CAPÍTULO 2
El día se presentaba caluroso y despejado. Greg desenterró la ropa deportiva con el logo del instituto de su apenas utilizada taquilla -cuya combinación tuvo que preguntar en secretaría-, se cambió en el baño y se dirigió a los estadios para presentarse a las pruebas del equipo de fútbol americano. Los demás alumnos que también se presentaban le miraban de reojo en los vestuarios, mientras se ponían rápidamente el equipamiento de protección. Algunos incluso parecían tener miedo. Idiotas.
Fue el primero en salir de los vestuarios y para su sorpresa Molly estaba esperándole fuera, con su chaqueta de las Pink Ladies, los brazos cruzados y cara de muy pocos amigos.
—Greg Lestrade, ¿se puede saber por qué no me has dicho nada de las pruebas?
—Esto... ¿No he tenido tiempo?
Molly le agarró del brazo y le arrastró hasta debajo de las gradas, donde nadie les podía escuchar.
—Los chicos están muy enfadados contigo.
—Ya lo sé—refunfuñó Greg—. No es mi culpa. Les dije que no podía ir al concierto y aun así se presentaron en mi casa. Ya sabes cómo se pone mi madre cuando... Bueno, da igual.
La cara de Molly se suavizó, pero siguió con los brazos cruzados.
—¿Entonces es cierto lo que se rumorea? ¿Mycroft es el ayudante del entrenador?
Greg agradeció el cambio de tema, no le gustaba hablar de su familia, aunque tampoco estaba completamente cómodo hablando de Mycroft. Bajó la cabeza, un poco avergonzado.
—Le vi ayer con mis propios ojos. No he podido resistirme.
—Me lo imaginaba. Y me parece una muy buena idea.
—¿Ah, sí?—preguntó curioso.
—¡Claro! Quién sabe, a lo mejor estás hecho para el fútbol y acabas siendo jugador profesional.
Greg se echó a reír, conmovido por el optimismo de su amiga.
—No te hagas ilusiones, no soy bueno para nada. Dudo bastante que pase las pruebas.
—No digas eso, Greg. Todo el mundo es bueno en algo. Puede que tu futuro no esté en los estudios, sino en los deportes.
—Mira, déjalo, ¿quieres?Me vas a contagiar tu optimismo y luego me deprimiré cuando me echen a patadas del campo.
—Idiota—le dijo Molly cariñosamente con un suave puñetazo en el brazo, gesto que Greg le devolvió.
—Pink Lady.
—Eso no es un insulto.
—Para mí, sí. ¿Al final os llevaron los chicos al concierto?
—Vinieron a por nosotras cuando les dejaste plantados. Estuvieron toda la noche quejándose.
—Que se enfaden. No me importa.
—No mientas.
Greg suspiró de cansancio. No entendía cómo Molly podía leerle tan bien. Temblaría continuamente si fueran novios.
—¿Qué quieres que diga? No entenderían que quisiera descansar para rendir lo máximo posible. ¿Y cómo les explico mi repentino deseo de participar en algo del instituto? No, sólo me metería en problemas.
—Si te sirve de consuelo, yo te apoyo—le aseguró con una sonrisa y un apretón en el hombro.
—No sabes cuánto lo aprecio, de verdad. Y me voy ya, que no quiero llegar tarde—se puso el casco y echó a correr hacia el campo.
—¡Buena suerte!—le deseó Molly con un grito.
Se lo agradeció con un gesto de la mano y en seguida se centró en la tarea que tenía por delante.
O-O-O-O-O
Mycroft no terminaba de creérselo. Miraba una y otra vez el nombre de la lista, pero no cambiaba. No era una alucinación. Greg Lestrade se presentaba a las pruebas para entrar en el equipo.
—Entrenador, ¿seguro que la lista está bien?
—Por cuarta vez, sí, está perfectamente. Yo mismo he copiado los nombres.
—Pero Lestrade está puesto. Ni siquiera viene a clase, no debería tener derecho a presentarse.
—Está matriculado, es más que suficiente. ¿Y le has visto alguna vez en clase de Educación Física? Merece la pena darle la oportunidad.
No, no se había fijado en clase de Educación Física. Pero se acordaba muy bien de las fechorías que le hizo en primer año, de la humillación que tuvo que soportar por su culpa cuando le vio derrotado por la banda de delincuentes. Del dolor que le habían provocado él y sus amigos desde que pisó el instituto.
Empezaron con el entrenamiento, al que Mycroft no hizo mucho caso, y pronto pasaron a las pruebas de admisión. Tenía la esperanza de que no se presentara, a fin de cuentas era un delincuente, pero allí estaba riéndose con John Watson. Había crecido desde la última vez que le vio, y si no fuera porque conocía su trayectoria de primera mano se podría decir que era un estudiante cualquiera más.
Todos los solicitantes se pusieron en fila frente al entrenador y él. Evitó por todos los medios posibles mirar a Lestrade, y lo consiguió hasta que le tocó hacer las pruebas individuales. Tenía que admitir que era el mejor con diferencia.
Era veloz, tenía mucha resistencia, no cometía ninguna falta y cuando llegaron las pruebas conjuntas se vio que podía trabajar en equipo sin molestar a nadie. Y por si eso fuera poco, tenía presencia. Su figura se imponía ante la de los demás, no porque fuera más alto, que no lo era, sino por su carisma natural. El entrenador no paraba de sonreír y más de una vez le guiñó el ojo cuando Greg hacía un buen movimiento.
Tendrían que meterle en el equipo.
No tardaron mucho en decidir quiénes serían los demás aceptados, y le tocó a Mycroft decir sus nombres. Cuando nombró a Lestrade ni siquiera le miró, y pretendía pasarse así el resto de entrenamientos.
Iba a marcharse cuando notó una presencia a su lado.
—Hola, Mycroft—oyó que le decía Lestrade.
—¿Qué quieres?—le preguntó de mala gana y sin mirarle. No le habría contestado siquiera, pero como ayudante del entrenador era su responsabilidad. Empezaba a dudar que la beca requiriera tantísimo esfuerzo por su parte.
—Sólo quería agradecerte que me metierais en el equipo.
—No ha sido por gusto. Es por el equipo.
—Ya, suponía algo así—Mycroft le echó una rápida mirada mientras terminaba de recoger. Estaba rojo a causa del calor y el esfuerzo físico y tenía algunos mechones negros pegados a la frente por el sudor.
—Si eso es todo, me voy—no quería pasar más tiempo del necesario con él.
—En realidad no. Quería disculparme.
Mycroft se quedó congelado en el sitio cuando oyó esas palabras. ¿Lestrade, disculparse? ¿Acaso estaba en un universo alternativo?
—¿Disculparte?—preguntó lentamente, esta vez sí mirándole fijamente.
—Por mi comportamiento en primero. Era un imbécil que quería encajar, pero no es excusa por todo lo que te hice. Ni tampoco excusa lo que te hicieron los demás.
Y lo que le seguían haciendo de vez en cuando, pero no pensaba decírselo a Lestrade.
—¿Algo más?
Lestrade pareció perdido durante unos segundos, pero en seguida se recuperó. Aunque le dio la impresión de que estaba triste.
—Tenía la esperanza de poder dejar todo eso atrás y empezar de cero.
Mycroft le miró a los ojos, sin pestañear, penando si pegar a un integrante del equipo repercutiría en la obtención de la beca.
—Acepto tus disculpas, pero no deseo "empezar de cero". Conozco bien a los de tu calaña.
El rostro de Lestrade no cambió, no mostró si esas palabras tuvieron algún efecto en él. Pero no le importaba. Sólo quería devolverle un poco del daño que le había hecho.
—Lo respeto—dijo Lestrade solemnemente—. Si en algún momento cambias de opinión, sabes dónde encontrarme.
—Créeme, no cambiaré de opinión.
Y sin esperar otro comentario más, se marchó del campo de fútbol americano hacia el despacho del entrenador. Estuvieron preparando nuevas estrategias para esa temporada y para sus sorpresa se le daba mejor de lo que pensó en un principio, y antes de darse cuenta tenía que volver a casa.
Llegó justo a tiempo para cenar. Su madre le recibió con un beso en la mejilla. Era una mujer preciosa, o al menos eso era lo que siempre había pensado. Tenía el pelo negro como el carbón, unas facciones redondeadas y unos pómulos altos envidiables, pero lo más impactante eran sus ojos azules que reflejaban su gran inteligencia.
Era uno de sus ejemplos a seguir. Fue una de las primeras mujeres en asistir a una facultad de matemáticas, y la primera mujer en publicar manuales universitarios y algunos ensayos sobre la situación de la mujer en los campos científicos y su importancia para el futuro desarrollo de las ciencias puras. Habría tenido una carrera brillante, pero lo dejó todo de lado cuando él nació. Siempre la había oído decir que la sociedad no estaba preparada para una madre inteligente y trabajadora, y aunque de vez en cuando publicaba algunos artículos y seguía trabajando en casa, Mycroft sabía que si no le hubieran tenido habría llegado muy lejos. Nunca se había sentido responsable, a fin de cuentas su madre fue quien tomó la decisión de centrarse en su familia, pero en parte quería tener éxito en su carrera profesional para reconocer y agradecerle ese sacrificio a su madre.
—Mi guapo entrenador. ¿Cómo han ido las pruebas?
Un sabor amargo se le instauró en la garganta al recordar a Lestrade.
—Bien. Tenemos un buen equipo este año. El entrenador está muy emocionado.
—Me alegro mucho cielo. Hoy papá va a tardar en llegar, así que empezaremos a cenar sin él. Llama a Sherlock, a lo mejor a ti te hace más caso.
Dejó la cartera encima de su cama y llamó a la puerta de al lado.
—¿Sherlock?
—Ocupado—respondió desde su habitación.
Mycroft ya se conocía la escena, así que entró sin esperar a que le diera permiso -que conociendo a su hermano, sería nunca-. Como siempre, la habitación de Sherlock estaba echa un desastre, te podías encontrar los objetos más disparatados en los sitios más insospechados. En ese momento su hermano estaba observando una pecera llena de un líquido verde.
—La cena está lista.
—Ocupado.
—¿Has hecho los deberes para mañana?
—Aburrido.
—Es tu futuro el que te estás jugando—le recriminó, pero su hermano le ignoró—. Hablé el otro día con la directora. Al parecer pasas mucho tiempo en su despacho. ¿Lo saben papá y mamá?
—Obviamente no, si no estaría fuera quitando hierbajos hasta que me sangraran las manos.
—Y harían bien—cerró la puerta tras sí, asegurándose que su madre no les estaba escuchando desde la cocina. Era lo malo de vivir en una casa pequeña, no tenías mucha intimidad—. En serio, Sherlock, debes tomarte el instituto más en serio. Si no se lo quieres decir a papá y mamá, por lo menos dímelo a mí.
—¿De la misma forma que me has dicho que me dejarás solo y te irás a Harvard?
Quiso preguntarle cómo se había enterado, pero era un caso perdido. Él también lo habría averiguado si estuviera en su lugar.
—Eso es distinto. Además, aún no me han ofrecido la beca.
—Lo que digas. Me pregunto cómo papá y mamá se creen tus mentiras.
Mycroft suspiró de desesperación.
—No les he mentido en ningún momento y lo sabes.
—Por favor—resopló Sherlock prestándole atención por primera vez—, nadie se cree que disfrutas del deporte. O que es un estímulo intelectual.
Era cierto que no le había dicho toda la verdad sobre su puesto como ayudante del entrenador a sus padres, pero era porque no podía decirles que era para conseguir una beca en una universidad casi en la otra punta del país. Estarían destrozados, querían que fuera a una universidad más cercana que se pudieran permitir, su padre sobre todo era muy orgulloso con el tema del dinero. Habían conseguido todo trabajando duro y querían pagarle los estudios con su esfuerzo.
—Me encargaré de decirles todo cuando sea el momento adecuado. Ahora no lo es—Sherlock volvió a resoplar y se giró para mirar otra vez la pecera—. No te voy a abandonar, Sherlock. Si consigo la beca podrás ir a verme siempre que quieras, e incluso estoy seguro de que podrías colarte en los laboratorios de química.
Eso captó la completa atención de Sherlock, quien de repente tenía los ojos brillantes de emoción.
—¿De verdad?
—Sí. Pero sólo te ayudaré si mantienes la boca cerrada.
Sherlock pareció dudar unos segundos, pero los dos sabían que acabaría cediendo.
—Está bien. Pero tú tampoco puedes decirles nada a papá y a mamá de mis visitas a la directora.
—Trato hecho. Y ahora a cenar antes de que mamá empiece a sospechar.
Aun a pesar de todo, estuvieron toda la cena lanzándose indirectas, su madre ajena a todo. Era una mujer muy feliz e inocente.
Cuando Mycroft les deseó a todos buenas noches volvió a su habitación, hizo rápidamente todos los deberes para el día siguiente y repasó las tácticas del equipo, lo que irremediablemente le llevó a pensar en Lestrade.
Era un delincuente, y siempre lo sería. Tenía la sensación de que alguna razón oculta le hizo pedirle perdón, no era posible que lo hubiera hecho simplemente por estar arrepentido. Las personas como él no cambiaban, no se arrepentían, pero por más que pensaba no encontraba esa razón oculta.
¿Y qué era eso de empezar de cero? Definitivamente Lestrade quería algo de él, o quería que tuvieran la confianza suficiente para hacer algo. No había más posibilidades.
Lo que tenía que hacer para conseguir la beca y salir de esa ciudad sin futuro.
O-O-O-O-O
Greg había deseado con todas sus fuerzas que ese día no fuera uno en los que su madre estaba de mal humor, que cada vez escaseaban más.
—¿Se puede saber de dónde vienes tan tarde? ¿Otra vez has salido con esos que llamas amigos?
Tiró la cartera prácticamente vacía en su pequeño cuarto, donde no entraba nada más que la cama, una pequeña cómoda y un bloque de madera que él mismo había tallado para que hiciera de mesilla de noche.
—Vengo del instituto—respondió sin ganas, sabiendo que lo le iba a creer.
—Es la mentira menos creíble que me has dicho en años—le reprochó su madre, mientras se maquillaba en el baño para ir a trabajar—. Si vas a mentir, al menos di algo creíble.
—Me he presentado a las pruebas del equipo de fútbol...
—Está bien, si no me quieres decir dónde has estado, allá tú. Mierda, ya llego tarde.
Su madre pasó como una centella hasta su habitación, solo un poco más grande que la suya, y salió casi al momento con el uniforme del nuevo restaurante de comida rápida que habían abierto cerca de allí.
—Si te duchas no uses el agua caliente.
Y como de costumbre se fue sin despedirse. Greg se dejó caer derrotado en el único sofá del piso y ni siquiera hizo el esfuerzo de levantarse a encender la televisión. Cada vez era más deprimente ir a esa casa noche tras noche. Menos mal que se había duchado en los vestuarios o habría tenido que ir a casa de Molly, como ocurrió hacía unas semanas. Y aunque tuviera que hacerlo, no se habría movido. No tenía ganas de nada, ni de cenar. Sólo quería cerrar los ojos y olvidarse de todo. Pero cada vez que lo intentaba veía la cara de odio de Mycroft y el corazón se le rompía un poco más. Sabía que no tenía que haber esperado otra reacción por su parte, pero una cosa era imaginar esa mirada y otra muy distinta sufrirla en la realidad.
Odiaba esos días. Sabía lo que haría a continuación, ir a la despensa "secreta" de su madre y robarle una botella de alcohol. Pero estaba harto, y más de tener que aguantar después los gritos de su madre. Así que hizo lo único que le quedaba: acudir a la única persona en la que podía confiar.
Descolgó el teléfono de la cocina y marcó el número que cada vez se le hacía más familiar.
—¿Diga?—preguntó un hombre al otro lado.
—Me gustaría hablar con Molly, por favor.
—¿De parte de quién?
Su mala fama era conocida en toda la ciudad, y si daba su nombre el padre de Molly se escandalizaría. Así que habían acordado un nombre en clave.
—Soy Scott, señor Hooper.
—¡Molly, Scott al teléfono!—oyó que gritaba el padre en la lejanía—. Y no estés mucho rato que por la mañana no habrá quien te levante.
—¿Greg?—preguntó Molly tras unos segundos de silencio.
—Ey, hola.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
—No, no lo estoy—admitió.
—¿Tu madre otra vez?
—Siempre es igual. Eso ya no me importa.
—¿Entonces...? Oh. ¿Has hablado con Mycroft?—preguntó preocupada.
—Me odia, Molly.
—Oh, Greg, cuánto lo siento. Pero seguro que...
—No intentes suavizarlo, no viste su cara cuando me acerqué a hablarle.
—¿Qué le dijiste?
—Le pedí perdón, y le pregunté si podíamos empezar de cero—soltó una carcajada seca y amarga—. Qué idiota soy.
—Por lo menos te has disculpado, ese es un gran paso.
—Para él no significa nada, estoy seguro.
—Vamos, Greg, no es para tanto. Ha sufrido acoso mucho tiempo, y aunque tú ya no le molestes no puedes esperar que lo olvide todo de un día para otro.
—Lo sé, pero...
—No, no te pongas pesimista. Te lo prohíbo.
Lo dijo con una voz tan mandona que consiguió hacer reír un poco a Greg.
—¿Y cómo me lo vas a impedir?—preguntó con sorna.
—Ayudándote.
—Ya, como si fuera tan fácil.
—Tienes que demostrarle que has cambiado de verdad, que no eres un delincuente.
—Hay un pequeño problema: lo soy.
—No, no lo eres. Esa es la imagen que le muestras a los demás, pero no lo eres realmente.
—¿Y qué diferencia hay? Es lo que todos piensan y no va a cambiar.
—No cambia porque tú no te esfuerzas. Dios, Greg, qué complicado eres a veces. Menos mal que me tienes a mí.
—Pero...
—Nada de peros. Te vas a volcar en los entrenamientos, empezando mañana mismo. Y el próximo paso será volver a clase. A todas, sin excepción.
—¿A todas? ¿Te has vuelto loca? ¡Estaré completamente perdido!
—Yo te ayudaré, no te preocupes. Así que vete a dormir que mañana será un duro día. Pásate a buscarme a las 7, ¿vale? ¡Hasta mañana!
Le colgó y Greg se echó a reír. Era cierto, ¿qué haría él sin Molly?
Cenó las sobras del día anterior y por primera vez en mucho tiempo se fue animado a dormir, esperando con ilusión la mañana siguiente. Le demostraría a Mycroft que era diferente, aunque le costase meses hacerlo.
Mañana por la mañana (en el horario español) subiré los dos capítulos siguientes, y con suerte para la tarde-noche estará terminado. ¡Gracias por leer, seguir leyendo, darle a fav, follow y/o dejar review! :D
