Capítulo 2.-Reencuentros que nos hacen cambiar.-

Una chica pelirroja se encontraba caminando por las aceras del Callejón Diagon, buscaba el regalo perfecto para su novio. Iban a cumplir dos años juntos y él moría por un kit de pociones pero no podía encontrarlo. Estaba tan distraída pensando como haría con la cena, porque no era buena cocinera, nunca escuchó ni una palabra de las que su mamá decía cuando cocinaba y quería enseñarle a ella. Su mamá… y ya ella no estaba para ayudarla, para quererla, para estar a su lado. ¿Por qué Voldemort se había empeñado tanto en lastimarlos? Todo para nada. Para ella la guerra seguía, no sabía de sus amigos, de su familia, de nadie. Pero su suerte estaba por cambiar.

- ¡Hey, mira por donde caminas, imbe…- pero el golpe y la caída en el piso habían sido olvidados, incluso su voz había quedado en el pasado. Frente a ella estaba el niño que vivió, solo que ya no era un niño. Era el hombre más apuesto que ella hubiese visto.

- Hola, Ginebra. Perdón. Estaba pensando en otra cosa. ¿Cómo estás? Pensaba ir a verte- dijo Harry con una sonrisa, la chica había crecido. Era bastante delgada, una figura de modelo de pasarela, fina sin muchos encantos en la parte delantera pero una cinturita y un abdomen plano envidiables. Su pelo rojo caía por debajo de sus hombros con un flequillo en la cara y su cara pálida llena de pecas, así como su nariz respingada y sus pequeños y entrecerrados ojos castaños la hacían parecer digna de una portada.

- Harry Potter, después de tantos años ¿Eso es lo que piensas decirme?- su voz sonaba dura y con un dejo de amargura. Lo miraba con rabia y angustia.

- Pero Ginny, tenía que irme. Siento si eso te causo problemas pero era lo más saludable para todos y tú lo sabes- le dijo el hombre mirándola con ternura, era muy linda incluso cuando se enfadaba.- Además, me dijeron ya que te sentó muy bien estar sin mí. Que ni me extrañaste…- Harry le guió un ojo en señal de que sabia lo de su novio.

- No me iba a convertir en la loca del muelle de San Blas (N.A: Una canción de Maná. Una mujer esperó eternamente a su amor y se volvió loca de desesperación al ver que este no volvía a buscarla)- le contestó pero ambos se rieron ante tal comentario.

- Jaja, no esperaba eso. Me alegra que hayas continuado tu vida y seas feliz Ginny. Perdón por irme así- el chico le hizo pucheros y que tierno se veía.

- Jajajajaja, el mismo manipulador de siempre. Hoy estoy ocupada, pero ¿Qué te parece si nos reunimos mañana en el restaurante que esta en la esquina? Vendré con mi novio para que le conozcas- dijo ella.

- Por supuesto que si, le avisaré a Neville para no ir de lámpara (N.A: Se dice al que acompaña a una pareja sin tener más nada que hacer que verlos. Tremendamente malo es eso)

- Dale, bye- Ginny se fue apurada, todavía no sabía que hacer con la cena pero por algunos momentos prefirió pensar en el pelinegro que vestía jeans y una camisa de mangas largas arremangadas color verde oscuro.- Dios, estaba para comérselo- fue lo que dijo la mujer en voz alta.

En otra parte de Londres, ya en el mundo muggle, una mujer desempacaba algunas cosas. Siempre había tenido esa casa, su casa. Sus padres se la habían dejado como herencia y por ahora, no tenía adonde ir. Era el mejor sitio para quedarse. Ahora se enfrentaba al mundo muggle, años sin entrar en él. Tenía que buscar un trabajo, sabía de algunas empresas de magos y brujas disfrazadas. Ella creía que sería su mejor opción.

- Ay, Hermione Granger. Hoy empieza tu nueva vida y punto. No hay espacio para arrepentimientos ni temores. Mañana empezarás a buscar trabajo- le dijo al reflejo de ella que le devolvía el espejo mientras se alisaba su cabello. Seguía pensando en Harry, nunca había sido muy bueno en Oclumancia y sabía que le había mentido, pero así lo prefería ella; no podía lidiar con un Harry enamorado de ella. No ahora, no nunca. Era su hermano del alma…

- Amor, ya llegué- la voz de Ginny resonó y un hombre moreno de cabello negro salió a su encuentro, tenía ojos azules y una estatura bastante considerable.

- Princesa, te estaba esperando. Quería darte una sorpresa y preparé la cena- le dijo, dándole un suave beso en los labios.

- Que bien, Robert. Yo pensé que tenía que cocinar y estaba asustada por tu salud y la mía después de comernos esa cena- ambos rieron ante tal sinceridad.

- No es tan mala… has mejorado un poco. Ya no se te quema- le dijo animándola su novio.

- Mejor no sigamos… Sabes? Me encontré con Harry Potter. Mañana estamos citados con él en el Callejón Diagon.- le dijo como un comentario más pero la sonrisa de tonta que puso y la voz más fina que lo usual la delató.

- Ay, Ginebra. Gracias por incluirme en tus planes con… ese hombre pero prefiero no ir. Tengo mucho trabajo para mañana y no tendré tiempo para distracciones. Lo siento- fue lo que dijo su novio con voz seria. Ni siquiera la miró. Esa era una sombra en el pasado de Ginny que nunca podría borrar él ni ningún otro hombre- Ve tú sola. Confío que te portaras bien.

- Siempre lo hago, a menos que estés tú presente Sr. Irresistible- la pelirroja se había acercado peligrosamente a él y mordía su oreja con deseo.

- Mmm, sabes que no puedo resistirme a ti, gatita. Creo que la cena puede esperar.- le dijo el hombre tomándola en brazos y besándola desesperado. Harry Potter había sido olvidado. Ya la ropa volaba por la habitación y ambos cuerpos gritaban saciar sus instintos. Estaban acostados en el sofá ya sin estorbo alguno y se amaban intensamente. Ginny lo amaba, él la había salvado de echar su vida por la borda, la había rescatado. Solo con él se sentía a gusto.

Las caricias ya no eran suficientes para estos dos enamorados, se fundieron en uno ahogando gritos y con gemidos sofocados de ambas partes. Las paredes eran testigos silenciosos de las respiraciones entrecortadas y el calor de sus cuerpos al encontrarse con vehemencia. Así, después de un largo y exhaustivo trabajo, se durmieron juntos y abrazados.

Un hombre de ojos grises fríos miraba por el ventanal de su oficina. Bastante le había costado llegar hasta allí después de la guerra, de todo lo que se rumoraba de él. Como si él fuese capaz de caer tan bajo… Mal lo juzgaron y lo llevaron a un acantilado. Ahora se encontraba lejano a todos aquellos que un día lo tildaron de mortífago. En ese mundo era respetado y su pasado había sido callado. Ya nunca más escucharía algo en su contra. Era un hombre decente, serio, respetuoso… pero frío. Su corazón se había congelado solo después de sufrir tantos grises inviernos sin protección alguna.

- Señor, acaba de llegar la chica que está interesada en la vacante de subgerente. Su currículum es perfecto, ya lo leí e investigué todo sobre ella. Es la excelencia con patas. Aquí está su curriculum si quiere revisarlo usted pero le aseguro que si la contrata, la empresa subirá aún más en fama y prestigio.- un hombre le hablaba seriamente a su jefe, un hombre de tez pálida y cabello rubio platinado.

- Debe ser una mujer soberbia y arrogante, de seguro- dijo como toda respuesta.

- Srta. Granger, puede usted pasar- escuchó y no daba crédito a sus oídos. La sabelotodo Granger estaba en el pasillo, a punto de entrar y él no podía pensar en nada más, solo imágenes del colegio, de la chica, de los insultos que ambos se expresaban.

- Buenos días, Señor… ¿Malfoy?- Hermione parecía anonadada. Nunca imaginó que ese hombre del que todos hablaban tan bien, era ese monstruo. Ella no estaba para ser pisada ni humillada por alguien más.- ¿Sabe qué? Me voy. Olvide que vine- Hermione se disponía a marcharse cuando Draco se interpuso en su camino.

- Usted no se ira. Creo que necesitamos hablar como adultos que somos, Srta. Granger. Usted claramente necesita trabajo y yo estoy dispuesto a dárselo después de hojear su curriculum. Es puro profesionalismo. No por eso me simpatiza. Siéntese- le tomó la mano y la llevó hasta una silla bastante cómoda situada al frente de su escritorio.

- Nunca me hubiese imaginado hablando con Malfoy de forma civilizada- Hermione río ante su propio comentario pero Draco se mantuvo atento a sus movimientos. Estaba preciosa, no se parecía en nada a la mujer con la que él había compartido un odio infinito años atrás. Él estaba dispuesto a conocerla otra vez, a darse una oportunidad.

-Srta. Hermione, espero que no te moleste que te llame por tu nombre. Aquí todos en la empresa nos hablamos cariñosamente, excepto por algunos que insisten en llamarme "Señor". Te ruego que no hagas eso tú. Puedes decirme Draco o Malfoy, como tú prefieras- habló con voz cálida. Hermione notó que ya no arrastraba las palabras y no era tan altivo.

- ¿Estás diciendo que me vas a contratar, Malfoy?- ella preguntó asombrada.

- No creo que se presente alguien más eficiente que tú. Te voy a explicar rápidamente porque tengo una reunión en quince minutos. Tu oficina es esta misma, aquí al lado estará tu escritorio.- Malfoy movió su varita e hizo aparecer un hermoso escritorio de caoba con una silla bastante ostentosa.- Tendremos que convivir diariamente. Incluso habrá días o semanas en los cuales no podremos salir de esta oficina así que trataré de hacerlo de una forma amigable o por lo menos, cordial, eso significa cero insultos, espero que tú estés de acuerdo- ante ese comentario, Hermione se sonrojó pero se limitó a asentir con la cabeza de forma tonta.- Ya poco a poco te irás adaptando. ¿De acuerdo?

- Si, Draco- Malfoy nunca había escuchado su nombre de forma más bonita. Se notaba que lo hacía con esfuerzo pero expresaba dulzura y agradecimiento. La mujer estaba también sorprendida de verlo. Había cambiado poco exteriormente, un poco más alto, pero igual de musculoso y con cara de ángel, en cambio, parecía que interiormente, era un ser completamente distinto… con sentimientos.

Harry Potter esperaba a las afueras de un lujoso restaurante cuando vio acercarse dos figuras. Una cabellera roja se vislumbraba y una cara redonda estaba a su lado. Reconoció rápidamente ese rostro, era el de su buen amigo Neville Longbottom. Él había ayudado tanto en la batalla, acabando incluso con Bellatrix y protegiendo con éxito a muchos de sus amigos..

- ¡Harry!- ambos amigos se dieron un largo abrazo y unas palmadas en la espalda.

- Neville, si que tenía ganas de verte. Hola, Ginny querida. ¿Cómo están ambos¿Y tu novio?- Harry los miraba con alegría mientras entraban al restaurante y ocupaban una mesa al final de este.

- Pues, él no pudo venir. Y nosotros estamos bien- Ginny estaba de muy buen humor ese día y era obvio el porque. El pelinegro estaba con ella después de tantos años.

- Harry, creo que te tenemos una sorpresita- fue lo que dijo Neville antes que unas delicadas manos le taparan los ojos.

- Adivina, adivinador. ¿Quién sería tan Lunática como para creer en los Snorkack de cuernos arrugados?-los otros dos amigos se destornillaban de la risa.

- ¡Luna!...- Wow, si estas preciosísima- Harry la abrazaba pero observó su cabello lacio y rubio que había cortado muy a lo francés y su boina rosada, sus ojos grises plateados y su piel tan bella como la nieve. Harry pensó que necesitaba rápido una novia, ya estaba pensando en todas. Aunque tenía poco tiempo de haber terminado su relación con una muggle. Ni eso lo había ayudado.

- Jajaja, gracias. Lo mismo me dice mi dulce novio. ¿Verdad, Neville, cariño?- Luna le mandó un beso y se volteó para mirar a Harry.

- No sabía que eran novios. Los felicito- dijo Harry sinceramente feliz.

- Pues, en realidad, nadie lo sabía.

Los amigos empezaron a reír nuevamente. Fue una tarde bastante amena, a pesar de que se coló el tema Hermione-Ron. Pero Harry contestó con evasivas. Nadie sabía ni sabría nunca que él había ayudado a Hermione a irse.

Un pelirrojo estaba tratando de abrir la puerta de la que hasta hace poco, era su casa. Ya había pasado un mes y su mujer debía estar más tranquila, por ello le llevaba flores y una caja hermosa donde guardaba un collar de diamantes que le había comprado para ganársela. Ya tenía el perfecto discurso planificado.

- Mione, cariño. Soy yo- fue la voz que rasgó el silencio de la noche, pero él no contaba con que Hermione se encontraba a miles de kilómetros trabajando con Malfoy. No, él pensaba que ella lo esperaría a pesar de lo que se habían dicho esa nefasta noche que terminó con su felicidad.

Ron Weasley tenía la cara de un muchachito regañado mientras subía las escaleras de caoba, a estas horas, la dueña de su corazón estaría durmiendo. Pero su sorpresa fue bastante grande cuando al terminar de subir las escaleras, un hombre vestido solo con una toalla abría la puerta del dormitorio y no cualquier hombre… era Potter.

-¿QUÉ? ES QUE NI FIDELIDAD PUEDO ESPERAR DE LA ESTÚPIDA DE HERMIONE GRANGER- su furia volvió y estaba a punto de arremeter contra Harry, había soltado sus regalos que caían por los escalones sin que nadie hiciera nada por ellos.

- Petrificus Totalus- fue lo que dijo el pelinegro bastante calmado.- Ronald, no sé como esperas que Hermione te sea fiel si ya no son pareja y pasó así por tu culpa- fue lo que le dijo poniéndole una mano en el hombro.

- Pero no contigo, tú eras mi amigo. Por lo menos podías…

- Calla que no sabes lo que dices. Hermione se fue. Yo no sé nada de ella, me dejó esta casa y esa es toda la historia- Harry lo devolvió a su estado normal, pero Ron todavía no creía lo que él le decía.

- Estamos casados, bajo la ley muggle. ¿No te lo dijo cuando se revolcaban en mi cama?- sus palabras parecían escupitajos de rabia y de orgullo herido. A Harry esto lo dejó pensando, pero el pelirrojo evitó la parte más importante: ya él tenía el documento de divorcio.

- Ella no debía darme ninguna explicación porque simplemente se fue. No soportaba estar aquí por tu culpa- Harry se estaba enojando realmente.

- Claro, y vienes tú, San Potter, a consolarla…. ¿Tú crees que me chupo el dedo? Sé que escapaste por ella. Que estás enamorado de mi esposa- hablaba mirando a Harry como si hubiese sido atrapado por un demonio.

- Eso no tiene nada que ver en la historia. Tú la perdiste. Reacciona, amigo- Harry empezaba a zarandearlo. No podía creer que ese ser en estado tan deplorable era Ron, su amigo. Algo le pasaba.

- Me voy, suéltame. Te la dejo. Toda tuya. Al final, no es buena en nada- un pelirrojo salió corriendo de esa casa como si se le fuese la vida en ello. Y un pelinegro solo veía las rosas que estaban esparcidas por el suelo, tratando de descifrar quien era ese que había estado allí. No era Ron, No. Ron no sería capaz. Llegó hasta la puerta que había quedado abierta, pero ya no había ningún signo de la inesperada visita, solo se escuchaba el silbido del viento nocturno que arremetía contra el cuerpo de un solitario Harry Potter.

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