—Rómpeme—
(S&E)
Por Zury Himura
Corrección por Sele
Disclaimer: los personajes no me pertenecen. Esta historia está basada en la vida de dos personas muy queridas para mí, excepto la magia.
Gracias a Edi y a Ceci que sin ella no hubiera regresado al ffn. También a todos ustedes por su apoyo y comentarios. Volveré a contestar reviews así que ya saben! Gracias por leer.
Capítulo 2
Lo último que había aprendido en esos días era el recuento de su vida actual, de la cual no recordaba nada. En realidad la que aparentemente era suya. Ella era una chica de granja, con abuelos, padres y docenas de primos, cosa que en su otra vida no tenía. Había despertado varios días golpeándose en la pared para despertar de lo que pensaba que era una extraña pesadilla, pero no pasaba nada, a excepción de los largos hilos de sangre y las contusiones que se había ocasionado.
Había llegado a pensar que lo que había sido su vida tan solo días atrás era solo producto de su imaginación y se lo había inventado. Pero entonces, ¿cómo había llegado a tener dicho anillo? ¿Cómo se había imaginado a Himura Kenshin proponiéndole matrimonio con un anillo costoso que supuestamente ella se había encontrado en un taxi? Ya no sabía lo que era real o fantasía, ya no sabía cuál de sus dos vidas era la verdadera.
Por otra parte, era ajena de todo en la que estaba viviendo y con los que estaba viviendo. Había descubierto detalles en su cuerpo que antes no tenía. Como por ejemplo: los lunares de sus brazos y espalda, ahora era más llenita y voluptuosa de lo normal y de hecho, la cicatriz de la operación que había padecido en su otra vida no se mostraba en ese cuerpo. Sin contar los músculos en su cuerpo, ahora podía caminar en ropa interior solo para presumir su figura. Sin duda, un gran paso a lo que antes era.
Su madre, preocupada, había venido a visitarla a su pequeño departamento el fin de semana. Pensaba que tenía amnesia temporal y que por eso no recordaba lo que había vivido. Había sido llevada a emergencias al hospital local, por petición de la dueña del edificio donde rentaba. Ya que no quería ser tratada con rudeza ni como una extraña como, según ella, Kaoru la había estado tratando.
Los doctores le habían diagnosticado posible amnesia temporal, ya que en los estudios su cerebro parecía estar bien. Así sin más de qué preocuparse y sin nada que hacer, había sido dada de alta con una prescripción para un psicólogo. Y es que ¿quién los culparía si conocieran la versión de su historia? ¿Quién le creería si les dijera que ella era una multimillonaria, con un novio perfecto y el mundo a sus pies, y que todo se había desvanecido de repente? Y de la nada… ¡Qué había amanecido en lo que para ella era un departamento de tercera categoría!
¿Quién le creería?
¡Si para todos ella era una granjera inexperta, pobretona, un poco idiota y desafortunada en el amor! Bueno, lo último se lo había dicho la señora con la que vivía al preguntar por Kenshin. El cual habían buscado entre el álbum de fotos que tenía, en la memoria de su cámara y su teléfono. Habían preguntado con todos los del edificio en caso de que fuera su novio secreto y curioso de ellos lo supiera. Pero no había rastro de él, ni un número de teléfono ni alguna carta como las que estaba acostumbrada a recibir de su parte.
No tenía a Kenshin, y de repente su corazón había dolido de una forma devastadora.
Había culpado a su estúpido deseo generalizado y descuidado, y no era que extrañara su vieja vida. Si bien sus padres seguían teniendo la misma actitud, aunque eran menos protectores y la dejaban ser independiente. No tenía hermanos; así que no tenía nada que extrañar de su antigua vida… más que a él, Himura Kenshin al cual, estúpidamente e inconscientemente, había renunciado en su tonto cumpleaños.
Así, habían pasado días llenos de tristeza, buscando y no encontrando nada referente a él en su vida. Pero vaya, los recibos, la escuela y su comida no se pagaban por ellos mismos en esa vida, así había terminado buscando empleo y yendo a escoger las clases de inicio de año en la universidad.
Pero lo que la confundía más era la incógnita de saber… si esa vida había pertenecido a otra Kaoru o simplemente había sido creada para ella. En ese caso había tomado como referencias las fotos de la pared. Porque simplemente estaba perdida y sin pista alguna.
A aquella Kaoru le gustaban los animales y también estaba rodeada de gente. Sus libros eran de ciencias y matemáticas, orillándola a la conclusión de que tal vez estudiaba medicina. Pero para cerciorarse tenía que confírmalo ya que ni su padre ni su madre, por la falta de conocimientos en su vida, habían podido ayudarla en ese asunto. No quería arruinarse su nueva vida, como tampoco la vida de una Kaoru que no sabía si existía y si algún día regresaría. Ya fuera en su mente o de carne y hueso.
De esa forma había logrado hablar con Misao, el primer contacto de su teléfono y que al juzgar por las fotos en su celular y en la pared parecía muy unida a ella. Fue así como se habían puesto de acuerdo y se encontrarían en el café de la cuadra siguiente para poder platicar y no perderse yendo más lejos. Su voz le había sonado alegre y amable, solo esperaba que esa joven le fuera de utilidad para rehacer su vida.
Miró por cuarta vez la carpeta y después a su reloj. Sus ojos índigo pasaban de cabeza en cabeza tratando de encontrar en cada persona el rostro de su supuesta amiga, quien de hecho llevaba una hora de retraso. Estaba a punto de pagar y ponerse de pie cuando pudo vislumbrar la esbelta y tímida figura surgir entre nuevos clientes que entraban al local. Su joven amiga alzó una mano en el aire saludándola y llamando su atención. Kaoru tomó asiento nuevamente y se limitó a sonreír.
—Disculpa amiga, había un tráfico horrible y Aoshi no me dejaba salir de la casa —La joven sonrió después de guiñarle un ojo antes de quitarse su chaleco y dejarlo en el asiento vecino.
—¿Aoshi? ¿Cómo que no te dejaba salir? ¿Estás en problemas? ¿Te lastimaste? —preguntó Kaoru preocupada, asumiendo lo peor de la situación. Ya que en el caso de ella si no le era permitido salir de la casa era porque tenía que ver con problemas de salud o algo grave pasaba en la familia.
Su amiga soltó el final de su larga trenza que había estado revisado con suma curiosidad por los últimos segundos y la miró, pasiva—. Kaoru, quise decir que no abandone la habitación de Aoshi por un buen rato —explicó la pelinegra al ver a su amiga preocupada—. Ah, vaya, olvidaba lo que tu mamá me había dicho sobre tu problema de salud. No pensé que fuera tan grave.
Kaoru dejo en la mesa la botella de agua que había sostenido desde que había llegado y asintió. —Necesito tu ayuda, necesito que me des paseos y me digas que es de mi vida. Quiero que me digas que amo hacer y que detesto hacer. Todo eso.
—Eres una chica risueña, te gusta cocinar y ayudar a las demás personas. Estudias medicina y eres muy agradable. Tienes muchos amigos ya que eres una persona muy sociable: Tae, yo, Yahiko, Enishi, Ayame, Okon, Aoshi, sin contar a muchos más…
Kaoru se entristeció, secretamente había esperado la mención del nombre de Kenshin y si era sincera, hasta ese punto de la tarde todo aquel show se había tratado sobre de él. ¿Pero qué podía hacer? ¿Tenía que vivir resignada a perderlo? Ella lo había provocado… ¿o había sido un sueño? ¿Kenshin la esperaba en algún lado? ¿Era real? Enmudeció, mientras Misao seguía contando y enumerando relatos de su vida sin parar.
—Pero necesitas encontrar un trabajo y pronto. Por lo que sé eres la que paga todo y tenemos que ir mañana a elegir las cosas de la escuela —mencionó la de ojos verdes después de varios minutos, sacando un periódico y extendiéndoselo amablemente—. Por qué no buscas aquí, aquí, aquí y aquí —señaló con el dedo—. Sé que en estos lugares dejan muy buenas propinas y están muy cerca de la escuela.
La de ojos índigo la miró sospechosa, ¿cómo había sacado el periódico preparada para hablar sobre ofertas de trabajo?
—Kamiya, sé qué significa esa mirada, y no, tu padre no me mandó. Esos son trabajos que yo había marcado para mí, pero viendo que tú estas en aprietos prefiero pasártelos a ti. Yo compraré otra copia en camino a casa y haré lo mismo. Solo recuerda escribir tu experiencia y tus contactos de recomendación. Solo cópialos de tu teléfono, así siempre hago en una entrevista de trabajo —dijo la chica estirando la mano y pidiendo la cuenta del agua de Kaoru—. Ahora perdóname pero tengo que reunirme con mi madre y hablar sobre mi futuro académico.
Kaoru se levantó y se despidió de la joven mujer. No le habían quedado muchas cosas en claro pero basándose en sus relatos podía deducir las cosas con mayor claridad.
II
Su próxima misión era encontrar trabajo sin tener experiencia ninguna. Solo sabía sostener copas y de buenos modales, a parte de la literatura que tanto estudiaba. Habían pasado algunos días, los cuales había utilizado para aceptar e investigar sobre su nueva vida. Todas aquellas horas de meditación y estudio la habían llevado a una sola conclusión que todos a su alrededor se habían cansado de repetirle.
Era pobre y tenía que trabajar.
Así que, ese día apuntó la última entrevista de trabajo que había logrado conseguir del periódico que Misao le había ofrecido la última vez que la había visto. Buscó entre sus ropas algo formal y pidió un par de zapatos altos prestados a una de sus vecinas.
Omitió la bolsa de mano, que para su desgracia parecía más un morral que un accesorio casual. Miró la fina cadena que colgaba de su cuello, la deslizó entre sus dedos sacándola de entre su blusa, acariciando con devoción la «K» plateada que se estrellaba con el Novo que había colocado ahí, para mayor seguridad.
Suspiró por última vez y siguió caminando hacia la estación de autobuses. Había recorrido la ciudad más de veinte veces en la última semana, tratando de absorber y conocerla de pies a cabeza ahora que utilizaría el transporte público. Así era como en esos momentos había logrado conectar con una ruta corta para la entrevista que tenía en el centro de la ciudad.
Sonrió, solo esperaba obtener el puesto. El lugar se encontraba a solo cuadras de la que sería su escuela, simplemente le ahorraría tiempo y ayudaría a su bolsillo enormemente. Observó a su alrededor. Toda la gente se formaba en una línea recta, uno al lado del otro esperando que el autobús llegara. No pudo evitar sentirse una forastera en un sitio como ese.
Ella estaba acostumbrada a carros grandes, limosinas y a todo tipo de transporte lujoso... Pero no un bus. De todas maneras, le gustaba la sensación que le recorría el cuerpo, los nervios de quién sería el que subiría primero al autobús. Quién ganaría lugar en un asiento y quien se quedaría parado como en las experiencias que había tenido en los últimos días. Parecía una carrera, la cual le parecía divertida.
Examinó con curiosidad a sus compañeros de viaje. Le gustaba adivinar la profesión e imaginarse la vida de cada uno por su forma de vestir. Sí, la dueña de la pensión donde vivía la había reprendido por juzgar y criticar a la gente. Le había dicho que eso estaba mal y que era de mala educación. Y, de hecho, lo sabía. Pero se distraía de esa forma, pues nunca había estado rodeada de gente que vistiera de mil formas diferente a ella. Tenían acentos, actitudes y modales diferentes.
Como por ejemplo: La última semana había notado que a esa misma hora estaba la chica de cabello largo negro con gafas y labial rojo. Era alta y muy atractiva, siempre llevaba un libro de medicina diferente y sacaba una libreta para hacer apuntes. Ella seguramente era una estudiante que se empeñaba en sus estudios, pero al juzgar por su apariencia y su forma tan sutil de vestir, podía deducir que también era una mujer segura de sí misma, autónoma y de carácter fuerte. Sonrió, pues la chica de las gafas era lo contrario a ella.
También estaba el anciano que siempre subía al autobús con un puñado de pepitas. Llevaba consigo un carrito con un galón de jabón y un costal que parecía de ropa. No sabía si iba a lavar a diario pero la mirada del anciano le decía que aunque estaba cansado, era feliz disfrutando del paisaje al pasar por la ciudad.
Así como esos dos individuos había uno que otro constante. Pero, lo que más le sorprendía era llegar cada día descubriendo una nueva cara, imaginándose sus vidas para poder descubrir la suya misma. Pues había deseado tanto ser una persona diferente, tener una vida diferente y ver sus días de distinta forma. Ahora lo tenía, tenía una nueva oportunidad e igual que todas esas personas que subían con ella, quería una segunda oportunidad para tener una vida interesante.
Dejo caer los hombros y alzó la barbilla al sentir la calidez del aire acariciando su cuello. Acomodó su carpeta bajo su brazo, sacudió su camisa blanca de vestir y bajó la falda ajustada de lápiz gris que vestía esa tarde. Se sentía rara, incomoda y con mucho calor de repente. Giró su rostro buscando la mirada que la hacía sentirse así. Se había sentido escrudiñada por unos instantes. Sus ojos azules buscaron entre las personas que esperaban el autobús. Y la sintió de nuevo. Esta vez volteó hacia el otro lado encontrando, algunos metros atrás, a un chico muy familiar.
—Kenshin… —susurró abriendo los labios consideradamente cuando él retiró su mirada de ella. Él la había estado mirando y al verse descubierto simplemente la había ignorado y había volteado hacia otro lugar. Nerviosa echó a andar sus pasos hacía su dirección.
Extrañamente Kenshin lucia diferente. En lugar de su rojizo cabello corto y bien acomodado, una coleta alta y con algunos mechones sueltos complementando su flequillo adornaba su cabeza. Su mirada parecía más fría, no amigable como ella lo recordaba. Hasta el color de sus ojos era diferente, pero lo que más le picaba de curiosidad era la ausencia de la cicatriz en forma de cruz en su mejilla izquierda. Su camisa negra de vestir desabotonada y remangada lo llevaba de extremo a extremo con el hombre que ella recordaba. La formalidad no estaba, pero aun así podía observar rastros de su elegancia innata tan solo con su forma de erguirse.
Salió de sus pensamientos cuando una joven mano se posó en uno de sus hombros y la detuvo. Dirigió su atención hacia la joven mujer de gafas detrás de ella que tan solo hacía segundos había estado estudiando—... ¿Qué…en… qué te puedo ayudar? —tartamudeó desconcertada.
—Calma, chiquilla. Que aquí la que te está ayudando soy yo —Una sonrisa carmín se dibujó en los labios de la alta mujer. La tomó del brazo y la arrastró hasta el otro lado de la multitud para hablar con seguridad.
—Pero, pero…
—Te salvé de una humillación segura. Él no habla con nadie, ya deberías de haberte dado cuenta —la joven llevó su dedo índice y acomodó sus gafas—. Pero entiendo, te he visto por aquí apenas esta semana y él no había aparecido hasta apenas hoy.
Pero ¿qué era lo que pasaba? ¿Acaso aquella chica hermosa la conocía y ella no lo sabía?—. ¿Nos conocemos? —Se aventuró a preguntar la de ojos azules volviendo su vista al chico de los ojos fríos.
—¡Claro que no, idiota! —La mujer se echó a reír incomodándola aún más, llevando hacía su boca su palma abierta para controlar el sonido de su voz—. Pero tampoco soy tan cruel para dejar que conejillos tan inocentes e ignorantes como tú sean devorados por leones como él.
Kaoru frunció el ceño sin lograr entender a lo que la mujer se refería—. ¿Qué quieres decir?
La de gafas suspiró exasperada, pero la tomó de la mano al abordar el vehículo que recién se había estacionado. No quería explicarle, quería que ella misma viera y entendiera a lo que se refería. Tomó asiento, obligando a Kaoru a sentarse junto a ella, prometiéndole que había estudiado la situación antes de subir al bus—. Ahora solo observa y aprende lo que te conviene.
Kaoru vio a cada uno de los pasajeros pasar por el corredor. La estudiante de medicina había preferido tomar los asientos de adelante asegurándole que podría ver todo a su alrededor si notarse indiscreta. Era el turno del que se parecía tanto a aquel que en su otra vida había amado. Lo observó subir, pagar con su tarjeta, acomodar la mochila que llevaba cruzando su dorso hacia uno de sus costados, y después caminó hacía uno de los asientos de atrás.
No la había mirado para nada, simplemente sus hebras rojizas habían volado justo enfrente de su cara como si se tratara de una escena en cámara lenta. Había caminado y dejado un rastro tras él de la esencia de una de las lociones más varoniles y exquisitas que jamás había olido. Sin duda, los gustos de su Kenshin seguían intactos. Triste, agachó su cabeza. Había tenido la tonta ilusión y esperanza de ser reconocida, pero había sido lo contrario. Había sido ignorada.
Había estado pensando en lo mal que había tratado a su Kenshin, que había perdido noción de todo lo que había estado ocurriendo dentro del transporte público. Pero entonces la chica del labial carmín golpeó con su codo las costillas de la joven sacándola de su estado aletargado y llamando su atención.
—Te dije que observaras… —susurró la de alado discretamente.
Kaoru alisó su falda y después alzó el mentón, logrando observar de reojo lo que ocurría al final del corredor. Ahí estaba la copia del pelirrojo, con su palma abierta bajo su barbilla mirando cruelmente hacia otra parte mientras una castaña de risos trataba de hacerle conversación. Los notaba, notaba los suspiros de hostigamiento y aburrición que el chico exhalaba sin ser considerado con la que se había sentado junto a él. Enojada, lo observó retirar la mano de su rostro y dirigirlo hacia el de la mujer con una sonrisa tétrica de medio lado. Los ojos verdes de la chica habían brillado con ilusión al ser recibida, por fin, con dicha acción.
Pero entonces, lo peor le había seguido.
El pelirrojo se había inclinado con esa curvatura malévola en sus labios, y por los Cielos había jurado que había estado a punto de besarla, pero se había equivocado… Unos instantes después de que él le susurrara algunas cosas al oído la chica se había puesto de pie, con las mejillas totalmente teñidas de rojo y con pasos acelerados había bajado del vehículo sin volver a voltear hacia atrás.
En seguida, Kaoru ladeó su rostro hacia él. El joven había cruzado los brazos y miraba nuevamente hacia afuera del vehículo como si nada hubiera pasado, o al menos eso hacía hasta mirarla con aquellas pupilas frías por el rabillo de su ojo al sentir su escrutinio. Luego de sostenerle la mirada por algunos segundos tomó su mochila y bajó del autobús, dejándola con la boca abierta al presenciar el mohín de desprecio y desagrado que le había dedicado.
—¿Ves? —cuestionó la hermosa mujer sentada a su lado—. Eso siempre pasa cuando alguien se le acerca. Lo he visto ya por bastantes meses, especialmente con mujeres.
—¿Qué quieres decir con «especialmente con mujeres»? —replicó la que vestía formalmente con cara de horror.
—¿Qué? ¿Crees que un hombre como él solo llama la atención de las mujeres? —Se echó a reír la estudiante de medicina—. Oh, niña, eres muy inocente… ¿cómo dijiste que te llamas?
—Kaoru Kamiya, y ¿tú?
—Megumi Takani, tu salvadora —sonrió la de ojos oscuros dándole la mano e ignorando el gesto de tristeza en el rostro de su nueva amiga—. ¿Sabes? Hay algo peculiar en ese chico. Creo que no es lo que parece. Algo me dice que él es del tipo de hombre que prefiere cazar a ser cazado… —suspiró mientras sacaba su libro de humanidades—. Pero tal vez me estoy equivocando. Después de todo es solo un pelirrojo extraño y huraño que viaja en el mismo bus que nosotras.
Kaoru asintió, negándose mentalmente que ese Kenshin era lo que ella había conocido en su época. Solo esperaba que Megumi tuviera razón, que lo estuvieran juzgando sin fundamentos y que de hecho fuera una buena persona. Tal y como lo recordaba…
Por otro lado pensaba que si ese Kenshin era diferente lo mismo le daría. A ella le gustaría estar cerca de él y ser su amiga. Solo quería llegar a conocerlo y poder entrar en su mundo…
Solo con eso…
Sería feliz, sin importarle nada.
Continuará…
Notas de Autor:
