Hola a todaas! Como he dicho en el Prólogo la escritora de esta hermosa historia es Diana Palmer y yo no pretendo violar ningún derecho de autor solo compartir una historia con mis personajes favoritos de la saga. Espero que la disfruten.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen y la historia tampoco, todo es obra de la maravillosa S.M y de Diana Palmer respectivamente.

Acá les dejo el primer capítulo de esta historia, espero que lo disfruten.


Capitulo 1

Había un hombre a caballo en lo alto de la colina. Su porte era elegante y apuesto a lomos del animal, y la joven se dio cuenta de que se había quedado mirándolo fijamente. Él parecía estar contemplando el rodeo, que era la misma razón por la que su acompañante la había llevado hasta allí. En relación con la mayoría de los ranchos de Texas, aquel era pequeño, pero comparándolo con el resto de los de Jacobsville, figuraba entre los diez más grandes.

—Polvoriento, ¿no te parece? —preguntó Jasper Cullen con una sonrisa, sin haber reparado en el jinete de la colina, que quedaba fuera de su campo visual - Me alegro de trabajar en un despacho y no aquí. Prefiero el aire fresco y limpio.

Isabella Swan sonrió. No era una chica guapa. Tenía una cara corriente, el pelo rubio y ligeramente ondulado, y los ojos grises. Su mejor rasgo, aparte de figura esbelta, era la boca, redonda y carnosa. Últimamente su carácter era silencioso, casi introvertido, pero no siempre había sido así. En la adolescencia, había sido extrovertida y alegre; estaba siempre llena de energía y sus amigas se reían mucho con ella por sus ocurrencias. Pero en ese momento, con veintitrés años, parecía casi una matrona. El cambio en ella había sido tan brusco que las personas que la conocieron años antes, apenas la reconocían. A Jasper Cullen lo conocía de la universidad. Él se había graduado un año antes que ella, y poco después Isabella había dejado la universidad y empezado a trabajar como ayudante en el bufete del padre de Jasper.

Después las cosas se le habían complicado también allí, y su amigo volvió a rescatarla una vez más. De hecho, gracias a la mediación de Jasper la habían contratado como asistente ejecutiva en la empresa Cullen. Su primo era el propietario.

Todavía no había tenido oportunidad de conocer a Edward Anthony Cullen, o Edward, como lo llamaba todo el mundo. La gente le había dicho que era un hombre agradable y abierto que siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. El mismo Jasper solía decirlo de vez en cuando. Habían ido a ver el rodeo para que pudiera presentarle al presidente de la compañía, pero hasta aquel momento lo único que habían visto era polvo, ganado y vaqueros.

—Espera aquí —dijo Jasper - Voy a buscar a Edward. Vuelvo enseguida.

Puso su caballo al trote y se agarró al pomo de la silla. Isabella tuvo que morderse los labios para no sonreír al verlo montar así. Era dolorosamente obvio que se sentía mucho más cómodo tras el volante de un coche, pero no se habría atrevido a mencionarlo porque Jasper era el único amigo que tenía. De hecho, solo él conocía su pasado.

Mientras lo veía alejarse, el hombre de la colina la observaba a ella. Tenía estilo montando a caballo, y una figura que habría atraído hasta al más mujeriego de los hombres... que era su caso. Sin pensárselo dos veces, espoleó su caballo y bajó al galope hasta donde ella estaba. La mujer no lo oyó hasta que tiró de las riendas y el piafar del caballo la hizo volverse a mirar.

El hombre llevaba ropa de trabajo, como los demás vaqueros, pero toda posible afinidad terminaba ahí. Su aspecto no era descuidado, ni le faltaban dientes, ni iba sin afeitar. Es más, resultaba inquietante incluso en su forma de sentarse sobre la silla, con las riendas en una mano y la otra apoyada en el muslo. Edward Cullen la miró a los ojos y se lamentó que no fuese la belleza que él se había imaginado, a pesar de la elegancia de su porte y su perfecta figura.

—Te ha traído Jasper, supongo —dijo sin más.

Ella ya había anticipado, a juzgar por su aspecto, que su voz iba a ser profunda y grave, pero no que también iba a ser cortante como un cuchillo.

—Yo... sí, Jasper... Jasper me ha traído.

El balbuceo le había resultado inesperado. La clase de chica por la que Jasper solía hacerse acompañar era desenvuelta y mucho más sofisticada que aquella violeta mustia. Le gustaba enseñar el rancho de Edward y presumir ante ellas, lo cual a este último no le molestaba, pero había tenido un mal día y estaba de mal humor. Frunció el ceño.

—¿Te interesa la ganadería? —preguntó en tono glacial—. Si quieres, podemosdarte una cuerda para que pruebes tu pericia, a ver qué tal se te da.

Ella sintió que hasta el último músculo de su cuerpo se ponía tenso.

—He... venido a conocer al primo de Jasper —contestó como pudo—. Es rico — los ojos de aquel hombre brillaron peligrosamente y ella enrojeció. ¿Cómo podía haber

dicho algo así?—. Lo que quiero decir —se corrigió—, es que es el dueño de la empresa en la que trabaja Jasper. Y en la que trabajo yo —añadió.

Algo se encendió en el fondo de los ojos de aquel hombre, algo que no parecía demasiado agradable. Se inclinó hacia delante en la silla y la miró fijamente.

—¿En realidad por qué has venido aquí con Jasper?- Ella tragó saliva. Tenía la sensación de que aquellos ojos tenían la capacidad de hipnotizarla, como una cobra con un conejo. Aquellos ojos... tan oscuros y fijos...

—No es asunto suyo —dijo al final, furiosa consigo misma y con el comportamiento de aquel tipo, que parecía creer que tenía derecho a interrogarla.

Él no contestó, pero siguió mirándola.

—Por favor —le pidió, incómoda—, ¡me está poniendo nerviosa!

—Has venido a conocer al jefe, ¿no? —preguntó—. ¿Es que no te han dicho que no es precisamente muy delicado?

—Lo que me han dicho es que es un hombre muy agradable —replicó en tono beligerante—, algo que nadie en su sano juicio podría decir de usted — añadió, sacando su genio a la superficie por primera vez desde hacía años. Él arqueó las cejas.

—¿Y cómo sabes que yo no soy muy agradable también? —preguntó, riéndose.

—Porque parece usted una cobra —le espetó.

Él la estudió un instante antes de azuzar a su caballo en los costados con sus botas polvorientas y se acercó tanto a ella que Isabella se estremeció. La joven que balbuceaba nerviosa no lo había impresionado, pero sí la mujer de carácter. Le gustaban las mujeres que no se sentían intimidadas por su mal humor.

Apoyó la mano en la parte trasera de la silla de montar de ella y la miró a los ojos desde una corta distancia.

—Si yo soy una cobra, ¿qué eres tú entonces? —bromeó con una voz deliberadamente sensual -.¿Un conejito indefenso?

Se estaba poniendo tan nerviosa con su proximidad que sin darse cuenta tiró con fuerza de las riendas y su montura se encabritó, con lo que acabó en el suelo, precisamente sobre la cadera que tenía lesionada y el hombro del mismo lado. El hombre saltó de la silla y estaba ya junto a ella cuando Isabella intentó levantarse. La ayudó con cierta brusquedad, sorprendido por su evidente pánico. Las mujeres no solían apartarse de él, sobre todo las que, como ella, no eran guapas. Isabella se zafó de sus manos, con los ojos desmesuradamente abiertos y un miedo que se evidenciaba en todos sus movimientos.

— ¡No! —gritó.

Él se quedó inmóvil y la miró con curiosidad.

— ¡Isabella! —gritó Jasper a unos cuantos metros y espoleó a su caballo todo lo que se atrevió para llegar junto a ella cuanto antes. Se bajó de la silla con toda la destreza de que fue capaz y le ofreció el brazo para ayudarla a levantarse.

—Lo siento —dijo, negándose a mirar al hombre que era responsable de su caída—. He dado un tirón brusco de las riendas. Ha sido culpa mía.

—¿Estás bien? —preguntó Jasper, preocupado.

Ella asintió.

—Sí, no te preocupes.

Pero temblaba, y los dos hombres se dieron cuenta de ello. Jasper miró al otro hombre, más alto, moreno y delgado que él, que sujetaba los dos caballos de las bridas.—Eh... ¿os habéis presentado? —preguntó.

Edward no podía comprender la reacción de aquella mujer. Era como si temiera que fuese a atacarla.

—La próxima vez que vayas a traer a una lunática a mi rancho, haz el favor de avisarme antes —le espetó, y se subió a su caballo con un movimiento fluido y rápido—. Será mejor que la lleves a casa — añadió—. Es un peligro tenerla aquí entre los animales.

—Pero si monta muy bien normalmente —protestó Jasper—. En fin... está bien. Nos veremos luego.

El hombre se caló el sombrero casi hasta los ojos, espoleó a su caballo y se alejó hacia la colina en la que estaba antes.

— ¡Vaya! —exclamó Jasper, pasándose la mano por su pelo castaño—. No lo había visto de tan mal humor desde hacía años. No sé por qué ha podido ponerse así. Suele ser la cortesía personificada, sobre todo si alguien se hace daño.

Isabella se sacudió los pantalones y miró a su amigo de mala gana.

— Apareció aquí de pronto y se apoyó en mi silla para hablarme, y yo... me asuste.

Lo siento. Debe de ser un capataz o algo así. Espero no haberte causado problemas con tu primo.

—Él es mi primo, Isabella —aclaró. Ella lo miró atónita.

—¿Edward Cullen?

Jasper asintió y ella suspiró.

—Vaya por Dios... Qué forma tan estupenda de empezar en un trabajo: no reconociendo a la mano que te da de comer.

—No sabe nada de ti.

—Y tú no vas a contarle nada —replicó, echando chispas por los ojos—. ¡Ni se te ocurra! No pienso aguantar que mi pasado se pregone a los cuatro vientos. He venido aquí para alejarme de periodistas y productores, y no voy a consentir que sea de otro modo. Me he cortado el pelo, me he comprado ropa nueva y lentillas para cambiarme el color de los ojos. He hecho todo lo que se me ha ocurrido para no ser reconocida, porque no estoy dispuesta a pasar otra vez por lo mismo. Han pasado ya seis años —añadió con desesperación—. ¿Por qué no pueden dejarme en paz?

—Aquel periodista no hacía más que seguir una pista —dijo Jasper con suavidad—. Uno de los hombres que te atacó fue arrestado por conducir ebrio y alguien conectó su nombre con el caso de tu madre. Parece ser que su padre es un funcionario importante en Houston. Era inevitable que la prensa indagase en la relación de su hijo con el caso de tu madre, siendo año de elecciones.

—Lo sé, y sé que eso es lo que empujó al productor a pensar que podría conseguir una buena película para la televisión —apretó los dientes—. Lo que nos faltaba. Y yo que creía que todo había terminado... qué idiota —se lamentó—. Ojalá fuese rica y famosa. Así podría comprarme un poco de intimidad —miró hacia donde el primo de Jasper contemplaba el ganado—. Le he hecho unos cuantos comentarios estúpidos a tu primo sin saber quién era. Supongo que lo primero que hará el lunes será despedirme.

—Por encima de mi cadáver —contestó Jasper—. Puede que no sea más que el primo del jefe, pero también soy accionista de la empresa. Si te despide, pelearé por ti.

—¿De verdad lo harías? —preguntó solemne.

Él le removió el pelo en un gesto de cariño.

—Eres mi amiga, y yo también sé lo que es pasarlo mal. No quiero volver a tener una relación seria con nadie, pero me gusta tu compañía.

Isabella sonrió con tristeza.

—Me alegro de que sea así. Yo no podría soportar... —tragó saliva—. No me gusta que se me acerquen los hombres, en el sentido físico. El terapeuta me dijo que algún día llegaría a superarlo, cuando llegase el hombre adecuado. Pero no sé... Hace tanto tiempo...

— No le des más vueltas —dijo —. Venga, vámonos al pueblo. Te invito a un helado de vainilla. ¿Qué te parece?

Ella sonrió.

—Gracias, Jasper.

Él se encogió de hombros.

— Soy un tipo genial, lo sé —bromeó, y luego miró hacia la colina—. Está fuera de sí hoy —dijo—. Vámonos.

Edward vio alejarse a los dos invitados sobre sus respectivos caballos con un resentimiento y una furia que no había experimentado en años. Aquella condenada estalactita rubia lo había hecho sentirse casi como un violador. ¡Como si fuese a gustarle una mujer como ella, teniendo como tenía a estrellas de cine muertas por sus huesos! Con un suspiro sacó un manoseado cigarro del bolsillo y se lo colocó entre los dientes, pero no lo encendió. Estaba intentando dejar de fumar, pero la cosa iba lenta. Aquel cigarro había sido precisamente el blanco del arma utilizada por su secretaria en su cruzada para salvarlo de la nicotina. El extremo estaba aún húmedo, a pesar de que había llegado hacía más de una hora y media. Se lo quitó de la boca, lo miró con un suspiro y volvió a guardárselo. La había amenazado con despedirla, y ella lo había amenazado con dimitir. Era una buena mujer, casada y con dos hijos. No podía dejar que se marchase. Prefería prescindir del cigarro que de su inestimable ayuda.

Volvió a mirar a la pareja, que se iba haciendo más pequeña con la distancia. Qué novia más rara se había llevado Jasper. Claro que a él sí que le había permitido que la tocase. De Edward, se había apartado como si este tuviera algo contagioso. Cuanto más lo pensaba, más le molestaba. Puso en marcha su caballo hacia el rebaño que mugía a lo lejos. Trabajar sería el mejor antídoto para su mal humor.

Jasper llevó a Isabella a su pequeño apartamento alquilado y la dejó en la puerta del edificio.

—¿Entonces no crees que vaya a despedirme? —le preguntó.

Él negó con la cabeza.

—No. Ya te he dicho que no se lo permitiría, así que haz el favor de dejar de preocuparte, ¿vale?

Isabella sonrió.—Gracias otra vez, Jasper.

Él se encogió de hombros.

—No las merece. Nos veremos el lunes.

Lo vio alejarse en su deportivo antes de subir a su solitario apartamento del piso alto con vistas a la calle. Se había creado un enemigo sin pretenderlo, pero esperaba que su vida profesional no se viera afectada por ello. Ya no tenía solución.

El lunes por la mañana, Isabella estuvo en su puesto de trabajo cinco minutos antes de la hora para causar buena impresión. Le gustaban Connie y Jackie, las otras dos mujeres que se ocupaban de las tareas administrativas para el vicepresidente de marketing e investigación. El trabajo de Isabella era más rutinario. Hacía el seguimiento necesario de los envíos de animales de un lugar a otro y mantenía actualizados los registros. Era un trabajo arduo, pero a ella se le daba bien y le gustaba.

Su jefe inmediato era Jasper, así que era el puesto ideal. Tenían todo un edificio para ellos en el centro de Jacobsville, una preciosa mansión victoriana que Edward había renovado con sumo cuidado para adaptarla a las necesidades de su cuartel general. Había dos plantas de oficinas y una sala para los descansos donde antes estaban la cocina y el comedor.

La mayor parte del tiempo Edward no estaba en su despacho. Viajaba mucho porque, a parte de ocuparse de las necesidades de su empresa, formaba parte de los consejos de administración de otras cuantas y del consejo rector de al menos una universidad. Mantenía reuniones de trabajo por todas partes. Una vez había viajado incluso a Sudamérica con la intención de invertir en el creciente mercado ganadero, pero había vuelto a casa enfadado y desilusionado al ver que se utilizaba el fuego para crear nuevos pastos, de modo que ya se había destruido una gran parte de las zonas de bosque tropical. No quería tomar parte en algo así, y decidió entonces comprar una gran explotación ganadera en el norte de Australia.

Jasper le había contado muchas cosas sobre esas fascinantes explotaciones y Isabella lo escuchaba boquiabierta. Era un mundo desconocido para ella. Su madre y ella, incluso en los mejores momentos, habían sido pobres, antes de que tuviese lugar la tragedia que las separó. Isabella, incluso trabajando y con el sueldo que ganaba, tenía que contar mucho el dinero para poderse permitir ir en taxi a trabajar y pagar el alquiler del pequeño apartamento en el que vivía. No quedaba mucho dinero para viajes, así que envidiaba a Edward por poder viajar en avión, en avión privado para más señas, e ir a cualquier parte del mundo.

— Supongo que sale mucho —había comentado una vez que Jasper le dijo que su primo estaba en Nueva York en una reunión de ganaderos.

— ¿Con mujeres? —se rió—. Se las quita de encima a bofetadas. Edward es uno de los solteros más codiciados de Texas, pero nunca ha salido en serio con ninguna mujer. Son solo adornos para él, cosas bonitas con las que ir a cenar. Yo creo que no le gustan demasiado —añadió, esbozando una sonrisa—. Fue amable con un par de chicas que necesitaban un hombro sobre el que llorar, pero no eran la clase de mujer que pudiera robarle el corazón. Tuvo una niñez difícil, y puede que esa sea la explicación.

—¿Ah, sí?

— Su madre lo abandonó cuando tenía seis años.

Isabella contuvo la respiración.

—¿Por qué?

—Porque a su nuevo novio no le gustaban los niños —explicó sin rodeos—. No estaba dispuesto a aceptar a Edward, así que su madre se lo dio a mi padre. Nos criamos juntos. Por eso estamos tan unidos.

—¿Y su padre?

—Creemos que su madre no... no sabía quién era su padre —le confió—. Había muchos hombres en su vida por aquel entonces.

—Pero su marido...

—¿Qué marido?

Ella apartó la mirada.

—Lo siento. Había dado por sentado que estaba casada.

— Elisabeth no era de las que se casan. Nunca quiso estar atada. Es más, habría preferido no tener a Edward, pero sus padres la obligaron. Lo querían con locura. En cuanto nació se la llevaron a ella y al niño a su casa.

—Pero si me has dicho que lo crió tu padre...

—Edward tuvo una infancia muy dura. Nuestros abuelos murieron en un accidente de coche y después, unos meses más tarde, se quemó su casa. Se dijo que podía haber sido intencionado, para cobrar el dinero del seguro, pero no se pudo demostrar. Edward estaba fuera con Elizabeth, en el jardín, cuando ocurrió el incendio. Lo había hecho salir para enseñarle las rosas, algo muy poco corriente en ella, pero aun así un hecho afortunado para Edward, porque si hubiera estado en la casa, sin duda habría muerto. El dinero del seguro le llegó a Elisabeth para comprarse ropa nueva y un coche. Dejó a Edward con mi padre y se marchó con el primer hombre que se le cruzó por delante —su mirada estaba llena de dolor por su primo—. El abuelo le dejó a Edward unas cuantas acciones del rancho, junto con un pequeño fideicomiso que no podía tocar hasta que cumpliese los veintiún años. De ese modo se evitó que Elisabeth lo dilapidase. Cuando Edward lo heredó, ya parecía tener instinto para hacer dinero. Nunca miró hacia atrás.

—¿Qué fue de su madre?

— Supimos de su muerte hace unos años. Edward nunca habla de ella.

—Pobrecito —dijo.

—No cometas ese error —la corrigió—. Edward no necesita compasión.

— Supongo que no. Pero es una vergüenza que tuviera que crecer solo.

—Tú sabes bien lo que eso significa.

Ella sonrió con tristeza.

—Sí. Mi padre murió hace años, y mi madre nos sacó adelante lo mejor que pudo. No era muy inteligente, pero era guapa, y utilizaba lo que tenía —el recuerdo empañó sus ojos—. Aún no he superado lo que hizo. ¿No es terrible que en unos pocos segundos puedas destruir tu propia vida y la de otras personas? ¿Y todo por qué? Por celos, cuando ni siquiera había razón para ello. Yo no le importaba lo más mínimo a él... Solo quería pasárselo bien con una chiquilla inocente. Él y sus amigos —el recuerdo le produjo un escalofrío—. Mamá creía quererlo, pero aquel ataque de celos no sirvió para recuperarlo. Murió.

—Estoy de acuerdo con que no debería haberle disparado, pero es difícil defender lo que él y sus amigos estaban intentando hacerte, Isabella.

Ella asintió.

—Lo sé. A veces a los niños le toca la papeleta más difícil, y son ellos quienes deben forjarse un futuro mejor.

Sentía lástima por Edward Cullen. Ojalá hubiesen tenido un comienzo mejor. No debería haber tenido una reacción tan exagerada, pero también era extraño que él se hubiera comportado de un modo tan ofensivo con ella, cuando según Jasper era el colmo de la cortesía con las mujeres. Debía de haber tenido un mal día. Solo eso.

A mediados de semana Edward volvió, y Isabella empezó a darse cuenta de hasta qué punto iba a causarle problemas aquel primer encuentro.

Entró en el despacho cuando Jasper estaba fuera en una reunión, y la traspasó con una mirada fría como el hielo, mientras ella escribía en el ordenador. No lo había visto y él la estudió con abierta curiosidad, mediatizada por los prejuicios. Era delgada y de estatura media, con el pelo rubio y corto, que tendía a ondularse. Tenía una piel bonita, pero estaba demasiado pálida. Recordaba de ella sobre todo sus ojos, desmesuradamente abiertos y llenos de rechazo al verlo acercarse. Le sorprendía descubrir que al menos una mujer en el planeta podía encontrar repulsivo su dinero. No gustarle a una mujer era todo un descubrimiento para él. En toda su vida no lo había rechazado ni una sola mujer, y la actitud de Isabella lo hacía sentirse raro. Y peor aún: le traía recuerdos de la única mujer que lo había rechazado, que lo había abandonado a los seis años simplemente porque no lo quería.

Isabella sintió que alguien la observaba y levantó la cabeza. Al reconocerlo, sus manos quedaron suspendidas en el aire.

Llevaba un traje gris con chaleco que parecía muy caro, y sus ojos eran oscuros y de mirada penetrante. Llevaba un cigarro sin encender en la mano.

—Así que tú eres la de Jasper... —murmuró en ese tono tan cortante que parecía característico de él.

— Soy la asistente de Jasper —corroboró—. Señor Cullen...

—¿Qué hiciste para conseguir el trabajo? —preguntó con una sonrisa burlona—. ¿Y cuántas veces a la semana?

No comprendía qué pretendía insinuar.

—¿Cómo dice?

—¿Por qué te contrató Jasper, habiendo por lo menos diez candidatas más preparadas?

—Ah, eso —no podía revelarle la razón verdadera, así que le dijo buena parte de la verdad para distraerlo—. Tengo el equivalente a una licenciatura en una escuela de negocios y he trabajado como asistente legal en el bufete de su padre durante cuatro años. Puede que no tenga exactamente la titulación que se pedía, pero tengo buenas calificaciones. O eso me dijo Jasper —añadió, preocupada.

—¿Por qué no terminaste la universidad? —quiso saber.

Ella tragó saliva.

—Tenía... problemas personales por aquel entonces.

—Aún tienes problemas personales, señorita Swan —contestó arrastrando las palabras, pero sus ojos seguían siendo fríos y seguía mirándola fijamente — . Puedes ponerme a mí en el número uno de esa lista. Tenía otros planes para el puesto que estás ocupando, así que espero que seas tan buena como Jasper dice.

—Me ganaré el dinero que me paga, señor Cullen —le aseguró—. Me gano la vida trabajando, y no espero que me den nada gratis.

—¿Ah, no?

—Pues no.

Se llevó el cigarro a la boca el cigarro, contempló el extremo humedecido, suspiró y volvió a quedárselo entre los dedos sin encender.

—¿Fuma usted? —le preguntó ella.

—Lo intento —murmuró él.

En aquel momento, una mujer atractiva que debía de rondar los cuarenta, con el pelo rubio recogido en un moño y vestida con un traje de chaqueta azul y blanco, apareció en la puerta del despacho de Jasper.

—Necesito que me firme unos documentos, señor Cullen. Y el señor Biers lo está esperando en el despacho para hablar del comité.

—Gracias, Esme.

Esme Masen sonrió.

—Buenos días, señorita Swan. ¿Mucho trabajo?

—No me quejo —contestó, sonriendo.

—No le deje encender ese chisme — continuó Esme, señalando el cigarro que Edward seguía teniendo en la mano—. Si necesita una de estas —añadió, mostrándole una pistola de agua—, yo se la proporcionaré — sonrió al ver que Edward fruncía el ceño—. Le alegrará saber que ya les he proporcionado una a todas las chicas de los demás despachos, señor Cullen. Puede contar con nuestra ayuda para dejar de fumar.

Edward la miró fijamente y ella, riéndose como si tuviese solo veinte años, se despidió de Isabella con la mano y volvió a su despacho. Edward iba a hacer una imitación cómica de lo que había ocurrido pero se detuvo a tiempo. No era bueno dejar que el enemigo viera sus debilidades.

Miró a Isabella con frialdad, pasando por alto el brillo que la risa contenida ponía en sus ojos y, tras inclinar levemente la cabeza, salió al pasillo con aquel cigarro caro y mojado aún en la mano.


Espero que les guste! No pretendo ganar reviews por una historia que no es de mi creación ya que lo único que hago es adaptarla.

Allegra Salvatore