La forma perfecta en que la Tierra gira sobre si misma y alrededor del inmaculado sol, refleja la actividad de las constantes fuerzas que almacena en su interior.
Son numerosos los ciclos que se suscitan en la naturaleza, aquellos que permiten la vida y la coexistencia de todos los seres quienes la han habitado en el paso de los siglos. Algunos saben que tales bendiciones son posibles gracias al equilibrio existente entre las fuerzas elementales, donde el fuego, el agua, el aire y la tierra mantienen la prosperidad, permiten la creación y la vida.
Pero en la existencia, se dice que todo necesita su igual opuesto, creando un equilibrio fundamental por el que el mundo puede continuar girando y funcionando; siendo la muerte esa ley natural que va junto a las otras en un ciclo perfecto e interminable.
Desdichado fue que el hombre, criatura siempre curiosa y con un hambre insaciable de poder y conocimiento, entendió estos principios, buscando la manera de apropiarse de dichos poderes.
Comenzaron entonces a aparecer aquellos que pudieron dominar a los gigantes de los elementos, representaciones aúricas de las fuerzas de la naturaleza. Los volvieron sus sirvientes y cómplices tanto para llevar a cabo el bien como el mal. Esos seres sin mente, y sólo instintos, empezaron a tener personalidad y conciencia, pues la obligada unión espiritual que sus amos mantenían sobre ellos les permitía ver el mundo a través de sus ojos; escuchar a través de sus oídos; sentir tal cual ellos. Aprendiendo así el concepto del placer y del sufrimiento; la alegría y la tristeza; el amor y el odio.
Las frecuentes guerras los convirtieron en armas bélicas y personales que al final llevaron a una desastrosa situación, pues al enfrentarlas unas con otras provocaron su extinción y con ello acabaron con el equilibrio.
Que quede claro que el mundo, en esta ocasión, no llegó a su fin a manos de los dioses. Los mismos humanos fueron arquitectos de su propia destrucción. Las decisiones tomadas por un grupo de hombres sellaron el destino y, así como Atena, terminaron con un círculo vicioso que impedía la evolución de la Tierra.
Culpar no deben a esos guerreros, ya que no existió otra salida. De una u otra forma la Tierra iba a perecer, eso era inevitable, y los dioses, quienes siempre han esperado ese momento con ansias, no iban a impedirlo.
Impedida estuvo Atena de intervenir, puesto que su lucha contra Hades se encontraba en su clímax.
Pero cuando todo se creyó perdido, al final se desató un milagro y la Tierra pudo renacer. Nuevas fuerzas elementales cobraron vida gracias a los espíritus de los humanos quienes se convirtieron en sus padres. El mundo volvió a brillar como en esa antigua era cuando los dioses la crearon de acuerdo a su voluntad, aunque el costo de tal maravilla fue muy grande…
La Tierra hizo un juicio imparcial, como el ente viviente y conciente que siempre ha sido. Similar al que se narra en algunos textos sagrados, juzgó a cada individuo, separando a los que sabía ayudarían a cultivar una vida plena de aquellos que sólo continuarían haciéndole daño y de los que ya habían cumplido con su destino.
En pocas palabras, en el mundo habitan únicamente personas que son necesarias para forjar ese futuro idealizado… De un modo u otro.
Capitulo 1
Encuentros dorados. Parte I
Destino y castigo
Grecia, 15 años después.
Una barca de madera, pequeña y malgastada, surcaba por aguas del mar Egeo. En ella, dos hombres viajaban en dirección a la mítica Grecia.
Un hombre navegaba y, sin mostrar cansancio en su movimiento constante con el remo, divisó a lo lejos una línea de tierra, el faro por el que cualquier hombre en el mar sentía placer de ver. Sabedor de que su viaje estaba a pocos kilómetros de llegar a su fin.
Sí, su viaje en muchos aspectos llegaba a su término, mas el del joven que le acompaña apenas daría inicio en cuanto pusiera sus pies sobre ese suelo sagrado.
Amanecía lentamente. El sonido del remo funcionó de arrullo durante toda esa noche, con un efecto sedante que aplacó los nervios del joven que habría sido victima del insomnio de no ser por ello.
Lo despertó la voz de su mentor junto a un ligero golpe del remo sobre su hombro.
—Ey, bello durmiente, es hora de despertar —sarcástica, pero firme, era la voz que le pertenecía al hombre que durante diez largos años le había entrenado. El maestro estaba cubierto por una capucha de viajero deshilachada que protegía su cuerpo y cabeza del sol y del ambiente—. Tus días de holgazán terminaron, de pie.
El joven retiró la manta que lo calentó durante la noche, que no era otra cosa más que su propia capa.
Un poco mareado por el movimiento del mar es que el muchacho de cabello rojizo pudo decir— ¿Hemos llegado? —acompañado de un bostezo corto y que trató de ocultar.
—Así es, allá se encuentra Grecia —señaló con su mano de piel clara.
El joven miró con sus ojos azules dicha dirección y poco a poco el puerto obtenía mas detalles y colores conforme se acercaban a la orilla.
La renombrada Grecia, el sitio del que su maestro no le dejó de hablar desde que emprendieron ese largo viaje por el mar. Grande fue su sorpresa cuando le escuchó decir que partirían hacia allá desde Turquía. Cruzar ese mar en una embarcación tan pequeña y con tan pocos suministros sería toda una hazaña, algo loca, pero actividades recreativas como esas fueron eventos cotidianos durante su entrenamiento. Tenía cicatrices que le impedirían olvidar todas ellas.
Su mentor siempre ha sido un hombre testarudo y estricto, pero en el fondo una buena persona. Le tomó años comprender que realmente él no le hacía pasar por situaciones molestas sólo para hacerlo enfadar, de alguna manera, todo había sido por su bien y su crecimiento como caballero de la justicia.
El momento de separarse estaba muy cerca, y eso despertaba algo de nostalgia en el joven que permaneció con la vista sobre su maestro por largo rato. Al saberse observado, el hombre le devolvió una mirada profunda.
—¿Qué pasa? —inquirió al saber que esos ojos, acompañados de ese mismo silencio, eran las señales que anticipaban alguna pregunta incómoda o tonta por parte de su pupilo.
—Maestro Deneb, nunca me dijo si usted fue o no un santo en el pasado —el hacer un recuento de las memorias que compartía con su mentor, le hizo recordar esa pequeña charla que Deneb se ingeniaba en eludir.
—¿Sigues con eso? Si que eres insistente Sugita —respondió ligeramente molesto—. ¿Por qué no eres de más ayuda y te pones a remar? —le arrojó la otra pala que el muchacho atrapó.
Sugita se puso de pie, obedeciendo antes de volver a intentarlo— Después de diez años no creo que sea tan vil para dejarme con esa duda… ¿o sí?
—Qué es lo que siempre te he dicho ante esa cuestión, Sugita? —dijo el maestro.
—Que escuche mi intuición —respondió sin dudar.
—¿Y qué es lo que te dice?
—Que sí lo es… Pero también, dijo que no siempre debía confiarme de lo que ésta dice.
—Así es, porque eres joven y aún no puedes juzgar a las personas con tanta prisa.
—Pero diez años es mucho tiempo, no creo estar equivocado.
—Si así piensas, ¿quién soy yo para desilusionarte? Supongo que no sería grato para ti el saber que un hombre cualquiera te enseñó todo lo que sabes.
Hombro con hombro es que permanecieron remando con una sincronía perfecta— Dudo que un hombre ordinario sepa todo lo que usted. Escuche, no sé que es lo que haya pasado para eludir un simple sí o un no durante tantos años, pero puedo asegurarle que jamás podría renegar de la persona que me ha convertido en lo que soy ahora.
—¿Vas a ponerte sentimental, muchacho? —sonrió el hombre—. Me conmueves, también te echaré de menos.
De nuevo eludía una respuesta concreta, pero estaba bien, Sugita lo aceptaba. Sin importar de lo que pudiera enterarse en el futuro, para él Deneb era la clase de guerrero que deseaba ser en la vida.
A temprana hora, pequeños barcos de pesca abandonaban tierra para adentrarse al mar, topándose con los viajeros a quienes miraron con curiosidad.
Finalmente llegaron a la orilla, Deneb no se molestó por atar el bote al muelle, sería una pausa breve la que ahí haría.
—Bien, aquí te bajas —dijo al tomar el saco que contenían las pocas pertenencias de su pupilo, arrojándosela a las manos.
—¿Acaso no piensa acompañarme? —preguntó confundido al pisar el desembarcadero.
Deneb guardó silencio, observó el suelo con un recelo extraño, como si estuviera ungido por una fuerza que lo repeliera de alguna forma o lo prohibiera poder pisar la tierra de Atena.
—Te he mostrado el camino Sugita, lo que un santo debe saber para servir a la justicia, lo que debe de sacrificar para servir a la Orden, pero te reitero lo que siempre te he dicho: eres libre de decidir si tomas o dejas ese sendero —explicó Deneb—. Aquí en Grecia reside el Santuario, la cuna de los caballeros. Sólo ahí podrán concederte el titulo de santo y la aprobación de la diosa a la que sirven. Pero un consejo —le indicó con uno de sus dedos—. Abre bien los ojos. Analiza, estudia y decide finalmente si estás listo para formar parte del Santuario por el resto de tu vida, ya que una vez nombrado caballero, ni la muerte te privará de las responsabilidades que eso conlleva… Si lo sabré yo —musitó resignado.
—De acuerdo maestro —sonrió tras saber con esa última sentencia que su mentor, en otra vida tal vez, fue un glorioso guerrero del Santuario—. Así lo haré pero, nada de lo que pase ahí puede ser peor que lo que viví con usted —dijo rascándose la mejilla, medio en serio, medio en broma.
—Je, recordarás esas palabras muchacho —con el remo impulsó el bote para alejarse del muelle, dejando que lo conduzca la corriente—. Y no olvides darle mis saludos al Patriarca como te indiqué.
Sugita torció los labios con disgusto— ¡Me continua sonando una locura… pero aún así lo haré! —repuso—. ¡Maestro! ¡¿Nos volveremos a ver?! —se apresuró a preguntar, invadido por un mal presentimiento.
Deneb no respondió al instante, pero sonrió ligeramente a su pupilo— Me gustaría pero… —reflexionó lo que estuvo por decir, optando por una despedida más apropiada— Sugita, mientras respetes el obsequio que te he otorgado, será como si nunca nos hubiéramos separado.
El joven que mantenía recogido su cabello rojo en una coleta, tocó su brazo derecho intuitivamente.
Su mentor le dio la espalda entonces, comenzando a alejarse. Este se permitió una señal de despedida en la que extendió su brazo junto a dos de los dedos de su mano.
Sí que echaría de menos a Deneb. Uno no pasa su infancia con una persona sin crear alguna clase de lazo sentimental con ella; era la imagen del padre que su verdadero progenitor no le cedía y por ello se atrevía a apreciarlo a ese nivel.
Todo maestro debía sentirse como él tras dejar atrás a un discípulo. No imaginó que llegaría el día en que tomara a un pequeño como su pupilo y le enseñaría a entender la vida de un guerrero sagrado.
Los años en que Sugita estuvo bajo su custodia le permitían saber que sería un gran caballero, pero, no podía evitar sentir cierta preocupación por él... Eso debía ser lo que un padre siente al desprenderse de un hijo.
Una última mirada sobre su hombro y el muchacho también se alejaba de ese lugar de adioses. Sonrió complacido de no ver titubeos en él, marchaba seguro y decidido a cumplir su objetivo, aquel para el que nació.
—Que el cosmos te proteja —musitó Deneb antes de desaparecer entre otras balsas pesqueras a la redonda.
Pedir indicaciones jamás fue un problema para él a diferencia de quienes se dejan llevar por el orgullo y la soberbia. Sería un camino fácil de seguir ya que al habitante a quien preguntó sólo le bastó apuntar hacia la colina más alta para indicarle que allá se encontraba el Santuario. Para el hombre de aspecto tosco y trabajador no fue sorpresa que un joven como Sugita preguntara la ubicación de dicho lugar. Con los años muchos han sido los rostros que hacen lo mismo y, podría decir con certeza, a la mayoría de ellos vio regresar sobre sus pasos, derrotados y desilusionados de lo que sea que allí enfrentaban.
Llegó el mediodía cuando arribó a la Villa Rodorio, cuyo camino principal guiaba hacia el pie de la colina. Resultaba la avenida más apropiada para comerciantes ofrecer su mercancía. Había mucho bullicio, pero no era un ambiente que no haya visto ya en otros poblados o ciudades.
Un viajero no era algo que llamara la atención de la gente en esos días, sin embargo no pasó desapercibido para otra clase de ojos que le dieron importancia y decidieron observarlo de cerca.
Dejó pasar la ciudad, subiendo por el sendero de la colina con un hambre que lo hizo sentir malestar, pero se repuso rápidamente al encontrarse muy cerca el gran portón, custodiado por dos guardias de mediana edad y vestimentas sencillas.
—¡Eh, alto ahí extranjero! —pidió uno de ellos, cuyo casco cubría su cabello oscuro— Decid vuestro asunto.
Sugita obedeció al instante, no era su intención empezar con malas impresiones— He venido desde el otro lado del mar con la esperanza de tener una audiencia con el Patriarca del Santuario.
Los custodios se miraron entre si, sonriendo de forma burlona— Pierdes tu tiempo, el Patriarca no recibe a nadie a quien no espere. Temo que no mencionó nada acerca de alguien con tus características, por lo que puedes irte resignando.
Sugita frunció el entrecejo ligeramente ofendido, pero aún así conservó un buen tono— Está bien, estoy aquí para probar que soy merecedor de unirme a la orden de Atena.
—Si claro, ¿un santo verdad? — se mofó el segundo sin casco que lo protegiera— Mira, no sé que clase de infamias hayas escuchado por ahí muchacho, pero aquí no se vive cómodamente. Ya hemos perdido mucho tiempo y recursos en admitir a chiquillos tontos con aires de grandeza para que a la primera se retiren lloriqueando, por lo que te ahorramos tu tiempo, retírate.
—Pero… —no había viajado desde tan lejos para que el primer obstáculo lo detuviera, pero tampoco podría abrirse camino a la fuerza. Si esas eran las órdenes que el Patriarca ha dado a esos centuriones entonces él no puede hacer nada al respecto… Sin embargo, se negaba a creer que no existiera otro camino.
—Guardias ¿qué es lo que pasa aquí? — preguntó una voz masculina detrás de él. Sugita miró sobre su hombro, exaltado al no haber percibido ninguna presencia hasta ese momento.
La mirada esmeralda de ese hombre golpeó algunas barreras de su confianza. Largo cabello azulado caía sobre su espalda; una decoloración gris colgaba de su frente cubriendo su ojo izquierdo.
—Señor Albert —habló con solemnidad el guardia de cabello oscuro —C-cosas sin importancia, este joven ya se marchaba.
Vestía un atuendo de batalla de telas grises; una protección ligera y sencilla de cuero negro que formaban pequeñas hombreas sujetas a un peto; cinturón en el que se incrustaban algunos círculos dorados; botas que se encintaban alrededor de sus piernas hasta llegar a las rodilleras; sus brazos cubiertos por vendas desde los nudillos hasta los codos. Aún en su sencillez, la confección de su vestuario poseía un porte más distinguido que la de los custodios de la puerta.
Sereno, Albert pasó al lado de Sugita sin que sus ojos verdes dejaran el duelo de miradas. El que un chico lo retara de esa forma indicaba una cosa: agallas, pero a la vez lo consideraba una insolencia.
—¡Abrid la puerta, el señor Albert ha vuelto! —alzó la voz el centurión a alguien que al otro lado del gigantesco portón manejaba los seguros.
—Todavía no terminamos —advirtió Sugita a los guardias.
—¿Sigues aquí? Te lo pondré sencillo, niño, no estamos admitiendo reclutas en estos días, ya suficientes niñatos hay como para recibir a uno más— agregó el de casco de plomo.
—Jum, déjame adivinar —habló de pronto el de cabello azul, quien permaneció dándole la espalda al viajero. Las puertas no se terminaron de abrir gracias a que él lo ordenó con una seña de su mano—. Otro iluso aspirante a santo —contuvo una sonrisa—. En mi opinión todos son iguales, hechos por la misma plantilla. Me basta una mirada para juzgarte y saber que será inútil. No resistirías ni la primera prueba —dijo confiado— Un consejo, niño, dedícate a plantar nabos.
El joven de coleta estaba acostumbrado a esa clase de actitudes pedantes, por lo que sabía jugar con la misma carta de ser necesario, sabiendo que muchas veces las palabras son mas hirientes que cualquier golpe y también te permiten victorias significativas— Vaya, parece que el Santuario no es cómo dicen entonces —acomodó el saco con sus cosas sobre su hombro—. ¿Acaso no les enseñan las reglas básicas del combate? No deberían juzgar tan ligeramente a una persona sólo por su apariencia. Si fuera un enemigo, seguramente eso ya les hubiera costado la vida. Si gente así es por la que está formado el Santuario, tal vez deba buscar en otra parte.
—¡Chiquillo endemoniado! —exclamó el guardia de cabellos rubios—. ¡Nadie habla del Santuario de esa manera!
—¡¿Cómo osas insultarnos así?! —con sus lanzas en manos, los dos guardias estuvieron a punto de lanzársele encima, mas una sola palabra de Albert bastó para hacerlos desistir.
Un simple 'alto' y obedecieron cual ratas asustadas. El de mechón gris se giró un poco, manteniendo un rostro impasible para el extranjero.
—Está bien, pareces tener mucha confianza en ti mismo —dijo en tono de desafío—. ¿Qué te parece si hacemos esto? Te permitiré demostrarme que eres digno de que haga una excepción y te deje pasar.
— Pero señor...! —se atragantaron los guardias.
—¿Lo dice en serio? —se mostró escéptico el joven de ojos azules.
—Si de tres movimientos no te he vencido, habrás ganado el reto ¿qué dices?
El joven se tomó un momento para pensarlo, pero cuando su mano estuvo por retirar su abrigo, aceptando el duelo, prefirió reforzar la forma en la que cogía su equipaje.
—Lo siento pero, considero que si mi valía depende de algo tan trivial como eso, no vale ni siquiera la pena —hundió los hombros con resignación—. Gracias por su tiempo caballeros —dio media vuelta y se retiró.
Los guardias permanecieron mudos, lanzándose miradas entre ellos al no saber si importunar al señor Albert con algún sonido si quiera.
El de cabello azul sonrió para si mismo antes de emprender su camino original hacia el Santuario.
—No creo que los moleste más. Los niños pueden hablar mucho pero es su forma de mostrar valentía cuando carecen de otras herramientas. Sigan en su posición —aclaró a los soldados quienes asintieron.
Sugita pateó una pequeña piedra con enfado— Que sujeto tan engreído —pensó en voz alta, seguro de que nadie por ahí lo escucharía.
—Sí, la verdad es que es todo un pelmazo —concordó una voz risueña en las cercanías.
Sugita miró hacia su flanco derecho y ahí, cerca de una pila de rocas, un muchacho de una edad menor descansaba cómodamente con las manos sirviéndole de almohadilla.
El joven de rostro sucio se levantó, permaneciendo sentado bajo la sombra de la formación de rocas.
—No me digas, te cerraron la puerta en la nariz —dijo de pronto.
—Estabas observando, ¿eh? — intuyó Sugita.
—Bueeeee... Sí, algo así. No me culpes, siempre es divertido ver cuando viajeros como tú se toman todas las molestias en venir hasta acá sólo para ser rechazados. Si vieras todas las lágrimas que he visto, huesos rotos y cosas así —sonrió amistosamente—. Pero…. es la primera vez que pasa algo diferente...
—¿A sí? ¿El salir ileso? —bromeó Sugita.
—El dejar pasar una oportunidad como la que te ofrecieron —explicó—. Claro, fue sensato, ese hombre parece invencible, he visto que un golpe le basta para dejarlos inmóviles en el suelo— enfatizó al extender el dedo índice—. Eso quiere decir que en verdad estás conciente de tus habilidades y las utilizas con responsabilidad, y no para responder a las altanerías de cualquier pobre diablo. Autocontrol, eso me gusta, sí— se cruzó de brazos y asintió repetidas veces el niño pueblerino.
—Sí... Bueno... —sintió cierta incomodidad ante el muchacho tan extraño— ¿Gracias? De cualquier forma, de nada me sirve si de esos sujetos depende si entro o no.
—Oh vamos no seas tan duro. Al pueblo bajan muchos de lo santos ocasionalmente, incluso el mismo Patriarca. Son buenos tipos, pero desde que ese hombre ronda por aquí todo se ha vuelto un poco... estricto.
—¿Y tú como sabes tanto?
—Bueno, no me lo creerías si te lo dijera —sonrió ampliamente— Mi nombre es... Rock —dijo tras estar jugueteando con un pedazo de roca en la mano.
—Soy Sugita.
—¡Ah! ¡Japonés! —se levantó precipitadamente—. Tus oportunidades se incrementan, amigo. ¿Sabes? Usualmente no le digo esto a nadie pero, hay una forma en la que puedes escabullirte para ver al Patriarca. Él es un hombre de razones, seguro te irá mejor con él. Lamentablemente no creo que alguien de su categoría vaya a estar en el recibidor ¿verdad?
—¿Me crees acaso un tonto? —arrugó el entrecejo, volviendo a caminar—. Seguramente estás a punto de pedirme dinero, lo siento pero aunque lo tuviera no se lo daría a un estafador.
—Ey, ey, no te precipites —le pidió al trotar a su lado—. No pienso pedirte nada, de hecho es una opción tan riesgosa que lo pensarás dos veces antes de intentarlo —Sugita se detuvo—. Escucha, el Santuario es una fortaleza natural, rodeada por grandes montañas y abismos. El camino por el portón principal es el más seguro y viable, pero si logras cruzar por el camino no convencional pues... tendrás una oportunidad y el resto dependerá sólo de ti.
—Entrar de esa forma seguiría siendo desobedecer las leyes... —meditó con congoja— Mas... parece que no hay otra alternativa.
—Como suelo decir, es mejor pedir perdón que permiso. Pero, si te llegaran a atrapar, nunca me has visto ¿de acuerdo?
—¿Me crees un soplón? —Sugita enarcó una ceja.
—No, no, no, claro que no, pero hay veces en las que el dolor te hace decir cosas que no quieres —corrigió sin perder su buena cara—. ¿Entonces que dices? ¿Lo intentarás? Como un dato extra, yo aconsejaría que lo hicieras al atardecer— meditó.
—... ¿Por qué te interesa tanto en ayudarme? —inquirió con desconfianza.
—Eres de los que duerme con una daga debajo de la almohada, ¿verdad amigo? Pero está bien, yo entiendo. Mira, realmente admiro a los guerreros del Santuario, considero un desperdicio que buenos reclutas sean pateados de esa forma. Otros ya han intentado lo que tú harás y, está bien, no te mentiré... No suelen llegar muy lejos —silbó ante eso último.
—Eso es muy alentador....
—Lo tomas o lo dejas, es tu decisión —el muchacho se desentendió de los peligros.
Pensando en las palabras de su maestro, fue que Sugita se prometió que no le fallaría, ni a su padre, por lo que cualquier riesgo valdría bien la pena— Está bien, muéstrame el camino ¿Qué es lo que debo hacer?
****
Caminaba sin rumbo específico por ese desierto interminable. Sus pies cruzaban el sendero que los Grandes Espíritus le susurran al oído, así había sido desde aquel día en que se convirtió en Rey de todos ellos. Pero ahora los espíritus callan y dormitan tranquilos.
Han pasado quince años en las que sus instrucciones y enseñanzas fueron muchas, manteniéndolo en el desvelo y en la constante preocupación pero, ahora, es que las voces cesaron, indicando que, después de mucho esfuerzo y dedicación, finalmente todo... todo se encontraba en balance.
Él permanecía sumido en sus pensamientos, buscando si algo estaba escapando de su lista de deberes, pero le complació notar que todo estaba ya colocado en su lugar.
Su cabello largo y castaño golpeteaba con brusquedad su cuerpo por el viento desértico. Sus pies calzados por unas sandalias simples detuvieron su andar tras divisar, como si se tratara de un espejismo entre la arena, la silueta encapuchada de un viejo amigo.
—Lo buscaba, señor—le saludó con una ligera reverencia.
El de cabello largo lo reconoció al instante, sus ojos le permitieron ver por debajo del cuerpo físico y contemplar su auténtica apariencia.
—Ah, vaya, parece que sólo fue ayer la última vez que nos vimos —comentó sonriente, con bastante naturalidad.
—El tiempo es apreciado por los vivos de una manera diferente —se atrevió a responder—. He terminado con el entrenamiento del joven que puso bajo mi tutela, su camino a convertirse en uno de los ochenta y ocho protectores ya ha dado inicio.
—¿De verdad? Me alegra mucho escuchar eso —fue sincero y sonrió del mismo modo—. Ha superado todas mis expectativas... es tan joven —meditó.
—No existe edad para servir a Atena, yo era todavía más joven cuando vestí por primera vez los ropajes sagrados.
—Eres otro de tantos tutores que han venido a mí con tan buenas noticias ¿Qué me puedes decir de él? ¿Qué es lo que brindará a la nueva Orden?
—¿Desea una respuesta sincera?
—Por supuesto —pidió el de cabello largo que, con alzar su brazo, el viento aminoró, deseando poder escuchar más claramente a su amigo.
—... Su destino dual... es mi temor más grande. Nació bajo una de las estrellas del zodiaco gracias a su padre, pero el haber nacido de esa mujer lo condena a tener que responder a otra voluntad...
—Despreocúpate —lo interrumpió el de cabellera larga, tomando una cantimplora que se ataba a su cintura para beber de ella—. Yo y él ya hemos charlado al respecto, y no se muestra interesado en exigir sus derechos sobre el chico. Puedes estar tranquilo. Pero ignorando eso ¿qué más me puedes decir?
—... Es todo lo que cualquier guerrero sagrado debe ser. Joven, es cierto pero todos aprendemos ejerciendo el oficio. Aún con la desventaja de su edad, y el plazo que usted nos trazó, no existía ya nada que pudiera enseñarle, su entrenamiento fue completo.
—Debes sentirte orgulloso ¿Estás satisfecho con la elección, lo consideras un buen sucesor para el puesto que de seguro le será asignado? —preguntó curioso el llamado Yoh Asakura, el Shaman King.
—Sí señor, lo estoy —aseguró—. Sólo desearía que...— guardó silencio al considerarlo inapropiado, decirlo sería admitir que su pupilo era débil e inepto, mas no era el caso, pero... en verdad no deseaba verlo sufrir por los dilemas que situaciones muy complejas pueden conllevar. Acciones que buscan una victoria pueden convertir al santo más leal a la Orden en el traidor más mezquino de la historia.
—Entiendo... —leyó el Rey lo que escondía el alma de ese hombre— Bien ¿Qué es lo que harás ahora? Le hice la misma pregunta a tus compañero y decidieron, como de seguro tú lo harás, poder quedarse un poco más, lo suficiente para comprobar si sus discípulos son dignos o no.
—Si eso es posible, sí, desearía poder verlo con mis propios ojos —pidió volviendo a inclinarse.
—Está bien, puedes hacerlo —rápidamente le concedió su deseo—. Aunque debes recordar algo Santo de Atena —una pausa para beber agua y limpiar sus labios con su antebrazo—. Recuerda cual es tu lugar en el orden de las cosas…
Deneb bajó la cabeza, sumiso a esas palabras— Así será.
****
Sugita se aferró fuertemente a la pared rocosa, cuando uno de sus pies se apoyara en una débil roca saliente que no aguantó su peso.
Miró hacia abajo, siguiendo las rocas y polvo que se desprendieron, temiendo de la oscuridad del abismo de cuyos pies colgaban. Se podía imaginar infinidad de peligros que se escondían en esa negrura, pero decidió volver su atención hacia arriba, retomando el difícil camino.
Era de noche y la luna se convirtió en la única fuente de luz que podía divisar a los alrededores. Desde que tomó esa vereda, las horas las había pasado escalando y saltando entre montañas y pendientes desde que Rock le indicó el camino.
Esta situación le obligaba a recordar algo de su riguroso entrenamiento, sobre todo esas ocasiones en las que su maestro lo sometía a escalar una montaña similar o cascada, con una roca pesada atada a su cintura. Todo (decía él) para asegurarse de una condición física ejemplar. Si lo comparaba con ese entonces, esto era mil veces más fácil.
Y aun ante la aparente soledad, Sugita era precavido. Si el Santuario era la fortaleza que se dice ser, no podía saber en qué parte algún guardia podría estar merodeando, por eso mismo escondía su propia presencia y se limitó a no usar ninguna habilidad especial o algo que dejara fluir su cosmos con libertad.
Llegó hasta una cima plana donde se permitió el descansar y fue ahí donde meditó bien las cosas, implantándose la duda sobre lo que haría si llegara a tener éxito en esto. El Patriarca podría considerarlo una ofensa y expulsarlo, o algo peor... No dejaba de ser algo atrevido y que estuviese fuera de toda ley. Maldijo a su maestro en un arranque, si lo hubiera acompañado tal vez nada de esto estuviera pasando. Se llenó de rabia al pensar que muy posiblemente él sabía que esto sucedería, buscando que debiera enfrentar esta clase de situaciones... El muy canalla, se burlaba de él aún a lo lejos.
Estaba cansado, mas el hambre era la insoportable. Buscó en la valija que ató a su cintura, metiendo la mano hasta lo más recóndito para poder alcanzar la hogaza de pan que con tanto recelo había guardado para la encrucijada por el mar. La ocultó ahí, prometiéndose que no recurriría a ella a menos que su mente se viera invadida por el delirio y las ideas canibalistas hacia su maestro.
El pan estaba duro y desabrido, pero su estomago agradeció hasta la última migaja. Decidió continuar. Pasó la noche en saltos y maniobras suicidas, pero finalmente, cerca del amanecer, logró divisar los primeros pilares blancos a lo lejos. Sintió alivio, pues había comenzado a creer que estuvo avanzando en círculos todo el tiempo.
Se sentía cada vez más cerca, incluso podía sentir las presencias de otros guerreros, algo que extrañamente no pudo percibir hasta ahora.
Se sentó un momento únicamente para recordar el plan que trazó en su mente todo el camino, pero se distrajo al ver sus manos rasposas, rojas y sensibles. Un sonido lo alertó de alguien acechándolo cuando unas rocas cayeron por una pendiente cercana.
Al sentirse descubierto, el acechador olvidó la cautela y saltó con una pierna extendida.
Lenta fue la reacción de Sugita al su vista tener el sol en su contra. El ensombrecido guerrero volvió a tierra tras atinar la patada en el rostro del intruso.
Sugita cayó, descubriendo a su atacante. Se trataba de un recluta sin duda por su pobre atuendo azulado, poseía cabello corto de color rojo sangre.
—No sé cómo osaste decidir irrumpir en este Santuario, pero ninguna intrusión es permitida, mucho menos tolerada —aclaró severamente el muchacho que no abandonó su pose ofensiva.
—Espera, no estoy aquí para pelear ni causar daño —dijo Sugita, irguiéndose, tratando de mostrarse lo más sumiso que le era posible.
—Nadie que irrumpe de esta forma puede ser amigo del Santuario, no finjas y descubre tu verdaderas intenciones —severas eran las palabras del precavido guerrero.
—Estoy aquí para ver al Patriarca. Intenté hacerlo por los métodos apropiados pero fueron demasiado rigurosos —explicó Sugita tranquilamente y con las manos arriba.
—Nadie ve al Patriarca sin su consentimiento —se apresuró a decir el joven, elevando su cosmos. No se fiaba de las apariencias, sobretodo al saber que son pocos los realmente capaces de acercarse al Santuario de esa forma—. Has violado las leyes y por eso debes responder. Sométete y no deberé hacerte ningún daño.
Si hacía eso, de seguro no tendría ni una oportunidad para verle. En casos como esos, no creía que molestaran al Patriarca con tan pequeñas trivialidades, debía actuar rápido si quería seguir conservando el factor sorpresa.
—Lo siento mucho pero, temo que debo rechazar la oferta.
—Entonces no me dejas alternativa —dijo el aprendiz antes de alzar sus brazos, devolviéndolos a sus costados, tomando impulso para lanzar sus dos puños hacia el frente sobre los que actuó su cosmoenergía. Los dos dragones que formaron sus puños volaron hasta Sugita con ferocidad.
El joven de coleta se apartó ágilmente de un salto, refugiándose un nivel más abajo de la montaña.
—Es veloz, pero no lo suficientemente listo —pensó el guerrero del Santuario, en cuya frente se ataba un retazo de tela que aparentaba una clase de tiara.
Extendió su dedo índice hacia el intruso, siendo un fino rayo de luz el que escapara de este. El resplandor trazó un círculo alrededor del forastero, quien descubrió su efecto tardíamente.
El suelo dentro del círculo perfecto estalló repentinamente al no poder contener la fuerza que subió como un imparable geiser. Sugita quedó atrapado en esa columna de energía, rocas y cristales afilados, que elevó por los aires mientras incontables fragmentos de cristal golpeaban y cortaban con profundidad su cuerpo.
Cuando la técnica se apaciguara, el guerrero del Santuario esperó ver caer el cuerpo de su oponente, pero lo único que cayó fueron pedazos de tela de la vestimenta del viajero. Buscó sorprendido hacia arriba, encontrando al de cabello largo en perfecto estado. Los diamantes habían dejado su marca en algunos puntos de su rostro, brazos y ropas, pero nada letal hasta ahora.
—Eso fue peligroso —pensó Sugita con desconfianza.
—Eres bastante escurridizo, pero se acabaron los juegos —advirtió el guerrero, volviendo a prepararse para el ataque de los dragones—. Es la última vez que lo diré, ríndete.
Pero Sugita se alistó para defenderse— Adelante, ataca cuando gustes. Encontré tu punto débil y con eso pienso detenerte— aclaró sonriente.
El joven de cabello rojo se estremeció al escuchar tal afirmación. Su preocupación no sería tal si no estuviera al tanto de sus propias debilidades. Pero el saberla es la razón por la que estaba ahí en el Santuario ¿no es así?... Sin embargo ¿cómo podía un chiquillo como ese asegurar conocer la flaqueza de su técnica tan pronto?
Optó la pose anterior antes de liberar a las bestias de sus puños— ¡Osadas palabras para alguien que está a punto de caer!— los dragones encolerizados buscaron el cuello de Sugita, mas el muchacho se lanzó antes, cuando el brazo izquierdo de su oponente descubriera su pecho por menos de milésimas de segundo; eludiendo a los dragones con una ágil acrobacia, pasando en medio de ellos permitiéndole a su brazo actuar.
El de cabello rojo se encogió ante una fuerte opresión en su hombro cuando el forastero lo sujetara por este, empujándolo al suelo donde lo hizo girar hasta mantenerlo inmóvil por una llave en la que su brazo podría dislocarse con un mínimo esfuerzo.
Con el rostro contra el polvo, los ojos azules del guerrero miraron frustrados al impertinente muchacho que mantenía todo su peso sobre su espalda.
—¡¿Qué pretendes?! ¡¿Qué suplique?! —bramó furioso.
— Sólo quiero que te quedes quieto, lo suficiente para poder encontrar mi camino hacia el Patriarca.
El sometido rió burlonamente— Es una lástima forastero, pero el Gran Patriarca no se encuentra en este momento en el Santuario, es en vano tu intento.
—¡¿Qué?! ¡¿Y hasta ahora se les ocurre decírmelo?! Demonios —se lamentó sobresaltado—. Bueno, no creo que esto pueda complicarse más.
—Je, yo no diría eso si fuera tú —murmuró, conciente de los movimientos que se efectuaban en la cercanía.
Sugita lo tomó como una advertencia, lanzó un vistazo en redondo, encontrando alrededor de diez aprendices del Santuario, pero sin duda, aquella que resaltaba en poder era la mujer enmascarada que los lideraba a todos ellos.
— Parece que es nuestro día de suerte— dijo ella, con su voz afectada por la mascara que portaba— Atrapamos a un lindo espía.
Los nueve guerreros permanecieron en sus puestos, mas estaban listos para actuar a cualquier señal hostil del enemigo o alguna orden de su superior.
Sugita reconocía que el proseguir de esa forma era inútil. Ya bastantes normas había roto como para encima tener que vérsela con diez guerreros más. Comprendió que si todavía existía alguna oportunidad, sería rindiéndose y afrontar las consecuencias.
Aunque no había necesidad alguna, pues el intruso no se resistió al arresto de ninguna forma, un guardia lo sostenía por cada brazo con la rudeza de cualquier carcelero hacia un prisionero rebelde.
Le habían vendado los ojos por precaución, por lo que a ciegas recorrió gran parte del Santuario.
Lo empujaron entonces, logró interponer sus manos para no golpear las escalinatas que palpó antes de que le retiraran la venda, siendo unos pies lo primero que mirase.
—Así que después de todo eres más persistente de lo que creí —esa voz arrogante sería algo difícil de olvidar.
Sugita se encontraba postrado ante el mismo hombre de cabellera azul que le negó el acceso al Santuario. Resultaba bastante humillante volver a encararlo con las rodillas pegadas al suelo.
Estudió discretamente su entorno y a quienes estaban dentro de su rango de visión: dos guardias, la amazona de cabello esmeralda, el guerrero que le descubrió y ese sujeto engreído, todos ellos compartiendo ese espacio al pie de las escaleras que conducían a lugares desconocidos para él.
—¿Lo conoces? —cuestionó la amazona, confundida.
Albert se mantuvo de brazos cruzados, sin dedicarle ni una mirada a la mujer— No es mas que un niño revoltoso que no acepta un 'no' por respuesta —musitó con un hilo de desprecio—. Explíquenme exactamente qué es lo que pasó —quiso saber, sin permitirse perder ese duelo de miradas con el prisionero, uno que guardó completo silencio.
—Fue Sieg quien lo interceptó —señaló la amazona, a lo que el joven recluta se dispuso a dar su versión de los hechos.
—Así es señor Albert. Fue cuestión de suerte que me percatara de su intrusión, pero una vez detectado es cuando decidí enfrentarlo para que recibiera el castigo por su desacato. Dijo que el Gran Patriarca es su objetivo, al enterarme de eso me vi obligado a actuar por mi cuenta.
—Y sin embargo te venció —comentó el de cabello azul claro.
Sieg inclinó la cabeza, avergonzado por el reproche. Sugita apretó los labios, esperando que no escapara nada que pudiese arrepentir, pero le causó gracia la forma en la que estaban torciendo sus palabras.
—El entrar al Santuario sin autorización es por si sola una gran ofensa con su gran represaría, sin embargo es todavía peor el agredir a un guerrero de Atena en suelo sagrado —recriminó Albert al detenido.
—Estoy conciente de mis faltas —repuso Sugita, intentando levantarse, pero los guardias lo obligaron a permanecer en su lugar— ...Y por ello pido perdón y aceptaré el castigo justo por ellas —explicó con honestidad—. Pero a cambio necesito esa audiencia de la que le hablé y por la que he llegado hasta aquí.
—Creo que realmente no sabes la delicada situación en la que te encuentras, no estas en posición para negociar nada —añadió Albert con un gesto agresivo. Indicando a los que lo conocen que en cualquier momento podría perder los estribos y no existiría nadie que pudiera detenerlo.
—Albert, basta ya ¿no crees que estas siendo un poco rudo con el chico? —intervino una voz tranquila y relajada.
Más arriba de las escaleras que Albert pisaba, un hombre apareció, descendiendo escalón por escalón con mucha calma. Hasta Sugita se permitió el verlo: alto, piel ligeramente amarillenta, ojos claros, cabello oscuro del que resaltaban algunas extensiones rojizas, sobretodo cuando el sol lo iluminaba con sus rayos. Vestía justamente como Albert, lo que indicaba que también era un guerrero de elite.
—Souva, no te metas —pidió rígido e inmóvil el de cabello azul.
—Lo siento, pero no pude evitar venir a ver. Me enteré del alboroto y decidí pasar a conocer al poderoso invasor del que están hablando los estudiantes ¿y esto es lo que me encuentro? A un niño en vez de un gigante de tres metros, qué gracioso —sonreía placidamente y hasta con amabilidad.
—Estaba por decidir cuál será la mejor penitencia para él. ¿Alguna sugerencia? —le preguntó Albert ignorando sus absurdas bromas.
—¿Penitencia? Por favor Albert, peores cosas se han hecho aquí y el Patriarca los envía a casa a tomar leche —comentó hilarante, logrando que la amazona sonriera debajo de su mascara.
—El gran Patriarca me dejó a cargo —recordó pretencioso—. Yo no soy como él.
—Por Atena que no —susurró Souva tras fingir un malestar en su garganta.
—Estoy cansado de la poca disciplina que el Patriarca emplea para esta clase de sucesos. Creo que hay que mostrar un poco de mano dura de vez en cuando.
—¿Y vas a empezar con el chico? Qué desafortunado —examinó sutilmente al prisionero —. ¿Y qué es lo que exactamente buscaba este muchacho?
Al sentir que habría mas comprensión de parte de ese hombre es que Sugita se atrevió a decir finalmente— ¡El único motivo por el que estoy aquí es para convertirme en un santo, servir a la diosa Atena es mi deseo y sólo ante los ojos del gran Patriarca eso es posible! —los soldados lo sujetaron por los hombros—. ¡He entrenado toda mi vida para el día en que tuviera que venir hasta aquí y demostrarle que estoy capacitado!
Al expresar tal convicción, Sieg sintió hasta deseos de ponerse de su parte. Ya que era capaz de recapacitarlo, Sugita no parecía una mala persona, y al hablar con esa pasión, expresando abiertamente su deseo por servir a la causa de los santos de Atena, le impedía seguir sintiendo recelo o rencor hacia él.
—Es evidente que conoce sobre el cosmos —señaló la amazona quien del mismo modo había estudiado al muchacho —Está activo en él y posee su propio brillo.
—Concuerdo con Shaina, y hasta tú debiste percatarte de lo mismo desde la primera vez —comentó Souva—. Yo digo que le demos la oportunidad, pero... ¿por qué no te quitas las dudas de encima, Albert? Tú sabes... —se tocó la frente con un dedo— Has eso que siempre haces. Descubre si lo que dice este chico es cierto o no, pero no juzgues tan a la ligera, recuerda que al gran Patriarca no le gusta perder a ningún joven con talento— le recordó Souva con un deje de advertencia.
Souva tenía razón, pero sólo en parte. Si Albert desea conservar la apariencia de hombre justo y respetable, debía dejar a un lado su soberbia y buscar la verdad. Bajó hasta donde Sugita, extendiendo una de sus manos hacia él.
Por reflejo es que el muchacho echó la cabeza para atrás cuando quiso tocarle.
—No te muevas, esto no te dolerá —le explicó pasivamente, sin forzar el contacto.
Sugita buscó un consejo silencioso en Souva quien asintió, animándolo a aceptar.
Él ya no se resistió, por lo que Albert fue capaz de poner su mano sobre su cabeza. El responsable ahora por el Santuario cerró los ojos, conectando su mente a la de Sugita.
Los presentes lo vieron cerrar los ojos. Souva y Shainan sabían de la habilidad telepática de Albert. Sólo la gran voluntad sabe cómo reparte esas habilidades especiales a los seres humanos, tal vez él previó que en su vida Albert sería un hombre que se dejaría llevar por su suspicacia cuando en verdad debía ser capaz de ver más allá de ella.
Albert comprobó que la mayor parte de su vida Sugita efectivamente había sido entrenado en las enseñanzas de los santos; la forma en la que controlaba su cosmos, el rostro del maestro que lo adiestró, sorprendiéndose al descubrir el poder que le fue cedido; ilustraciones que había visto en libros antiguos saltaba dentro de esa lluvia de imágenes. Pero había algo más ahí, debajo... muy por debajo de los recuerdos, oculto en el subconsciente, grabado en el alma...
Albert abrió lentamente los ojos, tomándose su tiempo para retirar su mano. Su mirada se acentuó más seria de lo usual, un brillo de desconfianza los iluminaba.
En silencio y sin dirigirse a nadie todavía, Albert comenzó el ascenso por las escalinatas blancas. Souva lo siguió con la mirada, despertando en él una corazonada no muy alentadora.
El de cabello azul subió bastantes escaleras, pero en un último peldaño es que ordenó sin mirar a atrás— Llévenlo a Cabo Sunión.
—¿Qué dices? —exclamó contrariado Souva, golpeado por la misma sorpresa que invadió a Shaina y a Sieg—. ¿Qué acaso te has vuelto loco? —espetó Souva antes de subir para darle alcance y enfrentarle.
—Centuriones, hagan lo que les digo —ignoró toda palabra por completo.
En Sugita se despertó un mal presentimiento al ver la reacción en Souva. Estuvo a punto de resistirse pero la voz de Albert lo tranquilizó. Él no le hablaba con su voz natural, pero de alguna forma estaba transmitiendo sus pensamientos a su mente.
—Si estás dispuesto a convertirte en un santo sin importar el costo, entonces deberás aceptar esta prueba. Te juro, por mi nombre y posición de Santo Dorado de Géminis, que si superas esta afrenta, yo mismo te llevaré hasta el Patriarca y le pediré ante Atena que te acepte como uno de nosotros.
Sugita no se opuso a ser conducido por los centuriones. Sieg intentó frenarlos pero el prisionero le hizo ver que no había necesidad.
—En Cabo Sunión te probarás a ti mismo, es el lugar donde Atena responderá a ti si en verdad te cree digno de pertenecerle.
—Albert ¿qué crees que estas haciendo? —reprochó Souva al meterse en su camino—. Acepto que el Patriarca te haya dejado a cargo en su ausencia, mas creo que estás tomando decisiones equivocadas ¿Qué pasa contigo? —reclamó irritado—. ¿Cabo Sunión? ¿Qué es lo que viste en el chico como para mandarlo a vivir ese infierno?
Albert respondió con su voz carente de remordimiento— No tengo porque darte explicaciones —decidió a pasar de largo, aunque Souva lo sujetó por el brazo, encarándolo
—Me enferma tu maldita forma de ser y si tolero esta ridiculez es sólo porque el Patriarca te cedió algunas libertades y fui testigo, sin embargo, aunque a mi no me tengas que explicar nada, espero que tengas una buena excusa para convencerlo a él de que tu decisión fue sensata.
—Suéltame, que no lo repetiré dos veces —sugirió Albert con severidad—. Para que te quedes tranquilo Souva, puedo decirte que no busco el que muera. El resto será entre al Patriarca y yo ¿quedó claro? —preguntó sin ejercer fuerza en su brazo retenido.
Souva lo soltó de mala gana, maldiciendo algo en su idioma natal.
Albert se detuvo un momento únicamente para agregar— Ah, algo más. Creo que ya viene siendo tiempo en el que dejes tu ridícula manía de andar por ahí oculto tras la apariencia de un muchachito pueblerino alentando a sucios rapaces de violar la ley; si no quieres que estas cosas sigan pasando, claro.
Souva enchuecó la boca con fastidio, su pasatiempo ha sido descubierto. Fue una mala idea el dejarle leer la mente del muchacho, no por esa insignificancia sino por lo lejos que han llegado las consecuencias de todo esto.
—Niño, ¿en que te he metido? —pensó afligido.
FIN DEL CAPITULO 01
