Rose y Scorpius.
Sólo quiero que estés a mi lado. No controlo ya mi corazón.
Sí. Se sentía nerviosa. Debía admitirlo. Cualquier cosa podía pasar ese día, y aun así, allí estaba ella, frente a su reflejo, observando como todo se movilizaba atrás suyo para comenzar. El angosto pasillo la esperaba y aquella última puerta, abierta de par en par, era su destino.
Era el día en que juraría amor eterno a aquél que amaba.
No sabía el porqué, no sabía el cómo, pero había caído enamorada de aquél rubio platinado con mirada mercurio que solo sabía sonreír cuando la tenía cerca. ¿Quién lo diría, eh? Una Weasley y un Malfoy. Nada fácil, un gran esfuerzo que les llevo tiempo concretar, pero no era imposible. Rose y Scorpius se amaban, y he allí, la música alegre y victoriosa, que daba inicio a la prueba que lo demostraba.
El pasillo, de pronto, no se le hizo tan largo y es que ni siquiera se dio cuenta cuando sus piernas comenzaron a moverse. Como tampoco se percató de las lágrimas de pura felicidad que se aglomeraban en su mirada, cuando estaba por cruzar la esquina que la llevaría al resto de su vida.
Y allí estaba. Como siempre. Sonriendo. Y esperando.
Su rubio platinado la esperaba en el altar, conteniendo todas las emociones que le embargaban. Era alegría pura, felicidad que no se encuentra si no en aquella persona con la que deseas pasar el resto de tu vida. Decían que había perdido la cabeza, decían que era una locura que Weasley fuera su esposa, pero nada importaba porqué cuando aquella pelirroja le dirigía la mínima mirada, su corazón se desbocaba y él perdía la razón.
Era extraño enamorarse así. Era raro y tan placentero, que no le importaría vivir así durante el resto de su vida. Ella era especial, ella era la rosa creciente, la más hermosa en un jardín con defectos y virtudes. Era ella la luz que iluminaba a las otras flores, aquella más preciosa que se alzaba sobre las demás sin ninguna dificultad. Y cuando Rose llegó a él, cuando Ronald Weasley la entregó en sus manos, pidiendo que la cuidara, la plenitud no pudo ser mayor.
— ¿Cuidarla? —, susurró, conteniendo el aliento ante aquella maravillosa mujer que sonreía y aguantaba las lágrimas, frente a él. —Con mi vida, señor Weasley—. Porqué sí. Scorpius Malfoy daría la vida por Rose Weasley, sin siquiera pensarlo.
Ella no escuchó al ministro. Ni siquiera se enteró que su boda había comenzado, si no fuera porque Scorpius, de vez en vez, miraba al hombre que los estaba uniendo de por vida. Quizás, tampoco así se hubiese dado cuenta. Tal vez, le hizo reaccionar el lazo mágico que unió sus brazos durante las hermosas palabras del padre, que sonaban muy lejanas.
Porque en aquél lugar, solo existían Scorpius y Rose.
Él, que se aferraba a la mano de su futura esposa como si el mundo dependiera de ello. Sin dejarla escapar, sin dejar si quiera que huyera por la derecha, aunque sabía que ella no se iría. Por la forma con la que lo miraba, por como sonreía. Rose le decía con aquellos simples gestos que lo amaba y nada podía llenarlo más que aquello.
Ella, que intentaba por todo los medios no llorar, pero era tan inmensa la felicidad que sentía, que aquello se le hacía casi imposible. Un amor pleno, puro y lleno de pleitos que resolvían como podían. Una pareja tan dispareja que hasta los invitados habían apostado por si terminaba la boda sin inconvenientes o uno de los dos terminaba por escapar.
Pero, aquello era más que una prueba para los demás. Era la más grande prueba de amor entre ellos. Una unión eterna.
—Muchachos, pueden decir sus votos—. El ministro señaló primero a Rose, la dama, que efusivamente comenzó a emocionarse. Tanto así, que le costó comenzar a hablar sin caer en llanto. No amargo, si no de aquél que se combina con las risas y que hace de tu maquillaje un desastre, porque no puedes sentir más alegría.
—No mentiré: Es la primera tarea que me mandan a hacer y que me cuesta tanto—. Una risa general acalló sus últimas palabras. Para nadie era un secreto del parecido entre Rose y Hermione, y la inteligencia que ambas compartían—. No sabía que escribir, porque todo ya lo sabes. Eres la persona que más me conoce, Scorpius. Luchaste por mí y vaya que te la puse difícil, solo porque no quería que mi papá se enterara de que me volvías loca. James es muy chismoso—. Una queja por parte del primo Potter, acompañado de más risas, interrumpió a Rose, pero ni eso la detuvo—. ¿Sabes? Me di cuenta que estaba enamorada de ti, cuando soñé contigo por primera vez. Era extraño, discutíamos. Bueno, eso no era lo extraño. Lo extraño era que tu sonrisa tenía un brillo especial, que me encandilaba. Y tú mirada, tan profunda, me desarmaba por completo. Pero, dejaste de sonreír. Y ya no me veías. Cuando desperté, me di cuenta que no podía vivir sin tu sonrisa, sin tus ojos, sin tus palabras o tus labios. Me di cuenta, que aunque fuera discutiendo, como enemigos, amigos o lo que fuera, no podía vivir sin ti.
Me asusté mucho. Sí. Incluso, pensé que tendría que ir al médico. Porque, cada vez que te veía mi corazón latía y se salía de mi pecho. Un día, terminamos una discusión y me di cuenta que mi corazón ya no latía por mi, si no por ti. Fue un shock, sí. Aceptar que mi némesis en todo se había robado mi corazón, dejándome indefensa. Lo peor es que no lo quería de vuelta. Porque entendí que te amaba. Te amaba, te amo y te amaré por todo lo que me queda de vida. No podría amar a más nadie, como te amo a ti. Así que quiero ser tu esposa, amarte y respetarte, todos los segundos de mi vida. Y cuando llegué la muerte, qué no nos va a separar, por todos los segundos de mi eternidad.
Rose colocó el anillo, llorosa pero firme, en el dedo de Scorpius y observó, con felicidad como él, también con los ojos humedecidos, tomaba el anillo que tocaba a él colocar.
—Claro, Weasley, siempre luciéndote, ¿No? Hasta en los votos de nuestra boda. Me dejas como un estúpido, amor—. Las carcajadas volvieron a ser parte del recinto, al tiempo que Scorpius se exaltaba al ver la risa de su novia—. Yo… Yo siempre supe que serías la madre de mis hijos. No me mires así, es verdad. Solo que no quería admitirlo. Desde que te conocí, soñé contigo. Tú tenías cuatro años, me acuerdo bien. Estábamos en un parque, no importa cuál. Yo había ido con mi mamá y con unos amiguitos. Y entonces, te vi. Estabas con James y con Lily. Tenías dos colitas, un vestido azul muy floreado y el rostro aniñado lleno de pequitas. Sin embargo, lo que me llamó la atención fueron tus ojos. Así que decidí acercarme, claro. Y como no me veías, te quité el libro que leías. Un libro que tu madre te regaló…
—Historia de Hogwarts—. Rose dejó de resistirse y las lágrimas comenzaron a caer, mientras recordaba.
—Exactamente. Historia de Hogwarts. Me regañaste, me gritaste y hasta me pegaste con el libro. Mucha fuerza para una niña de cuatro años. Pero, también te metiste en mi corazón y te rehusaste a salir. Desde entonces, cada una de tus sonrisas, tus alegrías, tus victorias y tus orgullos, bombean mi corazón, haciéndolo latir. Eres la razón de mí existir, y no te exagero. Creo que sin ti, no respiro. Eres lo que me hace falta para mantenerme en pie, sin ti me pierdo. Solo quiero que estés a mi lado. No controlo ya mi corazón. Por eso, te acepto como mi esposa, y te amaré, te respetaré y te haré rabiar por el resto de mis días y más allá, también. Porque te amo. Te amo, te amo, te amo. Y eso nadie podrá cambiarlo. Es una promesa.
La gente, emocionada, esperó mientras el novio unía su anillo con el dedo de la hermosa mujer. Y una vez que el ministro terminó su bendición, el salón estalló en aplausos para incitar al beso final.
Rose y Scorpius unieron sus labios en una promesa fiel y eterna. Un beso dulce y exquisito que selló el comienzo de un historia que los mantendría siempre juntos. En risas y molestias, en todas las adversidades. Y no se quitarón nunca más aquél anillo, que solo llevaba la pura verdad que se profesaban mutuamente, razón de ser del amor que se sentían.
Porque para Rose y Scorpius, su amor es la esencia de sus vidas.
Disclaimer. Ésta historia me pertenece, más no sus personajes. Rose Weasley, Scorpius Malfoy, la familia Weasley y Potter, y el resto de personajes que reconozcan son de Jotaká. No al plagio.
¿Qué es esto Gabriela? ¿Qué coño? ¿Por qué tanta tardanza? ¿Te has vuelto loca o qué?
Lo sé. Y calma pueblo. He tardado porque, como dije en el capítulo pasado, estoy atravesando varias situaciones complicaditas. No han sido fácil éstos dos últimos meses, o el último mes y medio. Nada fácil. No he tenido tiempo de absolutamente nada que no fuera estudiar. Y tiene sus consecuencias, como por ejemplo, que haya tardado en actualizar. ¡Pero ya estoy aquí! E intentaré y repito: intentaré terminar la historia para el fin de semana que viene, a fin de que tengan las cinco viñetas listas. ¿Vale? Pero, para eso, necesito saber que opinan. Si no, ¿Cómo sé que les gusta?
Espero que les guste. Lo hice con mucho cariño. Como siempre, no prometo fechas, ¿Vale? Así que nos estaremos leyendo.
¡Saludos!
Gabriela. :3
