Y is for Yo-Yo
Y es por Yo-Yo
Un encantador recuerdo de la fiesta y un arma mortal
Magnus parpadeó cuando un fino rayo de luz solar matinal cayó directamente en sus ojos. Fulminó con la mirada al ofensivo producto de la naturaleza, y con un flojo gesto de la mano las negras y destellantes cortinas devolvieron la fría sombra al dormitorio.
Había sido Alec el que había abierto las cortinas, probablemente en algún momento de la noche anterior. El Cazador de Sombras afirmaba que no tenía ninguna inclinación en convertirse en una criatura nocturna como Magnus y confiaba en los molestos rayos del despertador natural de la Tierra para que lo despertaran cuando pasaba la noche ahí, sabiendo muy bien que Magnus deshabilitaría cualquier medio digital para despertar si los descubría (y siempre lo hacía) .
Magnus intentó estar molesto con su novio por despertarlo indirectamente a la demoniaca hora de las diez y media de la mañana, pero fue un endeble intento a lo más. ¿Cómo podría ser tan pesimista cuando estaban acurrucados juntos así, una borrosa mezcla de piel desnuda, extremidades enredadas y almohadas arrugadas, todo enterrado bajo las sabanas neón? Había un brazo alrededor de su cintura, y otro sobre sus hombros; podía ver su propia bien cuidada mano asomándose por detrás de la cabeza de Alec. Ni siquiera iba a intentar distinguir de quien eran esas piernas y pies. Era difícil distinguir donde un hombre terminaba y empezaba el otro. Magnus se sentía extrañamente en armonía con su novio en una casi-completamente forma no sexual (porque, honestamente, ¿cuándo era algo completamente no sexual con su sensual ser alrededor?) Esta unión no era para nada desagradable. Presidente Miau era el único estorbo, dormitando en la abandonada almohada de Alec y agitando su cola distraídamente de un lado al otro a través del espacio vacío, aporreando ocasionalmente a su dueño en la cara.
Alec roncó ligeramente mientras dormía con su cabeza apoyada en el pecho de Magnus. Era un sueve, agradable sonido, aunque Magnus no apreciaba totalmente el formidable charco de baba que goteaba desde la boca de Alec. Adorable a su manera, como todo lo que Alec hacía, pero repugnante de todos modos.
A regañadientes admitió para sí que la intensa fatiga de Alec era parcialmente su culpa. Magnus sabía que Alec estaba muerto en sus pies cuando entró al departamento arrastrando los pies, pero no se habían visto en días. Alec había estado ocupado con sus tareas de Nephilim toda la semana, deteniendo a una dispersa horade de demonios que había devorado al pobre, irresponsable brujo que los había convocado. Era descaradamente obvio que no había tenido una buena noche de sueño hace un tiempo, pero eso era algo que Magnus no podía darle después de su prolongada ausencia.
Al menos lo dejaría dormir hasta tarde, tanto si le gustaba o no al disciplinado Cazador de Sombras. Alec siempre se quejaba sobre su descenso al estilo de vida nocturno, pero si no tenía cuidado iba a adquirir un caso de insomnio antes de darse cuenta.
Magnus cerró los ojos y acarició el negro y desordenado cabello de Alec. Era siempre tan suave y simple, pero hermoso por eso. Todo sobre Alec era hermoso, desde sus perfectos ojos azules hasta sus largos y pálidos dedos de los pies. Solo que él no lo sabía.
Distraídamente el brujo curó las heridas de combate de Alec mientras pasaba los dedos gentilmente sobre las runas del Marcado cuerpo del Cazador de Sombras. Magnus nunca había encontrado fascinante el lenguaje angelical de los Nephilim hasta que conoció a Alec. No podía manipular las runas para su propio uso, así que ¿Cuál era el punto en intentarlo? Él era indigno del Lenguaje Divino, su sangre contaminada por su nacimiento como un hijo de Lilith, pero las tenues cicatrices plateadas en la piel de Alec contaban una historia, su historia, y por primera vez en su extensa existencia Magnus se encontró genuinamente curioso sobre el funcionamiento del Cielo. Los dos pasaban muchas horas entrelazados como estaban ahora, débiles y sin aliento o soñolientos y saciados. Magnus trazaría una cicatriz con la punta de sus dedos y Alec trataría de recordar que era, cuando y porque había usado la runa que la causó. A menudo continuaban hasta que caían dormidos o un particular roce de piel provocara un nuevo brote de pasión.
Justo cuando terminó de curar los cortes y moretones de Alec (y la costilla fracturada que el Cazador de Sombras ni siquiera había notado, al juzgar por las contorciones de la noche anterior), un timbre terriblemente alto sonó por todo el departamento "BANE -" el altavoz retumbó , pero Magnus chasqueo los dedos y lo silenció. Quienquiera que fuese, podía esperar. Esto era más importante.
Gage Hartlee no era un hombre paciente. Tenía la constitución robusta y musculosa de un apoyador (*), y era el triple de amenazador con sus espeluznantes tatuajes, feas cicatrices, y su vestuario heavy-metal. Como líder de una de las manadas de licántropos más grandes de Brooklyn, ¿Por qué tendría que practicar una virtud mezquina como la paciencia? La palpable intimidación que emanaba de él era suficiente para conseguir lo que quería, y rápido.
¿Este mocoso mitad demonio, Magnus Bane, tenía el descaro de dejarlo esperando? Gage estaba al tanto de la contradictoria reputación de Bane: era el mejor brujo que Nueva York tenía para ofrecer, pero elegía sus casos a su antojo y además cobraba una buena cantidad de dinero. A Gage no le importaba si Magnus-puñetero-Bane era el Gran Brujo del Puto Mundo; estaba prácticamente al mismo nivel con el destellante pequeño imbécil, se le mostraría respeto, y no sería ignorado.
Completamente enfurecido, Gage presionó el timbre por tercera vez. "¡JURO POR DIOS, BANE, QUE SI NO ME DEJAS ENTRAR VOY A DESGARRARTE LA GARGANTA CON MIS DIENTES! ¡ABRE LA PUTA PUERTA!"
Contó hacia atrás desde diez e inhalo profundamente antes de tocar el timbre una vez más. "Bien, Bane, voy a subir te guste o no".
No necesitó mucha fuerza para abrir la puerta. Solo una patada de una bota tamaño diccionario, y ya estaba adentro. Nadie podía mantener afuera los 2 metros de Gage Hartlee.
"BANE" rugió mientras subía por las escaleras hasta el departamento del brujo. Sonaba como una manada de elefantes marchando en sincronización por la escalera, no un hombre lobo enojado.
Gage se detuvo frente al departamento que sabía que pertenecía a Magnus Bane. Levantó un puño para golpear la puerta, cuando esta se abrió justo lo suficiente para saliera un simple yo-yo amarillo. La puerta se cerró de nuevo, dejando solamente a Gage y al yo-yo flotando a la altura de los ojos.
"¿Qué demonios…?" Murmuró, mirando con confusión al juguete plástico. Lo atrapó entre sus dedos y notó que había algo escrito en el lado con una caligrafía elegante y fucsia.
Perdón por la inconveniencia, pero no estoy disponible en el momento. Vuelva en otro momento y le daré audiencia. Tome este encantador artilugio como disculpa. Sinceramente, M. Bane, Gran Brujo de Brooklyn.
Gage pestañeo al mensaje en asombro. Su cara adquirió una insalubre tonalidad rojiza cuando comenzó a comprender el significado completo. Esto era inaceptable. El licántropo abrió la boca para expresar sus emociones a toda la vecindad, escandalosamente, cuando las letras en el yo-yo se reagruparon y un nuevo mensaje apareció.
Váyase inmediatamente o será forzado. Por favor sea silencioso en su salida. Sinceramente, M. Bane, Gran Brujo de Brooklyn.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Gage no se iba a ir con la cola entre las piernas solo por una vaga amenaza escrita en un yo-yo. ¿Cómo exactamente iba Bane obligarlo a irse? ¿Metiéndole purpurina por la garganta hasta que rogara por misericordia?.
El yo-yo tembló en el puño de Gage. Repentinamente saltó desde sus dedos y lo golpeó violentamente en la nariz. Escuchó un crujido y sintió la sangre bajar por su cara, además de un cegador dolor. Gage rugió e intento agarrar el yo-yo, pero este ya había bajado hasta sus pies y los había amarrado juntos en los tobillos. Perdió el equilibrio y cayó al piso con un ruido sordo. Antes de darse cuenta el yo-yo había liberado sus tobillos y se envolvió en su garganta. Con increíble fuerza lo arrastro por el pasillo, medio asfixiándolo en el camino. Los dedos de Gage eran muy grandes para arrancar el hilo en su cuello; esto solo hizo que el dolor fuese peor. El poseído juguete lo hizo bajar por las escaleras (una larga y dolorosa procesión de ángulos rectos) y no aflojó su presión hasta que estuvo en la seguridad de la calle. Ahí se desentraño por sí mismo, cayó al suelo, y era una vez más un inofensivo yo-yo con aún otro mensaje.
Gracias, tenga un gran día.
La gente en la calle observaban a la desquiciada, sangrienta mole de hombre mientras corría, gritando y maldiciendo, lejos del yo-yo amarillo chillón depositado en la acera.
Más tarde ese día, cuando Magnus hizo un comentario de improviso sobre como los yo-yos eran de hecho una eficiente herramienta y que debería empezar a darlos como recuerdos de sus fiestas, Alec decidió no hacer ningún comentario. Probablemente no quería saber.
