Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Muchas gracias por sus comentarios, de verdad que los agradezco. Espero que les guste este capítulo y lo comenten jeje.

Edward estaba en su oficina discutiendo acaloradamente con su socio Antón Girton.

-El problema es que sus ideas son más innovadoras, sabes que Aro busca eso. Es un viejo cascarrabias intentando parecer joven. Este nuevo proyecto requiere algo de la última y la nueva moda. Debes saber algo de la nueva, tienes que aliarte conmigo. Somos la perfecta combinación.

-Señor, -lo interrumpió su secretaria. Le hizo señas de que esperara un momento. –Lamento interrumpir pero llamó su hermana. Parecía alterada.

Edward asintió.

-Antón, te llamo en unos minutos. –colgó y tomó la línea que le indicó Annie, su secretaria. -¿Hola?

-Edward, -era Alice. Sonaba como si estuviera llorando. –Es Bella, ha tenido un accidente automovilístico. Se golpeó muy duro en la cabeza y no reacciona.

Edward se quedó congelado. ¿Qué? ¿Su Bella?

-¿Qu-que dijiste? –dijo tartamudeando.

-¡Lo que escuchaste! Debes venir ahora porque no saben si reaccionara, si tendrá un derrame o simplemente dejará de funcionar su cerebro. ¡Muévete cabeza de chorlito, tu esposa puede morir! ¿La recuerdas? La mujer que te espera con una sonrisa cada vez que llegas, que te hace comida y para la cual eres su maldito mundo.

-Voy para allá.

-Estamos en el hospital general.

Edward colgó aun en shock. No podía pensar claramente, no cuando su esposa estaba en peligro. ¿Cómo había sucedido? Se sintió terrible. Justamente ayer habían discutido. Y él no le pidió perdón como todas las veces pasadas. Por fin hubo un destello y las lágrimas le saltaron los ojos.

Corrió por los pasillos y encontró a toda su familia reunida. Esme lloraba descontroladamente en brazos de su padre. Rosalie se mantenía quieta, era su forma de demostrar su preocupación. Alice rondaba por la sala de espera, desesperada. Jasper solo la miraba, esperando el momento en el que se derrumbara para poder atraparla.

-Edward, -le habló su madre. Corrió a él y lo abrazó. –Oh, Edward. Lo siento tanto.

-¿Cómo está?

-Mal, mi vida. Tendrás que ser muy fuerte. La están operando en estos momentos. Se lastimó la cabeza y se quebró el brazo derecho. Tiene varias costillas quebradas también.

-Oh Dios, -se pasó las manos por el cabello.

Nadie dijo nada más. Se sentaron a esperar el diagnóstico del doctor. Después de dos horas salió.

-¿Cómo está doctor? –dijo Edward cuando se acercó.

-Lo siento mucho Edward, no responde. No ha despertado y debo advertirte que es un mal signo. Sus costillas sanarán con el tiempo y pudimos reparar su brazo. Pero no hay nada que hacer más que esperar a que salga de su estado de coma.

-¿Coma? –dijo Edward desconsolado.

-Sí, Edward. De verdad lo lamento. El otro conductor dijo que no la vio. Se quedó dormido.

Edward se quedó parado, siendo abrazado por su madre. No había nada más que hacer, más que esperar.

-¿Puedo verla? –le preguntó al doctor.

-Dentro de una hora, la pondremos en una habitación.

-Que sea privada, -dijo Carlisle.

-Claro, -el doctor se marchó.

Una hora después Edward veía la lamentable imagen de su inconsciente y dañada esposa. Su piel estaba tan pálida, casi transparente. Ese rubor que tanto amaba no aparecería al verlo. Se sentó a su lado y tomó su mano. También tenía hematomas morados y grandes. Debió ser un golpe muy duro.

-Lo siento tanto mi vida, -susurró aguantando las lágrimas. –Lamento haber peleado anoche. Despierta mi amor, despierta para poder darte todos los hijos que quieras.

-Un poco tarde, ¿no lo crees? –dijo Alice de forma ácida. Entró y se sentó al otro lado de la cama. -¿Sabes cuánto tiempo tiene Bella intentando llamar tu atención? ¿Sabes acaso cuanto deseaba tener tus hijos? No sabes nada de ella, al menos no en estos últimos dos años. Tu trabajo era más importante para ti. Fueron tantos los días en los que lloró descontroladamente en mi hombro porque "su esposo había dejado de amarla". Eres un idiota egoísta, ahora que no la tienes le quieres dar todo.

-Basta Alice, -dijo Jasper de forma tajante. –No debes hacer eso, no en estos momentos. Si Bella no se quejó con él, es su problema.

-¡Es mi mejor amiga!

-Es su esposa, Alice. Él es quien comete las faltas, no tú. Él es el único que puede redimirlo.

-Váyanse, por favor. Solo déjenme con ella-

-No, no es tuya ¿sabes? Vete a la mierda, yo no me voy de aquí. ¡Y no me vas a obligar con miradas Jasper Whitlock!

Los hombres suspiraron. No había nada que hacer.

Edward se quedó en el hospital por 24 horas antes de que su mamá le dijera que se fuera. Fue a su casa de forma automática, se bañó y durmió en un estado automático. No podía pensar en nada. En cuanto su cara tocó la almohada, el olor de Bella lo invadió.

-Dios, -sus lágrimas se saltaron de sus ojos. –Lo siento tanto Bella.

Se quedó dormido con los ojos derramando lágrima tras lágrima.

Al despertar creyó que todo había sido un dueño. Buscó a su esposa a su lado pero no estaba. Entonces supo que no era un sueño. Bella estaba en coma, en el hospital. A menos que…

Corrió escaleras abajo por su teléfono. Ninguna llamada. Marcó a Alice, quien le informó de manera cortante que aun no se recuperaba. Se sintió abatido de nuevo. Fue a la estancia y se tropezó con algo. Lo tomó en brazos. Era el álbum, hecho a mano de Bella. Se sentó y comenzó a hojearlo. Las fotos de cuanto ella tenía 17 y él 20. Sus primeros años. Un beso bajo el muérdago, un beso bajo un árbol nevado. Bajo el porche de su casa, frente a la entrada de la preparatoria. ¿Cuándo había dejado de besarla todos los días?

Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos. No debería estar viendo eso.

Regresó al hospital y se quedó el resto del día a su lado. Tomaba su mano, acariciaba su rostro, le hablaba. Pero ella no respondía.

-Bella, estuve viendo nuestras fotos hoy. Recuerdo que cada día te daba al menos 20 besos, y lamento haber dejado de hacerlo mi amor. Pero te prometo que si despiertas te daré al menos 50 besos diarios. ¿Te gusta la idea?

Nada cambió. La cara inexpresiva de Bella no cambió. En todo el día de ayer y ese también no dejaron de llamarlo de la oficina. Cuando se cansó les contestó y les dijo lo que había ocurrido.

-Edward, tenemos un nuevo proyecto. ¿Recuerdas? Por el que me estuviste rogando que viniera desde Inglaterra. Aquí estoy, ahora ven a trabajar. Lamento lo de tu esposa, pero es algo importante esto.

-Lo lamento mucho Antón, ya pasaron muchos días en los que le di más importancia al trabajo que a mi esposa. No de nuevo. Si por alguna razón ella…no reaccionara. Quiero estar a su lado.

Antón suspiró. –De acuerdo, pero por favor responde a las llamadas. Podemos trabajar desde aquí. Solo tienes que ayudar con las decisiones.

-De acuerdo, te lo agradezco Antón.

Edward tuvo que regresar a su casa esa noche. De nuevo lloró en la almohada de Bella. A la mañana siguiente miró la caja de fotografías, los 7 álbumes hechos por Bella y se sentó en el sofá.

-¿Me ayudarás cuando despiertes? –recordaba sus palabras. Ahora era él quien le preguntaba. Pero ¿alguna vez despertará? Luchó con las lágrimas y prefirió ponerse a acomodar las fotografías. Un álbum era para su primer año de novios. El segundo para su viaje a París, el tercero para su viaje a Las Vegas, el cuarto para su boda, el quinto para sus primeros años de casados. El sexto para sus hijos y el séptimo para los nietos. Edward lloró sin poder evitarlo al ver los últimos dos. Hijos, nietos. Él no quiso darle algo que ella anhelaba con tanas ganas.

Volvió al hospital y se propuso a acomodar el primer álbum. Habló durante horas de cada una de las fotografías. Preguntándole si recordaba sus primeros días. Cuando se declararon, cuando se besaron, cuando le contaron a Charlie, a los padres de Edward, todo el pueblo lo supo de inmediato.

Bella se convirtió de pronto en una chica muy popular que salía con alguien de universidad. Se veían cada vacaciones, días de gracias, navidades, hasta que Bella terminó y fue a la universidad con él. Estuvieron un año viviendo juntos. Y decidieron casarse. Él con 23 y ella con 20. Mucha gente les advirtió que eran jóvenes. Pero aun así no los escucharon, ellos estaban enamorados.

El álbum terminó cuando se despidieron de su familia. Ambas familias salían juntas. La pequeña y de Bella y la grande de Edward. En medio ellos dos, inseparables y además, besándose. Edward soltó una carcajada al ver la cara de Charlie.

-Edward, ¿puedo hablar contigo? –le dijo el doctor, amigo de la familia, mejor amigo de Carlisle. Se puso de pie y lo siguió. –No sé cómo decirlo suavemente, pero no ha respondido en estos días y por lo general significa que no responderán en un tiempo. Puede que pasen algunas semanas, quizá meses, o hasta años. También hay veces en los que no despiertan. No podemos mantener a una persona viva a base de máquinas todo el tiempo. El cuerpo no lo resiste.

-¿Quiere decir que no va a despertar?

-No, quiero decir que debes ser fuerte y tener paciencia.

-De acuerdo, gracias doctor.

Edward regresó aun más deprimido al cuarto de Bella. Tomó su mano y la besó.

-Tienes que despertar Bella, no puedo estar sin ti.

Después de dos meses los 5 álbumes que podía llenar estaban listos. Los llevaba cada día al hospital y hablaba y hablaba sobre todas las fotos. A veces reía y le contaba cosas, preguntándole si las recordaba.

Llevó los dos que no estaban llenos un día. Pasó su mano inerte sobre ellos.

-¿Lo sientes mi vida? Son los álbumes que comenzaremos a llenar cuando despiertes. No me importa si me veo más viejo con nietos, siempre y cuando te tenga a ti, debes ser fuerte y luchar, -dijo con lágrimas en los ojos. –Lo siento tanto, Bella. No veía el daño que te hacía diariamente. Por favor, por favor despierta.

Se fue a su casa triste, abatido y cansado. Justo cuando llegó el teléfono comenzó a sonar.

-¡Lo hicimos, Edward! Hemos ganado el contrato. Al parecer el de Black era "demasiado innovador" para su gusto.

-Excelente, -dijo Edward. Pero ya no le animaba eso, ya no tenía con quién celebrar o una persona por la cual quisiera ganar esa cantidad de dinero. No tenía con quien compartirlo. La única persona que quería estaba en coma, y quien sabe cuando despertaría.