II. GALO MORIBUNDO

Roma, 51 AC

Fin de la Guerra de las Galias que comenzó en el 58 AC y terminó en el 51 AC.


El pedazo de piedra iba cobrando forma, palmo a palmo, a Manlius le parecía increíble cómo es que un burdo bloque de mármol en las manos del viejo escultor se volvía una pieza perfecta.

Primero las piernas, cada músculo perfecto de su cuerpo, luego los brazos, su peculiar posición que parecía descansar en el piso simplemente.

—El rostro será lo último que esculpa, de acuerdo a sus indicaciones… aunque —frunció el ceño—. Si replicara la escultura griega el rostro sería otro, creo yo…

—Quiero que se haga como lo he ordenado, a menos que quiera usted que además de no ser auspiciado nunca más por la casa de Gaius Julius Caesar, caiga la deshonra y miseria para su taller…

—No, Manlius, sólo era una sugerencia, por supuesto que se hará como lo desea.

El joven tribuni(1) estiro la mano y el servil esclavo nubio se acercó hasta él, llevaba un cofre de preciosa madera tallada, lo hizo abrir.

Dominus —respondió el esclavo negro de músculos duros.

Dentro había un centenar de monedas, quizás diez veces más el valor real de aquella obra. El escultor estaba acostumbrado a las extravagancias de sus clientes, patricios todos ellos, nobles, y militares excéntricos, con ese rubio tribuni recién llegado de la Gran Campaña de las Galias bajo el mando de Gaius Julius Caesar.

La guerra intestina contra los galos que al fin habían sido subyugados a Roma.

Cuando Manlius volvió, ya no era el mismo. Ni nunca lo sería.

Y pasados los días, lo único que hacía, aparte de pasar el tiempo encerrado en su biblioteca, era ir a las termas en dónde charlaba con alguno que otro e iba incontables veces a observar la escultura tan peculiar que había solicitado en la tabernae tabulatae(2), pasaba horas contemplando como avanzaba centímetro a centímetro la creación de ese guerrero.

Se mostraba complacido.

Sin embargo el escultor evitaba a toda costa avanzar sobre el rostro… ¡Era tan extraño lo que solicitó el militar! Llegó a pensar que había perdido la razón el joven tribuni, con aquel porte tan glorioso, con aquella belleza joven que poseía, parecía no estar interesado en conseguir una esposa y rehacer su vida.

A menudo hablaba con su sobrino, escultor también.

—Dicen que los galos tienen ese poder, el de hechizar con solo observarte a los ojos, ese hombre está atrapado en algún lugar de la Galia, alguno de esos apestosos guerreros lo tiene sometido —farfulló mientras los jóvenes oídos prestaban atención.

El rubio estaba de contrabando en uno de esos lugares de bajo nombre… uno de los popinae(3) cubierto con un túnica humilde, con la capucha casi hasta la nariz, observaba en silencio con el vaso de cerámica delante de él, y vino barato servido.

No era la primera vez que estaba ahí.

De hecho podría decirse que era cliente habitual. Él que antes de la campaña, del gran parteaguas, nunca había pisado esos lugares, y no es que no se acostara con nadie y llevara vida de vestalis, pero como todo en Roma… las cosas eran secretos a grandes voces.

Una vez que volvió, además de dedicar gran parte de su tiempo a la difícil labor de escribir, también la dedicó a follar, a follar como maldito degenerado.

Y por ello había ido a dar ahí.

Siempre pedía lo mismo al leno Drusus: un hombre joven, de piel preferentemente blanca y cabellos castaños, cobrizos o mejor aún, rojos, algo sumamente raro… prácticamente, y de acuerdo a la sociedad en la que vivía, eso era follar con bárbaros y con escoria que normalmente nadie quería, sólo él.

Esa noche no había sido la excepción.

Sus manos se entretenían acariciando esa piel ajada, blanca, pero ajada, ese cuerpo escuálido, que dentro de su lánguida figura tenía cierto atractivo, yacía con él… trataba de apagar algo que por dentro lo estaba consumiendo.

—¡Júpiter! —jadeo cuando acabó usando como receptáculo de sus fantasías y de su semilla al joven que se encontraba debajo de su cuerpo.

Como esa, muchas experiencias más y muchos recuerdos… pero todos ellos le llevaban a una solitaria obsesión.

Por aquellos días lo único que le preocupaba era terminar esa gran obra, la gran obra que Gaius Julius Caesar, había pedido que escribiera para él, y eso era un relato completo de sus victorias, hazañas y sin sabores en la Galia, era la narración de De Bello Gallico(4), y se lo había pedido a él porque esa noche, antes de que partieran en definitiva del campamento, y se dirigieran a Roma con la embriaguez de su triunfo, lo vio sentado cerca de la fogata, sin ánimos, sin beber nada, sólo estaba ahí, no celebraba ni la victoria de Roma ni la victoria de los hombres.

Entonces Caesar, curioso cómo era, se acercó a él, inquirió por qué un tribuni joven y galardonado como él, no estaba feliz de ver a Roma ascender.

—Yo estoy feliz y nada me honra más que saber que Roma guiará pueblos completos hacia un Imperio… es sólo que me tiene pensativo algo que vi esta mañana y me inquieta… —murmuró Manlius.

—¿Y qué puede inquietarte tanto, joven tribuni?

—El valor de un solo hombre…

—¿El valor de un solo hombre? —inquirió Caesar dubitativo.

Manlius había estado luchando justo en uno de los flancos, cercano a la línea del breve bosque desde el cual los galos se precipitaban para ir a su encuentro, brotando como una fuente inagotable de municiones.

Fue entonces cuando lo vio, iba andando a paso firme, fiero… la mirada en sus ojos azules era ensordecedora, echaba brasas por los ojos lo mismo que el fuego de su cabello rojo, todo él parecía rodeado por fuego, si hubiese sido la visión de una deidad, él hubiese elegido a Marte.

Tragó saliva cuando su simple aparición eclipsó el campo de batalla.

No sólo él, el resto de la cohorte(5) también pareció quedarse atónita cuando ese ser salió de entre los bosques.

Iba desnudo, como la mayoría de ellos, sólo iban vestidos con su piel y con complicados dibujos pintados en color azul, el llevaba un torque(6) al cuello y su espada… y a pesar de la nada que llevaba encima, parecía salvaje, fiero.

Corrió hacia ellos, con el resto de galos que le seguían, la oleada violenta nuevamente se cernió sobre ellos, y aunque eran pocos para hacer frente al ejército romano, eso no les importó: ellos peleaban con una bravura digna de cualquier loa.

Manlius observó la imagen como si se tratase de una puesta en escena de las antiguas tragedias griegas.

Aquel galo pronto se vio rodeado por los legionarios romanos, y aunque eran muchos, él solo abatió a media docena, como un animal salvaje se defendió hasta que cansado y herido estuvo en el lodoso suelo, rodeado de sangre, cuerpos y tierra… y aún de rodillas blandía la espada sin perder el valor.

Antes de que dos de los soldados lo liquidaran, Manlius sintió un profundo dejo de tristeza y de respeto. Los detuvo.

El galo observó sus ojos, pareció examinarle por dentro, íntimamente, pareció querer decirle algo ininteligible y a pesar de ello muy claro: eran enemigos, pero entre ellos se había establecido un vínculo de respeto mutuo, algo había nacido entre los dos en esa breve mirada intensa.

El pelirrojo se puso de pie, apuntó la espada, sangrante y agotado, pero era tan solemne su semblante que todos aguantaban la respiración.

Se batió en duelo con el tribuni… éste acabó atravesándolo de un solo golpe, limpio, digno.

El galo fue cayendo en sus brazos, sintió como el aliento se le escapaba del cuerpo, por un momento deseó que aquello no terminara así… lo deseó con todas sus fuerzas, mientras resbalaba… el galo murmuró algo en un deficiente latín.

—Gracias…

Eso fue lo que le dijo: "gracias", se desvaneció a sus pies… el tribuni tuvo la clara percepción de que acababa de perder para siempre algo importante, la nostalgia baño su ser y la tristeza le invadió de una forma incomprensible.

Cuando Caesar escuchó esa historia se sintió igualmente conmovido, igual que Manlius, sintió un respeto profundo por ese galo desconocido.

El rubio tribuni escribió en su perfecta caligrafía latina "…termina la Guerra de las Galias en la Batalla de Alesia…", dio un sorbo a la copa de oro que contenía un vino afrutado, dejó de lado el papiro y los utensilios de escritura.

Caminó hacia el patio central de su domus, ya era de noche, había perdido la noción del tiempo, bañada ante la luz de la luna estaba descansando en su excelso pedestal la escultura que había mandado a hacer.

—Mi Gálata moribundo(7)… —susurró.

La blancura del mármol contrastaba de una forma caprichosa con las sombras provocadas por la breve luz, creaba unos claroscuros difíciles de superar.

Pero su rostro… su rostro de valentía era algo evocador.

Ante sí, tenía la copia fiel y exacta del galo que había visto en el campo de batalla, ahora lo poseía del todo, lo tenía para sí, ya no estaba incompleto, tenía delante la loa más grande de bravura y dignidad, tenía un canto a la vida misma…

Abrazó el frío mármol y lloró, envidió la negación de su destino de aquel galo…

(1)tribuni – Rango militar del ejército romano a cargo de una legión, a su vez este cargo también conllevaba cierta libertad y poder ante el Senado.

(2)tabernae tabulatae – Taller de un artesano.

(3)popinae – Tugurio de la más baja categoría en donde sólo personas de dudosa procedencia se daban cita.

(4)De Bello Gallico – La guerra de las Galias o Comentarios sobre las campañas de la Galia, se trata de la obra escrita por el mismo Julio César acerca de lo que vivió durante el conflicto militar contra los galos. *En esta historia de es Manlius (Milo) quién escribe esta obra por encargo de Julio César, por supuesto se trata de una propuesta meramente ficticia.

(5)cohorte – Grupo o unidad del ejército romano en donde los soldados eran de un solo tipo, es decir, especializados en un tipo específico de combate; normalmente eran tres líneas de hombres (120 aproximadamente) organizados de acuerdo a su experiencia militar.

(6)torque – Collar circular, rígido, abierto en la parte posterior, ornamental y decorado, era típicamente usado por los pueblos celtas, incluidos los galos.

(7)Gálata moribundo – Es una escultura, copia romana de la original griega. La escultura de mármol dibuja la agonía de un galo, que apoyado en un brazo y con una pierna encogida libra una batalla interna entre la vida y la muerta, así como la aceptación de su fatal destino. *Dentro de este relato Manlius (Milo) es quien deslumbrado por su encuentro con el galo (Camus), manda recrear la copia romana de la escultura griega, con la modificación del rostro para hacerlo exactamente igual al del guerrero que él vio en el campo de batalla, evidentemente se trata de una ficción de la autora.