Oscuridad en la tormenta

Ichigo la sostuvo fuerte evitando que ella lo estrangulara con su abrazo desesperado. Sollozaba en su pecho, hipaba entrecortadamente entre gemidos de dolor, de llanto, y fue hasta entonces que se le ocurrió ver la ventana. Estaba lloviendo.

Tengo miedo, Ichigo. Si a mi Nii-sama le pasa algo ¿qué haré? ¿Quién va a cuidar de mí? ¡Me quedaré sola! – Ichigo la separó bruscamente de ella, enojado.

¡No vuelvas a decir eso, idiota! A Byakuya no le pasará nada, y si algo le pasa, me tendrás a mí. – Rukia miró arrepentida los ojos ofendidos del chico que tenía frente a sí.

Lo… lo siento, Ichigo. Es que estoy desesperada, yo…

Tranquila, lo entiendo. Sólo trata de controlarte, que gritar quejas a los cuatro vientos no ayudará de nada. – volvió a acercar la cabeza de ella a su pecho, con ternura.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? – dijo, después de un silencio de muchos segundos.

¿A qué viene esa pregunta?

¿Lo recuerdas, Ichigo?

¡Por supuesto que lo recuerdo, tonta! Eres mi mejor amiga, ¿qué clase de pregunta tan estúpida es esa? – Rukia dejó salir una risilla.

Porque sigues idéntico.

La lluvia arreció, y ambos se perdieron en un abrazo tibio.

Una gran tormenta había cesado, el mar aún oleaba con residuos de furia de las noches anteriores. Rukia salió a su jardín para ver si sus arbustos de moras habían sobrevivido. Pero, como casi toda planta, estaban arruinados. Se arrodilló en el barro, importándole poco que ensuciara escandalosamente su rojo vestido de lino y sus calcetas blancas de encaje, a llorar. Entonces le daba igual que muchas personas hubieran tenido problemas en sus viviendas y que muchas otras se hubieran quedado sin hogar.

Ella vivía en una enorme casa junto al mar, prácticamente un palacio, una de las varias residencias heredadas por su familia.

Mis arbustos… mis arbustos de moras… - lloriqueó buscando algo restante, ensuciándose también las manos.

¡Oh, no! ¿Qué hace, Rukia-sama? ¡Está completamente sucia y la acabamos de preparar para la reunión de su abuelo! Oh, por Kami, si la ve así se pondrá furioso… Venga conmigo, la arreglaré enseguida.

Pero mis arbustos…

¡Ya habrá tiempo para sembrar otros! Ahora tiene que tomar un baño. – la entonces madura mujer, Mariko, tomó de la muñeca a Rukia, llevándosela casi a la fuerza.

La mujer acomodaba el broche de plata con cuidado sobre el moño trenzado de cabello de la pequeña pelinegra. Llevaba puesto un vestido blanco con detalles dorados y plateados, y unos zapatos de charol negros. Ella se miró en el espejo, satisfecha.

¿Me veo bien?

Divina. Ese es el vestido favorito de Byakuya-sama.

Lo sé. – risa inocente – Por eso te pedí éste. Porque Nii-sama vendrá de la academia a la premiación del abuelo. – Mariko la miró con ternura.

¿Sabe? Sus padres estarían muy orgullosos de ustedes. – llamaron a la puerta de la habitación.

Adelante. la silueta era inconfundible para Rukia.

Hola, Rukia.

¡Nii-sama, llegaste! – corrió a abrazarlo. Él sólo acarició su cabello.

Ojii-sama quiere vernos, la reunión ya comenzó. – la niña asintió y le sonrió a Mariko, mientras Byakuya ni siquiera le había dirigido la palabra. Ambos se retiraron con la sirvienta detrás.

Ambos hermanos entraron a una sala enorme. Esta casa, a diferencia de las demás que poseían, tenía estilo occidental; francés, para ser más exactos. Los techos altos se levantaban con imponentes muros recubiertos de mosaicos y algunas partes mármol.

La ceremonia salió bien, un poco aburrida para una niña de diez años, pero que igual se sentía orgullosa de ser la nieta del premiado. Cuando terminó y Rukia estaba dispuesta a escapar para dar un paseo por la costa –y, seguramente, ensuciarse toda otra vez- Ginrei, el abuelo, la llamó.

Ella, con algo de fastidio, fue hacia él.

Ella es mi nieta, Rukia. Es la menor.

Mucho gusto, Rukia-chan. ¿Cómo estás? – una mujer morena en un vestido largo color coral se agachó y le habló con el típico tono en el que los adultos les hablan a los niños de tres años. Ella la miró, entre insegura y tratando de esconder cierta molestia.

Bien, gracias. Encantada. – el abuelo le sonrió con ternura cuando volteó a verlo, como preguntando "¿Ahora qué hago?"

Soy Shihouin Yoruichi, nena, pero puedes decirme sólo Yoruichi. – Shihouin. Su abuelo siempre los mencionaba, eran un clan de poder decadente como el suyo, así que ella debía ser la líder. Yoruichi llamó a un niño aproximadamente de la edad de Rukia, que estaba siendo molestado por un hombre rubio, seguramente el acompañante de la hermosa mujer. – Quiero presentarte a mi sobrino.

Kuro… perdón, Shihouin Ichigo. Encantado. – recitó la frase. Se notaba claramente que la había ensayado hasta aprender a decirla de una manera decente, pero había terminado siendo un desastre.

Hola, Ichigo-dono. Soy Rukia. - el chico sonrió tímidamente.

Hola, Rukia.

¿Quieres venir a jugar conmigo? – miró a Ginrei – Jii-sama, ¿podemos ir a jugar a la playa? Por favor…

Está bien, sólo no te ensucies y regresa antes del atardecer.

¡Gracias! – Rukia, sin importarle que Ichigo aún no le daba su consentimiento, tomó su muñeca y corrió hacia la gran puerta.

Ichigo había perdido a su familia en un bombardeo terrorista, y fue adoptado por una amiga de sus padres, Shihouin Yoruichi. Fue así como Rukia logró tener un medio para conocerlo. Ambos jugaron en la playa y platicaron y corrieron y rieron hasta que dio hora de regresar a la gran residencia. De paso, se encontraron con que Yoruichi se iba.

Ven ya, Ichigo. Tenemos que preparar todo para mañana darles una buena bienvenida a los Kuchiki. – Rukia miró al abuelo con una pregunta escrita en la cara, pero no preguntó nada. Una señorita educada debía mantener la boca cerrada en presencia de un hombre y su emisor, tradicionalmente.

¿Puedo despedirme de Rukia? – la morena asintió e Ichigo le tomó las manos.

Nos veremos pronto, ¿ne? Gracias por todo hoy. – Rukia no pudo evitar que los colores le subieran a la cara.

No ha sido nada. Espero verte pronto también. – sonrió al fin. Un rayo cercano conectó dos miradas adultas serias, comunicando algo desconocido para los niños.

Rukia despertó. Nada dolía como antes. Se fijó mejor dónde y con qué era interrumpido el vaho de su respiración. Era Ichigo, su ropa, estaba segura, porque olía a él. Él, que dormitaba ya recargado en el respaldo del enorme sofá, aún abrazándola, cuidó sus sentimientos hasta que se quedó dormida. Por la ventana apenas se notaba que el amanecer se levantaba imponente en los días de verano. Cerró los ojos, perdiéndose en aquél aroma que tanto adoraba pero cuyo embeleso debía mantener en secreto del poseedor.