2. Expedición
Me senté en el asiento trasero mientras Jar conducía y Wanda permanecía en el asiento del acompañante. Me había ofrecido para hacerme cargo de la conducción, ya que Mel me había enseñado cómo hacerlo solo por si acaso, pero ellos habían insistido en que sería mejor que me encargara de la vigilancia. Estaba seguro de que se trataba de una frase para mantenerme ocupado, pero no me importó demasiado, ya que me dedicaba a observar los paisajes. No podía creer que hacía tanto que no salía. Estaba hecho para esto. Ver el mundo. Observar a los extraños que nos pasaban de vez en cuando en la carretera.
Las almas ya no me provocaban el miedo que una vez me habían provocado. De hecho, a menudo tenía ideas sobre hablar con alguien, escuchar una voz que jamás hubiera escuchado, historias que fueran desconocidas para mis oídos. Por supuesto que eso no era viable. El espacio en las cuevas se había limitado bastante con los rescates que habíamos realizado a través de los años. Ya llevábamos diez humanos reincorporados con éxito. Muchos de los cuales habían escogido vivir en los demás refugios de la resistencia.
- ¿Todo bien ahí atrás? –me preguntó Wanda, sacándome de mis ensoñaciones. Le ofrecí una pequeña sonrisa y asentí con la cabeza.
- Nos detendremos en la próxima estación de gasolina –anunció Jared-. ¿Quieres salir a estirar las piernas? –me preguntó luego.
- Seguro –respondí sin ocultar el entusiasmo de mi voz. Jared se estacionó a unos cincuenta metros de la gasolinera y los tres nos bajamos del automóvil. Él se quedó junto a la puerta del conductor y tomó una bolsa de papas fritas para simular tener una razón para estar detenido. Wanda se dirigió, solícita y dispuesta a la tienda; se alejó con una sonrisa y un movimiento despreocupado de su mano. Por mi parte, caminé por un momento sin alejarme lo suficiente como para perder de vista el auto. No quería provocarle un infarto a Jared ni nada por el estilo.
Llevaba colgada al cuello una cámara fotográfica que ya no funcionaba, solo para tener una excusa para estar vagando por el desierto: no quería que algún alma se detuviera a preguntarme si necesitaba ayuda. Los chicos habían desarrollado varios trucos de ese estilo, formas de que las almas no se acercaran para charlar o preguntar cosas cuyas respuestas no queríamos proporcionar.
Estaba atardeciendo, y el cielo se veía espectacular desde donde estábamos. Me senté en una roca y miré al sol por unos cuantos minutos. Al menos era un paisaje nuevo que mirar. Solía salir por las noches sin que nadie lo supiera, sentarme en los montículos de arena de fuera de las cuevas y observar el cielo, pero aunque apreciara los pocos momentos que podía pasar al aire libre, esa costumbre también se había vuelto monótona eventualmente.
Un ave grande pasó volando, justo por encima de mi cabeza, y pensé en lo libre que debería sentirse volando de esa forma. Me pregunté por qué las almas no habían escogido otro tipo de criaturas para ocupar. Si se hubiera tratado de mí, hubiera elegido algo más interesante, algo con más habilidades, como las aves o los caballos. Correr por la interminable extensión de terreno que tenía ante mí, parecía como algo de ensueño.
Quizás hubiera algunas almas que elegirían una vida así. No podía ser el único que pensara en ello. En lo maravilloso que sería volar o poder nadar o correr por millas y millas. Aunque quizás eso no fuera tan impresionante para ellos. Habiendo sido un dragón, una araña o un murciélago, no tendría demasiado atractivo ser un simple pájaro o solo un pez.
Recordé las interminables noches que solía pasar con Wanda relatándome sobre los diferentes planetas, así como con Burns y con Darla. Las historias de Burns sobre el mundo del fuego eran algo que las demás almas casi no soportaban. Tan complicadas y emotivas. Una naturaleza casi tan voraz y destructiva como la nuestra.
Cuando pude ver por el rabillo del ojo que Wanda regresaba cargando varias bolsas, me puse de pie para acercarme y ayudarla. Volvimos al auto y ella nos ofreció a Jar y a mí unos cuantos regalos de comida elaborada y golosinas.
El día siguiente pasó sin demasiadas complicaciones. Wanda nos consiguió a Jar y a mí pares de gafas para el Sol. Así podíamos conducir con el amanecer al frente sin ningún tipo de complicación. Jared se veía como una estrella de cine con los suyos. No recordaba demasiadas películas, pero sí las suficientes como para saber eso.
Comimos en el auto, a un lado de la carretera y tomamos turnos para conducir. Cuando me tocó hacerlo, notaba que Jared me miraba desde el asiento del acompañante con desconfianza. Un pequeño animal se cruzó por la carretera y frené lentamente para dejarlo pasar, justo como lo hubiera hecho un alma: sin giros apresurados o frenadas bruscas. Después de eso él comenzó a hablar con Wanda, y de a poco sentí distenderse la tensión en el carro. Parecía que ya no le daba pánico que cometiera algún error. Gracias al cielo, Melanie me había enseñado bien.
Wanda tomó el volante cuando debimos parar a cargar combustible, mientras Jared y yo pretendíamos estar profundamente dormidos en nuestros lugares. Las almas habían desarrollado una alternativa sintética a la gasolina. Duraba mucho más y no producía contaminación. La capa de ozono ya no estaba en peligro, y el calentamiento global era solo otra historia de cuando el mundo pertenecía a los humanos. Por un momento deseé que las almas tan solo hubieran traído esos avances tecnológicos a nuestro planeta, sin la inevitable consecuencia. Suspiré para alejar esos pensamientos y continué mirando por la ventanilla del auto.
Al tercer día de viaje decidimos parar en un hotel de la carretera. Estaba justo a las afueras de una ciudad, a cuyo nombre no le presté ni la menor atención. De todos modos, no estaba encargado del mapa, así que no tenía de qué preocuparme. Al bajarnos del auto para ir hasta la habitación, la tenue cicatriz de mi cuello hacía que me sintiera tranquilo. Todo lo que debía hacer era asegurarme de no mirar directamente a ninguna fuente de luz. Era pan comido.
Los relatos de los viajes para buscar provisiones habían ido cambiando mucho con los años. A los chicos cada vez les resultaba más sencillo fingir ser almas y mantenerse calmados alrededor de ellas. Yo ya no sabía por qué les teníamos tanto miedo antes, ahora si te hablaban o llamabas la atención, simplemente debías ser amable y mantener la vista gacha para evitar el sol y las demás fuentes de luz.
Ya en la habitación, me senté en una silla muy cómoda mientras Wanda se duchaba y Jared revolvía la bolsa con provisiones que habíamos recolectado. Suspiré y miré a través de la ventana, a la interminable noche. El cielo ya estaba casi completamente oscuro.
- ¿Crees que sería seguro ir a dar una vuelta? –pregunté en voz alta a Jared. Escuché cuando se quedó quieto para mirarme, pero no volví la vista hacia él. No ayudaría que viera la ansiedad en mis ojos, esto debía ser algo sin importancia. Como si se tratara de algo totalmente normal. Tardó un largo momento en hablar.
- ¿Sabes cuáles son las reglas? –preguntó por fin. Asentí con la cabeza.
- Evitar a los demás a toda costa, salvo que hacerlo parezca sospechoso, ser amable si es necesario hacer contacto y evitar las fuentes de luz en los ojos.
Me miró unos segundos más, se encogió de hombros y volvió a su tarea.
- Puedes salir un rato si eso es lo que quieres. Pero no se lo digas a Mel, me mataría –agregó lo último a modo de broma, con una media sonrisa en el rostro. Me puse de pie y salí por la puerta, para luego rodear el hotel y dirigirme al estacionamiento de detrás del edificio. Busqué la ventana de nuestra habitación contando las aberturas y moví la mano para saludar al invisible Jared que sabía me miraba del otro lado de la cortina. Un pequeño movimiento en la tela me confirmó lo que ya sabía. Puse los ojos en blanco y busqué un buen lugar para sentarme.
Había un pequeño parque de juegos infantiles cerca de donde me encontraba, así que fui a sentarme en la cima de uno de esos juegos que se ven como construcciones a base de caños de diferentes colores. Estaba considerablemente alto, quizás a unos tres metros de altura. Miré alrededor, observando los edificios que se alzaban en el borde de la ciudad. Podía ver una pequeña tienda, un restaurant, un centro de sanación y un edificio que parecía abandonado.
Miré con más atención este último, no se parecía a las construcciones que usaban las almas. Estaba viejo y desgastado. Tablas cubrían las ventanas y las puertas. Me pregunté de qué rayos podría tratarse, pero no fue necesario pensarlo demasiado. Antes de que pudiera siquiera saber lo que hacía, mis pies habían tocado tierra de un salto y estaba caminando hacia la estructura. No parecía normal que solo estuviera ahí sin que nadie pareciera cuidarlo.
Estando más cerca, pude notar que se trataba de una biblioteca. Una antigua biblioteca humana. Sonreí como un niño que acababa de encontrar la mayor tienda de dulces del mundo. La cantidad de historias que debía esconder era casi demasiado para poder asimilarlo. Ese lugar tenía todo lo que había deseado aquellas noches de insomnio… bueno, quizás no todo, pero sí una muy buena forma de entretenerme.
Mi cabeza comenzó a darle vueltas a la razón por la que todavía no lo habrían demolido, o por lo menos renovado, pero no pude encontrar una razón coherente. Lo lógico hubiera sido de desecharan todo de inmediato, pero no podía pensar de forma clara. Todo lo que quería era buscar una ventana por la que me fuera posible entrar sin llamar la atención. Había una pequeña, seguramente del baño del lugar, por la que entraría perfectamente. Nadie se había molestado en tapiar esa inofensiva ventana. Probablemente solo habían cubierto las demás para protegerlas del viento o de la lluvia.
Me sostuve del marco superior para pasar primero mis pies por el agujero. Siempre era más práctico caer de pie en un lugar desconocido. Con un simple movimiento, estuve dentro. Me limpié las manos del polvo del lugar y saqué mi linterna de mi bolsillo. Me moría por explorar un poco.
Había estado en lo correcto antes, me encontraba en el baño. Empujé la puerta para salir y alumbré de una pasada el lugar en general. Era enorme. Parecía estar compuesto por varias salas, cada una comunicada por un arco con la principal. Estanterías repletas de libros ocupaban todo el espacio del salón, así como las paredes. Se formaban pasillos a causa de la disposición de los anaqueles.
Comencé a caminar sin rumbo, alumbrando los carteles que identificaban los géneros: "Historia", "No ficción", "Terror", "Autoayuda", "Románticos"… todos se veían como si nadie los hubiera tocado en años, que era probablemente el caso. La sección de "Cocina" estaba prácticamente vacía. A medida que inspeccionaba, tomé unos cuantos pequeños que me llamaron la atención y los guardé en los bolsillos internos de mi chaqueta. Nadie los echaría de menos aquí.
Deseé poder llevarme cajas y cajas, todas etiquetadas y clasificadas para poder ir devorándolas en los momentos de soledad en las cuevas. Pero debía limitarme a los más pequeños, aquellos que podía guardar con facilidad.
Me quedé en el estante de las novelas de misterio, repasando los títulos con la mirada. Podía ver el pasillo siguiente por los espacios entre los libros. Se veía oscuro sin la presencia de mi linterna, casi completamente negro. Me pregunté si las luces funcionarían. Todo parecía estar abandonado, pero quizás nunca habían cortado la energía.
Alcé la mano para alumbrar a través del pequeño espacio entre los libros, pero no fui capaz de ver demasiado. Salté hacia atrás y mi espalda chocó con el estante a mis espaldas cuando mi luz se reflejó en los brillantes ojos de un alma, lanzando un destello de color hacia mí rostro… Me habían descubierto.
