And those bright blue eyes
Can only meet mine across the room filled with people
that are less important than you
—Of Monsters and Men
21 de enero de 1939
El período anterior a la guerra es borroso y liviano, casi como una ilusión de una estadía perfecta. Sin embargo, no se puede contar una historia sin comenzar por el principio, para cuando la vida aún refulgía y Europa no se veía allanada por las bombas. Empezaré, entonces, de manera rápida pero justa, presentándote a mis amigos.
Para la Noche de los cristales rotos mi familia y yo ya nos habíamos mudado a Holanda, es decir, la parte occidental de los Países Bajos. Es un gran alivio, ya que los sucesos llegaron a ocurrir cerca de nuestras antiguas casas. Entonces yo tenía once años, y la mudanza para mí fue como un suspiro —mi padre, que en aquellos tiempos tenía numerosos ahorros, se había encargado de hacerme sentir tranquilo durante toda aquella penosa situación. El hecho de no haber tenido muchos amigos en Alemania ayudó, en parte, a sentirme incluso a gusto con el hecho de mudarnos a Holanda.
Mi situación por aquel entonces no era más que una triste y liviana confusión. Como era pequeño, no tenía el tiempo suficiente para preocuparme más que de comer lo necesario y jugar con mi hermano pequeño. Sin embargo, las circunstancias y medidas del nazismo iban haciendo hincapié en mi confusa cabeza. El hecho de no pensar en ello demasiado era una triste excusa para no anticipar el mal trago que iba a suponer para mí.
—Viviremos junto a más judíos —había comentado mi madre aquel entonces—. Así nos sentiremos más seguros.
La palabra gueto vino a mi mente, aunque me la callé. No dije nada porque desde pequeño me habían enseñado que las palabras de un niño no tienen ningún valor posible, y con el tiempo otras personas se habían ocupado de que aprendiera que mi condición judía las hacía aún más insignificantes, así que mantenía la boca cerraba y me mordía la lengua; ocupándome de que todos me tomaran por un crío educado. De todas maneras, no podía estar muy seguro de la verdadera naturaleza de aquel barrio apartado, abandonado y minúsculo en el oeste de la ciudad holandesa de Ámsterdam. Quizás los nazis aún no habían llegado a los escondrijos de este país y estábamos a salvo de cualquier discriminación racial, pensé con esperanza.
Llevábamos en la ciudad apenas una hora. Recorrimos el camino a pie hasta nuestro nuevo hogar ya que, por aquel entonces, el hecho de que un tranvía fuese usado por un judío estaba mal visto, y mis padres preferían no ganarse mala fama el primer día de su llegada. Observé el edificio desde la calle. Tenía tan solo dos plantas y estaba adosado a otros de estructura parecida. La puerta chirrió levemente al abrirse, y fuimos bienvenidos por una gran nube de polvo.
—Parece que nadie ha pisado esto en años —fue lo primero que dije al entrar, observando la estancia oscura y casi vacía.
—De hecho, es así —un matiz orgulloso tintaba la voz de mi padre—. Nadie vive en esta casa desde hace años. Está en buenas condiciones, pero necesita mucha limpieza y tiene pocos muebles. Por eso me la rebajaron bastante.
Claro, murmuré entonces. Cualquiera que conociera a mi padre sabría que es un muy hábil negociante y nunca deja pasar una buena oferta —la tacañería era conocida por ser la mayor virtud de los judíos, de ahí sus grandes caudales que les hacían estar cómodos hasta en tiempos de guerra. Sin embargo, no me interesaba el dinero más que para gastarlo; y mucho menos quería caer en esos tontos prejuicios que estaban llevando a Alemania a la miseria—, de ahí que mi padre sacrificara todo lo que tenía para llevar a su familia a una casa que parecía ser de otro siglo. En otro país.
De nuevo, me guardé la palabra huir entre los labios.
Holanda aún no había empezado a estar asfixiada por el régimen nazi, así que las escuelas no contaban con la restricción de plazas para niños judíos. Mi padre, quien tenía numerosos contactos y había movido muchos papeles en el país vecino, consiguió hacer que ingresara a mediados del curso escolar en una modesta y discreta academia en las afueras de Ámsterdam.
Tras las renovaciones en el interior del decrépito edificio, la instalación de mi familia en nuestro nuevo hogar y pasada la Hanukkah que celebramos con una buena armonía pero menguados ánimos, ya estaba caminando al colegio entre canales, tulipanes y el trajín diario en Waterlooplein, el conocido barrio judío. Una tranquilidad fingida ocultaba mi nerviosismo entonces: me pregunté cómo serían los holandeses que allí hubiera, a los cuales no había tenido gran oportunidad de conocer desde la mudanza; cuánto tiempo duraría en aquellas aulas, si no era que la SS picaba en mi puerta a la mañana siguiente y me metía en una furgoneta blindada, como había ocurrido en numerosas de mis pesadillas; si mis compañeros me odiarían y lanzarían bolas de papel al conocer mi origen, del que ya me escondía y refugiaba…
Espero que me permitas presumir al menos por un momento de una de mis pocas cualidades, y es que no era un chico nada tonto, y sabía que la mejor manera de sobrevivir en aquel mundo tan simple y complejo —simultáneamente—, era pasar desapercibido. Así que caminé cabizbajo nada más entrar al edificio, entre los gritos y el desorden de los que serían mis nuevos compañeros, me aproximé con calma y seguridad al aula y busqué el amparo del profesor que me esperaba en la clase unos minutos antes de empezar la lección. El señor Garrison, con el que mi padre había charlado pocos días antes, estaba al tanto de mi situación y debió pensar que tenía una frágil e inestable condición, tanto física como emocional.
—No te preocupes, Kyle —dijo con un dulce y oportuno cariño—; aquí estás a salvo. Todos tus compañeros te recibirán con gusto y aprecio.
A continuación hizo un extraño número con una marioneta, la cual parecía más agresiva que él, aunque no le tomé importancia. En la clase había dieciséis mesas divididas en pares.
—Te sentarás en la primera fila —indicó el señor Garrison—, tu compañero estará contento de tener por fin a alguien sentándose en el pupitre de al lado. Es el único que está libre.
En aquel momento eché en falta a mi hermano, el cual había sido destinado a un parvulario más lejos de allí. Me pregunté si le estaría yendo bien aunque, conociéndonos, probablemente era yo el que me estaba tomando de una forma más extremista la situación, así que me senté en el pupitre y esperé a que llegaran los demás chicos, tratando de hacerme a la idea de que no era el fin del mundo. Casi al momento comenzaron a aparecer alumnos en la clase. Causaban tal barullo que el profesor tuvo que pegar un par de gritos, aunque ellos daban la impresión de estar acostumbrados y parecían no inmutarse; en especial un chico que llevaba un gorro azul y amarillo y se sentó en el pupitre que se encontraba tras de mí.
—De verdad —parecía que hacía esfuerzos para no estallar en carcajadas—, deberíais haber visto su cara, dios mío. Butters es tan idiota.
Un chico rubio apareció tras de él, casi como un fantasma, mirándole con el ceño fruncido. Su rostro estaba casi cubierto al completo por la capucha de su chaqueta naranja, algo sucia y desgastada, y algunos mechones de pelo dorado asomaban por debajo de ella.
—Pues es el único que te soporta —comentó, despreocupado—, más te valdría comportarte mejor con él.
Se sentó al lado del anterior y, para mi sorpresa, no parecía tener intenciones de quitarse la capucha del rostro. Bueno, no es que tuviera motivos para quejarme: yo no pensaba verme desprovisto de mi ushanka.
El primero me miró fijamente y, como si se le iluminara una bombilla encima de la cabeza, exclamó sin ninguna timidez:
— ¡Oh, un chico nuevo! ¿Cómo te llamas? —preguntó con un tono amable horriblemente falso, tocándome maleducadamente el hombro para llamar mi atención. Qué poco había durado mi invisibilidad en aquel aula, me maldecí, y ni siquiera había abierto la boca.
—Soy Kyle Broflovski —contesté entre la timidez y la seriedad, frunciendo los labios y estrechando la mano que me ofrecía. Observé que tenía aires de superioridad y un notable sobrepeso—, vengo de Alemania.
—Yo soy Eric Cartman —se presentó el chico—, y también vengo de Alemania. ¡Mi padre es un gran amigo del Führer! —exclamó, con un orgullo latente y construido, y al oír ese nombre no pude hacer otra cosa que empequeñecerme en mi asiento. Sentí, justificadamente por dichas razones, que debía alejarme de él.
—Padrastro —añadió el chico rubio, que aún no se había presentado—, su padre está muerto y su madre se junta con un nazi diferente cada día. Lo que pasa es que viven todos en Alemania y apenas les ve. No seas tan arrogante, culo gordo —le dijo, entre risas. Parecía ser que se hacían ese tipo de bromas continuamente.
—Bah —el nazi en potencia chascó la lengua, quitándole importancia a lo que el otro había dicho—, siempre es mejor que vivir en un basurero, Kenny. —el mencionado alzó una ceja, y yo les miré con alarma.
— ¿Un basurero?
—Kenny es el chico más pobre de la escuela —aclaró Cartman, con cierta sorna—, viven en la parte oeste, ¿sabes? Esa zona en la que solo hay chabolas, y sus padres ni siquiera tienen una radio.
Fruncí el ceño.
—Vaya…—dije inquieto—, y yo que pensé que teníamos poco dinero.
—¿Pensabas? —preguntó Cartman.
—Mi padre era abogado —expliqué. Me sorprendía la facilidad con la que había empezado a hablar con aquellos dos chicos—, pero desde que tuvimos que mudarnos, no sé si lo será ya más. Tenemos bastantes ahorros, eso sí —evité comentar la razón de nuestra mudanza por entonces: no me fiaba de las intenciones del huérfano—. Siento tu condición —le dije a Kenny, apenado.
—No te preocupes —me pareció oír que decía—, estoy acostumbrado.
—Alrededor de él pasan cosas increíbles —comentó Cartman—, pero ya las verás.
Antes de que pudiera preguntar qué cosas le pasaban exactamente, oí un ruido a mi izquierda y me giré para ver a un chico sentarse en el pupitre de al lado. No me había percatado de su entrada en la clase.
—Justo a tiempo —suspiró él, saludando a Cartman y a Kenny. Me llamó la atención su chaqueta, de color marrón, con el logo de los New York Yankees cosido. Supuse que le debía de gustar bastante el béisbol, ya que en esta época no era fácil conseguir una prenda de ropa americana.
Observé que él también llevaba un gorro, en este caso azul y rojo, algo cubierto de nieve reciente. Sus ojos azules brillaban con gesto extrañado, probablemente por ver ocupado el lugar que debía de llevar meses vacío a su lado. Algunos mechones de pelo negro caían por su frente, e hizo un intento de ocultarlos bajo el gorro. Nadie que se saliera de lo que yo habría llamado "normal" en un principio.
—Hola —dijo finalmente, y yo me giré para enfrentar su mirada. Parecía algo inseguro con respecto a hablarme, con lo cual deduje que debía de ser alguien tímido. Esbozó una sonrisa cuando musité un saludo, y apartó la silla para sentarse—. Soy Stanley, aunque me suelen llamar Stan.
—Él es Kahl —interrumpió Cartman.
—Es Kyle —repliqué, algo molesto—. No Kahl.
—Bah, da igual —dijo este, chascando la lengua—. Hemos estado un rato hablando con él y he decidido que será nuestro nuevo amigo.
—¿Has decidido? —me sorprendí yo.
—No intentes detenerle —rió Stan—, él es así siempre, nunca pide la opinión de nadie. Aunque a mí no me importaría ser tu amigo.
A mí tampoco me importaba amigarme con Stan en aquel momento. De hecho, me aliviaba tener un compañero de mesa tan amigable como él. Kenny también parecía agradable, aparte de las sospechas que pudieran cernirse sobre él. Sin embargo, observé con los ojos entrecerrados a Cartman, que me miraba como retándome a negar su proposición. Suspiré, casi agotado de todo el esfuerzo social que estaba haciendo, y rodé los ojos.
—De acuerdo —dije, sonriendo levemente a Stan y a Kenny, y mirando con desconfianza al nazi en potencia, como quise llamarle a partir de entonces, y cuyo significado no me aportaba ninguna confianza—. Es un placer.
—Cuántas formalidades —murmuró Kenny, esbozando una sonrisa.
El profesor se aclaró entonces la garganta, y todos nos giramos procurando prestar atención. Tras carraspear y darnos una última mirada amenazante, se sentó en su silla sacó unos cuantos papeles.
—Buenos días.
—Buenos días, Señor Garrison —respondieron los alumnos al unísono, aparte de algunos rezagados y otros que casi se dormían en el asiento. Observé que todos se habían sentado ya. Un chico sentado detrás de mí temblaba preocupantemente.
—Supongo que os habréis percatado de que tenéis un nuevo compañero —dijo sin reparos, y sentí todas las miradas clavarse en mí. Probablemente algunos no se hubiesen dado cuenta de mi presencia. El profesor me miró y continuó hablando, con una voz fingidamente dulce—, ¿qué tal si sales y te presentas?
Vacilé un poco antes de levantarme, inseguro, tratando de no cruzar la mirada con ninguno de los chicos que se encontraban en la clase. Me subí a la tarima al lado del escritorio del profesor y, tragando saliva, hablé con toda la seguridad que podía fingir.
—Soy Kyle Broflovski. Tengo…once años. Cumpliré doce en mayo —miré a un punto fijo perdido en la habitación, entre los pupitres y el suelo—.Aún no conozco muy bien la ciudad porque llevamos todo el tiempo instalándonos. Uh…—falto de ideas y nervioso, miré hacia mis compañeros esperando alguna reacción. Eric apartó su mirada en cuanto se cruzó con la mía. Kenny también tenía los ojos puestos en mí, sin embargo, parecía estar en las nubes. Stan me miraba con calma y, como si fuera algo que hiciese todos los días, sonrió afablemente sin apartar la vista ni un segundo—Es decir —continué entonces, algo más tranquilo—, vengo de Alemania.
Algunos chicos parecían sorprendidos. Un chico de pelo corto y rubio abrió la boca sorprendido.
—¿Por qué te mudaste? —preguntó, con acento sureño y un ligero tartamudeo.
—¡Stotch! ¿Qué te he dicho de interrumpir a tus compañeros? —exclamó mi profesor, lo que alarmó al chico.
—¡Lo siento, señor Garrison! —dijo él inmediatamente, aunque no apartó su vista de mí, esperando una respuesta. Cartman carraspeó.
—Yo también vengo de allí —atinó con un gesto cortante—, y no os interesasteis tanto.
Los demás empezaron a intervenir y a discutir entre ellos, lo que arrancó un suspiro del desesperado profesor, que parecía rendirse.
—Vuelve a tu asiento, Broflovski —dijo, aparentemente cansado—. Y vosotros, ¡cerrad la boca! Ya os inmiscuiréis en los asuntos de vuestro compañero en el recreo.
Entre el alivio y la incomodidad que me suscitaba aquella frase, obedecí rápidamente y me senté en mi pupitre. Un barullo y jaleo general reinaba en la clase, lo que me ayudaba en la tarea de pasar desapercibido, aunque no por mucho tiempo. Mientras los alumnos se calmaban me interesé por lo que hacía Stan, que garabateaba unas cuantas frases en una hoja arrancada de su libreta.
—¿Hay que apuntar algo? —pregunté, disimulando mi curiosidad por lo que fuese que escribía.
—¿Eh? No —dijo rápidamente, con un tinte de nerviosismo en su voz—. Esto es…bueno, supongo que no hay ningún motivo por el que ocultarlo —continuó, suspirando—. Todo el mundo lo sabe ya. Aunque seas nuevo, no tardarías en descubrirlo.
Me tendió la arrugada hoja, llena de tachones y frases mal escritas, como si estuviera indeciso respecto a su contenido. Estaba en neerlandés, el idioma en el que hablábamos y que yo llevaba aprendiendo desde pequeño, a deseos de mi padre —lo cual le agradecería en aquella época en la que pude comunicarme de forma fluida en Holanda, aunque mi idioma materno fuera el alemán—. La estiré como pude y desencripté algunas líneas.
"Lo he estado pensando mucho tiempo y me gustaría que volviéramos juntos, T̶e̶s̶t̶a̶b̶u̶r̶g̶e̶r̶ Wendy. Prometo no cometer los errores del pasado."
"Siento haberte vomitado encima"—bueno, eso no parecía agradable—,"y quiero que sepas que no me gusta Bebe, pero tú tienes que decirme lo mismo de Black, porque Kenny me contó que Craig le había contado que Clyde había escuchado de Token que lo habíais dejado" —por lo que veía, eso parecía todo un enredo—, "y bueno, solo quería asegurarme."
—Me pondría muy nervioso diciéndoselo a la cara —explicó—, y probablemente le vomitaría encima de nuevo —concluyó, como si fuese lo más normal del mundo.
Había olvidado casi por completo que en aquella clase también había chicas. Miré hacia atrás, algo confuso por tantos nombres, buscando identificar a todas aquellas personas.
—¿Quién es? —le pregunté finalmente.
—La del pelo negro —contestó Stan, con un gesto—.
La chica, que se sentaba unas mesas a nuestra izquierda, parecía muy absorta en una conversación con otra alumna. Llevaba una boina morada adornando su largo pelo y, a juzgar por su gesto, parecía ser una chica normal y amable.
—Es muy guapa —afirmó al instante él, con la mirada perdida—. ¿No crees?
—Supongo —dije sin más, pasándole la hoja de nuevo, y murmurando un "suerte". Mi pobre experiencia con las chicas había hecho que mi interés por ellas cayera en picado, por lo que dudaba mucho interesarme en una hasta dentro de unos cuantos años—. En Alemania los colegios eran masculinos o femeninos —aclaré—. Nunca he estado con chicas en clase.
—Ya veo —comentó mi enamoradizo compañero, algo sorprendido—. Sí que son raros en Alemania. Pero no te preocupes —añadió, sonriente—. Estoy seguro de que alguna se interesará por ti. Lo primero que oí esta mañana decir a las chicas fue "¡hay un pelirrojo en clase!". No sé si en Alemania sí, pero aquí definitivamente no se ven muchos. Hablando de eso, ¿de dónde son tus padres? Con tu apellido y tu aspecto, no pareces realmente un alemán.
Afortunadamente para mí, el profesor dio un fuerte golpe en la mesa y todos callaron, probablemente conscientes del peligro que aquello suponía.
—Ahora que hay silencio —anunció, tras un par de regañinas y coscorrones—, voy a indicaros la tarea que tenéis que hacer para el fin del trimestre. Va a ser un trabajo elaborado, de unas cinco páginas mínimo. Es decir, una redacción.
Se escuchó una protesta general.
—¡No seáis gandules! Aún no habéis oído de que trata —riñó el señor Garrison—. Para vuestra alegría, sabed que no vais a tener que investigar sobre nada ni leer demasiados libros. La tarea es muy simple. Tenéis que relatar con sinceridad por qué os gusta vivir Holanda. —el maestro se levantó, y suspiró por enésima vez en esa clase—. Veréis, chicos. El mundo está pasando por momentos difíciles. Tenéis que demostrar vuestro patriotismo. Tenéis que estar orgullosos de vuestra nación. Y demostrarlo.
Se escuchó un "oh" general, y algunos murmullos de aprobación de algunos que habían esperado algo más complejo para el trabajo. Cartman soltó algo parecido a un "¡mi verdadero país no es este!" a lo cual yo me giré, mirando a mis compañeros más cercanos.
—Pero —musité, compungido—, ¡si solo llevo dos meses aquí! Y poco tiempo más me queda hasta el plazo. ¿Cómo sabré lo que me gusta de Holanda? —no solía ser una persona que entrara en estado de pánico tan pronto, pero lo estudios…bueno, con los estudios era una persona totalmente diferente.
—Bueno —dijo Kenny, que parecía haberse despertado de su adormecimiento, con una gran sonrisa pintándole el rostro—, podemos enseñarte Holanda.
Stan sonrió. Cartman hizo un gesto con la mano quitándole importancia, mientras murmuraba un "lo que sea". Una extraña ilusión crecía dentro de mí. A partir de entonces, supe que íbamos a ser grandes amigos.
