La tobillera

Aquello no estaba bien. Por desgracia no era la primera vez que ocurría y Nozomi se lamentaba por ello. ¿No había ideado un plan para dejar de beber? ¿Qué había ocurrido con eso?

Lo primero que tenía que hacer era encontrar su ropa. Después de prestarle atención a los sonidos y al lugar, la chica se dio cuenta de que se encontraba sola en ese pulcro apartamento, lo que le gustaba y molestaba a la vez. Por un lado no quería perder la poca dignidad que le quedaba en situaciones como esa, llegando a tener que preguntarle a un extraño qué había hecho con él o ella la noche anterior. Pero, por otro lado, tenía que saberlo. ¿Y si no era de fiar? ¿Y si no habían usado protección? ¿Y si había una mezcla de ella y ese extraño formándose en su interior?

Vale, no te pongas nerviosa. Por favor, por el dinero que tanto quieres, no te pongas nerviosa. Respiró profundamente, tomó una decisión: se apartó las blancas sábanas que cubrían sus piernas y se levantó del sofá cama. Su cabeza empezó a dolerle como protesta, pero ese no era el momento indicado para preocuparse de su resaca. Tenía que coger sus cosas y marcharse de ahí.

Para su sorpresa no tuvo que buscar mucho su ropa. El top y el pantalón estaban perfectamente doblados en el reposa brazos del sofá, el mismo que le había servido de almohada, y el bolso encima de ellos. Raro, normalmente cuando se despertaba en situaciones así su ropa estaba esparcida por cualquier parte por consecuencia del ansia de su cliente por tocarle los pechos con sus sudorosas manos. Al llevarse el top a la nariz sintió la misma esencia de limpieza de las sábanas. Las manchas de vómito también habían desaparecido. ¿El dueño del apartamento le había lavado la ropa? ¿Por qué?

Cogió su bolso y lo abrió, buscando su monedero. Allí estaba todo el dinero, no había ni un yen más… ni uno menos. No había nada fuera de lugar. El resto de su cajetilla de tabaco también estaba ahí, aunque estaba mojada. Los cinco chicles que la quedaban, también. Así que, ¿no se había acostado con nadie?

Nozomi cerró el bolso, se puso rápidamente los pantalones y calzó los tacones. Ese lugar estaba empezando a asustarla. Estaba tan… silencioso. Pacífico. Limpio. Era como si estuviera en otro mundo diferente, al menos, del suyo. Entonces trató de buscar alguna foto de la familia cristiana que seguramente la hubiese rescatado anoche. No sería la primera vez que tratasen de redimir al pecador. Pero, antes de eso, se dirigió a la ventana abierta y, haciendo una mueca, miró al exterior.

- Vaya… - no sabía que la libertad se hallara a tantísima distancia. Si hubiera tratado de saltar por esa ventana habría acabado aplastada contra el asfalto, igual que un pastel que un niño descuidado hubiese tirado al suelo. El pastel sonaba bien, tal vez se comprase un trozo, más tarde.

En ese momento tenía otra cosa de la que preocuparse: escapar de ese complejo de apartamentos. La joven examinó los alrededores en busca de un punto de referencia, hasta que encontró el motel en el que "normalmente" trabajaba. Así que aún seguía en el distrito de Otonokizaka. Eso le facilitaba la vuelta a casa, pero aún tenía que salir de allí sin que nadie la viese, algo que le resultaba bastante improbable. Al asomarla cabeza por la ventana observó que al menos cuatro plantas la separaban de la calle. ¡Allí tendría que vivir muchísima gente!

Nozomi echó las cortinas y se giró hacia la puerta. No podía acobardarse. Seguramente el dueño del apartamento hubiese bajado un momento a coger el correo o pagar el alquiler y volvería en cualquier momento… o regresase de desayunar con toda su familia. Bajar por las escaleras parecía la mejor opción, pero el tobillo aún le dolía por habérselo torcido anoche, y el consiguiente desplome sobre la calle, así que tendría que coger el ascensor. Al menos así los curiosos no sabrían de qué piso bajaba.

Echó un vistazo por la mirilla, comprobando que no hubiera nadie en el pasillo que pudiese observarla mientras caminara. Entonces, con la misma precaución, asió el picaporte y abrió la puerta. Asomó la cabeza para asegurarse de que, en efecto, no hubiese nadie cerca y cerró la puerta tras de sí, con mucho cuidado. Fase uno completada. La moqueta del suelo silenciaba el ruido de sus tacones con cada paso que daba, clavándolos en el suelo. Consiguió llegar hasta el ascensor sin que los vecinos notaran su presencia.

Por suerte pareció que nadie lo necesitaba y el ascensor llegó casi al instante, abriendo sus puertas con un agradable sonido y mostrando el vacío de su interior. Nozomi entró y apretó el botón que estaba al lado del número uno. Al apoyarse contra la pared respiró aliviada. Fase dos completada. Empezaba a sentirse mejor, aunque el tobillo no dejara de dolerle. ¿Por qué se había preocupado? Había hecho eso cientos de veces.

De pronto el ascensor se detuvo y, para su sorpresa, no siguió bajando. Nozomi observó el botón que había apretado. El número uno estaba iluminado. Nada a su lado, ni debajo. ¡Pero se suponía que ella bajaría hasta el primero, no subiría hasta el último piso!

- ¿Qué estás haciendo, estúpido? – Nozomi se empezó a poner nerviosa, apretando el botón que le interesaba, en vano. El ascensor continuó subiendo hasta detenerse, abriendo las puertas con el mismo sonido agradable. Entonces se dio cuenta de que había un botón con la letra "G" junto a una estrella. – Oh, vaya mierda. – murmuró, pulsando ese botón y golpeando nerviosamente el suelo con el pie que no le dolía, mientras las puertas del ascensor se cerraban. Dos segundos más tarde el ascensor se detuvo de nuevo, Nozomi tragó saliva y se apartó de la puerta, peinándose instintivamente y tratando de asumir una actitud aceptable.

Las puertas del ascensor se abrieron y una mujer de estatura media, de esbelto cuerpo y una extraña melena marrón grisácea recogida un lazo apareció delante de ella. Nozomi procuró no mirarla, pero no pudo evitarlo. La chica llevaba una boina y un pañuelo, sus piernas estaban cubiertas por una falda de rayas horizontales que le llegaba un poco más arriba de las rodillas y botas oscuras. Mientras murmuraba algo para sí se detuvo y giró la cabeza, observando a Nozomi. Las puertas del ascensor se cerraron. Nozomi se escondió en la esquina, suplicando al Dios que le estuviera escuchando en aquel momento que esa mujer no le dirigiese la palabra.

- Bonjour!

Estaba claro que los dioses no estaban de su parte aquella mañana.

- Eh… Hola – respondió Nozomi, sin saber muy bien que hacer. Tampoco fue demasiado amable.

La mujer se giró hacia ella, sonriendo, y cuando abrió la boca habló con una aguda voz y un acento francés tan marcado que Nozomi se preguntó si habría viajado con un traductor.

- ¿Eres nueva en el edificio? – preguntó, al tiempo que sus ojos color ámbar brillaban y su melena se alborotaba.

- No, eh, no. Sólo soy… una invitada. – Nozomi evitó su mirada, esperando que así la conversación concluyese. La mujer dejó escapar un leve suspiro y se giró pero, al instante, volvió a mirarla.

- ¿Eres una de las invitadas de la señorita Nico, vrai? – la joven se salió de la tangente y empezó a mover excitadamente los brazos, hablando demasiado rápido como para que Nozomi la comprendiera. –Las invitadas de la señorita Nico siempre se confunden con el ascensor. Nunca les explica cómo funciona. No, solo están aquí para… cómo dicen vosotros… ¿para un revolcón? – La chica movió la mano, sin darle importancia a sus palabras – Bueno, resulta que el edificio está al revés. El hombre que lo construyó era muy raro, en realidad, ¡el último piso es el primero! Divertido, ¿no?

A Nozomi no le pareció divertido en absoluto.

- Claro… - decidida a aclarar la situación, la pelimorada continuó, antes de que la francesa pudiese hablar – Y, para dejarlo claro, no soy una invitada de la señorita Nico. Ni siquiera sé quién es.

La chica movió la cabeza. Entonces, para sorpresa de Nozomi, sus amarillentos ojos se oscurecieron, presa de la sorpresa y el nerviosismo.

- ¿No habrás pasado la noche con Umi?

- ¡No! ¡Tampoco sé quién es!

Satisfecha, la expresión de rabia de la joven desapareció, recuperando su característica alegría.

- ¡Bien! Las chicas guapas como tú no necesitan conocer a mi Umi – la chica dio una palmadita a Nozomi en el hombro e inmediatamente se apartó. – ¡Me llamo Minami Kotori! Soy japonesa pero me crié en Francia y he vuelto a Japón para estudiar con mi novia. ¡Puedes llamarme Kotori!

Nozomi movió la mano nerviosamente.

- Encantada de conocerte, Kotori - ¿Qué le pasaba a esa chica? ¿Es que todos los de ese edificio contaban su vida a la gente que acaban de conocer? - ¡Ah! – gritó de sorpresa al ver que Kotori se acercaba a ella y la daba dos besos en las mejillas. –Eh… Vale. – Por suerte la puerta del ascensor se abrió, evitando que la japonesa-francesa le preguntara por su nombre. – Hazme un favor, Kotori: olvida que me has visto aquí – dijo, antes de salir del ascensor.

- ¡Vale! – Se despidió Kotori, cariñosamente - ¡Vuelve pronto!

Nozomi sonrió tristemente, mientras contestaba para sí con un contundente no. Aferrándose más el bolso bajo el hombro, la chica pasó por delante de los inquilinos que comprobaban su correo, cerca del ascensor, mientras observaba las puertas que la devolverían a la realidad. ¡Luz del sol! ¡Aire fresco! ¡Casi había llegado!

Una chica de baja estatura y desgarbada apareció delante de ella, impidiendo que saliera. Nozomi bajó la vista y se encontró con una mirada juguetona, tapada por su pelo negro y liso. Sus brillantes ojos rojos la miraban con interés.

- Disculpe señorita, ¿pero que hace un bombón como tú paseándote sola por aquí?

Nozomi se llevó la mano a uno de sus bolsillos y sacó pecho, inclinándose hacia un lado y frunciendo el ceño.

- El precio ha subido a quinientos la noche. Lo tomas o lo dejas – la chica pestañeó de la sorpresa, abriendo la boca pero sin llegar a decir nada. ¿De verdad le sorprendía tanto que fuera una prostituta? Tampoco es que tuviera ningún rostro angelical, con esas ojeras que tenía. La chica suspiró y la empujó – Apártate de mi camino.

Justo cuando se giró, dispuesta a llegar de nuevo hacia su libertad, se chocó con otra persona. ¡Joder! ¿Es que jamás conseguiría salir de allí?

- Lo siento. – Le dijo a la joven de pelo rubio elegantemente amarrado en una coleta y ojos de un profundo azul claro, mientras se apartaba de ella.

- Ah, no importa – contestó tranquilamente, inclinando levemente la cabeza.

Nozomi consiguió llegar a la puerta, adentrándose en el soleado día, saliendo tan deprisa como pudo del edificio. ¡La victoria era suya! Pensó gritarlo por todo lo alto, pero aún no estaba del todo segura. Con el aún presente dolor de cabeza se paseó, cojeando ligeramente, por la calle, cruzando el cartel de bienvenida del edificio. µ's. Estaba segura de que no olvidaría aquel sitio. Una familia religiosa la había secuestrado, una loca francesa la había acosado y, encima, había conocido a una pervertida. Pero ella tenía otras cosas en las que pensar, como en comerse ese trozo de pastel que se había prometido. ¡Nada como los dulces para olvidar el estrés de una noche frenética!

Nozomi disfrutó de cada pedazo de su pastel, pero aquello no se olvidaría fácilmente. Si no estuviera de resaca correría por el parque y haría ciento cincuenta abdominales. Poco a poco conseguiría llegar hasta los trescientos, poco a poco llegaría a su meta. Por suerte, después de comprobar la hora en su teléfono móvil, que había conseguido aguantar la lluvia de la noche anterior, observó que era casi mediodía y que su pastelería favorita estaba abierta durante otras dos horas.

Cogió el autobús que la llevaría lejos del edificio donde casi pasa un infierno, ignorando las desdeñosas miradas de las mujeres mayores. Todo ese ajetreo había logrado que desease imperiosamente fumar, pero lo solucionaría más tarde, primero tenía que saciar su apetito de comida. Por la ventana observó que el autobús pasaba por el bar en el que había estado bebiendo la noche anterior, haciendo que su estómago gruñera. Gracias, pero no.

La panadería se encontraba cerca de su casa y su dueño era un altísimo hombre al que nunca había visto la cara, solo sabía que se apellidaba Kousaka. También se caracterizaba porque gestionaba el local junto a su familia y le gustaban las idols escolares. Esa vez fue la hija pequeña de la familia quien la recibió.

- Buenas tardes señorita Nozomi. Nuestra tarta especial del día es de naranja, porque mi hermana mayor dice que hay que recibir al otoño con los brazos abiertos.

- Parece deliciosa. ¡Dame un trozo bien grande, tan grande como mi cabeza! Me muero de hambre – contestó Nozomi, sacando su monedero. Entonces, le dio el dinero a la chica, quien salió de la barra y le ofreció a Nozomi el trozo que quería. El tobillo de la chica se quejó, no había duda de que se hincharía tanto como el miembro viril de sus clientes al verla. Necesitaba hielo.

- Aquí tienes – contestó la niña, ofreciendo a Nozomi un fino plato sobre el que se encontraba el trozo de tarta. La boca de la pelimorada se humedeció.

- Gracias. Quédate con el cambio, pequeña – dijo, cogiendo el plato y dirigiéndose a las mesas que había pegadas a la ventana. Al depositar el plato sobre una de ellas, Nozomi se sentó en la silla y se dejó intoxicar por el aroma de la naranja y la canela. El trozo era tan perfecto y endiabladamente apetitoso que la joven por poco metió en él toda su cara. Esas eran las mejores tartas de toda la cuidad, así que tenían que degustarse con cuidado. Después de dar el primer mordisco con cuidado, la chica devoró la tarta con ganas.

Aquella había sido una mañana extraña pero, por fortuna, no de las peores. Había días en los que tenía que estar una buena hora en la ducha, tratando de eliminar todo el olor a alcohol y tabaco de su pelo. Otros en los que se despertaba junto a alguien pegado a ella, como un perro en celo. Incluso hubo uno en el que se encontró en un estado muy diferente, pero esa fue la primer y única vez que tomó éxtasis. Nunca más. Era una de las pocas promesas que había mantenido.

- Hijo de puta – murmuró, inclinándose para quitarse los tacones. ¡El tobillo la estaba matando! No quería mirarlo, temiendo que estuviera tan hinchado y grisáceo como una salchicha de Viena. Entonces, cuando rozó la piel con su mano, Nozomi se congeló, sus ojos se vaciaron y empezó a sentirse mal.

Su tobillera no estaba.

No era una tobillera cualquiera, sino aquella que su madre la había regalado por su sexto cumpleaños, lo último que le había dado, antes de morir. Nozomi se frotó frenéticamente la pierna desde el tobillo hasta la rodilla, pero no la encontró. Era imposible. ¡Nunca se la quitaba! Ni cuando dormía, ni cuando se duchaba, ni cuando trabajaba. Esa tobillera era parte de ella. Tenía que tenerla, no quería ni pensar en otra opción.

¡Piensa, Nozomi, piensa! ¿Dónde la había visto por última vez? La tobillera se había convertido en parte de ella, tanto que a veces ni la sentía, pero estaba segura de haberla tenido al principio de la noche. Necesitaba rehacer sus pasos, empezando por el motel. ¿Y si se la había olvidado allí? ¿Y si quien limpiara las habitaciones se la había quedado, agradeciendo su suerte por el error de Nozomi?

Rápidamente terminó lo que la quedaba de tarta; porque de no haberlo hecho, sin importar la urgencia, habría sido un pecado; y salió de la panadería, intentando no parecer preocupada mientras caminaba. El motel estaba dos edificios más lejos de su posición actual y el dolor del tobillo empezaba a ser insoportable. Deseó tener coche. El tiempo tan caluroso estaba haciendo que el cuello le sudara pero, al menos, la camisa del desconocido era lo suficiente amplia como para que su cuerpo se airease. Tal vez no debería habérsela quedado, pero tampoco pensó en las consecuencias.

Nada más entrar en el lugar, el hombre de la recepción la miró con curiosidad.

- Buenos días señorita Nozomi. Qué raro verla tan temprano por aquí.

- Oye, Satoshi – se acercó Nozomi, agradecida por haberse encontrado con alguien conocido – creo que me dejé algo olvidado aquí, anoche. De casualidad alguien se ha encontrado una tobillera en la habitación… eh… mierda. ¡Bueno, en la habitación del soldado!

Él negó con la cabeza, despacio.

- No, mis empleadas son muy honradas y me entregan todo lo que se encuentran.

Nozomi se pasó la mano por el cuello, luchando contra su desesperación.

- ¿Podría echar un vistazo?

Satoshi suspiró, le pidió al otro recepcionista que ocupara su lugar y buscó el nombre del soldado entre la lista de clientes. Cogió una llave y acompañó a la chica a la habitación. Nada más abrir la puerta ella empezó a buscar por todos los rincones, sobre todo por los lugares en los que había arrojado la ropa. Nada. Las camas estabas hechas y los cajones vacíos, salvo por una Biblia. No había rastro de la tobillera por ninguna parte. La chica dejó escapar un soplido de exasperación, mientras se pasaba una mano por el pelo.

- Gracias de todas formas, Satoshi.

- De nada, señorita Nozomi. Espero que encuentres lo que estés buscando – dijo sinceramente, mientras cerraba la puerta, ya en el pasillo. Nozomi le ofreció una sonrisa. Satoshi era un buen chico. La trataba mucho mejor que a los demás.

Un sitio menos, pero quedaban más. Nozomi se paseó por la calle, con los ojos fijos en la acera. Grietas, chicles, mierda de pájaros, monedas… pero no la tobillera. Regresó a los otros dos moteles, suplicó entrar en las habitaciones, interrogó a los empleados, pero nada. Tras eso se dirigió de nuevo al distrito de Otonokizaka, hacia el bar en el que había estado bebiendo la noche anterior. Tal vez hubiera perdido la tobillera mientras bebía.

Una energética adolescente la recibió, con una amplia sonrisa y su anaranjado pelo corto.

- ¡Bienvenida al Restaurante Pile-nya! ¿Quiere zona de fumadores, no fumadores o prefiere sentarse en la barra?

- No será necesario. Eh… - Nozomi observó la placa con el nombre de la chica – Rin. Anoche estuve aquí y perdí mi tobillera. No sé si la perdí aquí, pero estoy buscándola por todos los sitios en los que estuve.

- ¡Oh! En ese caso busca todo lo que quieras-nya – Rin se apartó y la invitó a moverse por el bar – La encargada no está, pero si reconoces a alguien que estuviera ayer puedes preguntarles si han visto algo – explicó amablemente.

- Gracias – Nozomi se alejó de ella y empezó la búsqueda, observando cada centímetro del bar para buscar su tobillera. Habló con dos camareros y, aunque la reconocieron por la increíble rapidez con la que había bebido por la noche, no habían visto nada. Nozomi suspiró, sabiendo lo que tenía que hacer a continuación: buscar en la calle.

Rin la miró con tristeza al comprobar que no había podido encontrar nada.

- Lo siento mucho-nya. Sé que tienes prisa, pero si nuestra jefa estuviera aquí seguro que te invitaba a comer o algo así…

- No te preocupes. No es culpa vuestra – contestó la pelimorada, ofreciéndola una triste sonrisa, antes de adentrarse de nuevo en ese caluroso día de agosto. Se estaba quedando sin sitios en los que buscar y eso no era bueno. Si no encontraba la tobillera en la calle tendría que volver al apartamento de µ's, tanto si quería como si no. Por suerte también podría encontrarla por el camino, porque esa calle estaba bastante lejos de los apartamentos. La tobillera podría estar en cualquier sitio.

Recordando los eventos de la noche pasada la chica siguió caminando por la acerca, hasta llegar al lugar en el que se había desmayado. No estaba. Miró alrededor, detrás de los contenedores, esperando que la lluvia de anoche hubiera arrastrado su tobillera hacia una oscura esquina, pero no estaba por ninguna parte.

Entonces se preguntó a dónde ir a continuación. ¿Por dónde la habría llevado el extraño de la noche anterior? ¿Habría vuelto por dónde había llegado o habría seguido el camino todo recto, hacia la otra calle? ¡Si tan sólo tuviera alguna pista! ¡Huellas en el barro, una nota, algo! Pero, ¿quién en su sano juicio habría dejado una nota bajo la lluvia, sobretodo después de que la familia cristiana desease haberse quedado con ellos durante la mañana, escuchando lo mucho que Jesús la amaba?

Nozomi sintió que la desesperación salía a la luz de nuevo y las lágrimas la nublaban la vista. Quería recuperar su tobillera. ¿Cómo podía haber perdido lo único que le importaba de verdad? El teléfono móvil, el monedero, la ropa, el tabaco, los chicles… Todo podía sustituirse, pero precisamente la tobillera que le había regalado su madre, no.

- Vaya, ¿qué tenemos aquí? – esa voz masculina hizo que alzara la vista. Tres chicos, cada uno de ellos mirando una parte de Nozomi con claro interés, estaban al final de la calle. Nozomi frunció el ceño. No tenía tiempo para eso - ¿Una chica preciosa, llorando sola, en esta parte tan peligrosa de la ciudad?

- ¿Qué te ocurre, cariño? Nosotros podemos hacer que te sientas mejor, de verdad.

Los ojos de Nozomi se estrecharon, mientras se añejaba de ellos.

- Largaos de aquí. No estoy de humor para aguantar vuestra mierda.

- ¡Vaya, tiene carácter! – el trío se echó a reír. Ella intentó marcharse, pero uno de ellos consiguió alcanzarla y agarrarla de la cintura, antes de que intentara marcharse. – Vamos, nena, no seas así.

- ¡Suéltame! – le advirtió Nozomi, dispuesta a golpearlo en todo su orgullo. Pero antes de que pudiera levantar el pie, un puño se clavó en la cara del chico. Él se tambaleó hasta llegar a sus amigos, sangrando por la nariz y manchando toda la acera. Nozomi pestañeó, fijándose en el puño. No era suyo.

- ¡¿Cómo os atrevéis a molestar a esta joven, a plena luz del día y al lado de mi bar?! – Gritó una voz ronca, justo detrás de Nozomi.

- ¡Maldita zorra! ¡Me has roto la nariz! – Gritó el hombre que sangraba.

- ¿No me digas? ¿Por qué no vuelves con tu madre y le pides que te cure? – Nozomi observó la retirada de los tres hombres y se giró hacia la persona que la había salvado. - ¿Estás bien? – Nozomi miró a la chica que se encontraba junto a ella. Su pelo era de una tonalidad entre rosa y rojo, que llevaba suelto a la altura de sus hombros, y su rostro era precioso, con unos rasgados ojos violetas.

- Sí – contestó Nozomi, poniendo algo de distancia entre ella y la chica. – Gracias.

- Tengo la sensación de que te conozco – la chica miró fijamente a Nozomi – Sí, eres la chica de ayer. Te pregunté si querías que te pidiera un taxi, pero me dijiste que no y te marchaste muy contenta – sonrió ligeramente y la tendió la mano – Soy Nishikino Maki, actual dueña del restaurante Pile.

- Oh, encantada de conocerte. Yo soy Toujou Nozomi. Siento mucho lo de ayer, fue uno de esos días…

- No te preocupes, no causaste problemas en mi bar, así que no tengo nada en tu contra.

- Hablando de tu restaurante, ayer perdí mi tobillera favorita y pensé que tal vez la hubiese dejado allí. ¿No la habrás visto, por casualidad?

Maki frunció el ceño.

- La verdad es que no lo sé – dijo honestamente - ¿eso es lo que estabas buscando por aquí? – Nozomi asintió – Ya veo, pues lo siento – relajó su rostro, poniendo una sonrisa apenada – Sé lo que es perder algo que te importe mucho, pero no te preocupes, seguro que aparece.

- Eso espero.

El apartamento que tantos problemas la dio por la mañana era el único lugar en el que le faltaba buscar. ¿Recordaba el piso en el que se había quedado? No le ayudaba demasiado saber que había muchos más apartamentos. Aunque su dolor de cabeza casi hubiera desaparecido, no estaba de humor para pensar demasiado – Creo que debería marcharme ya, tengo que seguir buscando.

- Entonces no te entretengo más – Maki la acompañó hasta el final de la calle. – La próxima vez que vengas por aquí pásate por mi restaurante, en parte me siento responsable por lo que te ha ocurrido, así que como signo de amistad te invito a comer, pero solo por esta vez.

¿Qué era eso, el día de ser agradable con las prostitutas?

- No hace falta que lo hagas. – Nozomi se dio cuenta de que Maki estaba ligeramente sonrojada, al parecer no estaba acostumbrada a tratar así con los demás. – Bueno, está bien.

Maki sonrió y Nozomi caminó en dirección contraria, sin apartar la vista del enorme bloque de apartamentos que se extendía delante de ella. Su corazón empezó a latir con fuerza. Esa misma mañana había salido de allí como una delincuente y ahora no tenía más remedio que infiltrarse de nuevo, llevando la camisa que había robado al dueño de aquel lugar.

Continuará…