Diez años. Diez años desde la última ves que habían estado juntos, el acababa de cumplir sus 25, se había convertido en un hombre, su cabello era mas largo, platinado, grisáceo, lacio, aun seguía siendo paliducho, definitivamente era mas alto, 1.80 m., sus músculos había crecido, las facciones de su rostro se encontraban mas marcadas, sus ojos se habían tornado de un azul mas intenso y se habían agrandado, sus labios eran finos, nunca sonreía, le gustaba vestir bien, ir formal, no le gustaba socializar mucho, siempre que podía evitaba el contacto con la gente, ahora se encontraba estudiando en la facultad de filosofía y letras de Tokio. Había perdido a su madre a causa de su enfermedad tan solo unos meses después de haber huido del pueblo en el que había nacido, se había tenido que hacer cargo de su hermano desde esa temprana edad, no había sido nada fácil, conseguir alimento, trabajos rápidos, conseguir donde pasar la noche, ir de pueblo en pueblo buscando suerte, hasta que pudo conseguir un trabajo de medio tiempo en una casa de un señor importante y rico, hacía cualquier trabajo que le pidieran hacer a cambio de techo y comida para el y Zafiro, trabajo ahí durante 8 años, y conforme Zafiro creció también le ayudo a trabajar, en todos esos años se gano la confianza de su jefe, el señor Furuhata les había tomado cariño, por lo que les dio trabajos mas importantes y un sueldo para cada uno, además de que les dio educación, pudiendo terminar así la secundaria y preparatoria y hacía dos años los dos habían decidido que era hora de estudiar una carrera, y el señor Furuhata los ayudo a conseguir un lugar en la universidad y les pago el viaje hasta Tokio, les mandaría una mensualidad siempre. Ambos vivían en la universidad, llevaban dos años estudiando en la facultad, Zafiro era la única persona a la que Diamante trataba.

Su forma de ser había cambiado completamente desde el día en el que el y Serena se habían separado por siempre, y mas aun cuando su madre murió, nunca pudo querer o amar a alguien mas, nunca pudo sacarse de la cabeza a esa niña de 13 años que nunca pudo volver a ver, aun llevaba la cadena que le había regalado ese último día en el pecho, jamás se separaba de ella. Y ahí a donde quiera que iban la buscaba, inútilmente, buscaba en cada recoveco de cada pueblo por el que pasaban, sin suerte, se había dado por vencido al recorrer todo el pueblo en donde habían encontrado al señor Furuhata.

Pero no la olvido, no quiso hacerlo, aunque había aceptado que no se encontraría con ella nunca más, la quiso aun, aun podía sentir sus frágiles brazos alrededor de su cuello, recordó esa constante pregunta que se hacía cada noche desde ese día en el que huyeron, ¿Qué era el amor?, un instante, y jamás sintió ese instante de nuevo.


Serena acababa de cumplir los 23, su primer día en la facultad se acercaba, y eso la asustaba mas que nada en el mundo, se encontraba sola en su habitación, viendo fotos de su niñez en el pueblo, mientras derramaba constantes lágrimas, como cada ves que recordaba a su querido Diamante, ya habían transcurrido diez largos años en los que no supo de el ni una sola ves. Dejo las fotografías en la cama y se paro para poder mirarse en el espejo, había cambiado mucho en todos esos años, era mucho más alta a comparación de cuando tenía 13, medía ya 1.68 m, no se explicaba como era que había crecido mas que la mayoría de las muchachas en la secundaria. Su cabello también había crecido enormemente, ya le llegaba hasta donde su espalda terminaba, y se había tornado de un color dorado oscuro, que brillaba mucho bajo el efecto de los rayos ultravioleta, su cuerpo definitivamente había cambiado, se había desarrollado completamente, se había hecho curvilínea, delgada, con unas piernas largas y perfectas, su voz era mas suave y dulce. De igual forma su forma de ser había sufrido transformaciones, ahora era mas responsable, inteligente, siempre cuidaba sus estudios, no le importaba nada mas, aunque le resultaba difícil desenvolverse en público, tenía unos cuantos amigos, aunque nunca encontró uno como Diamante.

Se había mudado a Tokio desde ese día en el que tuvieron que huir, ya eran diez años viviendo bajo el encanto de Tokio, se había enamorado de la ciudad.

Su hermanita menor, Rini, quien había nacido tan solo unos meses después de llegar a Tokio, había entrado a su habitación a molestarla, como de costumbre, apenas cumpliría los once, a pesar de su molesta actitud ella la adoraba, de alguna manera le recordaba a ella cuando tenía la misma edad, era lo único bueno que le había pasado en todos esos años, aunque seguía teniendo problemas con el esposo de su madre, que parecía nunca aceptarla. Trato de ser fuerte, aunque nunca pudo quitarse el dolor de la separación, siempre estuvo presente, pero toda esperanza de volver a verlo se había esfumado con el paso de los años, pero lo seguía queriendo igual, seguía siendo su primer amor, aunque nunca se lo confeso, recordó lo suave que era su mano, sus dedos entrelazados a los suyos, ¿Por qué ningún chico le parecía lo suficientemente guapo?, por que siempre se interponía el recuerdo de su amado Diamante entre ella y cualquier chico. Tomo el relicario entre sus manos, el único recuerdo que tenía de el, y se pregunto si el aun tendría la cadena de su padre, rogó por que fuera así.


Era el primer día de clases, Zafiro había salido por algo de comer, así que Diamante decidió ir al único lugar donde se sentía bien solo, la biblioteca. Al llegar tomo el mismo lugar de siempre, había extrañado ese lugar durante los dos meses de ausencia, había pasado el verano en casa del señor Furuhata, como cada ves que tenían vacaciones, a excepción de que ahora habían regresado con el arrogante Andrew Furuhata, que era dos años menor que el, pero se llevaban muy mal, simplemente no podían aceptarse el uno al otro a pesar de todos sus intentos. Estaría estudiando con ellos de ahora en adelante, y eso le molesto de sobremanera, pero no lo expreso. Tomo el libro que había dejado la última vez y se sentó para continuar leyéndolo. No supo cuanto duro allí inmerso en la lectura, pero se dio cuenta de que ya había pasado bastante tiempo, por lo que dejo el libro en su lugar y volvió a la habitación que compartía con Zafiro.

Mientras caminaba encontró tirado en el suelo un panfleto que solían hacer los estudiantes sobre diferentes temas, por lo que no presto atención al camino, mientras estaba muy atento a la hoja de papel no se dio cuenta que del otro lado venía una chica también muy distraída para percatarse de que estaba a punto de chocar con el.

Serena se golpeo contra el pecho de Diamante y por la fuerza y el mal equilibrio cayó al suelo, derramando sus libros por doquier, llevaba el cabello suelto, con un pequeño broche de lado izquierdo y una falda color verde pistache hasta las rodillas. Diamante dejo de leer el panfleto para poder admirar lo que había sucedido, miro a la chica extraña para el tirada en el suelo, no pudo evitar sentirse culpable, aunque le molesto el hecho de que la chica fuera tan distraída, por lo que muy a su pesar le tendió la mano.

Serena tomo su mano, dudosa, por alguna razón extraña en ese momento cruzo por su cabeza una de las tantas veces en que había tomado de la mano a su querido amigo.

Y entonces sus miradas se encontraron, los ojos de Diamante brillaban, y los de ella también, el era el chico mas lindo que había conocido hasta ahora, admiro sus hermosos ojos, algo de esos dos enormes ojos le recordó a su amado Diamante, algo en su aire, en su presencia.

Diamante se había quedado sin palabras por algunos segundos, no podía negar que tenía frente a sus ojos a una especia de ángel, no supo describirlo, pero algo le molesto de ella, le molesto mucho que sus ojos fueran iguales a los de ella, pues esos ojos nunca hubiera podido olvidarlos ni en cien años.

-¿Por qué no te fijas por donde caminas, niña torpe?

-Lo lamento es que no encuentro la biblioteca y…

Diamante había comenzado a recoger sus libros y se los entrego, lanzándole una mirada inquisitiva, lo que hizo que a Serena se le erizara la piel.

-No pienso perder mi tiempo contigo.

Diamante le dio la espalda y continuo caminando, sin dejar terminar de hablar a la chica, no se había percatado de que su pulso estaba acelerado y por alguna razón sintió la necesidad de sacar su cadena y apretarla contra si.

Serena no pudo evitar mirar como se alejaba por el corredor, sus mejillas se habían encendido, pero no estaba segura de si había sido causa de la vergüenza o del curioso encuentro. Pero le agrado su forma tan varonil de caminar, un impulso la llevo a sacar su relicario de debajo de su blusa y besarlo.