AN: Este capítulo no contiene violencia, pero sí la menciona.
Capítulo 27
Yo temía que sería una noche encerrada con toda la familia, y fue casi eso, ya que sólo faltaban Rosalie y Emmett. No pregunté, aunque supuse que habrían salido ya que no los oía en la casa.
Pusieron el capítulo número uno de un documental. Al parecer tendría que bancarme una maratón. Me dio lata. Y cuando sentí lata, Jasper me miró y sonrió.
-A Daniela le parece aburrido ver documentales –informó en voz alta. Lo miré frunciendo el ceño.
-Me da lo mismo, Jasper –murmuré.
-¿Qué te gustaría ver tesoro? –Me preguntó Carlisle.
-¿Dibujos animados? –Propuse, con la secreta esperanza de que eso les diera lata a ellos y me dejaran en paz. Vi que Edward sonrió.
-Daniela espera que eso nos parezca aburrido a nosotros y que desistamos –informó Edward en voz alta.
Sentí un poco de rabia. ¿Por qué habían decidido acusarme?
-Ok, todos veremos dibujos animados –dijo Carlisle, entusiasta. Se sentó con el control remoto, y Esme me tomó en brazos sin preguntarme y me sentó entre ella y Carlisle.
¿Se habían puesto de acuerdo para mosquearme?
Carlisle escogió una serie antigua de capítulos de Tom y Jerry en el proveedor de contenidos, y puse los ojos en blanco internamente. Pero no dije nada. Me refugiaría en mi cueva interna, mi capilla para cuando la vida me obligaba a pasar tiempo con el resto del mundo.
Cuando había conseguido que mi mente encontrara su lugar de paz, Edward abrió la boca y me acusó.
-Daniela no está viendo los dibujos animados –informó, a nadie en particular-. Sólo está imaginando que está en una cueva que mira a un bosque.
-¿Por qué no me dejas en paz, Edward? –Pregunté, cansada.
-Tú querías ver dibujos animados –respondió sonriendo-. Así que lo mínimo que podrías hacer es verlos.
-Pongan lo que quieran –contesté resignada-. Me da lo mismo de todas formas.
-¿Qué quieres ver? –Volvió a preguntarme Carlisle.
¿Me estaban tomando el pelo?
-Me da lo mismo –insistí.
-Escoge algo –insistió él.
Comencé a sentirme un poco cabreada.
-Esto que pusiste tú, Carlisle, está bien –murmuré resignada-. Intentaré concentrarme. Lo siento.
-Escoge algo –insistió Carlisle poniéndome el control remoto en la mano.
Resoplé.
-Ok. Buscaré en la letra C de Carlisle –dije, un poco picada-, escogeré el contenido número 17 y veremos qué sale.
-Te pedí que escogieras tesoro –insistió Carlisle.
-Y yo escogí un método aleatorio para determinar qué veremos, Carlisle –murmuré, intentando que no se notara que comenzaban a exasperarme-. Si no te gusta puedes escoger tú, o podemos seguir viendo Tom y Jerry…
-¿Qué quieres ver? –Preguntó Carlisle, sonriendo, pero quitándome el control remoto.
-No sé, escoge tú Carlisle –gruñí.
-Dime que quieres ver –insistió.
Esa conversación no tenía sentido. No iba para ninguna parte. ¿Qué mierda les pasaba?
-Escojo el contenido número 17 de la letra C –le dije, perdiendo la paciencia.
-¿Cómo se llama eso que quieres ver? –Preguntó Carlisle, con calma y sonriendo.
-No sé, Carlisle –resoplé-. Si quieres yo lo busco.
-No, dime qué quieres ver y yo lo buscaré –dijo riendo.
-¿Te estás burlando de mí? –Le pregunté cabreada.
Me sentí nerviosa. ¿Hace cuánto tiempo que no perdía el control? Me forcé a calmarme.
-Quiero ver la primera de Harry Potter –continué con calma-. Por favor –agregué, para que se notara que cooperaba y dejaran de hacerme preguntas.
-¿Seguro que eso quieres ver? –Preguntó Carlisle, con una sonrisa amable.
No pude evitar mirarlo de mala manera. Se me escapó un gruñido, pero lo controlé de inmediato.
-Me pediste que escogiera y escogí –respondí con los dientes apretados-. Ahora veré eso, o lo que ustedes decidan poner, y no pienso responder a ninguna otra pregunta.
-Pero esa película ya la viste, ¿no? –Preguntó. Seguía calmado. Me forcé a controlar la ira extraña que me estaba invadiendo. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? No contesté, y cerré los ojos.
-Hija, te hice una pregunta –insistió Carlisle.
-Sí Carlisle –me resigné a contestar, aunque sin abrir los ojos-. La vi cuando todavía era humana, hará unos treinta años. Y me gustaría volver a verla.
-¿En serio te gustaría? –Preguntó.
Abrí los ojos. De pronto me quedó claro: me estaban molestando a propósito. Intenté ponerme de pie, pero Esme me agarró, me sentó sobre sus piernas y me abrazó de modo que no pudiera escapar. Cerré los ojos, y decidí no hablar.
-Te hice una pregunta, tesoro –insistió Carlisle.
No le contesté. No podía ver su reacción. Pero, de pronto, sentí sus dedos bajo mis costillas. Y me hizo cosquilla. Pero, en vez de darme risa, me llené de ira. Y, no sé por qué, no sé cómo, de pronto le había agarrado un brazo y se lo había mordido.
Abrí los ojos, asustada, cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer.
-Lo siento Carlisle –le dije de inmediato.
Carlisle no parecía enojado. De hecho, puso su otro brazo frente a mi boca.
-Puedes morderme si quieres –me dijo con calma.
-No quiero morderte –murmuré bajando la vista-. Lo siento, no sé qué me pasó –confesé.
-Puedes morderme si quieres –insistió con calma, con su brazo todavía frente a mi boca.
-No –le dije, y se lo corrí con una mano.
-Hazlo –insistió, volviendo a ponerlo frente a mi boca.
-¡Que no, Carlisle! –Le grité, sin lograr contenerme-. ¿Me puedes dejar en paz por favor?
-Sólo cuando hayas escogido de verdad lo que quieres ver –me dijo, bajando el brazo por suerte.
Volví a cerrar los ojos. Aunque la ira que había sentido había desaparecido de inmediato luego de gritar, me sentí incómoda. Lo único que quería era volver a mi cuarto, meterme dentro de la cama y taparme completamente aunque no pudiera dormir. Me moví, intentando que Esme me soltara. Pero en vez de soltarme me tomó una mano y me la apretó ligeramente.
-Esme… ¿Me acompañarías a mi cuarto por favor? -Le rogué.
-No hija –me respondió ella, apretándome más la mano que me tenía tomada-. Vamos a ver una película todos juntos. ¿Cuál quieres ver?
No contesté, ni abrí los ojos. Sospeché que comenzaría un diálogo inútil como el que acababa de entablar con Carlisle. Comencé a cantar en mi cabeza, contando los kilómetros a pie, una canción estúpida que había aprendido en clases de francés, una vez.
-Está cantando Un kilomètre a pied –informó Edward.
-¡Córtala! –Le grité abriendo los ojos.
-¿Qué película te gustaría ver? –Volvió a preguntar Carlisle.
-¿Por qué me molestan? –Pregunté angustiada, ignorando su pregunta.
-Está angustiada –informó Jasper.
-¡Déjenme en paz! –Les grité a todos.
Carlisle me volvió a pasar el control remoto, y me hizo cariño en el pelo. Me sentí más calmada, luego cansada, y finalmente resignada. Comencé a buscar en el menú, y puse una de terror que me tincó.
-¿Les parece esta? –Pregunté-. Tiene cuatro estrellas.
-Sí, esa íbamos a ver –dijo Alice, contenta.
La miré feo.
-Podrías haberlo dicho antes –murmuré, poniéndole play.
Nadie contestó, pero Esme y Carlisle sonrieron. Esme me levantó un poco, Carlisle se sentó todavía más cerca, y al final quedé sentada sobre ambos (en vez de entre ambos). Intenté pararme, pero no me dejaron. Finalmente, resignada, me acomodé lo mejor que pude.
Esme me tomó una mano, y no me la soltó más. Se pasó la película entera haciéndome cariño en la mano con el pulgar. Y Carlisle me rascó la cabeza periódicamente, como si fuera un gato que tenía sobre su falda. ¿Eso era ahora? ¿El gato de la familia? Prefería ser caballo. Era menos irritante.
Bastó que pensara en eso para que Edward se volviera y mirara a Carlisle. Y deben haber estado de acuerdo, ya que a pesar de que no le dijo nada Carlisle entendió en qué estaba pensando.
-No eres un caballo tesoro –murmuró-. Eres un vampiro, eres nuestra hija, y la menor de tus hermanos.
-Sí sé –murmuré, sin apartar la vista de la película.
-Repite –insistió-. "No soy un caballo, soy un vampiro".
-Estamos intentando ver una película Carlisle –le respondí bajito-. ¿Por qué no te callas?
Percibí como todos se habían quedado completamente quietos, pero nadie se volteó a mirarme.
-Está bien, hija –me dijo serio, tirándome levemente la oreja-. Pero cuando termine la película hablaremos de esto.
De pronto me sentí incómoda. No tenía ganas de hablar con Carlisle, ni después de la película ni nunca en realidad. ¿Estaría enojado porque lo había hecho callar?
-Tiene miedo –informó Jasper, sin mirarnos.
Sin pensarlo, le tiré el control remoto a la cabeza. No le di, ya que Alice levantó la mano y lo agarró justo a tiempo.
-Te odio Alice –gruñí-. Los odio a ambos –corregí.
Alice y Jasper se volvieron a mirarme, y me sonrieron sin responder. Luego volvieron a ver la película.
-No tengas miedo –me dijo Carlisle al oído, bajito-. Pero no quiero que les vuelvas a lanzar objetos a tus hermanos.
No hubo más incidentes en la película, por suerte.
-¿Quieres ver otra? –Me preguntó Esme, cuando la película terminó.
-No -dije en forma automática.
-Entonces vamos –me dijo Carlisle, levantándome y llevándome en brazos al comedor.
-Puedo caminar, ¿sabes? –le recordé.
-Lo sé, hija –me respondió, pero no me soltó.
Ya en el comedor por fin me dejó en el suelo.
-Siéntate, y espérame un momento –dijo, y salió. Lo oí dirigirse a su escritorio.
Me senté, y esperé. Volvió rápido. Tenía un libro, un cuaderno y un lápiz mina. Se sentó también, y empujó el cuaderno y el lápiz hacia mí.
-Quiero que escribas "No debo faltarles el respeto a los demás miembros de mi familia." –ordenó.
Abrí el cuaderno, era de cuadritos. Agarré el lápiz y escribí lo que me dijo en la primera página.
-Muy bien, hija –me dijo-. Ahora sigue escribiendo lo mismo en las líneas que siguen.
-¿Me estás haciendo copiar líneas? –Le pregunté, entre molesta y resignada.
-Sí tesoro. Comienza por favor.
-¿Es un castigo?
-Sí. ¿Entiendes por qué?
-¿Por pedirte que te callaras? –asumí.
-Sí, Daniela. Por eso y por lanzarle el control remoto a Jasper. Es una falta de respeto. Ahora comienza por favor.
-¿Cuántas veces? –Pregunté.
-Hasta que llenes el cuaderno.
-¡¿Qué?! –Le pregunté horrorizada.
-Eres un vampiro, hija –explicó-. Si te dijera cien veces terminarías en cinco minutos.
Lo quedé mirando, pero sólo apuntó al cuaderno con la mandíbula, como diciéndome "qué esperas".
Me resigné, y comencé a copiar. Él abrió su libro, y comenzó a leer. Pude oír como en la casa todos volvían a sus actividades.
Algunas páginas más tarde, se me acabó la punta del lápiz.
-¿Carlisle? –Comencé a preguntar. Él levantó la vista, y ya tenía que haber asumido que pasaría eso porque se metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un sacapuntas metálico y lo puso frente a mí. Luego agarró un pocillo de cerámica que estaba de adorno en el mueble junto a la mesa y me lo acercó.
Le saqué punta al lápiz, resignada. Él continuó leyendo, y yo continué escribiendo.
-.-
Poco antes del amanecer, cuando afuera comenzaban a cantar los pajaritos, yo ya había llenado más de tres cuartos del cuaderno, y Carlisle ya había ido por su segundo libro.
-¿Carlisle? –Le pregunté tentativamente.
-¿Sí, hija? –Me preguntó, levantando la vista de su libro.
-¿Puedo seguir más tarde?
-No.
-¿Hasta cuándo tendré que escribir esto? –Pregunté, intentando que no sonara a queja.
-Hasta que llenes ese cuaderno –insistió-. Ya te lo había explicado al principio –agregó un poco molesto.
-¿No iremos a cazar hoy?
-Sí, y si para entonces todavía no terminas continuarás cuando volvamos –explicó-. Pero confío en que terminarás pronto.
Lo quedé mirando, y decidí no insistir. Volví a escribir.
-.-
Esme se asomó poco más de una hora después.
-Alice dijo que Daniela ya está terminando –informó contenta.
Carlisle levantó la vista de su libro, y miró lo que estaba haciendo. Ya estaba en la penúltima hoja.
-Bueno, ya era hora. Diles a los niños que estén en el auto en 5 minutos. Iremos a cazar temprano, porque quiero llevarlos a un parque que queda lejos –dijo Carlisle a su esposa, luego se dirigió a mí-. Termina por favor Daniela.
En menos de cinco minutos ya había terminado la última hoja. Le pasé el cuaderno a Carlisle.
-Toma. Por fin terminé.
-¿Y a qué conclusión llegaste? –Me preguntó, sin abrir el cuaderno, sino que levantándose y metiéndolo en un cajón libre del mueble junto a la mesa.
-Qué no te tengo que hacer callar ¿no? –Pregunté.
-Muy bien Daniela. ¿Qué más?
-Que no tengo que lanzarles cosas a los demás –respondí, suponiendo que eso era lo que esperaba que yo dijera.
Si hay algo que había aprendido bien en todos los años de escuela que había cursado es a saber qué esperaban los adultos que yo respondiera en cada situación. Y responder directamente lo que ellos esperaban hacía que preguntaran mucho menos.
-Excelente –dijo contento-. Aunque lo que espero es que trates a los demás con respeto en general. Vamos.
Salió del comedor y lo oí salir de la casa. Como podía escuchar a los otros que ya estaban en el todoterreno, fuera del garaje, lo seguí de inmediato. Cazar era una de las actividades que había comenzado a apreciar a lo largo de los últimos años, ya que durante ese tiempo los vampiros no hacían tantas preguntas. Además, a veces conseguía quitármelos de encima por un buen rato. Desde que habían muerto mis padres, casi dos años antes, ellos sabían que yo ya no tenía ninguna razón para huir. No tenía donde volver. No tenía a nadie más que a ellos. Y la verdad es que hasta el día anterior no se me había ocurrido escapar.
Pero me obligué a pensar en otra cosa, ya que no quería que Edward o Alice pudieran "oír" o "ver" algo y que me acusaran. Me jugaría en contra que los vampiros se pusieran paranoicos.
-.-
El viaje fue de varias horas, y los pesados se pusieron a cantar todos Un kilomètre a pied.
-Familia de locos… –murmuré, cuando ya iban a llegar al centésimo kilómetro a pie.
Carlisle fue el único que dejó de cantar, y me miró por el espejo retrovisor con una gran sonrisa en la cara.
-Si quieres puedes proponer otra canción –me dijo.
Todos me miraron, y subieron el volumen de su canto como para presionar. Me llevé los dedos a los oídos.
-¡Ok! –Les grité, pero como no se callaban asumí que debía comenzar a cantar yo para que ellos lo hicieran. Estaba tan aturdida con el nivel de ruido que sólo se me ocurrió la de los elefantes.
-Un elefante, se balanceaba, sobre la tela de una araña… -Comencé a cantar.
Por suerte los otros se callaron, pero de inmediato comenzaron a cantar conmigo la canción de los elefantes. Por suerte lo hicieron a un volumen razonable. Al tercer elefante intenté hacerme la tonta y dejar de cantar, pero al instante ellos volvieron a la canción de los kilómetros a pie. Entendí la indirecta y retomé la canción de los elefantes. Y ellos, riendo, volvieron a cantar la canción de los elefantes conmigo.
Muchos elefantes más tarde, cuando por fin llegamos al parque al que Carlisle quería llevarnos, entramos por la verdadera entrada y estacionamos donde correspondía. Nos alejamos por el sendero "humano" como cualquier otra familia pero, cuando Edward avisó que ya no podía oír a otros humanos cerca, nos alejamos a áreas más salvajes a velocidad vampiro.
Yo tenía la esperanza de que mi escapada del día anterior no afectara la costumbre de dejarme cazar sola, pero no tuve suerte. Al momento de dispersarse, Esme me tomó la mano.
-¿Ya no me dejarán cazar sola? –Pregunté, cuando nos quedamos solos con Esme y Carlisle.
-No hija. No queremos que vuelvas a tentarte –explicó Esme.
-¿Y si prometo no escapar?
Se miraron.
-Alice dijo que escaparías si te dejábamos cazar sola –explicó Carlisle.
-No lo haré –prometí. Aunque internamente deseaba que me dejaran sola para tener alguna opción de desaparecer.
-Dije que no, hija –insistió Carlisle-. Te quedarás con Esme mientras yo te traigo algo.
No le contesté.
Carlisle se fue, y me quedé sola con Esme, que no me soltó la mano.
-¿Va a ser así siempre, de ahora en adelante? –Le pregunté amargada-. ¿Van a hacerme otro bloque?
-Va a ser así por ahora, aunque no sé qué ocurrirá en el futuro –explicó Esme, algo triste-. Pero espero que nunca tengamos que volver a usar un bloque.
-Odio mi vida –murmuré.
-Te aconsejo relajarte, tesoro –respondió Esme-. Te acompañaremos, e intentaremos que lo pases bien y que de a poco te vayas sintiendo más feliz.
-Ya escuché eso antes… -le contesté, intentando que no sonara demasiado sarcástico, ya que no deseaba pelear con ella.
-Todo se va a arreglar –prometió Esme, sonriendo. Pero yo tenía mis dudas y no le contesté. Esa frase "todo se va a arreglar" también la había escuchado antes…
Carlisle volvió rápido. Venía con un animal de cuernos curvos para mí y una rata viva agarrada de la cola. Él ya debía haber cazado porque tenía los ojos más claritos. Esme arrugó la cara, pero no comentó nada. Me dio un beso en la cabeza, me soltó, y luego de besar a su esposo en la boca (muy de lejos, claramente deseosa de no tocar la rata) se fue.
-Bebe –me dijo Carlisle, indicando al animal aturdido-. Luego te puedes beber esta rata si quieres –agregó riendo.
Puse los ojos en blanco, pero obedecí. Me demoré un poco porque era grande y yo no tenía mucha sed. Cuando me pasó la rata me la bebí igual, para no ofenderlo. Mal que mal, entendía que estaba intentando hacerme sentir bien, o al menos reír.
Carlisle me ayudó a enterrar el cornudo (tiramos la rata en el mismo agujero). Apenas terminamos, y nos limpiamos las manos en un poco de nieve que había, me tomó la mano como lo había hecho su esposa.
-¿Quieres que cace algo más para ti cuando Esme vuelva? –Preguntó.
-No, gracias Carlisle. Estoy completamente satisfecha –le aseguré.
-Ok, hija. ¿Cómo te sientes?
-Bien –respondí mecánicamente.
-¿Seguro? –Insistió mirándome a los ojos.
-¿Qué esperas que te conteste, Carlisle? –Pregunté algo cansada. Odiaba los diálogos que seguían a la pregunta "¿Cómo te sientes?".
-La verdad, hija –contestó-. Siempre espero que pienses en las preguntas que te hago, y que me contestes lo más honestamente que puedas.
-Ok. Me siento bien –respondí con amabilidad. A veces esa simple y cordial respuesta servía, y conseguía que dejaran de insistir. Otras veces andaban más preguntones, y la respuesta no servía. En este caso sirvió, a medias, porque me siguió hablando aunque de otro tema.
-Cuando volvamos a casa escribirás más líneas –informó. Eso llamó mi atención, y me dio un poco de rabia.
-¿Por qué? –Pregunté con calma, intentando que no se notara que me había enojado.
-Por intentar escapar ayer –explicó.
-¿Copiaré líneas cada vez que te enojes por algo que yo haga? –Pregunté con neutralidad, esperando que no lo considerara una falta de respeto.
-No tiene que ver con que me enoje o no –explicó-. Tú sabes que no tienes que escapar. Y sabes que tienes que tratar a los demás con respeto. Son las reglas, y las tienes que cumplir. Y sí: de ahora en adelante, cuando rompas las reglas, te castigaré haciéndote copiar líneas.
-¿Quieres llenarte de cuadernos con las mismas frases escritas una y otra vez? –Pregunté. Aunque me desagradaba copiar la misma tontería muchas veces, me tranquilizaba que pareciera haber descartado la idea de volver a pegarme.
-No. Si vuelves a faltarle el respeto a alguien te haré leer el cuaderno que escribiste en voz alta. Supongo que si escribirlo todas esas veces no funciona, tal vez leerlo otras tantas consiga que te convenzas.
Me quedé pensando. Supuse que no sería tan terrible. Aburrido, pero soportable. De todos modos decidí intentar no faltarle el respeto a nadie. Había conseguido pasar muchos años con un comportamiento perfecto. Podría lograrlo. Lo mejor sería hacer lo que había hecho todos esos años, y reducir la interacción al mínimo indispensable.
-Ok. Entiendo Carlisle. Gracias por avisarme y escoger no golpearme más.
-No volveré a entrenarte de esa forma –me dijo tranquilizadoramente-. Pero espero que no comiences a portarte mal, porque si ni escribiendo líneas ni leyéndolas consigues comportarte, no descarto volver a pegarte.
-He vivido un montón de años sin cometer ningún error –me defendí, con frialdad-. No necesitas amenazarme tanto.
Carlisle suspiró, cerró los ojos un par de segundos y me apretó la mano.
-No intento amenazarte –contestó -. Intento tranquilizarte. Pensé que si sabías qué esperar dejarías de tener miedo.
-Ok. Pero hubiera preferido que me prometieras que nunca volverías a ponerme un dedo encima –le expliqué, intentando un tono diplomático a pesar de que el tema me ponía un poco tensa-. Eso hubiera resultado mucho más tranquilizador.
-Y yo preferiría que copiar líneas bastara para que te abstuvieras de romper las reglas en el futuro –contestó en el mismo tono-. De hecho, la idea de hacértelas leer en voz alta es darte una segunda oportunidad.
-Carlisle. Ya entendí, y el tema me pone nerviosa –murmuré mirando el piso, ya que no quería verlo a la cara en ese momento-. ¿Podemos guardar silencio hasta que vuelvan los demás?
Carlisle me agarró y me tomó en brazos.
-¿Estás molesta, hija?
-No. Más bien incómoda –expliqué-. Y preferiría que Esme y tú dejaran de tomarme en brazos como si fuera un bebé.
-Es una forma de hacerte cariño –explicó, sin hacerme caso.
-Me desagrada.
-¿En serio? ¿O lo dices solamente porque estás molesta en este momento? –Insistió, sin ponerme en el suelo.
-Carlisle… ¿Edward o Jasper nunca te han contado cuánto me desagrada que me tomen en brazos?
Se quedó pensando unos segundos.
-Me han explicado cuánto te asusta tener toda clase de contacto físico con quien sea, y que te sientes más cómoda cuando nadie te dirige la palabra –confesó finalmente-. Pero creo que te haría mucho daño si te hiciera caso, y dejara de hablarte o de acercarme a ti, hija. Así que, aunque te asuste o te moleste, seguiré haciéndote cariño y hablándote todo lo posible.
-No te odiaba hasta hace unos minutos, Carlisle. Pero conseguirás que te odie de veras si insistes –lo previne.
-Preferiría que me odiaras a que siguieras encerrada dentro de ti misma sin comunicarte con nadie –respondió descaradamente.
-¿O sea que no me dejarás en el suelo?
-No hasta que lleguemos al comedor y te siente frente a otro cuaderno en blanco.
-¿Cuántos cuadernos en blanco tienes? –Pregunté con la mandíbula algo apretada.
-Sólo tenía uno, anoche, y era para otra cosa –confesó-. Pero ayer le encargué a Rosalie que comprara un paquete, cuando me vi enfrentado a tener que castigarte después de tantos años. Aunque lo normal hubiera sido darte unas palmadas por intentar escapar, te vi tan asustada que no quise hacerlo. Preferí buscar una forma alternativa de llamarte la atención, y cruzar los dedos para que funcionara. Pero, aunque no me guste la idea de que hayas intentado escapar, o de que nos trates mal, me alegro de que al fin estés haciendo algo más que andar como un robot día tras día. Eso no es vivir hija.
-Bueno. Gracias supongo –murmuré resignada. Sólo tenía que intentar no ofender a nadie. Y, sobre escapar, tendría que actuar en forma inteligente, para que funcionara al primer intento y no me atraparan…
Carlisle por suerte no siguió hablando, y se limitó a hacerme cariño en la espalda. Intenté que no se notara lo tensa que eso me ponía, y aproveché que los brujos no estaban para pensar con privacidad. Si quería escapar, tenía que procurar no hacer planes concretos que Alice pudiera "ver", y no pensar en nada relacionado con la idea de escapar mientras Edward estuviera cerca.
Lo mejor sería intentarlo cuando estuviera sola con Esme, esperar a que se presentara una buena ocasión. Tarde o temprano tendría que relajarse un poco, o distraerse el tiempo suficiente como para que yo pudiera intentar algo. Tuve una idea. Yo había visto innumerables veces cómo manejaban los vampiros. De pronto tuve la certeza de que, de tener un auto y las llaves (y tal vez algo con qué alzarme para ver por el parabrisas), lograría conducir lejos. Tendría que ser uno de los vehículos más "bajos" eso sí. Supuse que el auto de Alice serviría. En ese sólo me había subido unas pocas veces, cuando Alice me llevaba de compras, pero sabía que Alice siempre guardaba las llaves en su velador. No había verificado que todavía lo hacía, en la nueva casa, pero si había sido así en todas las casas anteriores, seguro que en esta mantendría la costumbre, ¿no? Y su coche era muy rápido. Pero no debía hacer planes concretos, sino sólo mantenerlo al nivel de ideas. No me ayudaría en nada que Alice se pusiera paranoica. Guardaría las llaves en otra parte, o me acusaría con sus padres, y eso sería muy contraproducente.
Me obligué a pensar en otra cosa. Aunque no podía oír a los otros vampiros cerca, no quería arriesgarme a que Edward notara que acababa de tener un embrión de plan.
-.-
Cuando los vampiros fueron volviendo, me concentré en lo mucho que me molestaba que Carlisle me hiciera copiar líneas. Supuse que ese sería un pensamiento (y sentimiento) normal y oportuno para alguien que acababa de pasar la noche copiando líneas y que se pasaría el resto del día haciéndolo nuevamente. Y funcionó: Alice y Edward me miraron con pena, y Jasper me mandó un poco de calma con su don.
Carlisle mantuvo su palabra: le pidió a Emmett que condujera el auto y no me soltó hasta que llegamos al comedor. Me hizo cariño en la cabeza todo el viaje. Eso me exasperó al principio, aunque a mitad de camino ya me había relajado y no me molestaba. No se les ocurrió ponerse a cantar, por suerte, y eso me alegró.
Cuando llegamos, Carlisle me dejó junto a la mesa del comedor y se fue a su escritorio. Mientras tanto, fui a vaciar el cuenco de cerámica a la chimenea de la sala y volví rápido, ya que Carlisle me había dicho que lo esperara. Aunque supuse que no se enojaría porque hubiera simplemente ido a vaciar el pocillo.
-¿Por qué fuiste a la sala? –Preguntó apenas volvió de su escritorio.
-¡Sabía que preguntarías eso! –Le dije, sonriendo para aligerar el ambiente. Le mostré el pocillo-. Sólo fui a vaciar el basurero –expliqué-. Debiste haberme traído un bolígrafo, o un portaminas.
-Yo creo que debería pasarte una pluma y un tintero, para que te cueste más –respondió.
Lo miré alarmada.
-Es broma, hija –me dijo de inmediato, sonriendo-. ¿Prefieres usar un portaminas?
-No. De hecho me gusta tener una excusa para parar de vez en cuando –le contesté con franqueza.
Carlisle me pasó el cuaderno que traía. Este tenía una tapa monocromática verde, a diferencia del que me había pasado en la noche, que tenía la foto de un atardecer. También me pasó un nuevo lápiz mina.
-Este es para cuando se te acabe el lápiz anterior, que ya está un poco corto.
-Esto es poco ecológico –le dije, sentándome. En cierta forma me sentía más relajada de que se tomara el asunto del castigo con humor-. Tanto papel y lápices, usados para algo tan poco útil. ¿No preferirías que digitara las líneas en una computadora?
-No. Podrías hacer trampa y usar copy and paste sin que yo me diera cuenta. Además, el hecho de que veas en todo momento cuántas páginas te quedan por llenar ayudará a que te arrepientas.
-Si me dijeras que digitara un número equivalente de líneas sabría de todas formas cuántas líneas me faltan –expliqué.
-Lo dices en serio o sólo como broma –me preguntó Carlisle con calma.
-Era broma, lo siento –le respondí, volviendo al tono serio.
Carlisle sonrió todavía más.
-Aunque sea un castigo, y se supone que deberías estar molesta y aburrirte, me encanta que hagas bromas –dijo contento.
-No creo que me dure mucho el buen humor –aseguré, mirando el cuaderno.
-Ok, hija –dijo, poniéndose más serio-. Escribe "No volveré a escapar, porque me pondría en peligro y preocuparía a mi familia.".
Le hice caso, deseando que hubiera dejado la frase en las cuatro primeras palabras nada más. Lo bueno es que conseguí hacer la letra bien grande, y que "familia" quedara en otra línea, pensando que así me ahorraría muchas líneas. Lo malo fue que Carlisle se dio cuenta, y me hizo borrar la línea entera con la goma del lápiz y volverla a copiar con letra normal, en una sola línea. Pero por suerte se lo tomó con humor.
Y, copiando eso, con Carlisle leyendo al lado, me pasé buena parte del día. Fue aburrido, pero por alguna razón no lo encontré tan desagradable. Y fue reconfortante notar que estaba sintiendo algo que no resultaba tan desagradable.
-.-
