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Maldición

II. Entre ocasos y discusiones

- Veamos – acertó a decir el bonzo Miroku tras acercarse cautelosamente al grupo -. Seguro que hay cura.

La afirmación de él, poniendo en duda que hubiese algo para salvarla, desanimó incluso más a la joven de cabellos azabaches, pero no podía desmoronarse entre la hierba, sollozar y no hacer nada para evitar el trágico destino que le esperaba. Se levantó con ímpetu y con falsa firmeza trató de pensar en las posibilidades que tenía. Era complicado que encontrasen cualquier antídoto, ya que seguramente Naraku pensó en eso antes que ellos.

Inu-Yasha observaba a Kagome con fijeza. Podía oler su desesperanza y tenía ganas de decirle que lo arreglarían, aunque no sabía como podría tomarse aquello. Maldijo interiormente su poca capacidad de expresión.

- Chicos – interrumpió Sango, inquieta -. He de explicaros algo. En mi aldea ocurrió algo parecido hace mucho tiempo. Envenenaron a dos mujeres con la misma amenazada… - se calló y bajó la mirada.

- Continua, Sango – insistió Inu-Yasha con brusquedad -. ¿Murieron? – agregó insensible. Koga entrecerró los ojos.

- ¿¡Como puedes decirlo tan sereno, estúpido!? – escupió el hombre lobo azorado.

- ¡Sango! – gritó el hanyou - ¡Dilo, di si murieron!

Las pupilas de la exterminadora se dilataron con sorpresa. Recordaba arranques agresivos de Inu-Yasha, bruscas discusiones, quejas... Pocas veces con tanto dolor como en ese instante.

- Inu-Yasha, creo que… - comenzó, sin saber bien como seguir. Él la interrumpió.

- Puedes decirlo tranquilamente, solo es información – dijo fríamente, mas su respiración acelerada indicaba su estado de ánimo, casi histérico –. Por muchas muertes que hayan habido por esa estúpida maldición, Kagome será la excepción, ella no va a morirse¿lo entendéis? – gruñó, en voz baja, amenazante.

Hubo un silencio calmado. Kagome hubiera sonreído inconteniblemente si no fuera por lo preocupada que estaba.

- Bien – siguió Sango como si la conversa anterior no hubiese tenido lugar -… Una de las mujeres murió en el período establecido… la otra se salvó – tomó aire –… Tras acostarse con un hombre.

- Lo mejor será que nos dispersemos por diferentes pueblos cerca de aquí y preguntemos acerca de si hay remedios – propuso Miroku –. Y deberíamos empezar ya.

Inu-Yasha asintió enérgico y sin despedirse siquiera dio un gigantesco salto entre la espesura de árboles. Oyó a Koga chasquear la lengua e irse en la otra dirección, y por el rabillo del ojo vio al monje y la cazadora de demonios yendo al sur.

Cayó en la cuenta que poca gente le hablaría sin temerle o sin intentar atacarle, pero le daba lo mismo. Conseguiría la información que necesitaba costara lo que costara. Bufó, molesto. Gracias a su desarrollado sentido del olfato supo que no había habitantes en bastantes kilómetros a la redonda. Mientras corría y se mantenía alerta, imágenes comenzaron a desfilar por su cabeza y rememoró lo sucedido.

Maldito Naraku. Quería encontrarlo y acabar con él.

Les había tendido una trampa, como siempre. Habían luchado (y ganado) contra un enorme demonio semblante a una roca, con sendos brazos de piedra y el cuerpo resistente a su espada; y no suficiente con aquél, Naraku envió – o creó – a un extraño ser negruzco, con forma humana, de brazos largos y ojos exentos de pupila. El segundo resultó ser veloz y traicionero, y mientras el demonio rocoso distraía con múltiples ataques éste cogió a Kagome y se la llevó.

Inu-Yasha había gritado de pura frustración en ese instante y acabado salvajemente con su enemigo. Luego emprendieron el viaje para salvarla, subidos en Kirara – salvo Inu-Yasha – persiguiendo el olor de Naraku. Discrepando de las últimas ocasiones, ésta vez hallaron al babuino blanco en una hora.

Y tenía a la chica agarrada del cuello con uno de sus tentáculos, tosiendo y con un líquido rojo claro cayendo de su boca. Naraku había reído, y lanzó a Kagome hacia el grupo, que la cogió sin problemas. Ella se tambaleó, mareada y débil.

Y antes de que Miroku y Inu-Yasha lo atacasen brutalmente y manchara de sangre a los cuatro, dijo, en una creciente sonrisa sarcástica: "Tú, Inu-Yasha. ¡Vas a ser su perdición!. Te explicaré para me es útil mi más reciente creación… La poción que ahora corre por sus venas la envenenará lentamente, colándose hasta su estómago. Desde ahí bajará, pero mejor no os cuento detalles – había reído cruelmente –. ¡Y te diré porque serás su perdición!. ¡Para salvarla debes hacer que pierda su virginidad, Inu-Yasha, pero tú eres demasiado noble y demasiado estúpido para intentarlo; y nunca dejarías a Kagome en manos de otro hombre!."

Inu-Yasha volvió a la realidad cuando olisqueó comida y oyó voces mezcladas. Entró en la aldea encontrada e ignoró deliberadamente a la gente que lo miraba mal o con sorpresa. Tras ubicar la casa del sabio del lugar – preguntó varias veces –, apartó la esterilla que hacia las veces de puerta y entró.

Allí preguntó, mas el anciano no tenía la respuesta. Repitió insistentemente en distintos sitios hasta que comenzó a anochecer.

Derrotado, emprendió el camino de regreso. Los árboles se revolvieron con fuerza. Había pasado ya cuatro largas horas desde que salvaron a Kagome. El medio demonio había buscado incansable la cura; sin embargo no había encontrado nada – ni siquiera una breve pista de los aldeanos -, y terminó por pensar otra solución. La posibilidad de dejar a Kagome en manos de otro – sea cual fuese el fin – le resultaba horrible e incluso dolorosa.

Resopló, apartándose el cabello de la cara con un movimiento seco y volvió sobre sus pasos hasta el punto de encuentro que habían establecido; un pequeño claro en medio del bosque, a no mucha distancia de la aldea de Kaede.

Al llegar encontró a la joven hecha un ovillo junto a una inmensa roca. Se acercó a ella. Por lo menos había dejado de llorar, y parecía resignada. Un halo de preocupación se le vino encima. Siempre había sentido algo muy fuerte por ella, mas Kagome no era de su época.

Además, Kikyo. A pesar de su muerte, le costaba dejar de pensar en la mujer que lo dejó en la tierra de los vivos. Sacudió la cabeza y se sentó junto a Kagome.

- ¿Cómo estás?

Ella no le lanzó una mirada furiosa, ni le echó la culpa. Le clavó los ojos y sonrió sin ganas.

- Aterrorizada – murmuró Kagome.

No esperaba esa respuesta, y no supo que decir. Su forma de animar a las chicas jamás había sido admirable, pero generalmente conseguía que ella se tranquilizara tras unas pocas palabras – que le salían del alma, claro -.

O quizás es que Kagome era una chica muy fuerte y no necesitaba mucho para volver a animarse.

Sí, era eso, seguro.

- Yo también – dijo suavemente Inu-Yasha.

- ¿Qué?

- Digo que yo también estoy aterrorizado…

Kagome pareció más nerviosa, y una ligera sorpresa la envolvió. Apoyó la espalda en la superficie irregular de la piedra y palideció levemente.

- Inu-Yasha… - se aclaró la garganta, incapaz de mirarle – Koga me ha propuesto ser él el que lo haga – dijo, alzando la voz rápidamente.

Inu-Yasha apretó un puño, luego el otro. Notaba sus uñas clavándose en la carne y un olor metálico le llegó a la nariz.

- ¿Y tú que le has dicho? – exclamó, frío, brusco, una copia de su hermano.

- Que lo pensaré.

Inu-Yasha se levantó, deseoso de pelear, sintiéndose impotente, furioso. Le vino a la mente una imagen del hombre lobo, besándola descaradamente en la boca, y tuvo que gruñir para no soltar una retahíla de estupideces. Desde luego no pensaba permitirlo, aunque tuviese que…

- Inu-Yasha – la voz dulce de Kagome se interpuso entre sus pensamientos -… No quiero morir – dijo, más como un ruego que como un deseo.

No quiere morir.

¿Aunque tenga que acostarse con Koga?

Enrojeció violentamente. Kagome frunció el ceño, e Inu-Yasha deseó fuertemente que lo que pensaba no fuera obvio.

Oscurecía. El astro brillante y dorado desaparecía, en lo más lejano del horizonte, inalcanzable.

La tranquilidad casi podía respirarse, y una ululante brisa cálida indicaba el comienzo de un caluroso día fue interrumpida de nuevo por Koga, que salió de entre la espesura de la hierba alta.

- Kagome – miró a Inu-Yasha e alzó imperceptiblemente la cabeza en un gesto orgulloso -. Creo que sería mejor que… - se sonrojó, algo no muy común en él – lo hiciéramos ya.

Turno de Kagome de enrojecer. Sus mejillas se volvieron de un color rojo intenso y se agarró ambas manos, nerviosa. Inu-Yasha tuvo que contenerse para no saltar encima de Koga; se limitó a poner una mano encima del hombro de Kagome. La tela blanca se arrugó y el medio demonio fue más conciente que nunca de que la piel de ella estaba debajo.

Kagome quiso sonreír; Inu-Yasha estaba claramente celoso. Lo miró y los ojos dorados tan profundos de él parecían estar ausentes, tan dentro de ella, descubriendo los secretos de su alma.

Koga, excluido tan de repente como había llegado, reunió el valor suficiente para acercarse a la morena. Por fin Kagome se dignó a mirarle, pero creyó – y sabía que no estaba equivocado – que la negación estaba clara en su gesto de disculpa. Y no iba a aceptarlo.

- Kagome… - la cogió de la barbilla inocentemente – Sé que no quieres – siguió, rozando los labios de ella con el pulgar.

Kagome sentía la presión en aumento de la mano de Inu-Yasha en su hombro, y notaba el enorme esfuerzo que hacía el hanyou. Koga era normalmente cariñoso, pero que no la tomara de las manos como de costumbre la extrañó.

- ¿Sí? – dudó si separarse. A Koga le dolía su respuesta, así que creyó mejor no quejarse para no ofenderlo.

- Haz que el perrito se vaya.

- Inu-Yasha… Por favor.

- ¡Bien, quédate con el maldito lobo si es lo que quieres! – exclamó, enfadado.

Se alejó corriendo, veloz. Le gustaba sentir el aire fresco impactándole en la cara, y correr era un buen método para dejar la mente en blanco. Sin embargo, en determinadas ocasiones dejar la mente en blanco era imposible. Situaciones como ésas. Dio un largo rodeo en apenas unos minutos y, con la respiración acelerada, volvió al claro. Se agachó detrás de unos arbustos.

El demonio lobo sonreía, radiante, y se acercó repentinamente a Kagome, a la parte inferior de su cara¡a sus labios!

Se levantó de un salto, mas antes siquiera de que ambos pies estuviesen en el suelo, Kagome había ladeado la cabeza, con lo que Koga besó su mejilla y ella retrocedió dos pasos, soltándose.

- ¡¡Será…!! – se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo.

En pocos segundos sacó su espada – que se hizo enorme – y la bajó con un movimiento seco hasta el cuello de Koga. Kagome retuvo un grito.

- ¡¡Vete si no quieres que te mate, idiota!!

Koga, tiempo después, cuando contase a su Ayame – sí, suya, ya que era la única mujer que velaba por él y lo buscaría independientemente de las circunstancias - porqué una mañana volvió humillado y con sed de venganza, recordaría la cara de Kagome, su cabello azabache y su mirada alegre y vivaracha; sonreiría un poco y pensaría que no tuvo oportunidad de demostrar a Inu-Yasha cuan fuerte y responsable se había vuelto.