altura resaltando entre las demás. Cabello negro, ojos negros, ropa negra―y aún así no estaba perdido entre las sombras. Él estaba hecho de ellas.
La muerte no es cruel, simplemente es justa. Una vida por una vida y un alma por un alma.
La muerte es inquebrantable, sí, pero al igual que los mortales no estaban destinados a vivir por siempre, la primavera no estaba destinada a ser eterna.
La muerte es una promesa inescapable, pero también la promesa de una mejor vida de vez en cuando. La muerte era cuatro semillas de granada en la palma de su mano.
La muerte era su captor, y ella estaba cautivada por la muerte.
Hay un olor vagamente podrido en la esencia de las flores y las hierbas que perduran en sus fosas nasales mientras desciende hacia al Inframundo. Durante los primeros milenios de su existencia, Persephone no sabía nada más que solo ayudar con el trabajo de su madre, quién siempre la ponía en segundo lugar―siempre la asistente, siempre la pequeña hija(incluso cuando ya no lo era. Solo una madre como Deméter no sería capaz de aceptar la realidad) que la consentía, idolatraba, obedecía.
Ella no es esas cosas aquí, en la oscuridad, en la tierra de los muertos. Es temida, poderosa, entendida. Aquí, nadie espera que ella ponga flores todas las mañanas en cada una las ventanas siguiendo las costumbres matutinas de su madre. En lo más profundo de su corazón, no siempre reniega de las funciones que cumple junto con Deméter cuando residen afuera juntas, pero cansa, a veces, porque se supone que ella debe estar ahí. Es en esos momentos cuando Perséfone prefiere ver el retorcido y lento crecimiento de las almas del Inframundo al lado de su esposo, en vez de ver millones de flores creciendo en la pradera junto con su madre.
Un aroma dulce típico del florecimiento(huele diferente arriba, que en su jardín en el Inframundo, está segura de ello) y una plaga bajo el olor fresco a corte de cebada se incrustan en el fondo de su conciencia, hasta que se aleja del mundo una vez más, y respira.
Hades es el dios del Inframundo, sumergido en una tarea de miseria y dolor que al principio no compartía con nadie, solitario hasta el día de su muerte. Pero la muerte de cuerpo no afecta a los dioses, solo se desvanecen a medida que son olvidados por la gente que solía adorarlos. Y así quedó su trabajo: regir la muerte. Puede ver, sentir y oír cada una de ellas: la causa de fallecimiento, el alma dejando el cuerpo de la víctima, el temblor de sus voces al llegar al recibidor del Inframundo y decir que es una equivocación, que debe ser una equivocación.
Ella puede verlo, la forma en cómo los oscuros ojos del rey brillan; es un brillo que solo había visto en él una vez cuando Zeus, en uno de los muchos ataques de inconsciencia por los que es popular, mató a una de las amantes mortales de Hades, Maria Di Angelo, con su rayo. Esa vez, era dolor y venganza; esta vez es solo dolor, demasiado dolor.
Y al igual que todas esas veces, el rey pudo sentir cuando el alma de su hija llegó al Inframundo; sus ojos se abrieron, agarró la mano de su reina con fuerza: Bianca Di Angelo había muerto.
Es rara la vez que la diosa de la primavera decide dejar el palacio. Usualmente solo aprecia el panorama desde la ventana de su habitación o sale a cuidar de sus plantas en el jardín que Hades hizo construir especialmente para ella, pero hay algo en su interior, una sensación que no comprende, que le pide que vaya hacia allá, a los campos Elíseos, y hable con ella. Con Bianca.
La encuentra rápidamente: la niña de ojos marrones, cabello castaño oscuro y piel oliva ligeramente translúcida, está sentada en una banca cerca a un conjunto de árboles; una expresión de serenidad adorna su rostro; tal vez la muerte resultó satisfactoria para ella. Perséfone la mira, no segura de que decir, y por una fracción de segundo el pensamiento de regresar inmediatamente a su trono aparece en su cabeza, pero ya no puede: Bianca la está mirando de vuelta.
"Te ves exactamente.." La italiana para; la diosa de las flores puede jurar que oyó su voz quebrarse. Bianca miró hacia la nada y susurró: "Te ves exactamente igual que en las tarjetas de Nico" Perséfone arrugó los labios. Nico. Ella estaba bastante enterada de la existencia del segundo hijo que Hades tuvo con Maria Di Angelo: el pequeño niño feliz e hiperactivo, obsesionado con ese degradante juego de cartas de los dioses llamado Mito magia, que ahora no es más que odio, rencor y sombras.
"Tu hermano está aquí" La mujer finalmente dice: el dios del Inframundo le había avisado de la llegada del muchacho solo en caso si llegara a aparecer en el palacio en busca de alguna necesidad. Nunca llegó.
Bianca asintió. "Lo sé" Torció la boca. "Ha tratado de llamarme muchas veces hacia la tierra de los vivos". Ojos negros, al igual que los de Hades, la miraron con...¿esperanza, tal vez? Perséfone no está segura. La italiana abrió su boca: se podía ver que debatía si decir o no las palabras que tenía en mente.
"No soy tu madre, niña" La reina le interrumpió, con voz cortante, teniendo una vaga idea de lo que le iba pedir. La mayor de los hermanos Di Angelo la miró. Perséfone evadió su mirada: no estaba asustada, pero tampoco estaba segura de por qué no se atrevía a hacerlo. Se dio medio vuelta y desapareció en una nube con olor a flores.
Tal vez, lo que dijo fue demasiado duro o hiriente, pero es la verdad; ella es la reina del Inframundo, se supone que así deber ser.
Un niño de entre diez u once años, con cabello negro, ojos oscuros y pálida piel oliva destroza con furia una baraja de cartas. Una pila de madera está amontada en el suelo: una pequeña llama naranja brilla entre ellas. El italiano bota cada una de las cartas con imágenes de dioses y monstruos mitológicos en el fuego sin piedad. Sollozos, o tal vez gruñidos, salen de su boca.
"¿Qué crees que estás haciendo?" Una dura voz preguntó. Nico alzó la cabeza. Una mujer de estatura promedio, piel pálida, largo cabello negro y ojos multicolores, semejantes a un colorido campo de flores en primavera, lo miraban con enojo: Perséfone.
"¿Tú qué crees que estoy haciendo?" El italiano le respondió, sin inmutarse en cuidar su tono de voz. La diosa pestañeó; incluso si su cara denotaba enojo puro, en su quebradiza y vulnerable voz predominaba la tristeza y el dolor.
"Apreciaría que realizaras tu vandalismo en otro lado. Estás demasiado cerca de mi jardín" La diosa de las flores dijo, señalando hacia atrás. Árboles de granadas lucían imponentes; el dulce aroma era intoxicante. Flores silvestres, de varias tonalidades y tamaños, crecían desordena mente por el suelo hasta subir hacia las cercas que rodeaban el lugar. Lucía hermoso, y al mismo tiempo era tan sorprendente ver que ese tipo de vida fuera capaz de crecer en el Inframundo.
"Sin importar las condiciones, algo siempre florecerá" La diosa recitó, con una extraña dulzura en su voz. Nico la miró y Perséfone sintió un poco de satisfacción al notar que el muchacho dejó de quemar las cartas; por lo menos es respetada. "Mi madre siempre dice eso" agregó. Un sonido salió de la garganta del chico, como un sollozo contenido, y la diosa de la primavera abrió la boca: tal vez para pedir disculpar, tal vez para volver a repetir su orden. Ni siquiera ella estaba segura.
"Vete" Nico le interrumpió. "Ahora"
Los ojos multicolores de Perséfone adquirieron un color verde oscuro. Se paró más recta, cruzó los brazos y soltó un bufido, molesta. No iba a dejar que un simple semidiós, aunque sea hijo de su esposo, la tratara como si no fuera nadie.
"Este mi reino, Nico Di Angelo. Yo soy la que doy órdenes aquí" El chico no se movió, solo la miró un tanto sorprendido; probablemente no esperaba que ella podría llegar a ser seria o intimidante, mucha gente suele pensar eso. Sin embargo, Nico tuvo la audacia de sacudirse de hombros y seguir quemando esas estúpidas cartas. La diosa soltó un gruñido, y antes de volver al cuidado de su jardín decidió que, por el bienestar de su esposo, gastaría algunas de sus palabras con el irritante adolescente.
"Estar al lado de tu padre tantos años me ha enseñado algo: puedes dejar que la muerte te consuma o aprender de ella. Así que, dime, ¿cuál eliges?"
El chico no contestó nada. El fuego de las brasas aumentó, el humo subía en espirales hacia arriba, mientras más cartas eran quemadas: Nico ya había hecho su decisión, Perséfone solo esperaba que no acabara como su hermana.
Hades miró a su esposa. La bella diosa tenía un sonrisa de satisfacción plasmada en su rostro; una copa de vino yacía en su mano derecha. El dios del Inframundo ladeó la cabeza, sonriendo de lado, pero igualmente siguió disfrutando de la cena que había sido servida en su plato. Después de unos minutos,el rey decidió que era momento de hablar.
"Amor" Hades dijo, dejando los cubiertos a un lado. Perséfone lo miró. La reina bateó sus pestañas, sonriendo con inocencia.
"¿Sí, mi lord?" preguntó con voz dulce, casi parecido a un ronroneo.
El dios de la muerte maldijo bajo su aliento: a pesar de llevar casado milenios con la bella diosa todavía era débil ante sus encantos. Hades carraspeó. "Sabes que tarde o temprano tendrás que transformarlo de nuevo a humano, ¿no?"
Perséfone bufó, claramente indignada. Miró con desdén hacia la silla de enfrente y de ahí a su esposo. "Yo, por mi parte, pienso que hace mejor de diente de león" Los ojos oscuros de Hades miraron hacia al techo, con exasperación; las riñas familiares entre su hijo, Nico, y la diosa de la primavera le estaban causando una de las peores migrañas que había tenido en su inmortal vida.
"Amor" Hades dijo, mirando intensamente a su esposa. Perséfone arrugó los labios, soltó un resoplido y alzó las manos en rendición.
"Está bien" aceptó a regañadientes. La diosa movió sus manos e instantáneamente desapareció el bello diente de león para ser reemplazado por un muy enojado hijo de Hades en la silla. El chico la miraba directamente, murmurando insultos en griego bajo su aliento, sus brazos cruzados sobre su pecho.
"Estás loca" Nico siseó en voz alta. La diosa rechinó los dientes, lo miró fríamente y de ahí a su esposo. "¡Y tú querías que lo transformara de vuelta!" le reclamó, señalando con desdén hacia su hijastro.
Hades volvió a mirar hacia el techo con desesperación.
Perséfone miró por el rabillo del ojo, mientras cuidaba unas flores silvestres de su jardín, al hijo de Hades salir del palacio con una mochila sobre su hombro; su espada de hierro estigio atada al filo de su cinturón. La diosa de la primavera sacudió los hombros: lo que sea que el muchacho hiciera no era de su incumbencia. Por supuesto, su curiosidad ganó y antes de pudiera detener a su boca, palabras salieron de ella:
"¿A dónde vas?" Nico paró de caminar, se dio media vuelta y miró a la diosa. Perséfone alzó una ceja; después de convivir con el italiano había aprendido que, al igual que su padre, su temperamento no era nada bueno. Le gustaba estar solo, que nadie se meta en sus asuntos.
"A cerrar las puertas" Él contestó sin vacilación. La diosa abrió la boca y lo miró: su esposo le había contado sobre el problema de la desaparición de Tánatos y las consecuencias que esta traía; miles y miles almas volviendo a la vida.
"¿Tu padre sabe de esto?"
"No"
"Está bien" Ella contestó,mirando nuevamente hacia el arbusto de flores. Nico murmuró algo, acomodó su mochila y siguió por el camino empedrado sin volver a mirar a su madrastra.
"¡Espera!" Perséfone lo llamó. El hijo de Hades se detuvo; una expresión de confusión adornaba su rostro. La diosa mordió su labio, indecisa. Finalmente, se alejó del arbusto, caminó hacia el árbol más cercano de granadas y arrancó una. Se acercó hacia el semidiós. "Toma" le dijo, poniendo el fruto en la mano del chico. "Te servirá para, ya sabes, no morirte"
El chico pestañeó, mirando hacia su mano. "A tu padre no le agradaría eso. El Inframundo ya es un desastre, no necesitamos más almas" agregó con indiferencia. El hijo de Hades sonrió levemente, abrió su mochila y guardó el fruto.
"Sí, claro..."
"No necesito tus agradecimientos Nico Di Angelo" La diosa le interrumpió. "Contrario a lo que todo el mundo cree, sobre todo mi madre, yo sí amo a mi esposo. Y por el gran amor que siento por él es que hago este gesto de amabilidad hacia ti. Por alguna razón que no comprendo, a mi rey parece que le agradas" Sacudió los hombros. "Para mi gusto eres demasiado irritante"
Nico soltó un bufido y sin decir nada más, siguió con su camino. Perséfone lo miró una vez más.
N/A: No pude evitar empezar con la historia de Hades y Perséfone. Si no quedó claro, sí, ellos son mi pareja inmortal favorita. Si no recuerdo mal en la 'Marca de Atenea' se reveló que Nico llevaba unas semillas de granadas del jardín de Perséfone y las usó cuando estuvo en la jarra. Nunca se supo si las robó o la diosa se las dio, así que decidí irme por la segunda opción.
Capítulo 3: Hera/Thalia
"Supongo que estás feliz ahora, ¿no?" El rey del cielo casi escupió las palabras. Hera lo miró: había algo en su tono de voz; pena, enojo, dolor. A él le importaba esa mortal. Esa era la razón principal por la que los dioses no comparten más de una noche con mortales: su mortalidad es como una enfermedad; un dios se vuelve más emocional, más humano.
