THE DARK SECRET SAGA I

Legion of the Damned


2

Las flores del mal

3 de junio, Distrito Forestal.

El gobierno de Bellwether fue devastador para sus amigos, aún cuando él mismo estaba de acuerdo con la mayoría de sus propuestas. Si bien Lovebat siempre ha sido de la opinión de que los depredadores son salvajes, impredecibles y brutales, no pedía su exterminio. De hecho, la mayoría de sus amigos son depredadores, pero únicamente confía en Robert Elk Howard, su mejor amigo.

Y en realidad, no fue difícil sólo para su grupo. Muchos depredadores sufrieron el acoso de la policía: los Red Wheels, una banda motera con la que algunos de sus amigos tenían tratos, vieron a la mitad de sus miembros ir a prisión. Por supuesto que a él no lo molestaron, pues a nadie le parecería amenazante un pequeño murciélago, pero su mansión fue allanada varias veces, mientras buscaban a su grupo.

Se llevaron a Arthur Lynxbaud, a Charles Blaireau y a Dog Byron, aunque en opinión de Lovebat, era justo que los capturaran. Lynxbaud vendía armas a los Red Wheels y a cualquiera que las solicitara, mientras que Dog Byron había participado en operaciones confusas en Grecia, el Golfo Pérsico y Mogadiscio, acusado de crímenes que jamás se probaron pero que tampoco se desmintieron. Aunque no fueron detenidos específicamente por esos crímenes, en realidad los apresaron por causar problemas en la vía pública. Oscar Wilde, por alguna razón, pudo evadir a la policía en esos momentos.

Afortunadamente para ellos, habían quedado libres cuando la coneja conocida como Judy Hopps y el zorro conocido como Nick Wilde, descubrieran la verdad tras Bellwether. Y en opinión de Lovebat, fue un grave error: sí, sus amigos estaban encarcelados, pero muchos de ellos merecían algún tipo de escarmiento; sí, Bellwether cometió un crimen, pero estaba gestionando muy bien la ciudad; y prefería un gobierno ilegal a considerar como héroe a un maldito zorro.

El Caso de los Aulladores: la prensa sensacionalista y barata festinó bastante sobre aquello, para gran rabia de Lovebat. El zorro había entrado a la Academia de Policía, la coneja había saltado a la fama, y Bellwether fue a la cárcel.

"Esa oveja ha sido la mejor alcaldesa que ha tenido la ciudad. Hizo lo que un ciudadano debía hacer, mantener a los depredadores a raya".

—Es inconcebible que actualmente incluso un zorro logre ser un oficial de la ley, en tanto yo aún no puedo publicar mis relatos —se queja Lovebat, en una silla especial acoplada en el automóvil de su gran amigo Robert.

"¿Y qué seguirá? ¿Un zorro alcalde? ¡Me voy de la ciudad si eso pasa!"

El alce es inmenso hasta para los estándares alces. Usa un sombrero blanco y un traje gris, sin corbata. El pequeño murciélago usa un elegante traje negro, con corbatín negro, que apenas se nota debido a su pequeño tamaño.

Ambos están dentro del automóvil de Robert, un Chevrolet Bel Air rojo, impecablemente conservado, y se disponen a viajar en dirección al aeropuerto. Robert se ajusta el cinturón de seguridad.

—Tampoco me creo eso de que el zorro ayudó a resolverlo —dice el alce encendiendo el automóvil—. Pero de ser mentira, la propia policía lo descubrirá.

—El Departamento de Policía de Zootopia es deficiente en muchos aspectos —contesta el murciélago, cruzando sus pequeños brazos en un signo de molestia—. No me sorprendería que estén encubriendo su propia falta de competencia.

Acelera, saliendo del Distrito Forestal. Se dirige hacia el corazón de la ciudad, y en un restaurante de nivel, ve a una zorra polar desayunar acompañada de un leopardo de las nieves, un oso polar y otro zorro blanco. Seguramente provenientes de Tundratown, tal vez ejecutivos a juzgar por sus elegantes trajes negros.

El intenso tráfico les impide avanzar todo lo rápido que quieren. El sol del amanecer, con su pincel de luz, va pintando en tonos de anaranjado los edificios y el suelo. Pasan por Horned Park, una plaza descuidada cercana a la temida Happytown; en sus bancas pueden ver a jóvenes lobos vestidos con ropas verdes, los colores de la pandilla de los Packs. Hay un lobo marrón que más bien parece un enorme perro, que conversa con un joven lobo gris, ambos con gorras verdes adornadas con la palabra "Packs" en letras amarillas. Lovebat ve que el lobo (o perro) marrón le entrega al otro una pistola, y teme seguir mirando.

Al fin pueden avanzar, tomar otra calle, y salir a una avenida.

Pero ahí deben tener precaución, ya que una larga hilera de moteros ocupa un carril completo. Mayormente son licaones, aunque traen zorros, lobos y otros depredadores similares. Sus chaquetas negras presentan sus símbolos: un escorpión extendiendo sus pinzas, y encima las palabras Red Wheels MC. Robert avanza, y los moteros toman otra calle, en una larga hilera como una serpiente negra.

Logran tomar la carretera, y entonces Lovebat comienza a hablar.

—¿En qué momento nuestra ciudad se estropeó tanto?

—¿De qué hablas? —pregunta el alce.

—De todo. Sin previo aviso, ya los depredadores tienen mayores atribuciones. Hoy en Zootopia hay toda clase de pandillas y mafias ¿En qué momentos nuestros representantes permitieron que esto ocurriera?

—No creo que hoy esté peor que antes —contesta el alce— ¿Te acuerdas el año en que ocurrió el motín en Barkham?

—Prefiero olvidar ese año —contesta Lovebat, algo molesto, y mira por la ventana.

El murciélago nunca fue muy sociable, a pesar de que normalmente los murciélagos forman inmensas colonias. Sí fue muy conservador desde siempre, y no sólo desprecia a los depredadores, sino a gran cantidad de presas.

"La única raza superior son los cérvidos".

Llegan al aeropuerto: la inmensa zona parece aún más grande ante los ojos del pequeño murciélago. Puede ver los aviones acercándose, aterrizando, y se pregunta en cuál vendrá aquel animal que van a recoger.

"¡Estoy tan emocionado!"

Tardan bastante en hallar sitio donde estacionarse. Lovebat vuela y aterriza encima del techo del auto.

—Su avión supuestamente aterriza en media hora, lo que quiere decir que llegará en dos horas —dice Robert, mirando su reloj de bolsillo.

—Vamos a esperarlo —dice emocionado Lovebat.

Se adentran al edificio, al pasar por la entrada, ven salir a una zorra roja, acompañada de un conejo blanco con algunas líneas negras en sus mejillas. Lovebat se acerca a una tienda para comprar su diario favorito, The New Citizen, pero ve con molestia que no tienen la edición de tamaño mínimo, pensada para roedores y otros animales tan pequeños como él. Su amigo tiene mayor suerte, pero para el alce es fácil encontrar cosas a su medida.

—No creo que te cueste leer estas letras —dice Robert a Lovebat.

—Detesto el Zootopia Times —contesta con aversión—. Sus noticias son incompletas, tendenciosas y claramente cargadas con ideas de derecha.

—Vamos, tiene noticias frescas y otros datos interesantes —dice riendo su amigo—. Mira, publicaron un artículo escrito por Lois Lane, del Doggy Planet, referente a un trato entre LexCorp y las Industrias Wayne .

—Detesto también ese periódico. Va en la misma línea que el Zootopia Times, no me extraña que se publiquen artículos de uno en el otro.

Robert decide no seguir debatiendo con su amigo. Sabe de sus complicadas líneas de pensamiento; a veces muy conservador, casi arcaico, y en otros aspectos es muy liberal.

Lovebat se sienta y mira una pantalla de televisión. Está en el canal 52 y transmiten una serie de comedia romántica, Entre dos tierras, que trata sobre un puma y una jaguar que viven a miles de kilómetros de distancia, en países distintos, y que desarrollan una relación a distancia. Gruñe: no le gusta aquella serie, pero no sabe qué hacer para combatir el aburrimiento.

Pasa media hora y el avión donde supuestamente debería llegar su amigo no aterriza. Aburrido, aletea y mira los encabezados del diario de Robert. La noticia principal es el asesinato en Half Moon Hills de Akela, el líder de la comunidad de lobos y jefe de los Packs, a manos de un misterioso tigre. Fuerte noticia, aunque Lovebat detesta a los lobos. En otras informaciones, se informa un reajuste en el precio de la gasolina, un asalto frustrado a un banco de Financial y se anuncia la construcción de una nueva línea de metro entre Tundratown y Savanna Central. Sin nada más que hacer, quiere sentarse, pero ve que su puesto ha sido ocupado por un toro.

"Que mala suerte tengo".

Piensa frustrado. Pasa una hora de cabeza, afirmado con sus patas sobre las astas de Robert, y al fin aterriza el avión que espera.

—¡Vamos Robert! —grita alegre aleteando frenéticamente.

—Ya voy —dice el alce, doblando el diario y caminando con tranquilidad.

Pueden ver pasar a los pasajeros, que bajan del avión y se dirigen a sus respectivos destinos. Lovebat se eleva para verlos mejor.

—¿Cómo lo vas a reconocer? —pregunta Robert.

—Es un gato negro —dice Lovebat—. Debe ser fácil de ubicar... ¡Allá está!

El alce tiene que correr tras el murciélago, y ambos se detienen unos metros más adelante. El primero está asombrado. El segundo está encantado.

Es un gato negro, con un collar de pelo blanco alrededor de su cuello. Trae zapatillas blancas deportivas, de imitación; un pantalón de tela negro; una camisa blanca y una chaqueta negra de tela. Es como si quisiera vestir elegantemente, pero la camisa está mal abotonada, por fuera del pantalón, y a pesar de su color negro, ambos notan que la tela está sucia.

El gato camina con soltura, su equipaje se resume en lo que cabe dentro de una simple mochila. En ese preciso momento está bebiendo de una botella de agua mineral, hasta vaciarla, y sin mayor preocupación la deja caer al suelo. Luego mira hacia adelante, se arregla un poco las mangas y camina. Hay una pequeña sonrisa en su boca felina.

—¡Señor Poe! —grita frenético el murciélago, y vuela hacia él— ¡Señor Poe!

—Diga —murmura el gato, riendo un poco mientras fija en él sus dos ojos amarillos. El aliento tiene un fuerte aroma alcohólico, haciendo que el murciélago tosa. Tiene serias dudas de que la botella de agua mineral de verdad haya contenido agua mineral.

—B-buenos días, s-soy Howard Phillips Lovebat —dice cuando se recompone—. Soy quien va a recibirlo en su casa, y si me permite decirlo, su mayor admirador.

—¡Lovebat! —dice riendo el gato, y hace ademán de chocar su puño con el diminuto puño del murciélago; éste tarda unos minutos en contestar al saludo—. No perdamos tiempo, tengo hambre y me duelen las piernas.

—Su obra es fascinante —continúa diciendo el murciélago—. Me encanta el trabajo que hizo con El cuervo.

—Estaba ebrio ese día —dice riendo el gato, confundiendo unos momentos a su interlocutor. Robert se acerca y extiende su pezuña para saludarlo.

—Buenas tardes, soy Robert Elk Howard —dice el alce—. Vivirá conmigo en casa de Lovebat.

—Eso oí —dice el gato riendo, y se acicala un poco sus bigotes—. Un gran grupo de artistas, a ver cuál es más idiota que el otro.

Y se vuelve a reír, desconcertando esta vez al alce.

—Nuestro vehículo está por aquí —dice Lovebat de manera educada.

—Gracias, por poco pensé que nos íbamos a tener que ir en metro —dice el gato— ¿Podemos parar en alguna licorería?

Robert mira confundido a Lovebat. El murciélago, sin embargo, está volando junto al gato negro, preguntándole diversas cosas sobre su obra.

—Vaya, otro borracho más —dijo el alce para sí mismo—. Como si Wilde y los demás fueran pocos.


El gato negro se sienta en el asiento trasero y saca una bolsa de bocadillos de pescado de su mochila. Comienza a comer, mientras miraba la ciudad desde la ventana del vehículo.

—Así que esta es Zootopia..., se veía mejor en el GTA: San Animalias —dice mientras come.

—No te limpies en el asiento, por favor —dice Robert mientras conduce.

—Díganos, señor Poe, ¿Cómo se inspira para componer tus excelsas creaciones? —pide feliz el murciélago.

—¿Inspirarme? —ríe el gato—. Las letras simplemente vienen. Me asaltan cuando estoy o muy ebrio o muy cansado y se quedan atormentándome un tiempo.

—Será un honor verlo trabajar, señor Poe.

—Sólo llámame Edgar, y no sé si alcance a trabajar algo. Para mí esto será como vacaciones.

—La primera reunión del club de los poetas malditos —dice el alce de buen humor.

—Necesitamos un nombre mejor, más moderno y con gancho —dice el gato negro—. Algo así como "Los Vengadores", pero distinto, para que no nos confundan con el otro equipo. Ya saben..., Emma Peel y John Steed.

Comienza a reírse con fuerza, salpicando pequeños trocitos de pescado seco, causando el disgusto de Robert.

—El señor Lynxbaud propuso el nombre de "Legiones Negras" —dice el murciélago.

—¿Qué, somos anarquistas acaso? —ríe el gato—. Pero me gustaría conservar la palabra "legión", así no se darán cuenta de que somos sólo cuatro gatos.

—¿La Legión de Escritores? —propone Robert.

—Es muy cursi, parece el nombre de un puto taller para crías —contesta Edgar.

—¿Qué les parece "la Legión Extranjera de Zootopia"? —propone Lovebat.

—Yo soy de Wolfstone, no de Zootopia. Además ¿acaso somos un puto regimiento? ¿Acaso parezco alguien bien disciplinado y con pies apestosos?

Vuelve a reír, y su interlocutor se siente ofendido. Él desde que era un niño sintió admiración por la Legión Extranjera, y durante su juventud intentó enrolarse en el Ejército varias veces, sin ningún éxito. Simplemente es una criatura débil y enfermiza, no apta ni siquiera para labores de exploración o espionaje.

Además, lo que dice el gato no tiene mucho sentido. Lovebat sabe que Edgar estuvo en el Ejército e incluso alcanzó el grado de sargento mayor.

—Veamos si a los demás se les ocurre un mejor nombre —dice Edgar sacando un CD pirata de su mochila—. Por mientras animemos el viaje.

Pone el CD en la radio, y pocos segundos después, comienzan a resonar los acordes de Rock & Roll All Night, de KISS. Edgar comienza a golpear los asientos como si estuviera tocando la batería, y luego comienza a cantar mientras golpea con más fuerza los asientos en la parte del coro.

—¡Yo quiero rock and roll toda la noche, y fiesta todo el día! —canta feliz el gato negro.

—¿También oyes a KISS? —pregunta el alce—. A Wilde y Lynxbaud también les gusta.

—Me importa un pepino lo que le guste a ese puto zorro y a ese puto lince.

—¿Qué opina de Nightwish? —pregunta el murciélago—. Personalmente disfruto con sus coros gregorianos y sus melodías orquestales.

—Soy de opiniones sencillas, y una de ellas va de que ninguna banda que use coros puede ser buena.

Vuelve a reír, y Lovebat vuelve a sentirse herido. Conoció a Edgar de la misma forma en que conoció a todas las amistades que ahora mismo llenan su casa: por Internet, y a través del chat ya se había dado cuenta de la personalidad sumamente indisciplinada del gato. Pero realmente admiraba sus obras, y en realidad, la mayoría de sus amigos son igualmente desordenados, bebedores y pervertidos. Sin embargo, no esperaba que el gato negro fuera así de crudo para criticar sus gustos.

—Robert, ¿Puedes parar en Little Rodentia? —pregunta Lovebat—. Deseo comprar el New Citizen y además Hedgehogson me encargó el último número de cinco historietas de piratas.

—Está bien —dice el alce. Conduce hasta quedar cerca de la entrada a la pequeña colonia. El murciélago baja y pasa volando por encima de la reja, dirigiéndose hacia algún kiosco.

—Cómprate una cerveza para ti —oye que le grita el gato negro— ¡O un ron! ¿Los murciélagos beben ron? ¡No importa!

Lovebat se sonroja un poco. Edgar en el chat solía ser así de brusco y directo, y en cierta forma le alivia ver que es así en persona. No es que le guste que sea así, pero en su casa se hospedan muchos bohemios de vida relajada, con costumbres y modales tan francos como los de Edgar, si no más. Se llevaría bien con los inquilinos, ¡vaya que sí! Especialmente con Dog Byron y Wilde.


Una ciudad dentro de una ciudad, un espacio pensado para criaturas tan mínimas como él. Sin embargo, nunca se sintió a gusto ahí, incluso cuando aún no heredaba la mansión del Distrito Forestal, y vivía con su abuelo y su madre en otra mansión —esta vez en miniatura— en las afueras de Little Rodentia.

Su familia. Mansiones. Jamás nadie vivió en sitios tan opulentos teniendo tan poco dinero. Siempre pasando penurias, baños sin agua caliente, el hambre bajo la ropa elegante y los modales refinados. Una madre que lo obligó a vestirse como niña hasta que él, con siete años, hizo un berrinche exigiéndole ropa de niño. Un abuelo y una madre que acabaron ambos en el mismo manicomio. Y sus crueles compañeros de escuela que no perdían detalle de sus acontecimientos personales.

No, no tenía buenos recuerdos de Little Rodentia.

Y lo peor es que soñaba con tener buenos recuerdos. A veces añoraba su vieja casa, la casona de la época de dominio británico, donde vivió de niño y donde su imaginación surgió como un incendio, imaginando ser un soldado de casaca roja, un caballero de las Cruzadas o un poderoso sultán de Arabia. La antigua biblioteca repleta de clásicos, Las mil y una noches; cuentos de la Guerra de Independencia, de la Guerra Civil o incluso de la Guerra de Especies, hace casi tres mil años atrás; tratados de mitología galesa; las gestas de Robin Hood de los bosques y de los rudos vikingos del norte.

Ahí surgió su sueño de entrar en la Legión Extranjera Francesa, o al menos al Ejército Nacional, o si no, a la rama de la Policía de Zootopia destinada a la ciudad de roedores, la Autoridad de Little Rodentia.

Fue rechazado en las tres oportunidades, las dos primeras tras una terrible humillación por parte de los encargados del reclutamiento. Si bien en las oficinas de la Autoridad no tuvieron intención de insultarlo, igualmente se sintió personalmente humillado. Tenía una ligera esperanza de acabar siendo aceptado..., una esperanza vana. Simplemente era demasiado débil, y aún lo es.

Sin diferencia, cada vez que recuerda su infancia, acaba recordando sus fracasos de adulto. Por eso odia la ciudad en miniatura. Detesta cada centímetro, cada maldita piedra, incluso su nombre le provoca ira.

—Buenas tardes, señor —saluda al kiosquero—. Deme una copia de The New Citizen, The Waterbrand y los últimos números de Relatos del Navío Negro, Capitana Felina, Sandokán y los Tigres de Malasia, El invencible Sandokán, y La ira de Sandokán.

Siente que pierde toda su dignidad a medida que va nombrando los comics que su amigo Hedgehogson le encargó. Está seguro que el kiosquero en cualquier momento se reirá de él, como le ha ocurrido otras veces.

Sin embargo, el hámster que regenta el kiosco echa los dos periódicos y los cinco comics en una bolsa y se la entrega con un mecánico "aquí tiene", repetido tantas veces que para él carece ya de significado.

Lovebat paga y regresa al auto. No quiere pasar un minuto adicional en aquel lugar que ha odiado tanto, que fue el combustible para tantas pesadillas y al que culpa de tantos fracasos en su vida adulta.

Aunque en ciertos días sintiera el deseo de volver a ver la Mansión Lovebat.


—¿Trajiste mi encargo? —es lo primero que pregunta el erizo llamado William Hope Hedgehogson cuando llegan. Ni siquiera se preocupa por preguntar acerca del gato negro que entra a la mansión como si fuera su casa. ¿Para qué? A Lovebat le gustaba llenarla con bohemios y demás criaturas similares.

—Sí, traje tus cosas —dice el murciélago, sacando su diario de la bolsa, y entregándosela al erizo.

Hedgehogson sonríe como un niño y de inmediato corre a buscar un trozo de maní —alimento al cual es gran aficionado—, mientras toma el diario especializado en temas náuticos, The Waterbrand, que en su portada anuncia la nueva adquisición de la Armada: un portaaviones de factura nacional destinado a las flotas del Atlántico.

Lovebat simplemente vuela hacia la mesa y mira la portada de The New Citizen. Anuncia un robo en una joyería frustrado por aquel equipo tan aberrante de policías, la coneja y el zorro. Su irritación hace que arrugue los bordes del diario.

"¿Es que acaso no pasó nada más importante en la ciudad, que tienen que darle reconocimiento a esas dos anomalías en el Departamento?"

—Las cosas van de mal en peor —susurra molesto.

—¿Qué pasó ahora? —pregunta el erizo riendo— ¿Un tigre se casó con una leona y eso te llena de indignación?

—Hey, los matrimonios interespecie son cosa seria —dice el murciélago—. Nuestras especies deben mantenerse puras. ¿Te imaginas la degradación racial, mental y cultural que estallará en nuestra civilización si aberrantes mezclas como esa cuentan con el beneplácito de la sociedad?

—Sí, sí, entiendo, odias todo en el mundo —dice el erizo riendo, mientras lee la información relativa al portaaviones—. No durarías ni un segundo en el barco.

—Vaya, eres más divertido en persona que en el chat —ríe Edgar arrojando su mochila al sofá— ¿Dónde está todo el mundo?

—Dijeron que iban al Marinette 7 —contesta el erizo.

—¡Eso suena perfecto! —dice alegre el gato— ¿Podemos ir?

—Yo no suelo ir a esos lugares —contesta el murciélago—. Puedes ir tú si lo deseas.

—Perfecto —ríe él y luego mira al alce—. Astado, llévame.

—Puedes llamarme Robert.

—Eso haré mañana —dice riendo mientras saca su billetera de su mochila—. Por ahora quiero descansar en las piernas de alguna felina. ¡Preferentemente una leona!

Y sale dando saltos hasta subirse otra vez al automóvil de Robert, quien sale algo molesto. El erizo de nombre Hedgehogson saca otro maní.

—¿Por qué trajiste a ese tipo? —pregunta mirando al quiróptero.

—Para la reunión de nuestro club. Admiro profundamente sus obras.

—También admiras a Lord Dunsany y a él no le pediste que viniera.

—No iba a solicitarle que viajara desde Inglaterra hasta Zootopia por una humilde junta.

—Pero Dog Byron sí que pudo venir desde Grecia.

—A él no lo invite. De hecho, ni siquiera sé cómo llegó hasta acá. Tampoco invité a Wilde y apareció sin avisar.

El erizo comienza a reír de nuevo, dobla su diario y mira con cariño sus comics.

—Pues agradece que se coló Wilde y no Neruda —le dice a Lovebat mientras se ríe.