Disclamer: Hetalia: Axis Powers, Hetalia: World Series, Hetalia: The Beautiful World así como todas sus variantes y personajes no me pertenecen (por desgracia), pertenecen a su pertinente autor (al cual adoraré toda mi vida por haber creado esa maravillosa serie). Este fanfic ha sido creado sin ánimo de lucro, sólo es mero entretenimiento de una fan para las fans. Aclaro de nuevo que este fanfic es un UKsp prácticamente. Habrán muchos intentos de pareja y alguno que sí que sea cannonico pero eso se verá más adelante como un intento de Frain pero lo siento Francis... Arthur no va a dejar en este fanfic que Antonio sea tuyo aun que adoro también la pareja que formáis. Pero bueno, así se queda. Pondré lemmon pero de momento va a ser que no... y más porque de momento ninguno está crecidito y eso no sería bonito que digamos.
Recordatorio: Aquí os dejo una lista de reproducción de youtube en mi canal donde tengo todas las canciones que me inspiraron para el capítulo y que os recomiendo para usar como banda sonora mientras leéis jeje. Para que no me haga cosas raras la página ponedlo sin espacios, que lo voy a poner con espacios para que la página me lo guarde, no por otra cosa.
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Capítulo 2. Encuentro fortuito con el destino.
Los rayos del sol bañaban las baldosas de la capital del reino de Verenteria que aquel día había despertado madrugador para recibir a la familia real del pueblo vecino de Lerebín. El Rey Rómulo pensaba zanjar por fin esa larga guerra con el Reino de Iccinda fuese como fuese pero no era tan tonto como para presentarse en terreno enemigo a negociar la paz. No, irían a Verenteria, un viejo aliado de ambos y en terreno neutral negociarían las condiciones.
Su heredero, Paulo, de diez años de edad, montaba a lomos de su corcel con elegancia y porte detrás del rey y junto a su hermano menor, Antonio, de siete años quién, por su constante y conocida mala costumbre de escaparse a "vivir aventuras" cuando nadie le miraba, montaba en el mismo caballo que su madre, la reina Naida.
Las trompetas de la ciudad anunciaron su llegada al bajar el puente levadizo de la amurallada ciudadela en la que el pequeño país encontraba su protección. Al fin y al cabo, ese país aparte de los campos de cultivo y algunas casas fuera de los muros, sólo se componía de la ciudad que estos protegían y aun así era un país que exportaba muchísimas materias primas que brindaban a Lerebín un gran apoyo.
El pequeño príncipe, que apenas salía del castillo, admiró las torretas y los arcos arquitectónicos de la construcción maravillado por cada edificación que encontraba, sobretodo de las que se encontraban al fondo: la Torre de Hechicería donde residían y practicaban magia los hechiceros del Rey de Verenteria y el Palacio Real de Verenteria al cual se dirigían. Todo a su alrededor estaba hecho de mármol blanco en el que se iban tallando runas de vez en cuando para maravilla del emocionado menor.
Los magos de Verenteria eran conocidos por su gran poder mágico equiparable a los de Lerebín aun que estos últimos se enfocaban más a las artes de la sanación y la adivinación. Los magos de Verenteria estaban mejor organizados y eran conocidos por su gran control de la magia elemental, pero también eran capaces de realizar muchos otros tipos de hechizos y encantamientos.
En la calle principal se agolpaban familias y familias para presenciar la entrada de la familia real a la ciudad pero los guardias no les dejaron avanzar hacia la esta en su marcha hacia el palacio. Cuando llegaron hasta las puertas, la madre de Antonio le bajó del caballo y le sonrió con dulzura. Paulo y su padre ya habían entrado, pero su madre tenía que decirle algo antes de ir al encuentro al que habían venido asistir así que se quedó esperando un momento a que el Rey Rómulo y el Príncipe Paulo desaparecieran de su campo de visión para dirigirse a su pequeño.
— Antonio, tengo que asistir a la reunión con tu padre y tu hermano, tú no tienes por qué venir cielo. Puedes quedarte con tu cuidador, el señor Yao –le pidió su madre a lo cual Antonio asintió con una sonrisa hermosa e inocente propia de él.
— No te preocupes mamá, seré bueno –prometió él. La reina cambió su expresión a una más relajada y cálida regalándole una vez más una suave caricia a la cabellera de su retoño antes de entrar en el castillo junto a su marido y su hijo mayor.
— Bueno, príncipe Antonio, vamos a tomarnos algo calentito –ofreció el señor Yao. Este era un hombre delgado y de rasgadas facciones que siempre vestía una especie de túnica roja de seda y una coleta para mantener atado su largo cabello castaño. Antonio sonrió traviesamente volteándose hacia él ideando un magnífico plan en su pequeña cabecita. Tenía otros planes, y esos no incluían al señor Wang Yao…
Arthur corrió hasta la orilla del río del que extraían el agua corriente. Puesto que vivían fuera de la ciudad amurallada no tenían acueductos o caminos creados por las runas que pudiesen llevar el agua hasta su casa así que vivían ahí, en la linde del bosque junto a las murallas de mármol blanco. Al menos no le resultaba una tarea tan pesada de soportar como las que tenían sus hermanos que eran los encargados de la caza y además trabajaban de vez en cuando como aprendices del negocio de su padre para llevar algo de dinero a casa.
Tomó su cubo con la precaución de no resbalar y caer al arroyo y empezó a extraer agua de este disfrutando del sonido que le brindaba algún que otro pajarillo cantor... pero había algo que no cuajaba con lo que escuchaba. Eran pasos… unos pasos aproximándose. Se volteó con rapidez hacia donde estos venían descubriendo el origen de estos a sólo unos pasos de él. Se trataba pues su hermano mayor, Scott.
— ¡Hermano! ¡Me asustaste! –suspiró aliviado el pequeño Arthur. Scott le observaba imperturbable cruzado de brazos frente a él haciendo a Arthur preguntarse si le pasaría algo al mayor de sus hermanos aquel día.
Scott, al contrario que su hermano, era pelirrojo y bastante larguirucho a pesar de ser tan delgado y pálido como Arthur. En realidad, si no fuera por esto, Arthur y él serían iguales obviando el hecho de que Scott era bastante más mayor que Arthur. De hecho, Scott hacía unos pocos días que había cumplido los nueve años de edad y era el segundo de sus hermanos mayores.
La mueca del mayor de los hermanos de torció con desprecio. Él, junto a sus otros dos hermanos pequeños, era el que más detestaba a Arthur. Puede que fuese esa expresión risueña cuando volvía del bosque, puede que fuesen sus anormalmente poderosas dotes para la magia o el cariño que la madre de ambos tenía al pequeño, pero Scott le detestaba. Le detestaba con todo su corazón.
Ese niño era el más pequeño de todos… el ojito derecho de su madre. Sí, era estúpido tener celos de su hermano pequeño pero, desde que nació, su madre lo trató con especial cariño por estar "destinado a la grandeza". Más de una vez se sintió tentado a hacer lo que el ángel ordenó que no hiciesen: contarle a Arthur sobre el destino que la criatura celestial les había revelado cuando nació. Pero siempre que lo había intentado había algo que se lo impedía… algún accidente extraño sucedía de improviso y no le dejaba continuar con lo que quería hacer. Pero esta vez… nada se lo impediría.
"Yo que tú no lo intentaría, Scott Kirkland" susurró una voz burlona retumbando en su cabeza. ¡Eso era! ¡Ese estúpido ángel no paraba de molestar impidiendo que dañase a Arthur! Scott apretó los dientes con furia. Bien… si eso era lo que quería… entonces jugarían a su manera.
— ¡Príncipe Antonio! ¡Vuelva aquí! ¡Se perderá! –exigió Yao persiguiendo al pequeño y castaño principito que en ese justo momento se mezclaba entre las gentes de la ciudad corriendo hacia las murallas.
¡Qué pesado! ¡¿Pero no se rendía?! ¡Si llevaba diez minutos persiguiéndole! Ese sirviente era realmente tenaz pero no iba a conseguir nada por mucho que se esforzase. Su forma física no era para nada comparable a la del pequeño muchacho que se movía como una centella entre los recovecos de gente pasando de un lado para otro.
¿A dónde iría? Era un misterio incluso para él. ¡Pero era un reino nuevo! ¡Eso significaba secretos que descubrir fuera de palacio! ¡Si siempre pasaba su vida ahí encerrado entre cuatro paredes se iba a morir del asco! ¡Tenía que correr aventuras! ¡Descubrir cosas nuevas! ¡Ver animales exóticos! ¡A la gente corriente! ¡Todo! ¡Estaba seguro de que ese día iba a encontrar algo que le cambiaría su vida para siempre!
Torció la esquina hacia la izquierda, giró por cinco callejones y dio tres vueltas a la manzana hasta perder al agotado cuidador. ¡Perfecto! ¡Era su momento! ¡Ahora, a buscar aventuras! Miró de un lado para otro buscando su salida que llegó de improviso al descubrir una pequeña grieta en un muro cercano lo suficientemente grande como para que él cupiese. ¡Era perfecto! La buena suerte le había vuelto a sonreír… o puede que fuese cierta angelita rubia que no le había quitado el ojo de encima desde que había venido al mundo la que había creado aquel deterioro en la piedra para ayudar al muchacho a cruzar al otro lado de la muralla.
— ¡Vuelve aquí mocoso! ¡El huir no te va a servir de nada! –le gritó Scott persiguiendo al pobre hechicero quien, tras colarse bajo sus piernas al ver la rama que Scott escondía tras su espalda, había emprendido una huída estratégica hacia el bosque en el que siempre se refugiaba para huir de esa clase de situaciones que el mayor de los hermanos solía provocar.
— ¡Eres un abusón, Scott! –rugió el menor con pequeñas lágrimas en los ojos mientras proseguía su carrera para evadir al envidioso de su hermano mayor.
— ¡Y tú un cobarde! –gritó el aludido. Arthur apretó los labios con enfado deteniéndose en el sitio. ¡Él no era ningún cobarde! Se volteó hacia el joven pelirrojo con sus pequeñas y finas manos alzadas en el aire apuntándole amenazantemente. ¡Se iba a enterar de lo que es bueno!
— ¡Yo no soy ningún cobarde! –gritó Arthur dirigiendo una de sus manos hacia el arroyo y extrayendo una gran cantidad de agua de este que logró elevar con gran facilidad en el aire frente a él. Scott se detuvo en el sitio divertido, ¡ahora era cuando se ponía interesante!
— Venga, ¿qué piensas hacer, pequeño monstruo? ¿Vas a salpicarme? ¡El agua no hace ningún daño! –exclamó el muchacho burlándose del sagaz hechicero. Arthur sonrió con mucha autoconfianza, ¡qué poco sabía Scott acerca de la magia!
— El agua puede ser peligrosa cuando quiere, Scottie –replicó el de la rubia cabellera apuntando con el brazo hacia los pies de Scott que quedaron totalmente congelados cuando el líquido acumulado por los efectos de la magia de su hermano tocó sus extremidades. Scott abrió los ojos como platos intentando deshacerse de sus ataduras inútilmente, el hielo era demasiado fuerte.
— ¡Cuando salga de esta verás! –gritó enfurecido. Arthur rió ante la amenaza poco efectiva de su hermano mayor. ¡Cómo que se iba a dejar agarrar por él! Tras dedicarle una breve y burlesca reverencia que hizo hervir la sangre del cautivo pelirrojo, Arthur se volvió hacia el bosque una vez más y empezó a correr auxiliándose en su amparo. ¡Ahora que tenía la oportunidad escaparía al refugio de los árboles! ¡Scott no podría hacerle nada ese día, no le dejaría!
— ¡Maldito mocoso…! –murmuró Scott tratando de romper la tundra que se agolpaba en sus extremidades caudales la cual cedió poco después por la enorme fuerza con la que el chico la golpeó con su improvisada y prehistórica arma. Si iba rápido podría alcanzar a su hermano en poco tiempo.
Para su desgracia y para gracia del perseguido Arthur, de la nada emergieron unas llamas negras rojizas que formaban una barrera lineal inquebrantable entre el bosque y Scott impidiendo a este el último proseguir su búsqueda. Scott rechinó los dientes molesto, ¡eso era obra de ese maldito ángel, lo sabía!
"Deberías dejar de intentarlo, niñato. No pienso dejarte pasar de aquí… hoy el destino no te sonríe" exclamó la melódica y femenina voz de la mujer en su cabeza acompañada de una sonora carcajada burlona que, dentro de la mente de Scott, sonó como un eco cruel y despiadado que pretendía burlarse de sus intentos fallidos por lograr la infelicidad de Arthur.
El muchacho arrojó la rama al suelo hastiado y erguió la cabeza orgullosamente ante el aviso. Ya le pillaría en otro momento. Decidió entonces que nada le quedaba por hacer en ese lugar puesto que, como siempre, lo más probable era que Arthur no volviera hasta la noche por lo que volvió sobre sus pasos, recogió el abandonado cubo que antes portaba su hermanito, lo volvió a llenar de agua y se fue a casa maldiciendo una y otra vez el nombre de su fugadiza presa.
Arthur corrió y corrió sin descanso por el bosque. No sabía si Scott aún le perseguía. Podría estar justo tras su espalda pues si bien era verdad que Arthur era el mejor escondiéndose y refugiándose en el bosque tampoco era un secreto que Scott era hábil cazando y adentrándose en este. Las ramas parecían apartarse antes de que él pasase murmurando la suave melodía del viento que se colaba por entre las hojas combinándose con el sonido de la tierra mullida llena de raíces y hojas caídas al ser pisadas por él. Ya se estaba acercando a su refugio secreto, su destino en el cual sus amigos estarían esperándole… sus únicos amigos.
Arthur cruzó hasta un claro cercano tratando de tomar algo de aire. El pobre diablillo boqueaba como un pez fuera del agua por culpa de la carrera. Había sido un encuentro intenso y fatigante.
Se giró hacia la entrada del claro por la cual había llegado con extrañeza. Normalmente Scott solía buscarle por el bosque cuando escapaba de esa manera… pero esa vez parecía haberse aburrido.
Exhaló aire un poco más tranquilo al sentirse a salvo y buscó a sus amigos con la mirada. Estaban todos ahí, Flying Mint Bunny, su amigo el unicornio, ¡hasta las hadas! Todos le recibieron expectantes buscando los brazos del pequeño que se rió alegremente al ser aplastado por las tiernas y amables criaturas mágicas que tan buenos ratos le hacían pasar. Arthur sonrió ampliamente acariciando la cabeza de toda criatura mágica que se le pusiese de por medio. ¡Eran siempre tan amigables y dulces con él!
— Basta, no seáis tontos –inquirió entre infantiles y tiernas risas cayéndose al suelo de espaldas por el peso de las criaturas contra él que tenían muchas ganas de jugar otro día más con el travieso pequeño. Poco después hicieron caso a la petición del matojo de cabellos rubios que era el valiente mago en miniatura y se sentaron a su alrededor para ser mimados por él.
Arthur respiró tranquilo disfrutando de la compañía de sus compañeros que le brindaban tal hermoso y cálido cobijo. Esos eran los únicos amigos que él conocía. Sus mágicos camaradas que siempre le escuchaban y cuidaban de él. Eso le gustaba, le hacía sentir pleno y querido por alguien que no fuese su madre, su padre o el mayor de sus hermanos, Gale, quien siempre le protegía de los otros cuando les veía molestándole. Ese era su refugio y el único lugar en el cual se podía sentir a gusto… en ese solitario y apartado claro del bosque.
— Oye, ¿queréis ver un truco? –les ofreció él. Todos los animales mágicos alzaron la cabeza con curiosidad preguntándose qué clase de encantamiento les mostraría ese día el poderoso y pequeño hechicero, pues el verle hacer magia era como música en movimiento para aquellos seres puros y dulces –ya veréis, ¡os va a encantar! –les avisó Arthur remangándose un poco la envejecida y remendada túnica junto a la capa que, como siempre caía pesadamente sobre sus hombros.
El muchacho tomó aire y cerró los ojos tratando de enfocarse en la tarea que iba a realizar. No le sería muy difícil, desde que tenía memoria había podido realizar todas las tareas mágicas que su madre le había encomendado en su pobre y corto aprendizaje mágico con gran rapidez y soltura.
Alzó suavemente las manos moviéndolas rítmicamente comenzando a crear unas pequeñas nubes con formas de hadas, unicornios y criaturas fruto de leyendas las cuales ni si quiera el pequeño había visto antes. Las pequeñas criaturas intervinieron durante el espectáculo con exclamaciones ahogadas y tiernas que le hacían suspirar mientras hacía crecer flores a su alrededor o efectuaba acertados malabares con bolas de fuego entre sus manos. En el claro todo era fiesta y jolgorio para Arthur y sus amigos. Lo que no sospechaban es que aquel día tendrían a un invitado muy especial entre ellos, un invitado que, sin si quiera saberlo, iba a suponer un gran cambio en la vida del pequeño mago. Un invitado que sería traído por el destino y que Arthur nunca podría olvidar… pues sería su primer amigo humano y la persona de la que estaba destinado a enamorarse.
Antonio danzaba emocionado entre los árboles escuchando el murmullo de los pájaros y las ardillas con admiración. ¡Jamás había visto un lugar como aquel dentro de los muros de palacio! Los aromas, el frescor del aire… todo era nuevo, todo era maravilloso, lleno de misterio y vida.
Tomó una ramita del suelo que encontró abandonada en ese irregular terreno lleno de maleza con una risueña expresión emocionada en su rostro.
— …Y entonces el valiente guerrero tomó su fiel espada. Había escuchado bien sobre las bestias que habitaban tras los muros del palacio y su bravura pero, dispuesto a luchar hasta su último suspiro, emprendió su viaje atravesando angostos caminos y hostiles territorios buscando a su princesa de la cual se decía que poseía una belleza incomparable y una entereza abrumadora. Sólo una cosa le separaría de su bella dama, y esa era una temible criatura en forma de bestia. Se trataba pues de un monstruo sediento de sangre de tres… no, ¡cinco metros! De mandíbulas fuertes y afiladas escondidas en sus bicéfalas cabezas. Tenía escamas de dragón y exhalaba fuego y hielo. ¡Incluso sus venenosas garras podían causar altas fiebres si las heridas recibidas no eran debidamente curadas! Podía recordar a un grifo si se le miraba de lejos pero de cerca podían notarse las características que todo buen reptil tenía. Pocos habían sobrevivido para contar al noble héroe el estado en el que la cautiva dama se encontraba y muchas historias corrían acerca del temible animal alado de piel morada y de brillos verdosos inmune a cualquier tipo de magia. Sólo que guardaba celosamente a la tierna princesa alejando a todo incauto que tratase de penetrar sus defensas. ¡Pero esto no detendría al sagaz guerrero! ¡Sólo lo empujaría a buscar con más ahínco a aquella a la que estaba destinado a amar! –narraba Antonio mientras correteaba por el bosque refugiándose de vez en cuando tras los árboles como si la terrible bestia que dibujaba en su gran y salvaje imaginación pudiese estar detrás de estos a punto de descubrirle.
El Ángel de la Dicha reía para sí sin ser oída por el noble príncipe. ¡Cuán imaginativo y sediento de aventuras podía ser aquel pequeño! Pero ese día tendría otra aventura más importante que vivir aun que no incluía terribles monstruos y peligrosos caminos llenos de bandidos. Se trataba de encontrar a aquel que sería el responsable de su corazón en un futuro puede que no muy lejano.
— Muy bien, príncipe Antonio, es hora de que os encontréis con vuestro amor verdadero –suspiró la rubia angelita sin ser escuchada por el muchacho. Cerró suavemente sus brillantes ojos vino acumulando su magia. No sería un hechizo complicado, sólo uno destinado a la transformación.
Trató pues de soltar el aire con suavidad empezando a cambiar su cuerpo a voluntad hasta tomar la forma de una pequeña cría de dragón de escamas relucientes y doradas y, tornando su pequeño y nuevo cuerpo visible ante el joven, agitó sus alas posándose justo frente a los ojos del muchacho.
— ¡Wow! –exclamó Antonio cayéndose al suelo de la impresión. ¡Un dragón! ¡Un dragón de verdad! ¡Tal vez viniese a jugar con él o a llevarle a alguna aventura! ¡Menuda suerte había tenido!
"Su sonrisa es la de la pura inocencia" pensó el ángel tapando su hocico con sus garras para evitar que una pequeña y suave carcajada emergiese de sus fauces de dragón frente al pequeño. Antonio se incorporó acercándose curioso hasta la criatura y la acarició con timidez y cuidado. ¡Era hermosa y dulce! ¡Todo un cachorro de dragón tierno y hermoso! ¡Incluso parecía disfrutar de las caricias que el príncipe le daba! Parecían agradarse bastante mutuamente por sus personalidades cálidas y amables. ¡Cómo se notaba que eran protectora y protegido!
— Sois muy dulce... Oye, ¿sabéis dónde podríamos correr emocionantes aventuras? Me gustaría ver algo de hermosura sin igual o... hacer algo divertido... no sé... como las cosas que hacen los caballeros en los cuentos. ¿Qué me decís, pequeñín? – preguntó Antonio amistosamente a la criatura alada. El ángel asintió obedientemente ante el noble de real linaje con un lindo gorgoreo proveniente de su garganta – ¿en serio? ¡Qué bien, vamos entonces! ¡Guiadme, amigo mío! –pidió el supuesto caballero.
El dragón sonrió con complicidad volteándose hacia lo más profundo del bosque. ¡No había tiempo que perder! Agitó sus alas con rapidez volando frente al emocionado y curioso príncipe que veía en cada árbol una nueva aventura que descubrir, y puede que no estuviese tan errado.
El dragoncito se detuvo tras unos matorrales posándose sobre la rama de uno de estos invitando al moreno a mirar hacia lo que tenía delante de sí para gracia del impaciente príncipe.
Se agazapó con habilidad felina junto al animalito buscando con la mirada lo que el dragoncito quería mostrarle aun que... le parecía demasiado bonito para ser real. ¡Había chispas y nubes de extrañas formas saliendo desde detrás esos árboles! ¡Tenía que haber algo ahí que lo estuviese provocando! ¡¿Y si era una bruja o un monstruo horrible?! ¡Podría atacar al reino del aliado de su padre!
— Compañero, tenemos que encargarnos de que ese monstruo no ataque la ciudad… ¿compañero? –le llamó al no obtener respuesta de su dorado acompañante. ¡Había desaparecido! ¡¿Había sido una ilusión?! Tenía que serlo…
Pero volviendo al asunto de las chispas y las nubes… Si los magos estaban dentro de la ciudad sólo podía tratarse de una criatura maligna, ¿cierto? ¡No había tiempo que perder! ¡Con dragón o sin él tendría que enfrentar al enemigo!
El príncipe tomó carrerilla dispuesto a enfrentarse a todo ser viviente que amenazase con atacar aquel hermoso paraje y saltó hacia el claro con un grito de batalla que sonó cómico para con su infantil tono de voz. Buscó con rapidez en el claro a aquel al que iba a agredir… pero ahí no habían criaturas maléficas ni oscuras… sólo un pequeño niño rodeado de un montón de maravillosos animales dignos de todo buen cuento de hadas.
El pequeño gritó asustado cayéndose de espaldas contra el suelo ante la sorpresa de verse descubierto por el intruso no deseado. ¡¿Qué demonios había sido eso?! Arthur retrocedió asustado al ver profanado su refugio temiendo que el agresor pudiese tratarse de alguno de sus hermanos y fuese a golpearle con un arma.
Cerró los ojos con fuerza temiéndose un golpe que nunca llegó. Al contrario, al volver a abrirlos descubrió al individuo observándole avergonzado y con un gran sonrojo en el rostro soltando la pequeña ramita que hace dos segundos sujetaba con fuerza entre sus manos. Ese… no era Scott… ¿quién era?
Parpadeó un par de veces intentando reconocer al muchacho al que no recordaba haber visto en ningún otro lugar en el reino anteriormente… de un chico como él se acordaría.
El cabello del extranjero era de un suave color castaño como el del tronco de un árbol joven y lleno de vida. Sus ojos verdes fijos en él brillaban como dos hermosas gemas preciosas que titilaban bajo una hermosa y suave luz a ojos del pequeño mago. No tendría muchos años más que él, tal vez dos o tres y su piel era bronceada y tersa. Sus rasgos infantiles mostraban una hermosa calidez… era como estar mirando al más maravilloso sol sin quemarse… de hecho… sus ropas, caras y de fina seda blanca y roja se ajustaba armoniosamente a su cuerpo como queriendo hacerlo relucir más de lo que ya lo hacía. Una capa escarlata flotaba con la brisa del claro tras del exótico joven otorgándole una apariencia más misteriosa y mágica según el joven frente a él.
En cambio, para Antonio el rubio de desordenados cabellos ante sus ojos se trataba de un ángel de unas cejas algo gruesas pero que resaltaban la profundidad de esos fulgurantes ojos esmeralda y piel pálida. Su rostro era el del más bello querubín y parecía contener el embrujo de una ninfa en sus carnes pues daba una apariencia etérea y liviana como una pluma en su hermosa figura… de hecho, el pobre chico era delgado y delicado… como si una brisa pudiese arrastrarle a él y a su verdosa y gastada túnica de un solo soplido. De solo ver su fragilidad el joven príncipe ardía en deseos de abrazarlo con el fin de evitar que aquella bella imagen desapareciera para siempre de sus retinas y poder guardarla así durante toda la eternidad.
— L-lo siento… creo que… creí que alguien tenía problemas porque escuché ruido en el claro y… vi cosas extrañas y… siento… haberos asustado –exclamó Antonio con timidez ofreciendo su mano galantemente al menor de los ahí presentes que miró la mano con desconfianza… ¿qué pretendía? ¿Pensaba ese niño que no sabía que, como los demás, pretendía tenderle una especie de trampa? ¡Seguro que en cuanto le tendiera la mano se la soltaría o algo así!
— Puedo valerme solo, gracias –espetó Arthur levantándose del suelo y quitándose el polvo de sus ropas. ¡Vaya desastre! ¡Su madre seguro que le regañaría por todo el polvo que iba a traer a casa ese día!
— Oh… de acuerdo –sonrió el pequeño Antonio sin comprender el esquivo comportamiento de su idílico "ángel". Normalmente, cuando él ayudaba a alguien solían colmarle de reverencias y atenciones por ser un príncipe… ¿acaso ese chico no sabía quién era? – ¿qué hacíais aquí tan apartado? ¿No os es peligroso jugar en esta zona del bosque? –cuestionó Antonio tratando de saber más del delicado muchacho. Arthur parpadeó un par de veces confundido… ¿qué forma tan estúpida de hablar era esa? ¡Claro! ¡Era un noble! ¡Lo que le faltaba! ¡Otro niño mimado!
— Mira tú, no sé lo que te traes entre manos pero a mí no me la das. Esa amabilidad es demasiado fingida para mi gusto. Vengo porque quiero y estoy a gusto y no necesito que nadie venga a reírse de mí –añadió Arthur con desconfianza.
— ¿Eh? ¡Pero si no fingía! Solo… quería ser amable, no pretendía reírme de vos. Solo… me extrañó que no estuvieseis con los demás niños en la ciudad –aclaró Antonio tratando de mediar sus palabras ante el audaz mago –pensé que todos estaban ahí celebrando que les visitaban los reyes de los pueblos vecinos…
— Ya, bueno. Digamos que no tengo ningún amigo dentro de esos muros. no hay nadie al que le agrade y además no estoy tan solo, mis amigos están aquí –señaló el rubio mostrando a las criaturas mágicas que no esperaba que el otro pudiese ver. ¡Pues mejor! Si se asustaba de sus "rarezas" a lo mejor así se iba y dejaba de molestarle.
— ¡Oh! Ya veo –exclamó Antonio sentándose en el suelo –nunca había visto unicornios, hadas o… emm bueno, no sé bien qué sois todos exactamente. Me tendréis que disculpar, no suelo tener mucho contacto con criaturas mágicas –se rió Antonio con inocencia. Arthur pegó un pequeño bote. ¡¿Él también podía verlos?! Era… la primera persona fuera de su círculo familiar que podía ver a sus amigos con claridad… ¿quién era ese exótico y refinado joven? – ¿y sois de por aquí? –insistió el castaño sentándose con la delicadeza propia de un noble en el frío suelo impregnado de briznas de hierba. Arthur se sonrojó tratando de desentrañar la desenfadada expresión del chico… no parecía tener malas intenciones…
— Umf… sí… vivo en el linde del bosque con mis padres y mis hermanos – explicó él posándose junto a su interlocutor al cual trataba de no parecerle excesivamente interesado mientras acariciaba el lomo de Flying Mint Bunny – ¿y tú?
— Soy del Reino de Lerebín –respondió el príncipe con simpleza. Arthur dio un suave bote a su lado. ¡¿Del Reino de Lerebín?!
— ¡Espera! ¡¿Lerebín?! ¡¿El reino del Príncipe Antonio Fernández Carriedo?! ¡¿Ese Lerebín?! –cuestionó Arthur con asombro. Antonio abrió sorprendido los ojos girándose hacia su compañero con un leve asentimiento de cabeza.
— Sí… soy de allí, ¿por qué queréis saberlo? –le respondió con parsimonia.
— ¡Waa! ¡¿En serio?! ¡Siempre he querido verlo! Dicen que es un reino precioso lleno de magia blanca y pureza. ¿Sabes la historia del príncipe? Mi madre me la cuenta a menudo por las noches, pero yo no me la creo –se soltó Arthur con creciente emoción e interés. ¡Ese sitio tenía que ser como sus historias! ¡Estaba seguro!
— ¿Eh? ¿Por qué no se lo cree? –contraatacó Antonio confuso. ¿No se creía… su historia?
— Bueno, yo nunca he visto a un ángel –informó Arthur encogiéndose de hombros sin mucho interés –además, mi madre me dijo que si pedía un deseo a una estrella se cumpliría porque los ángeles me escucharían y ayer les pedí uno y no se cumplió. ¡Y eso que pasó una estrella fugaz! Los ángeles me escucharon pero no quisieron atender mi deseo.
— ¿Eh? ¡Qué curioso! ¡Yo también pedí uno y me pasó lo mismo! ¿Qué deseo era ese? – exclamó el muchacho emocionado al ver que no era el único al que le habían denegado su deseo.
— P-pues… –tartamudeó el pequeño sonrojado –bueno… emmm… tener… un amigo humano –respondió el chico esperándose una carcajada del mayor… pero este sólo se le había quedado mirando con pasmo… ¿él… también? – ¿q-qué?
— No… es solo… que es lo mismo que pedí yo – contestó Antonio tratando de salir de ese pequeño letargo en el que se había visto metido durante unos segundos mientras ambos establecían contacto visual con asombro.
— ¿Estás… de broma? –especuló Arthur sin saber bien qué pensar del alegre muchacho.
— No –negó Antonio sin romper el contacto –tal vez… ¿seamos los amigos que buscábamos? –se cuestionó posando su mano junto a la del pequeño rubio.
— Amigos… – musitó Arthur tratando de digerirlo algo sonrojado mientras bajaba la cabeza pensativamente.
— Bueno… todo depende de si queréis ser mi amigo o no – se rió Antonio algo avergonzado por su extraña proposición. Arthur se sonrojó tragando saliva con algo de nerviosismo con un suave asentimiento tratando de acariciar la suave y cálida piel morena del mayor de los chicos.
— S-sí… quiero –susurró él sintiendo una pequeña descarga por todo su cuerpo al tocar la mano del castaño. Eso… no era magia… ¿qué… había sido? Antonio, a su vez, notó un suave escalofrío subir por su espalda al descubrir la piel de la diminuta mano del rubio sobre la suya.
Ambos fijaron su mirada en el otro con un notorio rubor en sus mejillas tratando de leer los pensamientos del contrario sin hallar nada útil en sus ojos… sólo el reflejo y la admiración les sobrevenía. Sus caras enrojecieron violentamente al darse cuenta de que llevaban un rato mirándose el uno al otro de aquella extraña manera teniendo por ello que obligarse a sí mismos a girar la cabeza hacia otro lado. ¿Qué había sido eso?
— B-bueno… yo… esto… –trató de apartar la atención Antonio del bonito a la par que extraño momento que ambos chicos habían experimentado unos segundos antes.
— ¿Q-Quieres… que te enseñe algo divertido? –preguntó Arthur tras humedecerse los labios.
— ¿Eh? –se sorprendió el castaño sin saber bien de lo que le hablaba su nuevo amigo. Arthur se levantó sin mediar palabra de su asiento cerrando sus ojos con tranquilidad. Era difícil concentrarse, Antonio seguía a su espalda atento cada uno de sus movimientos… pero si Antonio de verdad quería ser su amigo tenía que aceptar lo que el rubio era capaz de hacer.
El esmirriado muchacho alzó sus brazos hacia el afluente del claro moviéndolos rítmicamente ante la vista del castaño que pudo presenciar como del agua emergió la acuática figura de un dragón marino que se movía al compás con el que lo hacían las manos de Arthur. ¡¿Eso era agua?! ¡¿En serio?! Antonio se quedó boquiabierto observando a su amigo. ¡Era un mago! ¡Uno poderoso! ¡Guau!
Arthur sonrió observando sus expresiones maravilladas por el rabillo del ojo, era tan inocente y tierno… no parecía asustado ni tenía la intención de llamarle "monstruo" como todos los demás… ese chico era único…
Tras hacer al dragón dar unas cuantas cabriolas más cambió el rumbo de sus movimientos deshaciendo el dragón y creando esta vez a dos figuras… la de dos niños exactamente iguales a ellos dos.
Iban de la mano con pose desenfadada y caminaban por la orilla del riachuelo mirándose el uno al otro. Antonio se incorporó con una pequeña exclamación de sorpresa acercándose a las figuras junto a Arthur para verlas mejor. ¡Ese chico era todo un artista! Antonio se rió emocionado volviéndose hacia Arthur que sonreía con timidez ante las reacciones del castaño que se le acercó tomando las manos de su amigo el cual deshacía en ese momento a las dos figuras humanoides sobre el río del que salieron. Se quedaron durante unos segundos así, sonriéndose el uno al otro felices de haber encontrado a un amigo de verdad.
— Yo… –trató de articular el mayor de los dos antes de ser interrumpido por una alarmada voz en el bosque que se elevaba con desesperación entre la espesura de la arboleda.
— ¡Príncipe Antonio! ¡¿Dónde estáis?! ¡Hemos de volver a palacio! ¡Nuestras majestades precisan de su presencia, alteza! –gritaba desesperada la lejana voz de Wang Yao en el bosque. Arthur parpadeó sorprendido un par de veces al escuchar aquel nombre. ¿Príncipe Antonio? ¡¿El príncipe Antonio de Lerebín estaba en Verenteria?! ¡Demonios! ¡No había podido ver al príncipe del que hablaban los cuentos de su madre! El castaño dio un hondo suspiro mirando hacia la maleza con pesadez antes de girarse una vez más hacia Arthur para dedicarle una sonrisa triste y algo decaída al extrañado rubio.
— Parece que me reclaman –murmuro Antonio con amargura. Arthur abrió los ojos con sorpresa. ¡Espera! ¡¿Él era…?!
— ¡¿Cómo?! ¡¿Tú eres el Príncipe Antonio de Lerebín?! –cuestionó Arthur sorprendido. Antonio asintió inocentemente para toda respuesta. Arthur no podía creerlo… su primer amigo era el príncipe de sus cuentos… y él era el suyo.
— Es cierto, no nos hemos presentado debidamente – exclamó Antonio dándose cuenta de su falta de cortesía. El joven hincó su rodilla en el suelo sujetando una de las manos de Arthur con una de las suyas depositando en la primera un besó en el dorso de esta galantemente para sonrojo del menor –soy el Príncipe Antonio Fernández Carriedo de Lerebín. Un placer conoceros –se presentó el chico.
— Y-yo… –musitó el rubio con nerviosismo. Tragó saliva, demonios… ¡Antonio era demasiado dulce! –s-oy Arthur Kirkland… de Verenteria, es todo un placer, príncipe Antonio –tartamudeó Arthur con una leve reverencia que hizo reír al mayor de los dos muchachos el cual ya se había levantado con la mano de Arthur aún entre las suyas.
— Arthur… es precioso. Pero no deberíais llamarme con tantas formalidades. Somos amigos… ¿no? –le reprendió Antonio guiñándole un ojo amistosamente para más rubor del pequeño.
— E-entonces… no me trates de usted… trátame de tú, ¡tú también tienes que comportarte como a un amigo! –se la devolvió Arthur desviando la mirada con nerviosismo. Antonio acarició su mejilla dulcemente haciendo estremecer a su joven ángel. Porque eso era Arthur para él, un ángel hermoso y cálido.
— Sea pues… no te volveré a tratar de usted… amigo mío –exclamó Antonio volviendo a captar los ojos del hechicero que esbozó una mueca nerviosa en su colorado rostro.
— ¿Nos volveremos a ver, Antonio? –preguntó con voz temblorosa.
— ¡Claro! Prometo volver a verte siempre que pueda. Además, un príncipe que no aspira al trono tiene muchísimas libertades. Puede ir a donde quiera con más facilidades que uno que sí opta a él así que podremos vernos pronto, Arthur –informó Antonio.
— Prométemelo, p-por favor –pidió el pequeño con timidez.
— Te lo prometo, Arthur… de hecho… te voy a dar algo para sellar nuestra promesa –agregó Antonio buscando debajo de su camisa un collar de cordel que contenía en el centro de este un abalorio de oro blanco con forma de espiral en la cual descansaba una hermosa esmeralda en su centro –quiero que guardes esto… y me lo devuelvas la próxima vez que volvamos a vernos, ¿prometido? –preguntó Antonio sonriente. El pequeño notó su corazón acelerándose en su pecho. ¿Antonio… le…? ¡Pero no tenía nada que darle a él! A menos que…
— E-entonces… tú tienes que aceptar esto –ordenó Arthur apartando señalando a una roca cercana y al arrollo tratando de concentrar su poder mágico para desentrañar la tarea que se proponía ante la curiosa y fascinada mirada de su compañero.
Llamada por el poder del chico, la roca se fraccionó extrayéndose de ella en el aire unas finas virutas doradas que comenzaron a calentarse gracias a la magia de Arthur que las fusionó en un anillo de oro.
Del agua extrajo una gota que solidificó dándola la apariencia de un zafiro e incrustó posteriormente en el formado anillo de oro. Atrajo la pieza hasta su mano examinándola. Era bastante bonita… pero no sabía si lo sería para el joven príncipe. La gota de agua era húmeda al contacto y se movía dentro de sus límites como si fuese una piedra viva. Era lisa y se mantenía imperturbable sobre el oro.
Cuando Arthur se volvió hacia Antonio descubrió al castaño maravillado por la pequeña joya que el hechicero había creado para él lo cual tenía al rubio encantado por las hermosas expresiones que el príncipe le brindaba. Tomó la mano del castaño con toda la delicadeza que pudo introduciendo la joya en el dedo anular de la mano izquierda desconocedor él del significado que este pudiese tener al colocarlo ahí cosa que no pasó desapercibida para Antonio quien se sonrojó admirando el trabajo que el rubio había empleado en hacerlo.
— ¿Sabes? El poner el anillo ahí simboliza "promesa". Por eso, cuando los mayores van a casarse, siempre se ponen el anillo de prometido en el dedo anular de la mano izquierda –se rió Antonio colgándole el collar al pequeño y nervioso Arthur que había entrado en shock ante la revelación del príncipe –entonces… los devolveremos cuando volvamos a vernos… hasta la vista, amigo mío –prometió Antonio abrazando al rubio contra sí dedicando un segundo a depositar un suave beso en su frente. Arthur tembló nerviosamente en sus brazos acurrucándose en el cálido abrazo que el mayor le proporcionaba en su regazo hasta que un nuevo grito de Yao les hizo separarse a regañadientes. Antonio soltó con suavidad su mano deseando poder permanecer un poco más con su nuevo y adorado amigo y desapareció entre la maleza buscando al hombre que tanto ruido estaba haciendo en el interior del encantado bosque.
Arthur suspiró una vez Antonio desapareció de su campo visual. Nunca habría podido adivinar… que ese hermoso sol que tanto acababa de embaucarle… podía ser fruto de tales leyendas. Acarició el collar admirándolo como si tuviese aún más valor de lo que un joyero pudiese darle. Ese collar era su unión con Antonio… su promesa… y el recuerdo de haber conocido a tan maravilloso joven.
Cayó pesadamente al suelo apoyando su espalda contra este. Sus amigos mágicos no se habían atrevido a abordarles en esos momentos tan hermosos que ambos acababan de compartir y… por primera vez… lo agradecía.
Antonio abrió las puertas del palacio de Verenteria buscando a sus progenitores que le esperaban junto a Paulo y otras cuatro personas en las escaleras del vestíbulo. Caminó inseguro hacia ellos preguntándose si no irían a regañarle por haberse escapado hasta que la atronadora voz de su padre le hizo detenerse.
— Antonio Fernández Carriedo, príncipe de Lerebín, detente y arrodíllate ante mí en este mismo instante –ordenó el Rey Rómulo marcialmente provocando un escalofrío en el menor de sus hijos.
Su padre nunca le había hablado así en toda su vida… debía de ser algo grave… muy grave… ¡si nunca le habían regañado hasta ese punto por sus constantes escapadas!
Tragó saliva con nerviosismo e hincó una de sus rodillas en el suelo esperando la reprimenda que estaría por venir a juicio del travieso príncipe.
Rómulo avanzó hasta su hijo desenvainando la espada que guardaba en su cinto: una espada de acero y de empuñadura dorada con incrustaciones de rubíes. Posó su hoja sobre uno de los hombros del asustado castaño deteniéndola ahí mientras humedecía sus labios antes de proseguir.
— Desde este momento, príncipe Antonio, yo, el Rey Rómulo Fernández te nombro Príncipe Heredero de Lerebín –advirtió el monarca pasando la hoja al otro hombro del pequeño cuerpo de Antonio.
— ¿C-cómo? –se sorprendió este dando un bote mientras su padre guardaba el arma de nuevo en su vaina.
— Antonio… ya hemos corrido la noticia… Paulo, por el bien del fin de la guerra con Iccinda, se casará con la Princesa Rachel Vaan der Vaart para formar una alianza, pero como no deseamos unir nuestros países con el reino con el que hemos estado en guerra tantos años hemos decidido que tú serás el próximo rey de Lerebín mientras que Paulo irá a Iccinda con la Princesa Rachel y su padre para adaptarse y convertirse en un futuro en el próximo rey de ese reino junto a su prometida –le informó su madre con tristeza.
— Entonces… Paulo… –murmuró Antonio con los ojos bañados en lágrimas. La Reina Naida asintió con pesar volviéndose hacia el mayor de sus hijos que aún permanecía junto a la que debía ser la Princesa Rachel al pie de la escalera.
— Será mejor… que les dejemos solos un momento para que se despidan –exclamó uno de los hombres que Antonio no conocía, aun que por el parecido que tenía el chico de melena dorada junto a él debía de ser su padre… y probablemente el Rey de Verenteria.
Todos los presentes abandonaron la sala poco a poco: los adultos con orgullo y la cabeza en alto, la Princesa Rachel recta y tratando de mantener el porte y el Príncipe de Verenteria dedicando un guiño coqueto a Antonio antes de salir de la estancia.
— Antonio… –le llamó su hermano mayor acercándose al muchacho con paso lento y decidido.
— ¡Paulo! –exclamó Antonio echándose a los brazos de este último con las lágrimas floreciendo de entre sus ojos – ¡Hermano… no es justo! Tú ni si quiera conoces a esa niña… ¿por qué tienes que irte? –preguntó con tristeza el menor de los castaños. El joven de ojos mar acarició sonriente el cabello del inocente muchacho con calidez. El pobre niño frente a él ahora tendría que aprender a ser el príncipe que sucedería al padre de ambos algún día… y eso iba a ser muy complicado para ese risueño chico que sólo soñaba con aventuras y retos a desentrañar.
— Antonio, tengo que hacerlo por el reino. ¿Vale? Vamos a volver a vernos pronto… pero ahora tienes que ser fuerte. Papá y mamá te educarán para que seas un gran monarca cuando tengas que asumir el trono. No podré estar a tu lado pero tienes que afrontarlo con la cabeza bien alta. No vas a tener tanta libertad como antes… ahora tendrás muchas responsabilidades y una imagen que guardar. Espero que pronto encuentres a alguien que alivie tus cargas. Estás destinado a grandes cosas hermanito… y sé que podrás cumplirlas todas –susurró Paulo cuidando al pequeño príncipe. ¡Demonios! Ahora que Antonio lo pensaba… entonces… ¿no sería tan libre para poder ver a Arthur como creía?
Arthur salió del bosque justo cuando el último rayo de Sol se extinguió en el horizonte. Se había pasado todo el día fuera de casa jugando y, como siempre, se había olvidado de que tenía que volver. Al entrar en la casa todos estaban sentados en la mesa discutiendo sobre algo airadamente pero, una vez el pequeño apareció por la puerta sus familiares dejaron de murmurar de golpe girándose a mirarlo. Arthur se ruborizó sin entender bien a qué venía tanto barullo… ¿había pasado algo?
— Oh… Arthur, ¿ya has vuelto cielo? –musitó su madre alisándose la falda de su vestido. De pronto, parecía que la conversación había perdido su interés original y Scott y el resto de sus hermanos habían ido a jugar a otro lado sin prestar demasiada atención al pequeño mientras su padre sacaba de uno de sus remendados bolsillos una figurita de madera y un cuchillo con el que solía tallarla como si no hubiese pasado nada.
— ¡Oh! Bien, hoy he conocido a alguien. Era muy cálido y amable y quería que fuésemos amigos –se rió el pequeño infantilmente sentándose al lado de su padre que revolvió cálidamente su cabellera escuchando junto a Anne el relato de su retoño más joven con más interés de lo normal.
— ¿Eh? ¿En serio? ¿Hoy? –comentó su progenitora sirviéndole un plato de la escasa comida de la que disponían escuchando con interés –es una grata noticia. ¿Vais a volver a jugar juntos? –preguntó ella con creciente curiosidad.
— ¡Oye, Gráinne! ¡¿Te has enterado?! –exclamó casi gritando Scott con algo de malicia en su voz hacia uno de sus hermanos menores – ¡El Príncipe Antonio hoy fue llamado por sus padres! ¡Fue nombrado Heredero al Trono de Lerebín! –inquirió Scott observando a Arthur por el rabillo del ojo.
El pequeño rubio había palidecido ante la noticia que su hermano acababa de gritar. Antonio… ¿iba a ser rey? ¡N-no…! Entonces… Antonio no podría volver a verle… le censurarían las visitas y tampoco podría venir cuando quisiera… no podría relacionarse con alguien como él… un marginado al que nadie quería ni mirar.
— Scott… –advirtió su padre al ver las reacciones de Arthur. ¡Entonces era cierto! ¡Antonio y Arthur ya se habían conocido!
Scott sonrió con malicia… al fin había dado con una forma de vengarse del niño bonito de Arthur. ¡Estaba temblando y todo! Tal parecía que su destino había llegado hasta él y ahora se le tornaría inalcanzable. ¿Qué podía hacer un chico como aquel frente a un príncipe destinado a ser el heredero de un influente reino? Arthur abrió las manos y las cerró una y otra vez pensando… recapacitando acerca de sus posibilidades. Quería… no, deseaba volver a ver a Antonio y poder cuidar de él… volver a sentir sus cálidos brazos rodeándole y ver su sonrisa… el sentir esos labios sobre su frente o el oler su fragancia cuando estaban tan cerca uno de otro… el acariciar su mano o sentir la de él en su mejilla… y haría lo que fuera para que eso se cumpliese así tuviese que ascender como fuese en su escala social y convertirse en alguien poderoso para cuidar del poderoso príncipe heredero.
— … Sí… voy a volver a verle… pero… para ello… –susurró Arthur levantándose de la mesa sin tocar si quiera su plato –…hoy… estaré fuera mamá… no te preocupes por mí –murmuró Arthur saliendo de la casa. Gale frunció el ceño con enfado girándose hacia Scott por su arrebato. Ese chico no tenía remedio.
— Tenías que joderlo todo, ¿no, Scott?
— No sé de qué me hablas, Gale –se burló Scott junto a sus otros dos hermanos para descontento del mayor de estos y de sus padres.
Los magos del reino de Verenteria caminaban en procesión para renovar la magia de las runas mágicas que abastecían de energía y agua corriente los hogares que permanecían dentro de las murallas siendo observados por una pequeña figura encapuchada de complexión esmirriada y enfermiza que sonreía esperando su oportunidad. Cuando llegasen a su altura se interpondría y les mostraría de lo que era capaz. Había distribuido por toda la ciudad algunos ingredientes como jarros de agua y rocas para dar un buen espectáculo ante los poderosos magos del reino. Planeaba enseñarles que era digno de servir a la familia real y lograr el favor del rey. Tal vez así le fuese más fácil poder ver a Antonio… si se acercaba más a los reyes de su país. Después de todo, llevaba toda la noche preparándose para eso.
"No está mal chico, pero creo que te quedaste corto con los preparativos" susurró una burlona voz femenina en su cabeza haciéndola retumbar como la tierra bajo sus pies.
Todos trataron de mantenerse en pie ante el pequeño seísmo mirando a todos lados con confusión. "¿Qué ha sido eso?" se preguntó Arthur escuchando como viento se cortaba ante el atronador batir de alas que anunciaba que algo se acercaba hasta la ciudad. Sin previo aviso un alado monstruo humanoide entró por la entrada principal cercenando sin esfuerzo con sus alas metálicas las columnas que conformaban la entrada de las murallas exclamando un rugido gutural. La población comenzó a huir despavorida gritando y chillando como si les fuera la vida en ello, y no era para menos con aquel monstruo suelto causando el caos.
El monstruo se posó con sus afiladas garras sobre la veleta de un tejado cercano. Era un monstruo escamoso con apariencia casi humana. Una cabellera plateada caía tras su espalda reflejando en sus plateadas escamas el brillo del sol. Sus extremidades acababan en largas y afiladas garras y sus ojos refulgían en la negrura de su profundidad. Sus dientes eran desmesuradamente grandes para una boca tan pequeña y sobresalían dándole un aspecto feroz… de hecho, si no fuera por las escamas metálicas, Arthur podría haber jurado que se trataba de una harpía.
Los soldados de la ciudad tomaron sus arcos y flechas dispuestos a acabar con tal horrible criatura disparando a diestro y siniestro contra ella pero las flechas revotaban en las plateadas escamas sin infringirle ningún daño, era como una durísima cota de malla.
— ¡No podemos dañarlo, señor! –gritó uno de los arqueros tratando de llegar a los oídos de su capitán. El enorme animal abrió sus fauces enfurecido gritando con una horrible voz que parecía querer explotarles la cabeza.
Los magos más jóvenes cayeron al suelo entre chillidos de dolor no acostumbrados a ningún encuentro con criaturas malévolas por su poca formación y sólo una aniñada figura se atrevió a hacerle frente al monstruo. Un encapuchado que llevaba las orejas tapadas con unas viejas y poco estéticas orejeras para no escuchar el sonido que ese ser emitía puso los brazos en cruz ante los desubicados guardias. La minúscula figura trató de concentrarse necesitando de todo su control mental. ¡Iba a ver ese bicho lo que era bueno! De las vasijas de todo el reino empezó a emerger a orden del chico miles de chorros de agua que empaparon y congelaron a la criatura fijándola a la veleta para evitar sus movimientos. El monstruo se removió acorralado volviéndose furioso hacia la figura que lo había capturado. Su captor golpeó el suelo con un pie elevándose en el aire gracias al viento artificial que convocó bajo su cuerpo y dirigió una horda de rocas hacia la extraña harpía que trataba de deshacerse de sus ataduras con su desgarrador grito.
— ¡Estate quieto! –gritó el pequeño fijando las alas del monstruo con las rocas que había extraído haciéndolas caer sobre las agregadas extremidades para desesperación del acorralado animal. Este se giró hacia aquel que iba a asesinarlo… un joven de cabellos dorados y ojos esmeralda que convocaba ahora en su mano un poderoso hechizo eléctrico para desgracia de la empapada criatura a la que el hechizo alcanzó una vez su misterioso enemigo se lo hubo lanzado electrocutándola a en el acto.
Todos se paralizaron ante el poder del misterioso aliado que descendió hasta el suelo de espaldas a los hechiceros.
— ¿Quién… sois? –inquirió el mayor de ellos.
— Mi nombre… es Arthur, Arthur Kirkland –se presentó el pequeño apartándose la capucha que cubría su rostro ante los presentes y girándose hacia ellos. El mago más anciano se acercó hasta Arthur con curiosidad y se agachó un poco para poder mirarle directamente a los ojos. Era como si estuviese examinando su alma por dentro con esos experimentados ojos negros que el moreno y viejo mago poseía resaltando el oscurecido color de su piel.
— Puedo ver en vos un sino… uno grandioso y lleno de incertidumbre… tenéis el poder de crear vuestro propio futuro – pronunció el hombre volviendo a levantarse con la misma seriedad con la que había actuado durante toda la contienda –entonces… ¿os gustaría acompañarnos, hermano Arthur? –le preguntó el mago solemnemente. Arthur asintió irguiendo la cabeza. No era del todo cómo lo había planeado… pero era un gran paso hacia su objetivo final.
— ¡Luria! –gritó el Ángel de la Dicha muy enfadada con su hermana menor, el Ángel de la Dicha y la Desdicha –eso era una harpía. ¡Una harpía acorazada! ¡¿Cómo se te ocurre acorazar a una harpía y mandarla a luchar contra tu protegido?! ¡¿Y si no hubiera podido con ella?! –la regañó la rubia con los brazos en jarras frente a la morena.
Luria yacía tumbada en un diván con su negro vestido cayendo por este junto a su cabello cascada ignorando cada palabra que su hermana mayor la dedicaba mientras degustaba un buen vaso de vino tinto.
— ¿Qué problema hay? Se las apañó muy bien, ¿no? Además, esa harpía iba a morir pronto de todas formas sin hacer nada productivo y ahora en el pueblo no ven a Arthur solo como un poderoso mago si no como un héroe –respondió Luria con tranquilidad.
— Eres una irresponsable… ¿qué hubiera pasado si Arthur no hubiese sido lo suficientemente fuerte como para vencerla? –la reprochó el ángel de rubios cabellos.
— Pues que hubiera intervenido y le hubiese detenido en el sitio o algo así. ¡Crista, eres una dramática! –rodó los ojos la morena tomando una uva más de su racimo –relájate, lo tenía todo bajo control. Arthur es lo suficientemente listo como para usar la magia con sabiduría. Yo no me meto con tu forma de cuidar a tu protegido, ¿no? Eso de personarte como una cría de dragón frente a él y luego desaparecer a lo mejor le hace creer a tu principito que está viviendo una crisis mental. Tendrías que cuidar eso.
— Mi método funciona. Le guío y aconsejo. Tú tendrías que personarte más con tu protegido. Te pasas el día ahí tirada –refunfuñó su hermana dejándose caer sobre el sofá sacando un bufido de los labios de la morena.
— Tengo mi propio método. Se llama "aprende rápido o muere" aun que no voy a dejar que muera, claro. Pero de todas formas parece que le está yendo bien de momento. Además sabes que a mí no me gusta actuar tan directamente, soy más de mandar a otros a que lo hagan siguiendo mis órdenes –bostezó Luria.
— No tienes remedio –resopló Crista recostándose en el sillón mientras vigilaba a Antonio desde las alturas.
Antonio admiraba una y otra vez el anillo que Arthur le había regalado apenas hacía un día… Arthur… su pobre ángel estaría pensando que le había abandonado… ¡Tenía que encontrar una manera de volver a Verenteria para verle! ¡Tenían que verse y cumplir su promesa! Era en lo único en lo que pensaba… su dulce ángel con ese angelical sonrojo…
Desde que había llegado a palacio todo eran enseñanzas y órdenes. Tenía que memorizar todo lo que Paulo había estado aprendiendo durante años para ponerse al día. Iba a ser un trabajo duro… pero la carga sería menos pesada si al menos Arthur estuviera con él ayudándole… su querido amigo Arthur…
Cerró los puños decidido. ¡Sí, se convertiría en un rey! ¡En un buen rey para poder dar la libertad a todos y así conseguiría el poder necesario para poder ir a ver a Arthur siempre que quisiera!
— Ángeles… por favor –pidió Antonio al cielo nocturno apoyado en la almena del palacio de Lerebín que ofrecía una maravillosa y lejana vista del Reino de Verenteria –escuchad mi ruego…
Arthur se ajustó un poco su nueva túnica blanca de aprendiz de mago mientras miraba por la ventana de su cuarto en los terrenos de la Torre de Hechicería de Verenteria. ¡Qué cosa más incómoda! Sus padres le habían permitido ir pese a que le llenaron de objetos que ni si quiera sabía que eran suyos y cosas que no sabía ni si utilizaría ante sus emocionados y entristecidos padres y es que, su marcha para ellos era un hecho bastante triste… Gale también le echaría de menos… y tenía miedo por él, sobretodo porque sabía cuán duro sería su entrenamiento pero igualmente guardo silencio al contrario que sus otros hermanos que disfrutaban de ver cómo el menor de ellos se marchaba… pese a que por alguna razón detestaban que las cosas le fuesen tan bien. Eran muy egoístas…
Suspiró una vez más sacando el collar que el Príncipe Antonio le había entregado… Antonio… tan dulce y tierna era su sonrisa… tan cálida y bienhechora… De solo pensar en él el corazón amenazaba con salirse de su pecho para ir a buscar a Antonio por su cuenta… era cálido y cómodo ese sentimiento en su pecho que aparecía cuando rememoraba al castaño… pero se volvía amargo cuando recordaba lo separados que estaban uno del otro. Arthur alzó su mirada al cielo estrellado que, sin que el rubio lo supiera, también era observado por Antonio a unos cuantos kilómetros de distancia.
— Ey… ángeles… sé que últimamente os estoy pidiendo muchas cosas pero…
— … Quiero volver a verle –exclamaron Arthur y Antonio al unísono buscando la estrella fugaz que enviarían los ángeles al escuchar su llamado la cual poco se demoró en aparecer cuando las dos plumas que ahora descansaban en las habitaciones de los dos muchachos comenzaron a brillar…
N/A: ... hasta que el reino de nyo!Holanda atacó. Sólo Portugal, cuñado del maestro de los cuatro elementos podía detenerlo. Pero cuando el mundo más le necesitaba... se casó con Nyo!Holanda. FIN
Y ahora, más cositas. Chicos, en el próximo capítulo os adelanto que nuestros chicos ya serán mayorcitos yuhu~ fiesta hard... pero como soy malvada van a tener muchos problemas... tantos que hasta aparecerá el individuo que quiere joderlo todo muahahaha. Sí, habrá un malo en la historia :3. Y ahora si queréis podéis ponerme reviews, me encanta escuchar vuestras teorías sobre lo que pasará o vuestros comentarios sobre lo que ha pasado en el capítulo o... escucharos (¿?). De hecho, voy a contestar los reviews uno a uno *se pone sus gafas aun que siempre las lleva puestas pero para dar más dramatismo a la cosa*:
Habéis sido buenos así que mirad, estrellas fugaces para todos chicos. Un deseo más para estos dos tontuelos Arthur y Antonio. Antes de continuar, por cada review que enviéis, Antonio le dedicará una sonrisa tierna a Arthur :3 porque todos sabemos que Antonio quiere dedicársela muahahaha. Recordad que arriba os he dejado el link con las canciones que os recomiendo en este capítulo para daros ambientillo tehe~.
Y ahora sí, de verdad, los reviews:
Shadow fairy princess : Gracias querida :3 traté de ponerlo de forma que sonase como un cuento para inspirar más ternura... y es que con dos pequeños tan lindos... ¡cómo no hacerlo! ¡Si es para comérselos a abrazos y... y... a todo! Me alegro de que te haya gustado cielo. Ese flashback refleja lo muy diferentes que fueron las vidas de ambos y que están destinadas a ser... lo que pasa es que también están destinadas a unirse y volverse una, por lo cual quería que quedase como un paralelismo de una vida a la otra jeje. Espero que este capítulo te guste tanto como el anterior querida nwn.
008Kasumi : Jeje, bueno, es que decidí que hacía mucho tiempo que quería crear un fanfic de un universo de fantasía y más si era relacionado con esta pareja que tanto me gusta. Esta clase de estilo es uno con el cual me siento bastante cómoda así que decidí usarlo esta vez para contrastar con los anteriores tipos de estilos con los que he escrito. Es decir, no escribo igual en una comedia romántica que en un fanfic romántico como este y mucho menos en un songfic así que traté de ser fiel a uno de mis estilos favoritos que es este, el de la fantasía que tanto adoro (aun que tengo muchos estilos de todas las maneras). Me alegro de que te esté gustando el fanfic y espero que este capítulo te guste tanto o más que el anterior nwn aun que el anterior para mí era fuegos artificiales y este... pues... no sé, también, pero los principios me suelen calar muy hondo, soy rara jaja. Gracias por el piropo, la verdad es que es bonito que te halaguen tu forma de escribir jeje nwn. Y sí, os voy a hacer sufrir y mucho MUAHAHAHA. Pero con cariño :3.
kissbuch: Sabes que no me gusta que llores... ¡Pero me encanta que lo hagas muahahaha (¿?)! Sé que amas el fanfic, no puedes maldecirlo cuando lo amas tanto :3 juju (¿?). Sabes que el lemmon vendrá aun que tarde lo suyo, sabes que el capítulo ha sido posteado rápido... lo que no sabes es qué pasara ahora querida muahahahaha :3 y sé que llorarás... sé que lo harás y me maldecirás por ello... pero que me amarás por ello también (¿?). Y como he actualizado rápido pues merezco un premio (¿?) ok no, pero sí que son muchas palabras las que tiene este cap, lo sé, me duelen en el alma. Son casi 10.000 pero espero que te guste al menos tanto como el anterior y que sigas dejándome esos hermosos reviews y leyendo esta dramática y romántica historia querida.
Gigi : Gracias querida, aquí tienes el capítulo que te sirvo en bandeja de plata para que lo devores muahahaha :3. Y tranquila, soy dada a los hermosos finales felices, es sólo que me gusta hacer sufrir un poco a los personajes antes de que logren su objetivo, no me odies (¿?). Espero que te esté gustando la historia cielo, me hacen muy feliz tus reviews aquí y en cualquiera de los fic donde me los escribes. Estaré esperando para ver qué te parece este nuevo capítulo.
Y ahora chicos, como siempre os recuerdo que la caja esa de abajo de color blanco no muerde, la que muerde soy yo (¿?) pero eso no viene al caso. Por favor, vuestros reviews me ayudan a curarme de mi estado de locura (¿?) bueno... mentira, y tampoco pretendo curarme, es maravilloso el vivir en la locura de la escritura :3 así que simplemente me ayudarán a enloquecer más muehehehe. Me despido compañeros~ un abrazo~.
