Capítulo [2]
Vale, si has de estar aquí es porque te atrajo e intrigó lo ocurrido en el primer capítulo. :D Por lo que espero no decepcionarte en esta continuación. Así que sin nada más que decir, disfrútalo porque apenas está comenzando.
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DISCLAIMER:
La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.
~Eterna Obsesión~
~o~
Recordándole quién era
Una fuerte cachetada resonó entre los muros de piedra de la habitación en la que se encontraba la joven guerrera y el dios de las batallas. Una segunda en la siguiente mejilla expuesta le hizo compañía al sonoro eco de la primera. Hilos de sangre comenzaron a emanar de nariz y boca. No siendo suficiente verlos, el colmado dios casi le estrangula en la propia cama en la que con delicadeza horas atrás la postró. Despreciarle de la manera en la que lo hizo no tenía nombre para él. Aquella mortal se notaba que aún no recordaba quién era. Tal vez por eso, buscó control de sus estribos de donde no los había buscado jamás. No se perdonaría nunca si le quitaba la vida. Ya no creía encontrar otro ofrecimiento que a Hades le pudiese resultar atrayente para hacer un nuevo intercambio.
Por otro lado, no podía negar que al resistírsele, más deseoso se ponía por dentro. No sentía que aquel temor que causaba en ella fuera completamente válido, al ésta no recordar nada aún, pero al menos le degustaba en algo. Queriendo incrementarlo, se posicionó sobre su cuerpo y con la daga que aun cargaba en su mano, comenzó a rozarle parte del cuello, pecho y abdomen.
La guerrera al principio se inmovilizó ante tal peligro. No fue hasta que notó como su captor se entretuvo en sus caderas, cuando cometió el error de tratar de zafársele. Con un golpe, le sacudió la daga de las manos sin entender que como dios que era, no necesitaba de un arma para hacer su voluntad. Ante esto, el inmortal no hizo más que dar una carcajada y volvió abofetear al amor de su vida. Sin perder tiempo la sujetó con una sola mano de las muñecas y las posicionó sobre su cabeza mas se sentó sobre sus caderas para evitar que se moviera de nuevo.
―Probarás mi sangre y te recuperarás por las buenas… O por las malas, querida ―le propinó antes de morderse los labios él mismo y besarla como si desease desgarrar a su vez los de ella. Esperando que cuando tragara aunque fuese mera gota, un recuerdo sobre el amor que le profesaba, si es que se le podía llamar así, le resurgiera en su cabeza.
Debía hacerle entrar en sí de una vez y por todas. Siempre le estuvo presente que el proceso podría llevar tiempo. Y que como dios tenía toda la eternidad para esperar que la mujer que amaba le recordara como el inmortal amante con el que se relacionó en su primera vida. El problema radicaba en que ella, su princesa guerrera, aun continuaba siendo una mortal que el paso del tiempo no perdonaba y al final se la llevaba consigo al mundo de los muertos. De ninguna manera se permitiría que tal suceso volviera a suceder. Ya una vez Hades se la había arrebatado de las manos. No precisamente por haberla valorado como la preciada gema roja que era, como el más cortante filo de una espada, como la belleza hecha piel o por lo poderosa que resultó ser pese a ser una humana. No, se la había llevado al mundo de los muertos, al inframundo, únicamente por haber fallecido. Estando así junto con míseras almas que ya no tenían nada más que hacer que no fuera emitir lamentos tras lamentos. Igual que como lo hicieron en su insignificante vida.
Para un dios como él, Xena no había nacido para vivir y morir como mortal. Para él ella había nacido para el calor de la batalla. De una larga batalla eterna que él lideraría a través de ella. Ella sería su comandante en la guerra. Guerra con la cual construiría su más anhelado imperio de sangre y poder haciéndola a ella su reina. Pero para ello, siempre tuvo en mente que Xena debería convertirse en un ser inmortal. Varias veces en su primera vida le propuso unirse a él y transformarla en alguien con fuerza divina. En su diosa. Y como el agua, ella terminaba escurriéndose de las manos. Causando que cada vez su enfermizo amor por ella aumentara.
No es que fuera como su padre Zeus que cuanta mortal que se topaba a su paso le dejaba marcada con un hijo semidiós. En lo absoluto, él solo había tenido ojos para ella. Por eso sin importar como, se adentró en el mundo de su tío de los muertos, de Hades, y le convenció para que le devolviera su princesa. De corazón oscuro como la sombra, el dios del inframundo nunca pareció estar dispuesto a ceder. Le diera cuantas almas le diera el dios de la guerra. Fue su esposa Perséfone la que le incitó aceptar el trato. Como prima media hermana del dios de la guerra que era, le era lastimero que éste anduviese suplicando por un amor perdido.
Miles de almas y poderes no bastaron para que el dios de los muertos accediera a liberar el alma de Xena. También deseó tener una parte del imperio que su sobrino tenía dispuesto a forjar en la tierra. Y claro, con tal de recuperar a su princesa, aceptó. Aceptó porque ya tenía en mente cual le daría para dirigir, el de los muertos vivientes. Le gustase o no, ya a él no le importaría porque para ese entonces ya su hermosa Xena habría sido trasformada en una inmortal que sus garras no volverían a tocar jamás.
Si que había dado mucho por ella. Ella que en aquellos momentos en los que la retenía cautiva, le miraba con la más grande mirada de odio que su semblante le era capaz de producir. Él que bajo de los rojos cielos y descendió al negro inframundo solo para recuperarle. Aun así no le guardaba reproche. Ni que fuera la primera vez que ella le odiase. Si no se decepcionó por eso en el pasado cuando murió, mucho menos lo haría ahora que la tenía de nuevo con vida. Claro que ahora el odio expresado era diferente. Ella no le recordaba ni lo encajaba en su mente. Apenas se había topado con él, y de una no muy buena manera si se hablaba claro. Ahora lo tenía frente a ella dándole la mirada más despreciable que le había emitido a alguien en lo que llevaba de vida.
―No has sabido agradecer lo que he hecho por ti, Xena ―se le dirigió con falso lamento el dios de la guerra. Verla tan vulnerable, así de desnuda y herida como estaba, no le provocaba otra cosa que lanzársele encima y degustarse con la sangre que emanaba de su cuerpo. Limpiar cada herida con su boca y luego hacerla suya. Como siempre quiso hacía mucho tiempo atrás. No obstante, estaba consciente de que su condición de mortal le hacía caer en el riesgo de que su salud empeorara. Además, tenía que dar por terminado la última parte del ritual o muy pronto divinidades cercanas se percatarían de la presencia mortal que emanaba el cuerpo de ella.
―¡No me interesa nada que provenga de ti, bastardo! ―le escupió con palabras y saliva con sangre en la cara de éste. Se sentía completamente asqueada por tan indecoroso acto, que si la dejaban, continuaba escupiendo hasta que su boca se craqueara por la resequedad.
El dios, que hacía poco le acababa de decir que le había colmado su paciencia, se volvería a asegurar que ésta supiera con quién estaba tratando. A leguas se notaba que su guerrera había elegido el camino de por las malas, y él no tenía ningún problema en conducirla por este. Le sorprendía sobre manera como continuaba resistiéndose pese a lo adolorido y débil que estaba su cuerpo. Aunque por otro lado, no le extrañaba al saber quién fue en su primera vida. Una sonrisa cortada se dibujó en su rostro por tan maravillosos recuerdos y como apertura a que se haría la voluntad de él en todo momento. Sin esperar más, la tomó entre sus brazos junto con las sábanas que le envolvían para conducirla a otra habitación. La mujer hizo acoplo de todas sus fuerzas para erguirse, patalear y separarse del fuerte pecho del hombre, cubierto por ese típico chaleco de cuero negro que siempre le caracterizaba. En vano, cayó hacia atrás por una sacudida de su captor.
Encontrándose en una nueva sala que por su fachada y contenido no era otra cosa que un baño, el dios depositó a la guerrera sobre el enlozado suelo para dirigirse a una enorme tina sumamente decorado con figuras de tritones y sirenas. Tiró varias veces de una llave como si estuviese succionando algo, y al instante el agua comenzó a correr de las bocas de algunos delfines en donde se posaban las sirenas, o de los caracoles y conchas que estas cargaban. Por el vapor que emanaba el agua debía de estar caliente. Temperatura ideal para que la sangre que el dios depositó se diluyera rápidamente. Ya que ante los ojos de aquella que le miraba desde el suelo, se cortó ambas muñecas sumergiéndolas en la cálida agua. En cuanto ésta tomó el rojo carmín, decidió que ya era suficiente. Faltando únicamente un toque final para que su obra fuera digna de deslumbrar a alguna diosa. De modo que como si lo hubiese tenido planeado, tomó unas rojas rosas sobre un florero en una mesa cercana, y las desmesuró en el agua ensangrentada.
Sin tener que ser muy inteligente para deducir lo que le esperaba, la guerrera comenzó a arrastrarse sobre el piso. Era ridículo que lo hiciera porque apenas podía moverse. No pudo ni tan siquiera aproximarse a la puerta cuando unos fornidos brazos la tomaron por su cintura y la depositaron sobre sus hombros con rudeza. El dios la llevó hasta la enorme tina y allí sin contemplaciones, la arrojó con todo y sábanas al agua. La cual salpicó por todos lados debido al impacto y al chapoteo de la guerrera. A duras penas ésta se sostenía de los bordes de mármol de la tina y con gran facilidad el dios la despegaba y empujaba para que volviera a sumergirse en las aguas. Todo aquello le resultaba una completa diversión dado que el sufrimiento de su princesa le deleitaba totalmente.
―¡Eres un maldito! ―le gritaba ahogadamente la guerrera en cuanto tenía oportunidad de hacerlo. Ya todo su cuerpo estaba impregnado con la esencia del dios y sus heridas estaban sanando. Hecho que le permitió recuperar nuevas fuerzas y revelársele cada vez más seguido. En una de esas en la que se disponía a salir de tan repugnantes aguas a su persona, aprovechó que el dios se le aproximó con motivo de empujarle por décima vez, y entonces lo haló por sus brazos causando que éste callera en las mismas aguas que había preparado. Sin perder más tiempo, de un saltó la guerrera salió de la tina manteniendo el equilibrio en las resbalosas losas del borde y cuando ya estaba dispuesta a echar carrera hacia la salida, volvió a ser sostenida por los mismos brazos del inmortal. El dios no daba abasto con el espectáculo que su guerrera le estaba proveyendo y por eso sus carcajadas eran la pura evidencia de ello.
Ambos parecían dos bestias marinas batallándose por lograr su dominio sobre el otro. Entre golpes e insultos la guerrera intentaba sin remedio zafarse de su captor y entre los mismos medios éste le retenía a su lado. Llegó un momento que se cansó de su resistencia y entonces colocando su mano otra vez en la frente de ésta le dijo:
―Veamos que tanto recuerdas sumergida en estas aguas de sangre. ―Y dicho esto, le sumergió por completo. Apenas sus piernas y brazos eran lo que se asomaban a la superficie en busca de aire. El dios la tenía bajo de sí y no se le veía interés alguno en dejarla tomar aire. Medio minuto transcurrió y la mujer no se daba por vencida a morir de aquella forma y continuaba revolviéndose. Pero ya llegado al minuto y pasado de este, el dios, vio como las fuerzas ya se le habían agotado por la falta de aire. De no ser su amada la que se encontraba allí gustosamente así la hubiese tenido por una hora entera. Sin embargo, como sí lo era, decidió que ya era más que suficiente y la sacó de las aguas. La mujer dio signos de vida entre tosidas tras tosidas que escupían agua rojiza de su boca. Él la dejó en el piso en no que se recuperaba. Estaba complacido con el efecto que tuvo su sangre sobre el cuerpo de ésta. Una lustrosa piel blanca libre de toda marca o cicatriz resplandecía ante su expectante mirada. Ya no veía el momento ni la hora en que su princesa se recuperara del todo para hacerla suya de una vez y por todas.
…
Despertó en una amplia y nueva cama con aromáticas sábanas blancas y un vestido rojo carmín sobre su cuerpo. Aturdida por unos segundos, tocó la sedosa tela de este con sus manos. Manos de clara piel que se quedó mirando. Su piel estaba sumamente tersa y lustrosa. Recorrió sus brazos con la vista e hizo lo mismo con sus piernas tras levantar el vestido. Su imagen en un espejo al frente de la cama le hizo aceptarse así misma que se veía completamente hermosa. Como nunca antes creyó verse en la vida. Nunca había llevado un vestido así, por lo menos en su vida como amazona, y al notar como éste se cernía a sus curvas, una desaprobación invadió su mente. Como amazona que era no debía de usar semejante símbolo de debilidad en una mujer. Sus vestimentas siempre debían de ser de grueso cuero y protectoras armaduras. Como siempre lo habían sido desde que decidió blandir la espada en grandes batallas. «¿Grandes batallas?», se cuestionó en sus adentros. Pues… ¿Desde cuándo catalogaba sus enfrentamientos como amazona como grandes batallas? Se sintió extrañada de sí misma y osó a acercarse frente al espejo. Allí apreció con mayor claridad bajo la luz de una antorcha el intenso carmín que emitía su vestido de entre mezcla griego céltico.
Definitivamente debía de estar en uno de sus más irreales sueños. Porque una guerrera como ella jamás se vería como se estaba viendo ahora. Una lacia melena no contrastaban con su habitual alborotado cabello. Se dio media vuelta entendiendo que si se alejaba de aquel reflejo se alejaría de igual modo de las nubes en las que se encontraba soñando y despertaría preguntándose lo que debía de hacer en ese día. Lo que no sabía es que se encontraba más despierta que nunca y que quién le observaba desde la puerta se lo confirmaría sin demora.
―El rojo te queda espléndido, querida ―opinó una reconocida voz que le hizo recordar miles de agujas clavándose sobre su piel―. Aunque si prefieres, podrías usar también el azul para que combine con tus ojos.
Dándose la vuelta, la guerrera se topó con el dueño de lo que catalogó como una verdadera pesadilla de la que deseaba despertar. Para su lamento, no lo podía hacer puesto de que reconocía que ya lo estaba. Porque cómo no iba a hacerlo cuando el recuerdo de tan profundo dolor le erizaba la piel. Un sufrir como aquel no podía haber sido un sueño.
―Tú ―le reconoció como el autor de sus últimos delirios. Ordenando en menos de un par de segundos, momentos y palabras existentes desde que se había encontrado con semejante arrogante. No fue hasta que se vio sumergida en aquel baño de sangre cuando desprendió una mueca asqueada y aproximó su rostro hacia su hombro para olfatearse así misma. Por extraño que le pareciera, no emanaba ningún tipo de olor a óxido de hierro o a sal. Todo lo contrario, su piel desprendía una agradable fragancia a jazmines, lavanda y rosas blancas. Lo mismo que su sedoso y oscuro cabello.
―No te preocupes querida, mi sirviente se encargó de darte un segundo baño y de vestirte para que despertaras como la hermosa princesa que eres.
La guerrera no soportaba el seguido cinismo con el que hablaba aquel que no se cansaba de demostrarle todo su poder de dios y humillarle en el proceso. La valía tres demonios lo que había ordenado aquel perfecto imbécil para ella. No estaba dispuesta recibir nada que proviniera de él. Separó sus labios para decírselo, pero unas imágenes en su mente le impidieron soltar palabra alguna con ellos. Unas punzadas de dolor le invadieron la cien de su cabeza obligándola a caer de rodillas sin remedio. Se sintió sumergida de nuevo en aquella tina con agua ensangrentada y repetirse lo que ya había recordado. Más y más batallas. Sangre humana por donde quiera. Poblados incendiados. Viajes en barcos hacia nuevas tierras e imperios. Hasta que lo vio. A él, el dios que tenía delante.
Al reconocerle en unos recuerdos que no sabía de dónde los había sacado o cuándo se suponía que los debía haber vivido, una mirada de espanto se apoderó de su cara. Quiso levantarse pero el peso de los recuerdos le era demasiado. Añadiendo que por más que le afectaran, quería seguir viéndolos. Concentrándose de nuevo en traer a éstos la complacida figura que yacía a su frente. Lo vio espiarla por vez primera mientras se debatía con la espada y el escudo en su poderosa yegua en una de sus sangrientas batallas. Luego cuando se le presentó como un dios en lo adentrado de un bosque. Más adelante cuando la tentaba a unirse a él y proveerle la gloria eterna. Cuando ella le aceptaba y cuando le rechazaba. Cuando ambos se amaban y cuando se odiaban. Todo en definitiva la estaba volviendo loca.
Ella no podía haberse relacionado con quién tanto daño le había causado horas atrás. Además, por favor, ella era una amazona, y como reglamento estaba estrictamente prohibido amar a un hombre. Una amazona siempre estaba en compañía de su clan al cual defendía con su vida. Pero… ¿Por qué si era una amazona, se veía así misma en medio de hombres guerreros? ¿Por qué hasta recordaba haber sido amante con algunos de ellos. ¿Por qué también se veía sola después de abandonar las batallas?
"¿Quieres ser nuestra reina?", le pidieron a grito numerosas amazonas desprovistas de una líder. Petición que en esos momentos su mente le recordaba. Se detuvo, era normal que recordara eso. Si bien claro siempre lo recordaba. Su clan siempre le acosaba con que lo fuera. La diferencia era que aquellas caras no eran las mismas. Las que esta vez le pedían que liderara su clan no eran las mismas con las que ella creía haber tenido una única vida. "El camino que ando ahora no involucra ser líder de nadie ―contestó con franqueza a esas caras―. Tan poco soy una amazona." ¿Entonces, no lo era? ¿Quién era entonces? "Soy una simple mujer que ha abandonado la guerra para ir en rumbo de la paz y el perdón de sus pecados."
No podía ser, sino era una amazona… ¿Por qué se había criado como una? ¿Por qué le venían esos recuerdos que le hacían dudar de su persona? No, se iba a volver loca. Y si iba a hacerlo, aguardaría hasta que estuviera distante de aquel que se le presentó como un dios. ¿Cómo? Aun no lo sabía. Solo que como fuera se alejaría de él de una vez y por todas. Desde su aparición, su mente se encontraba en total desequilibrio. Tal vez si lograba escapar de sus garras todo volvería a la normalidad. No perdía la esperanza de que todo en realidad fuese un espantoso sueño. Y si otra vez se comprobaba así misma que no lo era… No dudaría ante la idea de que éste le estaba manipulando la mente introduciéndose él en ésta para mostrarle una vida que según él otra vez, había tenido.
―Realmente te vez muy mal, Xena.
«¡Ah, ese nombre!», se quejaba en su interior. ¿Por qué la volvía a llamar por ese maldito nombre ante sus oídos? Ese nombre que en esos recuerdos repentinos también le gritaban. Algunos con admiración y otros con desprecio y odio. Muchos pueblos en cuanto la vieron sola le apedreaban, rechazaban e insultaban. Incluso su madre no quería saber de su existencia. ¿Su madre? Para ella su madre siempre fue una hermosa amazona de rubia cabellera que le crió con protección. No con mimos ni calor pero nunca dejo que nada le pasara. No obstante aquélla que se le mostraba era un tanto parecida a ella, pero de cabellera castaña y risada, algo demacrada y con una mirada de indiferencia hacia lo que le sucediera. Y todo por la mujer asesina en la que se había convertido.
―¡Ahahahaha! ―gritó con desespero―. ¿Qué me está pasando? ¿Quién soy?
―Eres Xena ―le contestaba sin demora el dios―, laPrincesa Guerrera. La que pronto será mi diosa y dirigirá las tropas de mi imperio.
―¡NO! Soy Lysia. Mi madre fue una amazona llamada Mirina. No esa despreciable mujer.
Así siguió gritando hasta que casi se hizo un ovillo en el suelo sin dejar de sujetarse fuertemente la cabeza como si temiera que en cualquier momento ésta le fuese a estallar.
―Te equivocas, esa que dices ser tu madre nunca compartió carne y sangre contigo. Nunca te obtuvo de otro hombre. Sólo te acogió en su vientre porque así yo lo dispuse. La pobre siempre deseó una hija ya que de sus tres partos tenidos desde muy temprana edad, todos le habían salido varones. Y ya sabes cual es la ley que se la aplicaba a éstos. Sus súplicas fueron un canto para mis oídos porque ya llevaba yo bastante tiempo buscando en donde poder alojar tu alma para que renacieras. Y qué mejor que un cuerpo humano. Específicamente el vientre de una mujer para que te abrieras a la luz del mundo de una forma natural. Ya que lamentablemente habías desaparecido como una mortal y como tal debías de volver a nacer.
»Todos me conocen como un dios sanguinario y del caos. Pero no ven que a veces soy capaz de hacer cosas buenas. Como proveerle una hija a esa frustrada amazona ―continuó con un prepotente orgullo como si lo que hizo hubiese estado libre de interés alguno―. Acudí ante sus rezos ya que ni la misma Hera, diosa de la fertilidad, le concedió tan anhelado deseo. Me le presenté como quién soy, dios de la guerra y le expliqué la forma en la que le daría una hija. Siempre llevaba conmigo tu alma y no perdí oportunidad en revelársela. Le dije que ésta pertenecía a una hermosa princesa pero también a una fuerte guerrera. Y que si permitía que se la alojase en su vientre junto con el polvo de sus huesos, de tus huesos, quedaría al instante embarazada de lo que sería una futura y preciosa bebé. Una hembra que causaría la envidia dentro de las de su clan. Y viendo que últimamente los nacimientos femeninos escaseaban, sino se cuidaba, hasta podrían matarla para quedarse con su tesoro.
»Bajo su desespero, aceptó de inmediato. Se hincó ante mis pies agradecida y me preguntó que debía darme a cambio por tan maravilloso regalo. Lo que no sabía era que desde que aceptó, ya me había dado lo más grande que me pudiera dar. Tú. Pero para su tranquilidad, sólo le dije que a cambio debía entrenarte bien. Y que tu arma fuera la espada.
Xena, porque ella lo era, le miraba atónica e impactada. Incapaz de creer ni una sola palabra de aquel ser inmortal que sin tener que conocerlo en su primera o segunda vida, ya se le demostraba ser un perfecto calculador, interesado, caprichoso, prepotente, cínico y maldito dios.
―Después de que naciste, velé por ti desde siempre. Nunca estuve tan cerca de un clan de amazonas como lo estuve en el que te criaste en tu segunda vida. A pesar de ser dios de la guerra, no compartía simpatía por salvajes guerreras que veneraban más a mi media hermana Artemisa por ser una mujer como ellas. Digamos que no teníamos buenos lazos desde que surgieron fallas en alguno que otro trato realizado ―contó riéndose para sí―. Como en el que una vez ellas me pidieron fuerza y armas para las batallas y yo se las di a cambio de que sirvieran en mis tropas de mortales. La idea les desagradó porque tenían que estar en frecuente contacto con hombres, pero por poder, estaban dispuestas a soportal hasta el más acosador sátiro.
»Lamentablemente, en uno de esos tantos enfrentamientos, los problemas se presentaron y como mortales que eran, no pudieron escapar ante el filo de lanzas, espadas o flechas. Viendo que morirían si continuaban batallando, cosa que así sería, dieron su retirada abandonando mis tropas. Grave error, porque al no eliminar al enemigo, este terminó acudiendo a ellas. Y por haberme faltado, las armas que les brindé se les hicieron polvo a la primera blandida que daban. Las pocas que sobrevivieron me reclamaron y como segundo castigo, las dejé sin su líder. En verdad no sé cómo pudieron levantarse y llegar a ser un clan mucho más poderoso de lo que eran cuando apenas podían encontrar tierras en donde residir.
La amazona no entendía porque éste le contaba todo aquello. Ella jamás había oído de que un antiguo clan hubiera tenido tratos con el dios de la guerra. Bueno, que iba a escuchar, si por lo general el blandir de la hoja de una espada contra otra era el sonido con el que se despertaba y acostaba.
―En fin, te he contado todo esto para que sepas como murió la que vino a ser como tu segunda madre ―le salió en explicación el dios como si hubiese visto la duda en la mente de la guerrera. Causando que ésta pusiera completa atención en sus palabras. Hacía rato que llevaba tiempo observando cuanta esquina habida y por haber existía para ver si por algún lado podría encontrar una salida o al menos cualquier cosa que le sirviera como un arma.
―¡¿Qué cosa dices?! ―se enfadó la supuesta amazona ante lo dicho―. Mi madre murió en una batalla, murió por su clan. Y ha sido la única que he tenido. Déjate de insolencias. ―Y con esto, se atrevió a golpear al dios que al recibir el golpe, se echó a reír. No sin antes devolvérselo a su atacante. La cual cayó de espaldas sobre la cama.
―Ya me tienes cansado con que te niegues a recordar, querida ―le gruñó entre cuello y oreja aprovechando la cercanía para olfatear el aroma que desprendía la perfumada piel de ésta―. Esa mujer ―prosiguió haciendo referencia a su madre amazona―, fue asesinada por otra miembro de su clan tras enterarse la ayuda que ésta había aceptado de mi persona ―le contó en un escalofriante susurro―. Si nadie te lo dijo, fue porque la asesina no fue otra que la madre de esa amiga que dices haber querido como una hermana ―le reveló. Si el dios continuó hablando, la amazona no pudo prestarle más atención. Ya que aquella revelación la dejaban completamente petrificada. Pudo jurar que hasta el alma se le puso fría y endurecida―. Amiga ―añadió el dios―, que no pudo soportar la noticia de que su madre le había arrebatado la vida a la tuya. Ocasionando que ante la vergüenza y el deshonor que sentía tener contra ti, se dejara morir en esa batalla de la que no la viste regresar.
La guerrera no sabía si todo aquello era una gran verdad o una mentira. De todos modos, el mero hecho de escuchar tan revelador relato, se sentía que se rompía en mil fragmentos desde adentro. Ya era más que suficiente todo el sufrimiento que aquel ser quería colmar sobre ella.
―¡ESTÁS MINTIENDO! ―estalló empujándole en el acto para sacárselo de encima y comenzar a golpearle. Éste le sujetó por los antebrazos fuertemente, marcándole la piel, para inmovilizarle―. Ya déjame ir ―le forcejeaba sin parar.
―Ora a tu difunta y supuesta madre y pregúntale si no has de creerme ―le sugirió el dios al oído―. Sé que no podrá mentirte. No podría siendo tú lo que más amó en vida.
―¡Estás demente!
―Sí, pero de pasión ―le aceptó con voz ronca besando todo su cuello y hombros. La piel de la guerrera se le volvía a erizar y sin poder contenerse, dejó escapar un chillido de dolor cuando su captor la mordió entre el cueco del cuello y la clavícula. Éste lamió gustosamente la sangre y sintió como su cuerpo ardía ante el temor que provocaba en su hermosa princesa―. ¿No me digas que aun no terminas por recordarme del todo? ―le atormentó―. ¿No me digas que todavía no recuerdas estas sensaciones que sólo yo era capaz de provocar en tu piel?
―Suéltame ―se negaba a contestar. Aquello no era para nada aceptable por ella. Se estaba comenzando a sentir más humillada de lo que ya de por si estaba .Y eso que aún no pasaba nada entre ellos.
―¿No recuerdas esos apasionados encuentros que ambos tuvimos? ―proseguía con su detestable juego a tiempo que le aflojaba la cinta del cuello de su vestido para que este revelara sus pechos. Pechos que volvía a acariciar. Ya no sentía poder detenerse. Si ella no sacaba fuerzas de algún lado, la haría suya antes de convertirla en su reina como tenía planeado―. Siempre parecíamos dos fieras. En donde una quería dominar a la otra. Ya te lo había dicho. ¿Qué no lo recuerdas?
El dios se encontraba sobre ella degustándose con el sabor de su piel. Piel que marcaba con sus manos dejando áreas sonrojadas y rasguños como si quisiese arrancarla de los huesos. A todo esto sin dejar de hacerle esas preguntas. Preguntas que la aturdían por dentro. Porque por ningún lado de su mente le podía pasar tales verdades. Y si le pasaban, no las aceptaba. Por otro lado, a él no le importaba si le recordaba o no. Tenerla así a su merced lo enloquecían enormemente. Mientras que ella, de vez en cuando se retorcía para que le dejase en paz. Ya hasta lágrimas en los ojos comenzaba a brotar por todo lo que le sucedía. Al verlas, su causante las extinguía lamiéndolas en cuanto salían. No le agradaba que su princesa mostrara insignificantes signos de debilidad cuando al conocerla por vez primera, no era poseedora de ellos. Pero cómo no iba a mostrarlo estando sujetada de manos por él, un demonio. Que con la otra libre le subía el vestido para profanar sus piernas. En donde apretaba la carne como si fuese las primeras piernas femeninas que tocase en su vida.
Insatisfecho por lo que apenas estaba tocando, adentró su mano bajo los muslos de la mujer hasta dar alcance a sus glúteos. Masajeó uno para después pasar su brazo por ambos y levantarla para él. Se posicionó entre sus piernas impidiendo que estas las cerrase, y recargó sus voluminosas pantorrillas alrededor de su fuerte torso.
No podía creer el paisaje que tenía delante. Jamás la había visto tan atemorizada, con las mejillas rojas muerta de la vergüenza y con nuevas lágrimas en los ojos. Al instante pudo comprenderlo todo. Era evidente que en su segunda vida jamás había estado con un hombre. Y al haberse criado como una amazona guerrera, más todavía daba por asegurada su virginidad. Se acercó a su intimidad más lujurioso que nunca ante tal descubrimiento, y con uno de sus dedos comenzó a frotarla a través de la tela para hacerla entrar en placer. No estaba seguro que lo disfrutaría mentalmente, pero de que lo haría de modo físico, era un hecho. Ya sabía el que notaba algo raro en su aroma. Cargaba consigo el aroma de una hembra intacta. Hembra que haría suya en esos momentos. Olisqueó nuevamente la sangre de su cuerpo y si, definitivamente lo más próximo a aquella mujer había estado en su segunda vida con un hombre, lo era cuando se batallaba contra éste con escudo y espada de acero.
Al poco rato de estar llevando acabó su tarea, sintió como la hembra que tenía bajo su cuerpo había dejado de retorcerse en un intento de zafársele, para quedarse a merced del placer que le estaba provocando. Aún gritaba que la dejase en paz, pero no por eso podía evitar que se le escapasen gemidos que eran música de musas para los oídos del dios.
Estando consciente de que carnalmente se estaba dejando llevar por los estímulos de aquel inmortal, despertó el pisoteado orgullo que le quedaba hasta el momento y en cuanto el dios se le acercó para besarle, ella le respondió con un puñetazo en su quijada. Golpe que lo tiró de la cama y antes de que se pusiera de pie, ya estaba recibiendo unas patadas en su pecho y abdomen. La guerrera ya conocía la fuerza de aquel dios pero no por eso significaba que no pudiera sentir dolor igual que un mortal. Por eso tomó un jarrón de barro que decoraba una esquina del piso y con todas sus fuerzas lo elevó en el aire para reventárselo entre cabeza y espalda. Esto no parecía haberlo noqueado del todo pero al menos le daría tiempo para escapar de aquella habitación y ver que se hacía entre tantos pasillos.
Corrió sin rumbo fijo sujetando el suelto vestido que casi la dejaba desnuda por completo. A la distancia no escuchaba otra cosa que las estruendosas carcajadas del dios. Dios que al verse sorprendido por aquella mujer, no se negó que internamente la sangre se le hervía por ésta habérsele escapado. Un minuto más y ya la hubiese penetrado haciéndola sentir lo que era la pasión de un dios como él. Pero ya cuando su excitación comenzó a menguar, aceptó que lo bueno del hecho, era que se la podía guardar para una mejor ocasión. En adición, estaba alegre de que su fiera siguiera igual de fuerte que en su primera vida.
―Xena, Xena ―le llamaba en un sonoro eco en el que no se podía distinguir la dirección exacta de donde provenía la voz. Tal vez porque sonaba en el interior de su mente o porque el dios la transmitía sobre ella en su forma incorpórea. Pronto comenzó a dar vueltas en círculos entre corredor con corredor. Todo parecía haberse convertido en un laberinto de pasillos y habitaciones que no le llevaban a ningún lado―. ¿No me digas que no querías que continuara con lo que te estaba provocando? ―le fastidiaba desde donde sea que estuviese―. No recuerdo que en el pasado me suplicaras que me detuviese. Todo lo contrario, creo que morías si lo hacía. ―¿De dónde sacaba tantas palabras para envenenarle la sangre? Era algo que se preguntaba sin parar de correr. Ya que lo tenía lejos de ella no tenía planeado dejar que se le acercase de nuevo―. Adelante, corre todo lo que quieras. Que por más que lo hagas no encontrarás salida alguna, querida ―le dejaba claro desgarrándole las esperanzas―. No estamos en tierra de mortales. Que no se te olvide.
¿Qué le importaba en donde diablos estuviese? Lo que le importaba era escapar de allí y no regresar jamás. Por eso no pararía de correr ni aunque sus piernas se rindieran. En alguna parte debía de encontrarse una salida y no descansaría hasta dar con ella. Y una vez que la alcanzara, seguiría corriendo como un caballo despavorido que abandona a su jinete muerto en medio de una batalla.
Una luz al final de un pasillo le llenó de esperanzas presintiendo que era producto de la claridad del exterior. Y como si su vida dependiera de ello, en parte así lo era, aceleró sus pasos que ya casi parecían saltos con tal de llegar. Sin embargo, la sonrisa que delineaba su boca se deshizo en cuanto cruzó la luminosidad vista. No había dado con otra cosa más que con un peligroso balcón con una vista a un terrible vacío. Un vacío entre rosadas y violáceas nubes. Si minutos atrás no le importaba en donde se encontraba, ahora sí que había cambiado de opinión. Más cuando sintió muy de cerca la voz del dios. Quién se había dado cuenta del paisaje con el que se topó.
―Saltar no te ayudará mucho. Terminarás hecha pedazos como el jarrón que rompiste sobre mí ―le recordaba riéndose desde los aires o donde fuese que estuviese―. Esto es un templo flotante, que conseguí especialmente para ti.
Entonces, en verdad no tenía salida. Pero no por eso se rendiría. No por eso permitiría que la encontrase y la volviera a sujetar y humillar como hizo. Se alejó de aquel vacío adentrándose de nuevo en el templo. Trató de seguir un camino distinto por el que había llegado hasta allí. Consiguiendo después de unos minutos, llegar a una habitación repleta de armas. Espadas, puñales, escudos, lanzas, arcos y entre otras variedades de armas que yacían colgantes entre los muros de piedra. Rápidamente tomó la primera que le pareció capaz de dominar y la empuñó en su mano. Con unos ágiles movimientos comprendió que era perfecta para ella. Perfecta en el momento justo en el que el dios se le presentaba en persona frente a la entrada.
―Tenía planeado traerte aquí pero ya veo que diste por ti misma. Esa atracción que siempre has sentido por las armas te ha dirigido sola ―le comentó con gracia. Mientras que ella no dejaba de apuntarle con la espada y alejarse dando pasos hacia atrás sin darle la espalda.
―Veo que quieres jugar un poco. Bien, juguemos. ―Y con esto, el dios extendió uno de sus brazos y una espada lejana se desprendió de su agarre en la pared y paró en su mano. Teniéndola, la agarró con elegancia y meciéndola en el aire esperó que la guerrera se le acercase. Como ésta no dio signo de querer hacerlo, disfrutó del momento mostrando esa partida y cínica sonrisa, y en un celaje que apenas fue detectado por los ojos de la guerrera, se abalanzó hacia ella con un golpe mortal. Gracias a los extenuantes entrenamientos que le dio su madre amazona, o más probable a lo fuerte y ágil que fue en su primera vida, es que logró esquivar el cortante filo de la espada de su oponente. Pero sabía que con solo esquivar ataques no se mantendría. Tenía que devolverlos. Por lo que con sus dos manos bien agarradas de la empuñadura de su espada, lanzó un potente golpe contra el hombro de su contrincante. Medio segundo más tarde, y el dios no hubiese podido detener el impacto. Al fin de cuenta no le iba a causar grave daño y mucho menos lo mataría. Nada más no quería dejar que su amor le ganara en algo que resultaba tan sencillo para él. No por algo había nacido como dios de la guerra.
El choque de espadas una con las otras pronto comenzó a tomar un ritmo en el que un experto en éstas, podía distinguir cual sonido le pertenecía a cada cual. Ambos habían formado una danza que sólo entretenía al dios y desesperaba a la mortal. Él que nada más sostenía la espada con una sola mano, no daba signo de perder fuerzas o mostrar cansancio. Mientras que ella, que lo hacía con sus dos manos, ya sentía como la hoja de metal ganaba peso cada vez más.
―Te ves cansada. ¿O son mis ojos? ―le molestó echándose a reír porque sabía que así era.
―Son tus ojos, bastardo ―le negó a tiempo que blandía su espada contra la de éste aprovechando que no mostraba atención ante su acto. Acto que provocó que la espada del dios saliera volando por los aires y terminara clavada entre una hendija en los muros.
―Nada mal para llevar más de cien años sin batallar como la Xena que fuiste ―le alagó o burló de alguna manera al mismo tiempo―. Veamos que tan buena resultas ser contra mi verdadera espada ―mencionó mientras de sus manos surgía de la nada una candente llamarada que al apagarse dejó a la vista una enorme y lustrosa espada con negra empuñadura y un dorado y detalladamente decorado guardamanos―. Y con la que toda tu primera vida cargaste bajo el nombre de Xena, la Princesa Guerrera― añadió. En ese momento en el fondo de la sala y sobre una mesa, un resplandor cegador dio su aparición y al extinguirse, una histórica espada cobró vida al vibrar por cuenta propia sintiendo la presencia de su antigua dueña. Con su mango dorado con ópalos incrustados y una empuñadura también negra, sin duda alguna tuvo que pertenecer a un grandioso guerrero. O guerrera en este caso.
―¿Qué esperas para tomarla? Es tuya ―le presionó el dios al ésta quedársele mirando como si él no pudiese atacarla en cualquier momento.
Hastiado por su embelesamiento, extendió su brazo como en veces anteriores y articulando su mano, provocó que la espada de la mortal enrojeciera en el acto. Sin poder soportar lo candente de esta, la dejó caer al suelo quedando completamente desarmada. Ares se dirigió hacia ella impaciente dispuesto a clavarle su filo si no acababa de ir por su espada para defenderse. Pero la guerrera, por miedo a saber que sucedía si tocaba aquella espada, o tal vez por írsele en contra, tomó una cualquiera que a su proximidad estaba. Para su mala suerte no le duró ni cinco segundos porque el dios hizo lo mismo que con la anterior.
Entendiendo que eso pasaría si no se apresuraba a elegir la espada que él decía que alguna vez fue suya, y tomando en cuenta que aquel dios que decía que la amaba no parecía tener piedad cuando se trataba de atacar, terminó empuñándola sin remedio. Para esto tuvo que evadir unos cuantos golpes del dios y correr hasta donde se encontraba la dichosa espada. Porque para colmo estaba distanciada a varios metros. Pero todo valió la pena porque al tomarla algo dentro de sí le decía que era completamente suya. No precisamente porque el dios ya se lo había dicho. De ninguna manera. Sino porque el peso y la textura de ésta se le hicieron extremadamente familiar. Era como si alguna vez la hubiese usado. Pero no había tiempo para eso. A su frente estaba un dios que le mataría si no se defendía y tenía que hacer inmediato uso de aquella espada y sus fuerzas.
―¿No sientes que es tuya? ¿No recuerdas que con ella mataste a cientos? ¿Qué con ella misma te me enfrentaste en el pasado?
―¡Hablas mucho! ―le gritó propinándole golpe tras golpe hacia éste.
―Con esa espada atravesaste corazones, cortaste cabezas, desmembraste cuerpos ―le continuaba diciendo sin dejar de atacarla.
―¡Ya deja de fastidiarme!
―Claro que tu espada era más feliz cuando dirigías ejércitos. Luego de encaminarte por el ridículo camino de los débiles, apenas la usabas para cortar leña.
Si lo que el dios estaba buscando era ponerla furiosa, dejar saber que lo estaba logrando. Y avistando que la mujer lo que quería hacer con su espada era todo aquello que acababa de decir, dejó que se le cumpliera su deseo. Un rasguido de cuando se corta la carne y se atraviesa un cuerpo resonó a los oídos de la guerrera. Incrédula de lo que había hecho, adentró más la espada en el pecho que acababa de penetrar. Por unos segundos se sintió victoriosa y libre de aquel despreciable ser. Pero en cuanto éste dejó escapar las incontenibles carcajadas que brotaban de su garganta, se deshizo de su triunfo interno.
―¿Es que acaso no mantienes presente que soy un dios? ―le cuestionó con pereza el inmortal―. Ya te lo he dicho, no importa cuántas veces luches contra mí y cuanto te me resistas, nunca podrás vencerme. ―Ella no le escuchaba. Tenía la vista fija en la espada clavada en su pecho. Ya había visto eso anteriormente. Ya lo había hecho también. Ya se había batallado contra un dios como él. No, ya había peleado contra él―. Mírame ―le ordenó aún con la espada de ésta clavada en su pecho―. ¡Que me mires, insistió sin tener efecto sobre ella. ―Comprendió que ésta debía de encontrarse en un trance interno y como si segundos atrás no se hubiese estado batallando con ella, con una delicadeza que solo un inmortal como él era capaz de producir, le levantó el mentón para que sus ojos se conectaran a los suyos. Pero al verlos, éstos seguían idos en los pensamientos internos de ella. Como sus ojos no le decían nada, bajó su vista hasta su entreabierta boca. Cuyos rosados y húmedos labios lo tentaron a la única cosa que podían tentarle. A unirlos con los suyos. Siendo esta vez muy diferente a la primera. Siendo suave y gentil como ningún otro.
Aún ella continuaba en ese profundo trance en el que parecía que su alma se le hubiese desprendido de su cuerpo. Pero eso no fue objeción para que él dejara de besarla como lo estaba haciendo. Intensificó su beso, introduciéndose dentro de ella, recorriendo toda la cavidad con su lengua para hacerle despertar, pero nada. Era como si estuviese besando un cuerpo sin vida. Solo que cálido y con aliento. Si le molestaba o no que estuviese en esas condiciones, no lo demostró. Todo lo contrario, poso sus manos sobre su cintura para acercar su cuerpo al suyo. La espada que tenía clavada le impedía tan deseada cercanía y por eso se la arrancó de su cuerpo. Ya hacía rato que la guerrera la había soltado y se mantenía con brazos caídos perdida en la nada. La continuó besando hasta que presintió que la mortal debía de necesitar aliento y ante su negación de no querer separarse de ella, lo terminó haciendo. Fue cuando los ojos de ésta mostraron que el alma, a donde sea que se hubiese ido a vagar, le regresó al cuerpo. Y con una sola palabra, provocó que los de él se abrieran por completo.
―Ares…
REVIEWS
Y bien, ¿qué les pareció? Nuestro lujurioso secuestrador no resultó ser otro que Ares. Ah, pero eso desde un principio lo sabíamos. ¿O no? Bueno, todos excepto la pobre de Xena. Será un milagro si la cautiva no se vuelve loca. Aunque, cualquiera se volvería loca con semejante y sexoso dios a su lado. Mientras si eso pasa o no, ¿qué sucederá ahora que ha logrado recordarle? A él, a Ares. ¿Aceptará unírsele o se le escapará de las manos como centenares de veces hizo en el pasado? Quien quiera saber, tendrá que continuar leyendo.
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