Capítulo 2: Centauros, reporteros y elfos domésticos.
Tras meses de huidas, persecuciones y batallas, Harry tenía los nervios a flor de piel. Por ello, cuando sintió que Ginny y él estaban siendo observados, se levantó de un salto, sacó la varita del bolsillo y apuntó hacia los arbustos. Como era de esperar, Ginny se sobresaltó, y lo imitó.
- ¡Seas quien seas, ponte donde te podamos ver! – amenazó el joven.
Unos ojos azules muy brillantes se asomaron un segundo entre los arbustos y luego desaparecieron. Momentos más tarde, un centauro que apenas le llegaba a la cintura a Harry salió de entre las sombras. Tenía el pelaje violáceo y el pelo muy oscuro, casi negro.
Harry se sorprendió de encontrarlo tan a las afueras del bosque prohibido. Había estudiado los centauros con Hagrid, y había visto alguno de cerca más de una vez (es más, Firenze le había dejado montar sobre su lomo, y había dado clases de Adivinación en Hogwarts), pero nunca una cría. Los centauros eran muy celosos y protectores con sus retoños, y nunca les dejaban aventurarse solos hasta cumplidos los cinco años. El que tenían delante no parecía tener más de dos.
- ¡Oh, vaya! – exclamó Ginny sorprendida - ¿Emrish? ¿Eres tú?
- ¿Le conoces? – preguntó Harry. Ambos habían bajado las varitas.
Antes de que ella le pudiera responder, se oyeron unos cascos acercándose al trote, y apareció ante sí otro centauro, que Harry reconoció como Ronan, a quien había conocido en su primera incursión el en Bosque Prohibido hacía seis años. Éste les lanzó a los dos jóvenes una mirada amenazadora, pero al reconocerlos su expresión se suavizó.
Entonces se dirigió a la cría, hablándole en un lenguaje áspero, con gruñidos y resoplidos, claramente riñéndole. El pequeño le respondió, con una voz mucho más clara, y sonrió. Se acercó a ellos y le tendió una mano a Ginny. Se volvió hacia su Ronan y volvió a sonreír. Él bufó, enfadado, pero cedió a lo que fuera que le había pedido el pequeño.
- Saludos, Harry Potter y Ginevra Weasley. – dijo, esta vez con una voz suave.
- Hola – contestó Harry un poco intimidado.
- Me alegro de verte Ronan – dijo Ginny con desparpajo.
El pequeño Emrish parecía encantado con esa reunión, y trotó a su alrededor muy excitado.
- Emrish tenía muchas ganas de verte, pequeña Weasley.
- Lo he echado mucho de menos.
- ¿Os conocíais? – preguntó Harry, cada vez más confuso.
- Nos conocimos hace meses por medio de Hagrid. En uno de los castigos de Snape nos encontramos con este pequeñuelo un poco perdido por el bosque.
- Se había escapado. – dijo el centauro. – Quería llegar al castillo para ver a Firenze.
- ¿Aun no le han aceptado de vuelta? – Harry estaba indignado con la postura de los centauros. Ronan le observó largamente antes de responder.
- Las leyes y las costumbres de los centauros son muy diferentes a las vuestras, Harry Potter. Lo que hizo Firenze está considerado traición, y solo hasta acontecimientos recientes la manada se ha replanteado su postura.
Harry supo que con "acontecimientos recientes" se refería a la batalla y a la derrota de Voldemort.
- ¿Quieres que le diga eso? – preguntó Ginny – Si quieres, puedes venir a decírselo tú misma. El castillo es ahora un lugar seguro.
- El castillo no es lugar para centauros – le respondió Ronan – y Firenze haría bien en recordarlo. Dile que la manada quiere hablar con él.
- Fue herido durante la batalla. No estará en condiciones de defenderse de…
- No correrá peligro. Y sus heridas podrán ser tratadas mejor una vez de vuelta entre los suyos.
Parecía que ya sabía de las heridas de su compañero, pues no parecía preocupado. Harry pensó con ironía que seguramente lo habría visto en las estrellas, o en el humo de una hoguera.
- Por favor, transmítele mi mensaje.
- Lo haré – asintió Ginny. Tenía un brazo sobre los hombros del pequeño Emrish, y éste reía con las carantoñas que le hacía.
- Gracias. Harry Potter – dijo entonces – los centauros somos orgullosos. Los magos y brujas nos han tratado con desprecio durante siglos, y solo unos pocos han merecido nuestro respeto. Dumbledore fue uno de ellos, y Hagrid también, pese a las recientes disputas. Con tus acciones te has ganado el agradecimiento de toda la manada, aunque dudo mucho que te lo hagan saber. Nuestro orgullo nos ciega a veces, y no nos dejó ver que en esta guerra no podíamos permanecer al margen. Las estrellas habían vaticinado el final de la guerra, y cuando te vimos en el bosque, muerto, muchos los míos se dieron cuenta de que no nos podíamos permitir que el señor oscuro y sus mortífagos ganaran. No pedirán perdón por no haber participado antes en la batalla, pero en sus corazones pesa la culpa. A partir de ahora serás bien recibido en el bosque.
Harry meditó un momento la respuesta que debía darle a esa centauro de cabello rojizo y de mirada penetrante.
- Yo también os doy las gracias. Hay pocas cosas más difíciles que el tragarse el orgullo de uno mismo. Estoy seguro de que la participación de los centauros en la batalla ayudó a reducir las bajas entre los nuestros. He sido testigo de que los magos tendemos a creernos por encima de las demás razas, pero te prometo que haré lo que esté en mi mano para cambiarlo.
Ronan pareció satisfecho con su respuesta. Le hizo una seña al pequeño centauro, que trotó hasta él para marcharse. Sin embargo, antes de desaparecer entre los arbustos se volvió hacia Harry una vez más.
- La guerra puede haber acabado, pero tu paso por este mundo aún no ha concluido. Tienes mucho poder, Harry Potter, el poder de cambiar. No lo desperdicies.
Tras esas palabras se alejó, y pronto dejaron de oírlos. Harry y Ginny decidieron que era hora de volver al castillo.
- ¿Qué crees que quería decir con eso último? – dijo Harry.
- Está claro, ¿no? – le contestó ella. Al ver su desconcierto, Ginny puso los ojos en blanco – Mira, quizá no lo veas porque llevas casi todo el año aislado de la sociedad, pero durante estos meses has sido un símbolo para todos aquellos que luchábamos para derrocar a Voldemort.
- Eso ya lo sé, pero…
- ¿No lo ves? ¿Crees que el haberlo derrotado, de manera tan espectacular, y con tantos testigos, hará que la gente se olvide de ti y de lo que representas? No, Harry. Ahora eres un estandarte, un modelo a seguir. Tu palabra será ley. Nadie podrá ponerse en tu contra. Si los periódicos intentaran menoscabar tu credibilidad otra vez saldrían escaldados.
Harry suspiró.
- Tienes razón… Supongo que por eso decía que tengo poder, ¿no? Si acusara a alguien de ser mortífago, me creerían a mí, y el supuesto mortífago poco podría alegar.
- Sí, algo así. Aunque no creo que sea tan sencillo como eso.
- Lo que significa que no podré tener una vida tranquila… Espero que no te disguste tener un poco de acción en tu día a día.
- La vida monótona es aburrida – le sonrió ella. – Y alguien tendrá que controlarte para que no hagas tonterías.
- A propósito, ¿cómo es eso de que te codeas con los centauros? Últimamente no estaban muy amigables, que se diga.
- Como ya te dije, conocí al pequeño en un castigo con Hagrid. Supuestamente se tenía que tratar de un castigo ejemplar, pero ya conoces a Hagrid, hacía que fuera como una clase más de Cuidado de las Criaturas Mágicas. Siempre me han encantado los caballos, y Emrish es sencillamente adorable. – Harry recordó entonces que el patronus de Ginny era un caballo. – Una vez… Oh, no.
Ginny se interrumpió, mirando hacia el lago. Harry siguió su mirada y vio un grupo de personas que señalaban hacia ellos. A la entrada del castillo, había otra media docena de personas, algunas con cámaras de fotos. Harry soltó una maldición, se habían olvidado de ponerse la capa invisible. Apuraron el paso, pero era inútil. Se vieron rodeados al llegar a las puertas de roble. Rita Skeeter, con un traje amarillo francamente hortera, fue la primera en asaltarlos.
- ¡Harry, qué alegría verte! ¡El Elegido por fin se deja ver! ¿Unas palabras para una vieja amiga, Harry?
El interpelado sacudió la cabeza con incredulidad. ¿Vieja amiga? La esquivó e intentó entrar al vestíbulo, pero de repente se produjo un destello de luz delante de su cara. Parpadeó, deslumbrado por la cámara de Bozo, el fotógrafo que acompañaba a Skeeter. Enseguida se le acercaron los demás periodistas, bombardeándolo a preguntas.
- Una vez más, el niño que sobrevivió derrota al Que-no-debe-ser-nombrado, ¿cómo te sientes Harry, al saberte salvador de toda la comunidad mágica?
- ¿Dónde has estado todos estos meses? ¿Son ciertos los rumores de que has vencido gracias a las Artes Oscuras?
- Nuestros lectores no dejan de enviar lechuzas, ¡todos quieren conocerte!
- Se dice que solo con la espada de Gryffindor bañada en fuego de dragón se podía derrotar al Señor Tenebroso, ¿es eso cierto?
Las preguntas eran cada vez más absurdas. A Ginny, que avanzaba justo detrás suyo, le acosaban de la misma forma. Harry decidió no contestar nada: cualquier palabra suya podía salir en los periódicos del día siguiente con cientos de interpretaciones posibles, y le daba miedo las proporciones que estaban tomando los rumores que ya circulaban por ahí. A duras penas lograron colarse en el Gran Comedor, pero los que los seguían no se rendían fácilmente ante la falta de respuestas.
- Bueno, ¡ya es suficiente! – gritó una mujer.
Helena Santamaría salió desde detrás de unas cortinas y apuntó hacia la muchedumbre que perseguía a Harry y a Ginny. En el acto, las cámaras, los royos de papel y las plumas de los periodistas se elevaron por los aires hasta quedar fuera del alcance de sus dueños, algunos de los cuales intentaron recuperarlos poniéndose de puntillas y dando saltos, pero en vano.
- ¡Aquí hay gente enferma! ¡Gente que necesita reposo y tranquilidad! ¡Muestren un poco de respeto, por Merlín!
Algunos de los periodistas retrocedieron un poco ante la mirada implacable de la sanadora. Rita Skeeter, sin embargo, dio un paso adelante y le dirigió una sonrisa muy falsa.
- Pero querida, ¡el mundo mágico se merece saber los detalles! Solo queremos hablar con Harry unos minutos.
- Pues tendrá que ser en otro lugar. Ahora hagan el favor de marcharse.
Los magos y brujas dudaron. De nuevo fue Skeeter quien insistió.
- ¿Y qué nos puedes decir de Harry, doctora Santamaría? ¿Ha tratado ya a nuestro héroe? ¿Es verdad que es inmune a la maldición asesina?
La medimaga alzó la varita de nuevo, amenazante, pero antes de que pudiese realizar ningún otro hechizo, Kingsley apareció a su lado y le posó una mano sobre el hombro para frenarla. Cuando habló, su voz apacible y profunda sonó autoritaria y sin posibilidad de réplica.
- ¡Señor Cuffe, le dije que controlara a sus reporteros! ¿Qué significa todo este escándalo?
Barnabas Cuffe apareció corriendo y murmuró unas disculpas, dirigiéndose luego a los periodistas, gritándoles y echándolos fuera del Gran Comedor. Rita Skeeter dudó un momento, pero le pareció que no era lo más conveniente enfrentarse al nuevo Ministro de Magia, y siguió a los demás.
- No los puedo detener para siempre – dijo Barnabas Cuffe, el director del profeta. – Señor Potter, si me lo permitiera, podría organizar una entrevista a solas de manera que…
- Pero bueno hombre, ¿es que no pueden pensar en otra cosa? – Hermione, Ron y Bill se habían acercado a ellos. Hermione señaló hacia el centenar de camas repartidas por el Gran Comedor - ¿No se da cuenta de que ahora hay tareas mucho más importantes que hacer? ¡Acaba de producirse una batalla, no la Gala de los Oscar, por el amor de dios!
- Hermione, creo que aquí nadie sabe lo que es la Gala de los Óscar… yo tampoco, por cierto – dijo Ron por lo bajo. Hermione no le hizo caso.
- ¿Quieren hacer un reportaje? ¡Hagan un estudio sobre la cantidad de alumnos de Hogwarts que siguen sin poder ver a los thestrals!
El director de El Profeta se escabulló de allí rápidamente. Kingsley se volvió entonces hacia los chicos, sonriéndoles.
- Chicos, espero que hayáis podido descansar. Lamento esto. La prensa me está volviendo loco. ¡Día y medio en el cargo y ya no sé cómo deshacerme de ellos!
- Me temo que el señor Cuffe tiene razón, Kings, – observó Helena – no podrás detener para siempre a los periodistas ávidos de noticias.
- Harán lo que les yo diga si saben lo que les conviene. Bueno, ¿os conocéis todos ya? ¿Habéis pasado por el chequeo?
Kingsley les presentó a Ginny y a Harry a Helena.
- Nos fue de mucha ayuda estos últimos meses. Cuando alguien de la Orden necesitaba atención médica acudíamos a ella. Pese a que ocupa un lugar importante en San Mungo, nadie sospechó que ayudaba a prófugos como nosotros. A mí me ha salvado el pellejo un par de veces ...
- Vamos, Kings, no exageres. Además, no era la única sanadora que actuaba a espaldas de los mortífagos. Muchos compañeros míos atendieron a refugiados y a los sin varita, aunque lo teníamos prohibido. – Helena parecía una mujer franca y muy capaz, y a Harry y a Ginny les gustó enseguida – Ahora, Ginny, Harry, venid por aquí a pasar por la revisión antes de que desaparezcáis de mi vista.
Ginny la siguió obedientemente, pero el ministro retuvo a Harry.
- ¿Puedo hablar un momento contigo, Harry? Te lo devuelvo en un instante, Helena.
Kingsley, haciéndole una seña a Ron y a Hermione para indicarles que podían acompañarle, guió a Harry fuera del Gran Comedor, y se dirigió hacia una de las aulas vacías.
- No te voy a preguntar nada aún, Harry, porque quiero que me lo cuentes cuando estés preparado. Pero quería advertirte.
Cerró la puerta del aula detrás de Ron y Hermione y sacó un manojo de cartas y un periódico del bolsillo. El titular rezaba "EL QUE-NO-DEBE-SER-NOMBRADO, DERROTADO AL FIN POR EL ELEGIDO". Más abajo se podía leer "Batalla en Hogwarts: gigantes, acromántulas y mortífagos contra profesores y vecinos; niños involucrados", "El gran duelo entre el bien y el mal"… Una fotografía de Hogwarts ocupaba gran parte de la portada, y en ella se podían apreciar los estragos de la batalla.
- Este es el periódico que salió esta mañana. No tiene muchos detalles, al menos, ningún detalle que sea cierto, pero lo que has visto hace un momento es solo el principio. Los medios de comunicación están centrados en ti, en tus aventuras y en lo que tengas que decir. Esto de aquí – agitó las cartas – son solo unas pocas de las cientos de cartas que han llegado hasta el momento, casi todas dirigidas a ti, aunque también hay alguna para vosotros dos – señaló a Ron y a Hermione.
- En primer lugar quiero advertirte sobre estas cartas. La mayoría serán de gente que quiere agradecerte lo que has hecho y quieren mandarte un saludo. Estos meses pasados la gente las ha estado enviando, para ofrecerte su ánimo y apoyo, pero los hechizos de ocultamiento que utilizasteis hacían que las lechuzas no os encontraran, por lo que volvían a la oficina de correos. Sin embargo, la gente ahora sabe dónde te encuentras. El peligro que conllevan estas cartas es que pueden ocultar algún maleficio. Sabes que aún quedan mortífagos sueltos que harían lo imposible por deshacerse de ti. Mi consejo es que no abras ninguna carta hasta que pase por un control. Puedo encargarme de ello si quieres. Es una de las ventajas de ser el nuevo ministro. No lo hice aun porque necesitaba tu permiso.
Harry asintió.
- Te lo agradecería. Pero, ¿no podría realizar otro hechizo de ocultamiento, para evitar este aluvión de cartas?
Kingsley negó con la cabeza.
- Si hicieras eso la comunidad mágica pensaría que has vuelto a desaparecer, y solo te crearía más problemas. Lo que me lleva a la segunda advertencia. – el ministro volvió a levantar el periódico. – La prensa es un organismo muy complejo y poderoso. Ya te habrás dado cuenta, por cómo lo utilizó el Ministerio hace dos años para minar tu credibilidad y la de Dumbledore. Debes enfrentarte a ella con cautela. No puedes no contarles nada, pues entonces darías pie a muchos rumores y especulaciones, y no creo que quieras contarles toda la verdad. Los periodistas a menudo son insaciables, y si les dejaras te sacarían hasta tu más íntimo secreto. Por ello debes encontrar un término medio.
- Es difícil hacer eso cuando no dejan de atosigarte a preguntas – dijo Ron – ahí fuera parecía que fueran a comerse a Harry y a mi hermana.
- Lo más sencillo es que concretaras una entrevista con alguno de ellos, la preparases, y te aseguraras de que no se publica nada que tú no quieras que se sepa. Eso haría que los demás recularan un poco. Si te lo montas bien, la prensa puede convertirse en un poderoso aliado.
- ¿Como lo que hicimos con Rita Skeeter y El Quisquilloso?– preguntó Harry.
- Sí, algo así estaría bien – dijo Hermione, con los ojos brillantes. Se le había ocurrido una idea – pero no creo que Rita Skeeter sea tu mejor opción… - Les contó su plan.
De vuelta al Gran Comedor, se encontraron a Ginny esperándoles hablando con uno de los sanadores.
- ¡Aquí estáis! ¿Dónde os habíais metido?
- Kingsley quería hablar con nosotros – se fijaron en el joven medimago con el que había estado hablando Ginny.
- Este es Augustus Pye, ¿te acuerdas de él, Ron? - presentó Ginny - era el sanador en prácticas que atendía a papá cuando le atacó Naguini. Ahora ya es medimago titular.
Augustus Pye saludó encantado a los chicos. Era delgado y nervioso, con una energía que le hacía andar a saltitos.
- ¡Un placer! – les sonrió dándoles la mano.
Helena asomó la cabeza por detrás de unos biombos.
- ¿Vienes, Harry?
El joven fue con ella, y fue sometido al mismo procedimiento que sus amigos. Sin embargo, la sanadora fue algo más concienzuda con él. Hizo desaparecer con su varita algunos de los cortes, y para las zonas con más golpes le dio una pomada. Estudió con interés la contusión que tenía en el pecho, allí donde le había alcanzado la maldición asesina. Luego se puso frente a él y le miró directamente a los ojos.
- Necesito que me respondas a una pregunta por puro interés profesional. ¿Qué hay de cierto en esos rumores que dicen que Voldemort te lanzó una maldición asesina, te mató, y luego resucitaste milagrosamente?
- Bueno, es cierto que me lanzó una maldición asesina. También es cierto que sigo vivo. Y dudo que me haya hecho inmune a los Avada Kedavras…
- ¿Me estás diciendo que realmente te mató y volviste a la vida? – dijo ella escéptica. Harry suspiró. ¿Cómo explicarlo?
- No, no me mató. Tiene que ver con las varitas, los sacrificios y la sangre de mi madre.
- Hablé con Hagrid. Él me contó lo que pasó en el claro del bosque, cómo se acercaron a comprobar si seguías vivo y te declararon muerto…
- Narcisa Malfoy mintió. Ella solo quería entrar en Hogwarts para buscar a su hijo, y la única forma que tenía era esa.
- ¿Eso hizo? Vaya… Conocí a la señora Malfoy cuando estuve aquí de intercambio… Nunca lo hubiera imaginado. Pero sigue sin tener sentido.
- ¿Por qué no se lo pregunta al retrato de Dumbledore? Él podrá explicárselo mucho mejor que yo.
- Oh, está bien. Estás sano, aunque no me explique cómo, así que puedes irte.
Harry se sorprendió que lo dejara marchar con tanta facilidad. Ella rió.
- Kingsley me advirtió de que no te presionara demasiado.
El joven salió de entre los biombos y se reunió con sus amigos.
- Vayamos a un lugar más tranquilo. – sugirió.
Los cuatro salieron del Gran Comedor y caminaron sin rumbo fijo. Había escombros por cada esquina. Ninguna de las armaduras que antes adornaban los pasillos estaba a la vista, y la mayoría de los cuadros tenían algún desperfecto. Estaban todos muy callados. Era tan extraño caminar por esos pasillos, tan diferente a lo que había sido en el pasado. Ginny entró en el aula de Transformaciones y los demás la siguieron. Aunque el interior del aula no parecía haber sufrido daños, dos de las ventanas estaban rotas y no quedaba ni un solo pupitre. Recordando cómo la profesora McGonagall los había lanzado contra los mortífagos, a Harry le entraron unas extrañas ganas de echarse a reír.
Ron se sentó sobre la mesa de la profesora, la única que seguía allí.
- Es todo muy extraño, ¿verdad? – dijo. Hermione se sentó a su lado y le cogió de la mano.
- Sí que lo es. Todo parece fuera de lugar.
Harry entendía perfectamente cómo se sentían. Era la primera vez que estaban ellos solos tranquilamente (y no muertos de cansancio como la mañana anterior) desde la batalla. Aunque tenían aun muchas cosas por planear y decidir, en ese momento los cuatro se sentaron en silencio, con el consuelo de su mutua compañía, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Ginny fue la primera en romper el silencio.
- En este aula fue donde realicé mi primer encantamiento con una varita que hice conscientemente. Teníamos que convertir unas cerillas en alfileres y cuando lo conseguí, me puse tan contenta que me pasé y acabé derritiendo el alfiler y encendiendo el resto de las cerillas. McGonagall me echó una de sus miradas más severas. – Ginny imitó su tono de voz – Señorita Weasley, espero que no haga lo mismo cuando empecemos a trabajar con ratones. – Los demás rieron.
Hermione agitó su varita e hizo volar una pluma que había en el suelo por toda la habitación. Todos la siguieron con los ojos. Entonces Ron sonrió.
- Me acuerdo el día que aprendimos el hechizo levitador…
Harry y Hermione sonrieron también.
- Fue la primera vez que me salvasteis la vida – dijo Hermione.
- Pero no fue nuestra primera aventura juntos, ¿os acordáis del perro de tres cabezas?
Harry sacudió la cabeza y añadió.
- Parece imposible que fuéramos capaces de meternos en tantos líos. Y aún más que sigamos vivos.
- Pero estáis vivos – dijo Ginny. – Estamos vivos.
- Sí… es increíble… - dijo Hermione.
Entonces Ron soltó una risotada y exclamó.
- ¡Estamos vivos! ¡Estamos vivos!
Todos empezaron a reír y a gritar con él. ¡Estamos vivos! Hermione reía con lágrimas en los ojos. ¡Estamos vivos! Ron le estampó un beso en la boca y luego se echó encima de Harry y acabaron los dos cayendo de la mesa. Rieron aún más fuerte. ¡Estamos vivos!
Las carcajadas resonaron por los pasillos, liberadores, juveniles, llenas de vida. Algunos magos y brujas las oyeron, y todos sin excepción sonrieron y sintieron el corazón un poco más ligero.
Les costó un buen rato tranquilizarse. Al final acabaron los cuatro tendidos en el suelo, jadeantes, mirando al techo. De pronto Harry se levantó y le tendió una mano a Ginny para ayudarla a levantarse.
- ¡Venid conmigo! Llevo desde que me levanté queriendo hacer una cosa.
Siguieron a Harry de vuelta al vestíbulo, bajando por la escalinata de mármol y girando a la izquierda. Hermione empezó a sospechar a dónde iban cuando reconoció el corredor de piedra. Iba a decir algo cuando aparecieron por el pasillo Hannah Abbot, Susan Bones, Justin Finch-Fletchley y Ernie Macmillan, todos pertenecientes a la casa de Hufflepuff y al Ejército de Dumbledore.
-¡Harry!
-¡Ron! ¡Hermione! ¡Ginny!
Hubo muchos gritos, saludos y abrazos.
- Siempre supe – afirmó Ernie con su pomposidad habitual – que la batalla final se decidiría entre El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y tú, Harry. ¡Y tenía plena confianza en ti!
- Pues me habría venido de perlas un poco de esa confianza – dijo Harry – A propósito, el nombre de Voldemort ya no es tabú. Como miembros del Ejército de Dumbledore podéis dar ejemplo y empezar a pronunciarlo. Aunque yo personalmente prefiero llamarle Tom Ryddle, pues es su verdadero nombre.
- Así lo haremos Harry – prometió Justin – pero cuéntanos, ¿qué fue exactamente lo que estuvisteis haciendo vosotros tres durante este año? Nadie parece saber nada y circulan por ahí rumores de lo más extraños.
- ¿Es verdad lo de la espada? – preguntó Hannah.
- ¿Y lo de que Snape realmente estaba de nuestro lado?
- ¿Y lo de la rebelión de los elfos domésticos?
Harry alzó las manos para contener sus preguntas. Soltó un suspiro.
- No hagáis casos de los rumores que circulan por ahí. Alguno de ellos resultará cierto (como el que Snape estuviera en nuestro bando), pero la mayoría serán historias absurdas que no tengo ni la más remota idea de donde han salido.
- Seguro que la mitad salieron de los retratos de los cuadros – dijo Ginny – Son de lo más cotillas. Ayer antes de subir a acostarme oí a Sir Caddogan contando a un grupo de frailes de un cuadro del segundo piso cómo te enfrentaste a una docena de trolls tú solo.
- Ese está como una regadera – dijo Ron.
- Entonces, ¿nos contarás lo que pasó? – preguntó Ernie. Sus compañeros de Hufflepuff lo observaban con avidez.
- Lo haré – dijo Harry. Ellos intercambiaron sonrisas y miradas de excitación. - ¡Pero no ahora! Os diré lo que haremos: vosotros cuatro os vais a ocupar de organizar una reunión del ED. Lo haría yo mismo, pero he perdido mi galeón, y además, he oído que se ha unido gente nueva este año que no conozco.
- Pero Harry, ¿dónde la podemos hacer? – preguntó Ron. – La Sala de los Menesteres no creo que siga funcionando…
- Bueno… Siempre podemos ver cómo ha quedado.
- De todas formas, no hace falta que sea una sala secreta – intervino Ginny – nos vale con que sea grande y con que nadie nos escuche desde fuera. Y para eso tenemos un hechizo, ¿no?
- Cierto – le sonrió Harry – podemos quedar mañana por la mañana en el vestíbulo. A las once. Para entonces ya sabremos dónde hacer la reunión.
- ¡Genial! – exclamaron los hufflepuffs.
- Pero tengo dos condiciones. – dijo Harry - La primera es que no seré yo quien os contará la historia. Serán Ron y Hermione.
- ¿Y eso? – preguntó Hermione extrañada.
- Pues porque vosotros estuvisteis implicados en ella tanto como yo, y os merecéis el mismo crédito que yo. – vio que Ron iba a protestar, pero lo cortó – Sí, Ron, no estaría aquí hoy de no ser por vosotros. Además, tengo que contarles qué pasó a los miembros de la Orden, y mañana por la mañana será un momento tan bueno como cualquier otro.
- Pero entonces, ¿no vendrás a la reunión? – dijo Hanah, desilusionada.
- Sí, aunque igual llegue algo tarde. Además, aun no os he dicho mi segunda condición: quiero que me contéis vosotros lo que ha pasado en Hogwarts.
Los hufflepuff sonrieron emocionados y prometieron hacerlo. Poco después se despidieron, y Harry siguió por el corredor seguido por sus amigos.
- Ese es un gesto muy bonito, Harry – comentó Ginny. – Aquí en el castillo hemos estado muy pendientes de ti, de vosotros en realidad, siguiendo con la tarea que empezasteis hace dos años con Umbridge. Significa mucho para ellos que ahora te intereses por lo que ha pasado aquí.
- ¡Eh! ¡Ya sé a dónde vamos! – gritó Ron de repente. – Qué bien, tengo hambre.
- ¡Pero si acabas de desayunar!
Harry se paró ante un cuadro que representaba un gigantesco frutero de plata y le hizo cosquillas a una pera. Ésta se convirtió entonces en un gran pomo verde. Al atravesar la puerta que se formó, entraron en las cocinas.
Éstas seguían iguales a como las recordaba Harry. Las grandes mesas de madera seguían estando allí, y en los grandes fogones se cocinaban ingentes cantidades de comida. Las paredes brillaban por la cantidad de recipientes metálicos que colgaban en ellas. Pese a que resultaba obvio que la batalla no había llegado hasta allí, Harry notó enseguida que había algo diferente. En la mesa que en el Gran Comedor correspondía a la casa de Slytherin había multitud de pociones y vendas. Con una punzada en el estómago vio también que había media docena de elfos con heridas, algunos de los cuales estaban tendidos en pequeñas camillas descansando.
Se armó un verdadero revuelo ante la llegada de los cuatro amigos. El centenar de elfos que había allí se inclinaron repetidamente hasta tocar el suelo con sus puntiagudas narices, chillando de emoción. La mayoría estaban tan emocionados de ver a su héroe que lagrimeaban. Un elfo más viejo que el resto, con un guardapelo colgando del pecho y un corte en una oreja se adelantó a los demás y, tras dudarlo un segundo, le dio un rápido abrazo a Harry, dejándolo sin respiración. Luego repitió lo mismo con Ron y Hermione, y, para extrañeza de esta, con Ginny también.
- ¡Kreacher se alegra mucho de verle, señor! ¡Y también de ver a sus amigos! – croó el elfo.
- Nosotros también nos alegramos de verte, Kreacher – respondió Hermione emocionada.
- Sí, he echado muchísimo de menos tus guisos – dijo Ron. Hermione le dio un codazo - ¿Qué?
- Ron, siempre piensas con el estómago – le reprochó Ginny.
Ante la referencia a la comida, siete elfos se apresuraron a acercarles bandejas llenas de comida para picar.
- Me e'an'an loh elfoh domehti'coh – dijo Ron con la boca llena. Hermione y Ginny le miraron con resignación.
Harry sin embargo se había arrodillado para estar a la misma altura que Kreacher.
- Kreacher, quiero agradecerte todo lo que has hecho por nosotros. Y por encima de todo quiero agradecerte a ti y al resto de elfos vuestra participación en la batalla.
El corro de elfos que los rodeaba soltaron chillidos de excitación y volvieron a inclinarse hasta tocar el suelo con sus puntiagudas narices. Incluso los que estaban en las pequeñas camillas descansando se habían acercado.
- ¡El joven señor es muy amable! – graznó Kreacher, con los ojos lagrimeantes.
Ron, Hermione y Ginny se unieron a Harry en sus agradecimientos. Los elfos estaban que no cabían en sí de gozo. Hermione vio entonces a Winky en una esquina, observándolos con una mirada inescrutable. No tenía mejor pinta que la última vez que la habían visto, aunque también era cierto que esta vez no estaba borracha.
- Hola Winky – se acercó a ella con cuidado. No sabía cómo reaccionaría - ¿Cómo te encuentras?
- Winky está como debe de sentirse un elfo doméstico. – respondió casi mecánicamente. – Contenta de trabajar y cumplir con su deber.
- Los elfos tenéis tanto derecho como cualquier mago o bruja a sentiros como queráis. – dijo Hermione con suavidad. – Está bien y es normal que te sientas triste, Winky.
La elfina la miró un momento y luego se echó a llorar con desesperación. Dos elfos se colocaron delante de ella para tapar el espectáculo.
- Lamentamos que vean esto – dijo uno de ellos – Winky ha estado especialmente nerviosa desde que perdimos a Dobby.
- Winky, nadie lamenta la muerte de Dobby más que nosotros – le dijo Harry con tristeza. – Pero no podemos cambiar lo que pasó.
- ¡Yo le avisé! – gritó Winky entre sollozos - ¡Le avisé de que no debía meterse en asuntos de magos! Pero no, nunca nadie hace caso a Winky.
- Dobby nos salvó la vida, ¿lo sabías Winky? – dijo una voz tras ellos.
- ¡Luna!
Ginny la abrazó con afecto. La joven rubia sonrió al resto y se volvió de nuevo a la elfina.
- Es el elfo más valiente que he conocido. Era muy bueno, y nunca le olvidaré.
Winky sollozó con más fuerza que antes. Varios elfos trataron de consolarla, y al final acabaron llevándosela a una cámara adyacente a las cocinas.
- Pobre – dijo Ron – no levanta cabeza desde que Crouch la echó. Y ahora pierde a Dobby… Yo siempre creí que había algo entre esos dos.
- ¡Ron! – protestó Hermione – De verdad, eres imposible.
- ¿Qué he dicho ahora?
Harry miró a Ginny y ambos pusieron los ojos en blanco al ver como sus dos amigos empezaban una pelea absurda.
- ¿Qué haces por aquí abajo, Luna?
- Ernie me avisó de la reunión del ED y de que os había visto por aquí. Imaginé que habríais venido a darles las gracias a vuestro ejército de elfos domésticos y decidí acompañaros.
- Eh Luna, no es ningún ejército – dijo Harry incómodo – nos ayudaron por propia voluntad. Nadie les obligó a hacerlo.
- ¡Y todos los elfos volverían a luchar por vosotros, Harry Potter! – gritó Kreacher con convicción. - ¡Todos nos sentimos orgullosos de ello!
Muchos elfos asintieron con vigor. Al agitar las cabezas, sus grandes orejas parecían alas de murciélago en pleno vuelo.
- Vaya, vaya… ¡qué interesante! – dijo otra voz tras ellos.
Al volverse vieron a Rita Skeeter, con su pluma a vuelapluma en una mano y un pergamino muy largo en la otra, en la puerta de la cocina. Harry observó que tenía la mayor parte del pergamino escrito. ¿Es que esta mujer no se cansaba nunca?, pensó con furia.
- ¿Qué haces aquí? – le preguntó - ¡Te han ordenado que nos dejes en paz!
- ¿Cuando hay tantas historias que contar? – rió falsamente – Harry, querido, cuando a un periodista le echan de un sitio no es más que una invitación a que intente con más ahínco conseguir las noticias que busca. Y cuando oí a esos alumnos comentando a vuestra amiga – señaló a Luna con la cabeza – que os habían visto aquí no pude dejar pasar la oportunidad.
Harry maldijo para sus adentros. ¿No podían haber sido los huffepuffs un poco más discretos? Aunque también era cierto que esa mujer tenía medios para resultar indetectable, y que solo Ron, Hermione y él los conocían. Hermione parecía estar pensando lo mismo que él, porque dijo mordazmente:
- Y supongo que para hacerte con esa información no habrás estado haciendo nada ilegal, ¿no?
Skeeter la fulminó con la mirada.
- No creerás que podrás mantenerme callada con la misma amenaza de siempre. ¡Adelante, delátame! Ahora mismo a nadie le importará lo que digáis de mi. Hay cosas mucho más interesantes de las que hablar… como por ejemplo vuestra extraña relación con estas… criaturas.
Hermione iba a replicar muy enfadada, pero Harry la detuvo, y dio un paso adelante.
- Rita Skeeter. – dijo con voz engañosamente suave – te equivocas por completo si crees que a nadie le importará lo que digamos sobre ti. No se si te habrás dado cuenta, pero nos llevamos bastante bien con el actual Ministro de Magia.
- Ha sido nombrado solo provisionalmente. Pero dime Harry… ya había oído rumores de tu estrecha amistado con Kingsley Shacklebot, ¿desde cuándo os conocéis? ¿Qué ha hecho para merecer tu apoyo incondicional? ¿Qué…?
- Ya veo que sigues en las mismas. – la cortó Harry. –Te creía un poco más inteligente, Skeeter. Ya no es solo lo que el Ministro pueda hacer en tu contra una vez le digamos que eres una animaga no registrada. – Ginny soltó una leve exclamación de asombro ante la revelación. Luna sin embargo no reaccionó: estaba contemplando con interés las sartenes y cacerolas colgadas de las paredes – sino lo que te pueda hacer la comunidad mágica al completo. Verás, resulta que he derrotado a Voldemort. Parece que ese hecho ha colocado a mucha gente de mi parte – Harry metió una mano en el bolsillo y sacó las cartas que le había dado Kingsley . - ¿De verdad te crees inmune a lo que podamos levantar en tu contra? ¿De verdad eres tan ingenua? – ahora hablaba con un deje de autoridad en la voz que hizo que Skeeter diera un paso atrás. No parecía asustada, pero por primera vez parecía estar tomándoselo en serio. – Ten cuidado, Skeeter. Ya has escrito suficientes mentiras sobre magos y brujas mucho mejores que tú. No te conviene seguir por ese camino.
Un tenso silencio se había instalado en la cocina. Los elfos domésticos observaban la escena, sus ojos moviéndose de la periodista al joven de pelo negro como si se tratara de un partido de tenis. Ron y Hermione sin embargo, miraban con admiración a Harry, por cómo le estaba parando los pies a esa arpía. Ginny decidió aportar su granito de arena.
- ¿De verdad quieres ponerte en contra de Harry Potter? – le dijo a la reportera con desdén – Qué tonta, la verdad. ¿Qué será de la carrera de periodismo cuando en estos tiempos son todos unos ineptos?
Skeeter se volvió hacia ella como si le hubiera dado una bofetada. Sin embargo, cuando volvió a hablar volvía a esbozar una sonrisa falsa.
- Y por supuesto, tú podrías hacerlo mucho mejor que yo, ¿no? No tienes ni idea…
- ¿Qué no tiene ni idea? – saltó Ron - ¡Mi hermana te podría dar mil vueltas! ¡La que no tiene ni idea eres tú! ¿Acaso estuviste en la batalla? ¿Eh? ¿Acaso participaste en la lucha contra Voldemort y sus seguidores? Nooo, estoy seguro de que fuiste de los – soltó un adjetivo muy poco halagador – que daba las noticias en los últimos meses, admirando lo bien que iban las cosas con el nuevo régimen y animando la persecución de Harry. ¡No eres más que un escarabajo despreciable!
El pelirrojo tenía la cara encendida y parecía dispuesto a saltar sobre la reportera, pero Harry lo detuvo. Miró fijamente a Skeeter y pensó en lo que les había dicho Kingsley sobre la prensa.
- Bueno Skeeter. Espero que te haya quedado claro que no pensamos tolerar ninguna tontería. Todos nosotros hemos pasado por momentos muy difíciles, y ahora que Voldemort ha caído no vamos a permitir que circulen historias falsas sobre ninguno de los nuestros.
- ¿Y cómo vas a impedir eso, si te niegas a contar a los medios lo que pasó? La falta de información vuelve a algunos de mis compañeros de lo más imaginativos.
- Sí, ya lo hemos notado. – dijo Ginny con sarcasmo.
- ¿Quién ha dicho que no vaya a contar lo que pasó? – dijo Harry. – Pero lo voy a hacer a mi manera.
Ante estas palabras Skeeter le miró con expectación, con la pluma temblando en su mano, como si esperara que fuera a contarle algo en cualquier momento.
- Hagamos un trato – continuó Harry, teniendo en mente el plan que tenía Hermione sobre cómo contar lo sucedido a la comunidad mágica – Yo te daré cierta información… información sobre algo que pienso hacer relacionado con todo lo que ha pasado. No podrás hacer preguntas. Te contentarás con lo que te daré. Podrás publicarlo en El Profeta de mañana y te aseguro que ningún otro periodista lo sabrá. A cambio… tú dejarás de colarte en Hogwarts convertida en escarabajo para pillar historias, y no podrás publicar ningún artículo sobre nosotros que no hayamos aprobado.
La reportera observaba a Harry con detenimiento, estudiando sus posibilidades. El joven supo que iba a aceptar el trato, pero que quería regatear primero las condiciones del trato.
- ¿Y cómo sé que me permitiréis publicar nada de lo que yo escriba? No veo que este trato me de muchas ventajas… Estás intercambiando una sola historia, que aún no conozco, por muchos posibles artículos futuros.
- Te permitiremos publicar aquello que sea verdad – dijo Hermione, que había entendido el plan de Harry. – Como lo de hace dos años.
- No esperaréis que lo publique en una revista de pacotilla, ¿no? – Skeeter miró hacia Luna, quien se había puesto a hablar con los elfos domésticos acostados en las camillas.
- No – aceptó Harry – esta vez El Profeta dudo que se niegue a escribir esa clase de historias.
- ¿Y durante cuánto tiempo tendré que seguir esas normas? – preguntó ella con estudiada indiferencia – Porque seréis conscientes de que ninguna historia vale para una vida de restricciones. ¿Qué te parecen seis meses, Harry?
Harry se lo pensó. Le sorprendía que Skeeter le hubiera dado tanto tiempo, esperaba que se resistiera con más ahínco de sus condiciones. Supuso que la reportera pensaría que con ese tiempo tendría tiempo de sobra para hacer investigaciones. Entonces comprendió cuánto quería realmente Skeeter tener una primicia sobre él. Harry sonrió. No iba a ser lo que ella se creía. Y además, él también podía regatear.
- Un año – dijo finalmente. – Y además te aviso que no pienso aprobar ningún artículo que hable sobre mi vida privada.
Tras unos instantes, Skeeter sonrió de nuevo, pero esta vez con algo más de sinceridad. Miró a Harry con algo de respeto, cosa que no había hecho nunca antes.
- Trato hecho. Un año de control sobre lo que escribo de vosotros. Una vez acabado el plazo tendré libertad para escribir lo que quiera. Y me das esa primicia que saldrá mañana en primera plana.
- De acuerdo – dijo Harry – pero ten cuidado de no violar ninguna de las condiciones del trato. Si lo haces créeme, me enteraré, y no será nada bueno para ti.
Ella soltó una risilla.
- ¿Me amenazas, Harry?
Él la miró con tal seriedad que a ella se le borró la sonrisa de suficiencia. No era fácil aguantarle la mirada a Harry Potter. Al fin y al cabo, era cierto que había derrotado al mago más oscuro y peligroso de todos los tiempos.
- Uno nunca tiene el suficiente cuidado con la prensa.
Había sido un día muy largo. Desde las ventanas de la sala común de Gryffindor se veían los jardines vacíos, ajenos a todo el ajetreo que habían tenido antes. Con la caída de la noche todos los magos y brujas habían buscado el cobijo de cuatro paredes, un techo, y la compañía de sus seres queridos.
Harry bostezó y se estiró, notando cómo cada músculo dolorido le protestaba. Ginny, sentada en el suelo con la espalda recostada en sus piernas (posición en la que habían estado tantas veces en esa misma sala) se giró para mirarle y le sonrió.
- ¿Cansado?
- Un poco – admitió él. – No físicamente pero… Bueno, no ha sido un día fácil.
Después de darle a Skeeter su primicia, Luna se había despedido de los cuatro jóvenes y ellos habían ido a la cabaña de Hagrid para ver si veían a su amigo. El semigigante se encontraba reparando su casa, que había resultado gravemente dañada durante la batalla. Se había alegrado mucho de verles. Ron había comentado más tarde que estaba seguro de que los abrazos que les dio le habían causado nuevos moratones. Aunque no le contaron todo lo que les había pasado, Harry sí que le explicó lo que había ocurrido en el claro del bosque, donde aparentemente el guardabosques lo había visto morir. Hagrid había llorado mucho al escucharle. También había llorado recordando las muertes de Fred, Remus y Tonks. Determinado a no derrumbarse él también, Harry se había arremangado la túnica y se había puesto a ayudar a Hagrid con la reconstrucción de su cabaña. Los demás se le habían unido enseguida, y para la hora de la cena volvía a tener el aspecto de siempre, aunque algunos de los muebles y utensilios habían quedado inservibles. El esfuerzo físico los había recompuesto un poco a todos. Incluso Hagrid parecía más entero cuando les acompañó al Gran Comedor a la hora de la cena.
Éste volvía a tener el aspecto de siempre. Ya no quedaban restos de las camillas y los biombos de los sanadores, y las cuatro mesas de las casas volvían a estar en su lugar, aunque nadie parecía sentado donde le correspondía. Estaba lleno, atestado de brujas y magos de todas las edades, y todas las miradas se dirigieron hacia ellos cuando entraron. Sin embargo, nadie salió a su paso, cosa que agradecieron.
Los señores Weasley se encontraban allí, así como el resto de sus hijos. Se produjeron más abrazos y condolencias, pero ante un comentario de Molly sobre lo delgados y disminuidos que los veía a todos se sentaron y cenaron con relativa tranquilidad, aunque notaban que por todo el comedor la gente hablaba de ellos.
Percy parecía particularmente nervioso con los chicos. Cuando hablaba con ellos lo hacía con una voz un poco más aguda de lo habitual y derribó tres veces su copa. Al salir del Gran Comedor se había dirigido a Harry y le había pedido hablar con él en privado.
Harry sonrió, repantigado sobre un sofá de la sala común, recordando cómo Percy se había disculpado por su comportamiento durante los últimos meses con un lenguaje un tanto emperifollado. El joven Weasley pareció sumamente aliviado cuando él aceptó sus disculpas. Harry se alegraba de que la familia Weasley se encontrara unida de nuevo, aunque no fuera a estar completa nunca más. Admiraba la entereza con la que estaban llevando la muerte de Fred, y aunque él mismo no podía evitar culparse de su muerte, ninguno de los Weasley lo hacía.
Los señores Weasley habían ido a dormir a La Madriguera, junto con la mayoría de sus hijos, pero George se había negado a abandonar el cuerpo de su gemelo. Finalmente habían decidido que él, Ron y Ginny, junto con Harry y Hermione, que a estas alturas ya eran parte de la familia, se quedarían en Hogwarts hasta el día del funeral. Molly había protestado, pero el señor Weasley la había convencido alegando que en el castillo estarían seguros y que de todas formas no cabían todos en la Madriguera.
Harry había querido quedarse en el castillo porque aun tenía cosas que hacer allí, y porque durante ese año lo había echado mucho de menos. Sin embargo, aun no estaba seguro de qué haría una vez pasado el funeral. Sabía que los Weasley esperaba que volviera con ellos a la Madriguera, pero la idea de volver a Grimlaud Place y ver qué había sido del lugar también le rondaba la cabeza.
- Harry, ¿me estás escuchando? – dijo Hermione.
Ella y Ron se encontraban sentados muy juntos en otro sofá. Por toda la mesa que tenían delante había decenas de sobres, la mayoría de ellos ya abiertos. Cuando se separaron de los Weasleys, se habían encontrado de nuevo con Kingsley (quien también permanecería en el castillo por el momento), y éste les había entregado el resto de cartas que habían llegado para ellos. Habían ido a la sala común y se habían puesto a leerlas mientras planeaban la reunión con el ED del día siguiente. Luna les había dicho que la sala de los menesteres seguía en funcionamiento, aunque olía tenía un fuerte olor a quemado.
- ¿Qué? – Harry salió de su ensimismamiento – No, perdona, ¿qué estabas diciendo?
- Te decía que con todo el correo que estamos recibiendo, ¿cómo vamos a hacer para comunicarnos entre nosotros si nos separamos? Nuestras lechuzas pasarán desapercibidas entre este montón de cartas.
- No lo había pensado. – Harry frunció el ceño.
- La solución está clara, ¿no? – dijo Ron – No debemos separarnos. – rodeó a Hermione con un brazo y le dio un beso cariñoso en el pelo. Ésta se sonrojó.
- No seas tonto. En algún momento nos separaremos, por la razón que sea. Yo tendré que ir a Australia a buscar a mis padres.
Harry se sintió culpable. No se había acordado para nada de los padres de Hermione. Era obvio que la joven llevaba pensando en ellos todo el día, pero se había guardado sus preocupaciones para sí.
- ¿Y cuál es el problema? – contestó Ron - ¡Iremos contigo, por supuesto!
- No, Ron, tus padres te necesitan en estos momentos, no puedes irte.
- Estoy seguro de que lo comprenderán.
- Además, no sé cuánto tiempo tardaré en encontrarles… y en convencerles de que me perdonen y en…
- Hermione, tranquilízate.
- Por otra parte, normalmente es complicado conseguir un traslador directo a Australia, y tal y como están las cosas podría ser mucho más difícil conseguir un pasaje, imagínate si es para varias personas…
- ¡Hermione! – Ron le cogió suavemente de la barbilla y la obligó a mirarle. - ¡Tranquilízate! Tus padres estarán bien. En cuanto pase el funeral, te acompañaré a buscarles.
- Y no te preocupes por el traslador. – aportó Harry mientras dejaba de lado un paquete que le mandaba un tal David Harper y que venía con un bizcocho de parte de su esposa – Estoy seguro de que si hablamos con Kingsley podrá ayudarte a conseguir uno.
Hermione suspiró profundamente y se recostó al lado de Ron.
- Supongo que tenéis razón…
- ¿Qué vas a hacer con todo eso? – le preguntó Ron a su amigo – Ya es el ¿tercer? bizcocho que te desenvuelves, y eso sin contar las cajas de ranas de chocolate, la tarta y las flores. – señaló hacia otra mesa, donde habían ido dejando las cosas que venían con las cartas.
Harry se sonrojó al recordar las flores. Estas habían llegado con una carta de una bruja – que no decía su edad – que afirmaba estar total y perdidamente enamorada de él. Pensando en una posible solución, llamó en voz alta:
- ¡Kreacher!
El viejo elfo se apareció con un sonoro CRAK que sobresaltó al resto de la sala.
- Perdón – les dijo Harry – Kreacher, escucha, ¿podrías hacerme un favor?
- ¡Lo que el señor desee!
- Verás, no han dejado de llegarnos cartas de estas… ¿podrías guardarlas en algún lugar?
- Kreacher podría llevarlas a su casa, señor – dijo el elfo.
- ¿Grimmauld Place? ¿Es segura la casa? Bueno, no es mala idea… Pero no te lleves la comida. Mejor comprueba que no esté envenenada – Harry pensaba que aunque esos paquetes habían pasado por el escrutinio de magos capaces, nunca estaba de más un poco de precaución – y déjala aquí en la sala común, para que cualquiera pueda comerla.
- Así hará Kreacher, amo – el elfo se inclinó pronunciadamente.
- Ya te he dicho muchas veces que no hace falta que me llames así, Kreacher – dijo Harry con voz suave. – y que tampoco es necesario que te inclines.
- El señor tendrá que repetírmelo por lo menos una vez más – dijo Kreacher con algo parecido a una sonrisa pícara. - ¿Qué quiere que haga con las flores? ¿Las dejo también aquí?
Harry miró con algo de culpabilidad a Ginny, pero esta se encontraba escribiendo algo en un pergamino muy concentrada y no se enteró.
- No, mejor bájalas y repártelas entre los caídos. Muchas gracias, Kreacher. Que pases buena noche.
El elfo se volvió a inclinar y con otro chasquido, desapareció. Con él desaparecieron también las cartas, la comida y las flores.
- Este elfo cada vez me cae mejor. – comentó Ron.- Has tenido una buena idea al llamarlo.
- Oye Ginny, ¿qué haces? – le preguntó Harry a la pelirroja, que seguía inclinada sobre un pergamino.
- Escribo un artículo para el Profeta. – contestó ella rascándose con la pluma detrás de la oreja en un gesto muy similar al de Ron. Los demás la miraron con asombro. – Sobre los elfos domésticos y los centauros que participaron en la batalla – se explicó ella mientras seguía escribiendo. – Estoy incluyendo incluso a los habitantes de la laguna, pues he oído que participaron a su manera, ahogando a unos cuantos mortífagos. Veréis, no me hizo ni pizca de gracia lo que me dijo Skeeter antes, y decidí que podía darle un escarmiento en su propio terreno. En los próximos días habrá cientos de noticias sobre ti, Harry, y sobre la batalla, pero quería asegurarme de que las otras razas también reciben reconocimiento. Mmm, creo que con esto ya está. Leedlo y decirme qué os parece.
Les entregó el pergamino y los tres amigos se inclinaron sobre la mesa para leerlo. Estaba escrito con fuego y pasión, con cierta melancolía, rabia y aires revolucionarios. También incluía ciertos reproches al periodismo que había tenido lugar en los últimos meses. A Harry le encantó.
- ¡Está genial! – dijo Ron, sonriendo a su hermana con orgullo.
- Sí, está muy bien – sonrió también Hermione. – Me alegro que se te ocurriera hacer algo así.
Harry no dijo nada, pero se inclinó sobre Ginny y le dio un apasionado beso, sin importarle que estuvieran a la vista de los curiosos de la sala común.
- Vaya, creo que debería escribir más a menudo – dijo ella cuando se separaron.
- Deberías – la animó Harry – se te da muy bien.
- Oye, ¿por qué has puesto que te llamas J. K. Rowling? – preguntó Ron, aun mirando el pergamino, como decidido a no ver cómo su hermana pequeña se liaba con su mejor amigo.
- Es un pseudónimo – contestó ella – Prefiero mantener mi anonimato.
- ¿Pero esto no se trataba de darle un escarmiento a Skeeter?
- Bueno, no se trata solo de eso. Y no hace falta que ella se entere de quién escribió este artículo.
- Oye, y ¿cómo vas a hacer para que te lo publiquen? – preguntó Harry.
- Se lo mandaré a Katy Bell. Tiene un tío que trabaja en El Profeta (o por lo menos lo hacía antes del régimen de Voldemort) y ella misma ha escrito algún artículo para el Quisquilloso cuando vosotros estabais fuera. También participó alguna vez en el programa de Pottervigilancia con Lee. Hablé con ella antes y me dijo que le enviara lo que escribiese y que ella se encargaría de que lo publicasen.
- No sabía que Katy quisiera ser reportera – comentó Hermione.
En ese momento se abrió el hueco del cuadro y apareció Neville. Cuando los vió les saludó con la cabeza y se dirigió hacia ellos.
- ¡Hey chicos! ¿Cómo vais?
Neville se dejó caer en un sillón a su lado. Tenía la cara y las manos sucias de tierra.
- Estoy reventado. Llevo toda la tarde trabajando con la profesora Sprout para poner un poco de orden en los invernaderos. ¡Aquello es un caos!
- ¿Tú también te quedarás unos días en el castillo? – preguntó Hermione.
- Sí, quiero ayudar en lo que pueda. Mi abuela marchó para casa, porque quiere poner un poco de orden allí, ya sabéis, por esto de que tuvo que huir y tal, pero dice que hago bien en quedarme. – les sonrió con orgullo.
- Bueno – suspiró Harry levantándose – creo que iré a acostarme. Mañana hay mucho que hacer.
- Yo también debería. – dijo Neville levantándose también – Tengo unas ganas de darme una ducha y quitarme de encima toda esta tierra… Además, tengo que estar recuperado para la reunión del ED de mañana.
- Yo enviaré esto y también iré a dormir – añadió Ginny alzando la carta ya sellada con su artículo. – Ron, ¿puedo utilizar a Pig?
- Sí, claro – dijo este. Al ver que Harry le observaba, como preguntándole si subía con ellos a dormir, miró a Hermione y se le pusieron un poco rojas las orejas – Eeh, yo os alcanzo en un momento.
Harry sonrió para sí. Supuso lo que Ron querría hablar con Hermione, pero decidió no decirles nada. Se despidió de Ginny con un beso. Estaba a punto de subir por las escaleras cuando se volvió a abrir el hueco del retrato y por él entraron George y Lee Jordan.
- Ah, Lee – saludó Harry. - ¿Tienes un momento? Quería comentarte una idea…
-Fin Capítulo 2-
¡Hola de nuevo!
Tras semanas de exámenes, ¡he aquí el segundo capítulo!
En primero lugar, muchas gracias a la persona que me envió ese review anónimo tan sumamente halagador, si estás leyendo esto, que sepas que tu comentario me dio ánimos para escribir este segundo capítulo incluso cuando tenía que estudiar para los exámenes. También tengo que decir que me hizo mucha ilusión ver que uno de vosotr s me había añadido a su lista de favoritos y me seguía. De corazón, ¡gracias! (Lo sé, suena muy ñoño, pero es la primera vez que publico un fanfic , así que no me lo tengáis en cuenta)
Y ahora, algunas cosillas de la historia:
Como es natural, estoy introduciendo nuevos personajes, pero a la vez intento usar los que ya están ahí (que son muchos), como el caso del director del Profeta. El problema de hacer esto es que no tengo ni idea de cómo es el personaje realmente, pues apenas tenemos una referencia en los libros, así que puede ocurrir que ese personaje que yo usé ya estuviera muerto, se hubiera dedicado a la cría de dragones o se hubiera mudado a las islas Canarias. Aun así, como siempre, espero que os guste.
Otra cosa: en el capítulo anterior comenté algunas de las cosas que pasarían. Se me olvidó aclarar que dichas cosas no tenían por qué pasar en este capítulo, ni en el tercero… ni siquiera que fueran a pasar cronológicamente, solo que están en mi cabeza y que formarán parte de la historia.
Por último, como espero que estéis notando, estoy haciendo aparecer por ahí varios personajes poco importantes de los libros. Si alguien tiene algún especial interés por que salga algún personaje, puede decírmelo en un review, y yo ¡intentaré meterlo por ahí!
Eeeeen fin, ya os di bastante la tabarra. ¡Nos leemos!
TintaInvisible
