II
Comenzaron a llamarlo Human Hell durante su segundo año y sólo le dijo a una persona, su único amigo con toda seguridad, lo mucho que le disgustaba que se refieran a él de esa manera. Ante todos los demás, fingía que no le importaba. Dejar que sus compañeros y rivales notaran la irritación que le causaban sus bromas no era algo que estuviera dispuesto a hacer.
― Se escucha como alguna especie de castigo desagradable. Parece más el nombre de un villano ― Murmuró de mala gana.
― ¿Es así? Yo creo que se escucha bastante genial. Y te va bastante bien, ¿no? Las llamas que sacas son infernales.
― ¿Acaso escuchaste lo que dije, Yagi?
― ¡Era sin ofender, lo juro!
Terminó por ignorarlo. Más allá del asunto del apodo, había algo desagradable que lo agobiaba a todas horas, incluso cuando se sentaba a meditar en silencio en el dojo, antes o después de comenzar a entrenar. Primero lo negó para sí mismo, porque no había manera en la que pudiera aceptarlo. Luego, cuando empezó a reconciliarse con la idea, el espectro iracundo propio de su personalidad salió a flote, pues nada bueno podía resultar de todo aquello, así que se encontraba en un estado de irritación constante que se incrementaba con la palabrería de sus compañeros a pesar de que tenía sus raíces en un único factor: ese estúpido rubio le gustaba. Al menos eso fue lo que concluyó luego de darle tantas vueltas al asunto.
No lo entendía. ¿Qué había de bueno en tenerlo alrededor pululando como un insecto molesto o en sentirse obligado a salir con él y ayudarlo en sus prácticas y estudios teóricos? ¿Qué atractivo tenía esa sonrisa idiota que nunca desaparecía de su rostro? Era su antítesis; bastaba verlo un par de minutos para comprenderlo. Mientras que él siempre se encontraba al margen de la vida estudiantil, la cantidad de personas con las que Yagi Toshinori mantenía contacto era abrumadora. Desprendía carisma por todas partes y la gente parecía quedar prendada de él con facilidad. Aunado a esto, había tenido un par de enfrentamientos con villanos de bajo calibre y había ganado un festival deportivo, muy a su pesar. La popularidad que tenía se había disparado hasta el cielo.
Lo fastidiaba, pero no hacía nada para que se apartara en serio.
Eso no era todo. Desarrolló también un sentimiento de competitividad con el chico que no hacía sino motivarlo a avanzar con más ganas. Y es que en ese primer año la mejoría del contrario había sido increíble: de ser un muchacho considerablemente tonto que se limitaba a soltar golpes mientras gritaba smash con algún nombre de población estadounidense precediéndolo, había pasado a ser un luchador decente que sabía aprovechar sus oportunidades y pensaba un poco más antes de actuar. Las capacidades con las que había llegado se estaban puliendo y comenzaban a soltar los primeros destellos de un diamante en bruto. La necesidad constante de demostrarse a sí mismo la fuerza que poseía y el nivel en el que se encontraba se había convertido en una atracción basada en enfrentarse al contrario una y otra vez.
Con estos parámetros, realmente no era tan difícil adivinar cómo esa revelación acerca de su despertar romántico se había convertido en un problema. Lo cierto era que sus experiencias en el amor eran nulas y, de haber sido posible, le hubiera gustado mantenerse de esa manera. Comenzar a sentir que su corazón latía con fuerza cuando Yagi estaba demasiado cerca lo hacía sentir vulnerable y no había forma en la que pudiese estar cómodo con ello. Se esforzaba demasiado en mantenerse impenetrable como para permitir que un sujeto que lo había forzado a ser su amigo viniera y tirara todo abajo. Trataba de sobrellevarlo tan bien como podía. Por supuesto, que insistiera en pasar cada maldito minuto libre parloteando a su lado no lo ayudaba en lo absoluto.
― No me gusta ―. Insistió. Sabía que ese mote había venido no solamente a colación de su quirk, sino de su actitud complicada. Si Yagi era conocido por su carisma, él era conocido por ser arisco.
― ¿Has pensado en alguno, entonces? ¿Quieres que te dé alguna sugerencia? Podrías ser… Inferno ―. Hizo un gesto con sus manos y entrecerró los ojos como si estuviera hablando de una película de terror.
― ¿Se supone que eso debe ser mejor que Human Hell?
― Bueno, creo que en italiano se escucha mejor.
Y ahí estaba, una vez más, esa expresión un tanto boba de Yagi, con una sonrisa pintada en los labios y los ojos brillando con fuerza, sin preocuparse por nada. Bufó de mala gana sólo porque le molestaba sentir ganas de suspirar.
― Tengo uno en mente ―. Admitió.
― ¿Y qué estás esperando? ¡Venga, dime ya!
― …Endeavor.
Estuvo a punto de aventarle el vaso en la cara cuando el contrario volvió a reír, haciendo que algunas personas voltearan a verlos. Gruñó por lo bajo y desvió la mirada, incómodo.
― ¿Es muy pretencioso? ― Se atrevió a preguntar finalmente ―. ¿Es eso lo que te da risa, Yagi?
― ¡No, para nada! ¡Es que creo que realmente va contigo! Y aunque no entiendo por qué, siento que es como si la palabra te envolviera.
― ¿De qué diablos estás hablando?
― Quiero decir que realmente te has estado esforzando, Todoroki. Ni siquiera pareces tener ganas de descansar cuando los demás lo hacen. ¡Siempre vas más allá! ¡Plus ultra! Es… es el nombre perfecto para ti, ¡debes usarlo! Saldremos en las noticias como All Might and Endeavor. Todo en inglés... ¡¿te das cuenta?! ¡Es todavía mejor!
El sentimiento que lo invadió en ese momento no podría haberlo descrito jamás como una totalidad. Sentía vergüenza, pero también sentía orgullo. Quería pararse e irse tanto como deseaba quedarse sentado escuchando la risa de Toshinori. Percibía con claridad el sitio en donde su rostro hormigueaba como si pudiera encenderse en cualquier momento.
La gente le había dicho que tenía un quirk formidable y él mismo se había encargado de mejorar tanto como le era posible, pero sus padres, por ejemplo, nunca habían reconocido su esfuerzo como tal. El grueso de las personas no era capaz de ver que detrás de toda esa fuerza existía un trabajo arduo y una disciplina rigurosa. Y de la nada estaba ahí ese rubio tonto, hablando de ellos como si fuese algo seguro, como si fueran iguales. Como si tuvieran oportunidad de llegar juntos al mundo de los héroes y mantenerse ahí, hombro con hombro.
Acostumbrado a la frialdad y a mantenerse reservado con cualquier tipo de emoción que no fuese propensa a la ira, esa sensación lo tomó con la guardia baja. Estuvo a punto de sonreír.
― ¿Entonces por qué te ríes? ― Preguntó, decidido a quedarse y esforzándose por mantener un semblante serio, aunque por dentro estuviera lleno de dicha.
― ¡Porque es muy sencillo, pero es genial! ¡Se escucha como un nombre fuerte, de alguien poderoso, como tú! ¡Yo no hubiera podido pensar en eso! ¡Vamos a ser un gran equipo! All Endeavor ¡o algo así! ¡Realmente me gusta, Todoroki!
Siempre había pensado que los clichés románticos no eran más que eso, historias tontas acerca de lo que se sentía estar al lado de la persona a quien se quería, pero, al escucharlo, su corazón comenzó a bombear tan fuerte que su pecho empezó a doler. Sólo estaban hablando de su nombre de héroe y de fantasías que no estaban cimentadas sobre nada; castillos en el aire que podían deshacerse con un soplido, pero, en ese momento, sintió que podía alcanzarlos.
La juventud era un problema si se trataba de mantener los pies en la tierra. Las emociones de las personas se descontrolaban y la gente se volvía inestable; perdía la cabeza por las cosas más pequeñas. Para quien era fuerte, se traducía en vulnerabilidad, pues ninguna barrera era demasiado grande ni demasiado gruesa para resistir sin ningún daño. Todo lo que sucediera durante esas épocas tenía la capacidad de penetrar en la vida de alguien si el golpe era demasiado fuerte. Para quien seguía el camino de lo establecido significaba rebeldía, pues inspiraba a cuestionar todas las reglas y hacía creer al hombre que todo lo que necesitaba era creer en que los deseos tenían la capacidad de cumplirse.
Él lo había hecho.
Alguna vez sintió que podía sostener sus sueños con una mano, incluso si tenía que ir contra todo lo que consideraba incuestionable. Había estado dispuesto a luchar contra el mundo entero por lo que quería. Por esa persona a quien quería.
Pero antes de que se diera cuenta, el tiempo le había hecho abrir los ojos para notar que la juventud sólo deja cicatrices y heridas difíciles de cerrar, que duelen cuando son demasiado grandes.
Bien era cierto que no había sido un padre ejemplar para ninguno de sus hijos, pero también lo era el hecho de que, en realidad, tanto su esposa como su familia siempre habían tenido un lugar secundario en su lista de prioridades, siempre en función de la única cosa alrededor de la que giraba su vida: la búsqueda constante de una manera de deshacerse de esa desesperación que no lo abandonaba nunca. No se había casado por amor y su mujer lo sabía de sobra. Dos de sus hijos, luego de que su madre terminara en un centro psiquiátrico, se habían marchado a casa de sus abuelos; Fuyumi continuaba ahí por decisión propia y Shoto… Shoto era su as bajo la manga. Era egoísta, estaba consciente de ello y, en un segundo plano, de lo descabellado de su plan; pero no estaba formando a un hijo. Estaba formando a un héroe.
Y un héroe debía saber que la vida era dura; que ante la adversidad no importa cómo se sienta, sino como actúa. De un héroe no importan las veces que se cae, sino las veces que se levanta. No importan sus heridas, sino sus victorias, a pesar de que los errores siempre son los más pesados. Por lo tanto, no importa todo el dolor que arrastre. Lo que importa es que sea capaz de llevarlo a cuestas. Desde que los héroes habían comenzado a ser figuras que inspiran, habían perdido algo de su humanidad en el camino. Esperaba que Shoto lo entendiera alguna vez.
Present Mic anunció el receso del festival deportivo; faltaba una hora para el siguiente evento, así que salió del estadio con dirección al servicio. Si su hijo dejara de ser terco, sería el alumno más brillante de su generación. Podría superarlo y consolidarse, a la larga, como el mejor héroe de todos. Estaba a media escalera cuando se detuvo.
― ¡Ahí estás! ―. La voz demasiado conocida de Yagi Toshinori sonó en sus oídos con fuerza. Se quedó congelado, con el gesto endurecido ―. ¿Por qué no tomamos un té juntos, Endeavor?
― All Might…―. Murmuró con amargura, sin tomarse la molestia de voltear a verlo.
― ¡Cuánto tiempo! Creo que la última vez que hablamos fue hace diez años, ¿cierto? Como te vi hace un momento, pensé en decirte "hola".
Ya sabía que el rubio era profesor en U.A., pero no entendía por qué, de entre todas las personas, era él quien había tenido la suerte (o desdicha) de encontrarse con él. Tampoco sabía por qué había traído a colación ese suceso de diez años atrás como si se tratara de cualquier cosa. Lo que había pasado entonces debía quedarse ahí, enterrado y olvidado para siempre, igual que el resto de su historia juntos.
En el fondo, sabía que Yagi no había cambiado tanto desde sus tiempos de Instituto. Seguía siendo denso y molesto, pero esas características que otrora consideraba cualidades, ahora sólo le causaban una sensación desagradable, como de querer voltearse y calcinarlo hasta que su pecho dejara de doler. Se contuvo aun cuando no quería hacerlo. Ahora eran adultos; esa clase de desplantes infantiles ya no pegaban con ellos. La idea de enfrentarlo cara a cara y dejarse expuesto ante él era algo que ya no quería ni pensaba hacer. No iba a cometer el mismo error dos veces.
Aunque parecía que todo lo que podía esperar era que, tarde o temprano, el destino o cualquier cosa que rigiera el camino de los hombres los haría cruzarse de nuevo, de la misma forma en la que lo había hecho en el pasado: en los lugares más insospechados y en las situaciones más inesperadas.
Tal vez era debido a la hora o quizás al día de la semana, pero los pasillos estaban considerablemente vacíos. Algunas personas se movían de un lado para otro sin prestarle demasiada atención. Aunque nadie podría decir que era imposible reconocerlo en ropa de civil, las llamas y el traje siempre lo dotaban de su aura característica e inconfundible. No obstante, estaba bastante seguro de que, incluso yendo como héroe, pocas personas querrían acercarse a tomarse una foto con él. De hacerlo, probablemente las rechazaría. Prefería esa calma y ese silencio roto por sus pasos y las ruedas del carrito sobre el suelo. De vez en cuando, cuando se involucraba en esas actividades tan cotidianas, su mente tenía un pequeño descanso de ese agobio constante que constituía tratar de avanzar hacia adelante cuando todavía tenía un pie clavado en el pasado.
Se detuvo un momento en la sección de juguetes y bufó de mala gana al ver la cantidad tan descabellada de figuras de acción que había de All Might en comparación con las suyas o las de otros pros. El pasillo brillaba con los colores de su traje hasta el punto en que resultaba ofensivo verlo.
― ¿Estás pensando en comprar alguno, Enji?
Ahí estaba la pregunta que no había dejado de hacerse desde que lo había conocido: ¿por qué él? Como si una llama de una emoción incomprensible hubiera decidido abrasarlo, de pronto se vio envuelto en un estado que oscilaba entre la rabia y la nostalgia. Se giró sólo para encontrarse con Toshinori, alto y fornido, sin ese traje con el que salía en todos lados y que se replicaba innumerables veces al interior de las cajas que se apilaban en los estantes. Lo miró con hostilidad y dejó que su gesto se torciera a placer por puro reflejo. Pese a lo que se pudiera esperar, no coincidían demasiado en el trabajo. El Símbolo de la Paz siempre estaba ocupado arreglando los asuntos más grandes. Salvando el mundo, por ejemplo.
― ¿Qué es lo que quieres? ―. Escupió.
Antes de eso, la última vez que se habían encontrado y habían sostenido una conversación de más de dos líneas había sido casi veinte años antes, en un sitio mucho más privado y en circunstancias completamente distintas. Pero ahí estaba. Ahí estaban ambos, maduros y fuertes, en la cima de sus aspiraciones, con el rubio hablándole como si nada hubiera cambiado entre ambos, como si su vida no se hubiera enredado con la suya lo suficiente para no saber qué hacer con ella luego de su partida.
― Te reconocí mientras pasaba por el pasillo ―. Se limitó a responderle, con una sonrisa amplia ―. Pensé en que llevamos un tiempo sin hablar, así que vine a saludarte.
Siempre había sabido que Yagi Toshinori era así: despreocupado. Pero, ¿qué diablos sucedía con esa naturalidad, como si fueran viejos amigos? La furia en su interior hervía a fuego lento, sin ninguna prisa. ¿Es que había olvidado lo que había dicho, lo que había hecho? ¿Se le había borrado de la cabeza la forma en la que lo subestimó, en la que lo desechó luego de haber tomado posesión de él por un mero capricho?
― Realmente crees que puedes hacer lo que quieras con el mundo solamente porque te dedicas a salvarlo, ¿verdad? ―. Soltó entre dientes.
― ¿De qué estás hablando?
Lo peor de todo era que en serio parecía no entender a qué se refería.
― Ya puedes dejar de pretender que somos amigos, All Might. Ahora muévete, necesito terminar de hacer las malditas compras y tú me estorbas.
Si el rubio lo entendió en ese momento o no, nunca estuvo seguro. Todo lo que supo fue que de pronto le había cerrado el paso.
― Apártate ―. Gruñó.
― Enji ―. Dijo, esta vez con un tono grave en la voz que reconoció como el que utilizaba para hablar cuando estaba yendo en serio. Un espasmo doloroso bajó por su columna Era el mismo tono con el que lo había llamado tiempo atrás ―. Pienso que debemos hablar… ―. …y ésas habían sido las palabras que había utilizado esa noche.
Pero esa vez no pasó saliva ni se limitó a mirarlo presintiendo la catástrofe. Ni siquiera hizo el amague de sujetarlo del brazo o de establecer contacto. Se quedó en su sitio, con sus ojos fijos en los contrarios, que brillaban con fuerza y firmeza. A diferencia de tantos años atrás, no parecía haber duda en su interior. El color azul tan característico de su mirada parecía ser una llama que brotaba en medio de esa negrura a su alrededor. Cuando habían estado en U.A., todavía se distinguía el blanco de la retina correctamente. Pero incluso así, era capaz de reconocerlos a la perfección. Había algo que no podía describir con certeza. ¿Arrepentimiento, tal vez? Miró a otra parte, solamente porque sentía que iba a ceder a sus estúpidas peticiones si continuaba observándolo.
― No tengo nada que decirte, sal de mi maldito camino.
― Enji, espera ―. Pidió.
― No.
― Quiero que hablemos.
― ¡¿Por qué no puedes olvidarte de eso?! ― Exclamó y su voz se elevó una octava. Cuando reparó en ello, apretó los dientes al interior de su boca.
― Tal vez me equivoco ―. Le respondió el rubio ―. Pero tú tampoco te has olvidado de eso.
Era esa actitud la que le molestaba, tan desconsiderada con todos, como si sus pensamientos fluyeran sin ningún freno, sin que se ocupara en pensar qué clase de efectos podría tener en las personas a su alrededor. Lo que era terrible era que había dado en el clavo y, expuesto de esa manera, era difícil fingir que estaba equivocado.
― ¿No crees que es tarde para disculparte? ―. Siseó ―. Es más, ¿crees que voy a dejar que te continúes burlando de mí permitiendo que lo hagas? Realmente debe haber algo mal contigo. Ahora muévete.
Dio un paso a la izquierda, bastante dispuesto a marcharse, pero la mano fuerte de su acompañante lo detuvo desde el antebrazo. Se la sacudió de un movimiento y se volteó con furia, sin intentar contener las lenguas de fuego que amenazaban con comenzar a quemar su ropa. Era nefasto. Todos esos años había intentado mantener una relativa calma a pesar de que muchas veces había querido venirse abajo; había estado trabajando para endurecerse tanto como le fuera posible de modo que, si algún día tenían que encontrarse de esa forma, nada dentro de sí se removiera, pero sólo un maldito toque hacía que todo se volviera un caos dentro de sí y aventara a la superficie el desastre que no había podido limpiar.
― ¿Por qué mierda continúas insistiendo, Toshinori?
El nombre solamente escapó de sus labios y no fue consciente de ello hasta que aquél sujeto parpadeó con cierto asombro. Maldijo entre dientes. Eso no estaba bien y lo sabía. Primero habían sido las llamas, luego esa nomenclatura. La coraza de hostilidad y furia amenazaba con romperse y todo lo que saldría de ello era un sentimiento visceral que llevaba guardado mucho tiempo, seguramente acompañado de violencia. Si no se marchaba o si no hacía algo, terminaría por generar un percance en el supermercado y lo que menos deseaba era que alguien pudiera vincularlo con el rubio de manera personal. Bastantes problemas le causaba sólo como héroe.
― Quiero hablar contigo, Enji ―. Repitió ―. Nunca tuvimos la oportunidad de hacerlo desde la última vez y las ocasiones en las que hemos coincidido pareces evitarme.
― No mezclo mi vida de héroe con mi vida personal ―. Dijo secamente.
― Imaginé que dirías algo así, por eso pensé que esta era la ocasión perfecta ―. Juntó ambas manos e hizo una reverencia; típico de él ―. Por favor.
Se quedó quieto en su sitio, sin saber qué hacer. Tenía treinta y cinco años físicamente, pero su corazón prácticamente se había detenido a los dieciocho, cuando ese hombre enorme que tenía en frente no era ni la mitad de lo que era ahora. El sentido común le decía que tenía que irse, terminar las compras y volver a casa de una maldita vez. Sin embargo, sentía que no volvería a tener una oportunidad como ésa. Las respuestas a sus preguntas nunca las había obtenido y la incertidumbre se encargaba de carcomerlo a todas horas.
― No pienso hablar contigo en el supermercado ―. Resolvió.
La ventaja de los días hábiles era que los parques tenían menos concurrencia que los fines de semana. Al final se habían marchado del supermercado sin nada en las manos, con cierta prisa y a medias asfixiados por una tensión que exigía privacidad para liberarse, pero que parecía volverse amenazante si llegaba a rozar la intimidad. Necesitaban encontrarse solos, pero no aislados del resto del mundo. Aunque en silencio, echaron a andar, deseando que ningún ojo imprudente llegara a interceptar ese movimiento de huida. De haber sido otra la situación, probablemente se hubiera sentido como un paseo, pero así, ambos sumidos en pensamientos que conectaban en un mismo punto del pasado, alcanzaron el linde más apartado del parque con sus recovecos oscurecidos por las sombras de las copas de los árboles que se balanceaban con el viento. En medio del susurro de las hojas y acompañado por el sol mortecino y la luz de las primeras farolas, Enji se detuvo.
― No voy a ir más lejos ―. Soltó.
Medio segundo después, los pies de Toshinori también dejaron de avanzar. Estaban solos; no había nadie cerca y, seguramente, nadie aparecería. Cualquier cosa que sucediera ahí, cualquier palabra que saliera de sus labios, se quedaría en ese sitio para siempre. Yagi lo sabía y sentía que Todoroki estaba consciente también.
― Deberíamos sentarnos ―. Propuso.
― ¿Por qué querría sentarme contigo?
― No vine a pelear, Enji.
Su voz, aunque era más grave que cuando estaba en Instituto, todavía se mantenía calmada. A regañadientes, Todoroki se dirigió a la banca solitaria que estaba a un costado del camino y no tardó en ocupar sitio a su lado, apenas separados el uno del otro. Vista de fuera, era una escena casi cómica; como si en cualquier momento la banca pudiera ceder por el peso de los dos hombres que tenía que soportar encima. Sin embargo, no lo hizo. Se mantuvo firme sin ninguna alteración.
Atrapados en la incomodidad, el silencio entre ambos comenzó a hacerse cada vez más grande.
― Si no tienes nada que decir, no me hagas perder el tiempo.
― ¡Oh, no, por favor espera! Sólo estoy intentando decidir por dónde debería comenzar.
El pelirrojo chasqueó la lengua. Yagi no sabía cómo dar pie a esa charla; había sido todo demasiado repentino. Se había imaginado en alguna ocasión hablando con Todoroki, explicando todo lo que no había tenido valor de expresar en el pasado, pero nunca se había detenido a pensar qué sucedería si llegaba a tener esa oportunidad. Simplemente actuó: lo vio en el pasillo del supermercado y antes de que pudiera procesarlo ya estaba detrás de él hablándole en automático, deseoso de volver a ver a ese chico al que, incluso luego de tantos años, no conseguía olvidar.
Pero poco quedaba de ese adolescente. Así como él había crecido, Enji también lo había hecho. De sus rasgos juveniles no había mucho, el vello facial ahora se presentaba de manera generosa y los músculos de su cuerpo ahora eran mucho más marcados, bastante imponentes y apenas un poco menos sólidos que los suyos. Sin embargo, tal vez era esa actitud tan arisca o ese reproche y molestia en sus ojos y en su rostro lo que le hacía sentir que el hombre que tenía al lado era el mismo chico con el que solía sentarse en la cafetería de la escuela. La idea lo hizo sonreír.
― ¿Por qué diablos te estás riendo?
― Realmente no has cambiado mucho.
No entendió qué tenía de malo esa frase, pero la reacción ajena fue bastante agitada. Lo vio tensarse cuando sus miradas se encontraron y casi sintió que estaba ofendido. Sus ojos azules parecieron enfriarse todavía más, como si desearan perforarlo.
― He cambiado más de lo que crees. No eres más que un idiota si creíste que me quedaría como estaba por siempre. La gente cambia, Yagi. Y estoy seguro de que lo sabes muy bien.
Preguntar por qué lo decía seguramente lo habría hecho enojar todavía más. Recordaba bien al contrario preguntando por qué lo estaba abandonando con una desesperación mal disfrazada en la voz y en la mirada; el agarre de su mano sobre su ropa como si con eso lograse detenerlo. Se veía a sí mismo intentando reprimir sus propios sentimientos, se sentía pasar saliva con un dolor enorme atravesando su pecho antes de que los golpes comenzaran y dieran paso a la liberación de todas sus frustraciones, de todos sus deseos, por una última vez a manera de despedida silenciosa. Vio a Enji apretar la mandíbula y recordó que solía hacer eso cuando sus emociones lo rebasaban y no sabía cómo seguir ocultándolas. Se ponía violento y áspero cuando sus sentimientos se salían de control, como si fuera una fiera encerrada.
― ¡Ha pasado mucho tiempo! ―. Dijo, forzando una risa.
― ¿Podrías dejar de decir lo obvio?
― ¡Hubiera querido poder verte antes! Todavía tengo contacto con Tsukauchi, pero me dijo que ya no son más amigos. ¿Es verdad?
― ¿Y a ti qué más te da con quién me llevo y con quién no?
― ¿Por qué dejaron de…?
― No es tu asunto. ¿Vas a seguir con esto? Si quisiera escuchar tus estupideces, pondría alguna de tus entrevistas en la televisión.
Supuso que estaba esperando algo. ¿El qué? No tenía la menor idea. Pero trataba de sacar algo de esa conversación, porque de otra forma se hubiera puesto de pie al menor disgusto y se hubiera marchado, mas no pasaba de esas tentativas que no llevaba a cabo. Tratar de adivinar lo que quería el pelirrojo siempre le había costado lo suyo; hermético como era, resultaba más productivo sentarse a esperar que los villanos desaparecieran por sí solos a esperar claridad por parte del contrario. Si así era de joven, estaba seguro de que se había vuelto peor con la edad. Continuar haciendo el tonto no era una alternativa viable.
― No tuve opción ―. Se atrevió a decir luego de aclararse la garganta ―. Tuve que hacerlo.
Los puños ajenos se apretaron y las venas en sus brazos se marcaron inmediatamente por la tensión. Por supuesto, no era necesario que le aclarara por qué lo estaba diciendo.
― No es nada diferente a lo que dijiste entonces ―. Escupió ―. ¿Por qué mierda no dices la verdad? ¿Todavía crees que puedes subestimarme y pasar por encima de mí como se te dé la maldita gana?
El veneno que desprendía esa acusación lo tomó con la guardia baja. Había dicho algo similar en ese entonces también, pero había pensado que sólo lo había soltado en el albor del momento y que su mente se había aclarado con los años. No pudo no mostrar su sorpresa. ¿Cuánto rencor podía continuar viviendo en su interior?
― Nunca hice eso. ¿De verdad te hice sentir así?
Ahí estaba. Ésa era su cara de molestia. Su labio superior temblaba y podía sentir su ira creciendo al interior. Había sido una pregunta idiota, pero tenía que hacerla. Él nunca creyó verlo hacia abajo como héroe ni como persona. Había querido avanzar a su lado y llegar tan lejos como les fuera posible a ambos, pero las circunstancias no se lo permitieron. Era difícil pensarlo, pero, en esa situación, mantenerse con Todoroki habría sido un error; un obstáculo que lo distraería de su deber y que, por el contrario, los hubiera puesto en peligro a ambos. No se hubiera perdonado que algo le sucediera por su culpa.
― Deja de burlarte de una maldita vez ―. Murmuró ―. Lo tenías todo, ¿no es así? Lo tienes todo. Pero nunca tuviste el valor para decirme que no era suficiente ―. Detrás de ese odio que profesaba su voz, Yagi sentía que una grieta comenzaba a extenderse. Si algo era peor que escucharlo gritando, eso era escucharlo hablar entre dientes, conteniendo su ira ―. ¿Te divertiste?
Cada palabra era como un escupitajo. Podía ser el Símbolo de la Paz y poseer una fuerza extraordinaria, pero se sentía doblegado por cada frase que salía de su boca. Lo más difícil no era escucharlo, sino ver la expresión con la que lo decía, no tan distinta a la que recordaba. Eran gestos apenas notables, tensión en lugares específicos que había memorizado con el tiempo y que le decían que, al interior de aquél hombre, las heridas seguían sangrando. Si le preguntaban si todavía amaba a Enji, no podía decirlo con certeza. Estaba ahí a medias por nostalgia, a medias porque sentía el peso de una responsabilidad que llevaba años evitando y que solía olvidar con su labor de héroe. Pero por más vidas que salvara, por más villanos a los que venciera, siempre quedaría en su mente que había sido incapaz de hacer algo por la persona a la alguna vez le había pertenecido su corazón. Prefería no hurgar demasiado en esos terrenos, pues sabía que se encontraban en un punto en el que, incluso si sus sentimientos permanecían intactos, no había forma de volver atrás. A pesar de que lo deseara, las cosas no eran diferentes para él. Despertar un sentimiento dormido no los conduciría a ninguna parte.
No podía con esa expresión. En donde todos podrían identificar una rabia sin precedentes, él veía reflejado su propio sentir. ¿Cómo podría poner eso en palabras?
― No sé por qué mierda acepté hablar contigo.
Enji se puso en pie y su cuerpo se movió solo. Fue casi como una reacción automática, como si intentase salvar a alguien que se encontraba en medio del peligro. La pregunta era si estaba tratando de salvarlo a él o si se trataba de salvar a sí mismo. ¿Las heridas de quién eran las que trataba de suturar? Sucedió lo inevitable. La memoria de su cuerpo pareció desempolvarse en un pestañeo. Por unos instantes volvió a sentirse consumido por las llamas inextinguibles del contrario, por esa calidez que reconocería en cualquier parte y en la que era capaz de perderse fácilmente. Supo, en preciso momento, que el mundo podría seguir girando ajeno a él. A ellos. Fue casi como si no hubieran pasado los años, como si buscara una vez más el fuego purificador de todos sus pesares. Fue un movimiento rápido que le bastó para detenerlo y sujetarlo con fuerza contra su propio pecho y algo, muy dentro de sí, le hizo notar lo diferente que se sentían sus manos alrededor de su cuerpo.
Aunque sus labios continuaban siendo los mismos.
Apenas fue un segundo, pero sintió que todas sus defensas se venían abajo con un estrépito que hizo eco en lo más profundo de sus cimientos. El fuego de la ira, de la incertidumbre, del dolor… todo se desvaneció por apenas un instante. Como una extensión del otro, sintió el impulso de tomarlo por el cuello. Sus ojos se cerraron por reflejo y su boca, acostumbrada a la contraria, decidió ceder.
Al interior de su pecho, su corazón de dieciocho años volvió a latir.
All Might se quedó parado arriba de las escaleras mientras el ruido de la gente dejando el estadio para dirigirse a buscar comida se escuchaba a lo lejos. La voz de Present Mic haciendo comentarios le llegaba con claridad a los oídos. Enji ni siquiera se volteó para regresarle el "hola" que tanto había insistido en darle.
― ¿En serio? Bueno, como ya lo dijiste, me voy ―. Bajó un par de escalones más ―. Hasta me invitó a tomar té, debes estar jugando ―. Murmuró para sí mismo ―. Voy al baño, así que vete de aquí ―. Gruñó. No podía seguir perdiendo el tiempo en conversaciones estériles.
Por supuesto, no contaba con que All Might descendiera en un segundo con uno de esos estúpidos giros que solía dar en el aire y le cerrara el paso en el descanso, con una sonrisa en el rostro. Se detuvo de mala gana.
― ¡Oh, no seas tan frío! ―. Qué pésima broma ―. En ese momento, el joven Shoto uso sólo la mitad de su poder y aun así consiguió enormes resultados. Tengo la seguridad de que fue gracias a su educación.
Su gesto, de por sí torcido con molestia, pareció acentuarse más y las llamas que envolvían su rostro y pecho se hicieron más grandes.
Fue tan rápido que no estuvo seguro de haberlo visto de verdad, pero, cuando se separaron, esa mirada azul le dejó entrever una vulnerabilidad contrastante con el cuerpo que la contenía y su pecho experimentó una punzada dolorosa. La idea de besarlo nuevamente no se había terminado de formular en su cabeza cuando un puñetazo y una ráfaga de fuego lo hicieron apartarse. La visión se había ido y en su lugar quedaba la expresión de la furia. Lo vio pasarse la mano por los labios y lo escuchó gruñir un par de maldiciones.
― ¡NO TE ATREVAS A HACER ESO DE NUEVO! ¿ENTENDISTE? ―. Sentenció, pero debajo de esos gritos podía sentir su inquietud. Después de todo, había regresado el beso.
― Enji, yo…
― ¡BASTA! ―. Espetó con fuerza ―. ¡Deja de llamarme por mi maldito nombre, All Might! ―. Lo observó inhalar de manera agitada; en sus ojos se mezclaba el odio y la desesperación ―. ¡Lo que sea hubo entre nosotros se acabó hace mucho tiempo!
No entendía por qué el pelirrojo estaba poniendo esa cara. Su hijo era un chico formidable, quizás con dificultades para hacer amigos, pero muy fuerte. Pensó que Enji debería de estar orgulloso de él.
― ¿Qué es lo que quieres? ― Preguntó, cada vez con más fastidio.
― Es verdad… ―. Recordó ―. quiero que me enseñes cómo criar un sucesor.
Hubo un segundo de silencio, en el que Endeavor pareció expresar algo así como incredulidad antes de volver a su semblante de siempre.
― ¿Crees que te voy a decir? Esa actitud directa y brusca todavía hoy me irrita ―. Soltó, pasando a un lado y avanzando un par de pasos.
― Ah, lo siento…
Entonces volvió a detenerse.
― Sólo quería que supieras una cosa. Aquél chico, tarde o temprano, será un héroe que te superará ―. Dijo, el tono de su voz no dejaba espacio para la duda ―. Ha sido creado para ese propósito.
― ¿De qué estás hablando? ― Cuestionó, tratando de aclararse un poco.
Cuando el contrario volvió la vista, sus ojos brillaron con una excitación extraña, como si al interior de los mismos convergieran el orgullo y una determinación insana. Lo que tenía en los labios no era ni de cerca una sonrisa, pero no podría llamarle de ninguna otra forma.
― Aún está en su fase rebelde e idiota, pero cuando pase, ¡él definitivamente va a superarte!
Todavía sin entender exactamente de qué estaba hablando, Enji se marchó por las escaleras, dejándolo solo y confundido en medio de las mismas. Soltó un suspiro, porque al parecer aquella no había sido la forma correcta de acercarse. Eso sí, la espalda de Todoroki alejándose le recordó la tarde en el parque que él mismo había sacado a colación de manera bastante impertinente. Igual que diez años antes, no se movió hasta que lo perdió de vista.
Aceptar ir con él había sido una estupidez. Volvió a casa con las manos vacías en todos los sentidos. No había hecho las compras y no había obtenido ninguna respuesta. Todo lo que había hecho había sido permitirle una vez más que jugara con él. Pero eso se acabaría pronto.
Fuyumi bajó la vista cuando lo vio.
En la sala de estar, su esposa mantenía abrazado al menor de sus hijos y en la televisión pasaban una entrevista a All Might que Shoto observaba animadamente.
Ya tenía cinco años. Era hora de que comenzara a entender cómo funcionaba el mundo.
