Card Captor Sakura y sus personajes son propiedad de CLAMP
En el capítulo anterior...
Shaoran Li está a punto de cumplir cuarenta años y lo ha perdido todo en la vida. Sobre el peso de sus hombros lleva a cuestas el desprecio de su propia hija, Tsu, el desengaño del amor de su vida, Sakura Kinomoto, y la frialdad con que lo trata su viejo amigo, Eriol Hiiraguizawa. Pero las puertas no se han cerrado del todo para Shaoran. Un encuentro con una misteriosa jovencita capaz de conceder cualquier deseo a las personas hará que la vida de nuestro protagonista dé un giro de 360º. Sin embargo, el único deseo que anhela Shaoran está prohibido. Más que un deseo es un secreto. Un secreto que, para su desgracia, es un secreto a voces: Ojalá no la hubiera conocido...
Perfecta (Im)Perfección
Capítulo 2
Despertarse en la piel de otro
(Shaoran)
Es la inmensa claridad que invade la habitación lo que hace que abra los ojos y fije mis pupilas en los números digitales de color verde que marcan las nueve y media de la mañana en un despertador que yo nunca he comprado. Me estiro con pereza dando una vuelta más sobre la cama mientras percibo el suave tacto de las sábanas al rozar mis brazos desnudos. Creo tener la horrible sensación de haber hecho las cosas indebidamente, de tener que pagar las consecuencias tarde o temprano. Es extraño, pero por algún motivo me siento fuera de lugar. ¿Qué ha pasado? Intento recordar mientras la luz que acaricia las paredes del dormitorio le hace daño a mis ojos enrojecidos tras una noche de insomnio… o de qué sé yo. Veamos… Llegué a casa; discutí con Tsu, mi hija; fui a la reunión de URB/Arquitectos y allí Eriol, mi jefe y en mis años de adolescencia, mi mejor amigo, me echó a la calle sin miramientos; recogí el coche llevándome la desagradable sorpresa de que la grúa se lo había llevado debido al mal estacionamiento del mismo; a pie me marché al Ayuntamiento de Tomoeada para resolver de una vez por todas mi divorcio con Sakura; me encontré a una jovencita muy extraña que quería conocer cuál era mi mayor anhelo porque la muy loca aseguraba que podía hacerlo realidad; después continué mi camino hacia el juicio. ¿Y luego? Lo último que recuerdo es que aferré con mis manos el pomo de las pesadas puertas del Ayuntamiento… A continuación, la oscuridad. Y el silencio, que quizá sea lo peor.
Ya está. No puede ser de otra manera: perdí el juicio. No la razón, me refiero a que un juez, un hombre vestido de negro con una maza en su mano derecha, sentenció que yo ya no tenía derecho a amar o a ser amado por mi ahora ex mujer. Sí, fue eso lo que sucedió. Sakura salió de mi vida para siempre y se llevó a Tsu muy lejos sin que yo pudiera hacer nada por retener a mi hija a mi lado. Seguro que en medio de esa desesperación me dediqué a recorrer un bar tras otro con la esperanza de ahogar mis penas en los grados del alcohol. No, no hay duda. Juraría que cuando me echaron de allí, del último pub, no tuve valor para regresar a casa, por lo que alquilaría la primera habitación del primer hotel que fuera capaz de cobijarme entre sus paredes por unas pocas horas. Uno no muy bueno, a decir verdad… ¿O no? La habitación no es demasiado grande, pero es bastante luminosa, estéticamente bonita y las sábanas de la cama están recién lavadas. Además, la puerta entreabierta situada en uno de los costados del dormitorio revela que tras ella se esconde el cuarto de baño. ¿Cuánto dinero podré haberme gastado por pasar esta noche aquí?
Con pereza estiro mis músculos y aparto las mantas que cubren mi cuerpo hasta enderezarme por completo para alcanzar a trompicones el lavabo. Ahora que estoy soltero es como comenzar mi vida de nuevo. Tengo todo por hacer, nuevos retos que llevar a cabo, cosas por descubrir, otros amigos, otras mujeres… Un mundo que, en definitiva, se vuelve a abrir para mí. Quizá esto del divorcio no sea tan malo después de todo. Sólo hay una cosa de la que merece preocuparse: la soledad. Desde hoy vuelvo a ser un hombre libre e independiente, pero un hombre solo a fin de cuentas. Y, sinceramente, no quiero pasar el resto de mis días yendo de bar en bar para acabar en habitaciones de ensueño que más tarde duele (y mucho) pagar.
Intento despejar mis dudas y abrir mi mente con un chorro de agua bien fría en la cara. Las gotas cristalinas resbalan por mis mejillas hasta perderse por el desagüe. Suspiro con pesadumbre, restriego mis ojos con las palmas de las manos y me apoyo en el mármol del lavabo. Ni siquiera tengo valor para mirarme al espejo. ¿Qué veré? ¿La viva imagen de quien lo ha perdido todo y tiembla al plantear hipótesis sobre su futuro o, por el contrario, a todo un ganador que planea vivir al máximo su presente dejando atrás el pasado? Tengo miedo de enfrentarme a mi propia mirada… ¡Es ridículo!
Y, sin embargo, cuando mis ojos de color ámbar se clavan en aquellos que el espejo refleja, no veo ni una cosa ni la otra. Pasa un segundo, otro, y también otro más… Y yo, temblando descontroladamente a un ritmo frenético, sólo puedo hacer una cosa: GRITAR.
—¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Caigo de bruces contra el suelo cuando consigo despegar mis dedos del mármol del lavabo, que se habían agarrotado de manera tal que no era capaz de separarlos. Es inútil tratar de levantarme porque no consigo sincronizar mis movimientos para hacer andar a mis piernas, como si mi cerebro hubiese decidido desconectar del resto de mi cuerpo. Me palpo el pecho y cuento los latidos de mi fatigado corazón, que parece a punto de desbordarse, mientras intento mantener la calma y pensar con claridad. Creer que estoy soñando, que me he golpeado la cabeza o que tengo visiones debido a la última borrachera que todavía me dura. Es fácil pensar que todo eso puede ser posible cuando te miras al espejo y ves que algo va mal… porque la persona que he visto reflejada en el cristal… No soy yo.
Es decir, sí, ese chico se llama igual que yo, es Shaoran Li, pero algo ha cambiado. No… ¡Todo ha cambiado!
Con desconfianza vuelvo a acercarme al lavabo y asomo la cabeza cuidadosamente hasta ver la mitad de mi rostro en el espejo mientras acaricio mis mejillas con las yemas de mis dedos, como si me hubiera despertado con una piel diferente… Lo que cual es bastante acertado.
En silencio me desprendo de los pantalones (lo único que llevo puesto) e investigo cada recoveco de mi cuerpo por si algo más ha cambiado. Pero no, el "resto" parece estar donde lo dejé la última vez, así que con un suspiro de alivio vuelvo a vestirme para regresar a la cama y sentarme sobre el colchón.
Necesito pensar qué ha pasado, por qué y si podré recuperar mi anterior vida.
Sí, es cierto, sigo siendo yo. Mi cuerpo es mío y mías mis acciones. Lo que no encaja de ningún modo es que este Shaoran Li de hoy, el que se ha despertado en una habitación desconocida con un despertador horrible que ni siquiera ha avisado de la llegada de un nuevo día… ¡Tiene veinte años menos que ayer!
Vale, vale… ¡Camarero, una de calma y serenidad, por favor! Y repentinamente escucho en mi cabeza una vocecita que me aconseja contar hasta diez. Sin embargo, cuando he alcanzado la treintena, los nervios vuelven a apoderarse de mí y otra vez pierdo la razón gritando cualquier injuria que se me ocurra.
¿Cómo es posible? ¡Ayer tenía cuarenta años y hoy…! ¿Cuántos puedo tener? ¿Veinte? ¿Veintiuno? ¿Por qué? ¿Acaso es esto una broma? ¿Un sueño? Si es así… ¡Quiero despertar!
Me revuelvo el pelo con desesperación al tiempo que intento acompasar mi respiración y trato de entender lo que ha sucedido. Sin embargo, todas mis conclusiones me parecen estúpidas. ¡Nadie es capaz de perder veinte años de golpe de la noche a la mañana!
Y de pronto, me obligo a calmarme cuando escucho un grito ahogado procedente de algún rincón de la casa en donde parezco encontrarme. Guardo silencio durante un par de minutos agudizando el oído. Lo único que consigo captar son risitas tontas y comentarios sin sentido para dar los buenos días. No es que sean muy amenazadores, sino todo lo contrario, pero creo que será mejor echar un vistazo antes de que pueda llevarme más sorpresas desagradables.
Abandono el dormitorio sigilosamente y empiezo a caminar hacia un luminoso pasillo de paredes blancas que comunica con un enorme salón muy bien decorado donde se incluye una pequeña cocina con los electrodomésticos básicos. Las voces proceden de otro cuarto situado al final del pasillo, donde una puerta entreabierta muestra lo que seguramente será otra habitación.
Muy despacio, me sitúo frente al umbral y echo una ojeada al interior del cuarto. No veo más que un escritorio bastante desordenado, abarrotado de papeles que cubren por completo la lisa superficie de madera. Sobre la silla cuelga de cualquier manera una chaqueta negra y una camisa bastante arrugada, ambas prendas acompañadas de una faldita tableada. El resto de la ropa está esparcida por el suelo. En las paredes, junto a un amplio ventanal, hay un par de estanterías llenas de discos de música y películas de todo tipo. Al otro lado de la habitación está una cama individual de 1'90 que esconde bajo las sábanas un bulto sospechoso que no deja de agitarse entre las risas, tanto masculinas como femeninas, que no cesan ni por un solo segundo.
Preguntándome qué puedo encontrar si irrumpo en el dormitorio, regreso a la cocina en busca de una escoba o algo parecido por si tuviera que defenderme de algún maníaco, quién sabe… Y después vuelvo hacia la puerta entreabierta y me cuelo como si tal cosa, cepillo de barrer en mano.
Extrañamente, nadie se ha percatado de mi presencia y de nuevo me encuentro preguntándome si realmente quiero saber qué se esconde bajo esas sábanas y su ondulante movimiento. En cualquier caso, si me quedo parado nunca averiguaré por qué soy el chico de hace unos veinte años… Cierro los ojos y aprieto el cepillo con determinación, alzándolo con la mano derecha por encima de mi cabeza, listo para el ataque.
¡Vamos, a la cuenta de tres! ¡Uno! ¡Dos! ¡TRES!
De un fuerte tirón, las mantas salen volando de la cama, y lo primero que alcanzo a ver fugazmente es una larga cabellera negra que se esparce sobre el blanco de la almohada. Es lo primero que veo y también lo último, porque justo después una masa humana se abalanza sobre mí tirándome al suelo con todas las sábanas encima.
—¿Quién eres? ¿Cómo has entrado aquí? —grita el desconocido con una voz que de pronto se me antoja demasiado familiar. Noto un fuerte golpe en el pecho, lo que me lleva a pensar que mi oponente me está golpeando con la lámpara de la mesita de noche—. ¡Tomoyo, despierta a Shaoran! ¡Se nos ha colado un ladrón en casa!
—¿Ladrón? —articulo yo tratando de salir de ese batiburrillo de ropa mientras protejo mi rostro con mis brazos y trato de devolver los golpes con el cepillo de barrer—. ¿Shaoran?
En medio de la confusión, no puedo engarzar mis neuronas unas con otras para decir algo lógico. Ya no veo absolutamente nada, porque el chico que me está sujetando me tapa la cara con las mantas, así que lo único que puedo hacer es escuchar los pasos de la tal Tomoyo atravesando la casa en busca de Shaoran.
¡Joder, si Shaoran soy yo!
—¡Shaoran no está en su habitación! —exclama la chica al cabo de un rato, cuando regresa al dormitorio. El tono en que pronuncia mi nombre me trae lejanos recuerdos…
Tomoyo, Tomoyo… ¡No me digas que…!
—¿QUÉ? ¡Ayer volvió a casa con nosotros! ¿Dónde se ha metido?
Dios, dime que estos dos de aquí no son…
—¿Entonces qué hacemos? ¿Llamo a la policía?
Me revuelvo otra vez intentando zafarme del abrazo mortal del extraño (aunque quizá no sea tan extraño como quiero creer), pues empieza a faltarme el aire. Pero comprendiendo que es inútil, sólo puedo pronunciar un nombre, su nombre:
—¿Eriol…?
Inmediatamente, la presión sobre mi cuerpo comienza a aflojarse y la mole humana que me aplastaba contra el suelo se retira poco a poco. La luz me ciega cuando alguien retira las sábanas de mi rostro; una muchacha de oscuro cabello liso y mirada violácea… Una muchacha que conocí hace unos treinta años y que ahora, irónicamente, veo por primera vez.
Una chica llamada Tomoyo Daidouji.
El rayo de esperanza que abate mi pecho me obliga a abalanzarme sobre ella y abrazarla dulcemente, aliviado de saber que no soy el único que ha sufrido este extraño viaje en el tiempo.
—¡Tomoyo, eres tú! —grito en medio de una felicidad que de momento nadie puede perturbar—. ¿Qué es lo que nos ha pasado? ¿Por qué volvemos a tener veinte años?
—¿Qué dices? Suéltame, Shaoran… —replica ella intentando zafarse de mi agarre. Cuando intercambiamos una mirada, más bien incómoda, compruebo que sus mejillas se han coloreado de rojo.
—¡Eh, eh! ¡Las manos quietas, Shaoran!
Y entonces me percato del otro chico. Sí, no cabe duda. No es otro que Eriol Hiiraguizawa. Mi antiguo jefe, mi viejo mejor amigo… Parece que hemos regresado a los tiempos en que todos éramos felices. Pero, ¿por qué?
Eriol no me da tiempo a alegrarme porque él también haya compartido nuestro destino (aunque la verdad es que debería estar enfadado por el reciente despido laboral) pues antes de que me dé cuenta consigue separarnos a Tomoyo y a mí.
—¡Serás manos-largas! —dice reteniendo a Daidouji contra su pecho—. Yo también voy a sobar de arriba abajo a tu novia cuando la tengas…
¿Eh?
—¿Se puede saber de qué estás hablando, Eriol?
—¡Vaya despertar que has tenido esta mañana, Shaoran! —sonríe Tomoyo alegremente dándome unas palmaditas en la espalda. La incomodidad ha desaparecido por completo de su rostro y ahora vuelve a sonreír como antes—. ¿Estás nervioso por el nuevo curso o qué?
¿Despertar? ¿Nuevo curso? Miro a Tomoyo con la esperanza de que sus ojos me revelen la verdad que ansío saber. Pero sus alegres cuencas están exentas de lógica. A Eriol ni me planteo preguntarle nada. Aunque parece que en este extraño tiempo sigue siendo el de siempre, todavía no puedo acostumbrarme a su pícara sonrisa… No después de saber que un futuro me despedirá de mi trabajo sin miramientos y terminará en la cama con mi propia hija después de echar a Tomoyo de su vida.
Resignado, me tomo unos minutos de silencio para analizar la situación en la que nos encontramos antes de abrir la boca y volver a fastidiarlo todo: dos chicos, una chica, un luminoso piso que parece estar ubicado dentro de un bloque en una calle cualquiera de a saber dónde. Tres amigos recién levantados, en definitiva. Tomoyo vestida con un sencillo camisón, Eriol en ropa interior y yo con unos vaqueros algo desgastados que no sé ni de dónde han salido. Por mucho tiempo de reflexión que me conceda esto no parece tener ni pies ni cabeza. Y menos cuando soy el único que recuerda haber cambiado de época.
—La próxima vez nos conformaremos con un simple "buenos días" —interrumpe Eriol desperezándose y avanzando hacia la mesita de noche, en donde reposa un despertador idéntico al que hay en mi cuarto (si es que puedo decir que esa habitación sea mía). Vuelve a colocar la lámpara sobre un paño de ganchillo—. ¡Dios! ¡Hoy es la presentación y ya llegamos tarde! —exclama Eriol echándole un vistazo a la hora que marcan las manecillas del reloj —. ¡Date prisa y vístete, Tomoyo! Shaoran, ¿a qué esperas tú también?
A riesgo de pecar de ignorante, me atrevo a preguntar:
—Disculpa, ¿pero de qué presentación estás hablando?
Eriol me lanza una mirada asesina mientras se pone unos pantalones negros que saca del armario tras comprobar que los que descansan sobre la silla están demasiado arrugados como para que puedan ser calificados de presentables.
—Estás de broma, ¿no? —pregunta seriamente alzando las cejas.
Tomoyo se ríe por lo bajo, pero sale de la habitación sin decir palabra, dejándonos solos. Yo comienzo a exasperarme. Nunca me he sentido tan estúpido y ni siquiera puedo tomarlo con humor.
—¡Ja, ja, ja! —suelto con una expresión de mofa en el rostro que inmediatamente se vuelve fría y distante para añadir—: No, Eriol, no estoy de broma.
Como única respuesta, él señala el calendario que cuelga de una de las paredes del dormitorio. Hay un círculo rojo rodeando al número uno con una breve inscripción que reza: Presentación del nuevo curso.
—Uno de abril —digo en voz alta buscando el año en el papel del calendario. Mi corazón bombea sangre a mil por hora. ¿Qué voy a descubrir? Y de pronto lo veo—. ¡2011! ¡Hoy es uno de abril de 2011!
—Premio para el caballero —exclama Eriol tomándome de los hombros y acompañándome a mi habitación—. Y ahora que ya sabes en qué mundo vives, cámbiate de ropa o me iré sin ti. No tenemos todo el día.
Pero yo soy incapaz de aceptarlo. Si hoy es uno de abril… No tiene sentido. Ayer mismo yo tenía prácticamente cuarenta años en un mundo que también vivía en el 2011. Si he retrocedido alrededor de dos décadas, debería rondar 1990. ¿Qué está pasando aquí?
—¡No, no, no, no! —digo atropelladamente mientras doy vueltas por la habitación y Eriol me escruta como si estuviera loco—. No soy el mismo que antes, Eriol… Ni yo, ni este lugar, ni mi vida, ni nada… ¿Por qué estamos viviendo en el 2011? ¿Tú qué haces con Tomoyo si ella te había dejado? ¿Qué pasa con Tsu? ¡Dijiste que la querías! Y si vosotros dos estáis aquí, ¿dónde… dónde está…? —es una duda que me ha asaltado desde el primer momento en que he visto de nuevo a las jóvenes versiones de Tomoyo y Eriol. Que ella también podría estar por aquí. Como cuando éramos adolescentes y salíamos los cuatro juntos a todas partes. Sin embargo, ni siquiera tengo el valor suficiente para pronunciar su nombre.
—¿Quién? —pregunta Eriol—. Me estás empezando a preocupar, Shaoran. ¿Has comido algo en mal estado o es que te has fundido la reserva alcohólica tú solo esta mañana? Mira, estamos donde siempre, donde deberíamos estar, viviendo como podemos… Tenemos diecisiete años y vamos a empezar el curso que nos catapultará a la universidad. No hay nada extraño ni fuera de lugar. ¿Se puede saber qué te pasa?
Tomoyo irrumpe en la habitación ataviada con nuestro antiguo uniforme del instituto Seijô. Me lanza una mirada de preocupación, en su línea, tan maternal con todo el mundo como sólo ella sabe ser. Pero después vuelca su atención en Eriol.
—Chicos, me voy ya. Os veré en clase —hace una breve pausa—. Shaoran, ¿seguro que te encuentras bien?
Yo asiento con la cabeza porque verdaderamente no tengo nada más que decir. Ni siquiera sé qué es real y qué no. ¿Acaso mi vida como arquitecto ha sido sólo un sueño y ésta es la realidad? De ser así, Tsu nunca habría existido… ¿Por qué he vivido durante cuarenta años unos días que no me pertenecían?
Eriol golpea mi hombro amistosamente cuando Tomoyo sale del piso con sus andares tan femeninos y la cabeza bien alta.
—Olvídalo, Eriol. Era una estupidez —digo dirigiéndome hacia el armario y tomando la decisión de seguir el juego hasta sacar mejores conclusiones. Al menos, más lógicas.
—Bien, entonces vístete. No tenemos todo el día.
Eriol continúa cambiándose de ropa y arreglando como puede la habitación, ventilándola y haciendo la cama a toda velocidad. Yo vuelvo sobre mis pasos, al que de verdad parece ser mi dormitorio, y me quedo parado en el centro sin saber muy bien qué hacer. Al final opto por lo que parece más fácil: vestirme con el uniforme del Seijô para acudir con mis amigos al que un día fue mi instituto, en busca de respuestas. Cuando abro el armario me encuentro con una cantidad exagerada de ropa de todos los estilos y de todos los colores posibles. Hay tanta prenda allí que me cuesta localizar los pantalones negros, la camisa blanca, la chaqueta, la oscura corbata y los zapatos del uniforme. Para cuando lo encuentro todo, Eriol ya está harto de esperarme en la puerta así que, en un abrir y cerrar de ojos, me visto, paso por el baño a arreglarme un poco el pelo y salgo tras él después de coger la cartera con los libros (que encontré debajo del escritorio) y un break de zumo de naranja a modo de desayuno que voy bebiendo por el camino.
—Oh, vamos, ¿podemos irnos ya? —pregunta Eriol abriendo la puerta de entrada del piso.
Por respuesta, cruzo el umbral y lo espero fuera mientras él echa la llave y se asegura de haber cerrado bien.
Caminamos a paso ligero por el paseo de cerezos en flor que conduce directamente al instituto Seijô. Extrañamente, recordaba haber tenido una moto la primera vez que hice Bachillerato, allá por la década de los noventa, pero parece ser que ya en el siglo XXI he perdido esa posesión, o se ha quedado tan anticuada que ya no merece la pena conservarla.
Eriol, viendo que me pierdo en mis divagaciones, decide romper el silencio que hay entre nosotros:
—¿De verdad te encuentras bien, Shaoran? Sí que es cierto que no pareces el mismo… ¿Todavía te dura la fiesta de ayer?
Doy un respingo ante lo repentino de su intervención. Sin embargo, antes de contarle lo que en realidad ha pasado, prefiero seguirle la corriente… de momento.
—Supongo que será eso. O simplemente me he levantado con un poco de amnesia, nada más.
Eriol se encoge de hombros.
—Te está afectando demasiado esto de no encontrar pareja estable —dice sonriendo con ironía—. Aunque no me extraña… Después de estar con cinco chicas en dos años…
—¡¿Cinco en dos años? —exclamo y al segundo siguiente me arrepiento de haberlo dicho. Hiiraguizawa me mira con desconcierto, pero decide tomárselo a broma, como si yo tampoco estuviera hablando en serio. ¡Qué equivocado está!
—Y eso sin contar lo que no has querido compartir conmigo, que seguro que habrá habido muchas más, Casanova…
Cinco en dos años, cinco chicas en dos años… Así que después de todo, en este tiempo estoy hecho todo un auténtico donjuán cuando en mis primeros diecisiete años jamás había tenido ese tipo de experiencias con nadie. La primera y única fue Sakura… Quizás por eso se desencadenó todo lo demás. A fin de cuentas, una persona sola es muy poco para entender lo que es amar, como decía aquella canción…
—Bueno, es evidente que a mí me está tocando madurar antes que a ti —digo con superioridad—. Por eso paso de relaciones amorosas por el momento. Tengo demasiado tiempo, así que tarde o temprano alguna caerá.
—¿Quieres decir que estás frustrado por no tener nadie a quien besar?
—¡Si quieres practico contigo, grandísimo idiota! —espeto enfadado, aunque Eriol comienza a reírse con ganas.
—Vamos, vamos, sólo estaba bromeando —dice en tono conciliador—. ¡Mira, ya llegamos! ¡Hola otra vez, Seijô!
El edificio que se alza ante nosotros no ha cambiado en prácticamente nada desde hace más de veinte años. Allí está la verja de hierro medio oxidado que separa el patio de entrada del resto de la calle, los árboles que decoran los laterales con ese toque verde, la fuente central de agua cristalina y las impresionantes puertas (casi siempre abiertas) que comunican el exterior con el interior.
Es curioso; es extraño… Volver a llevar el uniforme del instituto, la sensación de verme otra vez como un estudiante, recorrer las aulas donde se imparten las clases y reencontrarme con mis viejos amigos. Sentir que mis problemas se reducen a aprobar el curso para dar el gran salto a la universidad. Empezar de cero… de nuevo, por segunda vez. Todo esto pasa fugazmente por mi cabeza cuando Ryuo, uno de mis antiguos compañeros de fatiga con el que perdí el contacto al empezar a trabajar, se reúne con nosotros saludándonos con la mano y preguntando una y mil veces qué tal hemos pasado las vacaciones de primavera. Es como si el tiempo se hubiera detenido en aquel entonces, en la sonrisa de mi amigo, tan pícara como la de Eriol. Pronto se une al grupo Takashi Yamazaki, otro de mis mejores amigos en nuestra etapa estudiantil. Y ninguno de los que me rodea sabe nada. Ninguno tiene ni idea de que yo provengo de otra época distinta a esta, de que mis diecisiete años quedan demasiado lejos de este momento, de este lugar…
Yamazaki sonríe amigablemente mientras me da una palmada en la espalda y comienza a deleitarnos con sus habituales mentiras. Eriol le sigue la broma, pero pronto aparece Chiharu Mihara, la novia de Takashi, y el juego acaba. El timbre suena indicando que debemos reunirnos en el Salón de Actos, donde tendrá lugar la presentación del nuevo curso a cargo de los delegados de cada clase y de la directora del centro, Yuuko Ichihara.
Nos dirigimos hacia el interior del Seijô contándonos batallitas de nuestras respectivas vacaciones. Yo, que en realidad he caído aquí por a saber qué azares del destino, me invento mi propia aventura o cuento experiencias que realmente viví en el pasado, recuerdos de otros tiempos que han quedado atrás. De esta manera atravesamos el hall de entrada y nos reunimos con una nerviosa Tomoyo (que repasa como una loca el discurso que ha de dar en la presentación) al pie del Salón de Actos antes de ubicarnos en nuestros asientos y esperar a que comience.
Los delegados van pasando uno tras otro, soltando de carrerilla las palabras de ánimo hacia sus propios compañeros. Después bajan del escenario y se reúnen en las correspondientes filas con sus amigos.
Al final de la presentación, ni un solo vocablo ha quedado grabado en mi mente, pues no hay más que un único pensamiento revoloteando por mi cabeza…
Y ahora, ¿cómo salgo yo de este brete en donde me he metido?
(Sakura)
La pesada maleta es tan sumamente aparatosa que el portero del bloque de pisos tiene que ayudarme a subirla por las escaleras. Me escruta con la mirada sospechando que soy nueva por el barrio, alguien que claramente acaba de mudarse. Sin embargo, cuando llegamos a mi nuevo hogar, se marcha despidiéndose alegremente después de recibir un caluroso agradecimiento por mi parte.
Durante algunos segundos me quedo plantada en medio del hall de entrada sin saber por dónde empezar. El lugar me resulta tan desconocido que la curiosidad acaba ganando la batalla por lo que, arrastrando la pesada maleta, me adentro en la casa buscando la que será mi habitación. El piso es bastante grande y luminoso, como si hubiera sido sacado del último videoclip de la cantante estadounidense del momento. Lo muebles, de colores claros, combinan perfectamente unos con otros y parece que no hay nada fuera de lugar… si exceptuamos el terrible desorden que se adueña de toda la casa. Por aquí y por allí, la ropa se amontona de cualquier manera a cada rincón, al igual que una cantidad exagerada de libros y revistas. En la cocina, dentro del fregadero, todavía reposan los cubiertos a medio lavar de un apurado desayuno y la encimera está plagada de tarros de mermelada, café, cacao, azúcar y algunas cucharillas. Cuando investigo el interior de los dormitorios, la situación no es mucho mejor: las camas deshechas, las puertas de los armarios entreabiertas, el escritorio a punto de desbordar de tantas cosas que tiene encima, los zapatos tirados por el suelo y un largo etcétera de cosas sin arreglar. Suspiro con resignación preguntándome en qué condiciones estará mi cuarto mientras me encamino al otro extremo de la casa, donde todavía no he mirado. Justo en ese instante suena mi teléfono móvil. Me pongo a tararear el tono de llamada buscando el cacharro en los bolsillos de mis pantalones.
—¿Diga? —contesto cuando finalmente encuentro el móvil y corto la melodía pulsando la tecla de "responder". Una voz muy animada me saluda desde el otro lado de la línea.
—¡Sakura! ¿Ya has llegado a Tomoeda? ¿Has tenido algún problema con el tren?
—¡Hola, Tomoyo! —respondo contagiándome de su alegría. Y es que realmente poder escuchar la voz de mi amiga incrementa mi felicidad. Me convenzo a mí misma de que las cosas aquí podrán mejorar—. Todo está en orden, acabo de llegar a casa.
—¡Imposible! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Todo está hecho un auténtico desastre! —grita ella algo alarmada mientras se debe de imaginar el estado en que he encontrado el piso—. Ven al instituto Seijô, anda. Así resuelves el papeleo de la matrícula y vas conociendo a tus nuevos compañeros.
—Primero tengo que deshacer el equipaje —contesto con rapidez. Ciertamente es más bien una excusa para no tener que ir al instituto. Odio la burocracia y el rellanar un documento tras otro para estar donde tengo, quiero y debo estar—. Oye, ¿cuál es mi habitación?
—La que está al fondo del pasillo. Bueno, en realidad hay dos… están comunicadas por una puerta. La tuya tiene que ser la que esté más vacía y ordenada. —informa rápidamente mientras yo comparo el presunto vacío de mi dormitorio con mi propia vida. ¡Qué triste!—. Siempre y cuando Shaoran no lo haya puesto todo patas arriba esta mañana. ¡Casi no llegamos a la presentación del nuevo curso!
Volviendo a la realidad me reincorporo a la conversación.
—¿Quién es Shaoran? —pregunto con curiosidad tratando de recordar si Tomoyo me ha hablado antes de él.
Ella suspira con impaciencia confirmando que realmente he olvidado ese dato.
—Ya te he hablado de él, Sakura —contesta—. Incluso te mandé una fotografía por correo electrónico. Es ese chico de pelo castaño y ojos ambarinos que vino desde Hong Kong al poco de nacer. Ha estado viviendo en Tomoeda desde entonces.
Intento recrear la imagen de Shaoran en mi cabeza, tratando de traer a mi memoria la fotografía de la que habla Tomoyo. Y, finalmente, recuerdo a aquel muchacho de pelo alborotado y mirada sincera que me sonreía desde la pantalla del ordenador cuando abrí el correo de mi amiga.
—¡Ya lo recuerdo!
—Bien, pues no vuelvas a olvidarte de quién es, porque la habitación que se comunica con la tuya es la de él. Por cierto, ¿cómo se lo ha tomado tu hermano? Que te mudabas conmigo, quiero decir.
Sí, tengo un hermano mayor, de unos veintitrés años. Alto, pelo corto y negro, y ojos vivaces y rasgados. Touya Kinomoto. El miembro más sobreprotector de mi familia cuya mayor afición es hacerme a mí la vida imposible y llamarme "Monstro" en vez de "Sakura" pese a que cada vez que lo hace acabe doblándose de dolor por la patada que recibe en la espinilla por mi parte. ¡Regalo de la casa!
—¿Touya? Bien, ya sabes… Al principio no le gustó mucho la idea, pero no le quedaba otro remedio —digo recordando la cara de mi hermano (parecía un arcoíris de todos los colores por los que pasó) cuando le insinué que quería irme a vivir con mis amigos durante el último curso de Bachillerato—. De todos modos, creo que él también terminará por trasladarse a Tomoeda. A fin de cuentas, mi pasado es también el suyo.
Hablamos a lo largo de quince minutos más hasta que Tomoyo, tras prometer que vendrá lo antes posible para ayudarme con el equipaje y arreglar la casa, cuelga el teléfono para volver a sus quehaceres escolares, que muy pronto serán también los míos.
Continúo caminando por el pasillo hasta localizar la habitación de la que me ha hablado mi amiga. Al abrir la puerta, el desorden es tan abrumador que supongo que me he equivocado de cuarto. Localizo la otra puerta, la que comunica este dormitorio con el mío, y avanzo muy despacio hacia allí. Tomo el picaporte entre mis manos y espero antes de girarlo, dejando vagar mi mirada por la habitación cuyo dueño será ese Shaoran, el amigo de Tomoyo. Hay varias estanterías con CDs de música y algunas películas, una minicadena, un ordenador con su correspondiente impresora y escáner sobre un escritorio de gran tamaño, un armario bastante amplio, la cama y un cuarto de baño al otro extremo de la habitación. En realidad, el cuarto de este chico no es muy diferente al de cualquier otro, pero sí hay una cosa que destaca por encima de las demás: las fotografías. Aquí y allá, sobre la mesita de noche, en las estanterías, en el escritorio y colgadas por las blancas paredes, hay centenares de momentos congelados en madera de roble. Y en todos ellos las caritas sonrientes de Tomoyo, su actual novio (o lo que realmente sea) Eriol y Shaoran traspasan el papel fotográfico como si realmente estuviera mirando a través de una ventana al pasado. Los tres parecen felices. Me pregunto cuántos de estos instantes me habré perdido yo… Cuántos no podré vivir…
Con un deje de amargura giro el picaporte y me encierro en una habitación tan blanca como las otras. Sólo hay una cama, un escritorio y un armario vacío cuyas puertas abiertas de par en par se balancean con el suave viento que entra por la ventana, las cortinas transparentes ladeándose de un lado para otro.
Este es mi espacio; aquí comienza mi nueva vida tras dejar el pasado atrás. A pesar de saber que no estoy sola, que tengo amigos que se preocuparán por mí, que me ayudarán cuando lo necesite y que sabrán sacarme una sonrisa, me siento sola… y tengo miedo. Empezar en un lugar distinto y tratar de vivir de nuevo no significa que el pasado te vaya a abandonar del todo. Siempre hay algo que regresa… y es precisamente eso lo que me hace sentir auténtico pánico. Terror…
Un escalofrío recorre mi columna vertebral, sacudiendo mi cuerpo violentamente. De pronto comienza a hacer un inusitado frío y el blanco de las paredes se me hace demasiado cegador. Me llevo la mano al colgante de plata que adorna mi cuello; un guardapelo que me dio mi abuela hace años. Dentro hay una fotografía… y algo que, literalmente, me da la vida.
(Shaoran)
Los pétalos de cerezo caen en mi nariz provocándome un sonoro estornudo. La primavera y su alergia… No hay nada peor que eso. Me estiro sobre la hierba fresca y verde mientras me acomodo sobre el tronco del árbol donde antaño descansábamos en los recreos o repasábamos para algún examen. Tampoco eso ha cambiado. Y, en realidad, tengo la impresión de que esto es algo que jamás sufrirá modificación alguna.
La presentación se ha alargado demasiado. No recordaba que fuera tan pesada. Ni las bromas de Eriol ni los comentarios de Ryou me han entretenido tanto como para llegar a esa sensación de que el tiempo corre más deprisa de lo normal. Pero por suerte ya me encuentro bajo este sol primaveral que acaricia suavemente mi piel con su calor. Cierro los ojos. Cuando los abro, una apurada Tomoyo corre hacia mí, su larga cabellera negra ondeando al viento mientras grita mi nombre.
—¡Shaoran!
Se deja caer sobre la hierba y apoya su espalda en el tronco del cerezo, recuperando el aliento y recolocándose el cabello.
—Respira, Tomoyo —digo con calma— ¿Qué pasa?
Ella me mira y se sonroja, quizá porque al alzar su rostro se ha dado cuenta de que la distancia que separa su nariz de la mía es prácticamente nula. Se aparta de un salto, con timidez.
—Necesito que me cambies el turno para preparar la cena —comenta rápidamente mientras oculta sus mejillas coloradas tras sus manos—. Sé que hoy me toca a mí, pero estoy preparando los horarios con el claustro de profesores… y Eriol también va a llegar a tarde. A partir de hoy tiene entrenamiento con el equipo de fútbol del instituto, así que si tú pudieras…
Poso mi dedo índice sobre sus labios con suavidad mientras le guiño un ojo. A Tomoyo nunca se le han dado demasiado bien las palabras cuando éstas se alargan… y a mí nunca me ha gustado escucharlas.
—No te preocupes, déjamelo a mí —digo golpeándome el pecho con el puño—. No sabía que los delegados teníais tanto trabajo…
Tomoyo sonríe con apatía acariciando los pétalos de cerezo que se arremolinan en el suelo.
—Bueno, es que este es el último año que estaremos aquí. Hay muchísimas actividades que preparar y tenemos que combinarlas con el horario escolar como tal, ya sabes… Este es nuestro año. ¡Nosotros somos los protagonistas! A fin de cuentas, es el único año que podremos cursar esto…
—¿El único? —repito divertido—. No estés tan segura…
Mi amiga me mira como pidiendo una explicación, pero yo me limito a clavar mi mirada en el claro cielo. Segundos después, una pegadiza melodía reclama la atención de Tomoyo, que extrae su teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta del uniforme para responder a la llamada. Cuando cuelga, se levanta como si tal cosa y alza la mano a modo de despedida.
—¿Te vas? —pregunto, aunque la respuesta es evidente.
—Sí, me reclaman otra vez —contesta—. Encárgate de la cena, entonces. Y recuerda que a partir de esta noche somos cuatro en casa.
Mentalmente hago una rapidísima cuenta con los dedos. O de pronto he olvidado todo lo que aprendí en la primaria acerca de sumar, o realmente me estoy dejando a alguien.
—¿Cuatro?
—¡Venga ya, Shaoran! No sabes cuándo dejar de bromear.
—No, en serio, no sé…
Pero en ese momento Chiharu Mihara, la novia de Yamazaki, a lo lejos llama a Tomoyo y ésta desaparece apresuradamente sin aclararme las cosas.
Me encojo de hombros mientras resbalo por el tronco del cerezo hasta quedar tumbado por completo sobre el césped. Masajeo mis sienes haciendo círculos con los dedos, intentando no pensar en nada, intentando imaginar que cuando me incorpore estaré en mi casa y habré recuperado mi edad, mi familia, mi trabajo y mi vida, a fin de cuentas… Pero no, cuando me enderezo descubro que el paisaje no ha cambiado, que los estudiantes pasean charlando y los pétalos del cerezo siguen cubriendo mi ropa.
¡Maldita sea!
—A veces se trata simplemente de dejar que la vida decida tu propio camino sin pensar en un "sí" imposible. —una voz vagamente familiar atraviesa mis oídos en un temor que no quiero confirmar. Es suave, dulce, adolescente… terriblemente rebelde… Una voz que no debería estar escuchando porque su dueña no puede pertenecer a este mundo de locos. Y viene… ¿del cielo?—. Después de todo, el "no" ya lo tienes.
Apenas elevo el rostro para verificar la dirección de la voz, una chica, literalmente, me cae de las nubes. Ni siquiera me da tiempo a apartarme o a parpadear de la impresión; antes de que me dé cuenta, ya la tengo encima.
La muchacha se levanta entre sonoras carcajadas mientras se peina el pelo, recogido en dos sencillas trenzas, con las manos. Al descubrir que su cabello ha tomado vida propia tras el salto, retira los coleteros con cuidado y se los coloca en las muñecas a modo de pulseras, dejando al viento una cabellera de longitud media. Me observa, sonríe y espera a que me incorpore. Cuando lo hago me fijo más en los detalles… y creo que mi corazón detiene sus latidos durante algunos angustiosos segundos.
Esta chica es… es…
—¿Qué hace un estudiante de último curso como tú aquí sentado? —pregunta dicharachera—. Se supone que todos estáis ocupadísimos desde el comienzo con los preparativos para entrar a la universidad…
—¿Y tú de qué curso eres? —respondo sin ofrecerle información alguna a la par que intento calmarme y buscar explicaciones a toda velocidad.
—Es mi primer año en el instituto Seijô —dice rápidamente tendiéndome una mano que yo dudo en aceptar—. Mi nombre es Tsubasa, pero puedes llamarme simplemente Tsu. ¿Cuál es el tuyo?
Creo desmayarme cuando ella confirma mis temores… porque la muchacha que me sonríe y habla con una alegría que no es para nada habitual en ella no es otra que mi hija. No es sólo cuestión del nombre, no. Es que tiene su mismo pelo castaño, los mismos ojos verdes que los de su madre, idéntico tono de piel… Es ella, es Tsu…
Estrecho su mano con suavidad cuando el silencio entre nosotros comienza a pesar demasiado, a hacerse incluso violento. ¿Pasará algo si le digo que me llamo Shaoran Li? Se supone que soy su padre… Es decir, que ella existe porque nació como fruto del amor entre Sakura y yo… ¿Será que en este mundo irreal hay otro Shaoran y otra Sakura adultos que sean los verdaderos padres de esta Tsubasa? No, es improbable… De ser así le habría extrañado mi parecido… Además, ni Tomoyo ni Eriol han sido capaces de reconocerme, al igual que el resto de mis amigos… Los padres de esta chica tienen que ser otros…
—Yo soy Shaoran Li —digo clavando mis ojos en los suyos.
—Esto… ¿Li?
—Sí, pero mejor Shaoran.
Tsu acepta complacida y me devuelve el apretón. Voy a preguntarle qué diablos hacía encaramada en lo alto del cerezo y a qué venían sus palabras antes de caer sobre mi cuerpo cuando se escabulle por el lateral derecho mientras se despide alzando su mano sin dejar de sonreír.
—¡Encantada, Shaoran! ¡Ya nos veremos!
Y desaparece sin más.
—¿Cuándo? —consigo preguntar entre gritos cuando su figura se difumina en la lejanía.
Ella detiene sus pasos y permanece inmóvil durante algunos segundos. Después se lleva las manos a la boca, como si estuviera hablando por un megáfono, y dice:
—¡Cuando esté preparada!
Sorprendido por la respuesta, me encojo de hombros y decido irme yo también. A fin de cuentas, Tomoyo me ha cambiado el turno y hoy me toca a mí hacer la cena.
Paseo tranquilamente por las calles de Tomoeda hasta llegar al parque del Rey Pingüino. Se trata de un parquecillo infantil con algunos columpios y esas vallas de colorines rojos, amarillos, azules, blancos y verdes en torno a las atracciones. Este lugar recibe su nombre por el inmenso tobogán en forma de pingüino situado en el centro del parque. Aquí solíamos venir a jugar Tomoyo, Eriol y yo cuando éramos pequeños. Tomoyo siempre era una princesita en apuros y Eriol el héroe destinado a salvarla. Yo era el malo malísimo que debía impedir a toda costa la victoria de mi amigo. Esto era así porque ya entonces Eriol andaba diciendo que Tomoyo le gustaba. Sin embargo, cuando crecimos, jamás quiso admitir que estaba enamorado de ella… Y luego, con Tsu… ¡Basta! Ahora eso no tiene importancia. Al parecer, en este mundo Eriol y mi hija no han llegado a tanto… Él está con Tomoyo, así que, ¿por qué habría de preocuparme?
Mientras me pregunto si tendré que pasarme por el supermercado para comprar comida o si la nevera estará llena, me llama la atención una chica que juguetea con un peluche azul dentro de unos tubos de cemento donde los niños suelen sentarse a merendar o donde suelen quedar las parejas para ir a dar una vuelta. El larguísimo pelo castaño le cae en desorden por la espalda y se esparce por el suelo, al igual que el vestido verde de la muchacha. Parece que a ella no le importa que su ropa se ensucie. Lo único que le preocupa es la charla que mantiene con su peluche azul, un perrito de felpa con un collar rojo de pinchos blancos que recuerdo haber visto en otro lugar…
Un momento… ¿La charla? Están… ¿hablando?
Y de pronto, cuando la joven se percata de mi presencia, la reconozco.
Apresuradamente guarda el perrito de peluche en un bolso de tela con forma de pájaro y sale del tubo a toda prisa, tropezándose en su intento de huida y cayendo al suelo con gran estrépito. Es mi momento para alcanzarla.
—¡Eh, tú! —grito corriendo a su lado.
La tomo por los brazos y la ayudo a levantarse, pero ella se aparta de mí bruscamente.
—¡Tengo un nombre, sabes! —espeta con frialdad mientras se restriega la nariz con la mano.
—Resulta que no me has dicho cómo te llamas —replico volviendo a sujetarla por el brazo por miedo a que se pueda volatilizar en el aire. Ella no opone resistencia—. Mira, me es indiferente… ¿Qué es lo que has hecho conmigo? ¿Por qué he retrocedido en el tiempo y por qué nadie parece darse cuenta de lo que está pasando? ¿Qué hace Tsu aquí? ¡Contesta!
La muchacha se hace la sorprendida, pero luego cambia la expresión de su rostro. Exacto, no me he equivocado. Esta persona es la misma que me retuvo cuando iba camino de los juzgados con la excusa de que había perdido una botella de caramelos… Aquella que decía que podía concederme mi mayor anhelo...
—Para el carro, ¿quieres? —dice—. En primer lugar, ¿qué tendría que saber yo de todo esto? ¿Por qué me echas la culpa? Y en segundo, ¿de qué te estás quejando? ¡Te he hecho el mayor favor de tu vida al quitarte más de veinte años de encima!
—Luego sí que has sido tú la persona que me ha metido en todo este lío… —declaro con rotundidad mientras ella asiente con la cabeza, orgullosa de sí misma—. Eh, ¿de qué te ríes? Oye, no sé por qué me has hecho esto, pero quiero que lo dejes todo tal y como estaba, ¿entiendes?
La chica se aparta cuando dejo de presionar su brazo y me saca la lengua sin dejar de sonreír. Hago el amago de volver a retenerla, pero me detengo al comprender que, de algún modo, ella no intentará escaparse de mí otra vez.
—Lo siento, pero eso es imposible —sentencia. Mi rostro se vuelve blanco tiza cuando pronuncia esas palabras.
—¿Por qué no? —estallo bastante enfadado—. ¡Tú eres la única responsable de este mundo caótico e irreal, así que eres tú la que tiene que ponerle fin! Vamos, ¿tienes por afición jugar con las vidas de las personas o qué? ¡Devuélveme mi vida!
—Disculpa, pero yo no he hecho nada que tú no hayas querido…
—¿A qué viene eso? ¡Pues claro que sí!
—Piensa antes de hablar, ¿vale? Y recuerda… Cuando nos conocimos quise saber tu deseo. Tú no lo quisiste compartir conmigo aún sabiendo que yo podía hacerlo realidad. Pero eso no implica que no tuvieras nada que desear. ¡Porque lo tenías! Venga, haz memoria. ¿Qué es lo que más deseabas cuando ibas camino del Ayuntamiento para resolver el tema del divorcio?
Me quedo en silencio mientras trato de recordar… Estaba tan frustrado, tan enfadado conmigo mismo y con el mundo que lo que menos me apetecía era encontrarme con esa loca sin nombre que quería concederme un deseo. Pensé que sólo había una persona que tuviera la culpa de todas mis desgracias. Eso mismo fue lo que se materializó en mi mayor anhelo… Pero mis deseos son míos. ¿Por qué tendría que haberlo compartido con ella? Claro que tenía un deseo, como todavía lo tengo… Y ese deseo es…
—Ojalá no la hubiera conocido… —recito mientras siento que mis músculos se tensan y mi cuerpo se convierte en una masa rígida que no alcanza a moverse—. A Sakura… Tú lo sabías… Sabías que eso era lo que quería.
—¡Premio para el caballero! —confirma ella golpeando mi hombro con suavidad—. Tú eres la persona a la que tengo que conceder un deseo sí o sí, así que, me lo dijeras o no, tenía que hacer algo para convertir tu sueño en realidad.
—¿Y por eso vuelvo a tener diecisiete años?
La joven se sienta sobre los tubos de cemento grisáceo y me invita a que yo haga lo mismo.
—Es más fácil de lo que parece —dice cruzando las piernas y mirándome con mofa. ¿Se está burlando de mí o qué?
—Entonces, ¿quieres explicármelo? Porque yo sigo sin entenderlo.
—Se te ha concedido una nueva oportunidad para vivir tu vida, Shaoran —explica y rápidamente posa su dedo índice sobre mis labios cuando yo los despego para formular una pregunta—. Deja que te lo cuente todo y después pregunta lo que quieras, ¿de acuerdo? —asiento—. Como he dicho, se te ha concedido una nueva oportunidad. Tú crees que todas tus desgracias son por culpa de la que fue el amor de tu vida, Sakura Kinomoto, ¿no es cierto? Pues bien, ahora es el momento de enmendar todos los errores del pasado. Por eso estás en esta realidad. Presta atención porque esto es importante y no lo voy a repetir… El mundo en el que tú vivías con tus cuarenta años se ha desdoblado para cumplir tu deseo y ha creado otro idéntico en el que se han producido ciertos cambios. Para solventarlos, tú y los de tu quinta, por ejemplo, habéis recuperado vuestros años de adolescencia, entre otros cambios, como el hecho de que Tsu también esté aquí. Tus amigos y todas las personas a las que conoces aquí y en el otro mundo son las mismas personas y a la vez distintas, no sé si me explico —niego con la cabeza sin entenderlo muy bien—. Esas personas viven en ambos mundos y en los dos tienen la misma esencia, pero su forma de actuar, su estatus social e incluso sus relaciones con otros humanos son diferentes. No son completamente distintos, por supuesto. Al tener la misma esencia, llámalo alma si quieres, hay cosas que jamás podrán cambiar en ellos.
—Vale, de acuerdo… ¿Y?
—Tu deseo era el de no haber conocido a Sakura. Bueno, era imposible que pudiera concederte algo así, porque no puedes eliminar de tu vida a una persona sin dejar rastro de su existencia, por mucho que quieras o por muy doloroso que te resulte su recuerdo. Simplemente es imposible. Por eso, en este mundo tienes la oportunidad de volver a conocerla y de descubrir si realmente te equivocaste amándola o si, por el contrario, volverías a quererla pese a saber lo que podría pasar en un futuro. Sólo cuando descubras esto podrás recuperar tu antigua vida.
—¡Esto es una encerrona! —exclamo sintiéndome engañado—. ¿Crees que podré mirarla a la cara y no sentir nada? ¿Crees que podré repudiarla o dejarla de amar? ¡Por favor! ¡En mi vida he querido a otra persona como ella! ¡Estar aquí no tiene sentido! ¿No lo ves?
—La cuestión no es esa, Shaoran —interviene la misteriosa desconocida—. Se trata de que descubras si te arrepientes de haberla conocido. Si es así podrás enamorarte de otra persona y cuando estés preparado para darme una respuesta, si eres feliz con la vida que llevas, dejaré que tu deseo cambie para que puedas quedarte a vivir en este mundo caótico e irreal, como tú lo llamas. Después de todo, Sakura no fue la única chica de tu vida, ¿me equivoco?
Sopeso sus palabras. Quiero gritarle que se equivoca, que no necesito su ayuda y que lo que realmente deseo ahora es que me devuelva a mi propio mundo. Pero, por otra parte… ¿Me arrepiento de haber conocido a Sakura? Si la respuesta es sí y tengo la oportunidad de empezar desde cero… ¿Por qué no aprovecharla? Es cierto que ella no ha sido la única chica de mi vida. Hubo otra en concreto que… Sin embargo, aquella historia era complicada, demasiado complicada... Y no trajo más que problemas. No obstante…
—¿Y qué pinta Tsu aquí?
—Me pareció interesante traerla a este lugar.
—Ella no tiene nada que ver con todo esto…
—Bueno, considerando que tú eres su padre me parece que estás equivocado. Es una buena oportunidad para que conozcas a tu hija desde otro punto de vista ahora que prácticamente tenéis la misma edad.
—¿Y qué ha pasado en el otro lado? ¿Se supone que hay un yo de cuarenta años que sigue viviendo su vida?
—No, el otro mundo y todos sus habitantes han quedado congelados hasta que tu deseo se haga o no realidad. Pero el resto de la gente no notará que el tiempo se ha detenido y cuando recupere su curso será para ellos como si hubiera transcurrido un solo segundo.
—Vale, aclarado. Ahora, otra cosa: ¿Por qué soy yo el único que sabe lo que realmente está pasando?
—Porque así me han ordenado que lo haga.
—¿Ordenado? ¿A ti? —pregunto escéptico—. ¿Quién?
La joven sonríe y señala el cielo con su dedo índice.
—Supongo que alguien de allá arriba a quien le caes bien y que quiere que seas feliz de un modo u otro.
—¿Alguien de allá arriba? —repito. La situación se me hace de lo más absurda. Más aún lo que estoy a punto de decir—. ¿Dios?
Ella se encoje de hombros.
—Quizá… Tampoco sé más que tú. Sólo sé que yo también tengo un deseo y que lo cumpliré si el tuyo se hace realidad. No me preguntes qué es lo que yo quiero porque no te lo voy a decir. Tampoco te diré cómo he conseguido que se desdoble el mundo para crear una copia del mismo y hacer los cambios necesarios para mantener el equilibrio. Puede que algún día lo sepas, pero ahora es mejor que permanezcas en la ignorancia. Lo único que debes tener claro es que tarde o temprano terminarás por encontrarte a Sakura y entonces tendrás que decidir qué es lo que quieres y qué vas a hacer. Además, ten en cuenta que cualquier cambio físico que suceda aquí, también tendrá repercusiones en tu mundo original. Si, por ejemplo, hubiese un accidente de tráfico con víctimas mortales, esas personas también perderían la vida en el otro lado, ¿lo entiendes? Tienes que… tener cuidado. En cualquier caso, te estaré vigilando muy de cerca. Y siempre que quieras preguntarme algo podrás encontrarme, aunque no sea capaz de responder tus inquietudes —aturdido por la oleada de información sacada de un libro de género fantástico soy incapaz de decir nada—. ¿Tienes alguna pregunta más antes de que me vaya?
Eso consigue bajarme de la nube.
—¿Cómo te llamas? —pregunto con sencillez.
La chica sonríe con sinceridad mientras junta las palmas de sus manos.
—Kobato —susurra antes de desvanecerse en un remolino de pétalos de cerezo.
—Kobato… —repito yo mientras el brillo de sus ojos castaños que muy poco tienen de humano se graba en mi memoria… para siempre.
(Sakura)
Cuando anochece ya tengo ordenada toda la casa. Nadie ha venido por aquí, así que sigo estando sola, con todo el tiempo libre del mundo para organizarme y tomar parte en mi nueva vida como ciudadana de Tomoeda.
El programa de cocina de las ocho comienza a aburrirme cuando la receta se vuelve demasiado complicada como para seguir el ritmo de todos los pasos. Y lo peor es que acaba por entrarme el hambre, por lo que me dirijo hacia la cocina para saquear la nevera. Me pregunto entonces si debería preparar algo para cenar… pero cuando abro el refrigerador lo encuentro tan vacío que la duda queda resuelta y el hambre se incrementa. Regreso al salón, donde me tumbo en el sofá y busco a tientas una manta para echármela sobre cuerpo. No he dado con ella cuando llaman a la puerta y me incorporo bruscamente sin conseguir otra cosa que marearme.
—¡Es Tomoyo! —me digo a mí misma saltando del sofá mientras vuelvo a calzarme las zapatillas de andar por casa y me precipito hacia el recibidor.
Estoy nerviosa. ¿Cuántos años han pasado desde que no nos vemos? ¡Más de diez! La he visto en fotografías que nos hemos enviado la una a la otra por correo electrónico y nos hemos telefoneado durante todo este tiempo, pero seguro que todo ha cambiado en ella. ¡Y ahora está tras la puerta! ¡Sólo cinco centímetros nos separan! Todo esto es lo que pienso mientras busco las llaves en el interior de los bolsillos de mis pantalones. Ah, ahí están. Las introduzco en la cerradura y las hago girar una, dos y hasta cuatro veces. La puerta cede y queda abierta de par en par. A penas he girado el pomo cuando me abalanzo sobre la persona que espera en el umbral.
—¡TOMOYO! —grito con una sonrisa de oreja a oreja echándole los brazos al cuello. Oculto mi cara en su camiseta con los ojos cerrados, dejándome embriagar por su perfume.
Sin embargo, noto que las cosas van mal cuando ella no corresponde mi abrazo. Analizo la situación rápidamente. Joder, esta Tomoyo está demasiado crecida… Y no me refiero a nivel de desarrollo físico, no, porque está como una tabla (¿A dónde han ido sus curvas? ¡Si yo era la más plana de las dos!). Además, debería sentir los mechones de su pelo negro entre mis dedos, pero estos sólo presionan una espalda demasiado ancha como para que sea de una chica. ¿Tomoyo se ha cambiado de sexo? ¡No, imposible! Entonces… Ay, Dios…
—Eh…
Me aparto a la velocidad del rayo tapándome la boca con las manos e intentando disimular inútilmente el rojo de mis mejillas. ¿Por qué? Todo iba bien, todo era perfecto… Hasta que me doy cuenta de que la persona que está en el portal no es Tomoyo… ¡Es un chico!
—¡Lo siento! ¡Perdóname, soy una despistada! —exclamo muerta de la vergüenza—. Es que creí que eras mi amiga y como hace mucho tiempo que no nos veíamos pues yo, yo…
Me obligo a detenerme porque, punto uno, la lengua se me traba, y punto dos, porque el muchacho se acerca tanto a mi rostro que mi nariz prácticamente roza la suya. Sostiene mi barbilla entre sus dedos índice y pulgar y me escruta con la mirada. Yo, por mi parte, creo morir cuando parece que quiere acortar más las distancias, pero estoy tan petrificada y tengo tan embotado el cerebro que soy incapaz de tener cualquier reacción. Por suerte, es él quien interviene.
—¿Sakura?
—Eh, sí, sí… ¡Sakura Kinomoto! —digo con énfasis saliendo de mi letargo.
De pronto, el joven se aparta como si le hubiera dado calambre, pero con todo y eso se quita las deportivas y entra en casa como si tal cosa. Esto… ¡¿Quién se ha creído que es?
De un par de zancadas le doy alcance para voltearlo y hacer que me encare directamente.
—Disculpa, pero se supone que cuando vas de visita a una casa ajena lo primero que haces es presentarte como es debido. ¡No entrar por tu cuenta como si fuera la tuya, maleducado!
Por toda respuesta me tiende el teléfono inalámbrico que estaba situado en una mesita a su izquierda.
—De acuerdo, entonces llama a la policía y denúnciame. Después de todo no sería la primera vez… —masculla con rabia—. Di que ha entrado un ladrón.
No comprendo del todo sus palabras. ¿Cómo voy a tener por costumbre denunciar a una persona que ni siquiera conozco? ¡Será estúpido! Sin embargo, pienso que sólo está tomándome el pelo, lo que me hace ser más valiente de lo que en realidad soy. Esta vez no me achanto ni dejo que me pueda la vergüenza. Antes de que pueda planear nada me adelanto y le agarro por el cuello de la camisa.
—Dime quién diablos eres tú —exijo con peligrosa suavidad—. ¡Y cómo es que sabes mi nombre!
Parece titubear durante algunos segundos, pero después recupera su aire de insoportable superioridad y seguridad.
—No bromees —dice—. Se nota a la legua que tienes cara de llamarte Sakura…
—¡Venga ya! ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —pregunto incrédula—. ¿No tienes nada mejor?
Se encoge de hombros con indiferencia. Yo, por mi parte, comienzo a perder la paciencia.
—Ahora en serio… ¡Dime quién eres o tendré que denunciarte de verdad!
Con cuidado retira el teléfono inalámbrico de mis manos y enrolla un mechón de pelo entre sus dedos. Por algún motivo, su tacto me resulta… electrizante. Es una sensación extraña que no me disgusta pero que, en cualquier caso, me hace estremecer… y no sé si es de miedo o de a saber qué otra cosa. Sonríe con picardía antes de hablar.
—Soy Shaoran Li… y resulta que esta también es mi casa.
Shaoran Li, Shaoran Li…
Y las fotografías, los mails que Tomoyo me ha enviado hablándome de él, ubicándome para conocerle antes de que nos presentaran, aquellos ojos ambarinos que tantas veces me han cautivado con su aparente calma y sinceridad a través del papel fotográfico… ¡Él es mi compañero de habitación y en vez de ser agradable con él he estado a punto de denunciarlo a la policía!
Tierra… ¡Trágame!
—Lo-lo siento mucho… —me disculpo por segunda vez en menos de quince minutos. Genial… —. No tenía ni idea de que tú eras mi compañero de piso, perdona… Ya has visto que soy una torpe.
—Bah, no te preocupes —dice inexpresivamente dirigiéndose a la cocina—. ¿Preparamos algo para cenar? Me muero de hambre…
Me enseña una bolsa de plástico que contiene los ingredientes necesarios para preparar un flan de vainilla para seis comensales (¡Menudo flan!, ¿no?). Asiento divertida con la cabeza y lo sigo a través del pasillo.
—Tomoyo me ha cambiado el turno, pero no sabía si había algo para cenar, así que he optado por comprar el postre —explica sacando todos los ingredientes de la bolsa y colocándolos sobre la encimera—. Pensé que sería mejor si lo preparábamos nosotros mismos. Creo que si seguimos la receta… ¡Nada puede ir mal!
Le sigo la corriente y nos ponemos manos a la obra con el flan. Nos reímos, jugamos, tonteamos. Descubro que Shaoran puede ser amable si se lo propone y decido que me gustaría ser tan amiga de él como lo soy de Eriol y Tomoyo, los cuales, por cierto, no tardan demasiado en llegar y nos pillan desprevenidos con una masa amarillenta que no es más que un intento de flan, nuestras ropas manchadas de arriba abajo y la cocina echa un auténtico desastre.
—Creo que si seguimos la receta… ¡Nada puede ir mal!
Por supuestísimo. ¿Quién ha dicho lo contrario?
—¿Hacen unas pizzas? —pregunta Eriol al ver el caos que hemos montado Shaoran y yo en unos minutos mientras Tomoyo se pregunta quién va a limpiarlo todo.
Ninguno de los cuatro pone objeción alguna cuando Eriol comienza a marcar el número de teléfono de la pizzería.
Y así se pasa mi primera noche en Tomoeda, con mis amigos ocupando los sofás del salón, contando anécdotas que nos han sucedido durante todos estos años de ausencia, cenando juntos, bromeando, viendo los programas de la televisión, volviendo a conocernos, escuchando música e incluso haciendo una guerra de almohadas antes de ir a la cama.
Son estas las razones por las que he regresado a Tomoeda, pienso mientras doy vueltas y más vueltas entre las sábanas, la luz de la luna bañando mi cuerpo con su tenue calidez de plata. Las razones que me hacen ser feliz y por las que voy dejar el pasado atrás. Son mis amigos, mi nueva vida y todo lo que vendrá después lo que hará cambiar el resto de mis días a partir de ahora.
Son las cosas que me hacen ser Sakura Kinomoto, la chica que pasará a la Historia por ser la única persona del mundo que vivirá a tope su vida sin preocuparse del mañana, del famoso "y Dios dirá", de lo que diga o deje de decir la gente. Sin preocuparse de amar.
CONTINUARÁ...
Notas de la autora:
¡Buenas noches a todos! Lamento el retraso en la publicación de este capítulo. Con todos los exámenes no he podido tenerlo listo antes. Luego me pillaron las vacaciones de Semana Santa y me marché al pueblo, como siempre, y allí no tenía conexión a Internet así que no podía subirlo de ninguna manera.
Bueno, contadme, ¿qué tal ha ido? Ojalá que la espera haya merecido la pena. Ya tenemos ubicados a la amyoría de los personajes, pero todavía quedan muchas sorpresas y gra parte de la trama por desvelarse. En los reviews, cainat06 dijo que la calificación del fanfic no era adecuada en cuanto a lo dramático. Bien, es cierto. Soy la primera que está de acuerdo y muy probablemente lo cambie. Pero este fanfic, a parte de romance, tiene sus toques de drama (que no pueden faltar en mí xDD) y también de humor (algunos capítulos más que otros). Por eso no sabía dónde ubicarlo con exactitud y muy probablemente termine cambiándolo cuando lo estructure un poco más.
Antes de seguir con este apartado, agradezco a las catorce personas que me dejaron sus reviews en el capítulo anterior: KonohaChan, Esthercita93, DeidadSak, sandynany 3, AIKO1504, Jade226, priss, Luz, caritom25, Ravishing Girl, cainat06, chifuni-chan, chocofresas y Kanra-Hei.
¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!
Ah, caritom25 me preguntó si tenía Facebook y bueno, la verdad es que no, no lo tengo. Sí, parece mentira, pero es cierto. Sin embargo, pronto tendré que hacérmelo xDD Cuestión de tempo. Sin embargo, ya sabéis que mi Twitter está abierto a todos vosotros. Es Esther_Ampuero y si me habláis por ahí suelo responder. También podéis decirme cuál es vuestro Twitter (si lo tenéis) para que yo también os siga. Contesto siempre a no ser que no tenga conexion a Internet (lo cual sucede en verano).
Creo que eso es todo por ahora.
Intentaré no demorarme demasiado con el próximo capítulo, pero ya sabéis que ando muy ocupada con la universidad y mis cosas (lo que me recuerda que tengo que sacar un hueco para actulizar el blog). De todas formas, de mayo no pasa xDD Prometido. Y, de verdad, muchas gacias por vuestro apoyo y por dejarme vuestras opiniones capítulo a capítulo. ¡Sois geniales!
¡Un abrazo muy fuerte! Aquí os espero en el siguiente y para leer vuestros reviews. ¡Hasta pronto!
Esther :)
