Antes de nada, nota a principio de capítulo con cierta importancia, puesto que soy idiota y en el primer capítulo no puse ninguna.
Aunque tampoco es que tenga mucho que decir ahora, salvo una cosa.
En el primer capítulo, puse que Law tenía los ojos grises. Bueno, eso es una errata como podréis comprobar ahora. Disfrutad~.
— Hakuryō-ya...que grata sorpresa.
Una más que forzada sonrisa ladina apareció en el rostro del moreno casi a la vez que entrecerraba sus ojos dorados. Por la expresión que el mayor mantenía dibujada en su rostro, parecía estar tan seguro de sí mismo como siempre, aparte de mantener su fría seriedad. De esa que dejarían a cualquiera congelado y bajo el yugo de su mirada.
La situación de Law, en cambio, era cómo la de un tigre rodeado de cazadores. La diferencia es que él no podía sacar los dientes, y que ya había sido cazado.
O al menos, eso pensaba.
La obsesión que mantenía el Cazador Blanco con Law tenía una explicación tan sencilla como que seguía siendo puro.
En cierto modo, claro. El concepto de seguir siendo puro para las quimeras se trataba de que mantenias tu cuerpo original, ese cuerpo con el que has nacido y con el que has crecido. Sin que tu nuevo cuerpo tuviese los tatuajes malditos, los tatuajes de los resucitados.
Una de las anécdotas mas curiosas era que a cada quimera que fuese a entrar al Ejército se le daba la opción de crear su propio tatuaje, para que uno de los pocos resucitadores que mantenía bajo sus órdenes Cora-san —como a él le gustaba que le llamaran— pudiese plasmar dicho tatuaje en el nuevo cuerpo inerte del resucitado en cuestión.
Law era, junto a otros dos, uno de los resucitadores, y servía por voluntad propia al Ejército. Irónico, teniendo en cuenta lo mucho que odiaba y odia acatar órdenes de nadie.
Pero esa era la única forma de vengarse, de saciar la sed de sangre a la que su corazón se aferraba. No luchaba por nada, ni siquiera por el objetivo general que era masacrar a los ángeles, si no que era por su familia, su raza.
Law perteneció a la raza quimerica más rápida a la hora de volar. Los kiren, quiénes con sus alas de murciélago y patas de gacela eran rápidos como el mismo viento, convirtiendolos así en guerreros esenciales para las quimeras por su rapidez a la hora de asesinar ángeles. Teniendo en cuenta la abrumadora velocidad de los mismos, suponían una gran ventaja para las quimeras. Pero sólo tenían a Law.
En un inicio, Law sólo quería ser resucitador. Básicamente porque el principal resucitador de Agren le había "criado" junto a otro niño, y le había enseñado de paso el doloroso oficio de resucitador, el cuál era esencial para el Ejército Quimerico.
Aquel trabajo implicaba dolor. Un dolor agudo que podría perforar el pecho como cuándo una daga te desgarra la piel. Un sentimiento que llevaba presente en su vida desde que le arrebataron lo único que tenía. Los recuerdos de sus padres...eran dolorosos. Era doloroso recordar cómo se querían, todas esas caricias furtivas que creían que nadie salvo ellos veían, como ambos se miraban. Después, su hermana. Tan pequeña, tan inocente, tan llena de vida...
Quizá Law, en su interior, quisiera algo así. Amor, inocencia. Una vida. Lejos de la inacabable guerra, lejos de todas esas muertes con las que tenía que acarrear junto con Ace y Cora-san. Quería librarse de ese pesado yugo, quería poder abrir las alas para volar con el viento, no con el putrefacto olor de los cadáveres descomponiéndose.
Pero cuándo se encontraba en los campos de batalla, como si era recolectando almas para su siguiente resurrección, o participando como miles de quimeras más en la batalla, el frenesí recorría cada centímetro de su cuerpo, el acero que portaba pedía sangre enemiga. Quería matarlos a todos, los odiaba. Era la única regla que se imponía a si mismo. Odiarlos, odiarlos con toda su alma.
Pero cada regla tiene su excepción.
Sumido en todos esos pensamientos, no se percató del peludo, blanco y estúpido asunto que tenía entre manos. O más bien, le tenía a él entre sus manos.
Por Kasei, como había accedido a aquello...
—Portgas-ya, he dicho que no.
—¡Venga ya, Law! ¡Es la Rugiente anual! ¡No puedes escaquearte así como así!
Law soltó un suspiro de cansancio, porque en verdad lo estaba. Portgas D. Ace, uno de los resucitadores que se encargaban de la resurrección aparte de él y Corazón, le miró con el ruego brillando en sus ojos oscuros, como su propio pelo.
Ace era una quimera...peculiar. Sus ojos oscuros estaban remarcados por unas pequeñas escamas de reptil que, al sol, tenían un ligero brillo tornasolado, haciendo que sus ojos brillaran más que de costumbre. Sus brazos empezaban a mostrar un pelaje negro y suave como la seda en torno a la mitad del antebrazo, hasta acabar en unas garras de pantera que a simple vista podrían parecer toscas y torpes, pero por lo que Law había presenciado podían llegar a ser gentiles e incluso gráciles.
Luego, las piernas empezaban como las de un ser humano, pero acababan con el mismo factor animal con el que terminaban sus brazos, gozando así de una agilidad sin igual y de garras y colmillos para desgarrar gargantas. Y haciendo eco de las escamas que rodeaban su oscura mirada, una cola de cascabel igual que la serpiente que llevaba dicho nombre era una prolongación más del moreno.
Y, cómo no, el tatuaje. Ace, en una de sus extravagancias, había decidido hacerse en la espalda una especie de calavera en cruz con una especie de bigote, poniendo la excusa de que todo enemigo abatido por él, lo único que vería antes de recibir a la muerte sería su tatuaje —Algo a lo que Law había replicado que sería muy estúpido darle la espalda a un contrincante, por muy moribundo que el mismo estuviera, sólo para enseñarle un estúpido tatuaje.— Ace bromeaba continuamente diciendo que Kyure se había equivocado con ellos dos a la hora de otorgares sus cuerpos en su nacimiento.
La mayoría de los zuris —la raza quimérica a la que Ace pertenecía— eran sangrientos, característica que Ace compartía, pero lo que no era la capacidad de amargar al prójimo. Law pensaba en sus adentros de que Ace era la excepción que confirmaba la regla, al igual que él.
Con un torso definido pero delgado, una piel tostada por el sol y sin ningún atisbo de tatuajes, Trafalgar Law de los kiren era un representante excelente de su raza. Las alas de murciélago —de cierta envergadura— podrían competir con el mismo viento. Sus piernas, largas, empezaban a tener un pelaje color marrón rojizo alrededor de las rodillas, acabando en patas de gacela. Aunque tuviese el factor de las pezuñas, cualquiera diría que se oiría al moreno de caminar, puesto que gozaba de un sigilo escalofriante. Sus ojos dorados, una mirada característica en su raza, brillaban a la luz del sol como el mismo. El pelo del moreno era corto, y recordaba al plumaje de un cuervo, uno de esos pájaros del mundo humano que Corazón cuidaba y usaba como mensajeros. Sus manos recordaban ligeramente a las garras de un animal, puede que a una pantera, puede que si puede que no. Los kerin solían ser risueños, alegres, cosa que él no. Se consideraba alguien serio, reservado y callado, alguien que prefería pensarse las cosas serias dos veces. Esos silencios y ese aire reservado le otorgaba un aura misteriosa. Muchas quimeras femeninas suspiraban por él, y eso no lo pasaba por alto.
Muchas veces pasaba por delante de los barracones femeninos, sólo para observar cómo, sin disimulo alguno, mujeres de todo tipo de razas se agolpaban para verle. Le parecía gracioso que aquellas mujeres se mostraran tan delicadas pero luego en batalla con armas en las manos, fueran tan despiadadas como el propio caudillo.
Dejándose arrastrar por el moreno, entraron a los barracones masculinos, dirigiéndose al que ambos compartían dada su condición de resucitadores. Nada mas entrar, el moreno se apoyó en la pared acomodandose con las alas y por ello sin tener los brazos libres, pero igualmente el menor le tiró unos pantalones color marrón claro a la cara.
Momento en el cuál el moreno fulminó al menor con la mirada, quién se había llevado una garra a la sien, en una actitud fingida de exasperación.
—Así no Law, la gente normal suele ponerse los pantalones por las piernas.
—La gente normal no suele tirar ropa a la cara. -Replicó al instante el kerin, haciendo de tripas corazón y poniéndose la prenda.
Sabía lo irritante que podía llegar a ser el menor, y no estaba precisamente de humor para iniciar una discusión que no llevaría a ninguna parte.
Pero en una de esas veces en las que el de ojos dorados se permitía distraerse de lo que pasaba a su alrededor, Ace había aprovechado para coger un botecito plateado y una brocha gorda.
Espolvoreando azúcar sobre los hombros y el cuello del de ojos dorados, obteniendo un respingo por parte del mismo y que abriese las alas de golpe, provocando que el menor saliese corriendo a la otra punta de la habitación.
—¿¡Qué demonios haces?! -Furibundo, intentó quitarse el azúcar de los hombros, pero era muy fina y se pegaba a la piel. Suspiró, empezando a exasperarse.- Portgas-ya...
—¡Espera! No te enfades. Si no te lo acaba quitando Smoker, puedo hacerlo yo...~.
—¿Por qué no vas tú en mi lugar a que Hakuryō-ya te mire cuál trozo de carne? Es tan idílico que creo que voy a llorar de la emoción.
—No puede ser tan malo. Es tan simple cómo rechazarlo. Joder Law, es el hijo del caudillo. ¿Quién no quiere pasar una noche en su cama, por lo menos?
—Yo. -Al oír esa respuesta, el moreno soltó un suspiro de, ahora sí, pura exasperación.
—Pasatelo bien por mí, al menos.
—Lo intentaré.
—¿Trafalgar? -El susodicho alzó la vista, encontrándose de nuevo con esos ojos rojizos. Iba a hacer una mueca, cuándo se percató del cambio en el ambiente.
El ritmo totalmente ensordecedor de los tambores de antes se había sustituido por una emberlina. Un tipo de baile que suponía bailar en pareja, a la par que se debía cambiar de pareja cada cierto tiempo...si querías.
Hoy Kyure reinaba en la noche, pero con un esplendor diferente. Brillaba con fuerza, un foco de luz en medio de la noche que albergaba tantos horrores y escondía tantos amantes.
Law, con su sonrisa ladina, apartó las garras lobunas del peliblanco de sus caderas, librándose de un agarre totalmente forzado.
—Siento estropear este momento tan ideal, Hakuryō-ya, pero hay que cambiar de parejas. Ya nos veremos. -Dijo el moreno con una sonrisa ladina que dejaba ver que ese "ya nos veremos" sería para algo muy largo.
Y logró escabullirse entre el gentío, escapando así de los brazos del Cazador Blanco.
Aunque para su desgracia, nadie parecía querer fijarse en él. Sólo veía a gente bailando en parejas, y notaba ciertas miradas furtivas en su nuca. La sangre empezaba a arderle.
¿Es que no había ni un maldito valiente en toda la maldita Rugiente, con más de un millón de quimeras en la ciudad? Joder.
Aunque Law debió de haber imaginado que meterse en la emberlina de lleno, sabiendo que podrían ir la mayoría borrachos, no contó con la serie de empujones y puede que alguna mano tocando lo que no debía tocar. Ya cansado del panorama, no vio venir otro empujón, acabando en los brazos de alguien que pareció no rechazarle, ni querer apartarse por su roce.
Notó el contacto del cuero por los guantes que llevaba el desconocido, pero no parecía cogerle con la confianza ni posesividad de un borracho. Las manos del otro, que se habían posado en su cintura, permanecían ahí fijamente, pero con ligera gentileza.
Alzó la mirada, observando que ese extraño portaba una máscara de tigre, que le cubría casi toda la cara a excepción del labio inferior y la barbilla. Alzando una ceja, movimiento que pasó desapercibido para su acompañante dado que seguía llevando su propia máscara, alzó las manos hacia el torso de su ahora nueva pareja de baile. Suspiró.
—¿Pasa algo? -La pregunta le pilló desprevenido, y se apresuró a mirar hacia arriba con curiosidad. Aquel extraño tenía algo de acento, aparte de tener la voz grave. Probablemente vendría de territorios más orientales a Agren.
El moreno fue a soltar un "no te interesa", pero se lo calló al momento. ¿No es cierto eso de que se dicen mejor las cosas a los desconocidos?
Y él necesitaba hablar con alguien que no lo mirara como a un maldito plato principal de un banquete.
Sin embargo, sus ojos dorados chocaron con un más que notorio detalle del que no se había percatado. Una vocecita en su interior, marcada por un tono de reproche, susurró un "imbécil" que tan sólo pudo oír el kerin.
Unos ojos ambares no habían apartado la mirada de él y de su máscara.
Law sintió como su alma abandonaba su cuerpo y dejaba que el viento se la llevara a la deriva entre aquella enorme masa de quimeras borrachas, cuándo de golpe los recuerdos acudieron a su mente, tan vívidos y claros como si todo aquello hubiese sucedido esa misma mañana.
Dos años atrás. A las costas de Verenai.
Con un susurro, Law pronunció la única palabra que su confusa mente lograba a formar en aquél momento. Su sorpresa, gracias a Kasei, quedaba parcialmente tapada por la máscara de cuervo.
—Tú.
El zuri corría a toda velocidad entre los bosques al norte de Agren. Peligrosamente cerca de la ciudad, pero un lugar tan desprotegido que nadie podría imaginar quienes se encontraban allí.
Su alegría, abrumadora por naturaleza, se había visto desbordada por cada poro de la piel del moreno cuándo Cora-san, mirándolo fijamente, le había hecho un aspaviento tras suspirar, dándole finalmente la noche libre, al igual que a Law.
El kerin siempre había sido el favorito del resucitador, ambos tan callados y reservados. Ambos parecían entenderse a la perfección con un par de miradas, sin abrir la boca para pronunciar palabras que sobraban.
Pero eso al moreno poco le importaba, al menos ahora. Puede que ese asunto fuese producto de paranoias que el propio Ace imaginaba sólo y sin ayuda de nadie. Solía guardarse ese dolor y desahogarlo en su trabajo. Resultaba irónico que algo tan malo acabara resultando beneficioso.
Pero en aquellas noches no había lugar para el dolor. Su corazón latía con fuerza casi a la vez que corría entre los árboles haciendo uso de su agilidad. Cuando por fin, pudo verlo.
Distinguió su esbelta figura gracias a su mirada animal, y una sonrisa juguetona, mas de un cachorro de que de un adulto, se dibujó en sus labios.
Con un ágil salto salió de la maleza, y antes de que la figura pudiese darse la vuelta, Ace se había lanzado encima del mismo, abrazandolo por la espalda con fuerza, apoyando la frente en su espalda, notando un calor que en otras circunstancias podría ser abrasador, pero en esos momentos resultaba cálido, muy cálido. Y reconfortante.
El moreno alcanzó a oír una risa liviana, y se vio obligado a soltar a Marco, quién con sus ojos azules parecía observar su más que maltratada alma.
Y algo parecido a una corriente eléctrica hizo que tuviese un escalofrío a lo largo de la columna vertebral.
Volvió a abrazarlo, viendo interceptadas sus inteciones por las manos del mayor, las cuáles rodearon su rostro casi con delicadeza, como si el rostro de Ace fuese el mas quebradizo de los cristales.
Con las mejillas tornandose de rojo, Ace empezó a susurrar con los ojos brillantes, con su mirada oscura fija en los ojos azules del otro.
—Hola.
—Hola. -Dijo el rubio, a la vez que sus labios se unían, devolviendose al unísono el beso.
Bueno, tiene pinta de haber quedado muy largo. (?)
De todos modos, yo aviso. No siempre suelen salirme así de largos los capítulos, me ha sorprendido hasta a mí.
Tengo pensado empezar a publicar semanalmente. Claro que de no actualizar una semana, a la otra habría doble capítulo, no sé. Habrá que irlo mirando.
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