Quiero aclarar que esta historia es un original de Alessa Morgane, y que todos los personajes aquí son míos (Excepto los pertenecientes a Death Note), por lo tanto queda prohibida su reproducción completa o parcial.
Les explico que esta historia es sobre L. Lawliet, mucho antes del caso Kira, en mi historia tiene tan sólo 17 años, pero les adelanto que tendrá una segunda parte (un segundo libro si lo quieren ver de esa manera), que se llevara a cabo en los tiempos del caso Kira. Esta historia es más para explicar la relación entre mi personaje y Lawliet.
Espero de verdad sea de su agrado y que la disfruten :)
Capítulo 1.
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I remember when I saw you for the first time, sparking like a new dime.
Despabilo su mente, sacudiendo la cabeza, queriendo volver su atención a la conversación que su hermana mantenía con ella. Poco podía hacer, ya que no dejaba de pensar, sólo daba vueltas al asunto, rebobinaba una y otra vez lo sucedido la noche anterior. Sucesos que se llevaban a cabo casi todas las noches en su habitación, en la oscuridad de las sombras, en el silencio de los dormidos.
No es que disfrutara recordando esas escenas, más bien le causaban repulsión, pero algo dentro de su cerebro le jugaba bromas, y la obligaba a recordar aquello que no quería. Suspiró con pesadumbre, queriendo dejar los recuerdos de lado.
Observó a su hermana, tan alegre y radiante como siempre, con esa cabellera rubia ondeando con el viento de verano, esos ojos azules que chisporroteaban energía, y esa delicadeza que la caracterizaba al caminar. Ella creía que su hermana era hermosa, y sobre todo le parecía inteligente. Siempre fue su modelo a seguir, de verdad anhelaba un día poder llegar a ser como ella, y envidiaba esa felicidad que emanaba con cada sonrisa.
Christine era tan sólo unos años mayor, siete años para ser exactos, pero ambas chicas se llevaban de maravilla, como si los años de diferencia fuesen de cero. Por eso, solían ir juntas a casi todas partes. Ese día no fue la excepción, y al ser Christine enviada a comprar verduras al mercado local, decidió invitar a Madolin, su hermana pequeña, de 16 años.
Las dos chicas caminaban por entre los puestos de verduras, cada una con sus propios pensamientos en la cabeza. La mayor, no paraba de hablar sobre su nueva conquista, ese chico brillante y apuesto que conoció en la facultad; la menor, lo único que podía hacer era pensar y pensar una y otra vez en lo jodida que estaba su vida, en la mala suerte que ella tenía. Aunque sabía disimularlo perfectamente, ya que su hermana jamás notaba sus bucles de pensamientos depresivos.
Siempre con la sonrisa bien pegada a sus labios, pretendiendo que tan sólo era una adolescente normal, como todas las demás. Y de cierta manera lo era, ya que no sufría de problemas en la escuela, de hecho tenía bastantes amigos (falsos, pero al fin amigos), no le costaba para nada socializar con sus iguales. Era sonriente, soñadora e infantil. Lo único que la hacía diferente al resto, era ese secreto que debía guardar y proteger con su vida si era necesario.
—Madolin. ¿Estas prestando atención?
La chica se sobresaltó, percatándose que estuvo más tiempo de lo necesario pensando. Miró a su hermana, regalando una sonrisa de disculpas, ya que por ir en sus cosas poco pudo oír sobre ese chico tan especial del que su hermana no paraba de hablar.
—¡Lo siento! Hablas demasiado, Christine.
—¡Madolin! ¡Ese chico puede ser mi futuro esposo! Te agradecería prestaras atención. —Respondió malhumorada.
—Claro, claro. Apuesto que apenas le conoces, eres muy enamoradiza
La mayor quiso replicar el comentario de su hermana, pero bien sabía que era verdad. Joseph era el quinto chico en el mes del que ella se sentía perdidamente enamorada. Christine refunfuñó algo que sólo ella podía entender, molesta porque la pequeña tenía razón.
—Voy por los tomates. —Contestó en cambio, queriendo dejar de lado la conversación sobre su nuevo amor Joseph.
Madolin movió la cabeza asintiendo, pero negándose a acompañarla, los pies ya le dolían de tanto caminar, por lo que decidió esperarla en el puesto de las frutas. Observaba sin prestar mucha atención a los transeúntes, que acalorados y de mal humor, trataban de encontrar lo necesario para mantener llena la despensa. La mayoría amas de casa, o criadas tal vez. Deseo con todas sus fuerzas tener servidumbre, ya que verdaderamente le molestaba tener que acompañar a su hermana al mercado local. No porque Christine no fuera de su agrado, más bien porque temía encontrarse a un compañero de su escuela en ese lugar, y además era demasiado perezosa, a esas horas del día prefería estar encerrada en su habitación viendo una película cliché americana o en alguna cafetería con Cindy, su mejor amiga.
Resoplo aburrida, deseando que la vida tuviese un control remoto, y poder así adelantar las escenas tediosas, ¡Que maravilloso sería un aparato como ese! Podría usarlo también para adelantar las noches, o para simplemente omitir esas escenas.
Fue cuando sus ojos se toparon con un hombre mayor y un chico, aparentemente de su edad. Claramente no fue el hombre mayor quien llamó su atención, y ciertamente, tampoco lo hizo el atractivo del chico. Si Madolin hubiese tenido que decidir si ese chico era digno de su atención, su respuesta hubiera sido un rotundo no. No era guapo, al menos para los estándares de belleza de Madolin, de hecho, parecía un chico torpe.
Si su atención se posó en ese joven, fue por la peculiaridad del mismo, por la rara sensación de extrañeza que emanaba de su cuerpo. Tenía el aspecto del típico chico que suele ser molestado por los bravucones de su colegio. Su espesa cabellera era negra y despeinada, le llegaba por debajo de la nuca y también le cubría parte de los ojos; sus cuencas estaban rodeados de un profundo negro, unas ojeras muy marcadas para una persona tan joven, pensó Madolin.
Se preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir ese chico, pues a juzgar por esas bolsas negras que lo adornaban, parecía llevar semanas sin hacerlo. Tal vez sólo era el efecto contrastante con su piel, que era blanca, pero un blanco pálido, como el papel o la leche, nívea, casi traslúcida. Madolin observó su propio brazo, comparando su blancura con la del chico que fácilmente le ganaba, y por mucho cabe aclarar.
Esa palidez, ese cabello negro azabache y que a pesar de estar despeinado lucía lustroso, esas ojeras prominentes, todo eso le daba un aspecto misterioso.
Vestía con simpleza, unos jeans holgados y una camiseta manga larga de color negro, nada excepcional. Era delgado, y pudo notar que el joven caminaba encorvado, como si llevase en su espalda un gran peso, tan grande como el de ella. Sus manos estaban guardadas en los bolsillos de sus jeans, y su paso era lento y pasmoso.
El hombre que lo acompañaba no era muy diferente a los hombres mayores de Winchester. Nada raro en él. Un viejo bien vestido y con algunas canas en su cabello. Parecía ser alguien adinerado, a juzgar por su apariencia. Tuvo curiosidad, le parecía extraño que —según sus conjeturas— siendo el chico una persona de dinero, anduviera por la vida vestido de esa forma.
La joven, prestó más atención a ese chico tan peculiar, detallando con cuidado las facciones de su rostro. Sonrió, pues le recordó al rostro de un niño pequeño, con esos rasgos delicados e infantiles que sólo se pueden apreciar en los chiquillos. Sus ojos eran grandes, estaban bien abiertos, como apreciando todo lo que observaba a su alrededor; su nariz era bonita, respingada y fina, como diseñada por un escultor; sus labios estaban tan pálidos como su piel, y estaban ligeramente hinchados, lucían apetecibles ante la vista de Madolin.
La joven suspiró, añorando poder cruzar palabra con ese chico que aunque no era su prototipo de hombre ideal, lograba causarle ciertas cosas que ni ella misma podía entender. No era como lo que le causaba Cody, pues ese chico rubio siempre sería su amor platónico, era algo así como la curiosidad. Jamás había visto a ese chico, y le parecía extraño encontrarse con alguien tan peculiar, tan diferente al adolescente estereotipado.
"Con la ropa adecuada y un buen corte de pelo, ese chico sería realmente guapo" Pensó.
A la joven no le importo ganarse miradas de curiosidad, sólo sabía que no podía apartar la mirada de él. Ni siquiera se preocupaba por ser discreta, poco le importaba si el joven la descubría mirándole. Al fin que ni siquiera lo conocía, y las posibilidades de volverlo a ver era prácticamente nulas.
Madolin siempre fue del tipo de personas que disfrutaba de observar, podía pasar horas y horas observando algo que le maravillara. El chico, no era alguien excepcional mente guapo, pero había algo en él que lograba llamar su atención, como si fuese un tipo de misterio o acertijo que debía resolver.
Es como si fuese en su propio mundo, sin reparar en las personas que lo rodeaban. Absorto en sus pensamientos, parecía no importarle nada. Con la mirada perdida, ausente, su mente se encontraba en otro lugar, lejos del mercado de Winchester. La curiosidad en el cuerpo de la joven aumento, preguntándose qué era lo que pasaba por la cabeza de ese tan extraño chico. No era un chico común, y eso pudo saberlo desde que lo vio, parecía ser diferente, y no sólo aparentaba serlo, Madolin estaba segura que realmente lo era. Ella, en su corta vida, había conocido a un par de chicos en su colegio que proclamaban incomprensión y diferencia, pero ahora que observaba al de los cabellos azabache, se dio cuenta que sus compañeros no eran más que unos farsantes.
De repente, se preguntó si el extraño joven estaba consciente de su atractivo, y de ser así ¿Por qué parecía importarle tan poco el como lucía? ¡Los cordones de sus deportivas ni siquiera estaban bien atadas! Lo más normal en un chico adolescente es preocuparse por verse bien, ya saben, para atraer al sexo opuesto, para ser popular. Pero algo le quedó claro a la pelirroja, ese chico no era normal.
Deseó con todas sus fuerzas que el joven la mirase, que al menos por un segundo notara su existencia, pero nunca sucedió. Estaba sumergido en su propio mar de ideas, dejando de lado al mundo real, navegando en aguas imaginarias.
—Mírame —Dijo en un susurro, esperando que el viento llevase el sonido de su voz hasta los oídos del joven— Por favor, mírame.
Pero él no la miro, ni siquiera por accidente giró su cabeza hacia donde ella se encontraba. Simplemente pasó de largo, dejando insatisfecha a la pelirroja, e incluso un poco molesta. ¿Por qué le importaba de esa manera que ese chico raro la mirase? No era más que un extraño espécimen de la naturaleza, no debía importarle si pasaba de ella.
"¡Que idiota! Ni siquiera eres guapo, ¿Lo sabías?" Pensó. Más sin embargo, el sentimiento de vacío perduró en ella hasta que la silueta de ese joven desapareció por completo de su vista.
Una mano que se posaba en su hombro la hizo dar un respingo, asustada, pues no se esperaba contacto físico. Estaba tan sumida en sus pensamientos que ya ni recordaba que había ido con su hermana al mercado, la había olvidado por completo. El mundo entero se desvaneció para Madolin en el momento que le vio, no había nadie a su alrededor, sólo existía él y nada más él.
La curiosidad que minutos antes había sentido por ese joven desapareció, transformándose en coraje. Pero más que estar enojada con ese chico se sentía enojada con ella misma, por permitirse sentir esas cosas tontas y ridículas por alguien que ni siquiera conocía. ¡Él no era Cody! Y de quien ella estaba perdidamente enamorada era de Cody, de nadie más.
Miró a su hermana con mala cara, expresando su molestia en las delicadas facciones de su rostro.
—¡Vaya! Te llevo toda una vida comprar esos tomates —ironizó— Ya me convertí en una anciana.
Christine dejó salir una risita, sin el menor de los arrepentimientos por la tardanza, conversar con el guapísimo chico que se encontró mientras compraba las verduras bien había valido la pena. Claro que a Madolin no le hizo mucha gracia la actitud despreocupada de su hermana, ya se encontraba lo bastante molesta como para que Christine llegará con sus sonrisitas pícaras.
—No exageres, no he tardado tanto. Y a ti ¿qué mosca te pico?
—Nada —Se puso de pie— ¿Nos vamos? Mamá debe estar impaciente, jamás demoramos tanto. Espero tengas una buena excusa, Christine.
Sin esperar respuesta de su hermana mayor, la joven comenzó su camino en dirección a su hogar, impaciente por salir de ese barullo de personas. Queriendo alejar de su cabeza la imagen de cierto chico de cabellos azabache. Sus planes eran llegar a casa y desde su computadora portátil observar fotografías de Cody, así pasaría el rato amargo y se sacaría de la mente al raro espécimen de adolescente.
Cuando por fin llegaron a las puertas de su hogar, el sol ya estaba por ocultarse, y no había nada más horroroso para Madolin que la noche. Cuando el manto estrellado los cubría con su magnificencia, cuando ya todos dormían, ella debía permanecer despierta, soportando el suplicio del infierno en la tierra. Desanimada, subió a su habitación, esperando lo inevitable, aunque con la esperanza de que esa noche nada pasara. Debía pensar en Cody, en él y sólo en él, lo haría hasta quedarse dormida, y así olvidaría la imagen del joven peculiar.
