Anteriormente: Sakura y Hinata pasan una solitaria navidad tras que sus novios la dejaran plantadas. Con la preocupación de tener que cerrar una tienda encargada a la adopción de animales, piden un deseo a la navidad mientras chocan sus copas de champán. Mientras el resto del mundo celebra la llegada del gordo adorable de navidad, alguien llama a sus puertas. Para su sopresa... ¡Son dos cachorros humanos! Y estos juran ser su regalo de navidad.
ºKurimasu neko no tameº
Camino
2
La vida es dura. Pero más duro es quedarse sin hacer nada y romper tus sueños.
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Sakura golpeó la mesa con las uñas mientras los observaba devorar la comida. Con sus manos regordetas moviéndose del plato a sus bocas. Parecían hincharse de felicidad mientras que ella e Hinata, no cesaban de tener un quebradero enorme de cabeza. Jugó con su taza del desayuno y suspiró.
—No sé cómo diablos vamos a hacerlo. Dijeron que abriéramos la tienda ayer, pero hoy íbamos a ir a casa de nuestros padres. No podemos dejarlos solos y mucho menos, llevarlos. ¿Te puedes hacer una idea del escándalo que armaría mi madre si pensara que he tenido un hijo con alguien y nunca la avisé? —exclamó mirando fijamente hacia Hinata—. ¿Y qué me dices de ti? Tu padre directamente te mete en un asilo y no te deja salir en toda tu vida.
Hinata emitió una risita que no logró acopar su preocupación.
—Mi padre no es tan ogro. Podría decirle que es el hijo de una vecina que me lo ha dejado para que lo cuidara.
—¿Durante estas fechas, Hinata? —cuestionó enarcando una ceja—. Es muy raro que una madre deje a su hijo en navidad. Encima, a esta edad. No colaría para nada y en sí, terminaría por irritar a tu severo padre.
—Cierto… No ha sido buena idea.
Sakura suspiró. Apuró el resto de bebida que quedaba en su taza y se puso en pie.
—Llamaré a mis padres y les diré que no puedo ir. A cambio, me los llevaré a la tienda y veré qué diablos pueden hacer. Como me hayan mentido, los llevaré patitas a la policía alegando que se han perdido.
El chico de cabellos oscuros saltó de la silla para seguirla a medida que caminaba hacia su dormitorio.
—No nos hemos escapado. Somos vuestros regalos de navidad. Pedisteis un deseo, se os cumplió.
Sakura se detuvo para mirarle con incredulidad. Podía ser todo lo mono que quisiera, con esa carita seria y esos fríos ojos negros. Incluso adorable con las orejitas y la cola ondeando junto a su cadera. Pero claramente aquello tenía que ser una broma.
—Tú misma escuchaste a Papa Noel irse. Los milagros existen —continuó firme.
—Vale. Pues os llevaré a la tienda de animales, ya que tanto queréis ir. Como no pase nada, os llevaré a la policía como prometí.
Aguantándose las ganas de estrecharlo entre sus brazos, continuó hacia su dormitorio con —intenciones de vestirse y avisar a su madre, quien podría el grito en el cielo, acerca de su motivo para no ir visitarles.
—No lo entiendes —continuó el niño tras ella—. Necesitamos que ambos estéis juntas.
—¿Por qué? —cuestionó irónica—. Creo que una de nosotras bastara para poder cuidaros. Además, no vais de gratis. Me ayudaréis en la tienda.
—No es eso —negó subiéndose a su cama y poniéndose en pie—. Nosotros solo hacemos el milagro si estáis ambas. No sirve de nada que solo esté una.
—¿Qué quieres decir? —Se detuvo al abrir el cajón de los jerséis, observándole.
—Que si no están ambas en la tienda de animales es una tontería que vayamos. Para que funcione han de estar ambas. No verás avanzar el milagro.
Sakura bufó y se concentró en cambiarse. Ella no podía hacer más. Así como sus padres eran más tolerantes, los de Hinata no. Su familia era rigurosa y bastante que aceptaran que pasara la noche de navidad fuera, debido a que tras el fallecimiento de su abuela, su padre no accedía a celebrarla nunca más. Pero al día siguiente quería comprobar que Hinata estaba en buenas condiciones, sin borrachera de por medio ni asuntos ilegales.
Se preguntó si tener más tiempo a esos niños consigo sería lo correcto. Ninguno de ellos realmente parecía normal. Esas orejas y colas habían quedado más que claro que eran suyas y naturales. Pero era tan ilógico todo…
—De todas maneras, tengo que ir —se dijo a sí misma—. Hinata vendrá más tarde a la tienda, así que entonces podréis hacer vuestra magia.
Sasuke pareció estudiarlo por un instante. Sakura se había abrochado ya los pantalones cuando asintió y de un brinco, salió de la habitación. Cuando se asomó con curiosidad, ambos niños estaban escondidos bajo la mesa del comedor, cuchicheando entre ellos mientras las puntas de sus colas se meneaban a cada lado de su cuerpo.
—Esta bien, Hinata.
Sakura se aseguró de llevar las llaves, tanto de su casa como de la tienda.
—Cuandito que llegue te doy un toque al móvil y lo mismo va por ti. Espero que tu padre te deje regresar pronto a casa para que puedas venir a la tienda y ver si realmente estos niños dicen la verdad.
Hinata se despidió antes de subirse al taxi y mientras Sakura caminaba con ambos niños cogidos de la mano, se preguntó si el disfraz para ellos debió de ser más normal.
Como no tenían ropas para niños, Hinata y ella habían tenido que cortar unos viejos pesqueros, sacar correas a las que tuvieron que hacer más agujeros con un sacabocados y dos jerséis más cortos que tuvieran. Era una suerte que Sakura de vez en cuando disfrutara de enseñar el ombligo.
Lo que le había preocupado eran las orejas y la cola. Sin embargo, pese a que las meneaban tras ellos a su libre albedrío, nadie parecía darse cuenta de ellas. Era como si todo el mundo viera a niños normales y corrientes sujetos de sus manos mientras caminaban. Por más que olisquearan y enredaran sus colas en sus piernas, como si el mundo les aterrorizaba, para los demás no importaba.
Sin muchos problemas, llegaron hasta su pequeña tienda. Justo cubierta por la sombra del enorme y pintoresco edificio del grupo Arenas. Con un suspiro, abrió la puerta y ambos pequeños entraron dispuestos a investigar. Subiéndose por las lámparas, paredes y estanterías. Incluso uno mordisqueó un trozo de hueso para perro, escupiéndolo después.
—¡Oye! —regañó—. No desperdicies la comida. Lo poco que tenemos es con lo que alimentamos a estos pequeños, así que comportaros.
Ambos agacharon las orejas hasta que los ladridos llegaron desde la trastienda. Sonriendo se abrió paso hacia el lugar y nada más abrir la puerta, un grupo de perritos inundó la estancia. El moreno pegó un salto hacia lo más alto de una estantería, mientras que el rubio fue rápidamente colmado en lametones y ladridos.
Atónita, Sakura miró a uno y otro.
—Vaya. ¿Te dan miedo, Sasuke?
—No —negó este cruzándose de brazos—. Pero no soy mitad perro. Eso es él.
—Soy mitad zorro, Dobe —regañó Naruto sacudiéndose de encima un perro para saltar sobre otro—. Tú eres un gato de pura cepa, no puedes entendernos.
Sakura agarró uno de los cachorros, sorprendida.
—Mitad gato y mitad zorro. ¿En serio? ¿Qué clase de experimento hicieron contigo?
—No somos un experimento —remugó Naruto dándole una caricia a uno de los perros—. Soy un híbrido, simplemente. Los humanos os juntáis en diferentes razas y nadie dice nada. ¿Verdad?
Sakura puso los ojos en blanco.
—Si supieras la cantidad de racismo que existe en la humanidad. Por eso me da miedo a quién dar estos pequeños en adopción. Por más que hagamos un contrato y nos aseguremos de que el dueño es correcto, nadie nos dice que nos puede engañar.
—Con nosotros aquí eso no pasará —aseguró Sasuke acercándose al rincón donde una gata embarazada se lamía una de sus patas traseras—. Todos irán a un buen lugar.
Como si le entendiera, la gata le maulló. Sakura se remangó.
—Bueno, pues primero hay que limpiar sus cosas y desde luego, intentar darles de comer con lo que tengamos. ¡Manos a la obra!
Preocupada por Sakura y los niños, Hinata apenas podía concentrarse en la reunión familiar. Había confundido a dos de sus tías, saludando dos veces a la misma. Por suerte, esta se lo tomó con humor, pero sentía la mirada firme de su padre sobre su espalda en cada gesto u oración que hiciera.
Hanabi le dio un comprensivo apretón de manos.
—No estés tan tensa. Lo notará y será peor.
—Más que tensa, Hanabi, estoy preocupada.
Su hermana le dio palmaditas suaves en su mano.
—¿Ha ocurrido algo grave? ¿Con tu novio quizás?
Hinata enrojeció al comprender el rumbo que llevaban las palabras de su hermano.
—¿Cómo se te ocurre, Hanabi? No, nunca haría algo tan descabellado.
Hanabi disipó la duda con un pestañeo confuso.
—Creía que era eso lo que te preocupaba. A papá le daría un patatús, desde luego. Siempre piensa que cualquier día vas a volver a casa con un regalo sorpresa de más.
—Para nada.
—Eso pasa por no presentárselo a papá, que se hace ideas equivocadas.
Hinata chasqueó la lengua, apurada. Aquello era lo que más miedo le daba. Presentarle una de sus parejas a su protector padre. Estudiaría con ojo clínico a cualquiera que osara pensar en casarse con su hija. Él alegaba que podía descubrir quién era bueno para ella y quién no. Hinata solo quería ser feliz con el hombre que decidiera sin necesidad de pasar un cuestionario por parte de su progenitor.
Por ese mismo momento nunca le habló de su pareja. Procuraba que las citas fueran en lugares poco públicos en los que su padre pudiera tener ojos. Quizás eso había terminado asfixiando a su pareja hasta tal punto que a él no la importaba dejarla atrás en esas fiestas.
Suspiró. No podía hacer nada con su desdicha.
Había sopesado la idea de pedirle ayuda a su padre con la tienda, pero desde el principio él se había negado a que, tras tanto estudiar, se metiera en una tienda para dar en adopción animales en vez de estar tras un escritorio resolviendo juicios.
A ella le encantaban los animales. Podía hacerlo. Había invertido muchos de sus ahorros en esa tienda y no podía olvidar la cara de felicidad de las mascotas cada vez que alguien adoptaba una. Muchas regresaban para saludar y su estado era maravillosamente feliz. Eso la hacía sentirse increíblemente feliz.
Una buena obra le daba más felicidad que estar sentada tras un escritorio.
—Dios, si voy a tener que decirle al final que han dejado a su hija atrás —suspiró—. Él se preocupa por un embarazo, pero estará feliz de que me hayan roto el corazón.
—Eso nunca, Hinata. Nunca —aseveró Hanabi—. Papá solo quiere tu felicidad.
—A veces no lo parece. Pero prefiero que lo pague conmigo que contigo —añadió apretando una mano contra la suave mejilla de su hermana menor—. Disfruta de la libertad. ¿Por qué quieres estudiar abogacía?
—Porque realmente quiero serlo. Papá no me lo ha exigido. Incluso he rechazado sus ayudas. He de hacerlo por mí misma.
—Entonces, eso harás. Te apoyaré en lo que sea necesario.
Hanabi sonrió, emocionada. Hasta que alguien llamó su atención. Hinata se quedó atrás, observando cómo casi volaba hasta los brazos de su prometido, Konohamaru. Hinata observó a su cuñado y asintió a su saludo. Era un chico adorable dentro de lo que cabía y su hermana era experta en sacarle los colores o ponerle nervioso.
Y lo mejor de todo es que tenía la aprobación de su padre. Quizás, que fuera el nieto del alcalde ayudaba. Pero su hermana era tan poco material que seguro que le amaba por sus cualidades que por su fama.
—Es un buen chico.
Sin volverse, asintió.
—Si te ha convencido hasta a ti, primo, ya no tengo dudas.
Neji se cruzó de brazos a su lado. Alto y con el atractivo característico de los hombres de su familia, era el heredero más cotizado de todo el lugar. Pese a que Hinata y Hanabi heredarían parte de su herencia, su padre se había asegurado de que él fuera quien terminara por heredar no solo sus empresas, sino que también las de su padre que había custodiado hasta entonces.
—Sabes que si necesitas ayuda puedes pedírmela. ¿Verdad?
Hinata negó.
—No. Es algo que vamos a resolver Sakura y yo.
—¿Con Arenas como rivales? Lo dudo.
Hinata enarcó una ceja.
—¿Lo sabes?
—Claro que lo sé. Fui a visitaros hace unos días. ¿Recuerdas? Tuve una reunión con el jefe. Una de sus empleadas lo denunció por abuso de poder. Al parecer es inocente y yo le busqué un representante.
—Vaya. Hasta los empresarios tienen problemas.
—No seas irónica, Hinata. Eso más bien es algo de Sakura que de ti.
—Lo siento —se excusó—. Pero realmente no puedo sentir simpatía por él. Mira cómo nos encontramos nosotras. Y lo peor es que legalmente no podemos hacer nada porque no incumple ninguna ley. Encima, venden cachorros mientras que nosotras tenemos muchos viejitos en adopción. ¿Sabes lo difícil que es darle un hogar a ellos?
Neji se rascó la nuca y suspiró. Hinata se llevó las manos a la boca, sorprendida.
—¡Perdón, perdón! He hablado demasiado.
Se sonrojó terriblemente. Neji colocó una mano suavemente sobre su hombro.
—No te disculpes, Hinata-sama. En tus palabras puedo ver que realmente amas y te esfuerzas por algo que crees correcto. Solo… no hagas una locura y recuerda que Hanabi y yo estamos aquí.
Le dio un suave toque en el hombro y se alejó. Hinata lo vio por última vez, hablando con una chica de moños y vestido llamativo.
—Hinata.
Su padre avanzó hacia ella, firme y serio. Con el semblante rígido y los hombros rectos. Cruzados de brazo y con su traje típicamente japonés.
—No has venido a saludarme.
Hinata hizo una reverencia adecuada.
—Lo siento, padre. Me entretuve con Hanabi y quise felicitar a Neji por su trabajo.
—Comprendo.
E Hinata también. Su padre era de los que esperaba que sus hijas se comportaran educadamente en todo momento. Podía haberle enfadado que su encuentro con Hanabi fuera antes que con él, pero le alegraba que hubiera felicitado los éxitos de su primo, como futuro heredero de las industrias y bufetes de abogados Hyûga.
—¿Vas a seguir esforzándote en una empresa sin resultados, Hinata?
Hinata se mordisqueó el labio inferior antes de responder.
—Obtengo resultados, papá. Más de los que crees. Y seguiré. Sin importar cómo, seguiré.
Hiashi suspiró con desagrado.
—Es una tontería. Si sigues así, te hundirás en la miseria. Si me hubieras hecho caso cuando te dije que Haruno no eran las mejores compañías.
—Papá —suplicó aturdida—. Sakura es una buena chica. Por favor, no hagas como si realmente fuera ella la que tomara las decisiones por mí. He de irme —añadió, mirando el reloj—. Solo quería desearte feliz navidad. Nos veremos en año nuevo.
Haciendo una correcta reverencia, se marchó antes de que su progenitor protestara. No podía quedarse ahí y dejar que volviera a hacer de ella lo que quisiera. Emanciparse había sido algo que consiguió gracias a Sakura y por más que las demás se empañaran en echarle la culpa de todo, ella estaba sumamente agradecida.
—¿Sakura?
—¡Aquí!
Hinata rodeó el mostrador, preocupada. La tienda estaba en demasiado silencio para su gusto. Generalmente, los perros ladraban nerviosos y los gatos jugueteaban de un lado a otro en intranquilos paseos.
Al llegar a la trastienda, se sorprendió.
Sakura estaba sentada contra la pared del pequeño patio que poseían. Los cachorros estaban arremolinados a su alrededor, dormitando, con el pequeño niño rubio entre ellos. Sin embargo, en el interior, sobre las cómodas camitas que había restaurado para ellos, los gatos descansaban junto al niño de cabellos oscuros.
Se acuclilló junto a su amiga, susurrando.
—¿Qué ha pasado?
—Bueno, no te lo vas a creer. Pero esos chicos realmente hacen magia.
Hinata se quedó atónita.
—Sakura. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?
—No, no. Verás. Ya sabes como son los chicos cuando llegamos. Ladridos, saltos y muchas cosas por hacer. Pues hasta me han ayudado los cachorros y los adultos a hacer cosas. Les seguían cual jefes y hacían los que les decía. Extrañamente, los gatos han sido más correctos que los perros —explicó meneando las manos emocionada—. Naruto-neko dice que es porque no estabas tú. Que si hubieras estado, la cosa habría ido incluso mejor.
Hinata miró hacia el pequeño, enroscado junto a las demás mascotas. Era una cosa adorable que daban ganas de achuchar. Si no hubiera respetado su sueño, Hinata ya lo tendría entre sus brazos.
—Y no te lo pierdas. Han adoptado tres gatitos en este tiempo que no has estado. Sasuke-neko los ha olisqueado y todo y ha declarado que eran buenos dueños para ellos. Los animalitos se han ido la mar de felices.
—¿Sí? —cuestionó emocionada—. ¿Quiénes han adoptado?
—Pues a Pantuflas, Monito y Duende. Mañana vendrá Kiba a vacunarlos y todo será legal. Además, han dicho que compraran el pienso aquí de ahora en adelante y que darán voz para que venga más gente a adoptar. ¿Puedes creértelo?
Hinata sonrió, emocionada. Una sensación cálida inundándole el pecho. Sí. Ese extraño sentimiento que su padre era incapaz de comprender.
Sakura se puso en pie, con cuidado y dando saltitos, corrió hacia la puerta del baño, deteniéndose.
—¿Qué ocurre? —Hinata siguió la dirección de su mirada y su ceño fruncido. El pequeño Sasuke ronroneaba en su cesta justo al lado de los dos cachorros adoptados y el adulto.
—Me da la sensación de que ha crecido algo. Antes entraban los tres perfectamente en la cama, pero… ahora le cuelga el pie.
—Puede ser por la postura —opinó incorporándose—. A Naruto-neko lo veo igual.
Al ver que Sakura daba saltitos, rio.
—Anda, corre, o te lo harás encima.
Mientras Sakura corría al baño, se encargó de cubrir a ambos niños con unas mantitas. Se detuvo junto a Sasuke, sorprendida. Realmente, quizás, Sakura tuviera razón y hubiera crecido algo. Pero como había pensado, al cubrir al pequeño rubio no había aumentado de tamaño.
Naruto-neko ronroneó al sentirla. Hinata apartó suavemente unos mechones de su rostro, inclinándose para darle un beso en la frente.
—Realmente, sois un regalo para navidad.
Continuará...
