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Solo una noche

Inspirado en la canción "y nos dieron las diez" de Joaquín Sabina.

Venecia

Eran las diez de la noche, la función había terminado y a la mañana siguiente él y toda la compañía partirían hacia Roma para seguir con la gira.

Todas las presentaciones eran fenomenales pero la de aquella noche había sido mucho mejor que otras. El motivo era cierta chica de cabellos rubios que estaba sentada casi al frente del escenario.

Uno de los actores al verla quedo prendado de aquellos ojos verdes hipnotizantes. La rubia veía con detenimiento cada movimiento, cada gesto y escuchaba atenta cada palabra. Era joven y no podía evitar sentirse atraída por los actores pues todos tenían algo peculiar que los hacia atractivos. Sin embargo, después de que él entrara en escena se quedó casi con la boca abierta. Ese joven sí que era guapo, tenía cierto porte que no era propio del personaje, era de él. Ese aire de caballero dispuesto a defender a una damisela en apuros. "lo quiero para mi cumpleaños" pensó la rubia dejando salir una sonrisa que acompañaba sus mejillas sonrojadas.

El actor la veía de una manera especial. A pesar de estar actuando los actores se daban sus mañas para ver y criticar al público mientras actuaban. "es hermosa" pensó mientras salía de escena y daba paso a uno de sus compañeros.

Al finalizar el público llenó el teatro de ovaciones hacia todos y poco a poco fueron saliendo del lugar. Algunos se dirigían a seguir pasándola bien. Una taberna era una buena opción y en ese tiempo no faltaban en la ciudad.

Candy salió del teatro y se dirigió a una de ellas a atender el lugar. Su tío, que había sido su tutor desde que su madre murió, la dejaba encargarse del bar algunas veces.

— ya estoy aquí. —Dijo sonriente tomando su lugar.

— ¿qué tal la obra? —Preguntó su amigo Stear.

— increíble. —Dijo tras un profundo suspiro.

La gente comenzó a llegar y el trabajo comenzó. Candy era una chica alegre y carismática que hacía que cualquier persona sintiera afecto por ella o al menos las personas jóvenes y con menos prejuicios que las mujeres que se decían de la alta sociedad.

Los actores también salieron del teatro y se dirigieron a los hoteles en los que estaban instalados ya que por falta de organización había sido imposible que toda la compañía se quedara en un mismo lugar.

Terrence, con su capa puesta para cubrirse del frío, salió y comenzó a caminar rumbo a su hotel.

La ciudad era verdadera fiesta. La gente aun a esas horas cantaba, bailaba y se divertía por las calles.

En los canales de la ciudad había parejas que se transportaban en las hermosas góndolas cubiertas por la luz de la luna también se divertían.

Terrence sonrió y continúo caminando. "esto es vida" pensó mientras veía toda la verbena.

Mientras caminaba pasó frente a una taberna en la que la fiesta era espectacular. Se detuvo frente a la puerta y escuchó la voz más angelical que podía existir.

— cántanos algo Candy. —Pidió uno de los jóvenes.

— hoy no chicos. Hay mucho trabajo. —Se negó la joven.

— anda Candy. Solo una canción. —Pidieron los demás y comenzaron a aclamarla.

— está bien, está bien; pero solo una y después se van.

— trato. —Dijeron todos brindando. Guardaron silencio y Candy se acercó al hombre encargado de amenizar el lugar con música. Le dijo algo al oído y el hombre sonrió para después comenzar a tocar la pieza favorita de Candy.

Atraído por las acordes del instrumento y esa voz no dudó ni un segundo y entró en el lugar.

La canción terminó al momento en que la puerta se abría y aquel elegante caballero entraba.

La joven sonrió y giro hacia la puerta donde vio al actor que había llamado tanto su atención. Terry se quedó parado en el marco de la puerta observando a aquella joven que había visto entre el público.

De pronto el lugar se llenó de aclamaciones y aplausos para la intérprete y la fiesta siguió.

Candy regreso a la barra sin prestarle mucha atención al recién llegado aunque hubiera querido conducirlo personalmente a una mesa y atenderlo.

El joven caminó igualmente hasta la barra y pidió un trago a Stear. Este se lo sirvió y dio media vuelta.

Candy estaba a unos centímetros de ahí limpiando la barra.

— muy buen vino. —Dijo el cliente y ella solo sonrió. —Tiene una voz encantadora. Dijo después de unos segundos.

— gracias. —Le dijo y le sonrió.

— nos vamos Candy. —Dijo el joven que había pedido que cantara.

— nos vemos luego. —Dijo otro y la joven solo hizo un ademan con la mano en señal de despedida.

El lugar comenzó a quedarse vacío, después de cinco minutos el actor era ya el único cliente.

Stear comenzó a limpiar las mesas y a subir las sillas a estas. Cuando estuvo detrás del actor le hizo señas a Candy para que lo corriera.

— señor. Estamos a punto de cerrar. —Dijo con una dulce voz la joven. Terry la miró y la chica se quedó turbada con aquella penetrante mirada.

— solo unos minutos más. —Pidió.

— está bien. —Dijo ella volviendo a llenar su vaso de vino

— ¿aceptaría tomarse un trago conmigo? —Ofreció él.

— lo siento señor. Pero no.

— ¿no toma?

— no con desconocidos

— me llamo Terrence Grandchester. Soy actor y parto mañana para Roma. —Se rio y agrego. —Ya no soy un desconocido.

— me llamo Candy. —Sonrió la joven y se sirvió solo medio vaso de vino.

— ¿Venecia siempre es así? —Preguntó.

— ¿así cómo?

— así, tan llena de vida…

— siempre. Aquí nunca se aburrirá.

— no lo dudo. —Sonrió de medio lado.

Stear veía de lejos la escena y aunque en un principio dudó del caballero pensando que sería un tipo aprovechado después de mirarlo bien se calmó un poco. Aunque no por eso dejaría a Candy, su casi hermana, sola en la taberna. Tomó una silla de un rincón y se sentó a la mesa sin hacer ruido para no interrumpir.

— canta muy bien señorita. —Alabó Terry.

— gracias. —Se sonrojó la joven.

— es una bella canción. ¿Dónde la escuchó?

—mi madre la cantaba siempre.

— su madre conocía Francia. —Preguntó ya que la canción la había reconocido por su peculiar acento francés.

— creció ahí. —Respondió la joven. Un corto silencio vino después hasta que ella habló nuevamente. —Su obra fue maravillosa

— ¡le gustó! —Dijo él emocionado.

— me encantó. Todo fue maravilloso.

— esa es una gran satisfacción.

Las horas pasaban y la conversación se volvía cada vez más amena. Ambos reían y bromeaban.

Stear se quedó dormido con la cabeza apoyada en sus brazos que reposaban sobre la mesa.

— ¡no ha viajado en góndola! —exclamó la rubia asombrada.

— no ha habido necesidad. Todos los lugares a los que he tenido que ir se encuentran casi en el mismo lugar.

— muy mal señor. —Se burló Candy. —Le propongo algo. Lo llevaré a su primer paseo.

— ¿en verdad? —Preguntó dejando el vaso sobre la barra.

— si no le molesta…

— será un placer para mí. — Dijo él galantemente.

— entonces vamos. —Exclamó entusiasmada.

— ¿y el? —Preguntó dirigiendo la cabeza hacia Stear.

— déjelo. Duerme como un bebé y no hay poder humano que lo despierte.

— ¿lo dejaremos así?

— ¿quiere llevarlo cargando?

— ¿nos vamos? —Se hizo el desentendido ante el comentario. Candy sonrió y segundos después ya estaban afuera dirigiéndose al canal donde abordarían una elegante góndola.

Candy habló con el dueño y este a su vez le ordenó a un hombre para que les diera un paseo a la pareja.

Subieron y George, el gondolero, comenzó a recitar versos para la pareja. Ambos lo escuchaban admirados y sonreían ante cada verso y rima escuchada hasta que George dejó de recitar y sólo se dedicó a maniobrar la góndola.

— es la ciudad más romántica que conozco. —Dijo Terry en voz baja. —Todo es perfecto. La luna, las estrellas, el aire que refresca la noche y... —Se quedó callado y después rio. —Me he vuelto también un cursi romántico.

— esa es la magia de Venecia, hasta la persona más amargada encuentra su lado romántico.

El viaje continuó por los canales de Venecia. Candy y George le daban un verdadero tour al actor. Le mostraron las iglesias. Los Palacios más majestuosos que pudiera imaginar. Las calles. Las costumbres y todo lo que hacía de Venecia un lugar diferente a todo el mundo.

Llegó un punto en el que George detuvo la góndola y bajo de ella, ya que iría a dejar un recado al jefe de la policía Albert Andley.

— ahora vuelvo. —Dijo antes de bajar y entrar a un magnifico palacio.

Candy le contó algunas leyendas a Terry y este las escuchaba atento.

— es una bella historia de amor. —Dijo el después de que terminara una que narraba todo lo que una pareja había sufrido para poder estar juntos.

— sí que lo es. —Dirigió su mirada hacia su acompañante y nuevamente se topó con esos ojos azul zafiro que le quitaban el aliento.

— ¿puedo preguntarle algo? —Dijo él en un susurro cerca de su oído. Ella solo asintió y se estremeció ante el contacto de su aliento con su piel. —¿Esta usted enamorada? —Se miraron frente a frente y un hermoso silencio vino después.

Ella se encogió de hombros y se perdió en esa mirada. Él se acercó más hacia el rostro de ella y susurro…

— yo lo estoy. —Después de estas palabras toco con sus labios la mejilla de la rubia. Se acercó más y más hasta que la hubo rodeado con sus fuertes brazos y finalmente beso sus labios.

Ella sintió cada movimiento que este hizo, sintió sus brazos rodeándola y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sintió sus labios tan cerca de los suyos y sintió una dicha enorme. Al sentir sus labios acariciando los suyos no tuvo más que corresponder a esa caricia y con su mano acariciar la mejilla del joven romántico que la había hipnotizado horas antes en el teatro.

Cuando ese primer beso termino ambos sonrieron y esperaron en completo silencio a que George saliera.

— ¿volverás? —Preguntó ella a la mañana siguiente cuando él y todo su equipo se preparaban para partir.

— cuando menos te lo esperes estaré aquí. —Le dijo depositando un beso en su mano. Se abrazaron y estuvieron así unos segundos hasta que él tuvo que irse en ese buque.

Con la mano se decían adiós. Ella veía cómo se alejaba en aquel barco y segundo a segundo la visión de este se hacía más lejana y borrosa. Aun así no dejo de agitar su mano hasta que el buque estuvo lo suficientemente lejos.

Él, parado en la cubierta, observaba como ella lo despedía y de igual manera con su mano se despedía hasta que estuvo bastante lejos y la vista de aquella ciudad se borraba de sus ojos más no de su corazón...

Esa noche de verano había sido la mejor de ambos. Les parecía imposible que con solo una noche de haberse conocido algo tan profundo y maravilloso había nacido en sus corazones y con la esperanza de reencontrarse ambos siguieron adelante esperando ese día en que sus miradas volvieran a cruzarse y sus labios a unirse.

El otoño llegó y tan pronto como se fue vino el invierno. Un nuevo año comenzó y el clima seguía cambiando. La bella primavera terminó y un nuevo verano atracó en Venecia.

— ha pasado un año. Solo espero que ella siga aquí y que no haya olvidado esa noche— Pensaba un joven bajando de un barco. Estaba ansioso pero tenía que hacer bien las cosas. Así que fue a un hotel y espero a que la noche cayera para ir a buscarla.

La luna reemplazó la luz del sol y acompañó a un joven por las calles de la ciudad hasta llegar a aquella calle donde estaba la taberna.

Una enorme sorpresa se llevó al darse cuenta que el lugar ya no era una taberna sino la oficina de Correos.

Los nervios, la angustia, la incertidumbre y la desesperación se hicieron presentes en el recién llegado.

— disculpe, ¿qué paso con este lugar? ¿No era un bar? —Preguntó a un hombre que pasaba por ahí.

— hasta hace unos meses eso era caballero.

— ¿y qué paso?

—el dueño murió y su sobrina no pudo cosechar más el lugar.

— y ella… ¿Qué hace ahora? —Preguntó con desesperación. El hombre se encogió de hombros y siguió su camino.

Terrence intentó calmarse, pero no podía. Había esperado un año exactamente para regresar. Tenía planes para él y la rubia que le robo el corazón aquella noche. Fijó su mirada en el suelo y vio una roca. Con rencor la tomó y la arrojó a una de las ventanas del lugar. El sonido del cristal roto alarmó a la gente que transitaba ahí y no faltó quien avisara a un policía. Y justo en ese momento pasaba el Jefe de la policía de Venecia.

Albert no dudo y se acercó rápidamente al muchacho que seguía parado frente a la oficina.

— acompáñeme señor. —Fue lo único que dijo poniendo su mano en el hombro de Terrence. Este no puso resistencia y con la mirada fija en el suelo camino al lado de la autoridad. —¿Por qué lo hizo? —Preguntó una vez que llegaron al lugar indicado. El detenido se encogió de hombros y vaciló en su repuesta. —¿Por qué lo hizo? —Preguntó nuevamente.

— por desesperación. Ese era el único lugar donde podía encontrarla.

— ¿a quién?

— a la mujer que amo. —Respondió sin verle a la cara. —No sé dónde buscarla. No sé dónde vive, no conozco a si familia, no tengo nada.

— tal vez algún día la encuentre. —Dijo el jefe de la policía sin hacerle mucho caso al hombre ya que pensaba que estaba borracho. —Tendrá que pasar un par de noches aquí. Señaló una celda. —A menos que pague el daño que hizo a las oficinas.

— pagaré. —Dijo entrando en la celda.

En ese momento entró George, aquel gondolero, y se colocó al lado de Albert que cerraba la celda. George vio al hombre encerrado y se le hizo conocido.

— ¿qué sucede? —Preguntó Albert.

— señor, hay unas personas en el gran canal que exigen su presencia. Lucen peligrosos y ya hirieron a uno de sus hombres.

— más problemas. —Gruñó Albert. —Vamos pues. —Hizo una seña con la mano y emprendió camino.

A la mañana siguiente una joven de cabellos rubios entraba a la jefatura de policía. Habló con algunas personas y fue llevada a la primera celda un había.

En un principio dudó de lo que iba a ver, pero después de unos segundos de pensarlo caminó hasta quedar frente a la primera reja.

— así que usted rompió la ventana de la oficina de Correos. —Levantó la voz y el caballero que estaba dentro giro para verla.

Era ella. Si no había duda era ella. Esos ojos eran inolvidables. Esa voz era inconfundible. Ese rostro era irrepetible.

— eres tú. —Exclamó esbozando una sonrisa.

— en carne y hueso. —Dijo ella de la misma manera.

— ¿qué haces aquí?

— alguien me dijo que un turista había roto una ventana del lugar que una vez fue mío y vine a verlo.

— ¿solo por eso? —Dijo dudoso.

— no. Un amigo mío me dijo que aquí estaba un hombre al que yo conocía así que vine a comprobarlo.

— ¿quién te dijo eso? —Preguntó al momento en que George aparecía al lado de la rubia.

— yo señor. —Dijo abriendo la reja. —Su deuda está pagada.

Sin dudarlo Terry salió y abrazó a Candy con todas sus fuerzas.

— volviste. —Dijo ella feliz de sentirse nuevamente en sus brazos.

— te dije que lo haría. —Susurró en su oído para después besar nuevamente esos labios...