2. La Isla de Pascua.

¡UN MOMENTO!

Phoenix Wright entra en la oficina 1202 del fiscal del distrito Miles Edgeworth para encontrarse con Dick Gumshoe sentado en ese estupendo sofá, adormilado.

El abogado se acerca, despacio, golpeándole con suavidad en la rodilla con el borde de una de sus carpetas. Gumshoe despierta y se yergue, con la mano en la frente; preparado para ejecutar alguna orden, grita:

—¡Señor, sí señor! —un divertido Phoenix lo contempla, con una maliciosa sonrisa en el rostro.

—Creo que Edgeworth te espera abajo. Ha dicho que te des prisa.

—¡Oh! Hola, amigo. ¡Voy corriendo! —no hay necesidad de más explicaciones cuando se trata de su superior, Dick corre como alma que lleva el viento, dejando solo a Phoenix, que aún sigue con ese gesto divertido. No puede evitar bromear con el inspector, es tan inocente… recuerda un tiempo en que él también lo fue. Suspira y se deja caer en el sofá. Está a punto de adormilarse en esa maravilla cuando un potente "¡PROTESTO!" inunda el cuarto. Phoenix se incorpora, sobresaltado, mirando a los lados y entonces se da cuenta de que es su voz porque sigue hablando. Dirige el oído al sitio donde está escuchándose a sí mismo y encuentra una grabadora en el suelo, bajo la mesa de ajedrez: la pieza azul está caída unos centímetros más allá, pero no le hace caso. Agarra la grabadora y escucha: es él mismo en un juicio: reconoce de qué caso es, y también el resto de voces, la del fiscal, la del juez, incluso la de los testigos. ¿Por qué demonios grabará Edgeworth los casos? ¿Los estudiará después? Intrigado y algo acojonado por tocar algo que no debe, saca la cinta de la grabadora, se la guarda en el bolsillo y trata de localizar el dichoso diario en el mueble, sin éxito. De pie junto a él lo encuentra Miles Edgeworth, que viene con su maletín seguido por un inspector que es abroncado por dejar pasar a abogados no gratos a la oficina sin informarle. Phoenix se disculpa y se marcha, tras darle a Edgeworth una información muy trivial sobre una citación en el juzgado.

Tres días después, en sábado, Phoenix Wright, vestido con vaqueros y una camiseta casual se presenta en el apartamento del fiscal, que lo recibe en chándal y con una ceja levantada. Cuando le pregunta si es posible grabar los juicios que ganan y si eso no es ilegal, Miles parece confrontar algo grave, porque lo invita a sentarse en un increíble sofá no magenta e incluso le pregunta por qué quiere saber eso.

—Tú solo responde, Edgeworth.

—No, no es posible grabar los juicios, Wright. ¿A qué viene ese repentino interés? ¿Lo necesitas para tu atrofiada memoria?

Phoenix, sin embargo, con cierto aire de orgullo, hincha su pecho.

—Bueno, yo no, pero a lo mejor cierto fiscal sí.

Miles cruza los dedos sobre sus rodillas y le mira intensamente.

—¿De qué hablas, Wright? Ve directo al grano. Si vas a acusarme de algo, espero que tengas pruebas.

Phoenix alza una cinta de casette y sonríe ante la inmediata palidez del otro.

—Sí las tengo, pero espero que no mientas, porque entonces tendré que sacar el magatama de Maya y a lo mejor no te gusta —Miles entrecierra los ojos y adquiere una postura defensiva. Si el abogado de traje barato va a chantajearlo, él peleará hasta el final.

—Sí, es una cinta mía, ¿y qué? En ocasiones el juez me da permiso para grabar algún juicio. No lo hago con todos, solo con los que considero que puedo estudiar. ¿Por qué la tienes tú?

—Vine a devolvértela, pero no pude evitar escucharla. El otro día, cuando fui a tu oficina, estaba puesta en una grabadora. Tienes una grabadora, ¿verdad? —Miles comienza a sonrojarse. El pensar que el otro haya registrado su oficina en busca de algo lo irrita.

—Mira, Wright, no sé qué demonios pasa contigo, pero si has estudiado Derecho sabrás lo que es la propiedad privada.

—Pero si vengo a devolvértela; el otro día, como me despediste de tu despacho tan rápido, me la guardé sin pensar y te la traigo ahora —Miles respira profundamente, tratando de calmarse, pero siente un desasosiego: lo cierto es que los últimos días ha pillado a Wright con su diario en la mano, con la pieza azul de ajedrez y ahora se entera de que tiene una cinta suya. No le apetece invitarle a copas, precisamente. Tampoco tendría caso, Wright disfruta otro tipo de compañía, está seguro.

—Sabes que no me gusta que toquen mis cosas —recupera la cinta de un manotazo, se levanta, la guarda en su bolsillo y lo enfrenta, con los brazos en las caderas—. Ya has hecho tu buena obra de hoy, puedes irte.

Phoenix se encoge de hombros, se levanta y a mitad de camino entre el sofá y la salida pide un poco de agua. Está sediento y necesita beber. La conversación con Edgeworth ha sido peor de lo que creía, y necesita refrescar su boca un poco. El fiscal le señala la cocina y Phoenix entra, en busca de un vaso.

Cuando Phoenix vuelve de la cocina con toda la ropa empapada, el fiscal apenas puede contener la pulla.

—¿Te has duchado en mi cocina? Sé que eres capaz de muchas cosas, pero… Wright, eres una desgracia.

—Tu grifo está mal, deberías llamar al fontanero —Phoenix se levanta la camiseta para secarse un poco la cara, todo él está mojado, salvo el cabello y quizá las zapatillas, y siente una ternura que le hace sonreír porque Edgeworth está frente a él, con los ojos entornados y los brazos a los lados, visiblemente furioso.

Miles se dirige a la cocina y abre el grifo para comprobar que todo está su sitio. Wright ha debido echarse el agua por encima porque es torpe e idiota. Cuando vuelve al salón, lo encuentra en calzoncillos y con su ropa en la mano.

—Ey, Edgeworth, ¿te importa dejarlas en algún sitio para que se sequen? A menos que quieras darme algo de ropa tuya y me pueda marchar —Miles no da crédito. ¿De qué va el abogado? Se planta en su casa, se queda en paños menores y ahora le pide un poco de ropa… por algún motivo, el fiscal no quiere ver sus ropas en Wright. Son caras y valiosas y no confía en que pueda mojarlas otra vez. Así que, resignado, coge las prendas del abogado y las pone en el pequeño tendedero que tiene en la terraza del apartamento. Al volver, Phoenix sigue en ropa interior, esperándole. El muy tonto le dice que no se atreve a tocar nada, después de la bronca recibida, y Miles no se corta al lanzarle una toalla a la cara con fuerza.

A pesar de lo mal que le trata, Wright siempre tiene sonrisas apabullantes para él. Es un idiota enfermizo y no puede ignorar el hecho de que sus ojos lo observen como si fuera una estúpida colegiala enamorada. Se detiene a pensar, por un instante, si ha escuchado algo inapropiado sobre él, porque parece demasiado confiado, y no duda en pavonearse delante de él sin ropa. Quizá se ha enterado de que le gusta chupar pollas y viene a ver si hay suerte con él. No, no, eso es demasiado retorcido, y Wright no es tan inteligente para urdir algo así. Cuando vuelve en sí ve la cara del abogado a pocos centímetros de él; al parecer, lleva varios segundos así, preguntándole si le pasa algo. Edgeworth trata de tragar saliva, pero no puede. Desiste, además, porque eso sería aparentar fragilidad, y él no puede perder su compostura fría e insensible solo porque parezca que Wright le hace caso. Huye corriendo al baño para mojarse la cara y se disculpa porque no ha dormido bien, aunque realmente debería preguntarse por qué se ha despertado ese día. De haberlo sabido…

Wright parece preocupado, de alguna forma ya no le hace más preguntas, pero permanece ahí, sentado en su sofá, tan solo con una toalla alrededor del cuerpo, sin quejarse. Está mirando la tele y uno de sus brazos está extendido, como si de alguna forma invitara a Edgeworth a llenar ese hueco. El fiscal se muerde la lengua y entra en pánico. Sus habilidades sociales son nulas, pero si además le añadimos la presencia de un rival medio desnudo en su casa mientras sonríe sentado en su sofá, mirando la estúpida pantalla, se siente clavado al suelo. Sabe que debe huir, pero no puede hacerlo de forma descarada, así que pretende haberse olvidado algo muy importante en su oficina y coge el maletín y las llaves de su deportivo. Wright le grita algo, pero el fiscal no le escucha y desciende a paso rápido los tramos de escaleras que lo separan de la planta baja. Entra en el garaje y conduce a toda velocidad, ignorando el batir apresurado de su corazón. No cree haber tenido tantas pulsaciones en su vida, ni cuando sale a correr por la ciudad. Al llegar al edificio se da cuenta de que algo está mal porque la gente lo mira con ojos desorbitados. Asustado, se mira en el espejo de la entrada solo para comprobar que no lleva su traje de fiscal. No, ha salido en chándal. Probablemente los gritos de Wright tenían que ver con su indumentaria; en cualquier caso, su cartera sí está con él, por suerte, porque ahí guarda la tarjeta que le permite entrar al complejo y acceder a su oficina. Todo está silencioso y ordenado como siempre. Se sienta en el sofá magenta para tratar de calmarse y cuando sus pulsaciones han recuperado su ritmo habitual, setenta por minuto, saca la cinta de su bolsillo, localiza la grabadora, la mete ahí y pulsa play. Nada parece fuera de lo común, salvo las tonterías dichas por Wright en el tribunal, pero a eso ya están acostumbrados él, el juez y los alguaciles. De hecho, sabe que el jurado intercambia sonrisas antes del juicio cuando saben que Wright estará en la defensa. A él le avergonzaría ocasionar esos espectáculos, pero Wright no parece tener vergüenza. Lo entiende, está desesperado, es difícil contraatacar ante un fiscal tan bien preparado como él mismo. Sonríe un poco al llegar al final de ese juicio que él perdió y consta grabado para la posteridad. Sin embargo, su ancha sonrisa se desvanece a medida que escucha.

"Ha sido un juicio estupendo, señor Edgeworth. Creo que su rival se ha quedado bastante chafado"

"..."

"Señor, ¿llevo los informes a la comisaría o se encarga usted?"

"Los llevaré mañana por la mañana, detective. Que tenga un buen día"

"Felicidades otra vez por su victoria, señor Edgeworth. Y celébrelo con alguien que le haga tilín"

Al parecer no hay tiempo para replicar, porque hay unos pasos, luego un silencio, y después, una sola frase.

"Como si Wright quisiera disfrutar de una celebración al haber perdido..."

El fiscal abre los ojos como platos. La grabación se corta justo después. ¿Qué demonios...? Él suele llevar siempre las grabaciones encima, debió olvidar ese pequeño detalle de pulsar el botoncito de stop antes de salir del tribunal. Dios mío, él no es tan descuidado, ¿qué pudo pasar? Entra en pánico, siente como si estuviera dentro de un ascensor y cayera al vacío sin control. Wright lo sabe. Por eso actuaba como un calientabraguetas en su casa, quitándose la ropa de forma descarada y jugando a míster camiseta mojada. Siente cómo el estómago le cae a los pies, y los sudores fríos empañan su cuerpo. El cabello liso se pega inmediatamente a su cara, y se tapa los ojos con las manos, como si hubiera cometido una traición. Su secreto. Su más oscuro secreto, revelado por él mismo a una grabadora. De repente siente el impulso de romper esa grabadora: si no fuera porque el aparato no habla y no puede decirle a Wright lo que contiene. Mira alrededor, extrañado, en busca de alguna señal fuera de lo común. Lo cierto es que hace tiempo ocurren cosas extrañas en su oficina: las piezas de ajedrez cambian de sitio, los cajones los encuentra abiertos, y a veces hasta su diario parece cambiarse de estante. Se pregunta si está loco o si realmente necesita tratamiento. Pero ahora ya no importa: Wright lo sabe, y está en su casa, semidesnudo, esperando que vuelva.

Él no puede volver. Bueno, sí puede, quizá con la excusa de que ha habido una emergencia y comprar un billete para la isla de Pascua. Respira, y decidido, hace la reserva, vuelve a bajar al coche, recorre la ciudad y llega a su apartamento. Wright sigue en el sofá, riendo mientras mira alguna película divertida. No puede evitar sonrojarse brutalmente ante lo que el abogado ha descubierto. Maletín en mano y vestido en chándal —hoy ha habido doble humillación—cruza la puerta murmurando un saludo apenas perceptible y comienza a sacar ropa de su armario. Está llenando la maleta cuando el rostro de Wright asoma por su puerta y se queda apoyado en la jamba.

—Ey, Edgeworth, ¿encontraste esos papeles?

El fiscal tarda tiempo en responder porque no para de meter ropa en la maleta. Ya tiene reservado el billete para la isla de Pascua y piensa pasar ahí el resto de su vida.

—No, me los dejé en Alemania, tengo que ir a por ellos —la respuesta no puede ser más extraña y evasiva. Wright lo mira, divertido, y hasta hace un sonido de reírse, pero calla al ver el rostro abochornado y serio del otro.

—Edgeworth, ¿qué pasa? ¿Ocurre algo? —el abogado se ha acercado, ya no lleva la toalla, pero tampoco la camiseta y las feromonas lo golpean violentamente.

—Me marcho, Wright, nada serio —da un paso hacia atrás y el abogado calla y observa, y entonces coge unos billetes que descansan sobre la cama y los mira detenidamente.

—Chile. Isla de Pascua. Creí que ibas a Alemania. ¿Haces escala allí, o es que antes vas de vacaciones? —ese acto tan natural de coger unos papeles logra que Miles deje de empaquetar y le preste atención—. No, al parecer no. No llevas billete de vuelta.

El silencio de Miles lo dice todo, y Phoenix se levanta para encararlo.

—¿Qué pasa? —vuelve a preguntar—. Edgeworth...

—Mira, Wright, déjame tranquilo, solo... no preguntes, ¿vale? —y nuevamente, retoma la tarea de empaquetar.

—Escucha, si es por la cinta, yo... te pido disculpas —Miles alza la mirada al notar la mano de Phoenix sobre su brazo—. Es solo que en tu oficina parece haber algo que me tiene muy curioso.

Los ojos de Miles se entrecierran y despliegan furia contenida. Odia profundamente a los cotillas, por si fuera poco ya tiene bastante con esa vieja de Oldbag y sus ramos de flores.

—¡Déjame solo, Wright! —el fiscal lo empuja hasta tenerlo fuera del cuarto, y Phoenix trata de poner una mano en la puerta para evitar que se cierre. Lo único que consigue es lastimársela.

—¡Auch! ¡Edgeworth, escúchame! Es cierto que he ido varias veces a tu oficina, pero nunca he curioseado. ¡Es decir, primero se cayó ese libro, el diario! Lo hojeé pero no leí nada porque en ese momento apareciste tú. ¡Y después estaba tumbado en ese sofá tuyo y la grabadora se puso en marcha! No me crees, ¿verdad? —Phoenix baja la voz mientras se recarga en la puerta, aún con el brazo dolorido contra su pecho. Es la verdad, pero Edgeworth no creerá nada de eso, así que se rinde, suspirando—. Está bien, márchate. Vete como el cobarde que eres. Solo recuerda que aquí te estará esperando alguien que también piensa en ti y que desearía celebrar más éxitos contigo.

Apesadumbrado, el abogado localiza el tendedero y recoge su ropa. Aún está húmeda, pero no es el fin del mundo, y con el dolor en su pecho tampoco es que se sienta tan incómodo por una ropa mojada. Quizá si cubre el camino entre el apartamento de Edgeworth y su oficina andando se sequen enseguida. Trata de ignorar el escozor en sus ojos, sobre todo porque piensa que le da igual su rechazo. Él seguirá sintiendo lo mismo, y al cuerno si no le gusta. De hecho, le deja una nota:

"Escuché tu cinta hasta el final. Supuestamente, tener mi voz grabada debería ser ilegal, pero tranquilo, puedes conservarla. No emprenderé acciones legales por eso. Te conozco y sé que después de este episodio pensarás en cómo evitarme. Quizá no te interese tener nada conmigo, pero puedes decírmelo, no me lo tomaré mal. Eso sí, voy a seguir teniendo estos sentimientos porque quiero. Está en tu mano decidir hacer algo con nosotros, pero por favor, no huyas. Ya lo hiciste una vez y no fue una solución. No seas terco.

P.W."


Miles Edgeworth lee la nota por décima vez, Wright tiene una bonita caligrafía y es directo hasta en sus líneas. No sabe qué pensar, ni qué hacer y ahora que está tomando un daiquiri de fresa a la orilla del mar en la Isla de Pascua se pregunta si no habrá sido una tontería irse si tiene que volver. Además, no está disfrutando nada porque el rostro del abogado se le aparece en todas partes; hasta esa mañana se equivocó y llamó Wright al chico de las habitaciones, un rapanui. No está obsesionado, simplemente el muchacho llevaba un corte de pelo parecido, no es su culpa. Una buenísima idea irse a una isla donde todos sus lugareños son morenos y llevan el cabello de punta. Suspirando, se levanta, guardándose la nota en el bolsillo de sus pantalones cortos y dejando una generosa propina vuelve a la recepción del hotel y pide un teléfono.

Cuando Phoenix abre la puerta y ve a Gumshoe plantado allí, lo último que piensa es que su visita tiene que ver con el fiscal mejor pagado de la zona del que hace cuatro días que no sabe nada. Pero cuando el detective le saluda con buen humor y le tiende un billete de avión a Chile para esa misma tarde, la locura le invade por momentos.


—¿Cómo conseguiste averiguar mi pasaporte? —es todo lo que Phoenix puede articular, y el detective se rasca la nuca y dice que tuvo que hacer averiguaciones policiales. Vamos, que se metió en los archivos confidenciales y los sacó de ahí, algo completamente ilegal. Le parece curioso que dos de las personas que más respetan la justicia se hayan saltado las reglas.

—Eh, amigo, míralo por ese lado: es un viaje pagado. El señor Edgeworth jamás me ha hecho un regalo así, debe apreciarte mucho —a Phoenix le parece gracioso que el detective piense así, si a los ojos de todo el mundo para Edgeworth él debe ser como una piedra en el zapato; en su lugar alza el brazo y explica:

—Está bien como disculpa, pero no sé qué quiere que haga en Chile. ¿Te ha dado alguna instrucción, al menos? —Gumshoe lo mira, sin entender, pensando que a veces el abogado puede ser realmente estúpido si no piensa más allá.

—Que hagas la maleta, supongo. Y que cojas otro vuelo de conexión allí.

—¿Otro vuelo? —y entonces, el abogado entiende—. No tengo dinero para pagarme un vuelo a esa condenada isla.

—El billete tiene anexo otro para la Isla de Pascua —y Phoenix comprueba que es cierto, pero le suena ilógico. Edgeworth jamás le ha hecho un regalo, y menos algo tan caro. ¿Y si le ha pasado algo y quien lo manda es otra persona?

—¿Tú hablaste con él?

—Hablar, hablar, no. Me envió un telegrama muy corto: "Dale esto a Wright inmediatamente y asegúrate de que venga". Así que podré llevarte al aeropuerto, me han pedido ser tu guardaespaldas.

Phoenix se traga la risa, pensando que es mucho más probable que le ocurra algo al ser Gumshoe su acompañante, pero no dice nada. Tampoco tiene que cavilar sobre qué hacer o no, no hay casos pendientes y si Maya se entera, hasta ella se añadiría a la comitiva para asegurarse de su marcha. Y por otro lado... le apetece ver al fiscal. Quiere que le diga de una vez por todas ese "no", porque sabe que va a ser rechazado, pero quiere dejar de torturarse sobre si podría o no tener una relación con él. Siendo como es, siempre existirá la esperanza; no obstante, con una respuesta más clara podrá comenzar a asimilarlo y tratar de vivir con ello. Porque no quiere estar con nadie más, y eso es lo que el fiscal no parece querer entender.

Como no hay instrucciones ni billetes de vuelta, tampoco se afana en preparar muchas cosas: una pequeña bolsa de deporte con las cosas primordiales de aseo, varias mudas de ropa y por supuesto, su gel para el pelo, es todo lo que lleva.

Maya y Gumshoe lo despiden y se dirige al mostrador de la compañía LAN para enseñar el billete. Se entretiene leyendo una revista que Maya le ha prestado en el camino y duerme casi todo el recorrido. Una suerte, porque el dichoso vuelo dura más de nueve horas. Hasta llega a pensar que todo es una broma macabra y realmente no es Edgeworth quien le ha enviado ese billete sino alguno de sus enemigos para mantenerle fuera de los juzgados. Cuando llega a Santiago de Chile, busca el vuelo de conexión. A pesar de todo, está tranquilo emocionalmente; por algún motivo, no se encuentra sobreexcitado, ni deprimido, ni preocupado. Sabe qué va a hacer con su vida. Sabe que, a pesar de todo, seguirá amando a Edgeworth, pase lo que pase.

Sin embargo, todo se viene abajo cuando llega al pequeño aeropuerto internacional Mataveri y ve a Edgeworth esperándolo, de pie, ataviado con una camiseta isleña con hibiscos y unos pantalones cortos tipo explorador. Se queda congelado y sabe, por primera vez en su vida, que jamás podrá vivir sin él. Tiene que reprimir la urgencia de correr y abrazarlo como si llevara años sin verlo. Por eso, quizá la alegría de los lugareños, que lo reciben poniéndole un collar de conchas alrededor del cuello, le pasa desapercibida. Y también el hecho de que el fiscal coge su bolsa y echan a caminar. Se saludan con un tosco "hola" y siguen al resto de personal de la agencia para montarse en el jeep descubierto que los lleva al hotel "Puku Vai". Phoenix está en silencio durante el corto trayecto, impresionado por el paisaje, donde no ve ni un solo árbol, hasta que los acompañantes los despiden y Edgeworth lo guía hasta su habitación. Deja las llaves en un pequeño cuenco junto a una mesa y entra al baño. Phoenix, de pie, nota acelerar su respiración cuando ve una sola cama en toda la estancia. Obviamente, ese no es su cuarto, porque Edgeworth tiene cosas suyas alrededor, así que se pregunta si es que todavía no le han asignado uno. Quizá lo estén limpiando.

—Eh... Edgeworth, tenemos que hablar —odia decir Phoenix, pero no le queda más remedio que hacerlo cuando ve al otro emerger del baño.

—Hay una excursión que quiero hacer, Wright. ¿Puede esperar? —el moreno lo mira, atónito—. El jeep sale en media hora y me gustaría reservar esta visita.

—Um... claro. Veré qué hay para hacer en el hotel. Quizá pueda alquilar una bici y explorar los alrededores —Edgeworth le bloquea el paso hacia la salida.

—¿No quieres venir? Es muy interesante, se trata del museo antropológico más grande de la isla—por un momento, Phoenix se encuentra en fuera de juego. Cuando escuchó la marcha del fiscal, estimó que Edgeworth quería irse solo, quería evitar ver a nadie, y especialmente a él. La isla es tranquila y apetece quedarse. Pensándolo bien, tampoco puede permitírselo; después de ver los precios del hotel y las instalaciones no cree que pueda pagar su estancia ni con un año de sueldo.

—Me temo que no. Mi cartera no alcanza lo suficiente como para ver maravillas aquí. Además, aún tengo que pagarte el viaje —Edgeworth frunce el ceño, da un paso adelante y pone las manos en las caderas.

—Ya pensaré cómo cobrártelo. Vas a venir conmigo.

Phoenix apenas protesta, porque todo el escenario se le hace vago; es como si estuviera en un sueño, en una isla alejada del mundo con la persona más importante de su vida y sin tener que preocuparse del dinero. No quiere despertar, así que sigue a Miles y se montan en el jeep junto a una pareja que también va hacia el mismo sitio. Al entrar, el fiscal parece admirado con toda la cultura milenaria de los isleños y permanece mucho tiempo en el museo, más de lo habitual, interactuando apenas con su compañero, diciendo cosas como "mira esto", o "es increíble que tenga tantos años y aún lo conserven así". Phoenix no quiere arruinar el momento, así que él también se entretiene mirando la artesanía y los paneles explicativos. Tras la visita al museo, se dirigen al Centro Ceremonial de Tahai, donde pueden comprobar in situ muchas de las cosas que acaban de ver en el museo, y ahí es donde ve por primera vez los moai, las estatuas de piedra que hacen tan famosa la isla y que está prohibido tocar. A Wright le recuerdan un poco a Edgeworth, tan rígidas y solitarias. Su cuerpo, sin embargo, acusa el cansancio de toda la intensidad vivida y siente los ojos de Miles sobre él.

—Wright, ¿todo bien? —la respuesta del abogado es un bostezo y unos ojos enrojecidos.

—Todo esto está muy bien, pero estoy terriblemente cansado.

—Entiendo —el fiscal le agarra del brazo y se dirige al jeep. La pareja que va con ellos ya está subida en el coche y emprenden el viaje de vuelta. Al llegar, Phoenix ve que aún tiene el brazo sujeto.

—No voy a caerme, puedes soltarme —y a pesar de la sonrisa, Phoenix se encuentra con unos duros ojos mirándole.

—Debiste decírmelo antes.

—Fuiste tú quien me obligó a ir contigo —Phoenix, y bosteza de nuevo. El fiscal decide no responder, en su lugar lo guía hacia el mismo cuarto, su cuarto, y ordena:

—Cámbiate y duerme.

Phoenix apenas puede tenerse en pie y tras quitarse el calzado y sentarse en la cama, indica:

—¿Aquí? Creí que iba a dormir en otra habitación.

—Puedes pedirla, si quieres. No obstante, no puedo cubrir los gastos, tendrás que pagarla tú —Phoenix le mira, sin comprender: le ha pagado dos billetes de avión, una excursión carísima y el desplazamiento al hotel y obviamente, Phoenix no quiere que le pague nada más. El problema es que él tampoco puede pagarse un cuarto. Abochornado, mira su cartera con la mitad del sueldo del mes pasado, sacado expresamente porque no sabía qué iba a encontrarse y pregunta cuál es la tarifa—. Mira, Wright, mi consejo es que lo reserves para otra cosa. Puedes dormir aquí, conmigo.

Phoenix abre la boca porque se queda sin palabras, directamente.

—Edgeworth, no puedo pagar la habitación. Por otro lado, no es que me importe dormir en tu cama pero ¿no sería mejor hablar antes? No sé si vas a sentirte violento teniéndome aquí.

—Tonterías —es la conclusión del fiscal, y se acerca para desabrochar la camisa del otro. Cuando está a medio camino se da cuenta de su error y se aparta—. C-cámbiate, y métete en la cama. Yo dormiré en el suelo, estoy mucho más descansado. Eso sí, mañana cambiamos.

Phoenix quiere protestar, decir que no le parece justo, pero sus ojos se cierran. Se cambia sin darse cuenta de cómo el otro le observa. Apenas se mete bajo la sábana, toca la almohada y se entrega a Morfeo sin contemplaciones.


CONTINUARÁ

Gracias a todos quienes leéis esta surrealista historia. XD