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Deportes y Juegos Mágicos era exactamente lo opuesto al Departamento de Transportes, y Percy se preparó para ello mientras empujaba la puerta abierta. Su departamento era lo suficientemente silencioso para poder oír las plumas arañando el pergamino en cualquier momento. Aquí, en cambio, el aire estaba lleno de gritos, risas y los golpes de una quaffle contra la pared. Era un caos.
—¿Percy Weasley? ¿Qué haces por este lado del Ministerio?
Hizo una mueca:
—Hola, Cartwright.
Tobias Cartwright era un tonto corpulento. Percy siempre había pensado que el pobre había recibido demasiados golpes en la cabeza y aquello le había causado un daño permanente: daba la impresión de querer intimidar a las personas con su altura imponente. Percy no podía evitar sentir una muy distintiva molestia cada vez que se encontraba en la misma habitación que Cartwright.
—Sé que nuestros departamentos se encuentran trabajando juntos en este nuevo acuerdo sobre escobas —bromeó Cartwright—, pero nunca pensé que te vería fuera de las juntas. Creí que eras un devoto de los memos voladores.
Percy resistió el impulso de apretar la mandíbula y trató de sonreír.
—Sí, bueno, yo… no estoy aquí para verte a ti, así que si me disculpas…
Luego hizo caso omiso de la expresión ofendida de Cartwright y se abrió paso entre la maraña de escritorios, sillas extraviadas y snitches aleteando en el aire. El lugar era un laberinto del desorden, y Percy sólo quería dar media vuelta y correr. Sin embargo, sabía que tenía que encontrar a Wood.
Lo reconoció por sus amplios hombros: Wood estaba de espaldas, encorvado en su escritorio. Una repentina sensación de aleteo apareció en el pecho de Percy, sus rodillas de pronto parecieron débiles. Sacudiéndose la incomodidad, cerró los puños y se acercó.
—Hola —Percy vio tensarse los fuertes omóplatos de Wood: había reconocido su voz.
Wood se volvió y Percy se encontró de nueva cuenta con aquel ceño fruncido, una expresión que, sólo ahora lo descubría, detestaba.
—¿Qué es lo que quieres, Weasley?
Percy parpadeó: Wood nunca se había comportado tan fríamente con él. Alzando la barbilla, balbuceó:
—Quería... —Percy sabía que debía disculparse por haber sido tan condescendiente con él el otro día en su oficina.
Wood levantó las cejas:
—¿Qué?
—¿Formularios? ¿Estás rellenando formularios? —soltó Percy luego de examinar el escritorio.
—Sí.
Aclarando la garganta, Percy atinó a decir:
—Bueno, yo… no sabía que tú…
—¿Trabajaba?
Era una respuesta sarcástica, despreciativa, sí, pero la boca de Wood se había ido curvando en una pequeña sonrisa. Por primera vez, Percy no encontró desesperante aquel gesto. De hecho, pudo sentir cómo su estado de ánimo mejoraba.
—Sí, de hecho —y devolvió la sonrisa.
—Ya has dejado muy claro que crees que soy un vago…
—Yo nunca dije eso.
—Pero lo piensas.
—¿Acaso crees que sabes todo lo que hago? —dijo inflando el pecho.
—Sólo admítelo, Percy, eso es lo que piensas de mí.
Percy exhaló, desinflándose, sintiéndose terrible consigo mismo.
—No creo que seas un vago. Sólo pienso que… en ocasiones… equivocas el orden de tus prioridades.
—¿Quieres saber lo que yo pienso? —dijo Wood mirándolo fijamente. Percy negó suavemente con la cabeza, pero eso no impidió que el otro continuara—: Creo que eres un grandísimo esnob.
—¿Un esnob? Eso es tan infantil… —empezó Percy con la quijada desencajada.
—Sí, un esnob. Un pedante que juzga a todas las personas basándose en sus propios estándares imposibles y que mira por arriba a cualquiera que no sea justo como él.
Percy bufó, incapaz de resistir el impulso de poner los ojos en blanco: una reacción nerviosa, aunque eso apenas lo admitiera para sí.
—Y como sea, ¿qué tiene de malo tener estándares elevados?
Wood se levantó, acercándose, deteniéndose a una pulgada del rostro de Percy. Si su intención era intimidarlo, no estaba haciendo un buen trabajo: más que disminuido, Percy se sentía completamente desorientado, tratando como estaba de mantener sus ojos fuera de los musculosos bíceps de Wood.
Se cuadró. Ya no era un chico de colegio: era un hombre, y podía enfrentarse a un grandulón gilipollas como Wood. Había, no obstante, un inconveniente: Wood olía tan bien que Percy se sentía momentáneamente mareado.
—El problema con los estándares elevados —dijo Wood en una voz baja que provocó extraños jaleos en las entrañas del pelirrojo— es que a veces puedes pasar por alto cosas importantes, incluso si están frente a ti.
Percy tragó con dificultad:
—¿Y qué te hace pensar que me conoces tanto?
Wood se lamió el labio inferior y Percy lo miró fijamente: estaba rojo, hinchado, quería morderlo.
—Tengo estándares elevados también —dijo—. No somos tan diferentes en realidad.
Con la vista clavada en las pupilas de Wood, Percy sintió un hormigueo correr cuesta abajo por su columna. El aroma era delicioso, abrumador.
—Es hora del almuerzo.
Wood lo rozó apenas mientras salía de la oficina, Percy dando media vuelta para verlo salir.
Era extraño: Percy no podía prestar atención a los papeles que tenía enfrente. Trataba de concentrarse, los atacaba con la mirada, leía las primeras líneas, hacía hasta lo imposible por terminar la página uno. Permanecían, sin embargo, en blanco, tanto las hojas por llenar como su mente.
Pasó la mano por su cabello y exhaló. No importaba cuánto se esforzara en evitarlo, su mente seguía volviendo sobre enfermizas fantasías acerca de los labios de Oliver Wood. Quería besarlos, morderlos, mejor lamerlos, hacerlo una y otra vez, acabar y empezar de nuevo. Percy soltó un quejido para luego dejar caer su frente contra el escritorio con un ruido sordo. Esto no es bueno, pensó. Esta… infatuación, o lo que demonios sea, lo estaba haciendo a él, ¡a él!, increíblemente improductivo.
Por un lado, quería levantarse e ir a buscar a Wood, y por el otro, quería esconderse debajo de su escritorio y no salir jamás. Wood era demasiado diferente, y Percy no quería que le gustara alguien así: él adoraba el orden mientras que Wood… bueno, tal vez podía admitir que a Wood le gustaba el orden en un campo de Quidditch. Si algo había notado viendo los partidos en Hogwarts, aunque lo negaría categóricamente si se lo preguntaran en público, era que Wood tenía una gran preocupación por la estrategia. Percy era también ambicioso, y Wood… ciertamente había sido muy ambicioso al hacer las pruebas y lograr un puesto como jugador en el Puddlemere United justo después de su graduación. Ahora aparentemente trabajaba en el Ministerio, y Percy no podía argumentar contra el mérito que eso suponía.
Una insistente voz en su cabeza le recordó lo que Wood había dicho: "no somos tan diferentes en realidad". Percy bufó. Era ridículo. Por supuesto que eran diferentes: acababa de demostrarle exactamente cuánto. O al menos lo había intentado. Aun así, una parte de él quería correr hacia Wood e invitarlo a almorzar todos los días.
La puerta se abrió de golpe y el corazón de Percy se aceleró mientras levantaba la vista. Por un glorioso y esperanzador momento esperó ver a Wood. En su lugar apareció un avión de papel primorosamente doblado que comenzó a planear hasta su escritorio. Cuando lo abrió, sólo encontró más papeleo.
—Eh… Oliver…
Percy comprobó una vez más lo difícil que era mantener la calma al observar a Oliver Wood, la túnica del Ministerio ajustándose grácilmente a su figura. Oliver se volvió con lentitud, abriendo mucho los ojos: aquella era una mirada de piedra.
—¿Otra vez aquí? ¿Ahora vas a visitarme todos los días?
Percy levantó la barbilla. Ante estas palabras, su primer instinto había sido alejarse, pero algo un poco más profundo le obligó a permanecer quieto. Jamás había sentido una presión tan grande en el pecho, como si la habitación de repente se hubiera quedado sin aire.
—Me preguntaba si… te gustaría salir a cenar —dijo esto último tan rápidamente que, cuando vio a Oliver enarcar las cejas, añadió—: Para ponernos al día, como tú dijiste. Por los viejos tiempos.
No había podido evitar decir todo lo anterior con una prisa extrema: sus mejillas ardían y sus manos seguían apretándose y soltándose con nerviosismo, jugando con sus mangas. ¿Y si Oliver dijera que no? ¿Y si lo había arruinado, justo como todas las otras malditas relaciones de su vida? No tenía más opción que recurrir a medidas drásticas, así que soltó bruscamente:
—Puedo ayudarte con el reporte del proyecto interdepartamental.
Oliver aún seguía de pie, los brazos cruzados sobre su maravilloso y robusto (en opinión de Percy) pecho.
—Podemos hablar del reporte durante la cena.
—Bien
—Bien. ¿A las seis en punto?
—Es muy temprano para un chico grande como tú, Percy.
—Me gusta acostarme a las diez entre semana.
—Muy responsable de tu parte.
—Obviamente.
—¿El Caldero?
—Me parece bien —resopló.
—Perfecto. Te veo ahí entonces.
—Sí.
Percy caminó de vuelta a su oficina con el estómago hecho un nudo. Casi no podía creer que tuviera una cita con Oliver Wood aquella noche.
