Hola mis queridas amigas! Siento el retraso. En mi defensa argumento que la universidad destruye muchas de mis posibilidades de escribir…. Pero pues go! Aquí esta… espero no hayan olvidado la historia, les prometo que no me vuelvo a demorar tanto… y les cuento que dentro de una semana tendré unas cortas vacaciones donde adelantare un par de capítulos para no volverme a demorar así, es mas hasta les cuento que ya esta terminado el capitulo 3, lo subiré cuando haya leído sus valiosas opiniones…

Les agradezco muchísimo sus Reviews, les prometo que pronto se pondrá mucho mucho mejor! Les pido que me cuenten que tal… si les gusta… si no? Muchísimas gracias por tomarse su valioso tiempo para leer esta pequeña historia… gracias a Ossalia, Pauli, Sara Himura, LadySc, Maaya, setsuna17, enishi-senpai y luchi-chan por su comentarios. ^^

En cuanto a este capitulo… mmm espero que les guste mucho y si algo les recuerdo que Ryuzaburo es aquel estudiante de arte que se enamoró de Kaoru en el capitulo 72… ese que iba a retar a kenshin a un duelo de kendo… no siendo mas… go!

Capítulo 2

De regreso a la oficina de relaciones públicas de los Zorros, Kaoru fue recibida por la imagen de Seijuro Hiko agachado sobre una caja de pizza abierta sobre su mesa. En uno de los sofás de cuero, delante de él, estaba sentado Saito. Subdirector de relaciones públicas como ella, él era responsable de recopilar las estadísticas, los resultados de los partidos y cualquier otra información que los periodistas deportivos y los comentaristas televisivos necesitaban a diario. Kaoru no estaba muy segura de que Saito, con su bronceado perpetuo, su actitud a lo Hugh Grant y su forma de hablar sin apenas abrir la boca, fuese persona de su agrado. Le parecía falso, sobre todo cuando trataba con Hiko. Estaba dispuesta a retrasar la opinión que pudiera hacerse de él hasta conocerlo mejor, pero tenía la sensación clara y espeluznante de que la versión que él tuviera de conocerse sería radicalmente opuesta a la de ella quería.

—¿Qué tal te ha ido? —preguntó Kaoru esperanzado, tendiéndole un pedazo de pizza. La idea de conseguir que cada jugador se apuntara a tres actos benéficos le había entusiasmado. Kaoru rechazó la pizza y Hiko se encogió de hombros, mordisqueando la punta del pedazo antes de guardarla de nuevo en la caja—.¿Te has encontrado con Himura?

—Sí. —Kaoru se instaló en el brazo del sofá situado enfrente del de Saito—.No lo hará.

—Sigue trabajándotelo —le ordenó Hiko—.Conviértete en su sombra, la mosca que le joda las pelotas—murmuró a modo de reflexión.

—He conseguido a Soujiro y a Enishi—le informó Kaoru

—Eso es un buen principio. Soujiro es un buen tipo, lo hará prácticamente todo. Enishi necesitará que lo lleves de la mano. Aún no domina muy bien el japonés.

—De eso ya me di cuenta —dijo con ironía—.¿A quién más piensas que debería irle detrás?

—Hhhmm. —Hiko inclinó tan hacia atrás su silla giratoria que Kaoru pensó que iba a volcarse y atravesar la batería de ventanas con cristales tintados que tenía detrás—.Prueba con Sanosuke Sagara o Sunan Tsukioka. Los dos están solteros y tienen a llamar la atención de las damas. Consigue meterlos en alguna cosa benéfica, búscales algo de espacio en alguna revista femenina, eso ayudará.

Kaoru asintió. No estaba del todo segura de quién era Sagara o Tsukioka, al menos no a primera vista. Pero ya se enteraría.

—A lo mejor estarían dispuestos a formar parte de una subasta de solteros —sugirió, pensando en voz alta.

—Eso es, chica. —Hiko se empujó hacia delante y las patas delanteras de la silla chocaron contra la alfombra gris con un golpe amortiguado—.Eso sería perfecto para ellos. Ya sabes cómo funcionan estas cosas: en cuanto conozca a los chicos, sabrás enseguida quién está dispuesto a hacer qué, y tu trabajo será mucho más sencillo

—Ah, sí. —Kaoru bufó en plan de sorna—. Kenshin Himura es una pesadilla.

—Pero si alguien puede ponerlo en cintura—canturreó Hiko—, ésa eres tú, muñequita. Confío plenamente en tus habilidades.

«Me alegro de que alguien de nosotros confíe en ellas», pensó Kaoru mientras que su jefe seguía hablando

—Mañana hablaremos sobre a quién podrías acorralar para hacer qué. Mientras, tal vez deberías... —Se interrumpió, riendo entre dientes—. Kamisama… ¿te das cuenta de que estoy diciéndote lo que tienes que hacer? Si tú lo sabes de sobras, por eso te contraté. —Se levantó haciendo un gran esfuerzo y remetió la camisa en el pantalón—.Y ahora, si me disculpáis, tengo que irme corriendo. Uno de los grandes jefes de arriba quiere verme, sólo Dios sabe por qué.

—Seguramente quieren que les ayudes a clavar agujas en un muñeco de vudú con la figura de Himura—apuntó Kaoru.

—Seguramente. —Hiko no pudo resistirse a dar otro mordisco enorme a la porción de pizza que le había ofrecido a ella.

—Una cosa más antes de que te marches —dijo ella.

—¿Sí?

—¿Hay alguna esposa que suela ir a los entrenamientos?

—A veces —respondió—.La esposa de Seta Soujiro, Sakura, acude con bastante regularidad. ¿Por qué?

—Porque quiero sondearlas, ver si alguna de ellas estaría dispuesta a hacer un reportaje del tipo «En casa con...» para alguna revista, o para el canal de las estrellas, o alguna cosa así —dijo Kaoru —.Tenemos que explotar los jugadores casados, enseñar que en el equipo también hay hombres de familia.

Hiko miró a Saito con una sonrisa radiante.

—¿Qué te dije? ¿Has visto todo lo que tenemos guardado en el departamento de cerebros? —Se volvió hacia Kaoru—.Me parece estupendo. Y ahora tengo que irme corriendo. Mañana podemos ir para allá en coche juntos. Te espero aquí a las nueve en punto. —Enrolló el resto de la porción de pizza y se lo metió entero en la boca y se despidió con la mano de ellos mientras iba ya camino de los ascensores, canturreando para sus adentros.

—Increíble —suspiró Saito, levantándose, su voz cuidadosamente cultivada mostrando un tono de desaprobación—.Este hombre acabará cayendo muerto un día de éstos de pura glotonería.

—Al menos morirá feliz —apuntó Kaoru, intentando ignorar el hecho de que su compañero de trabajo estaba observando sus pechos como si fueran amigos a los que no veía desde hacía tiempo.

—¿Quieres ir a comer algo? —preguntó él, tan tranquilo, acercándose a ella.

tuvo que forzar una sonrisa.

—Me encantaría, pero con esto de ser la nueva tengo que ponerme al corriente rápidamente. Tal vez en otra ocasión.

—Como desees —dijo Saito arrastrando regiamente las palabras, saliendo del despacho.

«¿Como desees?» pensó Kaoru, viéndole marchar. «¿Quién se cree éste que es? ¿Un actor de cine? Vaya tipo más pretencioso».

Había sido demasiado caritativa al no querer opinar antes de él. No se había equivocado con la primera impresión: Saito era espeluznante, sin lugar a dudas. En cuanto a Kenshin Himura, se alegraba de que Hiko fuera consciente de que necesitaría más de un intento para convencer al capitán «Poco Colaborador» de que hiciera un poco de publicidad. Le preocupaba que su buena reputación se hubiese puesto en su contra, y que Hiko esperara que llegara el primer día con la cabellera de Himura colgando del cinturón. Pero parecía conocer muy bien el reto al que se enfrentaba, un reto que estaba decidida a superar. Recogió todos sus papeles y se dirigió a su despacho pensando en Kenshin y en cómo conseguir que empezase a jugar según las reglas de Saeki.

Cuando Kaoru llegó a casa eran ya casi las siete... No estaba mal, según los estándares de las relaciones publicas, para un día de trabajo. Sabía que en cuanto empezase «oficialmente» la temporada en octubre, tendría que quedarse a ver partidos en el pabellón, lo que probablemente significaría llegar a casa en torno a la medianoche. Hiko la quería también en la carretera con el equipo de vez en cuando, simplemente para que se hiciese un poco la idea de lo que era. Y luego, naturalmente, estaban los torneos de golf benéficos y los partidos de hockey y las subastas y los bailes y las cenas para recaudar fondos que prepararía y a los que asistiría con «los chicos», como Hiko orgullosamente llamaba a los jugadores. Esperaba que llegara pronto el día en que también ella pensara en ellos simplemente como los chicos. Pero por ahora, seguían siendo aún una especie rara y exótica, cuyas costumbres y hábitat le resultaban completamente desconocidos.

Abrió la puerta de su apartamento y se vio atacada por una explosión de aire acondicionado gélido, la prueba segura de que su compañera de piso, Misao, había regresado de la sesión de búsqueda de localizaciones exteriores en la que había estado trabajando. Cerró la puerta a sus espaldas y la oyó cantando en la ducha. Asomó la cabeza en el baño y exclamó en broma:

—¡Ya estoy en casa, cariño!

—¡Salgo en un minuto! —Misao aulló como respuesta, elevando la voz por encima de la cascada de agua. Kaoru sabía que en el horario de su amiga, «un minuto» significaba como mínimo diez minutos de tiempo real, de modo que se dirigió al salón, se despojó de su chaqueta azul marino y la dejó caer sobre el respaldo del sofá antes de ir hacia la cocina en busca de una botella de Cerveza.

Ella y Misao llevaban casi cuatro años como compañeras de piso y habían sido compañeras de trabajo durante dos, cuando ambas trabajaban en la productora. Kaoru siempre había considerado a Misao como una mujer alegre con mucha vitalidad y energía. Las dos ganaban más que suficiente para alquilar un apartamento por su propia cuenta, pero ni la una ni la otra quería hacerlo. ¿Por qué vivir sola cuando puedes vivir con una amiga? Además, ninguna de las dos quería abandonar aquel apartamento.

Se trataba de un apartamento de tamaño mediano y dos dormitorios, con techos altos, suelos de parqué y una cocina enorme, algo que Misao consideraba un detalle importante, pues le encantaba cocinar... aunque no estuviera mucho en casa para cultivar sus talentos culinarios. En el salón, situado a un nivel más bajo, había una chimenea enorme de mármol italiano, y una pared de ventanales desde el que se veía el puente de un rió que atravesaba la ciudad un lugar estupendo para ver la maratón de Tokyo, que Misao corría cada año. El estilo de decoración era a la última y muy ecléctico, una combinación acertada de elementos modernos y antigüedades. Una reproducción de un cuadro de Picasso colgaba sobre una oxidada jaula victoriana colocada encima de una mesita baja, mientras que el enorme y mullido sofá tapizado en cretona quedaba compensado por un viejo baúl que hacía las veces de mesita para el café. En la estancia había siempre flores frescas, una pasión que compartían las dos. De un modo u otro, todo funcionaba.

La habitación favorita de Kaoru era su dormitorio. Hay que decir que era el más pequeño de los dos, con apenas espacio suficiente para su amada cama con cabezal y pies de madera de ébano, pero estaba encantada de sacrificar el espacio por las puertaventanas que se abrían a una diminuta terraza donde tenía pulcras hileras de macetas de terracota llenas de plantas aromáticas. Melisa, lavanda, albahaca, tomillo, cilantro, orégano, salvia, hinojo... Cuando se sentía estresada, cogía algunas hojas, las machacaba entre los dedos y se las llevaba a la nariz, inspirando hondo. Era una técnica de relajación que su padre le había enseñado, y siempre le funcionaba.

—Hola.

Kaoru acababa de servirse el contenido de la botella de cerveza en un vaso y se dirigió al salón cuando Misao salió corriendo del baño en albornoz y con una toalla envuelta en la cabeza como un turbante, lo que le daba cierto aire de exótica princesa italiana.

—¿Qué tal por tu trabajo? —preguntó Kaoru, quitándose sus Manolos de una patada.

—uuu "maravilloso"- Deberían matar a quien quiera que tuviera la brillante idea de hacer una sesión de búsqueda de localizaciones durante primeros de septiembre. —Misao lanzó un profundo suspiro y se derrumbó en el sofá al lado de Kaoru —.Eso de que no estuvieras allí fue un rollo. No tenía nada con quien reír cuando apareció Tomoshiro Ryu con uno de esos mini trajes de baño Speedo.

Kaoru se estremeció. Él era uno de los actores de más edad; llevaba años peleándose con el Padre Tiempo en un encuentro lleno de amargura que estaba perdiendo de muy mala gana.

—Debió de ser desgarrador.

—No, lo que fue desgarrador fue ser llamada a su habitación para que le ayudara a aplicarse Just for Men (una crema para pintar el pelo) al vello de las piernas.

Kaoru se detuvo a medio sorbo de agua.

—Me tomas el pelo.

—Ojalá fuera así. Pero te lo digo de verdad, la cadena no me paga suficiente dinero para hacer esas cosas.

—Sí, pero piensa en todo el material estupendo que estás recopilando para cuando hagas ese libro en el que vas a contarlo todo —bromeó—.Un bestseller garantizado, lo sabes de sobras.

—Excepto que tendré que cambiar todos los nombres ó esperar a que estén todos muertos para escribirlo —se quejó Misao, sirviéndose en el mismo vaso que Kaoru había usado que y bebiendo hasta apurar su contenido—.Mmm, eso es lo que necesitaba. —Devolvió el vaso a Kaoru con cara de impaciencia—.Ya basta de hablar de mí. Ahora quiero oírlo todo sobre estos machos gigantescos sobre patines con los que te pagan por estar.

—¿Qué quieres saber?

—¿Cuántos hay solteros?

—Misao! —le dijo Kaoru con reprobación. Sabía que llegaría. En el mismo instante en que le explicó a su amiga que había aceptado el puesto, Misao se le había echado encima para conocer los detalles sobre los chicos que estuvieran disponibles.

—¿Y bien? —insistió—.¿Alguna posibilidad?

—Todavía no lo sé —le dijo Kaoru, andándose con rodeos, aunque era verdad—Deja que los conozca mejor y te diré alguna cosa.

—El capitán está muy bueno —comentó Misao en voz alta. Deshizo el turbante de toalla y empezó a frotar con fuerza su melena negra y ondulada—.¿Cómo se llama? ¿Kenji Himura?

—Kenshin Himura—la corrigió. Se quedó tensa—.¿Crees que está bueno?

—¿Por qué? ¿Tú no?

—La verdad es que no me he dado cuenta.

—Entonces abre los ojos, chica; está buenísimo.

—Me imagino —respondió distraídamente. Por supuesto que se había dado cuenta, pero había estado intentando no pensar en ello. Para empezar, Kenshin Himura no era de su estilo. A ella le gustaban los hombres un poco más cerebrales. Además, sabía que con él no tenía la mínima oportunidad. Ni medía un metro ochenta, ni había aparecido nunca en la portada de una revista, ni subsistía a base de aire y agua, y su busto—si es que tenía— era completamente suyo. Kenshin Himura no la miraría ni en un millón de años.

Misao, mientras, se había quedado con una mirada soñadora perdida en la nada.

—¿Y qué me dices del alemán ese nuevo?

—¿Yukishiro Enishi? Lo he conocido hoy.

—¿Y...?

—Y es muy joven y apenas habla japonés

—¿Y qué? Es WOW!.

Kaoru miró a Misao con malicia.

—¿Cómo lo sabes?

La Ojiverde se levantó, sintiéndose insultada.

—Resulta que no vivo bajo tierra, ¿sabes? Hoy aparecía en el Sentinel un artículo muy largo hablando de él. Le llamaban «el expreso teutón». —La mirada perdida volvió a sus ojos—.Seguro que su acento le hace parecer uno de esos espías sexy que aparecían en las antiguas películas de James Bond.

—De hecho, recuerda más a Boris, el de Rocky y Bullwinkle.

—Eres un demonio, ¿lo sabías? —La mirada ensoñadora dio paso a una leve desesperación—.¡Ayúdame, Kaoru! Hace tres meses que no salgo con nadie.

—Eso no es cierto. Cenaste hace nada con ese productor de «Good Morning Tokyo».

—Ése no cuenta. Lo único que hizo fue hablar sobre cómo su ex novia lo dejó por otra mujer. Acabada la cena, incluso yo estaba dispuesta a convertirme en lesbiana, ¿entendido? Fue una pesadilla. Mira, estoy cansada de pasarme las noches de los sábados sola, enroscada en el sofá y mirando el canal de las películas. O de hacer de vela con Ryuzaburo y contigo.

Kaoru dio un brinco en el sofá.

—¡Ryuzaburo! Mierda, hoy tenía que llamarlo a la hora de comer.

—Tranquila, seguramente no estaba ni en casa —murmuró Misao, examinándose las uñas—.Seguramente estaría recitándole sus poesías malas a algún pobre pringado que no tuvo forma de huir de él.

A Kaoru no le hizo gracia.

—¿Has terminado ya?

—No. ¿Por qué no lo despachas? Sabes que quieres hacerlo. ¡Es un gorrón pretencioso! ¡Podrías estar con alguien mucho mejor que un tipo que fuma apestosos cigarrillos franceses y que piensa que eso le da derecho a aplicar una pronunciación francesa a su nombre! ¡Llámame Gyuzaburo! ¡Porggg favor!

—¿Pero por qué piensas eso? —Kaoru se mantenía impasible.

—¡Ese tipo se instaló aquí seis semanas mientras no encontró apartamento y jamás se ofreció a pagar por nada! —Misao estaba furiosa—¿Se supone que con eso pretendía granjearse mi cariño?

—Afloja un poco con él, Misao. Lo pasó mal. Su padre abandonó la familia cuando él tenía diez años y su madre no está muy cuerda, ¿me entiendes?

—Estoy de acuerdo en eso, es muy triste —admitió Misao —.Pero sigo pensando que podrías encontrar algo mejor.

Kaoru puso los ojos en blanco. Era una conversación que habían mantenido ya muchas veces. Pero Misao no lo entendía. Kaoru no quería nada mejor que Ryuzaburo, al menos por ahora. Después de tres años, «la relación» era cómoda e informal, algo que ambos podían mantener en funcionamiento poniendo el piloto automático. Una cita prefabricada para el fin de semana si no había nada más interesante en perspectiva, un cuerpo caliente en la cama para aquellas noches en las que uno, o los dos, deseaban cariño. Aquello no llegaría a ninguna parte, y así era cómo ambos querían que siguiese. Y eso era lo que Misao no comprendía. Para ella, todos los chicos eran potencialmente «él», un concepto que Kaoru se negaba a comprar.

—No te preocupes por mí. Cuando llegue el momento, despacharé a Giozaburo y me arrojaré en brazos de mi amor verdadero.

Misao puso mala cara.

—No es necesario que seas tan sarcástica.

—¡No lo soy! Lo sabré cuando llegue el momento. Pero por ahora, esto con él ya me va bien.

—Lo que tú digas. —Cogió de nuevo el vaso de Kaoru—.Ahora cuéntame tu primer día de trabajo.

Le explicó a Misao lo que había sucedido en el vestuario con Kenshin Himura.

—Me parece que es un puesto hecho a tu medida, cariño.

—Oh, sí —Kaoru estaba francamente de acuerdo—.El no se ha dado cuenta aún de con quién está tratando.

—La piraña de las relaciones públicas.

—Exactamente. —Apuró el vaso y se levantó—.Mañana intentaré utilizar la dulzura y la suavidad para enseñarle quién lleva los pantalones.

—O para quitárselos, si se da el caso.

Se echaron las dos a reír.

—Toma nota de mis palabras —dijo Kaoru por encima del hombro mientras se acercaba a la cocina para llenar de nuevo su vaso—.Para cuando haya terminado la temporada, el capitán estará considerado como uno de los ciudadanos más bondadosos, involucrados y respetables del planeta.

Fuerza y elegancia. Esas fueron las dos palabras que le vinieron a la cabeza al día siguiente viendo a los Zorros calentando antes del entrenamiento, el equipo al completo dando vueltas a la pista de hielo. Resultaba asombroso cómo conseguían que pareciese tan sencillo deslizarse por el hielo sobre unos filos de acero de menos de un centímetro de ancho. Una y otra vez, su atención se volcaba hacia Kenshin, hacia su potente patinaje. Con la espalda erguida, balanceaba los brazos de un lado a otro y se impulsaba con sus fuertes piernas, famosas por su rápida velocidad de aceleración. Parecía concentrado, aunque relajado, bromeando en todo momento con sus compañeros de equipo. Kaoru creyó ver sus ojos mirando rápidamente hacia donde ella estaba, percatándose de su presencia, pero no podía jurarlo. Por lo general, él y el equipo parecían ignorarla por completo, tanto a ella, como a Hiko y al resto de personal de los medios de comunicación que estaba allí sentado viéndolos.

Pero por mucho que tuviera los ojos pegados a la pista de hielo, el oído lo tenía orientado hacia Hiko, que estaba chismorreando felizmente con los periodistas. Dios, era muy bueno, contando historias, sorteando peticiones de entrevistas, esquivando hábilmente preguntas sobre supuestas lesiones de los jugadores, sacando los trapos sucios de otros equipos y jugadores de la liga. Estaba impresionada y volvió a alegrarse de haber aceptado el puesto. Podía aprender mucho de él.

Los Zorros estaban enfrascados en el entrenamiento de jugadas de pase del disco cuando Kaoru se percató de la presencia de una mujer bajita, con cabello castaño claro hasta la altura de la barbilla, que guiaba a dos pequeños rubiales hacia los asientos de la zona central de la pista. Antes incluso de tratar de adivinar de quién se trataba, notó los dedos en forma de salchicha de Hiko dándole unos golpecitos en la espalda.

—Allí tienes a Sakura. Vete a hablar con ella sobre lo del reportaje familiar. Cuando haya acabado el entrenamiento, pásate por el vestuario para ver si consigues que algún chico más se apunte a lo de los actos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —le respondió levantándose del asiento. El recinto estaba prácticamente vacío exceptuando la prensa y los jugadores, cuyos broncos gritos resonaban por la altura del techo abovedado. Sakura vio que se acercaba a ella y la saludó con una expresión amigable y acogedora, mientras sus dos hijos seguían emocionados con la carita aplastada contra el Plexiglás que rodeaba la pista de hielo e intentando llamar la atención de su padre.

—Vengan chicos —dijo reprendiéndolos cariñosamente—.Ya saben que papá tiene que estar concentrado. —le dedico un calida sonrisa a Kaoru—.Hola, soy Seta Sakura , la esposa de Soujiro Y este par de rufianes son Taiga y Ren

—Soy Kamiya Kaoru, la nueva de relaciones públicas.

—Soujiro me ha hablado de ti —dijo muy amablemente Sakura, indicándole que ocupara el asiento a su lado—.Me comentó que Kenshin estuvo ayer algo descortés contigo.

Kaoru hizo una mueca.

—Sí, no diría que las cosas entre nosotros hayan empezado precisamente con el pie derecho

—No te preocupes por él. Perro que ladra, no muerde.

—¿Lo conoces bien?

La mirada de Sakura se trasladó al hielo, donde su esposo acababa de lanzar en aquel momento un disco en dirección a la portería.

—él y mi marido se conocen desde hace años. Empezaron juntos como novatos en el Nagoya Team y son mejores amigos

—¿Cuánto hace de esto?

—Hace como cien años. —Se echó a reír—.Los dos empezaron en la liga profesional a los dieciocho años.

Kaoru hizo mentalmente algunos cálculos. Quince años. Kenshin Himura llevaba quince años como jugador de hockey profesional. Había ganado tres Copas Nacionales y ni siquiera había cumplido aún los treinta y cinco. Impresionante, para un deportista.

—Seta-san, mira, estaba preguntándome...

—¿Respecto a Kenshin? —Sakura acabó la frase por ella—.La respuesta es sí, está soltero.

—¿Qué? No, no —respondió rápidamente Kaoru, horrorizada, ¿Por qué aquella mujer pensaba que ella quería conocer el estado civil de ese imbecil? ¡Ésas eran el tipo de cosas que Misao solía preguntar, no ella!—.Lo que estaba preguntándome era si tú y tu esposo estarían dispuestos a ser entrevistados para una revista sobre la duración de vuestro matrimonio, lo que conlleva intentar sacar una familia adelante con la loca agenda de un deportista, cosas así.

Sakura parecía incómoda.

—¿Significaría eso tener gente en casa tomando fotografías?

—Sí.

—No sé. Soujiro y yo valoramos mucho nuestra intimidad. Trabajamos duro para mantenernos lejos del ojo público a menos que sea absolutamente necesario. ¿Has probado de pedírselo a cualquiera de los demás jugadores casados?

—Todavía no —admitió Kaoru—.Me he dirigido primero a ti porque Soujiro es tanto famoso como respetado. Y ya que accedió a ayudarme con lo de las obras benéficas, pensé que tú estarías dispuesta a ayudarme con esto.

La mirada de Sakura resplandecía de orgullo.

—Mi marido tiene un gran corazón. Pero un reportaje familiar... No lo sé, tendré que pensármelo. —Su mirada volvió de nuevo a los jugadores que seguían evolucionando en la pista—.¿Forma parte de la iniciativa de Saeki para cambiar la imagen de los Zorros ?

—Exactamente. —Kaoru no le veía el sentido a edulcorar las circunstancias y quedó gratamente sorprendida con la respuesta de Sakura.

—Personalmente, creo que es una buena cosa. Muchos de estos chicos, sobre todo los más jóvenes, están totalmente descontrolados.

—He oído decir que lo mismo sucede con algunos de los mayores —murmuró Kaoru.

En la boca de Sakura se dibujó una sonrisa irónica.

—¿Te refieres a Kenshin?

—Sí.

—él no está descontrolado —respondió con cariño—.Simplemente le gusta divertirse.

—Mucho.

—Eso es.

—Con una mujer diferente cada mes.

—Eso es.

—Pues la empresa lo odia.

Sakura explotó de risa.

—¡Me imagino lo que Kenshin tendría que decir al respecto!

—Sólo con que se apuntara para alguna que otra aparición en actos de caridad, tal vez si bajara un poco su ritmo de salidas con mujeres durante la temporada, los jefes quedarían contentos. ¿Algún consejo?

—¿Sobre cómo manejar a Kenshin? —Kaoru asintió al ver un destello de compasión en la mirada cansada de Sakura—.¿Sabes cuántas mujeres me han formulado esta pregunta a lo largo de los años?

—Cientos, estoy segura —respondió—.¿Y qué les respondes?

—Que se olviden. Nadie «maneja» a Kenshin Himura; en todo caso, es él quien maneja a los demás.

—Yo no puedo olvidarme de ello, Es una parte muy grande de mi trabajo.

Sakura suspiró.

—Entonces, todo lo que puedo decir es que intentes desgastarlo. Es lo único que podría funcionar.

—Eso pensaba —dijo con cierto abatimiento Kaoru. Se incorporó y alisó la parte delantera de su falda de ante—.Muchas gracias por tu tiempo. Y, por favor, piensa en lo de la entrevista. Ayudaría mucho a mejorar la imagen del equipo.

—Estaremos en contacto —le prometió Sakura.

Kaoru sonrió y regresó junto a Hiko. El entrenamiento estaba a punto de terminar. Uno a uno, en fila, los jugadores empezaron a abandonar la pista, aunque los periodistas siguieron por allí. Apenas había tenido tiempo de acomodarse de nuevo en su asiento cuando Hiko, siempre sutil, señaló en dirección a los vestuarios. Dándose por aludida, Kaoru volvió a levantarse y siguió a los jugadores.

Mientras se encaminaba al vestuario se sentía como un vaquero del salvaje Oeste, pavoneándose para afrontar el momento decisivo. Quería asaltar a Kenshin, conseguir que acabara suplicándole piedad a gritos. Pero esa estrategia no era la más acertada. Intentaría mostrarse cordial. Dulce y agradable. Le ofrecería una solución de compromiso que les beneficiara a los dos. Se llevó por un instante la mano al estómago para acallar las mariposas que allí dentro luchaban por cobrar vida, y entonces entró. «Eres una piraña, eres una piraña, eres una piraña...».

Algunos de los chicos la recibieron con una sonrisa; otros apartaron expresamente la vista. Uno o dos de ellos murmuraron «Hola, Kaoru», lo que le produjo satisfacción; parecía un gesto amistoso y le dio esperanzas. Antes de ir por Himura, daría una vuelta por el vestuario y reiteraría a los jugadores, lo más amablemente posible, que si no se apuntaban para un mínimo de tres actos benéficos, se vería obligada a apuntarlos ella. Nadie dio el paso, aunque creyó detectar cierta ambivalencia en Aoshi, uno de los jóvenes jugadores solteros que Hiko le había mencionado el día anterior. Parecía intrigarle la idea de tomar parte de una subasta de solteros, pero al fina solo le dijo a kaoru que ya le decidiría algo. Sabía lo que eso significaba: tenía que ir a ver si Dios, el capitán Himura, le daba su aprobación.

Corderitos. Kaoru se preguntó si también le pedirían permiso para ir al baño.

Encontró a Himura en el pequeño vestíbulo que había junto al vestuario, apoyado en una de las paredes de cemento, mirando el canal de deportes en una gran pantalla de televisión y bebiéndose un gran vaso de zumo de naranja, que había cogido de la mesita con aperitivos que había en una esquina. La mesa, con café, pastas, zumos y fruta, hizo retumbar el estómago vacío de Kaoru. ¿O serían los nervios? Los demás jugadores que había en el vestíbulo desaparecieron en el instante en que la vieron, esperando, evidentemente, que sucedería alguna cosa de la que no querían ser testigos. Kenshin, mientras, seguía con los ojos clavados en la pantalla de televisión... intencionadamente, pensó Kenshin. Aquello no era buena señal.

—¿Kenshin?

—Señorita Kamiya. Qué sorpresa.

Cuando se volvió lentamente hacia ella, el corazón de Kaoru empezó a doblar su ritmo. Estaba ansiosa, sí. Pero se dio cuenta de que era más que eso: vestido con pantalones de chándal, estaba desnudo de cintura para arriba y llevaba una toalla blanca colgada en torno al cuello, los cuadraditos perfectos de sus abdominales resplandecientes por el sudor del entrenamiento. Excitó en ella un deseo que sólo podía calificarse de primitivo. Jamás había experimentado algo tan elemental y tan fuerte. Y que la visión de aquel hombre pudiera generar aquellas sensaciones no hacía más que empeorar las cosas. Era como ser una tímida adolescente y sentirse atraída por el tonto del instituto que siempre se ríe de ti a la hora de comer. Su cuerpo estaba traicionándola. Cerró los ojos un instante.

«¡Piensa como una piraña!».

—Mira —empezó con arrepentimiento—, quiero disculparme por mi comportamiento de ayer. Temo que me pasé un poco intentando transmitirte las expectativas de Saeki. Lo siento.

Rodeó su cuerpo con sus propios brazos, esperando que él la despidiera a gritos. Pero le respondió con una tos incómoda para aclararse la garganta y una evidente escasa disposición para mantener el contacto visual.

—Sí, de acuerdo, acepto las disculpas. Yo también tenía anotado en mi agenda de hoy pedirte disculpas. No pretendía machacarte de la forma que lo hice. —Su mirada regresó a la pantalla.

—Está bien. —Kaoru miró el televisor.—.Estaba pensando... —empezó.

—¿Mmm? — Kenshin apartó los ojos de la pantalla y bebió un poco más de zumo.

—Tengo una solución de compromiso que pienso que podría beneficiarnos a ambos.

—¿Y sería?

—Sé que no quieres hacer actividades de relaciones públicas. Pero si pudieses utilizar tu influencia para conseguir que algunos de tus compañeros de equipo cooperaran conmigo, entonces quizá yo podría utilizar la mía para convencer a Saeki de que no entusiasmaran tanto con la idea de quererte ver en todo y, más concretamente, de querer que participes en actos sociales.

Kenshin asintió pensativo, rascándose la barba incipiente de su barbilla.

—Permíteme asegurarme de que lo he entendido bien. Quieres que entregue a algunos de mis chicos para salvar yo el culo.

—¿Entregar? —Repitió Kaoru con incredulidad—.¿Qué es esto? ¿Una negociación con rehenes?

—En cierto sentido.

—Oh, por favor. —Sabía que su tono de voz había sido desdeñoso, e intentó retractarse. Estaba a punto de liberar a la Kaoru de su interior y enviarlo todo al traste—.Lo único que pido...

—Es que yo haga tu trabajo.

—No —respondió Kaoru, controlando completamente su voz—, no se trata para nada de eso.

—Kaoru. —Su mirada finalmente se cruzó con la de ella y la sostuvo. Por una décima de segundo, habría jurado que estaba examinándola—.Me parece que ayer dejé ya muy claro que no creo que los Zorros le deban algo a Saeki. Comprendo que tienes un determinado trabajo que hacer, y te prometo que no pienso interferirlo, aunque piense que es una idiotez. Si uno de mis chicos decide por su cuenta que le apetece disfrazarse de pingüino y asistir a una cena de trescientos dólares el plato para recaudar dinero para los alcohólicos, es su problema. Pero por nada del mundo pienso ayudarte en eso.

—Ni aun sabiendo que hacerlo es una inversión para el futuro del equipo.

—¿Ya volvemos con éstas? ¿Con el argumento de las grandes sumas de dinero?

Kaoru se mordió la lengua e intentó controlar la oleada de rabia y desesperación que crecía en su interior.

—Mira, ya te lo dije. Si en algún momento tengo ganas de hacer alguna cosa, la haré. Pero mientras, creo que estás perdiendo tu tiempo y tu energía intentando cambiar mi postura. No pienso cambiar de opinión.

Kaoru miró el suelo, contó hasta tres y volvió a levantar la vista.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Puedes preguntarme lo que quieras.

Kaoru examinó su expresión; ¿estaba coqueteando con ella? Vio su expresión seria y fria

Decidió que no.

—¿Te morirías por hacer sólo una aparición en un hospital o por lanzar unas cuantas bolas de golf en favor del cáncer? ¿Te morirías?

—Qué gracioso, Soujiro me dijo lo mismo ayer.

—¿Y cuál fue tu respuesta?

—Mi respuesta fue que a Saeki no le importa la integridad del juego ni la de cualquiera que juegue, de modo que a mi entender, yo no les debo nada, y mucho menos ni una pizca de mi precioso tiempo libre.

Kaoru se quedó mirándolo incrédula.

—No quieres entenderlo, ¿verdad?

—Eso ya lo dijiste ayer —apuntó Kenshin, empezando a divertirse.

—Y volveré a decirlo, porque es verdad. Estás tan aferrado a tus principios que ni siquiera te das cuenta de que te está saliendo el tiro por la culata. Muy bien, niégate a hacer relaciones públicas, haz lo que te venga en gana. Pero entiende lo siguiente: no pienso claudicar. Me pagan para acosarte, a ti y a tus compañeros de equipo, y lo haré. Cada vez que te des la vuelta, allí estaré, capitan Himura, con mi terrible lista de actos sociales. Pienso ser esa piedra en el zapato de la que no puedes librarte, ese estribillo pesado que no te puedes sacar de la cabeza. Mejor que te acostumbres a que esté incordiándote todo el día, porque ésta va a ser una de las constantes en tu vida a partir de ahora y hasta que la temporada finalice en junio... suponiendo que lleguéis a las eliminatorias, por supuesto.

—Oh, llegaremos a las eliminatorias —replicó rápidamente Kenshin, masajeándose la nuca con la toalla—.Pero la pregunta que nos interesa aquí es si tú durarás tanto tiempo.

Con un guiño, apuró lo que le quedaba de zumo y se largó, dejando a Kaoru allí plantada, con una oleada candente de furia fundiéndose en sus entrañas.

¿Acababa de proferir una amenaza velada asegurándole que perdería el puesto? ¿O simplemente le había insinuado que no tenía todo lo que se necesitaba para resistir hasta el final? Fuera lo que fuese, sus palabras de despedida la habían enfurecido.

Naturalmente, tenía que admitir que había sido ella la que había empezado.

Había tenido que salir con aquel comentario jocoso sobre las eliminatorias. Podía haberse mordido la lengua. ¿Qué había conseguido? Nada, con la posible excepción de un enemigo para toda la vida.

Se acercó a la mesa del bufé, cogió una resplandeciente manzana roja y la mordió, con fuerza. Se acabó la dulzura y la suavidad. Kenshin Himura le había arrojado el guante. Pues ella lo recogería. La batalla acababa de empezar oficialmente. Tal vez él se hubiera llevado los dos primeros asaltos pero, al final, la victoria acabaría siendo suya. Saeki esperaba que ganase. Le pagaban para ganar. Lucharía contra Kenshin Himura. Hasta el final. No porque quisiese, sino porque tenía que hacerlo.