Disclaimer: Mamá Rowling es dueña de Harry Potter. Tan solo me adjudico la historia y algunos personajes que estan poco cuerdos. No gano nada, lamentablemente, con esto.

He aquí el segundo capítulo, mis bebés. Espero que lo disfruten también, al igual que yo al escribirlo.


Like Dominoes

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De pelirrojas neuróticas

"Come on pretty baby, give me one more chance".

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—En serio no entiendo alguien lo aguanta, ¡es el más irritante de todos los gilipollas! Si fuera por mí ya lo habría descuartizado dolorosamente hace bastante chilló la chica de largos cabellos rojos y ojos esmeralda que parecía llamear.

Una menuda chica de cabellos oscuros y grandes ojos marrones, que parecían reflejar cada uno de sus pensamientos, se sentaba junto a ella. Los ojos de Alice Fortescue justo ahora parecían brillar divertidos por el infantil y ridículo berrinche de Lily.

—Cálmate, Lily, por favor. Recuerda que eres humana y para vivir necesitas respirar —le dijo restándole importancia al asunto, estaba demasiado acostumbrada a esos ataques que le daban a su amiga como para contagiarse ella también de su paranoia, y mientras distraídamente apoyaba su barbilla sobre su mano, bostezando, mirando el ensayo de Transfiguraciones que deseaba se completara por sí solo.

— ¿Haz considerado ser comediante, Alice? Porque me matas de la risa —respondió con su feroz sarcasmo, ese que salía a la luz cada vez que se encontraba con Potter.

—Ya me lo habían dicho, querida.

Lily puso los ojos en blanco y se concentró, mejor, en el juego de ajedrez mágico que se desarrollaba a su lado, donde un caballo destrozaba sin piedad a un indefenso peón. Aun recordaba la primera vez que había visto un juego de este desarrollarse, y aunque llegó a pensar que tal cosa rayaba en el barbarismo, había quedado encantada al ver tal maravilla que no sucedía en el mundo de muggles en el que había crecido.

Marla Bleizeffer se encontraba a media jugada de declararse vencedora cuando vio por su visión periférica como se abría el retrato de la Señora Gorda y por este entraba Potter, causante de sus constantes pesadillas y de los suspiros de al menos la mitad de la población femenina, seguido por otros tres chicos.

Muchas de sus compañeras de casa dejaron de hacer lo que fuera que las mantuviera ocupadas para lograr apreciar a los especímenes ejemplares del sexo masculino entrar como si fueran dueños del lugar, que de cierta forma lo eran.

A la derecha de Potter, justo a su lado, se hallaba Sirius Black; un chico de porte airado y ojos grises tormentosos con facciones elegantes y presuntuosas, caminaba de forma orgullosa. Remus Lupin iba a la izquierda; este era de apariencia desalineada, con ojos que transmitían paz y tranquilidad y era, además, prefecto y la constantemente ignorada voz de la razón del grupo. Y, detrás de ellos y sin la seguridad que sus amigos desbordaban, iba Peter Pettigrew; bajito y regordete, era quien hacía la parte sucia de sus muchas travesuras y bromas, y quien con su apariencia inocente les había ahorrado incontables castigos a través de los años.

Lily rodó los ojos, ya había tenido suficiente de los Merodeadores, como se hacían llamar, para toda una vida.

Como si se tratara de los polos opuestos de un imán, Sirius se vio pegado a Pamela Morrison en una posición que no podía considerarse apropiada frente al público. —Hola, guapo —dijo la chica, que era tan falsa como una barbie de tamaño real y que paseaba sus manos por el cuerpo del chico como si se le fuera la vida en eso.

—Hay que irnos de aquí, Alice. He escuchado por ahí que la idiotez es altamente contagiosa —dijo Lily orgullosamente, manteniendo su pecosa nariz en alto.

— ¿Qué pasa, princesa? ¿Por qué ese humor? Porque ya sabes que mi oferta sigue en pie, y sería un honor hacer que en tu lindo rostro apareciera una radiante sonrisa complacida —le guiñó James a Lily, tomándola por la cintura y acercándola a él lo más que le fue posible.

—Aléjate, Potter; sé que te resulta difícil respetar el espacio personal de los demás, pero al menos podrías fingir que lo intentas, ¿no crees? —le dijo, levantando una de sus delgadas cejas y sonriendo, resaltando ese pequeño hoyuelo en su mejilla que era apenas visible.

—Amo cuando te enojas, ¿lo sabías, lindura? —ronroneó James pasando una de sus manos en su espalda baja, muy baja para su gusto, y la otra apartaba su cabello mientras susurraba a su oído con voz ronca; para luego morder su lóbulo justo como ella lo había hecho antes.

Lily se puso roja, pero no de vergüenza, no, de ira, la más grande rabia que podría haber causado ese muchacho en ella.

James al parecer logró distinguir que el fuego que hervía en los ojos de —como le gustaba llamarle— su chica no era precisamente de pasión y se alejó de ella poco a poco, con la cautela escrita en sus movimientos.

—Hazme un favor, Potter, y piérdete —le dijo entre dientes, tratando de controlarse, era una prefecta y no podía permitirse perder el control y lanzarle un maleficio tras otro como era su deseo.

—Vamos, Lily, hay que ir a nuestra habitación —le dijo Alice tomándola del brazo y jalando de ella, aunque la aludida no perdía de vista al moreno. Al fin se dio la vuelta y pisoteó su camino por las escaleras escandalosamente.

Sirius tomó asiento, como si la escenita nunca hubiera tenido lugar, en uno de los cómodos sillones de la Sala Común de Gryffindor y puso ambos pies sobre la mesa de café, luciendo una sonrisa despreocupada. —Esa si es una chica, Jamsie —exclamó divertido, mientras el aludido se sentaba a su lado y se hundía entre los cojines.

—Esa es mi chica —aclaró James con una estúpida sonrisa y su mano voló a sus cabellos.

—Para que sea tu chica primero debe de estar enterada, ¿no lo crees, James?

James bufó indignado. —Claro que está enterada, y lo sabe muy bien, Lunático; algo muy diferente es que no lo quiera admitir... aun.

Sirius soltó una estridente carcajada que sonó, extrañamente, similar a un ladrido. —Creo que tendrás que esperar bastante para que lo haga, Cornamenta.

James le miró ceñudo, cruzando sus brazos sobre su pecho y acomodándose las gafas, mientras por las ventanas veía como el verano le daba paso al otoño.


Lily estaba tirada sobre su cama, sosteniendo una almohada contra su rostro mientras ahogaba un agudo grito ante la mirada divertida de Alice. —Ya cálmate, Lily, ha hecho cosas peores; no fue para tanto —dijo acariciando sus cabellos en un intento de apaciguarla, incluso ella se hallaba emocionalmente agotada.

— ¿¡Qué no fue para tanto!? Por Merlín, Alice, ya no lo aguanto. Y sí, es cierto, ha hecho cosas peores pero... creí que había cambiado, ¿de acuerdo? Parecía tan... bueno, no maduro, eso sería imposible, pero al menos ya no era el mismo niño caprichoso que solía perseguirme todo el tiempo, y luego llega y es de nuevo ese tonto. Y he tenido que soportar eso durante tanto tiempo, y ahora no saber qué es lo que pasará es incluso peor porque antes al menos tenía una idea que era lo que pasaría... Así que no te atrevas a juzgar mi comportamiento y decir que no es para tanto —gritó, pasándose las manos por el rostro, limpiando los rastros de lágrimas de coraje que había derramado.

—Parece que alguien anda en ciertos días del mes —canturreó una morena de cabello oscuro y rizado, con una mirada picaracha en sus ojos azules; ella iba justo delante de otra chica de piel apiñonada y largo cabello dorado, que se mordía los labios tratando de no reír —. Y, por cierto, se han olvidado de poner un silenciador y toda la torre se ha enterado ya de tu berrinche.

Ambas recién llegadas se acercaron a la pelirroja y se sentaron en su cama. —Ya cállate, Mary —rugió Lily, que no logró el efecto deseado debido a su voz rota.

Mary Macdonald suspiró ante su pesada actitud y trató de controlar su afilada lengua; si por algo era conocida, además de su talento para hacerte sentir como un gusano cuando la buscabas, era por su afición —no intencional, alegaba— por decir la verdad no importa lo fea y cruel que esta pudiera ser. Algunas veces ayudaba, otras, como en este caso, no tanto.

La rubia se acercó más y le dio un abrazo. —Shh, Lily, tranquilízate —vio como cerraba los ojos y respiraba hondo —. Muy bien. Ahora, ¿qué fue lo que paso? No te había visto así desde aquella vez en cuarto año... —su voz era contenida y cautelosa, ya que sabía que se encontraba en terreno minado.

—Ya sabes que no aguanto a ese capullo de mierda de Potter, Emma, y ahí va el muy arrogante y me pega toda a él y comienza a babearme el cuello —Lily torció el rostro en una mueca de repulsión —. Además, odio cuando me llama lindura.

Todas rodaron los ojos; era un hecho que James adoraba ignorar.

—A mí no me molestaría para nada que me llamara lindura las veces que él quisiera —dijo Emma tomando su cabello dorado con una mirada coqueta.

Lily bufó indignada; no era tan divertido como parecía.

—Emma, es prácticamente tu hermano —exclamó Mary disgustada, recordando todas las veces en las que Emma se había metido en problemas por ayudar a los merodeadores.

—No es mi culpa que este tan bueno; no lo decía en serio, además.

La rubia se encogió de hombros y batió sus pestañas. Emma Greengrass provenía de una familia de sangre limpia poco ortodoxa, siendo tolerantes con aquellos diferentes a ellos pero rigiéndose por antiguas tradiciones igualmente. Divertida, extrovertida y acostumbrada a tener todo lo que quería; solía ser la compañía de James y Sirius en las aburridas fiestas de alta sociedad y fue como se ganó su lugar de merodeador honoraria.

—Sería genial que pudieras hacer algo para que se enoje, o al menos se sienta igual que tú —dijo Alice cepillando sus largos cabellos negros frente al espejo.

—Pero, ¿cómo qué? Potter se enteraría enseguida de cualquier cosa, además de que él y sus amiguitos son maestros en cualquier clase de broma que se nos ocurra —meditó Mary, que daba vueltas por la habitación; emocionada ante la perspectiva de hacer algo emocionante y, sobre todo, peligroso.

—A ver, niñas. Repasemos, ¿qué es lo que sabemos de Potter? —exclamó Alice, pretendiendo ser una comandante preparándose para una misión sumamente importante.

—Jamás se peina.

—Es un imbécil.

—Tiene el mejor trasero de Hogwarts... ¿Qué? Vamos, admítanlo; y dejen de mirarme así.

—Está más ciego que mi abuela.

—Los merodeadores es un club para gays no declarados.

—Es un imbécil. Sí, ya lo dije, ¡pero lo repito porque es cierto!

—Pervertido.

Alice rodó los ojos ante todas las poco útiles ideas. — ¡Algo que podamos usar en su contra, por favor!

—Es un celoso hasta la médula —ofreció Mary, después de mucho pensar —. Así como cuando vio a Snape hablando contigo y casi le parte la cara, ¿recuerdas? Como me habría gustado que McGonagall no hubiera llegado justo a tiempo...

—Cierra el pico, Mary —se enfurruñó Lily, de nuevo, por la falta de buenas ideas. Ella tenía muchas, por supuesto; pero preferiría no llegar a pisar Azkaban nunca y, la mayoría, por no decir todas, implicaban cosas que le garantizarían un boleto sin retorno.

—No, no; ella tiene un punto. James podría matar a cualquiera que se pase con nuestra pelirroja —meditó Alice, tomándose el papel de capitana demasiado en serio —. Pero necesitamos algo más grande...

— ¿Qué tal si lo planeamos después? Mis tripas se devorarán las unas a las otras si no reciben algo de alimento a la de ya —dijo Emma, fingiendo desmayarse. Las demás chicas se levantaron, totalmente de acuerdo.

— ¿No vienes, Lily? —llamó Mary, mirándola extrañada, estaba demasiado callada.

—No, no tengo hambre; bajo luego si cambio de opinión, no se preocupen —le contestó con una débil sonrisa, quitándole importancia.

—Te traeremos algo de postre —guiñó uno de sus ojos y gritó a las otras que la esperaran.

Lily Evans se sentó en el alfeizar de la ventana, con el ceño fruncido y sin encontrar nada interesante allá afuera; cerró los ojos rendida después de despotricar toda la tarde y apoyó su cabeza en la pared. No había mucho ruido adentro, la mayoría debía de estar en el gran comedor, por lo que no encontró mejor distracción que meditar sobre las ideas de sus chifladas amigas.

Celos. Eso tenía posibilidades; lo había visto en miles de películas e incluso en el mismo Potter, pero no sabía cómo podría hacerlo.

Porque, una cosa era hacerlo sin darse cuenta, de forma "natural" digamos, y otra muy diferente era hacerlo con la intención de causarlos en esa persona, de dañarle.

¿Funcionaría? Quién sabe, jamás había tenido un ojo interior muy atinado —lo que no influyó en que dejara Adivinación— así que no sabía que ocurriría; lo único que podía hacer era, para su desagrado, intentar y esperar que no le saliera el tiro por la culata.


¿Les gustó? ¿Si si si? Ande, no sean tímidas, aquí cualquier comentario se recibe. ¿Y que dicen de Lily? Personalmente, creo que le hacen falta unas clases de manejo de la ira o alguna cosa para liberar el estrés acumulado... eso no, so pervertidos.

Mi unica recompensa son sus reviews, ¡asi que definitivamente no me quejare si me dejan uno!

-A.