Capítulo Uno
Llegada
¿Qué es lo primero que harías al llegar a un nuevo país?. Tratar de asentarte, conocer las costumbres, buscar un trabajo y un largo etcétera tal vez crucen tu mente. ¿Qué es lo primero que Alexander Hamilton hizo apenas puso un pie en Estados Unidos? ¡Entrar al jodido ejército! ¡Por supuesto!. Aunque en su mente eso tenía cierta lógica, de ese modo no tendría que preocuparse ni de la comida ni de un techo, lo único de lo que debía preocuparse era ganar la guerra.
Creo que con eso ya queda claro el tipo de personas de la que estamos hablando ¿verdad?. Alexander Hamilton era cómo un terremoto andante, arrasaba con todo y todos a su paso, a veces en un buen sentido, a veces en uno malo y con un pensamiento que no todos eran capaces de entender aunque a él eso poco le importaba.
Sin despegar la vista de los pocos papeles que traía se adentró en el campamento. Buscaba frustrado alguna nueva información sobre las marcas la piel que todo el mundo parecía tener pero todo era redundante, cada libro o informe que lograba hallar no hacía más que repetir lo mismo que el primero que recordaba haber leído.
Cada persona nace con una marca en su cuerpo y su correspondiente alma gemela nace con la misma.
—No jodas, gracias genio.
Respondió mentalmente dirigiéndose al desconocido autor.
La marca permanecerá en blanco y negro hasta ambas que almas se encuentren y en ese entonces las marcas tomarían sus colores correspondientes. Viendose ambas idénticas en las dos personas.
Para ilustrar el papel ponía el ejemplo de un sol en un tono monocromático que luego pasaba a ser amarillo.
Inútil, nada nuevo, todo lo que había leído ya lo sabía.
¿Qué hacía preocupándose por eso? Ni él lo sabía. Además esa idea del "alma gemela" nunca lo había terminado de convencer, le parecía una idiotez y sabía que no era el único, ya había conocido a otras personas que pensaban cómo él lo cuál lo tranquilizaba en cierta forma. No es que fuera un amargado que no creía en el amor, el creía, pero de ahí a que una persona estuviera predestinada a otra había mucha diferencia.
— Debería dejar de pensar en esto.
Murmuró para si mientras caminaba por la zona de las tiendas ignorando al muchacho pecoso que se aproximaba y pasó junto a él sin percatarse de su existencia
Un escalofrío le hizo soltar las hojas y detenerse en el lugar, aunque lo que le detuvo era el hecho de que era diferente a cualquier escalofrío que hubiera sentido, era una sensación fresca y refrescante que lo calmaba, se sintió la persona que menos preocupaciones tenía, le dejó de importar lo de las marcas que estaba pensando. Fue más bien fugaz, desapareció casi al instante, sonrió para sí no entendiendo muy bien el porque. Tomó las hojas que se le habían caído, las guardo en el bolso que traía y siguió su camino ignorando al joven tras él.
Aquella mirada oscura que desbordada pasión y esa mirada clara que transmitía tranquilidad aún no se habían encontrado.
Entró en una tienda cualquiera dispuesto a hacerse amigo de sea quien sea que estuviera ahí. Dejó su bolso y se dispuso a saludar a su nuevo compañero pero se quedó paralizado.
— Hola — saludó con cortesía un joven de aproximadamente su edad — Supongo que somos compañeros.
El caribeño pestañeó atónito para luego sonreír.
— Perdone, ¿Es usted Aaron Burr, señor?.
— Ahm — trató de responder al moreno ligeramente incómodo — Eso depende ¿Quién pregunta?.
— Oh, claro señor, Alexander Hamilton, estoy a su servicio señor, lo he estado buscando.
— Me estoy poniendo nervioso…
Confesó Burr en un tono irregular y una sonrisa intranquila mientras salía de la tienda. Alexander ignorando su incomodidad lo siguió y continuó hablando e interrogándole.
Un suspiro rendido salió de sus labios, ninguna tienda vacía, era lógico en realidad pero de todas formas tenía la esperanza de conseguir una tienda sólo para si pero bueno, de esperanzas no se vive. Entró en una cualquiera, con algo de suerte le tocaría una persona agradable.
— Hola.
Saludo con una sonrisa al entrar dejando su bolso en el suelo.
— Hola.
Correspondió al saludo un hombre de unos cuarenta años sentado en su cama con una actitud malhumorada que inquietó al más joven.
— ¿Está todo bien?.
Preguntó más bien por una reacción instintiva que por interés genuino. Se arrepintió cuando escuchó al mayor bufar.
— ¿A ti te parece justo?.
Preguntó mirándolo con notable molestia incomodando al castaño.
— Ehm ¿Qué cosa?.
— ¡¿Qué cosa?! — Se puso de pie indignado de la ignorancia del joven — ¡Participé en la Guerra de los Siete Años y no se me da el reconocimiento que merezco! ¡Me dejan tirado cómo un pañuelo usado! ¿Puedes creerlo?.
— ¿Guerra de los Siete Años? — Reconoció el nombre de dicha guerra y su mente no tardó en asociar un nombre con la imagen que tenía frente a él — ¿Lee? ¿Charles Lee?.
— Él mismo.
Contestó orgulloso de sí.
John lo miró de arriba a abajo no muy seguro de la confirmación que acababa de recibir. Había oído el nombre y la verdad no se parecía nada a la imagen que se había hecho pero inmediatamente se regaño a si mismo creyendo ser superficial.
— Y ¿Por qué dice que no se le da el reconocimiento merecido?.
Lee resopló enojado de sólo recordarlo.
— Porque yo debería estar en el lugar de Washington, yo debía ser Comandante en jefe, ese era mí puesto ¡Y me lo robó!.
John asimiló la situación, ya había oído algunos rumores escuetos por lo que no tardó en orientarse
— Él no le robó nada, el cargo fue cambiando por el Congreso.
Intentó calmar la situación sin mucha suerte.
— ¡Patrañas! ¡Fui timado! ¡Estos políticos son unos rastreros!. Me dejan tirado con estos corderos sin cabeza.
Sentenció de forma infantil dándose la vuelta, claramente no pensaba oír argumentos que no salieran de otra boca más que la suya.
John se sintió incómodo y algo molesto, de forma inmediata el tener un compañero agradable desapareció de su plano mental. Se hubiera quedado con Hércules o Lafayette.
— Disculpa, creo que me exalté.— "¿Crees?" Cuestionó Laurens mentalmente — ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?.
Preguntó volteándose.
— John Laurens.
—Un gusto Laurens.
Saludó estrechado su mano. John suspiró mentalmente.
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Aaron resopló frustrado el aire fresco de la casi noche mientras caminaba, ese muchacho llevaba toda la tarde pegado a el haciendo preguntas de todo tipo.
— Oye — lo interrumpió lo más cortésmente que pudo — ¿Te gustaría un consejo?.
— Por supuesto señor.
La sincera alegría y gratitud en la voz de Alexander le hizo sentir un poco mal, no era un mal muchacho.
— ¿Por qué no pruebas a hablar menos y sonreír más?. — La sonrisa de Alexander se desvaneció en un segundo — Y deja de llamarme "señor" tú eres un año mayor que yo.
Siguió su camino, creyendo que ese era el fin de la discusión pero cuando Alexander salió del shock lo siguió.
— No puede estar hablando en serio.
Aparentemente hizo caso omiso a lo último que pidió Burr.
— Hablo muy en serio, mira, es nuestro primer día aquí y tú no has dejado de hablar y eso puede traerte problemas.
— ¿Qué quiere decir?.
— Puedes decir algo que no deberías e iniciar una discusión y nadie quiere eso.
— ¡Oigan! ¡Hubo una pelea en la tienda comedor! ¡Uno está sangrando!.
La voz de un soldado cualquiera se alzó por encima del murmullo generalizado del campamento, vociferando un acontecimiento más bien mundano pero que, por alguna razón, despertaba emoción en él.
— ¿Ves? — señaló Burr — No querrás terminar as- ¿Alexander?.
Buscó con la mirada al inmigrante pero este ya se marchaba con paso apresurado, presumiblemente, a dicha tienda.
— Al menos ya me libré de él.
Murmuró el moreno viendo el lado bueno de las cosas.
Caminó hasta llegar a la mencionada tienda, vio fuera de ella a un joven rubio más o menos de su edad cubriéndose la nariz con un trozo de algodón, aunque ya estaba manchado de sangre.
— ¿Seguro que no quieres que avisemos a alguien?.
— ¡Te dije que estoy bien!.
Respondió con palpable agresividad el rubio al muchacho robusto, no quería que nadie supiera del asunto.
— ¿Qué sucedió aquí?.
El de pelo más claro no se molestó en disimular su expresión de desagrado ante la pregunta.
— Un idiota me golpeó sin razón alguna.
Se limitó a responder mientras tiraba el algodón ensangrentado, dando la menor cantidad de información posible, negar el golpe sería estúpido, estaba sangrando.
— No fue "sin razón alguna". — Aclaró el otro — Estaban discutiendo y las cosas se salieron un poco de control.
— Bueno, da igual, ese asunto no te incumbe.
Dijo esto último al caribeño antes de marcharse, o al menos intentarlo, el irlandés lo detuvo.
— Me disculpo por mi amigo, él puede ser un poco-
— ¡Dije que estoy bien!.
Vociferó enojado para irse dejando a ambos extranjeros azorados.
Hércules parpadeó aún procesando que le haya gritado, una vez logrado eso frunció el seño.
— Diji qii istii biin.
Remedó sacando relucir su lado más infantil antes de irse.
— ¡Espera!.
Una voz lo detuvo, volteó para ver que era aquel pelinegro que había entrado a escena.
— ¿Si?
— ¿Conoces al que lo golpeó?.
— Ajá, somos amigos.— Respondió — No te dejes engañar por esto, simplemente tocó el tema de la esclavitud, el cual es sensible para él pero es buena persona cuando lo conoces.
Conocerlo.
La idea le agradaba, el conocer a alguien que en su primer día ya había golpeado a alguien por sus ideales le gustaba, creía que el era el primero en iniciar alguna discusión pero se había equivocado al parecer.
— Suena a alguien que me caería bien. Por cierto soy Alexander Hamilton.
— Y yo Hércules Mulligan.
— Bien Hércules, dile a tu amigo que se ganó mis respetos y mi interés.
— Lo haré.
Dicho esto el irlandés se retiró a su tienda pensando diferentes formas de matar a John, entendía que podía ser explosivo pero ya era el primer día y ya había sacado sangre a alguien, aunque por lo que habló ese chico no era precisamente agradable.
— Fuiste demasiado rápido, no lo ví venir.
Escuchó cómo su amigo francés parecía felicitar a John dentro de su tienda, la cual era bastante más grande de lo que había pensado en un principio.
— ¡Te aseguro que él tampoco!.
— ¿Por qué hablan de eso como si fuera algo bueno?. — Hércules hizo una repentina intromisión en la conversación — Ese muchacho estaba sangrando.
— Si — El pecoso miró unos rastros de sangre en sus nudillos. — Lo noté.
— Te doy cinco dólares si lo lames.
Lo retó Hércules ganándose una mirada extrañada por parte de sus amigos.
— De cualquier manera — ignoró el último comentario y se dirigió a John — No puedes enojarte con alguien sólo porque no apoya lo que tú si.
— Te hice cambiar de opinión a tí sobre la esclavitud ¿No?.
— ¡Pero no con golpes!.
Reclamó Lafayette.
— El fin justifica los medios.
Se defendió el ojiverde encogiéndose de hombros.
Hércules río con la expresión molesta de Lafayette pero su expresión cambió repentinamente cuando recordó la última conversación que tuvo antes de entrar a la tienda.
— Por cierto ¿Conoces a un tal Hamilton?
— ¿Hamilton? — Meditó un poco — no ¿Por qué?.
— A ese muchacho parece haberle gustado lo que hiciste. Ya estás haciendo nuevos amigos ¿Eh John?.
— Si puedes llamar amistad a esto, supongo.— Respondió a Hércules más bien indiferente el aludido.
— Aunque seguro que será mejor que mi actual compañero de tienda.
— ¿De qué hablas?.
— Es insoportable, juro que pensé en decirle un nombre falso para que no me anduviera buscando, pensé en algo como Anthony o algo así.
— ¿Por qué? ¿Quién es?.
— Lee.
— ¿¡Charles Lee!?.
Preguntaron ambos sorprendidos reconociendo el nombre.
— El mismo, pero no es nada como lo había imaginado. Se la pasa quejándose de todo y todos, es un cínico pero de los molestos.
— Bueno, es como digo "Todo cínico es en realidad un idealistas que se ha visto traicionado por la vida".
Tanto John como Lafayette miraron al irlandés sin creer que eso acabará de salir de sus labios.
— Eso en realidad tiene sentido, está enojado con Washington porque se le dió el cargo que el quería.
— Aja, si, muy interesante. — dijo con total sarcasmo Lafayette — Bueno, ¿Podrías dejar de golpear a la gente que no concuerda contigo?.
— Haré lo que pueda — Miró una vez más sus nudillos sintiéndose culpable — Tengo que disculparme con ese chico, me pasé.
— Siendo justos, él también se pasó un poco en sus palabras.
Trató de animarle el mayor del grupo pero supo que eligió mal lo que dijo.
— Pero yo lo golpeé.
Palabras, para John sólo eso fueron.— Mañana lo buscaré y me disculparé. Se puso de pie y salió de la tienda.
— ¿Te vas?.
Preguntó el francés
— Si, estoy cansado, buenas noches.
Sus dos amigos se despidieron al unísono, esperaron a que John se fuera.
— Te dije que sería a la primera semana, págame
Hércules a regaña dientes sacó un billete de cinco y se lo dio a Lafayette, tontas apuestas.
Respiro profundamente el aire ya nocturno mientras caminaba, no fue un primer día precisamente perfecto pero pudo haber sido peor.
— Al menos hice un amigo… o algo así.
Se dijo mentalmente.
Alexander Hamilton.
El nombre se le quedó grabado por alguna razón.
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Se despertó temprano, Dios vaya a saber porque, el sol asomaba sus rayos apenas. Se cambió de ropa y salió a caminar. Ya había unas cuantas personas despiertas, aunque no muchos.
Su vista se detuvo en un joven rubio en particular, el mismo de la noche anterior, estaba cerca de un lago y parecía estar acompañado de otra persona. Ambos portaban espadas, parecían haber estado practicando.
— Entonces — dejó su espada apoyada contra un árbol. — ¿Todo bien?.
— Si — el rubio asintió aliviando a John — Lamento lo de anoche.
— Está bien, yo tampoco actué muy bien, no debí haberte golpeado.
— Yo lo habría hecho también — Reconoció algo avergonzado, había dicho cosas que en realidad no pensaba anoche — La idea de un batallón es buena en realidad si lo piensas bien.
— Espero que Washington opine lo mismo.
— Lo hará si sabes como convencerlo — guardó su espada en la vaina que traía a sus espaldas — Me caes bien Laurens, cuándo logres liberar a los esclavos diré con orgullo que casi me rompes la nariz.
— Gracias por el voto de confianza.
— De nada, bueno, ya debería irme, nos vemos.
— Adiós.
El rubio se marchó y John volteó a buscar su espada sintiéndose más ligero una vez arregladas las cosas.
— Disculpa.— Una voz atrajo la atención del castaño— No serás por casualidad el muchacho que golpeó a ese chico ayer ¿Verdad?.
— Vaya, parece que me hice conocido ya y no en un sentido bueno precisamente pero si soy yo.
— ¿Te disculpaste?.
— Disculpa que responda a tu pregunta con otra pero ¿Quién eres?.
— Oh — se sonrojó ligeramente esperando que nadie más que él lo notara — Lo siento, soy Alexander Hamilton.
John reconoció el nombre.
— Ayer conociste a mi amigo Hércules ¿Verdad?.
— Ah, si.
El mayor recordó lo que dijo Hércules ayer.
— ¿Así que tú eres mi admirador?.
Preguntó con cierta ironía burlona en su voz.
— Solamente quería saber que otra persona aparte de mí iniciaría una pelea aparte de mí — Miró de reojo la espada que el contrario traía en su mano — ¿Es tuya?.
Preguntó pues no era una espada de caza como las que tenían en el campamento, era una claymore.
— Ah si, fue un regalo de mí padre.
Algo en Alexander decía que sabía perfectamente como usarla.
— Enséñame.
— ¿Eh?.
— A usar la espada, no tengo mucha práctica y debería aprender porque escuché que hay una guerra y cosas así.
John lo miró de arriba a abajo, esto hizo sentir raro a Alexander, sentía que lo estaba analizando.
— Bien, después de comer aquí ¿Te parece?.
El de ojos más oscuros sonrió ligeramente aliviado.
— Claro.
Respondió volteando mientras se iba pero entonces recordó que no le preguntó algo.
— Oye — lo llamó estando a unos pasos haciendo voltear al pecoso — ¿Cómo te llamas?.
John sonrío divertido de que se le hubiera olvidado preguntar eso.
— Soy John Laurens.
Laurens...
Le gustaba como sonaba, sonrió sin darse cuenta al repetirse su nombre mentalmente.
— Un gusto Laurens.
Volvió a voltear y seguir su camino suponiendo que John sería un buen amigo sin tener idea de que había un pequeño error en esa suposición.
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Un inicio tranqui pero recuerden que el amor a primera vista no existe gente, es un invento de Disney como los duendes y los canguros ?).
Con esto inicia oficialmente el fic supongo, acompañenme a ver esta maravillosa historia ?)
