Capítulo 1

-Bueno- Nigel dejó las maletas en el suelo-, Convento de Santa María, aquí es.

-Te veo muy animado.

-Lo estoy. Nada menos que quince días tranquilos, sin reliquias, sin persecuciones… única y exclusivamente enseñando.

Sydney sonrió

-Más o menos, me he enterado de que es posible que aquí se encuentre una interesante colección de joyas.

-¿Nada peligroso?- El británico se mostró receloso.

-No, simplemente veremos si es verdad. Si la encontramos, será fantástico, pero, si no damos con ella, tampoco pasará nada.

-¿Eso quiere decir que no hay nadie en el ejército que esté detrás de estas joyas?, ¿ni ningún otro cazador de reliquias?

-Eso es.

-No sabes cuánto me alegra oír eso.

Sydney sonrió divertida. La verdad es que el pobre Nigel bien se merecía unos días de tranquilidad. Cruzaron la calle y se encaminaron a la entrada. Todo el Convento se encontraba rodeado por una enorme verja negra, dando al conjunto un aspecto bastante tenebroso. El Convento de Santa María era ahora un internado de estudios secundarios. Varios jóvenes estaban dispersos por el jardín vigilados atentamente por unos cuantos curas y monjas. Sydney apretó el timbre y una monja se acercó a ellos.

-Buenos días, soy Sydney Fox y él es mi asistente, Nigel Bailey.

-¡Ah!, ustedes deben ser los que viene a dar el cursillo de arqueología, ¿no?- Dijo la monja.

-Más o menos- sonrió la cazatesoros.

La monja les invitó a pasar y les condujo al edificio. Les enseñó las aulas y la Capilla.

En el primer piso están las habitaciones de los internos y en el segundo las de los profesores. Ahora llevarán sus cosas a sus cuartos.

Se encontraban en el Claustro, la verdad era que el lugar era enorme. Sydney alzó la vista y de pronto se percató de que un hombre y una niña le observaban desde una ventana del tercer y último piso. El hombre se desplazó hacia la izquierda y se asomó a otra ventana para verla mejor. La profesora sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

-Syd, vamos.

La voz de su asistente le devolvió a la realidad. Volvió a mirar hacia el tercer piso. El hombre se había marchado.

Se instalaron en las habitaciones. A pesar de ser un centro mixto, no dejaba de ser un lugar de religiosos, así pues, las habitaciones de las mujeres estaban en el ala izquierda y las de los hombres, en la derecha. En los otros dos lados había salones, bibliotecas y, como no, una pequeña Capilla. Era la hora de comer, la hermana Clarice, que era la que les había abierto la puerta, les condujo al comedor, situado en el subsuelo.

-Después de comer ya tenemos la primera clase, ¿alguna vez te has enfrentado a niños de 15 años?- dijo Nigel divertido mientras ojeaba el horario que le habían dado instantes antes.

-Presiento que será peor que esas persecuciones de las que antes hablabas- suspiró Sydney

-¿Te has dado cuenta de lo sumamente enorme que es este sitio?- susurró el inglés, su jefa asintió.

-Los estudiantes les observaban con curiosidad y admiración desde las mesas donde se encontraban comiendo.

-¡Eh, mira!, esos son los del cursillo- decían.

El curso lo habían organizado los profesores de Historia Antigua, Historia del Arte, Lenguas Clásicas y Religión. Les había parecido interesante para los alumnos y lo cierto era que a éstos les hacía mucha ilusión.

El Auditorio estaba repleto, algunos alumnos de otras asignaturas no habían querido perderse el evento. Sydney comenzó a hablar ante la maravillada mirada de los niños. Desde la primera fila, Nigel se encargaba de las diapositivas y las transparencias.

-Como podéis ver, la cerámica de unos y otros no es tan diferente- decía Sydney- pero distinguimos a qué pueblo pertenece gracias a estos grabados… Nigel...

El británico se levantó y subió al escenario, había llegado su turno.

- Es sencillo- dijo-. ¿Veis este símbolo de aquí?