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Grandes noticias

Me dije a mí mismo que no pasaría nada por llegar tarde. Me acerqué hasta la ventana y dejé pasar a la lechuza, cogiendo su carta. La guardé en el bolsillo de la túnica y, tras mirarme un momento al espejo y peinarme bien, corrí hasta los Invernaderos.

Allí, en la entrada, me esperaba la directora.

―Directora McGonagall, ¿ha ocurrido algo?

―Señor Longbottom, venía para desearle buena suerte en su primer día, pero veo que usted ha llegado tarde. Sólo espero que… la celebración de anoche fuese buena ―sentí enrojecer un poco mientras sonreía ―. ¿Tienes miedo?

―Por supuesto que no, directora. Estoy aterrorizado.

Ambos reímos.

―Una respuesta propia de un Gryffindor. Buena suerte, mi querido Neville.

La directora me dio un casto beso en la mejilla y se marchó. Yo, por mi parte, tomé aire y abré la puerta del Invernadero. Alrededor de una jardinera llena de plantas, toda una clase esperaba.

―Buenos días. Soy Neville Longbottom, profesor de Herbología de Hogwarts. Y esto es Herbología de primer año. Bienvenidos.

Nadie contestó, pero daba igual. Al menos lograba imponer algo de respeto.

Tras la clase, tuve dos horas libres y, después, me encontraba en el Gran Comedor para el almuerzo. La directora me guiñó un ojo y yo alzó un pulgar en señal de aprobación. Minerva MacGonagall sonrió.

―Hola, ¿puedo sentarme?

De repente me puse en tensión. Frente a mí se encontraba el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Theodore Nott.

―Es un país libre ―contesté seriamente.

Nott se sentó a mi lado y comenzó a servirse el almuerzo. En cuanto a mí, por mi parte, parecía haber perdido el apetito.

―¿Me pasas los guisantes, por favor? ―preguntó Nott.

Le pasé los dichosos guisante, pero sin mirarle. Por su parte, alguien más apareció en la mesa, el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.

―Demonios, hay que ver qué jóvenes tan indómitos. Yo no era así cuando estudiaba aquí.

El profesor se sentó a mi lado.

―Bueno, Rolf, son jóvenes. Están hormonados. ¿Quieres guisantes?

―Por favor.

Se comenzaron a pasar platos delante de mi, lo cual me molestaba un poco. O bastante.

―Bueno, ¡ya está bien! ―grité, delante de ellos. Los otros dos profesores se quedaron mudos.

―Lo siento ―se disculpó Nott.

―Sí, yo también ―el tal Rolf hizo lo propio.

Yo me levanté bruscamente y abandoné la mesa de los profesores. Decidí que era mejor dar un pequeño paseo hasta mi despacho. Entonces, tras meter las manos en los bolsillos de la túnica, me percaté de algo. La carta seguí en el bolsillo de mi túnica. La sacó y miré el membrete.

Era del Hospital San Mungo.

Acto seguido, intenté recordar hechos que pudiesen haber sucedido en días anteriores, pero no recordó nada. Mis padres habían seguido igual por años, nada indicaba que hubiese mejorías. Aun así, tomé aire nuevamente aquel día y abré la carta.

―Merlín…

Al rato, llamaba fervientemente a la puerta del despacho de la directora. Minerva abrió, con el semblante serio.

―A menos que se el colegio se esté quemando o un mago tenebroso haya vuelto a las andadas, no me interesa.

―¡Directora!

―¡Por Merlín, Longbottom! ¿Qué pasa?

Alcé la carta de San Mungo, emocionado.

―¡Lo recuerdan todo!


Al rato, con ambos ya más calmados, y yo tomándome una tila y la directora un whisky de fuego, hablamos

―Tus padres… lo recuerdan todo. ¿Pero cómo?

―No lo sé, tengo que ir a San Mungo, pero los sanadores dicen que mi madre ha empezado a recordar cosas, y después mi padre. Tengo que irme ya.

―Puedes utilizar mi chimenea.

Sonreí a la directora y caminé a la chimenea. Tomé un pellizco de polvos Flu de una pequeña maceta que había sobre la repisa y lo lancé al fuego, que se tornó de un verde esmeralda brillante. Al instante, entré en las llamas.

―¡San Mungo!

Al instante, me encontraba en una pequeña recepción.

―¿Puedo ayudarle? ―una enfermera se encontraba tras un mostrador.

Me quité la ceniza de los hombros y centré mi atención en ella.

―Soy Neville Longbottom, vengo a ver a mis padres.

La enfermera me permitió el paso y yo caminé hasta la planta de Daños Provocados por Hechizos, a la sala Janus Thickey. Allí, al fondo, estaban mis padres. Varios sanadores estaban con ellos, ayudándoles a caminar o hablando con ellos. Mi abuela, Augusta Longbottom, también estaba allí, ataviada con un abrigo largo y un sombrero con un buitre como adorno.

―Neville ―saludó ella.

―Hola, abuela. ¿Cómo están?

―Recuperando la memoria poco a poco, según han dicho los sanadores.

Entonces, mi madre, Alice Longbottom, me vio.

Pero nada pasó. Yo sonreía, aunque de mis ojos se escapaban pequeñas lágrimas. Sin embargo, mi madre no parecía reconocerme.

―Hola, mamá. Soy yo. Soy Neville, tu hijo.

―¿Ne... Neville?

―Sí ―afirmé yo, emocionado, aunque también asustado.

―¿Dónde está Neville? ¿Dónde está mi hijo… mi bebé?

Conseguí acercarme a mi madre, sorteando a los sanadore, quien reaccionó instintivamente y se apartó de mí, asustada.

―Mamá, soy yo. Soy tu hijo. Han pasado muchos años y he crecido, pero estoy aquí. Aquí… contigo.

Alice Longbottom se quedó mirándome, hasta que alzó una mano, dispuesta a tomar la mía. Sin embargo, la retiró en el último segundo y comenzó a gritar y darse pequeños golpes en la cabeza, mientras temblaba.

―Sujétenla ―ordenó uno de los sanadores a los enfermeros, que así lo hicieron, mientras otra sanadora sacaba un pequeño frasco y se lo daba, forzadamente, a Alice.

―¿Qué le pasa? ―preguntó Augusta Longbottom.

―Aún es pronto, señora Longbottom, muy pronto. Acaban de empezar a recordar cosas, aún necesitan adaptarse. Sé que es duro, pero les prometo que, llegado el momento, ellos les recordarán ―comentó un sanador.

Yo me había quedado mirando a mi madre, que ya empezaba a relajarse, hasta quedarse dormida. Mi padre seguía siendo examinado por los sanadores, pero no quise molestarle. No creía ser capaz de aguantar otra escena. Tras eso, me levanté y me despedí de mi abuela, alegando que tenía que volver al trabajo.

Tras abandonar la sala, me dirigí a la recepción por donde había llegado, pero me choqué con alguien antes de entrar.

―Lo siento ―se disculpó él.

―Ha sido culpa mía.

―¿Hannah?

―¿Neville?

Los dos nos miramos un momento, pero ninguno dijimos nada. Yo estaba bastante avergonzado por haberme marchado aquella mañana.

―¿Cómo estás? ―preguntó él.

―Bien, bien. Esta mañana me he despertado sola en la cama, pero es algo a lo que estoy acostumbrada.

Bajó la cabeza mientras notaba cómo enrojecía.

―Lo siento. No era mi intención dejarte ahí. Tenía mi primera clase en media hora.

―No importa, no importa. Dime, ¿qué haces aquí? Nada grave, espero.

―Oh, no, es sólo que mis padres han empezado a recordar cosas. Y he venido corriendo.

Hannah sonrió.

―Eso suena maravilloso, Neville. Me alegro mucho por ti.

―¿Y qué haces tú aquí?

―Sólo un chequeo rutinario, nada más.

Los dos sonreímos.

―¿Vas a Hogsmeade?

―Sí ―afirmó ella ―. Vuelvo al pub.

Nos despedimos en la misma recepción y cada uno nos fuimos por nuestro lado. Ya se había hecho tarde, pero llegué a tiempo para la cena. Allí, como al mediodía, Theodore Nott y el tal Rolf se encontraban.

―¿Qué? ―pregunté yo, al ver que se me habían quedado mirando.

―Nada, nada… ―dijeron ellos dos.

Yo me senté y comencé a cenar.

―Rolf Scamander, por cierto ―el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se presentó. Era un joven alto, de pelo rubio, casi platino. Pero un rubio que le recordaba mucho a Luna.

―Neville Longbottom ―le devolví el saludo.

―Lo sé. Eres famoso. Supongo que conocerás a mi colega, Theodore Nott.

―Sí, le conozco ―contesté seriamente.

Nott apenas me miró. Durante la guerra, Theodore Nott decidió mantenerse neutral. No formó parte de los mortífagos del Señor Tenebroso, pero tampoco es que decidiese ayudar a la Orden del Fénix o al Ejército de Dumbledore. Cuando acabó la guerra, no se le pudo incriminar nada, aunque sí que aportó información en la búsqueda de su padre, este sí, un mortífago. Aunque no se encontraron pruebas contra Theodore, muchos aún piensan que tuvo algo que ver con actividades mortífagas.

―Longbottom ―saludó Nott.

―Nott.

Los tres estuvimos en silencio durante la cena, pero al menos era un comienzo.

Tras la cena y hablar con la directora sobre cómo estaban sus padres, me fui a mi despacho. Me quité la túnica y comencé a desvestirme, pero, entonces, llamaron a la puerta.

Allí, fuera, estaba Hannah.

―Buenas noches, Neville, ¿podemos hablar?

Quizás fuera por el frenesí que había experimentado a lo largo del día, quizás porque recordaba la fantástica noche que había pasado con Hannah, el caso es que me alegraba mucho de verla allí, tanto que la tomé de los brazos y la arrastré dentro.

―Neville, ¿qué haces? Necesito hablar contigo… ―Sin embargo, comencé a besarle el cuello ―. Neville, va en serio… Estoy embarazada.

Yo me detuve y me quedé mirándola a la cara.

―¿Qué?