Tras un mordisco.

Disclaimer: Hetalia es de Himaruya.

Advertencias: Sexo, golpes, peleas, la historia puede variar según el estado de ánimo de la escritora.

Gracias a todas por ser tan bonitas con sus comentarios,

Capítulo dos

A media mañana, Arthur iba de camino a su trabajo. Para ser una pequeña ciudad había bastante trabajo. Algunos decían que la ciudad tenía futuro, que estaba en desarrollo y pronto sería una gran metrópoli.

Nada de eso le importaba realmente a Arthur, cuando llegaron era un pequeño pueblo rodeado de interminables áreas verdes. Pronto se había convertido en una pequeña ciudad, aún rodeada de interminables praderas. La ciudad en sí estaba rodeada de árboles y grandes campos de maíz. Todo eso le gustaba a Arthur, le agradaba la naturaleza.

Tuvo que levantarse un poco más temprano de lo habitual, dado que debía ir a pie gracias a Alfred, quien le había quitado su bicicleta. Cuando entró en la pequeña cafetería la gran sonrisa de Elizaveta lo recibió. Su amiga era unos cuantos centímetros más baja que él, no mucho. Su largo cabello castaño estaba tomado por una simple coleta y estaba vestida con el uniforme del trabajo, el que consistía en una pechera negra con bordes blancos y el nombre del local bordado en una esquina.

-Siempre puntual, ¿Eh, Arthur?- le murmuró mientras caminaba hacia una mesa, rellenando con café la taza de un cliente que estaba sentado. Arthur Susurró un 'Gracias bonita' y continuó con lo suyo. El inglés le dirigió una sonrisa, mientras caminaba al baño que estaba en el fondo para colocarse la camisa y pechera correspondiente.

Para cuando salió el local estaba lleno, era hora de almuerzo. Estuvo un par de horas ocupado, atendiendo rápido y tratando de limpiar el local al mismo tiempo. La cafetería estaba cerca de las oficinas y se llenaba a más no poder cuando los trabajadores tenían hora de colación. Arthur, acostumbrado, llevaba las bandejas con los platos de comida y los recogía una vez vacíos. Limpiaba las mesas, ordenaba las sillas y seguía con lo suyo.

Elizaveta se encargaba de recibir los pedidos y de atender de vez en cuando la caja, cuando ésta se llenaba de gente. Eran un buen dúo, el dúo favorito de su jefe, ya que eran los más hábiles y los que tenían más experiencia.

Cuando llegó la hora de su descanso, Arthur sacó la propina que le habían dejado en las mesas que tenía asignadas, y tomó lo que le habían dejado en su pechera mientras atendía. La gente era bastante generosa cuando se les daba una buena y rápida atención, y Arthur era bueno en ello.

Camino hacia las mesas que estaban afuera y puso su plato de comida junto al de Elizaveta, que ya estaba sentada esperándolo para almorzar junto a él. Después de acabar con la horda de clientes que entendían, su jefe los mandaba a almorzar y a descansar un buen rato mientras él limpiaba un poco el local.

- Gran día, amo los viernes, la gente es más generosa- Murmuró Eli, mientras se llevaba una cucharada de arroz a la boca y lo masticaba lentamente.

- Es más agotador, hoy se llenó bastante- Balbuceó Arthur en respuesta, le dolían los hombros. Los movió haciendo sonar su espalda – Pero fue un buen día- estuvo de acuerdo.

- No tan bueno como mañana- Le sonrió Elizaveta – ¿que harás para tu cumpleaños? – Le preguntó, observándolo – No me digas que…-

- Lo celebraré en casa- Dijo, antes que Eli dijera algo – No me gusta salir, lo sabes- Le frunció el ceño, regañándola con la mirada.

- Pero art, vamos, ya tenemos veinte años- Le dijo ella, golpeándolo en el brazo – Deberíamos salir, celebrar afuera, es lo que hacen los chicos de nuestra edad. Mañana es la fiesta de apareamiento- murmuró, feliz. La mujer agitó su cola, emocionada con la idea– Tal vez consigas pareja, tal vez yo consiga pareja, vamos art- le dijo, haciendo un puchero.

- Eli, no iré, no me gusta salir para mi cumpleaños- -Gruñó Arthur, bajando la mirada a su propio plato.

Arthur aún recordaba que hace tres años, cuando cumplió dieciocho años, había hecho caso a su amiga y había salido con ella a celebrar en un bar de por ahí. Cuando iban de camino se cruzaron con Alfred y sus amigotes.

Ellos estaban en una esquina, y apenas el americano lo vio, sonrió. Arthur había querido correr por su vida, debería haberlo hecho pero siguió caminando junto a Elizaveta. Arthur pensó que Alfred no lo molestaría ese día, que solo lo quedaría mirando. Eli no había notado como el americano lo miraba, ni la tensión en el cuerpo de Arthur.

Para cuando habían salido del bar, riendo con su amiga, Arthur sintió un par de grandes manos tomándolo por los hombros y sacudiéndole. Confundido, no sabía qué estaba pasando hasta que sintió una sustancia pegajosa cayéndole sobre la cabeza, corriendo lentamente por su rostro y hombros.

Escuchó el jadeo de su amiga cuando vio que era cubierto por harina de pies a cabeza. Cuando Arthur logró sacar la mezcla de sus ojos, observó a un sonriente Alfred.

-¡Feliz cumpleaños, Arthur!- Gritó en su cara mientras le pellizcaba una mejilla. – ¿Pensaste que me iba a olvidar de ti, eh? Algo especial, para un día especial.- Alfred estalló en carcajadas mientras lo dejaba y se iba.

Elizaveta le había tomado de la mano y llevado a su casa a tomar un baño. Todo el camino había escuchado a una enojada Eli lanzando improperios durante horas, maldiciendo a Alfred. Le había prestado ropa de su hermano mayor, que le quedaba un poco grande, y habían dormido en el sillón mientras miraban películas. Había pasado de ser el mejor día de su vida al peor en cuestión de minutos.

No había notado que se había sumergido en sus recuerdos hasta que Eli le pinchó con un dedo en sus costillas. Arthur se sobresaltó y la miró –No me ignores cuando te hablo.- Se quejó ella. –Habrá mucha gente en la fiesta, Alfred no te podrá molestar – Le dijo, sabiendo en qué estaba pensando Arthur- y estarás a salvo. Además Alfred estará más interesado en buscar alguna chica con la cual follar, yo creo que ni notará que estas ahí- Le miró, tranquila, segura de lo que decía.

Ojalá Arthur tuviese esa misma confianza, pero no se quería exponer a una humillación pública. Prefería estar en su casa, feliz y seguro, a exponerse de esa manera, siendo un blanco fácil para el matón americano.

-o-

Alfred sacudió los pies en el tapete de bienvenida que tenía su tía –Matt… Matthew.- Llamó a su hermano, pero salió su tía.

-Hey, hola, pequeño. Tú hermano está estudiando allá atrás. ¿Por qué no vienes? Estoy preparando el guiso de carne que tanto te gusta- Informó, tentándolo. Su tía Christine siempre sabía cómo convencerlo de quedarse un rato más en su casa.

Su tía no se parecía en nada a su madre, lo único que compartían era la melena rubia, del mismo color que el cabello de Alfred, y lo bien que cocinaban las dos.

-Genial, me estaba muriendo de hambre. Ya estaba cansado de comer comida envasada.- Alfred se quitó las gafas para limpiarlas con el borde de su camiseta negra.

-Tu padre aún no se digna a cocinar, ¿Eh?- La mujer suspiró – ¿Cómo van las cosas con él? ¿Sigue siendo un idiota?- Preguntó. Todos sabían que su padre era un hombre difícil, y si había algo más difícil que tratar con él, eso era vivir con él. El único valiente era Alfred, y su madre, pero su madre ya no estaba ahí.

-Sigue siendo un idiota.- Murmuró, lamiéndose el labio inferior. Ya no le dolía, pero aún podía sentir la pequeña herida palpitante. – Está cada vez más gruñón, pero tiene sus momentos de lucidez, no todos los días son tan malos.- Musitó, recordando que esa mañana había sido todo lo contrario a anoche. El hombre había actuado un poco más amable, ojalá siguiera así esta noche.

-Bien, ya sabes… sólo es un hombre herido.- La tristeza se reflejó en los ojos color chocolate de su tía, una pequeña sonrisa levantó las finas comisuras de sus labios, suavizando su expresión. – Sólo necesita algo de luz en su vida, aún es bastante joven, pero está muy encerrado en sí mismo como para ver más allá de su nariz. Lo vi el otro día, juro que debe tener las cejas tiesas de tanto fruncirlas- Bromeó.

Logró sacar una carcajada de Alfred, quien un rato después se fue a sentar con su hermano en el patio. Eran gemelos, Matt unos minutos más joven que Alfred. No se parecían mucho, Matt era un poco más bajo que su gemelo, y más delgado. Su cabello de un marrón oscuro, un poco más claro que el de su padre. Tenía unas gafas más grandes que las de Alfred y era todo un cerebro, el futuro médico de la familia. Estaba preparándose para entrar a la universidad el próximo año, y ya estaba estudiando y leyendo antes de siquiera entrar 'Quiero adelantar trabajo.' decía.

Comieron en silencio y luego observó como Matt sacaba un libro. Empezaba a leerlo cuando Alfred bufó. –Eres un Nerd.- murmuró, sonriéndole.

Matt agitó una de sus oscuras orejas en su dirección y arqueó una ceja, mirándolo imperturbable –Estás gordo.- le contestó. Bajó su mirada al plato de Alfred. – Al paso que vas tendrás cada arteria tapada en grasa en pocos meses,- sonrió de vuelta –Idiota-.

Alfred enderezó su espalda, sabía que su hermano estaba bromeando, siempre lo hacían – Al paso que vas tú, te quedarás ciego.- Le quitó las gafas a Matt y las miró de cerca. – Éstas son más grandes que las otras, cuatro ojos.-

Matt le quitó sus gafas y se las volvió a poner. – Tu también ocupas gafas, cuatro ojos.- hizo una mueca cuando limpió sus gafas con una servilleta – Las dejaste llenas de grasa, cerdo.- tiró la servilleta a la cara de Alfred, pero este la agarró antes de ser golpeado.

-¿Cómo van los estudios?- preguntó, serio. Cogió su plato y lo puso sobre el de su hermano para después pasarle ambos platos a su tía.

-Bien, ¿Cómo está papá?- lo miró, los ojos azules un poco más claros que los de Alfred se quedaron mirando su labio - ¿Sigue golpeándote? Deberías venir a vivir con tía Christine, sabes que la habitación de huéspedes sigue libre- le recordó.

-Fue una pelea estúpida, estaba de mal humor, ya lo sabes… uno de sus momentos- Tomó el libro de Matt, leyó algunas líneas y al no entender nada se lo devolvió. – No puedo irme, si lo dejamos solo en su casa se volverá un ermitaño, lo sabes- masculló.

Ambos hermanos sabían que su padre era una persona dura, no necesitaba ayuda física de ningún modo. Hank Jones era conocido por ser un hombre bastante fuerte, tanto su cuerpo como su carácter eran fuertes. Nadie entendía cómo una mujer dulce como su madre pudo casarse con él. Algunos decían que su madre logró suavizar a su padre. En su infancia su padre había sido bastante estricto, pero también era cariñoso. Sin embargo, desde que su madre había muerto, no lo había visto sonreír en años. Algunos días, cuando se aventuraba a salir de su habitación para cocinar algo rápido, se había encontrado a su padre sentado en un sillón, mirando en silencio alguna imagen en la que aparecía su madre.

Su padre no había llorado la muerte de su madre, no públicamente. Tanto el cómo su hermano habían visto a su padre llorar y sufrir en silencio. Ninguno de ellos se había acercado a él, tenían miedo de enojarlo o molestarlo. Con el tiempo su padre se volvió difícil de tratar, y Matt había escapado a casa de su tía después de una pelea con él. La huida de Matt no había roto la relación con su padre, pero sí la había hecho más débil.

Alfred le había dicho a su hermano que si él se iba de casa al igual que su hermano, su padre terminaría por romperse. No quería que su padre se volviera un total antisocial, el hombre era una persona honesta, respetada por los que lo conocían y bastante leal. Él sabía que su padre no era malo, sólo… sólo era su padre, simplemente Hank Jones.

Después de conversar un poco con su hermano y con su tía, se quedó a cenar en casa de ella. Cansado de estar bajo las interminables preguntas de su tía y la mirada curiosa de su hermano, se retiró a su casa apresurado, prometiéndole a Christine volver pronto.

-o-

Arthur iba camino a su casa, tuvo que hacer otro turno extra, ya que el local se había llenado en la tarde. No le preocupaba mucho, ya que esos turnos se los pagaba su jefe, pero eso no quitaba el hecho de que estaba agotado.

Estaba cruzando una esquina cuando sintió que alguien lo empujaba con suficiente fuerza como para hacerlo chocar contra un poste de luz. Se golpeó con potencia contra el concreto del poste, recibió el golpe en su brazo y hombro derecho. Miró alarmado a su agresor, pero Alfred siguió por su camino.

-Mira por dónde caminas, conejo. - le gruñó en advertencia, mirándolo de reojo.

Arthur esperó el siguiente golpe, pero éste no llegó nunca. Observó cómo Alfred seguía su camino, y cuando estuvo seguro de que el moreno no regresaría a seguir atormentándolo, continuó con su camino.

Al llegar a su casa cenó tarde con sus padres, cogió las propinas y las guardó en el tarro que tenía bajo la cama. Untó algo de crema en sus dedos y la esparció sobre su flagelado brazo, si tenía suerte no dejaría moretón. No quería tener el brazo adolorido para su cumpleaños, eso significaría el tener que responder preguntas que no quería contestar.