Capítulo 2: "Sangre corrupta".


No fue difícil encontrar, además de ropa, algo para comer y agua para beber entre tantos civiles e inocentes; conejillos de indias que habían sido masacrados en ese lugar. En el lúgubre recorrido, Rivaille fue recogiendo elementos que le parecían útiles para emprender el retorno a casa.

—Busca dos equipos de maniobra que estén en condiciones —indicó, señalando con la cabeza el cuerpo aplastado de un soldado mujer.

Las moscas que revoloteaban sobre los cadáveres se alteraban cada vez que se acercaba. El olor era insoportable, aún más la imagen de la carne corrompida. Cuando Rivaille lo vio teniendo arcadas, le ordenó dejar la tarea para ir en busca de algún caballo.

Para cuando pudieron dejar atrás el horrible cementerio, atardecía. El cielo anaranjado se extendía a lo largo de la llanura, despejada de titanes a excepción de ellos dos.

El caballo iba demasiado cargado, de esa forma el viaje sería más lento de lo pensado. Vaciaron los bolsos que habían cargado con manzanas para darle prioridad a los equipos de maniobra que no llevarían puestos, pero que Rivaille consideraba elemental. Irvin le había enseñado a ser más precavido de lo que ya de por sí siempre lo había sido, y atravesar el campo desarmado era mucho más que ser imprudente, era ser idiota.

Rivaille tenía las amarras del corcel, Eren iba detrás de él, tratando de encontrar paz en el silencio rígido que había entre los dos. Tenían mucho por decir, demasiado por aclarar y preguntar.

Cuando el Sargento dijo algo sobre encontrar un lugar donde pasar la noche, Eren rompió su desquiciante silencio.

—Lo siento… —dijo y Rivaille entendió que el muchacho quería hablar de ello; pero todavía no sabía si se sentía enojado o agradecido, en tal caso el tiempo lo diría—. No quería que… muriera. Yo… no quería estar solo.

—Siempre fuiste un poco egoísta, Eren. —Por sus propias palabras cayó en la cuenta de que estaba enfadado. Enigma resuelto. Suspiró y frenó el caballo. Recién entonces Eren reparó en las pequeñas cabañas destrozadas que había en el pueblo abandonado que atravesaban.

—Estás enojado —apuntó al bajar del caballo. Rivaille no supo si había sido una pregunta o una afirmación.

—Y también agradecido.

Eren esbozó una minúscula sonrisa, pero casi de inmediato los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas. El hombre frente a él se dio cuenta que estaba haciendo un sacrificio heroico por no llorar y eso le arrastró a sonreír de manera interna. Por fin Eren volvía a ser, poco a poco, quien era. El muchacho orgulloso que él conocía no derramaba lágrimas en vano. Si Eren lloraba, dominado por el odio o por el dolor, este debía ser uno incomparable.

—Sé que si estoy vivo es gracias a tu imprudente actitud. Aunque no sé si llamarlo imprudente —caviló, mientras conducía el caballo hasta un poste.

Morir era el peor de los males en ese caso y Eren no tenía nada por perder al intentarlo. Se preguntó sí, al estar en el lugar del chico, hubiera hecho lo mismo.

—No pensé —titubeó—, digo, no creí que fuera a funcionar, pero Hanji me habló tanto de ello…

—Sí, dímelo a mí —dijo con una pizca de saturación, levantando apenas las cejas por un ínfimo instante de manera socarrona. ¿Quién iba a decirles que irían a extrañar las largas charlas de Hanji?

—Vi el suero que tenía mi padre y… sé que fui egoísta… —Empezó a respirar agitado, de esa manera en la que Rivaille le ayudaba a darse cuenta que estaba irritado o angustiado. Y ninguna de esas emociones le gustaba ver dominando al chico, porque lo enceguecían y lo convertían en un problema, en un terrible dolor en el culo.

—Me alegro de que lo hayas sido —murmuró con el afán de consolarlo, aunque no tuviera por qué— ¿Te arrepientes?

—No, Rivaille… jamás —aseveró con firmeza—, si no lo hubiera hecho no estarías aquí y… ahora eres lo único que yo… la única persona que-

—Bien. Entonces si tú no te arrepientes, yo no lo haré. Se podría decir que ahora somos los dos únicos titanes en el mundo. —Se frotó la frente, reflexionando al respecto—. Aunque la verdad es que no sé que soy. Debería leer más detenidamente los últimos informes de la loca, pero están en el cuartel y hasta que no lleguemos… no tiene mucho sentido que…

Dejó de hablar paulatinamente al ver que Eren se acercaba más a él; creyó que el chico iría a abrazarlo, pero no lo hizo, simplemente lo miró, con una expresión de abatimiento mezclada con felicidad que le inquietaba. Pasó a su lado para abrir la puerta de una cabaña que todavía tenía techo y que podía servirles de refugio provisorio.

Espantaron a las alimañas y removieron un poco el polvo reinante. A Eren no le resultó insólito verle a Rivaille limpiando con minuciosidad el rincón que había elegido para dormir, pero le extrañó que no le exigiera a él ser partícipe de esa limpieza.

El muchacho ya había atravesado por demasiado. Él también, pero no era la clase de persona que se aferraba a los afectos. Por eso mismo que Eren rompiese en llanto de vez en cuando y en más de una ocasión no le resultó llamativo. Suponía que el recuerdo de su hermana y el de sus amigos —lo irremediable de la muerte de cada uno de ellos— llegaban a él como oleadas de recuerdos amargos.

No lo minimizó ni le reprochó como hubiera hecho en el pasado, llamándole blando y demostrándole que su función allí no era llorar a los muertos. Nada de eso en el presente tenía sentido y a Rivaille mismo le costaba horrores no sucumbir a la angustia.

Comieron poco porque el llanto, el grito y el horror seguían en sus gargantas y no les permitía pasar bocado. Se acostaron sobre las telas que hacían de camastro, hombro con hombro, en esa opresora soledad que compartían.

Fue ahí que Rivaille decidió rodearle con los brazos para consolarlo, quizás porque él mismo necesitaba consuelo. Por muy soldado legendario que fuera, por muy frío y desapegado que lo juzgara la gente, él también precisaba el confort que Eren le estaba solicitando y a la vez dando, pues el muchacho también lo había tomado entre los brazos con fuerza, con una que le hacía recordar a Rivaille que Eren era un titán adiestrado; un muchacho y no un niño.

Esa ligera idea en su cabeza le llevó a abrir la boca y quebrar ese pacífico silencio, apenas interrumpido por los sollozos del crío en el que se había convertido Eren, parecía que volvía a tener nueve años de nuevo.

—Solo tú y yo sabemos que en mi sangre está el virus. —Eren se apartó para mirarlo y tratar de comprender lo que pretendía decirle—. Y creo que lo mejor, de momento, es que no lo sepa nadie más.

Eren asintió con energía, convencido de ello. Podían tratar a Rivaille de la misma manera en la que él había sido tratado. Podían encerrarlo o hacerle experimentos. Todavía no habían hallado una cura y no dudaban que aún había titanes guarecidos del exhaustivo exterminio. Eso de ser los dos únicos titanes era un supuesto.

—Hay una cueva, cerca de aquí… a cinco kilómetros del arroyuelo que acabamos de pasar —No entendía por qué estaba develando un escondite que ni a Irvin le había revelado; quizás porque su intuición lo llevaba a ser cauto. El camino ante ellos era incierto, incluso más de lo que de por sí lo era hacía apenas un día atrás—. Ahí escondí dinero suficiente para no necesitar depender de la Legión por un buen tiempo.

—¿Qué pasará conmigo cuando… lleguemos?

—No lo sé —confesó Rivaille—, ni siquiera sé si vale la pena volver.

—¿Nada de lo que hicimos, ninguna de las muertes, sirvió de algo?

—Saber parte de la verdad. ¿No te consuelas con eso?

—Saber que el humano es la peor basura no me consuela, Rivaille —se quejó, acurrucándose en el sitio y llevando la cabeza hasta que su frente chocó con el pecho del hombre.

—Yo siempre lo supe, así que no me conmueve saber la verdad.

—Todo este tiempo el enemigo fue…

—Sí, la misma humanidad.

—Todo este tiempo… —murmuró Eren, encogiéndose más en el sitio— odiando a los titanes, creyendo que ellos me lo habían arrebatado todo.

—¿Sigues con tu afán de matar hasta el último de ellos? —cuestionó con algo de burla, llevando una mano hasta la cabeza del chico para posarla con suavidad sobre ella y agitarle la cabellera.

—Sí. Sigo odiándolos.

—¿Sigues odiándote? —Le aferró de los cabellos para tironear con suavidad y apartarlo un poco. Quería verle los ojos cuando le diera la respuesta—: ¿Me odias a mí también?

—¡No! No a usted… —se agitó, mientras se amedrentaba ante esos ojos grises que lo contemplaban con tanta intensidad, siempre con dureza. Comprendía lo que Rivaille pretendía decirle, y le dolía.

—Si sigues empeñado en acabar con todos los titanes, algún día tendrás que acabar conmigo —vio que el chico negaba con la cabeza y se apresuró a aclarar con arrogancia—, pero no te creas que seré un rival fácil. Te daré pelea.

Eren sonrió con mesura, un poco más relajado.

—Algún día, cuando todo termine…

—¿Qué?

—Nada, deje…

—No me trates con tanta formalidad… —volvió a reclamar, le causaba algo de gracia que Eren pasara a tutearlo y, de un segundo al otro, volviera a hablarle con formalidad— ya no soy tu Sargento.

Rivaille lo liberó para permitirle que se acomodase mejor cerca de él, Eren parecía ser un perro que necesitaba el calor de su dueño. Esa idea, aunque cruel, le resultó divertida. Se lo permitió; dada la situación él también quería un poco de calor humano; de humanidad para lavar las penas y los pecados cometidos, los crímenes imborrables en pos de la Legión.

Al final todo había sido una farsa y ellos unas simples marionetas.

—No tiene mucho sentido ir con toda la verdad. Si ellos saben que nosotros sabemos, nos silenciarán de alguna manera.

—Pero Rivaille… —se incorporó de golpe para reclamárselo.

—Eren, somos dos contra toda la humanidad, ¿qué podemos hacer? ¿Piensas que si nos paramos en mitad de la calle a gritar la verdad la gente nos escuchará? ¿Te crees que el rey va a permitirlo?

—Tú eres Rivaille, las personas te escucharán.

—No —supo lo que iba a decir o insinuar, que él era el venerado e idolatrado Rivaille, y que por eso la gente le creería—, gracias a Irvin yo tuve una reputación en la Legión, pero ante los cerdos del culto y la justicia sigo siendo un pobre diablo. Y tú eres casi como un experimento fallido o en el mejor de los casos una amenaza que debe ser erradicada…

Rivaille se arrepintió de decir aquello último y de manera tan ruda, Eren lo miró apocado, pero debía admitir que tenía razón. La humanidad siempre lo había visto de esa manera.

—¿Entonces? —preguntó, admitiendo en parte que tenían todas las de perder.

—Cuando lleguemos, pediremos audiencia. Contaremos todo, pero no diremos nada de lo que tu padre nos reveló. ¿Está bien? No revelaremos que conocemos el origen del virus.

—Rivaille…

—Nos matarán.

—Lo entiendo. —Se resignó porque tenía razón. Además Hanji ya no estaba tampoco para llevar adelante los experimentos. Todo carecía de sentido, a tal punto que vivir se les estaba empezando a volver pesado.

Un lobo aullaba en las afueras de la cabaña, era un sonido diabólico y espectral. El escalofrío que sintió le llevó a buscar una cercanía mayor con quien hasta entonces era su Sargento. De nuevo Rivaille no encontró motivos para rechazarlo. Lo acunó entre sus brazos y trató de dormir, alejando de su mente tantas preocupaciones y tanta agonía.

Irvin

Ya no estaba guiándole, pero de estarlo con seguridad él sabría qué hacer.

(…)

La audiencia duró más de lo temido. Eren estuvo encarcelado bajo el subsuelo durante la mayor parte del día. No recibió ninguna visita, hasta que vio por el pasillo a Pixis caminar a un lado de Rivaille. Vestía de civil a diferencia del anciano.

Miró al Sargento —para él siempre lo sería— tratando de encontrar en sus ojos las respuestas que necesitaba para lograr hallar un poco de paz. Las pronunciadas ojeras de Rivaille lucían más espeluznante que nunca bajo la luz débil del candil.

Eren miró al hombre que iba junto a él. Pixis siempre tenía un gesto afable en el rostro, así estuviera sentenciando a muerte a alguien.

—Arma. Así te llaman —dijo el anciano, quebrando ese silencio—, descubrieron mucho a un muy alto precio. La Legión ya no existe a excepción de ustedes dos.

—Te dejarán vivir, pero exigen ciertas condiciones —Rivaille perdió la mirada, desecho, era difícil decirle aquello a la cara—, que utilices tus habilidades de titán para cristalizarte.

—¿Cómo lo hizo Annie?

—Sí…

—Entonces…

—Sí. —Rivaille lo miró clavándole los ojos. En ese momento Eren entendió mejor las palabras de Pixis.

En esa mirada despiadada pudo comprender lo mucho que le pesaba a Rivaille, el no poder hacer nada para cambiar los hechos. El fin era mantenerlo vivo, pero cristalizado, y así poder usarlo cuando lo necesitaran. Al servicio de la humanidad. Un arma. Eso era…

—Está bien —Eren se puso de pie y se acercó a los barrotes. Quería consolar al hombre que de nuevo había perdido la mirada. Lo veía tan cansado, tan devastado, harto y asqueado del mundo y sus mezquindades, que Eren no se sentía en el derecho de ponerse caprichoso y egoísta. Rivaille lo había consolado en su momento, ahora era su turno.

—¿Está bien? —preguntó Pixis, sin sorpresa.

—Sí, no quiero que la gente me tema.

—Mañana —balbuceó Rivaille—, quieren que tú, en esta celda…

—Entiendo.

—Pero te dejarán salir al menos esta noche para que comas y… todas esas mierdas —suspiró frotándose la frente.

Ese gesto que Eren reconocía como absoluto y desbordante agotamiento. Cuando el Sargento se sentía superado por las situaciones solía tener tics muy imperceptibles, pero que para él no pasaban desapercibos. Llevaba el tiempo necesario a su lado conociéndole todas las manías.

—En pocas palabras… será mi última cena.

Rivaille volvió a clavarle los ojos con algo de furia, como si no le hubiera gustado la manera en decirlo, aunque fuera la verdad. Escuchó el tintineo de unas llaves y se apartó para permitirle al carcelero abrir.

—Rivaille se encargará de vigilarte hasta entonces.

—¿Y qué hace usted aquí? —Eren no quiso sonar desubicado o descortés, pero no entendía las razones del anciano para estar allí. Pixis tomó un trago de su petaca antes de hablar con una sonrisa bribona.

—Digamos que… quiero que me cuenten lo que Rivaille no dijo en la audiencia.

El susodicho no mostró asombro, a fin de cuentas el rumor de que los titanes eran armas que se habían salido de control era algo muy sabido desde el comienzo. Pixis estaba demasiado cerca del rey y de los nobles, conocía secretos que la mayoría no. Había oído demasiadas conversaciones y murmullos en interminables pasillos aristocráticos.

—Mientras ustedes hablan yo… tengo algo que hacer —Rivaille dio la vuelta—. Volveré para cuando esté la cena.

—Riv… Sargento —se corrigió a tiempo.

Rivaille dio la vuelta y lo miró, Eren parecía estar pidiéndole con los ojos, y hasta con cada mueca del rostro, que no lo dejara solo en esas circunstancias. Temía hablar de más o no saber controlar la situación, pero Rivaille estaba demasiado agotado como para lidiar con ello. Además, en ese momento, tenía una prioridad que era impostergable; de ella podía depender la supervivencia de ambos.

—Tranquilo. Es Pixis —murmuró yéndose para completar de espaldas—: aunque trates de mentirle se dará cuenta que lo estás haciendo. Cuéntale lo de la batalla, solo a él.

Eren supo interpretar bastante bien lo que Rivaille pretendía decirle y no podía. Así que se las ingenió para no contarle al anciano nada de lo sucedido después de la batalla. El secreto de que la sangre de quien en otrora había sido el Sargento de la extinguida Legión estaba corrompida seguía siendo solo de ellos dos.


¡Bien! Conseguí beta, (¡muchas gracias Kaith Jackson!) así que esto irá por buen camino :3 Agradezco todos los comentarios que me dejaron, espero haberlos respondido a todos, pero cualquier cosa (y a futuro) me dicen, porque suelo ser media papa frita.

Respecto a algunos interrogantes (?) no quiero spoilear mi propio fic, pero todo será respondido con el correr de los capítulos (sí, desde Annie hasta lo de Rivaille-Titán XD). Actualicé rápido, pero no se me engolosinen porque la vida real y la musa son tiranas (!).

¡Besos! Y muchísimas gracias por seguir leyendo. Ah, por cierto... si les gustan los fics sobre especulaciones, les recomiendo "Prórroga" de Petula Petunia. A mí también me gustan esa clase de fics post-canon XD aunque terminen siendo what if? ¡Ja, ja, ja!