¿Un nuevo integrante en la familia?

El hechicero más poderoso que ha pisado la tierra pensaba que bien podría haber muerto de cansancio, Arthur le había llenado de deberes después de que le encontró con Gaius, mientras él se dedicaba a la búsqueda del niño druida. Merlín no había parado de pensar y sentir sobre sus hombros la responsabilidad de lo que había hecho. Ahora estaba consciente de que no sabía cómo revertir el hechizo, esperaba que al menos Gaius sí.

Después, durante la charla de Arthur con su padre, Morgana había defendido al druida y al niño, eso le había sorprendido mucho. Pero Uther era implacable y había seguido con la ejecución del hombre, Merlín no sabía si era su padre, pero sentía mucha pena. Morgana tenía tanta razón, él no había ido a Camelot para hacer daño, si así fuera jamás habría llevado a un niño con él. Uther veía enemigos donde no los había y esa sería la suerte que Merlín tendría si se descubría su magia.

Arrastró sus pies de vuelta a la torre y abrió la puerta. Gaius estaba sentado a la mesa, la cena calentándose en la chimenea. Al parecer, el niño aún no había despertado.

—Te ves muy mal —Comentó el hombre mirándolo de pies a cabeza. Merlín sabía que era cierto, tenía los pies molidos y no sentía los brazos. Además, estaba lleno de excremento de caballo y heno, limpiar los establos era el castigo favorito de Arthur. Además, el peso de la realidad de su vida era demasiado.

—Supongo que sí —Murmuró y se dirigió a su habitación, necesitaba un baño.

—La cena estará lista pronto.

—Gracias, Gaius.

Ya limpio, Merlín se sentó y tomó su cena con ganas. Estaba hambriento. Gaius le observó.

—Toma un respiro, tendrás una mala digestión si comes tan rápido.

Merlín le sonrió con las mejillas llenas, luego tragó.

—Lo siento, está delicioso. Moría de hambre —Se dio cuenta de que Gaius estaba tardando mucho en comer, es más, jugueteaba con su cuchara—. ¿No tienes hambre?

—Estoy preocupado —Admitió Gaius, enviando una mirada al joven durmiente detrás de Merlín—. ¿Qué harás cuando despierte?

Encogiéndose de hombros, Merlín tomó un pedazo de pan: —Él sabía que le lanzaría un hechizo de envejecimiento, no creo que esté muy sorprendido. Aunque quizá esperará ser un viejo, no un muchacho. Cuando su herida haya sanado, le ayudaré a salir de Camelot. Hablando de eso, ¿sabes cómo romper el hechizo, cierto?

—Creo recordar —Respondió Gaius con un suspiro—. Tengo que leer un poco. Debes tener cuidado, si Uther se enterara…

—Lo sé —Dijo Merlín y dejó de masticar, sintiendo un malestar en el estómago—. Uther matará al hombre druida. Ni Arthur ni Morgana pudieron convencerlo de lo contrario.

—Me asombraría que pudieran hacerlo. Uther Pendragon ha perdido la razón en cuanto a magia se trata. No hay nada que le pueda hacer cambiar de opinión.

—¿Por qué te quedaste aquí, Gaius? —Quiso saber Merlín por primera vez—. ¿Por qué no huiste? Elegiste renunciar a la magia cuando él te dio la opción.

—Porque si me hubiera ido, jamás habría podido escapar de él. Seguiría cazándome, como a los demás. No estuvo contento hasta que todos los que alguna vez fueron sus amigos desaparecieron o murieron.

—Te quedaste para protegerlos —Dijo el brujo. Gaius asintió y siguió comiendo en silencio—. Gaius, eres tan valiente.

—No lo soy, mi muchacho, solo quise conservar mi cabeza. Para otros, eso es pura cobardía.

—No creo que seas cobarde. Renunciaste a todo lo que conocías por proteger a otras personas, por evitar que Uther perdiera el juicio completamente. Si alguien piensa eso que dices, te está quitando mucho crédito.

—A veces creo que no soy un buen ejemplo —Señaló Gaius, mirando de nuevo al chico de forma amarga y culpable—. Te aconsejo que entregues a tu propia gente a Uther para que la ejecute. Aún después de todo lo que has hecho, de renunciar a tu magia por permanecer al lado de Arthur. Tú si eres valiente, Merlín.

Merlín tomó su mano arrugada entre la suya.

—Sé que lo haces porque te preocupas por mí. No hay nada de malo en eso. Pero no puedo abandonar a alguien que me necesita, yo ayudaré a Arthur a restaurar la magia. No tiene caso hacer eso si voy a permitir que maten a todo el que la posea.

—Admirable —Murmuró Gaius y le dio una sonrisa sincera. Merlín amaba a ese viejo con todo su corazón, como al padre que siempre había echado en falta.

Terminaron de cenar y Gaius tomó su habitación, ya que el niño druida tenía su cama. Merlín se acostó en el suelo a su lado y lo escuchó respirar tranquilo. Eso le permitió acallar sus pensamientos e imitando el sube y baja de su pecho, también se quedó dormido.


"Mordred". Su padre le estaba llamando. Aún en la bruma, sus pensamientos se enlazaron con los suyos y lo pudo sentir, fuerte, como siempre había sido. Sin embargo, estaba triste. "Sé que debes estar asustado. Lamento no haber podido protegerte correctamente". Mordred intentó despertar, de verdad lo intentó, pero no pudo. Quería decirle a su padre que no tenía que preocuparse por ello, su educación había sido buena, su amor mucho más. Que sabía que le amaba y él lo amaba de regreso. Sin embargo, las palabras nunca pudieron salir de su mente. "Espero que estés a salvo. Debes ser fuerte. Busca a Iseldir, él te protegerá".

El niño pensó que su padre había terminado el enlace y se quedó en silencio, todo en su mente. La despedida era dolorosa. Él tenía algunas cosas que quería compartir con su padre, aún no había sido suficiente tiempo en su compañía.

"Te amo, hijo". Fue el último susurro de Cerdan.


Mordred abrió los ojos de golpe y se incorporó violentamente en la cama. Sintió la punzada de la herida y gimió bajito. El sonido le asustó. Miró a todos lados con terror, dándose cuenta de que no sabía dónde estaba. Las ganas de llorar le invadieron, estaba asustado.

Una mano surgió de la nada desde el suelo y él se agazapó contra la pared, segundos después un muchacho se estiraba, sus articulaciones crujiendo mientras gemía. Mordred reconoció los ojos adormilados que le observaron, era el brujo al que le había implorado por ayuda. Emrys.

¿Cómo sabía que era él? Había sido confuso al inicio, pero algo en él gritaba poder y magia. Las historias que su padre le había contado desde que era un bebé, sobre un hechicero que los haría libres, resonaron en cuanto lo vio. Algo en el corazón de Mordred le reconoció, aún a su edad. Era algo antiguo que se enlazó a su magia y cantó, la necesidad de postrarse a sus pies y servirle. Aún nublado por el terror, la primera vez que lo vio pensó que era hermoso.

—Despertaste —Murmuró el brujo, tallándose un ojo. Su cabello estaba en punta en algunos lugares y aplastado contra su cráneo en otros. Pero sus ojos fueron brillantes al verle, ojos como el mar en calma—. ¿Te sientes mejor?

Mordred no respondió, su corazón latía acelerado. Miró sus manos, porque no estaba seguro de poder sostener la mirada de Emrys por tanto tiempo. Lo que vio en ellas hizo que las levantara. ¡Sus manos eran gigantes! Y aún más, ¿qué era todo ese músculo adherido a su pecho? Su expresión cambió a una horrorizada mientras llevaba una mano a su rostro, palpando. Emrys arqueó las cejas al verlo y luego levantó las manos conciliador.

—Es el hechizo de envejecimiento ¿recuerdas? —Lo recordaba, pero no lo hacía más fácil. Era un hombre, no un viejo—. Algo no salió tan bien y solo envejeciste unos cuantos años. Pero no está nada mal, te ves bien y además ha funcionado, los guardias no te reconocieron.

Emrys se levantó en toda su altura, era muy, muy alto y caminó hasta un espejo con pasos sueltos, piernas largas. Lo puso frente a él para que observara. Lo que vio allí fue extraño. Era él, pero otro él. Eran sus ojos, de eso estaba seguro, y su nariz, pero era más afilada y su mandíbula más cuadrada y fuerte. Ya no era un niño y sin embargo era muy joven para ser un hombre. Lucía del mismo tiempo que Emrys y eso era fascinante, también aterrador.

—¿Ves? Estás entero al menos —Mordred asintió, dudoso de la frase. ¿Si Emrys hubiera fallado le habría faltado algún miembro?—. También ha cedido tu fiebre. Imagino que la herida estará sanando. He deslizado un poco de magia para agilizar las cosas.

El druida miró su brazo vendado, realmente no quería ver. Pero era cierto, ya no dolía tanto.

"Gracias, Emrys". Dejó ir. El chico en cuestión abrió mucho los ojos, quizá le incomodaba que le hablara mentalmente. Entonces dijo en voz alta:

—Te debo mi vida.

Ambos contuvieron el aliento. Mordred porque su voz sonó realmente grave, vieja y Emrys, bueno, no estaba seguro de por qué Emrys lucía tan asombrado.

—Qué impresión —Lo escuchó murmurar, Mordred llevó una mano a su garganta—. Tranquilo, esa será tu voz algún día.

El chico druida respiró para tranquilizarse, cuando lo hizo, cambió su expresión a una realmente asustada. La voz de su padre aún resonaba en sus pensamientos, pero no podía sentirlo más.

—Mi padre…

—Lo siento tanto —Murmuró Emrys, toda su cara era sincera y triste—. Él… se ha ido.

Mordred sintió hielo por todo su ser, hielo que se expandió hasta que no lo soportó más. Su corazón cayó al fondo y las lágrimas se agolparon en sus ojos. El grito no fue físico, fue mental, y había tanto dolor en él que se exteriorizó. El espejo que Emrys sostenía se rompió. El brujo lo dejó caer al suelo y terminó de partirse. El druida llevó sus rodillas al pecho y escondió la cara, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Estaba solo, ya no tenía nada.


Merlín vio sus hombros moverse y sintió deseos de acercarse, pero estaba mareado. El grito del niño había resonado en su mente, doloroso, desgarrador. Era tan desconcertante. El chico tenía la voz de un hombre pero en su mente seguía sonando como el niño apoyado en el carrito. Supuso que era porque en su mente aún era ese niño. Su vista se vio como marea y solo atinó a estirar su mano y ponerla en su hombro. Los músculos eran macizos y se tensaron bajo su toque. Merlín estaba consolando a un niño que tenía la apariencia de un hombre.

En ese momento, el druida levantó su vista. Solo había derramado unas pocas lágrimas, una de ellas aún se deslizaba entre sus largas pestañas. Miró a Merlín de una forma extraña, aunque no le incomodó en absoluto. Sus ojos eran claros como agua cristalina. Merlín recordó que en su forma de niño era absolutamente encantador, tanto como un niño puede serlo, pero de joven, el druida era desconcertante. Tenía incluso más atractivo que él, casi tanto como Arthur.

—No estás solo —Le dijo, porque fue lo único en lo que pudo pensar al verlo. Él se sentiría terriblemente solo si perdiera a su madre, en sus zapatos eso era lo que querría escuchar. Lo comprendía. Un ser de magia, solo, sin nadie más. El niño le miró fijamente y más lágrimas se derramaron, gruesas. Bajó el rostro viéndose desdichado.

—Lo estoy, Emrys —El dolor en su voz era menos palpable que en sus pensamientos, quizá porque escuchar a un niño triste era mucho más desgarrador.

—No —Afirmó Merlín y se sentó a su lado en el camastro—. Yo cuidaré de ti. Te devolveré a tu gente.

El druida no respondió, pero siguió viéndose desolado. Dio un asentimiento que probablemente significaba "gracias". Merlín intentó sonreír, pero no pudo, así que solo apretó un poco más su hombro.

—Por cierto —El chico levantó sus ojos hacia él en expectativa—. ¿Por qué me llamas así?

—¿Emrys? —Merlín asintió—. Entre mi gente, ese es tu nombre.

—¿Entre tu gente? ¿Sabes quién soy? —Su frente se arrugó ante la confirmación—. ¿Cómo?

Estirando las piernas, el joven pareció relajarse un poco. Merlín decidió que era bueno distraerlo, aunque realmente tenía mucha curiosidad.

—Me han hablado sobre ti desde que tengo memoria. Mi padre me contaba historias, sobre que guiarás al único y futuro rey para unir Albion.

Ante la mención de su padre, los hombros del chico se hundieron y pareció el niño que realmente era.

—Único y futuro rey —Dijo Merlín—. ¿Hablas de Arthur?

—Sí… supongo que sí.

El joven brujo notó que el chico ya no le ponía más atención, sumido en sus pensamientos. Sintiéndose igual de triste, se levantó.

—Debes tener hambre —Murmuró—. Gaius no tarda en despertar, será mejor que prepare el desayuno.

—¿Gaius?

—Mi tutor —Sonrió Merlín—. Él sabe de ti, no pongas esa cara. No es tan malo, solo un poco gruñón.

El chico asintió, mirándolo mientras comenzaba a preparar el desayuno, dando vueltas entre las cosas. Por el rabillo del ojo observó que se tomaba su tiempo en mirar los estantes llenos de frascos y libros. Luego cómo se observaba a sí mismo, los brazos fuertes y el pecho ancho. Merlín se imaginó así mismo de niño despertando con la edad que poseía. Seguramente se preguntaría cómo demonios se hizo tan alto, porque flaco siempre había sido.

Gaius emergió de su habitación, tronándose la espalda tal y como Merlín lo había hecho antes. El brujo sonrió, era un gesto que había tomado sin querer. El anciano le miró primero a él y luego al chico en el camastro.

—Buenos días —Saludó educadamente. El druida estaba mirándole con cautela.

—Buenos días, Gaius —Respondió Merlín y animó al chico a hacerlo mismo con un gesto.

—Buenos días.

Lo dijo tan bajito que ambos se quedaron quietos, pero él no lo repitió. Merlín desestimó el hecho y continuó con lo que hacía.

—El desayuno estará listo en un momento.

Los dos se sentaron en la mesa y esperaron, el tercer plato estaba en el costado. El chico druida les miró sin saber qué hacer.

—Ven, es para ti.

Se levantó, siseando un poco por su brazo. Fue entonces cuando todos notaron que estaba desnudo. Merlín le miró mientras adoptaba una actitud tímida, pero difería de ello, si él tuviera esos músculos los luciría con orgullo, pero aquel era un niño, se recordó. El druida miró a todos lados, entonces encontró su camisa en el suelo debajo de la cama, aún tenía sangre seca. La extendió y vio que era demasiado pequeña, ni su brazo cabría en el trozo de tela.

—Cierto —Dijo Merlín cantarín, era una escena un tanto cómica—. Lo había olvidado.

Se levantó y fue a su habitación, regresó con una de sus camisas y pantalones. Se los extendió al chico.

—Son míos, pero no me importa dejártelos. Veamos si te quedan, sino, tendrás que vestir una túnica de Gaius.

La hermosa cara del druida se arrugó en una mueca. Gaius dejó escapar un bufido hacia él.

—No lo atormentes, Merlín —Le dijo. El chico tuvo el acierto de mirarle agradecido, lo cual pareció inspirar la compasión de Gaius. Merlín estaba seguro de que pronto llegaría a querer a…

Ah…

—Cierto, no te he preguntado tu nombre.

—Mordred —Dijo el druida subiéndose el pantalón. Este le quedaba un poco largo, así que enrolló el dobladillo.

—Mordred —Probó Merlín. ¿Qué clase de nombre era ese?

Entonces Mordred se probó la camisa, que le quedó muy justa. Merlín hizo una mueca al ver que se veía mejor con su ropa que él mismo. Tenía los hombros casi tan anchos como Arthur y caderas esbeltas.

—Bien, servirá por ahora —Sentenció—. Ahora a desayunar. Siéntate.

Los tres sentados en la mesa era algo curioso, pensó Merlín. Mordred, cuyo cabello era oscuro y ojos azules, parecía su hermano. Estaba seguro de que pasarían por una familia si fuera la ocasión. Se sintió un poco emocionado —no tanto, el padre de Mordred acababa de morir—, porque mientras Mordred estuviera ahí, estaba seguro de que se harían grandes amigos. Él nunca había tenido un hermano y, por supuesto, nunca había tenido a nadie con quien compartir su magia.

Mordred comió la pasta dulce que Emrys había dicho que eran gachas. Sabían un poco desabridas; él había estado acostumbrado a comerlas con bayas del bosque junto a su padre. Miró a Merlín, cuyos ojos no le abandonaban por alguna razón, quizá esperando que se comiera todo el plato. Y lo intentó, en serio que sí.

—¿Quieres más? —Preguntó el brujo, había algo en la forma en que le miraba, como si esperara algo más de él. Pero le agradaba, porque no le miraba con recelo o desconfianza como lo había hecho la demás gente que conoció en su joven vida.

—Estoy lleno, gracias Emrys.

—¿Emrys? —Inquirió Gaius. Mordred le miró, pero fue Merlín quien respondió.

—¡Es interesante! —Lucía bastante animado. Algo en su pecho se removió al ver su sonrisa, su pecho se infló levemente al saber que él era quien la provocaba—. Así me llaman los druidas al parecer. Ellos tienen historias sobre mí, sobre lo que Arthur y yo lograremos.

—No me sorprende, su pueblo está lleno de personas con el don de la videncia —Gaius le miró un momento, fascinado—. ¿Tú posees ese don?

Mordred negó con la cabeza, no estaba acostumbrado a hablar de sus dones. Su padre le había dicho que fuera cuidadoso. No respondió.

—Él puede hablarte con su mente —Dijo Merlín. Mordred le miró rápidamente, sintiendo la traición. Merlín captó su mirada y su sonrisa se borró—. Lo siento, no debí decirlo sin saber si podía.

El niño decidió que le perdonaba, era Emrys después de todo. Si él confiaba en el anciano, también lo haría.

—No importa. Está bien, Emrys.

—Supongo que te han dicho que debes ser cuidadoso, pero no te preocupes, puedes confiar en nosotros —Dijo Gaius—. Hemos mantenido considerablemente bien el secreto de Merlín, estando en la boca del lobo. Sin embargo, no podrás confiar en nadie más fuera de estas habitaciones.

—Lo sé —Respondió Mordred y comenzó a apreciar a Gaius. Hablaba como su padre lo había hecho. Pensar en él dolía, pero desde mucho antes, Cerdan le había dicho que, si se llegaban a separar, él debería seguir adelante. Ser fuerte. Eso no lo hacía del todo fácil.

Emrys le sonrió comprensivo, como adivinando lo que pensaba. Él brillaba como un sol.

—Bien, debo irme.

El estómago de Mordred cayó tres metros bajo tierra. ¡Emrys iba a abandonarlo a la primera!

—¿A dónde? —Preguntó sin siquiera pensar. Gaius hizo lo que a partir de ese momento él y Merlín llamarían "La ceja de la perdición".

—Con Arthur, ese idiota no sabe ni vestirse sin mí. Mucho menos despertarse con el amanecer.

Dicho esto, se levantó para lavar los platos e ir a su habitación a cambiarse y peinarse un poco. Mordred se levantó para seguirle.

—¿Puedo acompañarte?

Merlín le miró desde dentro de su camisa.

—Por supuesto que no.

—¿Por qué? —Nunca había cuestionado a nadie, ni a su padre. Pero no quería quedarse solo con Gaius en esas habitaciones, no si podía seguir viendo la sonrisa de Emrys, eso le hacía sentir mejor.

—Pues es obvio, Arthur es el príncipe, si descubre que eres un druida te entregará a su padre y todo mi esfuerzo por mantenerte a salvo valdrá poco menos que una papa podrida.

Emrys hizo una mueca y se colocó un pañuelo en el cuello. Estaba listo para el día. La energía que Emrys desprendía era radiante y cálida, cargada de magia poderosa.

—No te vayas…

Las palabras fueron seguidas de una mirada que Merlín reconocería donde fuera. La mirada de "animalillo indefenso bajo la lluvia" que él solía darle a su madre cuando quería que hiciera su voluntad, y en la cara de un Mordred de diecisiete años era poesía. Claro que sabía que el druida no tenía más de once o doce años, pero su cerebro no sabía cómo registrar aquella información. Se sintió un poco incómodo.

—Bueno, puedo volver en cuanto pueda para hacerte compañía. Es decir, Arthur siempre está dándome tareas y esas cosas, pero vendré para el almuerzo.

Mordred pareció resignarse y asintió. Merlín revolvió su cabello al pasar, el chico tenía una pose solemne muy madura, sorprendente para un niño.

—Te veré luego.

El druida lo vio irse y no tuvo más remedio que sentarse a la mesa con Gaius, que le miraba un poco impresionado.

—Te agrada Merlín, ¿no es cierto?

Mordred asintió, no tenía muchas ganas de hablar.

—¿Quisieras ayudarme con mis deberes? —Se aventuró el hombre. El druida le miró confundido—. Eres un druida y soy un médico, estoy seguro de que te han estado enseñando algo sobre la curación ¿o me equivoco?

—Mi padre era... un sanador —Admitió con timidez. Gaius le sonrió y puso una mano en su hombro.

—Estoy seguro de que era muy bueno en lo que hacía. No te dejaré encerrado aquí si es lo que temes, vamos, iremos por algunas hierbas.

Se encontró asintiendo y dándole una sonrisa pequeña. Entonces ambos se prepararon para salir. Una vez fuera de la ciudadela, Mordred recordó perfectamente lo que había sentido al entrar a Camelot, una tierra muerta en la que no podía sentir a los animales y las plantas, pero que hervía con el barullo de las personas. En ese momento —que pareció bastante lejano, aunque solo había sido hace un día—, se sintió pequeño y desorientado. Como un hombre, Mordred se sintió diferente.

Gaius y él habían ido al bosque aledaño para recoger hierbas que conocía bien del trabajo con su padre, pero le habían dado un aviso de un niño que estaba enfermo, así que se dirigieron al pueblo. Gaius fue profesional al entrar y saludar, presentándolo como su ayudante temporal.

El niño tenía fiebre y evacuaciones regulares, algo que Mordred ya había visto antes en los asentamientos druidas. Consoló al niño de seis años, acariciando su coronilla. Gaius lo trató y dejó una mezcla de hierbas para él. Mordred agregó a la madre que podría agregarle un poco de miel para que supiera mejor. La mujer le agradeció con una sonrisa en sus llorosos ojos y ambos salieron del lugar.

—Eres bueno en esto —Le dijo Gaius, dejando caer la pesada mano en su hombro. Le felicitaba como a un muchacho mayor, no como un niño. La sensación le gustó. Esperaba que Emrys también estuviera impresionado.


Arthur le llevó consigo en la búsqueda por las cámaras, incluso entraron a la cámara de Morgana, quien le gruñó al príncipe sobre maltratar sus cosas y que no debería estar apoyando a su padre en la búsqueda de un inocente. El rubio había bufado y Merlín le sonrió a Morgana en complicidad antes de salir. Ella le había dado una mirada curiosa, como si supiera que escondía algo.

—Debo encontrar a ese niño antes de que mi padre decida desquitarse conmigo —Comentó Arthur a Merlín cuando se quedaron solos en sus cámaras. Un resoplido poco elegante le acompañó mientras se dejaba caer en su silla—. Parece haberse desvanecido.

—Tal vez logró huir —Respondió él un poco demasiado rápido, Arthur le miró, así que se encogió de hombros—. Tal vez al ser pequeño pudo deslizarse durante la noche sin ser visto.

—Él no lo cree, ya se lo he sugerido. Cree que alguien lo protege porque es pequeño y está herido, que no ven el gran mal que posee.

Merlín apretó los dientes, desviando la mirada. ¿Qué gran mal podía poseer un niño pequeño? Nadie nacía malvado. Y más importante aún, nadie elegía cómo nacer. Ni Mordred ni él habían elegido nacer con magia, la magia los había elegido.

—Quizá se metió en un barril y esperó a ser llevado fuera —Arthur le miró con una ceja alzada. Se encogió de hombros—. Yo lo haría, para alguien tan pequeño sería incluso menos incómodo.

—¿Te gusta dormir en los barriles, Merlín? —Dijo Arthur burlón, lo que le hizo fruncir el ceño—. Bien, lo tomare en cuenta la próxima vez que no te encuentre. Aunque normalmente sé que estarás en la taberna.

—¡Nunca estoy en la taberna!

—Díselo a alguien que te crea —Desestimó. Merlín rodó los ojos—. Puedes ir por mi almuerzo y después ir a tomar el tuyo.

—Claro, señor —Dijo Merlín con un mueca y salió.


Después de dejar el almuerzo, volvió a la cámaras de Gaius. Merlín encontró a Mordred sentado en la cama, mirando al vacío. Sus ojos apagados, como si pudiera ver más allá. Supuso que estaba pensando en su padre y, por un momento, pudo ver al pequeño chico que se escondía debajo del hechizo.

—Hola —Saludó. Al verlo, la expresión del joven cambió.

—Emrys.

Merlín torció el gesto, si alguien llegaba a escuchar al chico llamándolo así, bien podría despertar curiosidad innecesaria. Pero no dijo nada, él parecía cómodo con ello.

—¿Has estado solo todo este tiempo?

—No, Gaius ha ido por agua hace un momento. Fuimos al pueblo y…

Gaius entró, cargando un recipiente. Merlín se giró bruscamente a él.

—¡¿Qué fueron a dónde?! —Su gesto fue tan severo que Gaius se vio nervioso por un momento, luego se encogió de hombros. Mordred se puso de pie—. ¡Gaius! —Rezongó Merlín—. ¡Se supone que se quedaría aquí mientras se recupera de la herida!

—Tranquilízate, Merlín, pareces una mamá gallina —Le dijo el anciano. Mordred encontró gracioso el comentario pero borró su sonrisa ante la mirada aguda de Emrys—. Me llamaron para una emergencia, no quería dejarlo solo. Si los guardias venían a revisar de nuevo…

—¡Bien! —Resopló el brujo—. Dioses, esto me asusta tanto. Arthur está comenzando a desesperarse, Uther lo presiona para encontrarlo.

—No creo que lo reconozcan nunca —Animó Gaius—. En el pueblo nadie lo miró dos veces, salvo quizá algunas doncellas.

Mordred le miró con los ojos bien abiertos. Había dicho doncellas, no niñas, sino mujeres. Merlín pareció escéptico.

—Es de buen ver —Añadió el viejo. Fue suficiente para Merlín, que se volvió a la mesa y se sentó enfurruñado—. Además, fue de mucha ayuda. Él sí que tiene aptitudes para ser médico.

Un golpe bajo. Merlín miró a Mordred, quien se sintió automáticamente mal. No quería que Emrys se molestara con él, ¡era el primer día de conocerlo!

—No puedo creerlo —Murmuró.

—¿Qué? —Gaius se sentó frente a él—. ¿Estás celoso?

—No, nada de eso —Merlín suspiró. ¡Claro que se sentía celoso! Era el primer día de Mordred con ellos y Gaius ya lo había elegido como su predilecto—. Me alegra que estén bien.

Mordred se sentó tímidamente en la mesa y le miró de nuevo con esos ojos tiernos. No pudo con esa mirada, realmente no. Entonces le sonrió. Sus ojos brillaron, un contraste muy notorio en la mirada muerta que tenía cuando entró.

—Espero que tengan hambre —Dijo Gaius afable, mientras tomaba los tres cuencos. Mordred y Merlín le miraron—. Hice un guiso delicioso.

Merlín se acercó para susurrarle al chico.

—Siempre dice eso, no le creas.

—Te escucho bien, Merlín —Gaius enarcó su ceja hacia ellos—. El que esté viejo no me hace sordo. Además, esta vez lo digo enserio.

El brujo le sonrió irónico y miró la sopa, que realmente olía bien. Sabía que ese rico almuerzo tenía algo que ver con animar al pobre chico, que miraba su plato como si no tuviera mucho apetito a pesar de todo.

—¿No te gusta? —Preguntó Gaius. Mordred parecía mortalmente triste.

—Es mi favorito.

Tanto Merlín como Gaius se quedaron quietos ante sus palabras y le miraron preocupados. Gaius pareció culpable. Ninguno de ellos quería recordarle su pérdida, pero tampoco sabían qué podría desencadenar recuerdos. Mordred los miró entonces y se dio cuenta de que estaba contagiando su tristeza a ellos. Él no quería eso, porque si Emrys dejaba de ser tan alegre como lo había sido hasta entonces, no habría nada que le hiciera sentir mejor.

Tomó la cuchara y metió un poco en su boca, quizá con demasiada rapidez. Gaius tenía razón, estaba bueno, tanto como el que su padre preparaba. El guiso de conejo era lo que solía prepararle en su cumpleaños; tan solo recordar que ya no habría más cumpleaños a su lado hizo que las lágrimas se agolparan en sus ojos.

Entonces Emrys estiró su mano y la pasó por su cabello, sus largos dedos peinaron los rizos oscuros. Su cabello era más esponjoso en esa versión mayor de sí mismo. El calor subió a sus mejillas, el toque de Emrys era… no había palabra que lo describiera, al menos no una que conociera.

Gaius estaba mirándolos, a ambos, la forma cariñosa en la que su chico trataba al druida. Ver a Merlín siendo tan cálido con un muchacho de su edad era nuevo, ni siquiera con Lancelot se había atrevido a tal contacto. Sabía que tenía que ver con que el joven lo había visto como un niño y sabía muy bien que lo era, a pesar de su apariencia.

—Está rico —Murmuró Mordred después de tragar. Miró tímidamente a Gaius y le dio un esfuerzo de sonrisa. El anciano asintió en agradecimiento.

Merlín comió en silencio después de eso y luego volvió a salir.

Mordred no sabía si algún día llegaría a agradarle el que tuviera que irse para servir al príncipe. No conocía al hombre, pero dudaba que fuera digno de ser el amo de Emrys. Entre los druidas, el brujo era como un rey, que fuera tratado como un sirviente ciertamente los habría escandalizado.


Esa noche, Merlín llegó muy tarde y luciendo cansado, tanto que casi cae sobre Mordred en su búsqueda por descansar al fin sobre su cama. No se había dado cuenta de que estaba sentado allí, quieto en la oscuridad. Se preguntó momentáneamente si el niño siempre había sido así de callado o tenía que ver con su luto. Lo único que rompía el silencio eran los ronquidos de Gaius afuera.

—Mordred —Dijo al sentir sus manos sobre el estómago mientras le detenía. Eran fuertes y grandes, lo que envío un estremecimiento por su cuerpo—. Lo siento, no te vi.

—Está bien, Emrys —Respondió el chico, su voz un susurro ronco—. No sabía qué hacer, así que esperaba que volvieras. Temía que me pisaras si me acostaba en el suelo.

Merlín torció el gesto, no iba a dejarlo dormir en el suelo. Sin embargo, sus músculos protestaron ante la idea de estar sobre la fría piedra. Suspiró. Bueno, Mordred era un niño, seguro aún dormiría con su padre si le asustaba la oscuridad.

—Creo que podríamos acomodarnos de alguna forma.

—¿Qué quieres decir?

—Vamos —Animó, encendiendo la vela con su magia. Los ojos de Mordred se entrecerraron un poco bajo sus gruesas pestañas oscuras. Parecía confundido cuando Merlín rodeó la cama y se acostó en la orilla; la cama era pequeña pero dejó un espacio en el que un niño realmente cabría a la perfección. Mordred retuvo el aliento ante la idea de dormir con Emrys—. Ven.

Su corazón martilleó e negó con la cabeza.

—Dormiré en el suelo.

Merlín frunció el ceño.

—Por supuesto que no, ven aquí.

Mordred no pudo oponerse y se recostó vacilante; entonces se dio cuenta de que el espacio era muy pequeño para él ahora que no era un niño. Merlín se acomodó lo mejor que pudo, la cabeza de Mordred apoyada en la mitad de la almohada. Ambos sintieron que se caerían de la cama si se movían, así que se quedaron completamente quietos.

Tanto Merlín como Mordred se sintieron extraños, nerviosos. Evitaron que sus cuerpos se tocaran en la medida de lo posible. Mordred decidió usar sus manos como soporte y almohada al mismo tiempo. Y, dándose la espalda, notaron que aún había luz.

—Ah, la vela...

—Yo puedo —Mordred sopló al espacio vacío y la vela se apagó.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso?

—Mi padre.

—Asombroso —Murmuró el brujo. Mordred sonrió levemente.

—Buenas noches, Emrys.

—Buenas noches, Mordred.

Merlín fue el primero en caer en un profundo sueño, puesto que estaba cansado. Mordred lo escuchó respirar y, finalmente, decidió que él también debería dormir un poco. Su último pensamiento fue que Emrys desprendía magia cuando dormía, la pudo sentir arropándole.

Era una manta especialmente suave y cálida.