Lo prometido es deuda, aquí tenéis el segundo capítulo. Espero que os guste.
Takao se despertó por el sonido del timbre. Volvió a la realidad de golpe, recordando donde estaba y donde estaría los próximos meses a no ser que consiguiese demostrar su inocencia.
Se levantó y se quedó enfrente del pequeño lavabo, que estaba al lado de la litera. Se miró al espejo incrustado en la pared, suspiró y abrió el grifo, dejando correr el agua. Se limpió la cara y se secó con la pequeña toalla que le correspondía. Kimura se levantó también e hizo lo mismo. Apenas habían tardado cinco minutos, entonces, escucharon el zumbido de la puerta, que se abrió automáticamente hacia un lado. Kimura le indicó que llevase la toalla con él. Eran las ocho de la mañana.
Dejaron las tollas en la lavandería junto a su ropa y recogieron otro paquete con la de hoy. Se ducharon y salieron al comedor para el desayuno, ocho y media.
A las nueve tuvieron que separarse: a Kimura le tocaba turno de lavandería y a Takao de biblioteca, por lo visto. Hasta la una estuvo catalogando y ordenando libros en los estantes. No le disgustó, era un trabajo sencillo y tranquilo. A la una volvió a dirigirse al comedor y se sentó con los demás en la misma mesa.
No dijeron gran cosa, o al menos Takao no habló mucho. Aún no los conocía demasiado y le costaba abrirse, teniendo en cuenta de que estaba rodeado de presidiarios. Aunque ahora él también lo era, tuvo que recordarse.
Cuando terminaron de comer y de recoger las bandejas, se dirigieron a sus respectivas celdas, pero el oficial moreno le detuvo poniéndole una mano en el hombro.
–Número 3062, acompáñeme.
Takao tragó saliva pensando en si se había metido en algún lío. Sus compañeros se fueron mirándolo de reojo, preocupados. Siguió al guardia por el pasillo donde estaban las oficinas de la cárcel, hasta una puerta de madera y cristal empañado, que rezaba MIDORIMA SHINTARÕ en letras blancas. El guardia llamó y esperó. La puerta se abrió descubriendo al oficial de las gafas.
–Gracias, Daiki. – dijo serio, haciendo inclinar su gorra ligeramente hacia abajo. El mencionado Daiki hizo lo mismo y se fue. – Entre.
Takao entró como le indicaba. La oficina no era demasiado grande ni ostentosa, tenía una gran mesa de madera oscura, llena de documentos y detrás una silla dónde se sentó el oficial. Dos estanterías, una planta y otra silla enfrente de la mesa, dónde Midorima le indicó que tomase asiento. Nervioso, lo hizo, entrelazando los dedos sin atreverse a mirar fijamente al imponente oficial.
–Preso número 3062 – dijo ojeando una carpeta de expediente; había dejado la gorra negra de su uniforme a un lado, y la porra a su lado – Takao Kazunari. ¿Correcto?
–Sí. – Midorima tenía la mirada verde y penetrante, que contrarrestaba el carácter jovial de Kazunari, amedrentado en ese momento.
–Soy el oficial Midorima Shintarõ, supongo que ya me habrás visto antes. – continuó mientras pasaba páginas – Voy a evaluarte debido a tu condición de prisión provisional y la poca claridad de tu caso. Todas las semanas deberás presentarte aquí suprimiendo la hora de la siesta, una vez a la semana.
Takao asentía absorto. El oficial tenía todos los documentos de su caso y los revisaba con rapidez, sin detenerse mucho en los datos.
–Espero que no haya problema. En caso de que lo requiera vendrás más veces. ¿Correcto?
–Sí. – la mirada solemne de Midorima le resultaba imposible de negar, miedoso de las consecuencias que tendría si lo hacía.
–Bien. Aparte de esto, una vez a la semana también te visitará un psicólogo, para que en el caso de que seas declarado culpable ya quede resuelto el tema de la salud mental del acusado. Yo te evaluaré siempre después de que él lo haga, así que serán dos días en los que se te quite el tiempo de dos a cuatro y media. Esto todas las semanas. ¿Correcto?
Takao volvió a asentir y Midorima guardó todos los documentos en la carpeta marrón.
–Bien, empezamos pasado mañana. Puedes retirarte, todavía tienes tiempo de descanso. – Midorima apartó su archivo a un lado y lo dejó en un pequeño montón. Kazunari se levantó y salió por la puerta, en completo silencio.
Takao se fue a su celda y estuvo tumbado en su cama mirando al techo hasta que tocó el timbre. Había estado en silencio, así que Kimura, que sí ejercía su derecho a la siesta, no se había enterado de su llegada. Después, ambos salieron al patio para reunirse con los demás. Takao les explicó de manera resumida que el oficial le evaluaría todas las semanas pero que no sabía para qué era. No quedaron muy convencidos, pero dejaron pasar el tema por el momento.
Dos días después, a las dos y diez, Takao se encontraba delante de la puerta que decía MIDORIMA SHINTARÕ. Llamó suavemente y escuchó un "pase" desde el interior. Entró, cerrando tras de sí, y tomó asiento donde el otro día, ya que al fin y al cabo era la única silla de la que podía disponer allí.
Midorima sacó de nuevo su expediente de aquel pequeño montón de carpetas. La abrió y le hizo un cuestionario rutinario de su número y nombre; después procedió a preguntarle sobre aspectos variados, desde su caso hasta su acondicionamiento en la prisión pasando por su anterior vida fuera de allí. Takao respondía a todo como podía, siempre sincero.
–¿Por qué sigues negando tu culpabilidad cuándo todas las pruebas apuntan a ti? – le preguntó entonces, entre tantas diversas cuestiones.
–Porque yo no lo hice. – contestó rápidamente Takao, con seguridad en su voz. Midorima lo observó, cauteloso y atento. Takao estaba serio, con el mentón ligeramente inclinado mirándole con algo de obstinación, al afirmar su inocencia que nadie parecía creer. Se mantendría firme, sin doblegarse jamás en aquello. Él no era el culpable, él no debía estar allí. Midorima asintió, pasando a otra pregunta.
Después, a las cuatro, el oficial le dejó irse. Takao volvió a su celda y tampoco durmió, definitivamente no sería capaz de hacerlo nunca a aquella hora, no era su costumbre.
A las cuatro y media fueron todos a la sala de la televisión, porque aquel día llovía y no les dejaban salir. Pasaron allí la tarde, charlando y jugando a las cartas sentados en una mesa. Al sonar el timbre que les indicaba que debían retirarse, todos se levantaron y comenzaron a caminar hacia la puerta. Takao se demoró unos segundos recogiendo las cartas, ya que había perdido el último juego, por lo que le tocaba a él hacerlo. Al ir a dejar la baraja en el estante situado al lado de la puerta, por esta entró 2031, Hayama o Hanamiya, creyó recordar Takao. Dejó las cartas en el estante y se dirigió a la puerta, pero el otro preso se interpuso en su camino. Chocó contra su pecho y trastabilló hacia atrás, pero no se cayó.
–¿Qué estás haciendo? – preguntó casi en acto reflejo, insolente.
–¿Eh? ¿Te atreves a cuestionarme, enano? – Hanamiya, recordó bien Takao, le hizo burla, y le empujó por el pecho. Takao se dejó hacer sin oponer resistencia. Agresión, heridos, era lo único que rondaba su cabeza. – No trates de ser mejor de lo que eres, escoria. – le dijo antes de irse.
Takao suspiró y también se fue, no le gustaba la pinta de aquello. Debía guardar las distancias.
Y así queda introducido Midorima como oficial en la historia, todo sexy en su uniforme negro. Sí. También está por ahí Hanamiya...y cosillas...espero que os guste como lo estoy desenvolviendo.
Dudas, ruegos, preguntas, gritos, ya sabéis.
Nos leemos el viernes con más midotaka.
