Hola: gracias por dejar review; este capítulo me ha tomado bastante tiempo y creo que de hecho así será con todos, espero me tengan paciencia. Por cierto soy mala para inventarme nombres de técnicas así que si se les ocurre alguna porfa díganmela.


LA CAÍDA DE LA ORDEN


Tras la muerte de la diosa y la derrota de sus caballeros, los sobrevivientes se dedicaron a la penosa tarea de reconstruir el santuario bajo la dirigencia del Gran Patriarca Hamal, un Lemuriano de la antiquísima casa de Aries, sin embargo toda la grandeza del Patriarca, del santuario, de la orden en sí, parecía pérdida por la guerra. La diosa de la Luna no trajo a la tierra sólo maldiciones para Dohko; el círculo de protectores fue condenado también con juramentos hechos por los dioses para aquellos que nacieran bajo el signo y portaran la armadura en tiempos presentes o futuros, la tierra donde se erigía el santuario de la diosa y el pueblo de Lemuria, sus eternos servidores y aliados fueron condenados a la extinción. El Patriarca y sus descendientes fueron destinados a mirar la ruina de la orden atados a la árida y estéril tierra en que se convirtió el santuario, su tarea era equivalente a la del mítico Sísifo y así sería para siempre.

A pesar de sus heridas Hamal había sobrevivido a la guerra, inválido y con el espíritu marchito había hecho su mejor esfuerzo por mantener viva la orden, instruyó a su discípulo Shion lo mejor que pudo pasándole sus conocimientos a gran velocidad, su alumno estudiaba con dedicación sabiendo que su maestro no tendría mucho tiempo de transmitirle el gran saber de los lemurianos que, por tradición, nunca se había puesto en papel, se grababa en la mente de los descendientes y así se pasaba de generación en generación.

Hamal vivió en la tierra condenada del santuario, donde todo lo que se construía se venía abajo, lo que se sembraba se pudría antes de poder cosecharlo y la misma vida transcurría gris y sin esperanza; vio morir a los últimos sobrevivientes de la guerra sagrada por culpa de la edad y la desolación, vio desintegrarse a la orden sin sangre nueva que tomara las armaduras forjadas por sus antepasados, inclusive las hermosas y sagradas armaduras doradas yacían como cascarones vacíos sin alguien digno que las reclamase; y sumado a eso miró como su raza se extinguía, el pueblo de Lemuria moría día a día bajo la maldición de los dioses, de extrañas enfermedades, de accidentes insólitos y de pesar.


Atado por la maldición y sabiéndose inútil en la tarea de buscar nuevos guerreros les concedió permiso a los cinco últimos caballeros dorados que surgieron tras la guerra sagrada para partir: Acuario, Leo, Cáncer, Tauro y Capricornio abandonaron el santuario llevándose consigo las armaduras de Escorpio, Sagitario, Piscis y Géminis, buscarían discípulos y nuevos portadores de las otras armaduras fuera de esos dominios, Hamal los vio partir, los bendijo aunque dudaba que sus bendiciones pudieran más que los juramentos de los dioses, nunca los volvió a ver y las armaduras quedaron perdidas por mucho tiempo.

Hamal lamentó seguir con vida pero lo calló, se entregó por completo a la educación de su discípulo y a mantener las ruinas del antes majestuoso santuario, murió doscientos años después que su diosa, a la edad de doscientos treinta años, una edad muy corta para su raza, los lemurianos generalmente viven alrededor de cuatro siglos, su discípulo Shion apenas tenía cuarenta y cuatro años y con gran pesar renunció a la armadura y al título de Gran Patriarca.


Shion sabía de la maldición que pendía sobre su cabeza, su maestro se la comunicó cuando tenía once años y apenas alcanzaba a comprender el enorme peso que implicaba, se sabía parte de esa maldición por ser nacido bajo el signo de Aries, de sangre lemuriana y sucesor del Gran Patriarca, sin embargo había en él una gran devoción y tenacidad que impedía se rindiera, desde el tiempo de Hamal se le veía en la madrugada acarreando piedras para levantar las construcciones aunque a los pocos meses su trabajo se destruyera, hacía grandes esfuerzos por mantener el acueducto principal del santuario, el que proveía de agua a la orden, funcionando aunque le era difícil por la erosión que devastaba todo de manera antinatural, instaba a los tres miembros que quedaban de la raza de Lemuria a fabricar llamas de Anur, a meditar frente a la estatua de la diosa, a estudiar tratando de sacarle a Hamal todos sus conocimientos a paso rápido y a restaurar las armaduras dañadas por el paso del tiempo; sus esfuerzos eran incansables pero los dioses lo eran aún más, tenía cien años cuando desistió; no por falta de ánimo, sino porque finalmente comprendió que la causa de todo era la tierra que pisaban, el santuario estaba maldito así que le suplicó a Hamal que se marcharan, que levantaran el hogar de su diosa apartados de aquellas tierras pero la respuesta fue tajante; Hamal, el Gran Patriarca no podía dejar ese lugar nunca, ni siquiera muerto pues en eso consistía su maldición y, le explicó, cuando él ascendiera al trono de la orden se vería atado de la misma manera.


Cuando Hamal falleció sólo quedaban dos Lemurianos con vida, Shion y una mujer, Io, la cual se marchó del santuario buscando evadir la maldición, a los tres años de su partida un mensajero apareció en el desierto santuario dónde sólo quedó Shion, llevaba una carta de Io y un paquete, la carta era una breve explicación de su vida, se había casado y embarazado, sin embargo el furor de los dioses la perseguía, su marido marchó lejos de ella y en sueños vio que moriría al dar a luz, así que dejo instrucciones que cuando ella abandonara este mundo sus hijos mellizos fueran llevados hasta el lejano santuario, se los confiaba a Shion, como los últimos descendientes de los lemurianos que eran; el mensajero le entregó el paquete, era una cesta con dos criaturas, un niño y una niña adentro, los llamo Mu y Carim, se convirtieron en sus discípulos y en los últimos miembros de la orden junto con él.


Carim detuvo de golpe su marcha y se inclinó con reverencia, entre las rocas de la entrada al Santuario había algo que llamó fuertemente su atención, su hermano la imitó, volvían del pueblo con provisiones

– una flor –

Mu sonrió, era extraño hallar algo verde en ese sitio

– morirá si la dejamos aquí –

Carim lo miró consternada

– ¿la trasladamos al pueblo? –

dijo con tristeza

– es una elanor – opinó Mu escrutando los pétalos dorados de la flor – es fuerte podemos trasladarla al huerto –

su hermana se mostró complacida con aquella respuesta.

Tenían trece años y la carga de vivir en el santuario, un sitio considerado maldito por todos en el pueblo y por lo cual lo evadían, su maestro Shion, rara vez descendía y hacía tiempo que los habitantes de ese lugar habían olvidado que aspecto tenía el estrafalario dueño de aquellas tierras; a pesar de lo desolado del paisaje en el cual solo se apreciaban piedras sobre piedras Mu y Carim no tenían tiempo para la ociosidad y la melancolía; "el tiempo libre mata a los lemurianos" fue la primera enseñanza de Shion, quien con sus doscientos treinta y seis años había constatado que la tristeza y la desesperanza solían hacer presa de su raza, por ello procuraba que los tres se mantuvieran ocupados sin tiempo que dedicarle a pensamientos oscuros, desde las cinco de la mañana los dos chicos estaban de pie entrenando sus dotes telequineticas, hacían ejercicio y partían al pueblo por provisiones, al volver Shion los esperaba, preparaban el desayuno, su única comida del día, y se entregaban a las labores del santuario donde siempre había algo que reparar, levantar o resanar, al caer la tarde Shion los instruía ya fuera en la antiquísima tradición de su pueblo o en combate, Mu y Carim reconocían la fuerza de su maestro, era una roca al que ninguna adversidad había logrado derrotar, sin embargo, fuera de sus fronteras la sombra del este se agrupaba y se preparaba, forjaba nuevas alianzas y se disponía a aniquilarlos, aislados tras las piedras de aquel lugar los últimos lemurianos ignoraban la guerra que se fraguaba en su contra.


Shion aplicó una delgada capa de polvo de estrellas con infinito cuidado sobre la dorada superficie, no era la primera vez que el metal divino y él se encontraban pero si la primera vez que se tocaban. La armadura del carnero dorado, la que Hamal le legó con la esperanza de mejores días para la orden, en realidad el nuevo guerrero de Aries sabía que la armadura no necesitaba ser resanada pero se trataba de una especie de ritual que su maestro insistía en realizar aunque el ropaje no había sido llevado a batalla en dos siglos y medio, con una técnica milenaria que ocupaba más la mente que las manos la armadura quedó reluciente y la caja de Pandora, que abierta como una flor, sobre la cual se encontraba se cerró sellando en su interior aquel valioso tesoro, era la única que quedaba en ese lugar, Shion no la portaría, aunque sentía su cuerpo vibrar en presencia del signo del carnero por un llamado, el llamado de su destino. Guardó sus herramientas, no podría tomar su lugar en el santuario, lo cual era una pena y una deshonra; el santuario estaba más abandonado y decadente que nunca; entre las ruinas de aquella gloriosa tierra solo vagaban tres personas, los últimos tres de aquella raza.


– Señor Shion – lo llamaron, corriendo por la escalinata de mármol ajada venían Mu y Carim, en las manos a modo de cuenco, la joven portaba una planta, la hallaron entre las rocas, se estaba marchitando por falta de agua y el sol intenso –la pondremos en el huerto– explicó Carim – Mu dice que es una elanor y que resistirá–

Mu dice, su hermano era su guía. La planta moriría como todo en ese suelo, Shion sabía que de seguir ahí tarde o temprano a ellos les ocurriría los mismo, aun así los acompañó al huerto donde unas pocas verduras luchaban por sobrevivir, mientras el par de adolescentes cumplía su labor con alegría él lo decidió

–debemos marcharnos– dijo en voz queda, cuanto más tendría que padecer la orden: sin un Patriarca, sin caballeros y ahora sin su santuario – el santuario lo es todo en este mundo–

esa era una de sus verdades y leyes más sagradas, pidió perdón dentro de su corazón a su diosa como lo venía haciendo desde que renunció a su título, lo que iba a hacer lo haría por el bien de la orden; y deseó que sus actos no atrajeran nuevas desgracias.


Mu contempló las estrellas con fascinación y concentración total, enfocando todo su cosmos en aquella tonada que cantaba pero no con la boca, se comunicaba con las esferas, con el mismo universo que los contemplaba en su magnificencia, su constelación regente brillaba inusitadamente

–giraremos con el destino– se oyó la voz de Carim que unos pasos detrás de él elevaba también su cosmos – hermano, tu destino te espera junto a la diosa que refleja tu alma, eso dicen nuestras estrellas–.


Shion los observaba desde lejos, se preguntó que pasaría con ellos, los había entrenado desde pequeños y sabía que las dotes telequinesicas de Mu superaban a Carim, algún día sería más poderoso inclusive que él; Carim sin embargo estaba dotada de una gran telepatía con la que se comunicaba con el mundo entero, el cual le contaba sus secretos, Shion ya lo había dispuesto, partirían en dos días, el rumbo aún no lo había definido, su armadura y los tesoros de la diosa viajarían con ellos; por su mente pasó el convocar a los guerreros que habían partido hacía un siglo pero se recordó que sólo responderían al llamado del patriarca y él no lo era.


Carim dormitaba inquieta, las hijas del aire flotaban gritándole mensajes mudos a su alrededor pero por desgracia ella no despertó sino hasta que la primer explosión sacudió el lugar, la chica saltó de su cama y se precipitó a la ventana, desde ahí, cuesta abajo vio venir un grupo de guerreros oscuros; corrió rumbo al cuarto de Mu, sus pies descalzos golpeaban contra el frío suelo, su hermano la esperaba de pie listo para pelear, eran los últimos que quedaban para defender el recinto de la diosa y lo harían aunque apenas fueran unos chicos sin un nombramiento ni armaduras.


Shion los reconoció con el cosmos, sapuris, malditos guerreros del inframundo, pensó en llamar a su armadura pero desistió sabiéndolo prohibido para él; cuando salió de la primera casa donde vivía, vio el valle que se extendía en torno al santuario arder, un grupo numeroso subía entonando cantos bélicos, entre ellos, vio a pesar de la noche a sus enemigos, cinco sapuris, los demás eran otras clase de guerreros. Descendió pero se detuvo un instante durante el cual ante su mirada horrorizada Mu y Carim salieron para encarar al enemigo.


– Muerte a los enemigos de los dioses–

proclamó uno de los sapuris, el más temible de ellos, cuando los chicos aparecieron frente al ejercito congregado para arrasar con el santuario rió para sus adentros, la maldición lenta y silenciosa había resultado más efectiva que las guerras en la tarea de borrar toda presencia de la diosa de la sabiduría de la faz de la tierra, pero no era suficiente, no había razón para esperar, matarían a los pocos lemurianos que quedaban y se adueñarían de los tesoros de la diosa; los aliados de los sapuris se adelantaron contra Carim y Mu, no alcanzaron a tocarles ni un cabello, materializado de la nada apareció Shion, sus discípulos nunca lo habían visto luchar, el cosmos dulce y tranquilo por el cual lo reconocían se encendió borrando a los soldados, sólo quedaron sus armaduras como corazas vacías

– váyanse –

les ordenó Shion

– pero maestro – lo llamó Carim –no podemos abandonar la orden –

– la orden somos nosotros– le respondió – váyanse, vivan, se los ordeno –

les gritó aunque de antemano sabía que no le obedecerían, las miradas encendidas de ambos se lo decían; los rodearon y como chacales se abalanzaron sobre ellos

– somos guerreros xandos –

dijo el primero de los soldados que ataviados con armaduras toscas y oscuras se alistaban a luchar, xandos, una tribu nómada y salvaje que hasta donde Shion sabía había sido casi exterminada por la orden, ahora reaparecían aliados a los sapuris, el resultado no podía ser bueno; la batalla comenzó.


Mu desplegó su poder, a cada golpe un xando era derribado; su hermana hacía lo propio empleando su telepatía, en ese momento Shion fue más consciente que nunca de que ellos habían nacido para la lucha, lamentó que no había podido nombrarlos caballeros, la balanza parecía inclinarse a favor de los caballeros de la diosa; el líder de los sapuris pasó de largo rumbo a las doce casas y Shion tuvo que dejar de lado a sus discípulos para salirle al paso

– no puedes pasar –

le dijo, el sapuri lo miró despectivamente y continuó su avance, cayó al suelo unos instantes después, se incorporó reconociendo aquel poder, era la primera vez que se topaba con uno de ellos aunque no sería la última

– este cosmos, tú eres uno de los grandes¿quién eres?–

lo increpó

– soy el caballero de Aries–

calló su nombre deshonrado por haber renunciado a su ropaje, el sapuri estalló en carcajadas, Aries, antaño el mayor de todos, el líder del circulo de protectores

– te hacíamos muerto, pero en vista de que aún vives seré yo quien acabe con tu existencia pues soy Baucis, estrella celeste del juicio, espectro de la muerte–

ambos encendieron sus cosmos, Shion esperaba el ataque el cual llegó desde su espalda, el guerrero del carnero cayó bajo el ataque combinado de dos espectros recién llegados, se puso de pie, su cuerpo herido a falta de la protección de la armadura

– extinción de luz estelar – gritó y los espectros retrocedieron bajo una lluvia de estrellas. Baucis dejó que ellos se ocuparan, en su mente flotaban los tesoros de la diosa que aguardaban en la cúspide del santuario – nunca pasarás– le gritó Shion – mientras yo viva –

su espíritu era sin duda el de un caballero y su fuerza también, como Baucis pudo comprobar cuando los cuerpos de los dos sapuris que atacaron a Shion cayeron sin vida frente a él

– muertos a pesar de la armadura –

se dijo, regresó, debía luchar.


Los xandos parecían haber sido favorecidos por los dioses a diferencia de los caballeros de la orden pues se habían multiplicado y prosperado en ausencia de la diosa; adoraban al dios de la Guerra aunque en esa época se encontraban bajo el amparo de la deidad de la muerte, su alianza con los sapuris les resultó de lo más benéfica, nuevos territorios se abrieron para ellos, su poder de guerra se multiplicó y además, podían aniquilar a viejos enemigos; el joven general de los xandos dirigía una batalla ganada de antemano, la ventaja era suya, mientras algunos de sus guerreros se ocupaban de saquear el lugar, donde no quedaba nada de valor para su gran decepción, los demás se encargaron de prenderle fuego a toda esa tierra maldita y de asesinar a los ocupantes del santuario, el general no había querido intervenir, considerándolo una pérdida de tiempo, sin embargo una gran explosión de cosmos llamó su atención hacía el terraplén que señalaba la entrada a las doce casas del zodiaco

– general, Dagnir – lo llamaron, uno de sus soldados estaba frente a él sosteniendo a un compañero herido – son fuertes –

Dagnir no se detuvo ni un momento más, se dirigió al lugar desde el cual emanaban dos grandes cosmos que se debilitaban a cada instante pero que a cada momento desaparecían a más y más de sus guerreros.


Mu y Carim sabían que no podrían ganar pero no por ello huirían de aquel lugar. Carim recibió un golpe en la cabeza que la aturdió, se giró para eliminar al autor del ataque, se trataba de un sapuri, una mujer de cabellos cual miles de hebras rosas y ojos rojos como las llamas, Carim no sabía que miraba a Desdemona, espectro de la vacuidad, ni lo sabría nunca

– cuchillas de oscuridad–

leyó Carim en los labios rosas de la sapuri, no supo bien a bien lo que le pasó pero sintió su sangre abandonar su cuerpo y cayó, mientras sus sentidos la abandonaban alcanzó a escuchar un grito aunque le parecía que venía desde muy lejos, era Mu

– hermano –

murmuró y la llama de su vida se apagó.

– Carim, hermana – la llamó Mu, tratando de abrirse paso hasta ella –¡no!–

un hombre muy alto le cerró el paso, el chico se alistó a pasar sobre él pero aquel sujeto se quedó impávido como si acabara de ver algo maravilloso, sacudió la cabeza como despejándose y finalmente atacó a Mu. Se trataba de Dagnir, el general de los xandos, no le costó trabajo someter al jovencito de cabellos lilas que lloraba a su hermana mientras luchaba por defenderse, se hallaba muy debilitado por la pelea y la desesperación; Dagnir lanzó a Mu al suelo y sus hombres se apresuraron a someterlo para que su general le diera el golpe final, ese golpe nunca llegó, había algo en ese chico que se lo impidió, había escuchado que los tres que vivían en ese lugar eran descendientes de Lemuria y se trataba de seres sobrenaturales, eso explicaba en cierto modo la extraña belleza de la que el chico ante él era dueño, levantó una mano y se alistó para degollar a su enemigo pero ahí seguían esos misteriosos ojos aguamarina, desistió

– llévenselo – ordenó – es nuestro prisionero –

sus hombres no dudaron en cumplir aquel mandato aunque les pareció extraño.


Shion sintió el momento en que Carim murió, lamentó su perdida tanto o más que Mu, pues para él era una doble desgracia, por un lado perdió a su alumna y por el otro, su pueblo estaba más cerca de la extinción que nunca; estaba a mitad de la batalla contra Baucis cuando sintió el cosmos de Mu apagarse pero no por completo, comprendió de inmediato que su discípulo había sido derrotado; su situación era muy difícil, tenía que elegir entre los tesoros de la diosa y el último de su raza, junto a Baucis aparecieron los dos sapuris restantes, Desdemona y Orión, uno de los más fuertes entre su gente; las opciones de Shion se terminaron, todos los seres de este mundo que han logrado despertar el poder de su cosmos saben que se puede hacer explotar este con toda la fuerza del alma autodestruyéndose; Shion no era el Patriarca pero su cosmos era tan poderoso como si lo fuera, si se autodestruía las doce casas se perderían; en cuanto a sus enemigos, no creía que podrían sobrevivir, los sapuris saltaron sobre él y su tiempo se terminó

–¡consumación de las estrellas!–

exclamó y su cosmos explotó arrasando con todo a su paso, Orión, el sapuri con dotes telequineticas, transportó a sus compañeros lejos de aquel lugar.


Aquel terrible día las doce casas fueron arrasadas, los tesoros de la diosa, la armadura dorada de Aries y las armaduras de plata y bronce que se encontraban en ese lugar quedaron sepultadas; la mitad del ejército xando fue destruido. Shion abrió los ojos, no estaba muerto, el destino le hacía una jugarreta extraña, lentamente se puso de pie y no pudo evitar derramar lagrimas amargas cuando contempló la devastación del santuario, lamentó estar vivo como una vez lo había hecho Hamal, lo peor de todo era que había perdido a sus discípulos; se echó entre los cuerpos de sus enemigos para dejarse morir, malherido como estaba, sin embargo en ese momento la esperanza volvió a su ser, un tenue cosmos alcanzó su alma maltrecha, era Mu, seguía con vida, Shion se enderezó y miró el cielo que empezaba a teñirse de azul con un pálido amanecer, no podía abandonar a su discípulo y último lemuriano, haciendo un gran esfuerzo se puso en pie

– aún no –

se dirigió a los escombros de la que había sido su casa.


Continuará


Lian-Dana: gracias por la felicitación para "El último vírgen..." y por el apoyo, ojalá te siga gustando la trama, aquí me fui más por Shion que por cierto es mi consentido. Ojalá tengas un ratillo para dejar review. Saludos.

Yui The Vampire: algo sombrío, no se me había ocurrido definirlo así pero me agrada; gracias por tu review.

Garibola: hola, tarde un poco en subirlo, gracias por no abandonarme amiga.

Elena: gracias por checar mi fic, me da mucho gusto contar contigo.

El Cadejos: que bueno que te agrade, me voy a echar largo el fic ojalá no caiga de tu gracia; por cierto interesante nick, que significa?.