La historia NO ME PERTENECE solo la adapto al fin de continuar con el siguiente libro de la saga Malory de Johanna Lindsey, los personajes pertenecen a Rumiko.


Capítulo 2

—Has estado observando a un maestro en acción, Connie.

—Diría que se asemejó más a una comedia de equívocos —respondió el alto pelirrojo—. Cuando se pierde una oportunidad, se la pierde, no importa cómo se la mire.

Sesshomaru rió cuando ambos se reunieron debajo del árbol. — ¿Me has estado espiando, hermano?

Miroku se inclinó para apoyar los antebrazos sobre el respaldo del banco y sonrió. —La verdad es que no pude resistir la tentación. Pero temí que la situación se tornara embarazosa.

—De ninguna manera. Acabo de conocerla.

—Y de perderla. —Conrad Sharp lo dijo incisivamente.

Sesshomaru le lanzó una mirada penetrante, mientras apoyaba un pie sobre el banco, pero la mirada se perdió entre las sombras.

—Vamos, Connie, no puedes culparlo —dijo Miroku—. Ella fue muy astuta al apelas a su buen corazón con ese primoroso acento escocés.

Pensé que el hale de este joven se había mancillado para siempre.

—Una joven como ella podría hacer brillar el halo de cualquiera —dijo Conrad.

—Sí, es muy atractiva, ¿verdad?

Sesshomaru ya había escuchado demasiado. —Pero no está disponible.

Miroku rió. —¿Te arriesgaste, verdad? Ten cuidado; puede que lo tome como un desafío.

A Sesshomaru se le heló la sangre. Cuando eran muy jóvenes había resultado divertido competir por la misma mujer, en aquellos días en que merodeaban juntos por la ciudad de Londres.

Y la cuestión había sido cuál de los hermanos conseguía ser el primero en conquistar a la dama. Pero los años y los excesos habían atemperado la libido de Sesshomaru. Ya no era una cuestión de vida o muerte. O no lo había sido, hasta esta noche.

Pero Miroku, bueno, ya no conocía a Miroku. Durante la mayor parte de sus vidas habían sido grandes compinches. Siempre hacían causa común frente a los otros dos hermanos, que eran diez años mayores. Pero eso había sido antes de que Miroku hubiera decidido convertirse en pirata de alta mar.

Durante diez años sólo había visto a Miroku en contadas ocasiones.

La última vez se había producido un desacuerdo que había determinado que los tres hermanos lo repudiaran, después de darle una zurra por haber llevado a Kaggie ese verano para que compartiera sus piraterías.

Pero ahora Miroku era de nuevo aceptado. Había renunciado a la piratería.

Incluso pensaba regresar definitivamente a Inglaterra. Y, en ese preciso momento, Sesshomaru no sabía si hablaba en serio o no cuando lo desafió respecto a Lin Yitama.

En ese momento volvió a verla a través de la ventana y notó que

Miroku también la había visto. —Demonios, Miroku, ¿qué estás haciendo aquí de todos modos?

El hermano que le llevaba un año se irguió, pero aún así era más bajo que Sesshomaru. No parecían hermanos. Miroku era rubio y sus ojos eran verdes, herencia de los Malory, y era más fornido. Sólo Sesshomaru, Kagome, Amy, la hija de Edward y Jeremy tenían los cabellos negros y los ojos de color azul cobalto de su abuela, de quien se decía que tenía sangre gitana en las venas.

—Si hubieras sido un poco más explícito en esa nota que me dejaste, no me hubiera estropeado la noche viniendo aquí —dijo Miroku—. Y ahora que me lo recuerdas, debemos aclarar una cuestión. ¿En qué demonios pensabas cuando permitiste que el bribón de mi hijo acompañara a Kag?

Sesshomaru rechinó los dientes al escuchar el nombre Kag. —¿Por eso has venido?

—Eso fue cuanto me dijiste. Hubieras podido explayarte un poco más, diciéndome que también tú estarías aquí. Sesshomaru miró hacia el jardín. —Si consideras que estar oculto entre las sombras es estar aquí, supongo que lo estoy.

—No seas odioso, cachorro —intervino Conrad—. Hasta que no tengas uno propio, no sabrás cuánto se preocupa uno sobre lo que están haciendo.

—¿Y qué podría estar haciendo el pobre muchacho con dos padres diligentes que lo vigilan? Y además, aunque hubiera deseado ignorarlo, fue Jeremy quien señaló que quizá no estuviera en condiciones de protegerla. Por eso me arrastró a mí hasta aquí.

—Me has interpretado mal, Sessho. No me preocupaba quién protegería a Kag de las masas, sino quién la protegería de su acompañante.

Transcurrieron cinco segundos, durante los cuales Sesshomaru se preguntó cuánta animosidad provocaría su risa. —Es su prima, por el amor de Dios.

—¿Y crees que a él le importa?

—¿Hablas en serio? —preguntó Sesshomaru.

—Está enamorado de ella —dijo Miroku.

—Pero no la tienes en cuenta a ella. Ella le haría implorar misericordia en menos de un minuto se la mirase intencionadamente.

Creí que conocías mejor a nuestra sobrina, hermano mío.

—Sí, ya se que ella sabe defenderse. Pero también conozco a mi hijo y no se desanima fácilmente.

—¿Necesito recordarte que estás hablando de un joven de diecisiete años?

—¿Y necesito recordarte cómo eras tú cuando tenías diecisiete años? —replicó Miroku.

Finalmente, Sesshomaru sonrió. —Tienes razón. Muy bien, no sólo la vigilaré a ella, sino también a él.

—Siempre que pueda dejar de mirar a la escocesa —dijo Conrad.

—Entonces, por favor quédate —dijo Sesshomaru secamente—. Los tres podemos vigilarlos. Después de todo, es una manera muy placentera de pasar la velada.

Miroku sonrió. —Creo que nos está diciendo que nos marchemos, Connie. Ven, dejemos que el pobre muchacho languidezca a solas. Nunca se sabe. Puede que ella vuelva a la carga y su tarea sea más llevadera. —Rió. —Si ella no viene hacia él, no tendrá el coraje de enfrentarse con esas aves de rapiña. Yo tampoco lo tendría.

Miroku estaba doblemente equivocado.

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—Y bien, ¿Qué está haciendo aquí? Es cuanto deseo saber. Lady Crandal no ve con buenos ojos a esa clase de personas. Ella nunca lo hubiera invitado.

—Sir Sesshomaru no necesita invitación, querida. Hace cuánto le place.

—Pero siempre ha tenido la discreción de no asistir a nuestras fiestas.

—¿Discreción? —Rió. —No se trata de discreción. No soporta estas reuniones. Y no me sorprende. Es probable que todas las damas que se encuentran aquí deseen reformar a ese libertino.

—No es gracioso, Lenore. Cuando aparece, la mitad de las mujeres que hay en la habitación se enamora de él. He comprobado que es así. Por eso ninguna anfitriona lo invita a sus fiestas si no desea problemas.

Provoca demasiados disturbios.

—Pero nos brinda tema de conversación durante meses. Admítelo.

Es un tópico muy interesante, ¿verdad?

—Eso se dice fácilmente, Lenore —dijo otra dama, obviamente desolada—. No tienes una hija a quien vigilar. Dios mío, mira a Jane. No puede dejar de mirarlo. Con seguridad ya no aceptará a Percy. Es una joven tan difícil.

—Mirar no hace daño, Alice. Sólo cuenta a tu hija algunas historias acerca de él y no sólo se horrorizará sino que se alegrará de que él no haya demostrado interés en ella.

—Pero ¿qué está haciendo aquí? Desearía saberlo. —La pregunta fue repetida con severidad.

—Probablemente está vigilando a su hijo —dijo Lenore con afectación.

—¿Su qué?

—Mira al joven que está bailando con Sarah Lordes. Es la viva imagen de Sir Sesshomaru.

—Dios mío, otro Malory ilegítimo. Esa familia debería ser más circunspecta.

—Bueno, el marqués reconoció al suyo. Me pregunto si Sir Sesshomaru hará lo mismo.

—Esto es increíble. ¿Cómo habrán hecho para guardar el secreto durante tanto tiempo?

—Seguramente lo ocultaron en algún sitio hasta ahora. Pero, aparentemente, los Malory darán muchas sorpresas esta temporada.

Tengo entendido que el tercer hermano ha regresado.

—¿El tercer hermano? —Dijo otra dama—. Pero si sólo hay tres.

—¿Dónde has estado, Lidia? —Dijo Lenore, maliciosa—. Son cuatro y el tercero es la oveja negra.

—Pero creí que Sir Sesshomaru era esa oveja.

—Como es el más joven, es la segunda. Oh, podría contarte muchas historias acerca del otro. Ha estado ausente durante muchos años, pero nadie sabe dónde ni por qué.

—Entonces no es sorprendente que yo no supiera de su existencia

—dijo Lidia, defensivamente rígida.

—Hola, otra vez.

Lin se disgustó ante la inoportuna interrupción, pero al menos no se trataba de uno de sus jóvenes admiradores. Por fortuna, la mayor parte de ellos se habían encerrado en la sala de juegos, dejándola en libertad para conocer mejor a los caballeros de su nueva lista. Pero, en lugar de ir en busca de uno de ellos, se había distraído con una de las numerosas conversaciones que se iniciaron cuando Sesshomaru Malory entró en el salón de baile.

Lin se había instalado con discreción detrás de un grupo de señoras mayores y se había dedicado a escuchar su conversación. No podía negarlo. El tema que se discutía le resultaba sumamente fascinante y escuchó cada palabra con avidez. Pero ahora alguien deseaba conversar con ella y no podría evitarlo.

Miró a Lady Taisho, pero trató de mantener un oído alerta a lo que decían las damas sentadas frente a ella. — ¿Ya te has cansado de bailar? La joven, divertida, advirtió la distracción de Lin. La divirtió más aún escuchar ciertos comentarios que se hacían en ese momento cerca de ella y comprendió el motivo de la distracción de Lin.

—Todos saben que pocas veces bailo si no es con mi marido, pero esta noche no pudo acompañarme.

—Qué bien.

Kagome Taisho puso los ojos en blanco, sonrió y tomó a Lin del brazo. —Ven conmigo, querida. Hace demasiado calor aquí. Vayamos a otro sitio, ¿quieres?

Lin suspiró al ser sacada del grupo. Lady Taisho era sin duda muy agresiva para ser tan joven. De hecho, Lin se había asombrado al enterarse de que estaba casada y ya tenía un hijo, pues su aspecto era el de una colegiala. Era la dama que había estado antes con Frances y a la que Lin no había sido presentada porque se había alejado del grupo.

Pero Frances se había encargado de presentarlas cuando Lin regresó del jardín. En ese momento, aún estaba conmocionada por su encuentro con Malory. En realidad, no podía recordar la conversación que había tenido entonces con Lady Taisho, en el caso de que la hubiera tenido.

Lady Taisho se detuvo frente a la mesa donde se hallaba el refrigerio.

Lamentablemente, Lin tenía ahora una visión clara del tema abordado por todos. Él no había entrado realmente en el salón. Con aire indiferente, se mantuvo de pie junto a la puerta que daba al jardín; un hombro recostado contra el marco, los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando el interior de la habitación... hasta que la vio. Entonces su mirada se detuvo y sonrió con esa sonrisa que la llenaba de calidez.

Al verlo de lleno en la luz, sus sentidos se estremecieron. Tenía un cuerpo tan simétrico que era imposible dejar de admirarlo. Hombros anchos, cintura estrecha, caderas delgadas y piernas largas. Y era alto. No lo había notado en el jardín. Y rezumaba sensualidad. Eso sí lo había notado.

El corte de su conjunto de etiqueta era impecable, aunque vestido de negro aparentaba un aspecto siniestro. Pero el negro lo complementaba. No pudo imaginarlo usando los colores claros de un dandy. Atraerían aún más la atención sobre él, pero lo cierto era que la atraía de todos modos, por el sólo hecho de aparecer.

—Es endiabladamente apuesto, ¿no?

Lin se sobresaltó, percibiendo que la habían descubierto mientras lo observaba atentamente. Pero hubiera sido extraño que no lo hiciera, pues todos los observaban.

Miró a Lady Taisho encogiéndose de hombros. —¿Te parece?

—Decididamente. Sus hermanos también son muy atractivos, pero siempre pensé que Sessho era el más apuesto de todos.

A Lin no le agradó mucho ese Sessho pronunciado por esa mujer joven y hermosa, de cabellos renegridos y vivaces ojos azules llenos de humor. ¿Qué le había dicho él? Sessho para los íntimos.

—Deduzco que lo conoces bien.

Kagome sonrió encantadoramente. —Conozco muy bien a toda la familia.

Lin se ruborizó, cosa que rara vez le ocurría. La respuesta la tranquilizó pero estaba irritada consigo misma por la ansiedad con que formulara la pregunta. Si la vizcondesa conocía bien a los Malory, era la última persona que Lin deseaba que percibiera su interés por Sir Sesshomaru. No debería estar interesada en absoluto. Debía cambiar de tema. Pero no pudo.

—Es muy mayor, ¿verdad?

—Bueno, si crees que tener treinta y cinco años es ser mayor...

—¿Sólo treinta y cinco?

Kagome debió reprimir sus deseos de reír. La mujer estaba dispuesta a hallar algo malo en Sessho, pero era difícil saber qué podría ser. Era obvio que había hecho otra conquista sin ni siquiera proponérselo. ¿O se lo proponía? Era perverso de su parte mirarla de esa manera. Si ella no estuviera junto a Lady Lin, la pobre sería destrozada por las murmuraciones que generaría su interés hacia ella.

Sí, era realmente perverso, porque nada resultaría de todo ello.

Nunca resultaba nada. Y a ella le agradaba Lady Lin. No hubiera deseado que la hiriera.

—Es un soltero empedernido —le advirtió Kagome—. Como tiene tres hermanos mayores, nunca se ha visto obligado a casarse.

—No tienes por qué suavizar la realidad. Sé que es un libertino.

—Él prefiere decir que es un experto en mujeres.

—Entonces también él disfraza la realidad.

Kagome rió. Realmente esta mujer le agradaba. Quizá Lin fingía indiferencia hacia Sessho, pero en otros aspectos era muy sincera y espontánea.

Lin miró fugazmente a Sir Sesshomaru. Se sentía tonta por haberlo llamado señor Malory, pero ¿cómo podía saber que tenía la dignidad de par? El hermano mayor era marqués de Haverston, el segundo, un conde, el tercero era la oveja negra de la familia y Sesshomaru era la segunda oveja negra. Se había enterado de muchas cosas esa noche.

¿Por qué no podía enterarse de las que se referían a sus posibles potenciales?

—¿No baila? —preguntó Lin, diciéndose a sí misma que debía abandonar el tema.

—Oh, maravillosamente, pero no se atreve a invitar a nadie aquí. Si lo hiciera, debería bailar también con varias docenas de mujeres, para despistar a las aves de rapiña. Pero Sessho no se tomaría tantas molestias para bailar con la dama que le interese. Por eso no soporta estas reuniones. Lo obligan a ser discreto, cuando la palabra ni siquiera figura en su vocabulario.

—¿Es realmente tan mala su fama que el simple hecho de bailar con él arruinaría la reputación de una joven?

—Ha ocurrido y es una pena, porque no es tan mujeriego. No es que le falte compañía femenina. Pero tampoco se ha propuesto seducir a todas las mujeres de Londres.

—¿Sólo a una parte?

Kagome notó la sonrisa y percibió que Lin estaba más divertida que escandalizada por la reputación de Sesshomaru. Quizás no estuviese interesada en él. O quizás percibía sabiamente que no había posibilidades de conquistarlo.

—Las habladurías pueden ser muy crueles, querida —murmuró Kagome a su oído—. Lo cierto es que no me atrevo a dejarte sola. Él se está comportando indebidamente al mirarte de esa manera.

Lin evitó mirar a Kagome a los ojos. —Tal vez te mira a ti.

—Por supuesto que no. Pero mientras los demás no sepan a cuál de las dos mira tan atrevidamente, estás a salvo.

—Ah, aquí estás, Lin —dijo Frances, uniéndose a ellas—, Lord Grahame preguntaba por ti. Dice que le prometiste un vals.

—Así es. —Lin suspiró. Era hora de olvidar a Sesshomaru Malory y de volver al trabajo. —Sólo espero que el individuo se relaje un poco y sea un poco más comunicativo esta vez.

Comprendió demasiado tarde cómo habría sonado eso a los oídos de Lady Taisho, pero Kagome se limitó a sonreír. —Está bien, querida. Frances me ha comentado algo acerca de tu situación. Tal vez te consuele saber que tuve exactamente el mismo problema que tú cuando buscaba marido. Pero la diferencia estribaba en que mi elección debía ser aprobada por mi familia, lo que lo hacía sumamente dificultoso; para ellos, nadie era suficientemente bueno para mí. Gracias a Dios, mi querido Inuyasha hizo un arreglo conmigo. De lo contrario, aún estaría buscando marido.

Fue Frances quien pareció escandalizarse. —Pero creí que te habían comprometido con él.

—Esa fue la opinión general cuando se hizo el anuncio, pero lo cierto es que me secuestró creyendo que yo era su amante. Ese pequeño error me salvó. Naturalmente, me llevó de regreso a mi casa de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. Y, como soltero empedernido que era, fue al altar protestando. Pero se ha adaptado muy bien al matrimonio. Ello demuestra que los que parecen menos aptos suelen ser los mejores maridos. Nunca se sabe.

Sus últimas palabras habían estado especialmente dirigidas a Lin, pero ésta trató de no tomarlas en cuenta. Su labor ya era bastante ardua para añadir en su lista a los indeseables. No deseaba terminar casándose con un libertino con la esperanza de reformarlo. No le gustaba apostar.

Decidida, fue en busca de Lord Grahame.

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Esa mañana el clima no podía ser más perfecto. El número de jinetes que paseaba por Hyde Park era casi el triple de lo habitual. Por lo general los paseos se hacían por las tardes, cuando se veía toda clase de carruajes avanzando lentamente por los senderos de aspecto campestre. Las mañanas solían reservarse para realizar ejercicio físico, pues uno se veía obligado a detenerse en ocasiones para conversar con conocidos, tal como ocurría por las tardes.

Sesshomaru Malory se resignó a desistir de su galope habitual a través del parque y se dedicó a trotar. No porque Kaggie no estuviera dispuesta a seguirlo, pero dudaba que la yegua que ella montaba pudiera estar a la altura de su poderoso animal y, como ella había insistido en acompañarlo, él se vio obligado a seguir su ritmo.

Después de lo ocurrido la noche anterior, él tenía sus sospechas respecto de por qué ella había deseado acompañarlo y no estaba muy dispuesto a hablar de la dama. Pero cuando Kaggie comenzó a cabalgar más lentamente y luego se detuvo e hizo señas a Miroku y Jeremy para que continuaran, supo que no podría eludir el tema. La adorada pequeña podía ser molestamente insistente cuando se lo proponía.

—Cuando te dije que deseaba cabalgar contigo esta mañana, pensé que estaríamos a solas —dijo Kagome con cierto tono de fastidio—.

Comprendo que Jeremy quisiese venir, pero ¿el tío Miroku? Casi nunca se levanta antes del mediodía.

En realidad, Sesshomaru había sacado a su hermano y su sobrino de la cama, insistiendo en que lo acompañaran. Pero la artimaña no había logrado hacer desistir a Kaggie de su propósito. Y maldito Miroku. Sabía muy bien que lo había invitado para que la conversación se mantuviese en un terreno impersonal, pero allá iba, después de sonreír a Sesshomaru con expresión divertida.

Sesshomaru se encogió de hombros inocentemente. —¿Qué puedo decir? Desde que se ha convertido en padre, Miroku ha cambiado considerablemente sus hábitos. ¿Acaso el truhán con quien te casaste no hizo lo mismo?

—Qué bien. ¿Por qué siempre atacas a Inuyasha cuando tu propio comportamiento ha estado lejos de ser ejemplar? —Y fue directamente al grano. —Es medio escocesa, ¿lo sabías?

Él no se molestó en preguntar quién; sólo dijo con indiferencia: — ¿ah, sí?

—Suelen tener muy mal genio.

—Está bien, gatita. —Él suspiró. —¿Qué te preocupa para que te consideres obligada a advertirme?

Ella arrugó la frente y lo miró a los ojos. —¿Te interesa, Sessho?

—¿Es que estoy muerto y no lo sabía?

Ella rió a pesar suyo. —Sí, supongo que fue una pregunta tonta. Naturalmente te interesa; a ti y a varias docenas más. Supongo que mi próxima pregunta será: ¿Qué vas a hacer al respecto?

—Eso, mi niña, no es asunto tuyo.

Su tono era afable pero firme y Kagome volvió a fruncir el ceño. —Lo sé. Pero creí que debías saber algo acerca de ella, antes de decidirte a perseguirla.

—¿Me contarás toda su historia? —preguntó él secamente.

—No crees dificultades, Sessho. Ha venido a Londres para casarse.

—Ya me he enterado de esa terrible noticia a través de la dama en cuestión.

—¿Quiere decir que hablaste con ella? ¿Cuándo?

—Si deseas saberlo, anoche, en el jardín.

Ella contuvo el aliento. —No...

—No.

Kagome exhaló un suspiro, pero sólo fue un alivio pasajero. Si el hecho de saber que Lady Lin estaba buscando marido no lo desalentaba, la pobre mujer estaba condenada.

—Quizás no sepas que su decisión es seria, Sessho. Ha decidido casarse antes de fin de mes. No, no arquees las cejas. No se trata de eso.

De hecho, considerando la experiencia que tiene respecto a los hombres, podría tener dieciséis años.

—Pues, eso no lo creo.

—Ya ves. No sabes nada acerca de ella y sin embargo planeas desbaratar su vida. La verdad es que, hasta ahora, ha vivido muy protegida. Estuvo en las tierras altas con su abuelo desde la muerte de sus padres y, aparentemente, pasó estos últimos años cuidando de él. Por eso no ha pensado antes en el matrimonio. ¿Lo sabías?

—Nuestra conversación fue muy breve, Kaggie.

Ella percibió su irritación pero prosiguió. —Su padre era un conde de cierto prestigio. Sabes que el tío Jason lo reprobará. Sesshomaru la interrumpió en medio de la advertencia. —Odio figurar en la lista negra de mi hermano mayor, pero no le debo explicaciones, gatita.

—Aún hay más, Sessho. Es una heredera. Su abuelo era enormemente rico y dejó toda su fortuna a Lin. Esa noticia aún no se ha difundido, pero puedes imaginar qué ocurrirá si no está ya casada cuando se divulgue.

—Todos los bribones de Londres saldrán de sus cuevas para asediarla —dijo Sesshomaru con voz tensa.

—Exactamente. Pero, afortunadamente, ella ya ha elaborado una lista de caballeros aceptables. Tengo entendido que sólo le resta averiguar cuanto pueda acerca de cada uno de ellos, antes de hacer su elección.

Debo preguntar a Inuyasha qué sabe sobre ellos.

—Puesto que estás tan enterada, dime por qué diablos tiene tanta prisa.

Oh, definitivamente, estaba interesado; lo suficiente como para no importarle que su irritación fuese evidente. Kagome se detuvo a pensar que era algo insólito. Nunca lo había visto antes tan perturbado por una mujer. Tenía tantas para escoger que ninguna lo atraía demasiado. Quizás debería reordenar sus propios puntos de vista al respecto.

Con vacilación, Kaggie dijo: —Tiene algo que ver con una promesa que Lady Lin hizo a su abuelo moribundo. Según dice su amiga, Frances Grenfell, probablemente no se casaría si no fuera por esa promesa. Quiero decir que no se produce a menudo una situación como la de ella: es una mujer muy hermosa, rica e independiente.

Era en realidad una situación singular, pero Sesshomaru no la tomó en cuenta en ese momento. El nombre Grenfell lo inquietó.

—¿Es muy amiga de Frances Grenfell?

La pregunta desconcertó a Kagome. —¿Por qué?

—Lady Frances fue uno de los errores de juventud de George, pero esto es confidencial, gatita.

—Naturalmente —dijo ella. Luego añadió: —¿Te refieres al bueno de George, tu mejor amigo, el que siempre me hacía bromas atrevidas? ¿Ese George?

Él sonrió al ver su sorpresa. —El mismo, pero no has respondido a mi pregunta.

—Bien, no creo que importe, pero son íntimas amigas. Se conocieron en la escuela y siempre se han mantenido en contacto.

—Lo que significa que se hacen toda clase de confidencias —gruñó él.

Maldición. Sesshomaru aún podía oír su voz ronca que le confesaba: Me han advertido contra los hombres como usted. Él había pensado que bromeaba, pero ahora sabía de dónde provenían las advertencias y cuán condenatorias podían ser. No había estado bromeando en absoluto.

Siempre estaría a la defensiva respecto a él, recordando lo ocurrido a su amiga. De pronto tuvo el impulso de golpear a George Amherst por su indiscreción juvenil. A la mierda con él.

Al ver su ceño fruncido, Kagome temió decir lo que sabía que debía ser dicho, pero nadie se atrevería a decírselo, de modo que debía hacerlo ella. —Sabes, Sessho, a menos que estés dispuesto a dar el gran paso, que asombraría a todo Londres pero encantaría a la familia, deberías dejar a esta dama en paz.

De pronto, él se echó a reír. —Por Dios, gatita, ¿cuándo te convertiste en mi conciencia?

Ella se sonrojó. —Bueno, es endiabladamente injusto. Dudo de que exista una mujer a la que no puedas seducir si te lo propones.

—Exageras mis habilidades.

—No bromees —dijo ella—. Te he contemplado desplegar tu encanto, Sessho, y eres devastador cuando lo haces. Pero Lin Yitama me agrada. Debe cumplir una promesa que es importante para ella y, por alguna razón, tiene un límite de tiempo para hacerlo. Si interfieres, crearás problemas, para no hablar de sufrimiento.

Sesshomaru le sonrió cariñosamente. —Te preocupas mucho por alguien a quien acabas de conocer, Kaggie. Es una preocupación un tanto prematura, ¿no lo crees? Además, ella no es ninguna tonta insensata. Es independiente y no debe rendir cuentas a nadie. Lo dijo ella. ¿No crees que es bastante grande y madura como para defenderse de un libertino como yo si lo desea?

—Esa palabra desea me aterroriza —gruñó ella y él volvió a reír.

—Hablaste con ella durante bastante tiempo anoche. ¿Me mencionó? Dios. El hecho de que formulara semejante pregunta indicaba que tomaba el asunto muy seriamente, a pesar de todo cuanto ella le había dicho.

—Fuiste prácticamente el único tema del que hablamos, pero eso no es sorprendente ya que casi todos los que estaban allí hablaban de ti. En realidad, estoy segura de que oyó unas cuantas habladurías acerca de ti antes de que yo me acercara a ella.

—¿Me hiciste quedar bien, gatita?

—Traté de hacerlo, aunque ella no me creyó. Pero supongo que te complacerá mucho saber que, aunque fingió indiferencia, tenía tanto interés como tú. —La sonrisa de Sesshomaru casi la cegó. —Oh, Dios, no debí decírtelo, pero ya que lo hice, también debo decirte que, a pesar de su interés por ti, decidió conocer mejor a los caballeros que considera aptos para el matrimonio. Puede que la hayas impresionado, pero no has logrado alterar sus planes.

Kagome comprendió que nada de cuanto dijera lo desalentaría, y había dicho todo lo posible. Hubiera debido ahorrarse la molestia. Nunca había tratado de interferir en su vida sentimental y veía que era inútil hacerlo ahora. Él haría lo que se le antojara, tal como lo hacía siempre. Dios era testigo de que durante años y años el tío Jason había tratado de frenar su hedonismo sin éxito. ¿Qué le había hecho pensar que ella tendría mejor suerte?

De pronto comprendió que había sido una tonta. Había estado intentando cambiar las cualidades de Sesshomaru que más le agradaban. Era un libertino encantador. Exactamente eso y por esa razón era su tío favorito. Si dejaba tantos corazones rotos a su paso, era porque las mujeres no podían evitar enamorarse de él, aunque él nunca tomaba sus aventuras seriamente. Pero sabía proporcionar placer y felicidad. Eso era muy valioso.

—Espero que no te enfades conmigo por inmiscuirme en lo que no me atañe. —Ella le sonrió con esa sonrisa que él nunca dejaba de apreciar.

—Tienes una nariz muy bonita.

—Pero muy entremetida en este momento. Lo lamento, Sessho, de verdad. Sólo creí que... no importa. Hasta ahora has sabido desenvolverte sin los consejos de nadie. Creo que deberíamos tratar de alcanzar a...

Kagome no terminó la frase. Vio un magnífico semental negro que llamó su atención; caminaba poco a poco para seguir el paso del caballito que iba a su lado, pero cuando vio quién montaba el hermoso animal, gruñó en silencio. Qué horror. Tenía que ser precisamente ella.

Observó si Sesshomaru había notado la presencia de Lady Lin. Sí, la había notado. Si no hubiera atraído su atención el espléndido caballo, hubiera visto de todos modos a la amazona, con su conjunto de montar de color verde y sus cabellos radiantes. Pero era casi embarazoso contemplar la expresión de su rostro.

Dios, nunca lo había visto mirar así a una mujer, a pesar de que lo había visto frente a docenas de sus amadas. La noche anterior la había mirado fijamente, seduciéndola con la mirada. Esto era diferente. Era la mirada que Inuyasha podía dirigir a Kagome: una mezcla de pasión y ternura.

Y bien, estaba claro. Se sintió como una estúpida al haber tratado de advertir a Sesshomaru. Era obvio que estaba sucediendo algo especial. ¿Y no sería maravilloso que diese resultado?

Los pensamientos de Kagome cambiaron por completo. Ahora se preguntaba cómo podría ayudar a esos dos a reunirse. Sesshomaru tenía sus propias ideas.

—Kaggie, ¿podrías rezagarte mientras le presento mis respetos?

—Pero la mirada de ella respondió: —Ni lo sueñes. Él suspiró. —Me lo imaginaba. Bien, ven conmigo entonces. Creo que me debes un acompañamiento.

Sin aguardar a Kagome, Sesshomaru se dirigió a interceptar a Lin, con la esperanza de que Kaggie les permitiera estar unos minutos a solas.

Pero no podría ser. El maldito Miroku escogió ese preciso momento para regresar y la interceptó antes que Sesshomaru.

Cuando Sesshomaru se acercó a ellos, oyó que Miroku decía:

—Encantado de volver a verla, Lady Yitama.

Lin tuvo problemas para controlar a Brutus, lo que le causó un intenso fastidio, pues nunca le había ocurrido antes. Había visto a Sir Sesshomaru que se acercaba y seguramente por eso se sorprendió al ver al rubio desconocido, que parecía haber surgido de la nada. Fue peor aún, y más irritante, que él se inclinara para aquietar al caballo, lo cual ponía en evidencia que ella era incapaz de dominarlo.

Con tono áspero dijo: —¿Lo conozco, señor?

—No, pero tuve la oportunidad de admirarla anoche en el jardín de los Crandal. Lamentablemente, usted huyó antes de que pudiera presentarme.

Sesshomaru observó que ella se ruborizaba. —Por eso, querido hermano, creo que volveré a invitarte a Knighton's Hall.

A Miroku no le importó en absoluto. A la luz del día, Lin Yitama era la damita más hermosa que jamás había visto. El hecho de que Sesshomaru la hubiera conocido antes que él no le importaba en lo más mínimo. Tornaba un tanto incómoda la situación, pero eso era todo.

Mientras ella no expresara su preferencia, ambos podían tratar de conquistarla.

Lin miró fijamente a Miroku. Nunca hubiera adivinado que era el hermano de Sesshomaru. Y, después de cuanto había oído decir de él, comprendía por qué se le consideraba peor que Sesshomaru. Ambos eran sumamente apuestos, pero en tanto Sesshomaru era un sinvergüenza encantador, el rubio Malory parecía ser mucho más despiadado.

Destilaba peligro. Pero ella no se atemorizó. Era Sesshomaru el que la perturbaba y le hacía perder la compostura.

—¿De modo que usted es la oveja negra del clan Malory? —dijo Lin—. ¿Qué cosas terribles ha hecho para merecer esa denominación?

—Nada que pueda ser probado; se lo aseguro, dulce dama. —Luego miró a Sesshomaru con una sonrisa desafiante. —¿Qué pasa con tus modales, muchacho? Preséntanos.

Sesshomaru rechinó los dientes. —Mi hermano, Miroku Malory. —Sin cambiar el tono de su voz, añadió: —Y el joven que viene cabalgando hacia nosotros es su hijo, Jeremy.

Jeremy se detuvo bruscamente, exultante por el galope violento a que se había entregado. Oyó el comentario que Lin hizo a Miroku. —

¿Su hijo? ¿Cómo no lo adiviné? —Había tal ironía en su voz que nadie dudó que no creía una palabra de cuanto le habían dicho.

Jeremy se echó a reír. Miroku también se divertía. Pero Sesshomaru estaba cada vez más enfadado. Sabía que eso sucedería, pero, ¿por qué debía suceder por primera vez con ella? Y como el joven reía a carcajadas, no intentó aclarar el malentendido.

Al verse rodeada por Malorys, Lin deseó no haber sido tan altanera cuando rechazó la compañía del palafrenero de Timmy esa mañana. Pensó que para dar un simple paseo por el parque no necesitaría la protección de un hombre. Jamás lo hacía en su casa. Pero Londres no era su casa.

Sesshomaru pareció adivinar sus pensamientos.

—¿Ha perdido a su acompañante?

Timmy, de seis años de edad, dijo: — Lin es mi acompañante y yo soy el de ella. Dijo que sólo necesitábamos nuestra mutua compañía.

—¿Y quién eres tú?

—Lord Grenfell —dijo Timmy, dándose importancia.

Tenía los cabellos rubios y los ojos grises de George Amherst.

Sesshomaru balbuceó: —Conozco... conocí muy bien a tu padre. Pero la próxima vez que Lady Lin se ofrezca para ser tu acompañante, debes decirle...

—Ya he comprobado que el parque no es tan seguro como lo había supuesto, Sir Sesshomaru —dijo Lin, con tono significativo—. Le aseguro que no volveré a desempeñar ese papel.

—Me alegra saberlo, pero entretanto, la escoltaré hasta su casa.

Miroku señaló: —Detesto recordártelo, hermano, pero ya tienes que hacerte cargo de alguien. Yo, en cambio, estoy disponible para acompañar a la señorita hasta su casa.

—Pues no lo harás —le espetó Sesshomaru.

Kagome disfrutaba del encuentro desde cierta distancia. Pero como aparentemente la situación se tornaba difícil, decidió intervenir.

—Antes de que se tomen a golpes, creo prudente indicarles que Jeremy también se encuentra disponible y podrá acompañarla. La distancia era corta, y como yo pensaba visitar a Lady Frances, iré con ellos, Sessho, y aprovecho para agradecer tu compañía. —Dirigiéndose a Lin, dijo: —¿Estás de acuerdo?

Lin suspiró aliviada, pues no había alcanzado a pensar cómo rehusar cortésmente la compañía de los hermanos Malory, después de admitir su error al cabalgar sin acompañante. — Completamente, Lady Taisho.

—Por favor, querida, llámame Kaggie. —Sonrió a Miroku y añadió:—Como me llaman casi todos.

El comentario pareció mejorar el humor de Sesshomaru. Ahora sonreía contemplando a Lin. Y con qué sonrisa. Ella debió hacer un esfuerzo para no volver a mirarlo después de que se despidieran. La noche anterior había decidido sabiamente que no sería aconsejable verlo nuevamente. Este encuentro, breve pero desconcertante, sólo contribuía a reafirmar esa decisión.

Mientras Sesshomaru contemplaba las cuatro personas que se alejaban, pensó en la posibilidad de dar una zurra a Kaggie cuando volviera a verla. —Se ha tornado muy autoritaria desde que se casó con Taisho.

—¿Te parece? —rió Miroku—. Quizás nunca lo advertiste antes, porque no era a ti a quien daba órdenes.

Irritado por la broma de Miroku, Sesshomaru lo miró con furia. —Y tú...

Miroku no le dio oportunidad de descargar su ira. —No seas molesto, muchacho. Después de ver cómo reaccionó contigo, he comprobado que no tengo muchas probabilidades de conquistarla. —Hizo girar su caballo y, antes de marcharse, dijo con una sonrisa maliciosa: —Pero la falta de probabilidades nunca me ha detenido.

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—No me ayudas en absoluto, Frances —se quejó Lin, e imitándola añadió: —Ve si te place. ¿Qué clase de respuesta es ésa?

Frances se detuvo en seco en la acera llena de gente de la calle Oxford. Nettie chocó contra su espalda y dos paquetes cayeron de sus manos; una sombrerera rodó hacia el borde de la acera. Anne, la criada de Frances, corrió hacia ella antes de que llegara hasta la calle. Frances ni siquiera lo notó.

—¿Qué te ocurre, Lin? Si te resulta tan difícil resolver algo tan simple como esto, me estremece pensar en los problemas que deberás afrontar cuando debas escoger un marido. O deseas asistir a la fiesta de los Taisho o no lo deseas. Sí o no; no es complicado.

Lin hizo una mueca. Claro que sí, Frances estaba en lo cierto.

Pero Lin no le había hablado de su encuentro con Sesshomaru en el baile de los Crandal. Había tenido la intención de hacerlo, pero la conversación que tuvieron esa noche al regresar a la casa había comenzado con la pregunta que ella le hiciera acerca de si el marido de Lady Taisho había sido un libertino antes de casarse.

—Lo fue, sin duda.

Le había respondido con tanto fastidio, que Lin sólo le había formulado otra pregunta: —¿Son felices?

—Nunca he visto a dos personas tan felices ni tan enamoradas.

La respuesta había sido dicha con cierta incredulidad, como si Frances no pudiera creer que fuera posible. Pero después, Lin sabía que su amiga se hubiera alterado mucho si se enterase de que ella consideraba atractivo a Sesshomaru Malory, de modo que no lo había mencionado. Era obvio que Frances aún aborrecía a los hombres como él.

Pero, independientemente de la opinión de su amiga y aunque la compartía, Lin había pensado continuamente en Sesshomaru esa noche.

Tanto, que Nettie lo había notado cuando Lin entró en su dormitorio.

Sus primeras palabras habían sido: —Bien, evidentemente ya has conocido a tu hombre. ¿Cómo se llama?

Saliendo de su ensoñación, Lin había afirmado rápidamente que no había sólo uno, sino cuatro y de inmediato comenzó a hablar de cuanto sabía acerca de ellos hasta ese momento, que no era mucho, pero que la ayudó a conformar a Nettie. Ahora estaba asignando demasiada importancia a la invitación de Lady Taisho, cuando había decidido rápidamente y sin rodeos todas las anteriores. Realmente, llamaba la atención.

No era de asombrarse que Frances pensara que algo le ocurría. Pero al menos no podía adivinar qué era. Por otra parte, Nettie la había estado observando atentamente desde que regresara de la cabalgata del día anterior. Lin no sabía cómo, pero se había delatado a sí misma.

—Quizás la decisión sea sencilla para ti —dijo a Frances con tono defensivo—, pero yo debo considerar otros aspectos.

—¿Cuáles, por ejemplo?

—En primer lugar, el tiempo. El hecho de estar fuera de la ciudad durante tres o cuatro días demorará...

—¿No dijiste que Kagome te prometió invitar también a tus caballeros?

—Eso no significa que irán, Frances. La temporada acaba de comenzar. Ha escogido un momento inoportuno para una fiesta de fin de semana en la campiña.

—Silverley queda en Hampshire; no a varios días de viaje. Y además, dijiste que te había prometido hablar con su marido para brindarte toda la información que posee sobre tus caballeros en cuanto llegues allá.

Aunque sólo fuera por ese motivo, supuse que desearías ir.

Ah, la lógica; ¿cómo refutarla? —¿Cómo saber que él conozca algo importante acerca de ellos? Podría ser una pérdida de tiempo.

—En ese caso, podrías regresar a Londres esa misma noche.

—¿Y dejarte allí? —dijo Lin—. ¿Cómo regresarías? Frances meneó la cabeza. —Me rindo. Es obvio que no deseas ir, por lo tanto tampoco iré yo. Tenemos otra media docena de invitaciones para este fin de semana, de modo que...

—No me hagas decir lo que no he dicho. Aún no he dicho que no.

—¿Y bien?

Lin continuó caminando y dijo la siguiente frase por encima del hombro. —Aún debo pensarlo.

No debió hablar de la fiesta; de esa manera había revelado la ansiedad que le provocaba. Casi podía escuchar los engranajes de la mente de Nettie. Por lo menos Frances no sabía cuál era el problema. Pero Nettie la conocía demasiado bien. ¿Y qué le diría a Nettie cuando le hiciera preguntas, pues era indudable que las haría? ¿Le daría las mismas excusas, a pesar de que Frances acababa de señalarle que no tenía ninguna? Diablos. Se sentía acorralada. La lógica indicaba que no había nada que decidir. Debía ir a Silverley aunque sólo fuera para recibir la información que Kagome tendría para ella. Además, debía tener en cuenta qué pasaría si ella no iba e iban sus cuatro posibles. Estaría en Londres sin adelantar nada y esa sí sería una pérdida de tiempo.

Por otra parte, existía la posibilidad de que Sesshomaru Malory fuese a Silverley y Lin no quería correr el riesgo de verlo nuevamente. Era demasiado tentador. Su reacción tonta e infantil del día anterior en el parque, a plena luz del día y aun rodeada por otras personas, lo había demostrado.

Debió ser más explícita y debió preguntar a Lady Taisho si el Malory que ella no deseaba volver a ver estaría allí. Pero no había querido ponerse en evidencia. Despreocupadamente, había preguntado si asistiría algún Malory y Kagome le había respondido con evasivas. —Nunca sé cuándo uno o más de ellos vendrán. Saben que siempre son bienvenidos.

Ése había sido el resultado de su reticencia. Eso le ocurría por fingir una indiferencia que no sentía. Ahora se veía ante la alternativa de demorar sus planes durante varios días o de encontrarse nuevamente con ese libertino.

En realidad, sólo debía tomar una decisión y era mejor no engañarse al respecto. Debía evitar otro encuentro con Sesshomaru Malory a cualquier precio. Debía demorar sus planes.

—Henos aquí, Lin. Dickens y Smith será la última tienda que visite hoy —anunció Frances. Luego la reconvino. —No es divertido salir de compras contigo. Al menos, pudiste entrar en la tienda, aunque no desees comprar nada.

Lin ni siquiera pudo sonreír para que Frances no se enfadara; estaba muy deprimida. —Lo haría si no hubieras escogido un día tan caluroso. Entrar en la perfumería y en la tienda de lencería fue suficiente para mí, gracias. No sé cómo pudiste soportar ir a la sombrerería y a la sedería, pero supongo que estás habituada. Pero olvidas que el clima de Escocia es más frío. En estas tiendas hace mucho calor. Al menos en la calle corre una leve brisa, aunque apenas se note. Ve. Te aguardaré aquí con Nettie.

Cuando la puerta de la tapicería se cerró detrás de Frances y Anne, Nettie reaccionó en el acto. —Ahora, dime niña...

—Oh, Nettie, no me acoses ahora —dijo Lin, interrumpiéndola—. No estoy de humor para explicaciones.

Pero Nettie insistió. —No podrás negarme que has estado actuando de una manera muy peculiar.

—Se justifica, considerando dónde estamos y por qué y teniendo en cuenta que debo pensar en muchas cosas —dijo Lin, a la defensiva—. ¿Creíste que esto de buscar marido sería tarea sencilla? Demonios. Hay momentos en que ni pensar puedo.

Eso provocó la compasión de Nettie. —Bueno, chiquita; todo habrá pasado antes de que...

—Shh —la interrumpió Lin, frunciendo el ceño—. Allí está de nuevo, Nettie. ¿Lo percibes?

—¿Qué?

—Que alguien nos vigila.

Nettie la miró con desconfianza, sin saber si Lin estaba simplemente tratando de cambiar de tema o si hablaba seriamente. Pero la joven observaba hacia un lado y otro de la calle con gran ansiedad.

—Si alguien nos vigila, no será a nosotras, sino a ti. Un admirador, sin duda.

Lin miró a Nettie con impaciencia. —Sé cómo se siente una cuando la miran de esa manera y esto es diferente. Lo he estado percibiendo desde que aguardamos a Frances frente a la tienda de sombreros. Traté de ignorarlo, pero la sensación persiste.

—Bien; entonces no cabe duda de que se trata de un ladrón. No me sorprendería; luces muchas alhajas. Aférrate a tu bolso, niña.

Lin suspiró. —Tal vez tengas razón. Naraku no podría haberme hallado tan pronto, ¿no? Pero, de todos modos, preferiría aguardar en el coche y no aquí en la calle. ¿Dónde está el conductor?

Nettie se puso en puntillas de pie. —Está a unas cinco tiendas de aquí, pero aparentemente está atascado detrás de un carro. ¿Lo ves? Pero podemos caminar hasta allí, para que subas al coche. Luego regresaré para decírselo a Lady Frances.

Lin no era paranoica, pero nunca había experimentado antes una sensación tan extraña. Tal vez su imaginación la traicionaba, pero, de todas maneras, no tenía por qué aguardar allí de pie cuando su coche estaba tan cercano. Miró una vez más a su alrededor, pero había tantos peatones en la acera y tantos vehículos en la calle, que era imposible distinguir a alguien que estuviera mirándola fijamente.

Comenzaron a avanzar por la calle, pero cuando apenas habían recorrido seis metros, un brazo tomó la cintura de Lin por detrás y la levantó en vilo. No gritó, fue casi un alivio comprobar que sus sospechas no habían estado erradas. Estaba preparada. No fue presa del pánico ni del temor. Simplemente dejó caer la parte superior de su cuerpo por encima del fuerte brazo que la sostenía, tomó el ruedo de su falda y sacó de su bota el puñal.

Mientras tanto, Nettie dio un grito de alarma que se extendió por todo Londres. Antes de que el individuo se moviera se arrojó sobre él blandiendo su bolso hacia la izquierda y la derecha, golpeando su oreja y su nariz. También empujó el sombrero de Lin hacia delante, obstruyendo su visión. Pero logró dar en el blanco. No necesitó ver para herir el brazo del hombre.

El individuo aulló de dolor y la soltó. Lin se encontró de pronto sentada en la acera. Echó su sombrero hacia atrás y vio que Nettie continuaba corriendo detrás del hombre, lanzando golpes contra su cabeza y sus hombros, antes de que él subiera a un viejo carruaje desvencijado. El conductor emprendió velozmente la marcha, azuzando cruelmente a los caballos.

Lin se estremeció al comprobar que el carruaje había estado tan cerca de ella. Si hubiera avanzado un poco más, la hubieran arrojado a su interior. Y todo había ocurrido tan rápidamente. Había personas a su alrededor, pero sus reacciones eran tan lentas que era obvio que no hubieran podido ayudarla. Uno de los palafreneros de su carruaje corrió hacia ella, cuando ya era demasiado tarde.

Nettie se volvió, y estiró hacia abajo su chaqueta que se había torcido durante la lucha con el salteador de caminos. Una sonrisa triunfal se dibujaba en sus labios. Ni siquiera el espectáculo de Lin tendida en la acera pudo estropear su sensación victoriosa... hasta que vio el puñal que Lin aún sostenía en la mano. Pero, aun así, había sido ella quien hiciera huir al atacante, si bien Lin se había asegurado de que no la llevase consigo. Habían triunfado y eso la llenaba de orgullo.

También Lin estaba muy complacida, a pesar del dolor de sus posaderas. El abuelo hubiera estado orgulloso de ella por haber conservado la calma y haber hecho lo necesario sin vacilar. Había herido con un arma por primera vez, pero no experimentaba escrúpulos por ello.

En cambio, se sentía más segura al saber que podía cuidar de sí misma.

Pero era indudable que había estado preparada. Quizás no siempre contara con esa advertencia intuitiva que la había alertado a tiempo. Y también hubiera sido diferente si hubiera habido más de un hombre para secuestrarla. No se atrevía a alardear de ese éxito.

Lin aceptó la ayuda del palafrenero para ponerse de pie y luego, con calma, guardó la daga en su bota, antes de sacudir el polvo de su falda. Nettie hizo retroceder a la multitud con una breve referencia a la ineficacia de la preocupación tardía. Enfadada, recogió los paquetes que habían caído al suelo, los depositó en manos del palafrenero y tomó a Lin del brazo, prácticamente arrastrándola hasta el carruaje.

—Debí tener en cuenta tu advertencia, niña. La próxima vez lo haré.

—¿Entonces piensas que eran asalariados de Naraku?

Nettie caviló durante un instante. —Puede ser, pero lo dudo.

—¿Quién si no?

—Mírate; pareces un faro con esos zafiros alrededor del cuello. Pudieron pensar que eras la esposa de un lord acaudalado que pagaría un buen precio por recuperarte.

—Es probable. —Ambas guardaron silencio. Luego, inesperadamente, Lin añadió:— Creo que asistiré a la fiesta de los Taisho. No será mala idea alejarme de Londres durante unos días, para hallarme a salvo. Si Naraku se encuentra aquí, vigilándome, pensará que estoy huyendo nuevamente. Hasta entonces, haré que los criados de Frances me acompañen cada vez que salga.

—Bien; estoy de acuerdo. Debes ser más cautelosa de lo que has sido hasta ahora.

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Había sido sencillo huir de Londres sobre el lomo de Brutus, flanqueada por dos fornidos palafreneros. En esta ocasión, Lin no se tomó la molestia de disfrazarse. Si la casa de la ciudad estaba vigilada, deseaba que Naraku se enterase de su partida y viera la pesada maleta con ropa que llevaba, para que pensase que se marchaba de Londres.

No obstante, el subterfugio pareció innecesario cuando se hallaban a varios kilómetros de distancia y, aparentemente, nadie los seguía. El sol radiante les ofrecía muy buena iluminación para la vigilancia, pero los caminos estaban atestados de granjeros que llevaban sus productos al mercado y de viajeros que iban a pasar el fin de semana en Londres. Sólo se vio partir de Londres un importante carruaje y Lin lo dejó tan atrás que no le importó que la siguieran o no.

Desayunó en una posada mientras aguardaba la llegada de Frances y cuando ésta llegó, no trajo consigo noticias que despertaran sospechas, de modo que Lin viajó tranquila durante el resto del camino en el coche de los Grenfell, rumbo a Hampshire. Cuando habían hecho la mitad del recorrido, reemplazó una preocupación por otra, pero poco podía hacer al respecto, excepto esperar que sus temores fueran infundados. Tenía a su favor la circunstancia de que un hombre como Sir Sesshomaru no abandonaría el bullicio de Londres por una pequeña reunión campestre, y Lady Taisho le había dicho que esa fiesta, planeada con meses de anticipación, contaría con la asistencia de sus vecinos que, como ella, eran aficionados a la vida campestre y generalmente evitaban la vida de Londres durante la temporada.

Llegaron por la tarde y fueron los primeros en arribar. Eran pocos los que planeaban pasar allí la noche, ya que la mayoría vivía en las cercanías. Frances durmió durante el resto de la tarde. Lin dijo que haría lo mismo, pero cuando se halló a solas en la habitación que le asignaron, se instaló frente a la ventana que daba al frente de la casa y miró ansiosamente hacia el camino. Estudiaba cada carruaje que llegaba y cada pasajero masculino que descendía. Incluso observó detenidamente las idas y venidas de los criados, para asegurarse de escudriñar a todos los hombres que aparecían.

Cuando Nettie entró mucho más tarde para ayudar a su ama a prepararse para la velada, tuvo que soportar pacientemente el nerviosismo de Lin y sus constantes viajes a la ventana, cada vez que oía llegar a un nuevo invitado. Le llevó media hora completar su peinado.

—¿A quién buscas tan afanosamente? —preguntó finalmente Nettie cuando Lin volvió a sentarse frente al tocador.

—A mis caballeros, naturalmente —respondió Lin—. Hasta ahora sólo ha llegado Sir Artemus Shadwell.

—Si los otros deben llegar, llegarán. El hecho de que los vigiles no cambiará la situación.

—Puede que sea así —admitió Lin, pues su respuesta había sido una mentira.

La verdad era que, desde que conoció a Sesshomaru Malory, había pensado muy poco en sus cuatro posibles. Eso debía cambiar. Afortunadamente, para su tranquilidad de espíritu, el último ruido que la hizo ir hacia la ventana fue aparentemente el último coche en llegar. Nettie logró ayudarla a ponerse el vestido de seda de color azul pálido que había escogido para esa noche, complementado con los zafiros de los Sucotshi alrededor de su cuello y sus delicadas muñecas. Lin se distendió un tanto.

Cuando Frances se reunió con ella para ir a la planta baja, Lin estaba muy tranquila. Él no vendría. Lin ignoró la pizca de decepción que esa certidumbre le produjo.

Lady Taisho las recibió al pie de la gran escalinata que partía del gran vestíbulo de entrada y se dividía en el centro. Una de las secciones se dirigía hacia el frente de la casa, donde se hallaban las habitaciones de huéspedes; la otra, hacia la parte posterior de la casa, donde estaban los dormitorios principales. Un pasillo bordeado por una baranda rodeaba el vestíbulo de la planta alta, permitiendo la visión de la planta baja. Una gran araña de luces pendía del centro del cielo raso abovedado y lanzaba sus destellos sobre el suelo de mármol blanco.

Lin estaba ansiosa por recorrer el resto de la casa y Kagome no la decepcionó, diciendo que sus invitados podían aguardar. Contribuyó a tranquilizar más aún a Lin con su amena conversación y sus modales encantadores, mientras recorrían las habitaciones. Silverley era una enorme casa campestre, semejante a un castillo, con su parte central y sus esquinas almenadas, pero su interior no era en absoluto medieval, excepto quizás en los antiguos gobelinos que adornaban muchos de sus muros. Estaba amueblada con buen gusto, con muebles pertenecientes a distintos períodos: reina Ana y Chippendale en una habitación, estilo Sheraton en otra, una combinación de estilos en una tercera, que incluía varias piezas curiosas de estilo provenzal francés.

Lin tuvo la impresión de que se trataba de un hogar, no de una casa para ser exhibida, si bien podía serlo perfectamente.

La visita guiada concluyó en la parte posterior de la casa, donde se habían reunido los invitados. De pie en la pequeña antecámara, que tenía ventanales de vitrales que iban desde el suelo hasta el cielo raso, podían vislumbrar la sala de estar a la izquierda y, más allá, la sala de música. A la derecha se veía un gran comedor y después un hermoso invernadero.

Lin decidió visitarlo más tarde con detenimiento. Pero en ese momento Kagome estaba ocupada haciendo presentaciones, antes de que los numerosos invitados que deambulaban por los distintos cuartos, que daban al parque de la parte posterior de la casa, pasaran a la sala de estar.

—Tengo un vecino que te agradará conocer —dijo Kagome a Lin cuando finalmente la acompañó, junto con Frances, a la sala de estar—. No todos se marchan a Londres durante la temporada. Yo tampoco me hubiera marchado si no lo hubiera prometido, pero me alegra haberlo hecho, pues me dio la oportunidad de conocerte. Y no te preocupes, pues más tarde hablaremos sobre lo que Inuyasha me dijo acerca de los caballeros que te interesan.

—Sólo he visto a Sir Artemus, Lin —dijo Frances, inquieta, sabiendo que Lin había estado ansiosa sobre el hecho de que sus posibles asistieran a la reunión o no.

—Así es —dijo Kagome—. Pero podrían llegar mañana. Los cuatro aceptaron mi invitación. Pero, entretanto, debes conocer a Lord Warton. Inuyasha está muy celoso de él. Lo cierto es que en ocasiones me pregunto qué hubiera sucedido si hubiera conocido a Justin Warton primero. —Su sonrisa traviesa daba a entender que no hablaba en serio.—Justin no es tan mayor como tus otros caballeros, Lin —prosiguió diciendo Kagome—. Sólo tiene alrededor de veintiocho años, pero es tan agradable. Sé que te gustará. Ama a su familia y aborrece Londres, de modo que no podrías haberlo conocido allá. Sólo va a la ciudad una vez por año para llevar a su madre y a su hermana de compras, y siempre fuera de temporada. Veamos, ¿dónde está? —De estatura diminuta, Kagome se vio obligada a ponerse en puntillas de pie para poder ver por encima de algunos hombros, pero finalmente sonrió.

—Allí, junto al hogar. Vengan conmigo, queridas. Lin avanzó dos pasos y se detuvo abruptamente. Acababa de ver al hombre apuesto y corpulento que estaba sentado en un sofá de color crema y dorado junto al hogar, flanqueado por una joven rubia muy parecida a él y por una mujer mayor, que obviamente eran su hermana y su madre respectivamente. Pero también había visto a los dos caballeros elegantemente vestidos que se hallaban a escasa distancia, de pie frente al fuego. Eran los hermanos Malory y fue el moreno el que la miró a los ojos, haciéndola vacilar, gruñir por lo bajo y sentir un extraño vahído...

Debió realizar un enorme esfuerzo para dejar de mirar a Sesshomaru Malory y continuar caminando detrás de su anfitriona, que no había percibido nada. Hubiera deseado volverse y retirarse, antes de acortar la distancia que la separaba del sofá, a sólo dos metros de donde se hallaba ella. Pero era imposible. Por lo tanto, decidió concentrarse en los Warton, especialmente en Justin Warton, y dar la espalda a los Malory.

Era sencillo comprender por qué Kagome pensaba que Justin podría atraer su interés. Era sumamente atractivo, de cabellos rubios, rasgos definidos y regulares, y unos hermosos ojos azules, ojos que contemplaron admirativamente a Lin. Además, era el hombre más alto que jamás conociera. Lo comprobó cuando él se puso de pie para besar la mano de ella. Era corpulento, de hombros anchos y músculos firmes. Su tamaño lo hubiera convertido en un hombre intimidatorio si no fuera por su sonrisa infantil y sus modales encantadores.

Lin se sintió de inmediato muy cómoda junto a él y, durante algunos minutos, casi olvidó a la persona que estaba detrás de ella... casi.

El problema era que podía sentir esos ojos sensuales que recorrían su cuerpo, con la misma mirada con que la había mirado aquella noche del baile de los Crandal. ¿Mirado? No, devorado a través de la habitación, como lo hacían ahora a pocos centímetros de distancia. Trataba de no imaginar lo que él estaría imaginando en ese momento mientras la miraba.

La interrupción que provocó la aparición de otra persona fue una distracción bienvenida. —Aquí estabas, mi amor —dijo Inuyasha Taisho, deslizando un brazo posesivo alrededor de la pequeña cintura de su mujer—. ¿Por qué será que cada vez que salgo de la habitación este grandote tonto siempre aparece a tu lado?

Ni sus gestos ni el tono de su voz demostraban que hablase en serio o en broma, pero Justin Warton no se ofendió. En cambio rió, como si estuviera habituado a que su anfitrión hiciese esa clase de comentarios.

—Si deseara robártela, Shikon, lo sabrías —dijo Justin, guiñando un ojo a Kagome.

—No comiencen con sus bromas —dijo Kagome, con tono suavemente admonitorio—, o harán creer a estas señoras que hablan en serio. No es así —dijo a sus invitadas—; en absoluto—. Y añadió: —Por si no lo han adivinado, éste es mi marido. —Luego continuó con las presentaciones, ya que, aunque Frances sabía de su existencia, no lo conocía personalmente.

Lin había supuesto que una mujer tan hermosa como Kagome Taisho tendría un marido excepcionalmente apuesto y el cuarto vizconde Taisho de Shikon lo era. Tenía cabellos castaños con reflejos dorados y los ojos claros de color café, que brillaban con reflejos ambarinos cada vez que miraba a su mujer y no era difícil comprender que se le hubiera considerado un libertino hasta un año atrás, y que su comportamiento hubiese estado a la altura de su reputación. Tampoco era difícil comprobar que ahora estaba completamente domesticado y muy enamorado de su mujer. Lo asombroso era que fuese tan joven. Lin calculó que debía ser apenas unos pocos años mayor que ella; pero sus actitudes eran las de un hombre mayor. De hecho le recordaba a Sir Sesshomaru que, de pronto, invadió nuevamente sus pensamientos.

—Vamos, gatita, ¿durante cuánto tiempo piensas ignorarnos? —dijo de pronto la voz profunda de Sir Sesshomaru.

—Durante toda la noche, si de mí depende —respondió Inuyasha con tono hostil.

Durante un instante, Lin creyó que Sesshomaru se dirigía a ella.

Pero la respuesta de Inuyasha, que provocó el codazo que Kagome le propinó en las costillas, la enfrentó con la realidad.

—Oh, Dios, ¿es que siempre debo actuar como árbitro? —dijo Kagome, sin dirigirse a nadie en especial. Luego fue hacia el hogar y besó a los hermanos Malory en la mejilla—. Como si alguien pudiera ignorarlos durante mucho tiempo —añadió riendo—. Pero no creo que sea mi atención la que desean con tanta impaciencia. Vengan conmigo y los presentaré.

—Les dio el brazo a ambos y los hizo avanzar. —Lady Frances, creo que no conoces a mis tíos, Miroku y Sesshomaru Malory, ¿verdad?

Tíos. ¿Tíos? ¿Por qué esa pequeña información no se dio a conocer antes?, se preguntó Lin, enfadada. Ella no hubiera asistido a la reunión si hubiera sabido que los Malory eran tan conocidos de Kagome Taisho. Su sobrina. Mierda.

Su incomodidad se hizo más llevadera pues el grupo estaba formado por cuatro personas, los Warton y Frances. Justin se apresuró a alejar de allí a su hermana, para que no entrara en contacto con dos notorios libertinos. Lin deseó tener a alguien que cuidara de ella tan diligentemente; alguien que evitara que él estuviera en presencia de ella.

Pero decidió defenderse a sí misma. Ni sus palabras ni sus gestos revelaron su inquietud. Pero Frances no era tan inescrutable. Apretó los labios y respondió con frases breves, poniendo en evidencia su animosidad hacia los dos hombres. Pocos minutos después dio una excusa y se dirigió hacia otro grupo de personas.

Ella dejó a Lin en un aprieto terrible. Si ella también se marchaba, su actitud sería grosera. De modo que permaneció allí, sometiéndose al minucioso escrutinio de los Malory. Y ambos se dedicaron a examinarla abiertamente, sin ambages.

Miroku no consideró necesario ignorar lo que acababa de ocurrir.

—Creo que la joven está incómoda, Sessho. No debe estarlo, Lady Lin. Mi hermano y yo somos inmunes a esa clase de reacciones.

—Puede que tu lo seas —dijo Sesshomaru, con ojos brillantes—. A mí me agradaría que me tratasen con un poco más de consideración.

A Lin no le cupo ninguna duda acerca de la clase de consideración que él deseaba, ya que, cuando lo dijo, la miraba directamente a ella. Ella no pudo reprimir una sonrisa. Él no podía aguardar a que estuvieran a solas para ejercer sobre ella su seducción. Eso era incorregible.

También Kagome debió pensar lo mismo. —Vamos, Sessho, prometiste comportarte bien.

—Y lo estoy haciendo —dijo él con toda inocencia—. Si hiciera cuanto deseo, gatita, provocaría un escándalo en tu casa.

Lin tuvo la sensación de que hablaba seriamente, a pesar de que Kagome rió como si él estuviera bromeando. —La asustarás, Sessho; ten cuidado.

—De ninguna manera —objetó Lin.

—Ya ves, querida —dijo Miroku—. Puedes ir a atender traquilamente a tus invitados. La señorita estará perfectamente segura con nosotros.

—Oh, jamás lo puse en duda —dijo Kagome y, al alejarse añadió:—Inuyasha, no dejes de vigilarlos.

—De acuerdo —dijo Inuyasha, frunciendo el ceño.

Miroku rió. —Qué falta de confianza.

—Lamentablemente justificada —gruñó Inuyasha en voz baja.

—Creo que todavía no nos ha perdonado, Sessho —dijo Miroku.

—No me incluyas, hermano. Sólo le señalé que si se casaba con Kaggie, su salud se vería afectada. Tú, en cambio, fuiste responsable de que tuviera que guardar cama durante varias semanas, para no mencionar el hecho de que lo trajiste a la rastra desde la India cuando demostró su renuencia hacia el matrimonio...

—Nunca...

Lin interrumpió a Inuyasha. —Antes de que esta conversación tome giros insospechados, será mejor que yo...

Sesshomaru le impidió terminar la frase. —Excelente idea. Mientras ellos riñen a sus anchas, usted y yo iremos a contemplar las flores del invernadero.

Sin darle oportunidad de rehusarse, Sesshomaru la tomó del brazo y comenzó a conducirla fuera de la habitación. Ella trató de apartarse de él, pero él no se lo permitió.

—Sir Sesshomaru...

—No se comportará como un cobarde, ¿verdad? —le dijo al oído.

Lin se irritó ante el desafío. —Simplemente no deseo salir de la habitación con usted.

—Pero lo hará.

Ella se detuvo y él se vio obligado a arrastrarla o detenerse a su vez. Se detuvo y esbozó una leve sonrisa.

—Se lo diré de otra manera, querida. O la beso en el invernadero o la beso aquí, y en este mismo instante. De todas maneras, la tomaré entre mis brazos y...

—Eso cree usted —dijo Lin, antes de percibir que muchas personas los observaban—. Está bien —dijo en voz baja y sibilante—. Me agradaría ver el invernadero, pero no habrá besos y deberá prometérmelo antes, canalla.

Él sonrió confiadamente. —Vayamos entonces.

Continuó conduciéndola, deteniéndose cada tanto para intercambiar algunas palabras con personas a las que conocía, como si estuvieran simplemente recorriendo las habitaciones. Lin alcanzó a mirar a Frances, que la contempló con gesto de desaprobación. Pero

Lin no se atrevía a intentar de nuevo liberarse de él. Era discutible que Sesshomaru hubiera osado besarla en presencia de todos, pero no podía arriesgarse.

Pero debió haberse asegurado su promesa. Cuando dijo Vayamos entonces no le prometió nada, cosa que corroboró cuando entraron en el invernadero.

—Esto es muy hermoso —dijo Lin, inquieta, mientras él deslizaba su brazo por la cintura de ella y la guió por los senderos bordeados de plantas.

—Estoy de acuerdo —dijo él, pero la miraba a ella.

Ella desvió la mirada, mirando fijamente las estatuas que se erguían a los lados del sendero, las flores, la fuente que se hallaba en el centro del recinto. Pero no podía dejar de pensar en la mano que se apoyaba en su cadera y quemaba su piel a través de la tela delgada del vestido de talle alto.

—Debería... debería ponerlo a prueba, Sir Sesshomaru.

Su voz era débil y temblorosa y debió carraspear para continuar hablando. —Fue endiabladamente injusto que adoptara esa actitud.

—Lo sé.

—¿Era necesario ser tan despótico?

Él se detuvo y la hizo volverse. Estudió detenidamente su rostro.

Alarmada, Lin percibió que estaban en un extremo del invernadero, donde las gruesas ramas de uno de los árboles impedían ver la puerta.

Estaban solos y el sonido de la fuente apagaba los ruidos de la fiesta.

—Sí, era necesario —respondió él finalmente con voz ronca—. Porque desde que la vi, sólo he podido pensar en esto.

Lin no pudo reunir la fuerza necesaria para protestar cuando la acercó hacia él. Deslizó la otra mano por el cuello de ella, levantando su mentón con el pulgar y, durante un instante fugaz ambos se miraron a los ojos. Luego ella sintió sus labios cálidos, seductores, que oprimían suavemente los suyos y cerró los ojos, aceptando lo inevitable. Necesitaba saber y ahora sabía. Y por el momento nada importaba, excepto su sabor y el roce de su cuerpo contra el suyo.

Sesshomaru no la atemorizó con su pasión, que refrenó, a pesar de que íntimamente tuviera la sensación de tener un volcán en su interior. No recordaba haber deseado algo con tanta intensidad y trató de no abrumarla con sus sentimientos; deseaba hacer surgir en ella el deseo lentamente, hasta que lo quisiera con la misma vehemencia.

Nunca nada le había exigido un esfuerzo tan grande, debía frenar sus impulsos cuando su cuerpo anhelaba poseerla allí, en ese momento.

Enloquecido de deseo, no percibió las pequeñas cosas que le hacía, enterrando sus dedos entre sus cabellos y despeinándola; deslizando su rodilla entre las de ella. Pero, afortunadamente para él, también ella había perdido la noción de cuanto hacía.

Ese muslo que rozaba su ingle, unido a los besos cada vez más profundos, fueron la perdición de Lin. Gradualmente, él comenzó a introducir su lengua en la boca de ella, abriéndola y suscitando en ella sensaciones exquisitas. Finalmente, logró que ella también explorase con su lengua y, cuando se deslizó entre los labios de él, no la soltó, succionándola hacia el fondo de su boca.

Indefensa ante su experiencia, Lin fue completamente seducida, hasta quedar entregada y dispuesta a dejarle hacer cuanto deseara. Cuando Sesshomaru lo percibió, gruñó. Frustrado, comprendió que había escogido erróneamente el lugar. Nunca imaginó que alcanzaría el éxito tan rápidamente.

Deslizando sus labios hasta el oído de ella, dijo: —Ve a tu habitación, querida. Te seguiré.

Hipnotizada y aturdida, ella no pudo relacionar una idea con otra.

—¿A mi habitación?

Él hubiera deseado sacudirla. No era el momento indicado para confusiones. La tomó de los hombros.

—Mírame, Lin —dijo él con urgencia—. No podemos permanecer aquí. ¿Lo comprendes? No es sitio privado.

Ella frunció el ceño. —¿Y para qué necesitamos que lo sea?

Maldición. ¿Estaría Kagome en lo cierto? ¿Sería Lin tan inocente a su edad? La idea le produjo disgusto y placer al mismo tiempo. Si fuera así, se arriesgaría a perder lo que había logrado si la hacía reaccionar. Pero íntimamente, su veta tierna, hasta entonces dormida, deseó que fuese así.

Sesshomaru suspiró y se armó de paciencia. —Haremos el amor; tu y yo. Es la consecuencia lógica de lo que hemos estado haciendo. Y, dado que ambos lo deseamos, debemos hallar un sitio en el que no nos molesten. Debes comprender que tu habitación es el lugar indicado.

Lin comenzó a menear la cabeza antes de que él concluyera la frase. —Oh, ¿qué has hecho? No debías besarme. Te lo había dicho. Su acento escocés lo excitó más aún y volvió a apretarla contra su pecho. —Es muy tarde para mentiras, cariño; ya has claudicado en todo, menos en una cosa. Ahora compórtate como una niña buena y haz lo que te digo o te poseeré aquí mismo, lo juro, y que el diablo se lleve al que nos vea.

Si él trató con eso de amedrentarla, no lo logró. Ella estuvo a punto de reír ante sus embates, pero pensó que a él no le causaría gracia. El sentido común le decía que él no haría nada que pudiera causar a su sobrina una situación incómoda. Debió percibirlo antes de ir al invernadero con él.

—No le servirá de nada esa actitud descarada, amigo.

En ese momento, Sesshomaru no estaba seguro de que se hubiese comportado con descaro. Pero el hecho de que ella se lo señalara le hizo reaccionar, aunque no calmó por completo sus ardores. Había arruinado la oportunidad. Ella tenía todo el derecho a enfadarse.

Sesshomaru sonrió con su sonrisa devastadora. —Si no puede ser ahora, iré a tu dormitorio más tarde.

Ella se apartó bruscamente de él y meneó enfáticamente la cabeza.

—No pasará de la puerta, se lo aseguro.

—No eches la llave.

—Tampoco haré tal cosa.

—La ventana entonces.

Los ojos castaños de ella lanzaron destellos de furia. —¿Deberé sofocarme dentro de la habitación, cerrando todas las ventanas? ¿Por qué no puede aceptar una negativa? ¿Acaso no he hablado claramente?

—No es la respuesta correcta, cariño, y hasta que lo sea, no esperarás que desista, ¿verdad? Debo pensar en mi reputación.

Ella rió, aliviando un tanto la tensión. Dios, él era incorregible, completamente inmoral, pero, ay, tan tentador. Nunca había conocido a un hombre tan atractivo sexualmente, tan fuerte y poderoso que ella se sentía atraída hacia él incluso en sus momentos más lúcidos, sabiendo muy bien que no era el hombre para ella. Pero, hablara él en serio o no, ella sólo podría superar la situación en que se hallaba siempre que no lo tomara seriamente.

Controlando nuevamente la situación y regañándolo con la mirada, Lin dijo: —Precisamente pensaba en su reputación, Sir Sesshomaru.

—Entonces debo tratar de ahuyentar otra vez esos pensamientos.

—No.

Él fue hacia ella y Lin contuvo el aliento. Antes de que pudiera reaccionar, estaba sentada sobre la baranda y él le sonreía. Ella había pensado que él trataría de besarla otra vez. Esto no era gracioso. Detrás de ella había una altura cercana a los dos metros y medio. Sus pies colgaban en el aire y, si perdía el equilibrio, sólo podría cogerse... a él.

Frunciendo el ceño, intentó saltar, pero Sesshomaru se acercó a ella y levantó su falda. Se acercó aún más, obligándola a separar las piernas; luego acercó su pecho al de ella, empujándola hacia atrás...

—Cógete a mí o caerás. —Su voz le llegó a través del pánico que experimentaba.

Se agarró a él, porque no podía hacer otra cosa. Pero él no se enderezó para que ella recuperase el equilibrio. Dejó que permaneciera pendiendo a medias por encima de la baranda; su única tabla de salvación era el cuerpo de él.

—Será mejor que rodees mi cuello con tus brazos, cariño. —Con un brazo, oprimió el estómago y el pecho de Lin contra el cuerpo de él.

—Ahora, sosténte con firmeza, porque te soltaré.

—No, no lo hagas...

—Shh, cariño. —Su aliento rozó el oído de Lin, haciéndola estremecer. —Si no quieres ceder, por lo menos concédeme esto. Necesito tocarte. Ella contuvo el aliento al sentir la mano de él sobre su rodilla que avanzaba lentamente hacia su muslo. —Basta. Eres un maldito... —Y luego, con voz ronca, murmuró: —Sesshomaru.

Él se estremeció al oír cómo pronunciaba su nombre. Pero, antes de que pudiera decir nada más, sus manos llegaron hasta las caderas de ella y oprimieron sus nalgas con fuerza.

Lin gimió suavemente, echó la cabeza hacia atrás. Sus brazos y piernas caían laxamente a sus costados. Él tuvo la sensación de que pudo haberla penetrado. Sus labios besaron su cuello y, comprensiblemente, Lin olvidó su posición precaria.

—Supongo que no me agradecerás la intromisión Sessho, pero Lady Grenfell está buscando a la pequeña escocesa y es probable que venga aquí en cualquier momento.

Sesshomaru lanzó una maldición y miró a Miroku, que se hallaba a escasa distancia de ellos, mirando discretamente hacia la fuente. Tomó a Lin de las caderas y la levantó; durante un instante la sostuvo en esa posición, disfrutando de su cercanía. Las piernas de ella estaban prácticamente aferradas a su cintura. Transida de pasión, tenía los labios abiertos, los ojos cerrados y el rostro encendido. Sesshomaru dudó de que hubiera oído a Miroku.

—Oh, Dios —dijo, dejando que se deslizara hasta el suelo, irritantemente frustrado—. Deberemos continuar en otro momento, cariño.

Ella retrocedió; sus piernas estaban debilitadas y durante varios instantes él vio cómo sus ojos recuperaban lentamente la visión normal.

Finalmente los abrió por completo y luego los entrecerró bruscamente.

Fascinado, Sesshomaru ni siquiera vio la mano que ella levantó, pero sintió la sonora bofetada sobre su mejilla.

—No habrá otro momento para lo que deseas —dijo ella en voz baja, pero con una energía que demostró que estaba furiosa—. No conozco tus reglas, pero evidentemente no juegas limpio, de modo que aléjate de mí.

Ella se volvió y siguió en la dirección en la que habían estado caminando. Sesshomaru no trató de seguirla. Se apoyó sobre la baranda, tocando su mejilla y contemplándola hasta que desapareció.

—Me preguntaba cuándo saldría a relucir el carácter de esa escocesa.

—Sonrió a Miroku, que se acercó a él.

—Diría que no fue muy severa.

La sonrisa de Sesshomaru se ensanchó. —Ni siquiera se dio cuenta de que estabas aquí.

—¿Alardeas, hermanito?

—Sólo estoy muy complacido, viejo.

—Y bien, ahora que has logrado enfurecerla, imagino que no te opondrás a que yo haga un intento.

El buen humor de Sesshomaru se desvaneció de inmediato. —Mantente alejado de ella, Miroku.

Miroku arqueó una ceja. —¿Así que estamos posesivos? Pero tengo entendido que te ordenó mantenerte lejos de ella. Y, después de todo, querido hermano, todavía no la has conquistado.


Aquí el segundo capítulo de Tierna y rebelde, saludos y si gustan dejar algún review dando ánimos para continuar con las actualizaciones más rápido se agradecerá.

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