El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.
― Víctor Hugo
Capítulo 2: Ha comenzado el reclutamiento. Parte I (1978)
― Entonces― dijo la mujer inclinándose hacia el caldero y mirándolo con ojo inexperto―, ¿estás segura de que este caldero me irá bien con pociones de tipo, em… amoroso?
― No, como ya le he dicho le recomiendo el de latón tamaño 1― respondió Lily perdiendo la paciencia y cruzándose de brazos.
― Pero es que el de latón es más caro― se quejó la bruja mirando los precios―. No puede haber tanta diferencia. Solo es un filtro de amor. Creo que sí, definitivamente me llevaré el de peltre.
Lily asintió con desgana y se fue al almacén. Era un lugar pequeño y oscuro, lleno de calderos de procedencias ilícitas e ingredientes peligrosos. Escogió uno de peltre en especial mal estado, ennegrecido por el uso y con el culo algo carcomido, y volvió con él.
― Sí, sí, ése quiero― dijo la mujer asintiendo al ver el que le enseñaba―. Me recuerda a mi viejo caldero, de cuando iba a Hogwarts.
Lily la miró durante un par de segundos y se mordió el labio, algo nerviosa, antes de preguntarle a bocajarro.
― Sabe que si la prepara incorrectamente puede envenenar al que la beba, ¿verdad? Hay un señor a la vuelta de la esquina que las deja tiradas de precio.
― No te preocupes, jovencita, sé lo que me hago― Lily lo dudaba, pero no insistió.
― ¿Desea algo más?― la bruja negó con la cabeza suavemente―. Son diez galeones.
― ¡Diez!― se escandalizó la mujer. Lily había visto la pantomima demasiadas veces como para que se sintiera tentada a caer en ella―. Está hecho un desastre, niña. Y por cinco más podría comprarme uno nuevecito en la tienda de Potage.
― Puede pagarlos o irse a Potage y pagar quince galeones por un caldero que solo va a usar una vez. A mí me da igual― Lily se cruzó de brazos con despreocupación y la bruja gruñó, se mordió el labio, tiró de uno de los rizos y finalmente abrió su pequeña cartera y dejó el dinero sobre el mostrador.
― ¡Con ese humor nunca conseguirás marido!― se burló saliendo por la puerta de la tiendecita.
Irónico, pensó Lily mientras contaba el dinero y lo guardaba pulcramente en la caja registradora, que diga algo así una mujer que necesita un filtro del amor.
La puerta del pequeño local volvió a abrirse y entró un hombre de pelo negro y encrespado, algo enclenque. La primera vez que Lily lo vio se pegó el susto de su vida. Acababa de empezar a trabajar en la pequeña tienda de artículos de ocasión "Edna's" y su primer pensamiento fue que quería robar la caja. ¿Cómo podría haber adivinado que aquel hombrecillo era el hijo de la dueña del negocio?
― ¿Qué tal está la chica más guapa del Callejón Knockturn?― saludó alegremente.
― Cierra la puerta, Mael, anda― pidió Lily mientras apuntaba pulcramente en un trozo de pergamino "Caldero de peltre tamaño 1, Sra. Moira Smult ― Poción amorosa".
― ¿Qué tal el día, muchas ventas? – preguntó cambiando el cartelito a "cerrado".
― ¿La verdad? A parte de la loca esa, nada. Y verás cómo vuelve a reclamar cualquier tontería.
Mael sonrió, con sus dientes amarillentos, y asintió.
― Verás, he conseguido algo que quizá te interese. Es un libro.
Los ojos de Lily refulgieron de pura anticipación, pero aparte de eso no demostró ninguna emoción.
― No sé. El último libro que me prometiste que me interesaría era un poco… como decirlo, ¿decepcionante?
― Oh, vamos, Lily. Este es bueno, de verdad. Te lo juro― metió la mano por su capa y sacó un volumen ajado, forrado en piel y con las letras impresas en fuego―. Es piel humana, de verdad.
Lily arrugó el ceño, algo asqueada.
― ¿Por qué tienes que hacer las cosas siempre tan…? A ver, déjamelo ver.
― Ah, ah. Ya sabes las reglas. Si lo quieres ver tienes que comprarlo― replicó él apartando el libro de su alcance.
Se cruzó de brazos y arqueó una de sus finísimas cejas pelirrojas.
― Sabes que no es justo, Mael. Mira lo que me vendiste la última vez. ¡Y me costó cincuenta galeones!
― Vale, vale― accedió el hombre, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia―. Digamos que te digo de qué trata. Habla de Horrocruxes.
― ¿De qué?
― Oh, si quieres saberlo tendrás que comprarme el libro. Sabes que si te lo traigo a ti antes es por la gran amistad que nos procesamos. Cien galeones y es tuyo.
― Eres un estafador. Esa es toda mi paga de la semana― se quejó Lily imperturbable―. Los tenderos también tenemos que comer. Déjalo en cincuenta.
― Noventa― replicó rápidamente Mael.
― Cincuenta― repitió Lily.
― Ochenta y es mi última oferta. Es auténtica piel humana― pasó sus dedos enguantados por la tapa del libro, como deleitándose.
― Está…
Pero Lily no llegó a terminar la frase. El móvil que tenían a la entrada sonó, indicándole que alguien había abierto la puerta. Mael escondió rápidamente el libro y gruñó.
― Está cerrado, vuelva mañana.
― Oh, precisamente por eso vengo― el hombre, un encapuchado larguirucho, mostró su rostro. Lily tuvo que contener una exclamación de sorpresa al verlo.
― ¡Profesor Dumbledore!― jadeó.
― ¡Por las barbas de Merlín!― exclamó Mael dando un par de pasos hacia atrás y sacando su varita.
― Querida Lily, creo que profesor ya no se ajusta a mi situación personal― respondió Dumbledore. Hacía años que no lo veía, desde la muerte de Severus. Había leído en el Profeta que el Ministerio lo había llamado para juzgarlo por un crimen de responsabilidad civil.
Una cita a la que nunca había asistido.
― Forajido Dumbledore le pega más― se burló Mael enseñando los dientes.
― Siempre fuiste muy ocurrente, señor Belon― replicó el profesor sin inmutarse―. Quería hablar contigo, Lily. A solas, a ser posible.
Lily parpadeó algo confusa. No tenía muy claro si tenía algo que hablar con el antiguo director del colegio: por su culpa había muerto Severus. Y Severus había sido su mejor amigo desde que tenía uso de memoria y eso dolía. Dolía en lo más profundo de su corazón. Pero había algo en su mirada…
― Mael, mañana hablamos― dijo con tono férreo.
― ¿Qué? ¿Estás de broma? Este es mi local y estábamos en medio de una transacción― protestó―. Deberías darme las gracias de que no llame a alguien del cuerpo de aurores.
― Te pagaré cien― ofreció Lily―. Si te vas ahora te pagaré cien, no creo que nadie te ofrezca un trato tan bueno por un libro forrado en piel de cerdo.
Los ojos de Mael brillaron con codicia y asintió.
― Nos vemos mañana, preciosa. Dumbledore.
― Hasta otra, señor Belon.
Lily guardó el pergamino en el que llevaba el registro de las compraventas (un método para que los aurores te dejaran más o menos tranquilo: ellos preguntaban y tú les dabas toda la información de la que disponías y no había necesidad ni de amenazas ni de registros inoportunos) y esperó pacientemente a que Dumbledore decidiera comenzar a hablar. El antiguo director de Hogwarts ojeó la tienda, los calderos expuestos y algunos de los libros que se amontonaban polvorientos en una de las estanterías.
― Tiene que ser un libro muy valioso para que estés dispuesta a pagar tanto― comentó el hombre sonriendo un poco.
― ¿Qué quieres, Dumbledore?― Lily se cruzó de brazos con expresión amenazante. Podía sentir curiosidad de lo que fuera a decir el hombre. Pero no por ello iba a olvidar a Severus. Nunca.
― Siempre te imaginé con una gran carrera, no en una pequeña tienda en el Callejón Knockturn― comentó cogiendo uno de los libros de la estantería―: "Mil maneras de envenenar a tus enemigos" debe de ser un éxito de ventas.
― Pues es lo que hay― replicó fríamente, levantando un poco la barbilla.
― No te estoy criticando, Lily― repuso Dumbledore ojeando el libro―. Te estoy ofreciendo otro trabajo. Será muy peligroso, además de que las pagas y el horario serán horribles. Pero te aseguro una cosa: si decides aceptarlo jamás te arrepentirás.
Lily frunció el ceño, desconfiada.
― ¿De qué se trata? No será nada ilegal, ¿verdad?
― Estoy organizando un ejército― dijo con simplicidad Dumbledore―. Un ejército para enfrentarse a Voldemort― Lily hizo una mueca ante la mención del nombre―. ¿Qué me dices?
Lily miró a su alrededor, a la pequeña tiendecita de Edna Belon, y suspiró. La verdad es que no quería quedarse toda la vida allí y no tenía muchas esperanzas de encontrar nada mejor. Siempre que se había presentado a entrevistas había recibido evasivas varias. Los propietarios de las tiendas temían que atacaran sus negocios por contratar a nacidos de muggles y sus ÉXTASIS no eran lo suficientemente buenos como para aspirar a nada mejor.
― Está bien― aceptó Lily echándose el pelo hacia atrás.
― Bienvenida a la Orden del Fénix― respondió simplemente Dumbledore, con un brillo especial en sus ojos.
Remus Lupin levantó con desánimo la tapa del contenedor y tiró la bolsa de basura con un gesto simple. Pasó durante un único segundo su vista por el cielo estrellado― solo una semana más, se dijo― y se dio la vuelta dispuesto a volver a su apartamento.
Las cosas no le habían ido bien a Remus. Siempre había sabido que tendría problemas en el mundo mágico. Probablemente, había pensado, le costaría encontrar un trabajo. Incluso, había pensado que si alguna vez sus vecinos descubrían su secreto iba a estar muy jodido. Pero entre sus múltiples opciones jamás se imaginó así.
Viviendo entre muggles. Trabajando con muggles. Haciéndose pasar por un maldito muggle. Con los añicos de su varita escondidos debajo de su cama y corriendo al Ministerio para evitar dañar a otros cada luna llena.
Al fin y al cabo esa había sido la sentencia.
Expulsión del colegio, un año en Azkaban y varita rota. Obligación de pasar las noches de luna llena en el Ministerio, so pena de prisión. La única esperanza de Remus para sobrevivir era fuera del mundo mágico (con las nuevas leyes anti licántropos encontrar un trabajo dentro de la sociedad mágica era un auténtico milagro y si contaba con su historial… imposible), alternando trabajos mal pagados y con horarios terribles.
Sus jefes en seguida se cansaban de él: después de un par de meses llegando ojeroso y agotado al trabajo, lleno de heridas, lo liquidaban sin muchas contemplaciones. Y vuelta a empezar.
Quizá lo peor no fuera no poder hacer magia o la mierda de empleo. Lo peor era la soledad. Apenas veía a sus padres y con el único con el que quedaba de su antigua vida en Hogwarts era a Peter, tras reencontrarse cerca de un mes atrás. Y no es que tuviera nada en contra de los muggles, sus abuelos maternos lo eran, sino que… No quería volver a hacerle daño a nadie.
Había otra opción, una que golpeaba el cerebro de Remus cuando menos se lo esperaba. Solo que no era lo suficientemente valiente, o no estaba lo suficientemente loco, como para acudir a ella. O por lo menos, no todavía.
Había una manada de licántropos, salvajes, en Inglaterra. El Ministerio le tenía tanto miedo a su líder, Greyback, que los dejaba relativamente tranquilos. Vivían del pillaje y de la caza.
Hubiese sido algo deseable de no ser porque eran violentos. Disfrutaban haciendo daño y no dudaban en repartir su maldición. Greyback había sido quien le había convertido y lo había hecho por puro despecho hacia su padre.
La calle estaba oscura, únicamente alumbrada por alejadas farolas. Una de ellas parpadeaba, dándole al barrio un aire de inseguridad. Remus metió sus manos en los bolsillos de su pantalón, hasta el fondo, y caminó cabizbajo por la acera. Vivía alquilado en un apartamento muggle. Pequeño y antiguo, Remus daba lo mejor de sí para que fuera cómodo y confortable. Algo parecido a un hogar.
Algo parecido a lo que significó Hogwarts para él antes de que todo se fuera a la mierda.
El recuerdo lo hizo detenerse en la puerta de su casa, con las llaves ya preparadas en la mano. Habían pasado casi tres años y aún seguía sintiendo los pinchazos de dolor y culpabilidad que le recorrían el cuerpo cada vez que lo recordaba. Y lo hacía muy a menudo. Demasiado.
Era un asesino. Había matado a una persona, una persona que tenía toda su vida por delante. Se la había arrebatado. Su alma está manchada, si es que aún tiene una, y ahora está pagando las consecuencias. Ni siquiera le aliviaba el pensar que, joder, había sido a Snape.
Con mal pulso metió las llaves en la cerradura y abrió la puerta con un suave "clic". Dejó las llaves sobre una pequeña cómoda que estaba al lado de la entrada y cerró la puerta con cuidado. Buscó a tientas la luz y pulsó el interruptor con el descuido con el que se hacen todas las cosas rutinarias. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que la luz no se había encendido. Volvió a pulsarlo, una y otra vez, y bufó.
Remus salió al rellano de nuevo y comprobó que la luz sí iba fuera. Genial, se habían vuelto a saltar los plomos. ¿O quizá se había retrasado con alguna factura?
¿Podía ser su vida más patética? Él era un mago, por el amor de Dios, un simple giro de varita y todos sus problemas se solucionarían. Luz gratis para siempre.
A tientas buscó los fusibles. Se encontraban ocultos tras un espejo que Remus quitó con mucho cuidado. Tanteó la caja: nada. Todos los interruptores estaban dados.
Genial, era lo segundo. Le tocaría pedirse el lunes siguiente la mañana libre para ir al banco y arreglar el problema. Perfecto, justo lo que necesitaba, empezar a hacer puntos con su nuevo jefe.
Sin nada mejor que hacer, arrastró los pies hasta la cama y se dejó caer sobre ella. El colchón era duro y las sábanas baratas, pero era mejor que nada.
― Pensaba que a estas alturas― dijo de pronto una voz amable, haciendo que saltara de su cama―, ya te habrías dado cuenta de mi presencia.
Se oyó un "clic", y una pequeña bola de luz ascendió hasta el techo, iluminando la única habitación de la casa, aparte del baño. En ella se apretujaban una pequeña cocina de gas, una mesa coja con dos sillas (una de las cuales estaba ocupada por un hombre encapuchado y que sostenía entre sus dedos un pequeño encendedor), una cómoda y su cama.
― ¿Quién…?― Remus se interrumpió en cuanto vio cómo el hombre se quitaba la capucha y mostraba su rostro. Era un hombre mayor, con las manos ajadas, la nariz torcida y unos brillantes ojos azules tras unas gafitas de media luna.
La culpa volvió a golpearlo con fuerza. Dumbledore. A él también le había fallado. Había confiado en él y él le había traicionado. Por su culpa había perdido su puesto de trabajo y huido de la justicia.
― ¡Profesor!― jadeó levantándose de su asiento.
― Buenas noches, Remus― Dumbledore sonrió un poco―. Cuánto tiempo.
Remus bajó la vista. Sí, mucho. Recordaba perfectamente la última vez que le había visto, aunque aquella vez no sabía que iba a ser la última. Había sido el día de Navidad, apenas se habían quedado una veintena de alumnos en el colegio y el anciano profesor se había levantado para desearles felices fiestas.
Dos días después salía a rastras del pasadizo de la Casa de los Gritos y se encontraba cara a cara con una profesora McGonagall pálida y ojerosa.
Remus no pudo evitar que entre sus labios se escapara una disculpa. Había querido hacerlo durante años. Se había disculpado ante mucha gente por lo que pasó. Se había disculpado con la madre de Snape, que se le había lanzado y arañado media cara. Se había disculpado con Lily, a la que siempre había querido tanto, un día que se la había encontrado por el Callejón Diagon. Ella simplemente había apartado su rostro y acelerado el paso. Incluso le había pedido perdón a un dios muggle, por recomendación de su madre. A cambio sólo había recibido silencio.
Nada había servido para aplacar las culpas que corroían su alma, pero aun así repitió el proceso con voz ronca.
― Lo siento.
Dumbledore le miró y una sonrisa amable apareció en sus labios.
― No, no. Perdóname tú a mí. Me hubiese gustado quedarme y ayudarte, pero no podía permitir que me apresaran. Tenía otros asuntos entre manos.
Remus se quedó allí plantado, mirando con asombro a su antiguo profesor. Bajó la mirada, un poco incómodo y suspiró.
― ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Una taza de té, café?― dio un par de zancadas hasta la pequeña cocina y rebuscó entre los armarios. Aparte de bebidas había pocas cosas para picar. Galletitas saladas y pastas rancias, olvidadas en el fondo de un armario.
Le temblaron las manos y no supo muy bien qué hacer. Era la primera vez que alguien no le miraba con aquella expresión llena de culpabilidad o lástima. En los ojos de Dumbledore solo estaba… bueno, Dumbledore.
― Un té está bien― aceptó el hombre y Remus se apresuró a llenar una tetera con agua y ponerla a calentar. Ninguno de los dos dijo nada hasta que el agua empezó a hervir y Remus dejó una tacita llena de agua y una bolsilla de infusión sobre la mesa.
Remus no apartó la vista de las puntas de sus dedos. Le corroía la culpa de lo hecho, la vergüenza y la incomodidad. No sabía muy bien qué hacer o qué dejar de hacer, así que se sentó frente a su profesor, con los brazos apoyados en la mesa coja (que se tambaleó suavemente), mirando sus manos.
― Te preguntarás― rompió el silencio el hombre― qué hago aquí, ¿no es así?
Remus asintió un poco, pasando la vista a un punto indeterminado de su barba. No iría a reclamarle nada, ¿verdad? No, desde luego que no parecía aquello, pero aun así…
― Sí, señor.
― No, no me llames así― se apresura a decir el hombre―. Quiero pedirte algo, Remus. Sé que no tengo derecho a pedírtelo, que ya te robé tu adolescencia, pero creo que no hay nadie que pueda hacerlo mejor que tú.
El pecho se le infló sin apenas percatarse de ello, ¿era él el que mejor podría hacerlo? ¿En serio? ¿Y se estaba disculpando…? ¿Otra vez?
Las manos comenzaron a temblarle otra vez. Ahí estaba de nuevo Dumbledore, confiando en él, listo para volver a defraudarlo.
― Yo… Lo siento, no creo que pueda ayudarle― mejor decepcionarlo ahora, se dijo, que apenas se ha hecho ilusiones.
― Espera a oír el resto de la oferta, Remus― le detuvo Dumbledore metiendo entretenido la bolsa de infusión en el líquido―. Debes de saber lo que está pasando ahí afuera, en el mundo mágico, ¿verdad?
― Se refiere… ¿a los mortífagos?― Remus bajó su tono, como si temiera que pudieran escucharlo. Por supuesto sabía lo que pasaba. Lo que llevaba pasando años. Hasta los muggles deberían haberse dado cuenta de que algo malo pasaba en Inglaterra.
― Exactamente. Estoy organizando un ejército, Remus. Un ejército para enfrentarnos a ellos― hizo una pausa y suspiró―. Y te necesito. Eras bueno en defensa, de eso me acuerdo, y con el entrenamiento adecuado podrás ser un gran duelista.
― Pe…― No, se rebeló una parte de él. No lucharía, no ayudaría quitar más vidas―. Lo siento, no puedo ayudar. Ni siquiera puedo usar una varita― añadió con cierta amargura, apartando su rostro.
― Este trabajo incluiría el uso de magia, por supuesto― Dumbledore sonrió un poco, mostrando sus dientes blancos tras su espesa barba―. El señor Ollivander está dispuesto a venderme una varita en la más absoluta discreción.
Sí, gritó otra parte de Remus. Hasta darse cuenta de que tenía la oportunidad de hacerse con una varita no se había dado cuenta de los mucho que odiaba vivir como un muggle. Una varita entre sus dedos, de nuevo. Y haciendo algo bueno, que marcaría la diferencia, no como preguntar si preferían bolsa de papel o de plástico.
Tragó saliva ruidosamente. Aún no estaba seguro. Sabía lo que significaba aceptar pertenecer a un ejército, significaba enfrentarse a otras personas. Tener que matar. Miró las palmas de su mano, algo aturdido.
― No estoy seguro― susurró―. Yo… Después de todo, no, no estoy seguro.
― Remus, necesito tu ayuda. No puedo confiar en nadie más para la misión que te tengo reservada. Voldemort― Remus dio un salto en su silla, desequilibrando la mesa coja y haciendo que se derramara un poco de líquido―, a pesar de su creencia en la primacía de los magos, está empezando a buscar apoyo de otras facciones. Lo que quiero que hagas resultaría peligrosísimo para cualquier otro mago, pero no para ti.
― ¿Qué es?
― Necesitaré que te infiltres en la manada de Greyback.
Algo dio un salto dentro de Remus. Sin darse siquiera cuenta, sus labios empezaron a moverse solos.
― Cuenta conmigo.
Continuará.
