Esta es la segunda parte del prólogo. A partir de aquí, los capítulos corresponden a cinco días y a determinadas horas, estructura semejante a la de la novela El nombre de la rosa, con sus días y las horas canónicas (maitinies -entre 2:30 y 3 de la madrugada-, laudes -entre 5 y 6 de la mañana, y concluye al rayar el alba-, prima -hacia las 7:30-, tercia -hacia las 9:00, sexta -mediodía-, nona -entre las 2:00 y las 3:00 de la tarde-, visperas -hacia las 4:30- y completas -hacia las 6 de la tarde).
Ninguno de los personajes me pertenece (copyright a Kurumada).
Hace un año, segundo sueño
–¿Qué soñaste anoche?
El calor del ritual de la semana pasada regresa, siento cómo enciende mi rostro de vergüenza.
–Un cruce de caminos en una ciudad que tenía calles hechas con cabezas–, respondo sin pensarlo. Hyoga y Seiya se miran. Un relámpago en los ojos de mi hermano. Shiryu apenas levanta la vista hacia la sombra de la mansión. Hacia mí.
No me creen. O piensan que no quiero contarles.
–Shun, te he escuchado gritar.
Mi hermano, parece que habla sin mover los labios. Sonrío, siempre así, siempre esa pose lejana. ¿Se bastará a sí mismo, se bastaría si dejara de cruzar los brazos, si no escondiera las manos en los bolsillos?
–No pasa nada.
Los cuatro me miran. Es cierto, no les mentiría. Comparado con otras épocas no me ocurre nada; por lo menos nada por lo que deban preocuparse.
En cuanto al sueño, también es verdad. Una calle de hombres humillados, toda hombros y cabezas y reverencias. Yo caminaba entre la gente vestido con colores brillantes, tocando una especie de flauta con forma de caracol. No, protestaba, no hagan eso, yo no soy ningún dios, ¿por qué los honores?, no los merezco. Nadie me escuchaba, seguían inclinando el cuerpo, mirando el suelo, ofreciéndome desde flores rojas hasta pájaros descabezados y cuchillos negros, de piedra, con el sol en la hoja, agradeciéndome a cada instante por la vida, por la luz, por lo verde y el maíz.
Entonces descubrí a la muchacha en una esquina, a la sombra de un muro inclinado, hecho con escalinatas. Era ella, seguro, no podría olvidar en unas pocas noches lo redondo de sus brazos, la sensación de rozar su pecho…Y sacudí la cabeza.
Y desperté con la punta de la sábana entre los dedos. A manera de flauta. Con la ropa limpia y un ligero cosquilleo en las piernas.
