Capítulo 2—Extraño

El sol lamió suavemente sus mejillas, cálido y tierno como la caricia de una madre, y Haku abrió los ojos despacio, como un niño que despierta para ir a la escuela.

Hacía cinco años que Chihiro lo estaba esperando.

El joven se irguió sobre sí mismo, observando su cuerpo, maravillado. Ahora debía de medir cerca de metro setenta y cinco. Sus pies eran mucho más grandes que antes, y ahora sus ropas le quedaban demasiado cortas y demasiado estrechas en la parte superior. Comprobó su forma ahora: su cintura era más estrecha que sus hombros. Emocionado, se llevó las manos al rostro, y comprobó que, aunque sus cabellos permanecían idénticos a la pasada noche, su mandíbula ahora era más cuadrada que redondeada, sus labios ligeramente más gruesos, su nariz más grande y rectangular, y sus cejas más pobladas.

—¿Qué...?—se llevó la mano a la garganta, asustado de pronto. ¿Aquella era su voz? ¿Por qué de pronto era tan grave?

Tragó saliva, y una bola dura se movió arriba y abajo en su garganta. ¿Se le habría atragantado algún trozo de fruta? Comenzó a obligarse a toser, dándose golpes en el pecho, pero la bola no salía. Se la presionó, angustiado, y notó que aquello le dolía.

¿Aquello era parte de su cuerpo? No podía ser, ¿cierto?

Haku frunció el ceño. Los humanos eran más raros de lo que recordaba. ¿Y si a Chihiro le había pasado lo mismo? ¿Y si Chihiro ahora tenía aquel trozo de fruta en la garganta y la voz tan profunda como un pozo?

Sería extraño, pero igualmente querría estar con ella, y aquel pensamiento le impulsó a ponerse en pie.

Entonces, al apoyar la mano en el suelo, y solo entonces, se fijó en todo el pelo que ahora tenía en las piernas. Aquello le disgustó bastante, teniendo en cuenta que desde siempre había estado inmaculado, aunque para cualquier otro humano tan solo se tratase de un ligero vello. Se puso en pie, y en aquel momento se percató que no solo tenía ahora pequeños pelos en las piernas, sino también en las axilas.

—¿Qué será lo próximo?—dijo, molesto, y la voz volvió a sorprenderle.

Sacudió la cabeza, tratando de concentrarse, y tomó la bolsa, ahora con solo el cojín en su interior y, echándosela a la espalda. comenzó a alejarse del lugar. Antes de perderla de vista, echó un último vistazo a la torre del reloj, ahora cubierta de hiedra y musgo, y esbozando una leve sonrisa, aún acostumbrándose a su nueva altura, se dio la vuelta y continuó adelante.

Se sorprendió al encontrarse una carretera bajo sus pies. La última vez que había caminado por aquella zona, era apenas un camino de grava.

Apenas hubo recorrido unos metros en la carretera, sintió cómo la pulsera atada a su muñeca tiraba de él, y decidió dejar que le guiara. Anduvo por alrededor de quince minutos, y entonces la pulsera le llevó a un desvío que subía a una pequeña ciudad. Continuó caminando, sin parar, por otra hora y media, y entonces se encontró delante de un enorme edificio de color blanco, con miles de ventanas. Aquello le impresionó: nunca había visto una construcción tan grande como aquella que no fuera de madera. Había gente por todas partes, sentada en el césped o simplemente andando en grupo.

Haku parpadeó, confuso ante su forma de vestir: todos iban más o menos igual, ellas con falda, camisa y corbata, y ellos con pantalones y camisa.

La pulsera tiró de él hacia el interior del edificio, y sus pies reaccionaron por él. Todos los ojos se volvieron hacia su presencia, haciéndole recordar a los trabajadores de la casa de baños, y sintió cómo, fuera donde fuera, era un extraño para todos.

Para todos menos para Chihiro.

Continuó adelante, cruzando pasillos, subiendo escaleras y, entonces, la pulsera le dejó justo delante de una puerta abierta. En la clase había bastantes personas, apoyadas en pupitres o sentadas ante ellos, formando grupos y comiendo juntos mientras hablaban. En cuanto le vieron, las conversaciones pararon, y todas las personas comenzaron a observarle y a murmurar.

Haku no veía a Chihiro por ninguna parte. No veía su cara en ningún rostro, y comenzó a pensar que aquel viaje había sido en vano.

Justo en aquel instante, una cabeza de cabellos cortos se giró, y sus ojos se abrieron, los palillos resbalándose entre sus dedos.

Y entonces su búsqueda concluyó, y la pulsera se desintegró.

Desde que Chihiro había salido del túnel e ido hacia su nueva casa, jamás había podido olvidar el tacto de la mano de Haku en aquel último momento, justo antes de salir corriendo hacia sus padres, y nunca había dejado de echarle de menos.

Sin embargo, aquello no le había impedido seguir con su vida. Había crecido, y madurado, y también había hecho amigos, con los que seguía saliendo, cinco años después. Se había convertido en una chica animada, seria y decidida, y por eso mismo la habían elegido delegada de clase todos los años. Había conservado su peinado con coleta hasta aquel primer año de bachillerato, donde había optado por uno más sencillo, con el cabello por la mitad del cuello. Era cómodo, y le resultaba más fácil de preparar y mantener, teniendo en cuenta que estaba en el equipo de natación aquel año.

Aún recordaba que su primer día en el colegio, hacía algún tiempo ya, había sido extraño e incluso había llegado a pensar que no iba a poder hacer amigos, no después de aquellos días, de aquel mes, en la casa de baños. Pero había estado equivocada, y para cuando acabó la semana ya se incluía en un grupo consistente en siete personas, aparte de ella misma. Con los años, tres parejas se habían formado, aunque solo dos de forma oficial, y tanto Chihiro como su mejor amiga, Makoto, se encontraban libres y solteras, y planeaban seguir así durante mucho tiempo.

—Mis expectativas son demasiado altas gracias al club de anime—suspiraba Makoto aquella mañana en que la vida de Chihiro se dio la vuelta, echada totalmente sobre la mesa, sus cabellos ondulados teñidos de rojo magenta desparramados por la mesa, sus ojos negros cerrados—. ¿Por qué los hacen tan perfectos? Por aquí solo encuentras chicos monos agradables, o guapos con personalidad de subnormal.

—No te olvides de los feos con personalidad de niño rata—intervino Haruka, de pie al lado de Chihiro. Ella era una de las que se encontraba en una relación, y sus larguísimos cabellos azabache, combinados con sus ojos color miel, denotaban su personalidad severa, lo que podía ser una pista para adivinar que pertenecía al club de tiro con arco.

—Pensé que no te gustaban los chicos, Haru—dijo Rin, apoyada en la cornisa de la ventana, justo en frente de su novia. Ella fue la que le había pedido salir a Haruka, hacía ya algo más de un año. Era alta, la más alta del grupo, y sus cabellos rubios siempre estaban recogidos en un moño improvisado con un lápiz que mostraba que pertenecía al club de arte, a juego con sus gafas negras, tras los que ocultaba sus ojos marrones.

—Y no me gustan—replicó Haruka, arrugando la nariz—. Pero es inevitable no notar su presencia siniestra, sobre todo cuando emanan ese olor a musgo.

Chihiro rió, divertida.

—La verdad es que no les vendría mal darse un agua por las mañanas—añadió, socarrona.

Justo en aquel momento, entraron agitados por la puerta la pareja no-oficial de la pandilla: Suoh y Yukio. Suoh era algo más bajo que Yukio pero, al contrario que él, llevaba su larga mata de pelo, teñido de azul, recogido en una coleta, con un par de mechones enmarcando su cara. Sus ojos y cejas eran oscuros, y varios piercings en las orejas, una ceja y bajo el labio marcaban su pasión por el metal, motivo por el cual estaba en el club de música. Yukio, por otra parte, llevaba su cabello muy corto a los lados, con un flequillo desordenado cayendo sobre su frente. Sus cabellos eran rubios, los más claros de la pandilla, y junto a sus grandes ojos grises y su aro en la oreja, luchaban por el protagonismo en su rostro. Yukio pertenecía al club de fotografía, y siempre llevaba su cámara a todas partes con él.

—¿Qué hora es?—chilló Suoh, tropezándose con una mesa. Yukio lo siguió, su cara una mueca de exasperación.

—Eh, eh, tranquilito—gruñó Makoto, irguiéndose y cruzándose de brazos—. Aún queda cuarto de hora para que empiecen las clases.

Suoh soltó un gran suspiro y se dejó caer en una silla, aliviado.

—Dios bendiga América—dijo él, y Yukio rió suavemente.

—Ya te dije que teníamos tiempo de sobra, Suoh—le dijo, sacudiendo la cabeza.

—Siempre dices eso, incluso aquella vez que llegábamos una hora tarde—replicó el peliazul.

Yukio miró a otra parte.

—Cuando ya llegas tarde, lo mismo da una hora que dos. Y aquella tostada mereció la pena, no puedes negarlo—frunció la boca.

—En eso tienes razón—rió Suoh, y Yukio, a su espalda, esbozó otra sonrisa.

Comenzaron a conversar, y un par de minutos antes de que tocara el timbre, aparecieron, con los cabellos alborotados, Hinata y Naoko. Hinata era la más bajita del grupo, y llevaba sus cabellos castaño claro muy cortos, casi tanto como los suele llevar un chico, apartándose el flequillo a un lado con una horquilla plateada. Sus ojos eran verde oscuro y era una chica risueña y despreocupada, motivo por el cual no pertenecía a ningún club. Su novio, Naoko, era algo más bajo que Rin, y llevaba sus cabellos dorados recogidos hacia atrás con un cintillo fino, que contrastaban con sus ojos marrón chocolate. Naoko era el mayor del grupo, y también el más deportista, siendo uno de los titulares del club de fútbol a pesar de que estaban en primer año aún.

—Llegamos a tiempo...—suspiró Naoko, apoyándose en el marco de la puerta.

Hinata jadeaba, sus manos en sus rodillas.

—Jo, esto pasa por tu culpa, idiota—dijo ella, de morros.

—Vamos, vamos, hemos llegado, ¿no?—sonrió él, y ella se sonrojó al verlo, ya erguida. Apartó la vista, avergonzada.

—Eres un idiota gigantesco—murmuró, su ceño fruncido y sus mejillas encendidas, y la sonrisa de Naoko se amplió, sabiendo que aquella era su forma particular de decir que "te quiero".

—Me dan envidia esos dos. Casi no parece que lleven dos años—dijo Makoto con boca pequeña, su cara apoyada en sus manos.

—Eso pasa bastante cuando no puedes encontrar novio—intervino Suoh. Aquellos dos siempre estaban igual, indiferentemente del ambiente.

Makoto le lanzó una mirada asesina.

—Al menos yo podría aceptar que me gusta alguien—replicó, y le sacó la lengua cuando el peliazul se sonrojó.

—No sé de qué me hablas—se cruzó de brazos, tratando de no mirar a Yukio.

—Sí que lo sabes, tú y todos los que estamos aquí—saltó de pronto Naoko, acercándose con su pareja al grupo allí reunido—. De verdad, ¿cuándo lo vais a aceptar?

Yukio, sonrojado también, fue a protestar, pero entonces la campana sonó, y las clases empezaron.

Algunas horas después, y varias siestas de Mako más tarde, llegó la hora del almuerzo. Rin y Haru fueron a la cafetería, como acostumbraban, y el resto juntó pupitres y sacaron sus bentos, comparando sus comidas. Poco después, la conversación se desvió a un tema bastante común para ellos.

—Entonces, Chihiro, ¿sigues creyendo en ese... cómo se llamaba... Haku?—preguntó Yukio, llevándose una tortillita a la boca.

—Sí—respondió ella, observando las salchichas cortadas con forma de pulpo en su bento, junto al arroz, y sonrió acordándose del dios del río—. Y si tú hubieras estado allí, también creerías en él.

—Sabes que me lo creo todo—replicó el rubio, agarrando ahora un onigiri—. Solo que no creería su promesa, no después de tanto tiempo.

—Bueno, cada uno es libre de creer en lo que quiera, ¿no?—dijo ella, dándole un muerdo a un pulpito.

El silencio les envolvió, y Hinata pateó a Yukio bajo la mesa, mirándolo con mala cara.

—¿Eres tonto?—murmuró, frunciendo el ceño, y apartó la vista de él.

Yukio, en respuesta, bajó los ojos, arrepentido.

Entonces, en aquel momento, todas las conversaciones en la clase pararon, y las cabezas se giraron hacia la puerta. Hinata fue la primera en mirar, y tras ella todos los demás, excepto Chihiro, centrada en su comida.

Casi no pudo creerlo cuando vio en la puerta a un chico de vestimentas blancas que le quedaban claramente pequeñas y cabello oscuro, largo y demasiado recto, observando cada rostro con detenimiento, como si estuviera buscando a alguien.

En aquel momento, su amiga se giró, su corto cabello moviéndose con ella, y los palillos, cerca de su boca, cayeron en cuanto reconoció al chico apostado en la puerta, confirmándole que era él, y todos parecían no creerlo.

—¿Ha...ku?—susurró Chihiro, y se llevó las manos a la boca.

El chico se giró, y sus ojos contactaron, y ambos supieron que aquel momento, aquel instante, es el que habían estado esperando tanto tiempo.