Adaptación de novela
Autora original: Deborah Releigh. Derechos reservados©
Titulo de la obra: Some Like It Brazen
Sin fines de lucro
Capitulo 2
En su búsqueda, los dedos de la mujer se deslizaron por los muslos de Edward con la sutileza de un toro. Casi atragantándose con el delicioso bocado de pollo que acababa de llevarse a la boca, él arrojó una mirada de soslayo a la mujer sentada a su lado.
Como anfitriona, lady Beauvaille era sin duda una belleza sensual, admitió de mala gana. Aunque ya había pasado la flor de la juventud, tenía curvas exuberantes y sus ojos oscuros ardían anhelantes.
Y, sin embargo, aunque no le molestaba en absoluto que lo toquetearan por debajo de la mesa, hubiera preferido que la mujer en cuestión no tuviera un marido célebre por su puntería, o uno que casualmente estaba sentado frente a él.
Bebiendo tranquila su vino y mientras fingía interesarse en el anciano general sentado a su lado, la anfitriona continuó con la atrevida inspección de su entrepierna. Los ágiles dedos apretaban y acariciaban con indudable maestría. Luego, comenzaron a trabajar con un propósito implacable. Edward tragó de prisa mientras trataba de eludir el decidido ataque.
¿Acaso esa mujer había enloquecido? Maes o le había advertido que la rica señora hubiera perdido la razón, pero quizás esa era la manera de comportarse de la sociedad londinense. Quizá todas las anfitrionas tenían la costumbre de acariciar a sus invitados.
Al verse rechazada, lady Beauvaille se volvió hacia él con un discreto mohín.
—¿Qué sucede, mi querido lord Harrington, tiene algún problema?
Limpiándose los dedos con la servilleta de hilo, Edward consideró con rapidez sus opciones. No quería iniciar una escena desagradable ni ocasionar un escándalo. Por otro lado, no quería que ella creyera que él tenía interés en una relación más... íntima.
La sola idea lo hacía estremecerse. Era muy exigente en cuanto a sus amantes. Además, conservaba intacto su instinto de auto preservación.
Tener sexo banal con una mujer que sin duda les había abierto las piernas a una considerable cantidad de caballeros no valía el riesgo de recibir una bala de plomo en el corazón.
Confiando en no resultar hiriente, le sonrió con la mayor amabilidad.
—¿Qué problema podría tener, querida lady Beauvaille? —murmuró—. Los rumores acerca de sus extraordinarias virtudes como anfitriona no le hacen justicia: nos ha engalanado con un banquete digno de la realeza.
Los ojos oscuros escrutaron su expresión deliberadamente impasible. Se demoraron en el color dorado de su mirada y en su lacio cabello rubio. Luego, con toda intención, descendieron en un lento y audaz examen de sus anchos hombros y su estrecha cintura.
Por primera vez en sus veintiocho años de vida, Edward comprendió lo que siente una mujer cuando la desnudan con la mirada. Y no lo encontró tan agradable como suponía.
—Confío, mi querido lord Harrington, que no solo mis virtudes como anfitriona lo atrajeron a esta pequeña reunión —dijo lady Beauvaille con voz meliflua.
Edward resistió el impulso de aflojar el nudo de su corbata. Si hubiera sido una liebre, habría salido disparando hacia el agujero más próximo.
—Bueno... sí, por cierto.
Ella se humedeció los labios con la lengua como una cazadora a punto de devorar a su presa.
—Me parece que pensamos igual. ¿Quizá podamos discutir nuestros intereses en común más tarde en el jardín de invierno? ¿Después de que empiece el baile?
Se oyó un ruido sordo del otro lado de la mesa, y Edward descubrió la expresión de sospechosa inocencia de Maes. Maldita rata tramposa. Su amigo conocía a la perfección la tendencia de lady Beauvaille a acosar a sus huéspedes y no le había hecho ninguna advertencia. Sin duda, estaba disfrutando con su incomodidad.
Como no era uno de esos hombres que dejan pasar un gesto tan amable sin su merecida recompensa, Edward se inclinó para tomar su copa de vino mientras le daba una fuerte patada a Maes en la pierna. Tuvo la satisfacción de escuchar un apagado quejido, pero no pudo escapar de la mujer que lo seguía mirando como si fuera un apetitoso bocado.
—Debo de coincidir en que es un ofrecimiento tentador, mi querida señora. Sin embargo...
Como una bendición del cielo, el difícil trance fue interrumpido por lord Beauvaille, quien carraspeó para indicar que había llegado el momento en que las mujeres se retiraran de la mesa.
Con un último y desvergonzado apretón a la pierna de Edward, lady Beauvaille se levantó majestuosa de su silla y encabezó el grupo de damas en su partida desde el comedor hasta el cercano salón. A salvo por el momento, Edward dejó escapar un silencioso suspiro de alivio.
¡Diablos! Se había imaginado una cantidad de posibles escollos en su camino hacia Londres. Errores vergonzosos, equivocaciones ingenuas, que lo desaprobaran por exceso de fingida afectación. Pero ser acosado por una ardiente señora en su propia mesa, nunca. Y ahora la atrevida mujer buscaría el momento de encontrarse con él en el jardín de invierno.
Con una punzada de nostalgia por la simple y tranquila existencia que había dejado atrás, Edward bebió su oporto y obediente celebró los chistes subidos de tono que se barajaban en la mesa. Incluso aceptó fumar un pequeño cigarro, y no tosió con el desagradable humo. Ya se había disipado por completo cualquier esperanza de una charla inteligente acerca de las nuevas leyes que se discutían en la Cámara de los lores, o de alguna referencia a las últimas novedades de Europa. Era obvio que solo las conversaciones más frívolas estaban permitidas en esas ocasiones.
El ruido de los huéspedes que se acercaban señaló el comienzo del baile. Con la esperanza de que no se notara su impaciencia, Edward siguió al rebaño que avanzaba escaleras arriba. Una vez dentro de la deprimente opulencia del salón marfil y oro, se hizo a un lado y esperó.
Le llevó un buen rato, pero por fin el esbelto y elegante caballero entró por la puerta y se detuvo para observar a la muchedumbre con su monóculo. Edward no vaciló. Se acercó y aferró a la maldita rata por el pescuezo y lo atrajo hacia un rincón.
—¿Ibas a alguna parte, Maes? —murmuró, con un destello en la mirada.
Pasando con suavidad la mano sobre su traje azul, Maes sonrió con una inocencia que contrastaba con la picardía de sus ojos.
—Oh, estás aquí, Edward. Temí que hubieras huido.
—Créeme, la idea me cruzó por la cabeza más de una vez. Por desgracia, mi deseo de estrangularte fue más fuerte que el deseo de regresar a casa y preparar mi equipaje.
Maes sacó un pañuelo de encaje para pasárselo por la nariz con aire ofendido.
—Por cierto, Edward, no hay motivo para estar de semejante humor. A pesar de que el pollo estaba demasiado cocido y las verduras más blandas de lo que se rumorea acerca de la virilidad de lord Beauvaille. Pero debemos reconocer que los dulces fueron maravillosos.
Edward resopló, tratando de ser paciente. Esto no era lo que habían acordado.
—Muy gracioso, querido amigo. Sin embargo, debes saber que mi disgusto no tiene nada que ver con el chef de lady Beauvaille.
—¿No?
—No —sus ojos se entrecerraron con malicia—. ¿Por qué no me lo advertiste?
—¿Advertirte qué cosa?
—Maes...
Los finos labios hicieron una mueca interrogativa, pero notando que había provocado a su amigo más allá de la cuenta, Maes suspiró.
—Oh, muy bien. No te lo advertí porque en ese caso hubieras huido como una virgen aterrorizada en el mismo instante en que lady Beauvaille se te acercara.
¿Virgen aterrorizada? Edward se puso rígido ante el ultraje. Lo habían insultado de muchas maneras, pero nunca le habían dicho algo semejante.
Sin duda porque la mayoría de los caballeros preferían no recibir una paliza que los dejara al borde de la muerte.
—Ridículo —gruñó.
—Vamos, vamos. No te enfades. No es mi culpa que, a pesar de todas tus buenas cualidades, la voluntad de engaño no esté entre ellas. Llevas cada uno de tus pensamientos escrito en el rostro.
—Por suerte, no necesité engañar a nadie en Kent —replicó indignado—. Allí un caballero es juzgado por su honestidad y su integridad.
—Santo cielo, qué conceptos más aburridos.
Edward no pudo evitar sonreír.
—Yo los encuentro muy saludables.
—Sin duda —Maes revoleó su pañuelo—. Sin embargo, estás en Londres y no en Kent, y aquí descubrirás que tu saludable honestidad no te servirá para nada.
Edward sintió una aguda punzada de nostalgia. Maldición. Solo quería estar de regreso en su vieja casa con un buen libro y un vaso de brandy. Esa era su idea de una velada perfecta. Por desgracia, Maes tenía razón. Él estaba en Londres, atrapado en los ridículos juegos de una selecta minoría.
—¿Te refieres a que debo soportar con una sonrisa en los labios que una mujerzuela entrada en años me manosee por debajo de la mesa?
—Exacto. Lady Beauvaille es un personaje importante en la alta sociedad. Si tú rechazaste sus avances o le dejaste entrever tu disgusto por sus peculiares costumbres, puede llegar a hacerte la vida imposible.
—Maravilloso —refunfuñó.
—Además, ver cómo te atragantabas con tu bocado de pollo no tuvo precio.
Edward no pudo evitar una risa ahogada. Sin duda, el maldito canalla había disfrutado de la escena.
—Me alegra haberte entretenido.
—No le des importancia al asunto.
Lord Harrington gruñó, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Ahora, mientras tú disfrutas de tu pequeña broma, quizá tengas la amabilidad de informarme cómo demonios me libraré del encuentro en el jardín de invierno. Me estará esperando tan pronto como empiece la orquesta.
—¿En realidad estás seguro de que deseas evitar el encuentro? —preguntó curioso—. Es cierto que lady Beauvaille no es una jovencita, pero conserva su belleza, y se dice que tiene talento.
El conde no intentó ocultar un escalofrío.
—Y también está casada. Si bien no la encuentro repulsiva, no pierdo el tiempo con las mujeres de otros caballeros.
—Honesto y con principios —Maes suspiró con mundana afectación—. Diablos, no podrás sobrevivir entre los nativos, viejo amigo.
—Tú deber es asegurarte de que lo logre.
Maes hizo una mueca al descubrir que la anfitriona despellejaba a Edward con ojos ávidos de deseo.
—Oh, muy bien, intentaré distraer a lady Beauvaille. Tú quédate aquí y evita hechizar a alguna otra dama desesperada.
Incapaz de resistirse a cobrar una pequeña venganza ante la burla de su amigo, Edward le sonrió con dulzura.
—Gracias, Maes. Ten la certeza de que le hablaré a Gracia de lady Beauvaille y de los terribles sacrificios que te viste obligado a hacer por mí.
De repente, el esbelto caballero se puso rígido y observó a su amigo con el ceño fruncido. Pocas personas en Londres no habían descubierto aún que el pícaro de antaño estaba ahora bajo la autoridad de la fuerte personalidad de su mujer.
—Una palabra de esto a Gracia, y te tendré amarrado dentro de un corsé antes de que puedas pestañear —murmuró.
—Solo si tu dulce esposa no te asesina antes. Sé que es capaz de hacerlo.
—Yo también —respondió con amargura.
El extravagante dandy se dio media vuelta con desdén y se abrió paso entre la multitud. Todavía sonriente, Edward se fue hundiendo en las sombras y se apoyó contra una pared. Seguro que Maes encontraría la forma de distraer a lady Beauvaille. Había pocos que podían resistir sus encantos. Eso, sin embargo, no lo liberó de su malestar.
La sonrisa se desvaneció mientras su mirada ociosa recorría el salón de baile. A pesar del tamaño de la sala, se sentía sofocado por la multitud cada vez más numerosa, además percibía las miradas burlonas que le dirigían. Santo cielo, la velada recién empezaba y ya deseaba estar a kilómetros de distancia. ¿Cómo demonios soportaría tres meses de esa tortura?
Distraído, levantó una mano para tironear de la maldita corbata que se le clavaba en la garganta y le hacía cosquillas en el mentón. Aún faltaban horas para que llegase el momento en que pudiera ofrecer excusas razonables y retirarse, cuando descubrió a una exótica belleza de pie en un rincón distante.
Edward se quedó sin aliento. Se olvidó de parpadear. E incluso de tragar.
Por todos los diablos, ella era exquisita.
A la luz de las velas su cabello parecía tan hermoso y brillante como el radiante sol. Sus Cabellos estaban primorosamente recogidos en lo alto de la cabeza, con un fleco en su frente y mientras algunos mechones sueltos acariciaban el marfil di las mejillas. Sus ojos azules parecían dominar el rostro de óvalo perfecto. Poco a poco su mirada deslumbrada descendió para contemplar la esbelta figura, envuelta en un resplandeciente vestido amarillo. De inmediato el cuerpo de Edward se encendió.
Que ella luciera como un ave del paraíso entre pálidas palomas no fue Io que llamó y retuvo su atención, sino la fuerza que emanaba y parecía reverberar en el aire a su alrededor. No era una mujer que uno pudiera arrastrar por la vida. Oh, no. Ella se abriría paso sola. Dios proteja a quien pretendiera interponerse en su camino. Con un estremecimiento sintió la imperiosa necesidad de cruzar el salón y reclamarla para sí.
Por suerte no había perdido del todo el tino.
Aun si estaba dispuesto a arrojarse a sus encantadores pies, no lograría más que poner en aprietos a la pobre mujer y quedar en ridículo.
Lord Harrington sabía que se estaban divirtiendo a sus expensas. Él era un burgués, sin sofisticación, y carecía del prolijo encanto que admiraban las damas. Le hacía falta pulirse mucho todavía antes de poder acercarse a una mujer de esa clase. Por ahora, ella podía tomarlo por un caballero o por un sirviente. Sin permitirse el riesgo de hacer algo ridículo, Edward se apartó de la pared y se encaminó decidido hacia las puertas de vidrio.
El aire sofocante y el espantoso chirrido de los violines que estaban aliñando en un lejano rincón le daban jaqueca. Necesitaba un poco de aire fresco para sobrevivir esa noche.
Y quizás una saludable dosis de arsénico.
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Lady Winry alimentaba su espléndida furia en un rincón del salón de baile de lady Beauvaille.
Una vez más.
Estaba tan maravillosamente furiosa, por cierto, que nadie más que los muy torpes o los muy desesperados habrían tenido el valor de dirigirle una sonrisa.
¡Como se había atrevido su padre!, pensaba, con una alta dosis de autocompasión. Ya era lo bastante espantoso que hubiera consagrado la tarde a romperle sin piedad el corazón, y a arruinarle el futuro. Ni el más vil de los padres estaría satisfecho después de semejante hazaña.
Insistirle para que asistiera a esta aburrida reunión mientras todavía estaba sufriendo por su espíritu destrozado era totalmente intolerable. Necesitaba tiempo para calmar sus nervios. Unos pocos días para aceptar lo inaceptable.
Por primera vez en su joven vida, sin embargo, ni sus berrinches ni sus lágrimas impresionaron en lo más mínimo a su padre. Por cierto, cuando proclamó categóricamente que nada le impediría pasar la noche sola en sus aposentos, el duque la había amenazado con toda brutalidad, diciéndole que la cargaría por encima del hombro y la llevaría al baile de los Beauvaille en enaguas, si no quedaba más remedio.
Era suficiente para que la más dócil de las muchachas quedara embargada por una total frustración. Y Winry nunca había sido dócil.
Por desgracia, a pesar de su deseo de patalear y gritar y arrojar objetos frágiles, no pudo más que resignarse a soportar su malestar en estoico silencio. Dios sabía los rumores que correrían cuando se descubriera que su padre había alejado a Stephen de su lado. Ella no podía provocarlo más portándose como una fierecilla furiosa. Al menos, no en público.
En privado, bueno... ese era un asunto por completo diferente, pensó, mientras su padre se acercaba indiferente a su lado.
—Debo admitir, querida mía, que luces encantadoramente trágica aquí sola, de pie en este rincón —murmuró—. Una especie de Juana de Arco, de hecho. Hacer el papel de mártir no es la mejor manera de atraer a un futuro marido.
Winry abrió su abanico y observó a los invitados que daban vueltas por el salón de baile.
—Por suerte, no tengo el más mínimo interés en un futuro marido. Tú te encargaste de que fuera así.
Le pareció oír un suspiro ahogado, pero cuando su padre habló, solo notó diversión en el tono de su voz.
—Ah, supones que te convertirás en una solterona con el corazón hecho pedazos. Sin duda vivirás con tu hermano mientras él lucha por evitar que las propiedades terminen en la ruina y te conviertas en una de esas viejas tías amargadas que asustan a los niños.
Winry se puso rígida, rechazando el horrible cuadro que acababa de pintar su padre. Diablos... ni siquiera había pensado semejante atrocidad. Agitó el abanico hasta que sus rizos se balancearon en la corriente de aire.
—¿Y a ti que te importa?
—Más allá de mi profundo desagrado por los niños malhumorados, no quiero que atormentes a tu hermano —hubo una pausa estratégica—. Parece que tendré que tomar las riendas con mis propias manos.
Con un creciente malestar, Winry le dirigió a su padre una mirada cargada de sospechas.
—¿Y eso qué significa?
—Que si tú no eliges un marido, lo haré yo.
La afirmación categórica le resultó tan violenta como si la hubiera abofeteado. O incluso más. Por unos instantes, Winry tuvo que luchar para recuperar el aliento.
—Bromeas.
—En absoluto. Un marido rico sin duda será generoso con los miembros de su nueva familia. En especial si eres lo bastante inteligente como para complacerlo.
—No —sacudió la cabeza—. No me puedes forzar a...
—Creo que ya te debe haber quedado claro que puedo obligarte incluso a casarte —con toda tranquilidad hizo caso omiso de su furiosa respuesta, levantando con despreocupación su copa mientras se volvía para contemplar a la multitud que pasaba—. Déjame ver... ¿Qué te parece lord Stackhouse? Tiene edad suficiente como para soportar con paciencia tu mal carácter y es lo bastante rico como para hacerte vivir a lo grande.
El abanico se le cayó de las manos por el espanto.
—¿Has perdido la razón?
—En absoluto.
—Por el amor de Dios, es lo bastante viejo como para ser mi abuelo. Por no mencionar que huele a col hervida.
Imperturbable, el duque dirigió su atención a un barón lleno de granos, de apariencia rubicunda y andar vacilante.
—Muy bien. ¿Qué te parece sir Hewitt? Tiene solo unos pocos años más que tú y ha heredado una considerable fortuna.
—También es un borracho incurable y de una estupidez inconcebible.
—Lo cual solo significa que puede ser manejado con mucha facilidad por una hermosa y joven muchacha.
Sin comprender si su padre estaba tan ebrio como el barón, lo miró incrédula.
—¿Quieres que produzca una manada de hijos con cerebro de ganado y un profundo amor por la botella?
—Quizá no —concedió de mala gana—. Mmmh... no hay tantos solteros que reúnan los requisitos necesarios como uno querría. De lord Carlfield se dice que está en la ruina, y el señor Summers ya se las ha ingeniado para enterrar a tres esposas. No me parece apropiado.
Ella sintió náuseas, conocía los chismes acerca de que Summers sentía una morbosa atracción por las mujeres enfermas.
—Antes me arrojo por el acantilado más próximo.
—Ah, bien, me parece que las opciones son desalentadoramente escasas. Pero no perdamos las esperanzas, todavía queda la velada de lady Talford.
Apretando los dientes con tanta fuerza que sentía que se le romperían, Winry cerró los puños a los costados de su cuerpo.
—Con seguridad no tomaste en cuenta al caballero en aquel rincón. No parece estar en la miseria, el único requisito que al parecer te importa de mi futuro marido.
Su padre estudió al caballero alto, que estaba en una distante penumbra. Para la sorpresa de su hija, se quedó rígido de horror.
—¿Lord Harrington? De ninguna manera.
De inmediato, Winry se sintió intrigada. Si su padre rechazaba al hombre, entonces había que conocerlo mejor.
—¿Por qué? ¿Está casado?
—No.
—¿Sus bolsillos no están lo bastante llenos como para sacarnos del pozo?
—Su fortuna es más que considerable.
Winry alzó las cejas.
—Le late el corazón y tiene una considerable fortuna. ¿Qué más puedes pedir?
—Es el Conde Campesino.
Le llevó unos minutos a Winry relacionar el despectivo título con el más reciente miembro de la alta sociedad,
—¿El amigo de lord Bidwell?
Resopló en señal de desaprobación.
—Una muy curiosa vinculación, debo decir. No tenía idea de que Maes tuviera inclinación alguna por los granjeros.
Winry frunció el ceño, sorprendida. A pesar de todos sus defectos, su padre nunca había sido un mojigato. Dominante, autoritario y arrogante pero nunca un mojigato.
—Nunca me imaginé que condenaras a un hombre por haber trabajado con las manos, padre. ¿No eras tú el que decía que un arrendatario leal valía más que una docena de dandis inútiles?
—Para mis propiedades, no para mi hija —respondió con altanería—espero que tengas el cuidado de evitar presentaciones innecesarias, Winry. No sabemos si se cree con derecho a visitarte.
—Por cierto —murmuró Winry, volviendo a observar al Conde Campesino.
Curiosamente, notó que estaba fascinada. Había pocos miembros de la sociedad que ella ya no conociera bien. Era una especie de club reducido y exclusivo, que rara vez sufría cambios o admitía nuevos integrantes. Nunca un extraño como ese hombre, pensó con una rara sensación, mientras lo estudiaba con atrevimiento.
Era más alto que la mayoría de los caballeros. O tal vez no más alto, pero sí corpulento... más masculino, advirtió con auténtica capacidad de apreciación femenina. No necesitaba los encajes y chucherías que llevaban la mayoría de los caballeros para esconder sus torsos estrechos o sus mentones débiles.
Y ese rostro asombrosamente bronceado... era apuesto, su cabello largo y rubio iba recogido en una cola de caballo y tenía unos ojos color dorado que la cautivaban. Ese caballero llamaría la atención dondequiera que estuviese. O, mejor aún, no se dejaría intimidar por nadie.
Ni siquiera por un duque.
Winry sonrió. Quizá percibiendo la orientación de su rebeldía, su padre la miró frunciendo el ceño.
—¿Winry, que estás elucubrando?
En perfecta sincronía, el misterioso caballero se alejó de la penumbra y caminó hacia las puertas de vidrio y salió a la terraza.
—Decidí que quiero saber más de ese Conde Campesino.
—De ninguna manera —masculló su padre, manteniéndose detrás de ella—. Te lo prohíbo.
Ella no vaciló un instante.
—Si posee los bienes que tú dices, padre, entonces no tengo ninguna necesidad de tu aprobación.
—Winry... —el duque se detuvo junto a las puertas de vidrio, mientras su hija avanzaba decidida hasta ubicarse justo frente al asombrado conde.
Se sintió atemorizada por un momento mientras elevaba la mirada hasta el severo rostro masculino. Algo le advertía que ese hombre no se parecía a ningún otro que ella hubiera conocido. Pero, mientras todavía bullía en su mente una mezcla de dolor, frustración y rabia, ignoró las pequeñas campanadas de advertencia.
En ese momento lo único que le interesaba era castigar a su padre.
—Milord, no hemos sido presentados como corresponde.
El conde de Harrington arqueó las cejas mientras la miraba con una sonrisa burlona.
—¿Sí?
—Winry, ven aquí de inmediato —ordenó su padre, como si ella fuera su perrito.
Era todo lo que hacía falta para que ella perdiera el control. Sin más, se acercó sin ningún pudor al caballero y le sonrió con audacia.
—Quiero que sepas que pronto serás mi marido.
Se oyó un gruñido ahogado detrás de la joven, al tiempo que su padre se alejaba lleno de furia o de horror. Sintió un relámpago de satisfacción por haber superado al duque en su propio juego. Más tarde se disculparía por su conducta. En ese momento, sin embargo, estaba demasiado interesada en satisfacer su infantil necesidad de atacar a su padre para que le importara.
Sus labios empezaron a curvarse en una sonrisa petulante, cuando, sin advertencia alguna, unos fuertes brazos la tomaron por la cintura y la apretaron contra un pecho duro como el granito.
Azorada, abrió la boca para protestar por el sorpresivo gesto. Demasiado tarde, sus palabras quedaron ahogadas por una de ardientes y talentosos labios.
—Oh, Dios mío.
Continuara...
Gracias por la promo Le Confidant XD
