Notas de la Autora: Bien, creo que necesito empezar esta actualización diciendo lo siguiente: GOEY, LOS AMO, NETA! (Perdonen lo mexicana). En estos días me han estado llegando varios reviews, follows y favoritos nuevos a todas mis historias y de verdad estoy muy, muy agradecida :D estoy acostumbrada a que nadie me haga caso por eso de que sólo escribo parejas bizarras HAHA así que el hecho de que alguien más que Jesucristo me voltee a ver me emociona. De verdad agradezco su apoyo y ojalá que les sigan gustando mis historias *corazón*

Agradezco mucho su paciencia y todo su apoyo. Aún no he respondido un montón de reviews y lamento eso :c prometo que en pronto los habré respondido todos.


SET ON FIRE
(Magic Giant)


[Amargo, dulce como lluvia, deja una marca]

Le mira. El cabello tostado como la paja y lleno de polvo atiborrado. Lleno de pensamientos que no dice pero que se le escapan en la sonrisa burlona. Los dientes blancos –blancos–, a pesar de que viven en la porquería, él se da el lujo de tener los dientes blancos, y eso a Levi le agrada.

Son, tristemente, muchas las cosas que a Levi Ackerman le agradan de Farlan Church.

—Farlan —cuando llama su nombre, suena a que contiene muchas cosas. Cuántas cosas pueden contenerse en dos sílabas, en seis letras, en dos vocales y cuatro consonantes. Cuántas. Muchas. Isabel diría que suena dorado cuando le llama.

—Suenas dorado, hermano —enfoca sus ojos verdes en el aire como si éste tuviera vida propia. Como si hubiera fantasmas bailando en él, pero ni Farlan ni Levi ven nada. Empero, a Farlan le resulta algo muy satisfactorio que cuando Levi diga su nombre suene a dorado. Isabel dice que puede ver colores en los sonidos y Farlan para Levi es dorado.

Levi para Farlan es…

—Una mezcla de colores —comenta Isabel pensativamente, mientras Farlan dice "LeviLeviLeviLevi" tontamente frente a ella y Levi les lanza una mirada de que son un par de locos y mejor que se salgan de su im-pe-ca-ble casa.

—Dejen eso ya y vengan a cenar —regaña.

—LeviLeviLeviLevi…

—¡Que ya, venga!

Isabel y Farlan estallan en carcajadas. Las carcajadas son de color azul, Isabel dice. Las de ellos dos, al menos. Isabel sueña con ver el color de las carcajadas de Levi.

Pero no lo ve nunca.

No, y cuando Levi observa el cadáver aguijoneado y muerto de Isabel sobre el suelo, cuando ve todas las sonrisas que ya no van a darse en los labios de Farlan, cuando se los encuentra llenos de silencio, desea, desea mucho haberse reído al menos una vez…

Al menos una…

[Poder, la lucha del corazón, no puedes destruir la culpa]


[Flores, tiradas al viento, termina para iniciar otra vez]

El color del cabello de Armin Arlert no es especial. Ni tampoco el color de sus ojos. Levi los ha visto cientos de veces en cientos de personas. Es decir, incluso está Erwin, con esos ojazos zafiro despampanantes que dejan a la mitad de la población femenina en el interior de los muros retirándose las pantaletas.

Desagradable.

Así que Armin no es nada especial. Bajito, flaco, tartamudea la mitad de las veces que le habla y se sonroja como si fuese éste un mecanismo de protección contra los depredadores –uno bastante inútil que tiene, de hecho, todo el efecto contrario. El rojo tan sólo es amenazante cuando está sobre la piel de una serpiente o de un anfibio. En las mejillas de Armin Arlert es casi un "mira, tengo sangre, ven a asegurarte de que se salga toda de mi cuerpo de una sola vez"–. Levi suspira. Le observa parpadear y se concentra en su cabello revuelto, ese que sería aceptable al final de cualquier día en la vida de un soldado, pero no al principio, para nada, y mucho menos cuando se va a estar en la presencia del perfectamente presentable Levi Ackerman. Levi ve los mechones sueltos y rebeldes, los mira casi con aborrecimiento, como si fuesen sus pequeños enemigos. Se estira en su silla de tela negra, abre un cajón del escritorio y saca algún artículo de él. Lo pone sobre el contador y lo desliza hacia el frente.

—Péinate, rubio —le dice, agujereándole el espíritu con los ojos. Armin baja la mirada. Observa el peine en su mano. Se sonroja.

Otra vez.

Son las cinco de la mañana y una vela se quema en la esquina del escritorio de Levi, perfumando el aire con olor a cera derretida. Es blanca, sobre un portador dorado y oxidado. Armin también está oxidado en algunas secciones, como el cabello, la mirada, las piernas y los dedos. Es decir, si alguna vez brilló, todo eso se ha llenado de raspones cafés. Hechos por el tiempo y por la vida.

Armin se pasa el cepillo por el cabello. Levi se concentra en cierto detalle.

En como el peine resbala por sus mechones rubios.

Resbala. Como si fuesen de agua o de algodón. Como si fuesen hebras de seda. Levi siente la extraña curiosidad de indagar en cómo se sienten esos mechones tan suaves entre los dedos. Frunce el ceño. Ese es el pensamiento más extraño que ha tenido en toda la semana.

Es decir, es lunes, queda mucho tiempo más para tener más pensamientos extraños pero él duda que cualquier cosa pueda ser más rara que pensar en meter los dedos entre los cabellos dorados de uno de sus cadetes que, además, por el siguiente mes, se ha convertido en algo así como su víctima… es decir, esclavo… es decir, pupilo personal.

Tamborilea los dedos. Armin se percata de su mirada insistente. En su cabeza estratégica, asume que el sargento está examinándolo. Evaluándolo. Sacando conclusiones a su respecto. ¿Vale o no la pena entrenarlo?

Retorna el peine. Levi lo mira. Parece analizar un instante si tomar el peine o no, como si temiera que éste hubiese adquirido propiedades epidémicas. Capaz de esparcir por el mundo cosas como piojos o la tierra remanente de un cabello mal lavado.

—¿Te aseaste anoche?

—Baño militar, señor.

Armin es muy formal. Se pone recto cuando le habla. Se pone serio. Se pone… de madera. Levi le contempla fastidiado.

—¿Y con el baño militar te da tiempo para enjuagarte el cabello?

—He aprendido a hacerlo, señor.

Levi bufa y gira los ojos.

—Deja de llamarme señor todo el tiempo, que me haces sentir viejo. No es que no lo esté, pero me entiendes —finamente toma el peine y lo vuelve a guardar.

Armin eleva una ceja, no puede evitarlo.

Ese momento en el que el sargento Levi Ackerman se llama a sí mismo viejo…

Tendrá que discutirlo más tarde con los chicos, que todavía debaten y tienen una apuesta en curso con respecto a la edad del hombre. Su información será invaluable y quizá le gane que le compartan algunas hogazas de pan en el almuerzo.

—Está bien, se… disculpe.

Armin traga saliva y desvía los ojos. La mirada de Levi Ackerman es destructiva y llega hasta los huesos. Levi suspira.

—¿Quieres té?

Armin le vuelve a mirar.

¿Té?

Parpadea.

Han de ser las cinco con cinco de la mañana. Aún no hay luz del sol. Está frío afuera, Armin lo sabe porque el camino entre los dormitorios de soldados rasos y el edificio principal que es donde está el despacho de Levi se encuentra en campo abierto. Ha tenido que sumergirse en él y estaba frío. Lleva una bufanda chiquita y deshilachada de color azul cielo alrededor del cuello. Se la regaló Mikasa en su cumpleaños del año pasado. Que no es la gran cosa ni nada, porque el sueldo de soldado es una mierda, hay que admitirlo, pero le calienta y le evita las gripas.

El té es un concepto extraño a las cinco con cinco de la mañana en el despacho del sargento Levi Ackerman, porque Armin se esperaba que si lo había citado tan temprano era para que la tortura empezara cuanto antes. Es decir, no esperaba que le fuera ofrecido té.

Asiente suave. Levi no responde, se pone de pie y se da la vuelta para dirigirse a su cuartito de tés. Mientras se desaparece ahí, Armin está incómodo, parado en medio del despacho, frente al escritorio, sin saber qué hacer con las piernas o los brazos, mucho menos con la mirada. No sabe si debería explorar el exterior frío visible a través de la ventana o intentar leer lo que dicen los papeles que están extendidos sobre el escritorio esperando a que se les seque la tinta sin que el sargento se dé cuenta.

Eso o quedarse ahí como un chico bueno.

Sé un soldado bueno. No le des motivos para quitarte puntos.

Seguro que Levi se muere porque Armin le dé esos motivos. Seguro que Levi ve al entrenamiento como una pérdida de tiempo. Armin suspira y se pasa los dedos por el cabello rubio, color a tarde. En unos minutos siente el olor fuerte del té negro reverberando por toda la habitación.

[¿Cuál de nosotros está encendido en llamas?]


[Ahora sé que el "hola" es una actuación para un adiós dulce]

Mikasa y Armin deben creer siempre que todas las risas que ellos no exteriorizan Eren las hace públicas por mil. Que quizá se ríe tanto como lo hace para disimular el hecho de que sus dos mejores amigos no lo hacen (uno porque es muy tímido y la otra porque es muy seria –o amargada–), de modo que no queden como unos completos subnormales.

A Mikasa y a Armin les gusta escuchar la risa de su mejor amigo. Armin se pregunta si a Eren también le gusta escuchar el silencio de Mikasa y las risitas sutiles que a veces se le escapan a él. Se pregunta si podrían comprar cosas con esas risas porque son tan abundantes y alegres que debería ser factible hacer algo con ellas, como ganarse la vida.

—Un día sus risas le llevarán lejos —dice él muy convencido, viendo a Eren que se carcajea con su madre, que le sigue la corriente. Mikasa suspira y niega con la cabeza.

—Un día sus risas van a matarlo —concluye ella.

Armin determina que es ella quien tiene la razón cuando Eren pasa a ahogarse, un día, con el hueso de una ciruela a mitad de una carcajada a pulmón abierto. Si no fuera por los manotazos fuertes de Mikasa, no habría historia de soldados, titanes y muertes para contar. La historia de Eren, Mikasa y Armin se habría terminado hacía mucho, tanto antes de empezar.

Armin y Mikasa siempre se han llevado bien. Se entienden como las dos costillas de Eren que representan. La costilla inteligente y la costilla fuerte. Le complementan. Le sostienen. Sin ellos dos, Eren se dobla y se desmorona. Cae al suelo y desaparece. Lo pisotean sus enemigos.

¿Pero con estas dos costillas?

Eren es imparable. Im-pa-ra-ble.

Hay un libro del mundo antiguo llamado la Biblia que declara que la mujer nació de la costilla del hombre. Armin lo ve como una metáfora. No es que la mujer haya sido literalmente creada de un hueso extraído del primer hombre del mundo. Es que los hombres (y con hombres se refiere a la raza humana en general, no sólo a los integrantes del género masculino), necesitan de las costillas. Son soportes fundamentales. Cosas que los conforman. Cosas sin las que la columna vertebral es un juguete roto que no sirve para nada.

Todos necesitamos coleccionar nuestro conjunto de costillas que nos ayudan a levantarnos. Armin lo ve de esa forma. Y él y Mikasa son las costillas de Eren. Sus padres también. Quizá hasta Hannes.

Excepto que cuando su madre se muere y su padre se desaparece, a Eren le han arrancado algo desde adentro y ahora está incompleto.

Se convierte en un monstruo deforme. En todos los sentidos metafóricos y literales.

Pero Armin le quiere, monstruo y todo, y va a seguirle hasta el fin monstruoso y deforme del mundo.

Y Mikasa también.

Porque, aún con todo, Eren sigue riéndose por tres, hasta este día, y tanto Armin como Mikasa comprenden que necesitan de esas risas para mantener la salud mental.

[¿Me salvarías? Yo te salvaré. Podemos salvarnos a nosotros mismos]


[No hay lágrimas para llorar]

—¿Qué opinas del té?

Armin eleva los ojos azules. Está sentado en la silla del escritorio, pero no frente al escritorio, Levi le ha hecho moverse hacia un costado, junto a la pared, como una especie de niño castigado. En cierta forma es exactamente lo que es. Su gran travesura fue convertirse en un soldado inútil. Armin le ojea un segundo en lo que analiza cómo responder. ¿El sargento Levi pretende una respuesta profunda o tan sólo una respuesta honesta? ¿Esto tiene algún valor dentro de la puntuación global que el cadete recibirá?

—Está muy bueno, señor. Me recuerda a los que solía preparar mi abuelo.

Sonríe apenas. De forma triste, claro, como uno se ve forzado a sonreír cuando intenta pretender que un recuerdo triste es en realidad feliz. Levi le mira sin expresión.

—De nuevo me estás llamando señor —se queja. Armin se encoge apologéticamente—. ¿A tu abuelo le gustaba el té? Háblame de él.

Armin parpadea un total de dos veces que Levi cuenta y el adulto sabe que es un cuestionamiento extraño, pero le interesa saber sobre este supuesto hombre que presumiblemente hacía tés tan buenos como los suyos.

Tenía que ser un hombre remarcable.

—Pues… era un hombre sencillo. Trabajador. Cariñoso… —se siente un poco ridículo, avergonzado e incómodo de decir frente al soldado más fuerte de la humanidad –que resulta ser también el hombre más frío de la humanidad– que su abuelo era "cariñoso—. Me enseñó muchas cosas. Él… uh… es por él que me gusta leer tanto y aprender cosas nuevas. Era muy curioso, igual que mis padres. Pero más inteligente… o quizá sólo más realista.

Él no fue a que lo maten por huir de los muros. Él no fue a abandonar a su único hijo. Si lo hubiese hecho entonces Armin ni siquiera existiría en primer lugar.

Todo se reducía a él. Él fue el hombre que le crio, que le cuidó y que jamás se atrevió a abandonarlo excepto cuando no le quedó otra opción.

El sargento se le ha quedado mirando, probablemente extrañado con sus últimas palabras, pero no indaga más, lo que Armin agradece. Porque para empezar no debió decir esas cosas, sea como sea, les debe respeto a sus padres.

Es sólo que a veces es difícil dárselos. Cómo, si le hicieron lo que le hicieron y si…

Reprime un suspiro y desvía la mirada. Levi entorna los ojos.

—¿Cuál era su té preferido?

Armin vuelve a mirarle, pero sólo de reojo, sin levantar el rostro.

—El… té negro, me parece —responde. A Armin siempre le preparaba té de frutos rojos con miel, es lo que puede recordar. Una bomba de dulzura y azúcar cuyo aroma solía volverle loco. Cuyo aroma le haría llorar el día de hoy si volviera a toparse con él.

—Té negro. Hombre inteligente. De buen gusto. ¿Seguro que aprobaría que su nieto se hubiese unido a las Tropas de Exploración?

Levi cierra y abre los ojos despacio. Armin sonríe un poco torcido. Se encoge ligeramente de hombros.

—Quizá no, se… sargento. Quizá él también era más inteligente y realista que yo.

Levi pone expresión de circunstancia y desvía la mirada.

—Al menos admites tus deficiencias, eso es bueno.

Armin siente el impulso de reírse, aunque sabe que lo que el sargento está haciendo es burlarse descaradamente de él, pero no lo hace sólo porque le da un poco de vergüenza.

Mira que no quiere quedar como el cadete idiota que se ríe hasta cuando el chiste es él mismo. Probablemente le haría ascender en la escala de "Ser Patético".

Caen las seis. Caen junto con el sol que ya se despegó del suelo y está dibujando figuras sobre la tierra. La vela yace apagada y deshecha como la cara de un mimo triste. Levi tiene una pila de hojas escritas a su derecha, las que se secaron antes, y otra de hojas nuevas a su izquierda, esperando a ser atacadas por la filosa punta de la pluma que usa el sargento. Armin intenta no bostezar, lo intenta con TODAS sus fuerzas pero son las seis de la mañana y lleva cerca de una hora sentado sin hacer ni decir absolutamente nada después de levantarse ilícitamente temprano, por lo que, honestamente, es casi inevitable que separe los labios y cierre los ojos y aspire fuerte. Se tapa la boca con una mano. Con la otra aún sostiene la taza que está sobre sus piernas, vacía. Es la taza con el listón color zafiro en el borde. Armin la ha analizado detenidamente todo ese rato, preguntándose si es la misma de la última vez.

Preguntándose si el sargento Levi ha designado una taza de entre su colección que será sólo para él, lo que parece un poco emocionante.

Sí, es decir, es sólo una taza, pero Armin es Armin y Levi es Levi y a Armin le parece que tener un privilegio semejante como que Levi le otorgue una taza es motivo suficiente para sentirse un poquito tomado en cuenta. Un poquillo importante. ¿Quién más de entre sus amigos tiene su propia taza dentro de la colección del sargento Levi Ackerman?

Exacto, nadie.

Cuando vuelve a abrir los ojos, cree percibir algo de reojo. Mira. Y sí, se presenta lo que menos deseaba. El sargento ha notado que él estaba bostezando.

—Disculpe, ¿está usted cansado, cadete? ¿Le gustaría irse a dormir? ¿Quizá en alguna de las cámaras privadas del castillo?

Armin se sonroja. Pero no despega los ojos del sargento que está cubierto de luz por atrás, luz nebulosa y fresca que se avienta hacia el interior del despacho desde los ventanales, como espadas de luz que ingresan intentando aniquilarlos. Levi entrecierra los ojos.

—Lo lamento, sargento —se disculpa el menor. Levi entrecierra los ojos aún más. Armin baja la mirada. Tan rápido, que Levi se da por satisfecho. No puede consentir que un mero soldado le mire tan desvergonzadamente por tanto tiempo. Regresa los ojos de acero a sus papeles.

—Si estás tan aburrido, puedes ir a enjuagar las tazas. Toma también los infusores que utilicé. Trae combustible para el anafre y llena la tetera de agua.

Armin exhala. Se pone de pie y sin decir una palabra toma la taza vacía del sargento y se va hacia el cuartito para recoger los infusores.

Del lado del cuartito, donde están también el librero y la sala, está fresco. Porque de ese lado no hay ventana y no hay luz del sol que entre. También está, por lo tanto, un poco más oscuro, y el cuartito de los tés que es literalmente un cuartito en el que no cabe más de una sola persona a la vez, está muy a oscuras. Y huele un montón, como si el olor del té se hubiese pegado ya a la piedra de las paredes. Cuando Armin entra se encuentra con un mueble a su derecha y con el anafre de metal oscuro y la tetera plateada encima a su izquierda. El mueble tiene varias secciones, cajones y una mesita frontal. Hay una pequeña repisa cubierta por una puerta con cristales que es donde están almacenadas todas las tazas. Debajo están organizados los tés en frascos de vidrio cerrados, marcados por nombre. A la derecha de la mesita hay una bandeja de metal donde están los dos infusores usados. También hay ahí un bote de azúcar y una cajita de madera con infusores limpios dentro. Todo lo que se necesita para hacer un buen té. También es un poco derrochador, analiza momentáneamente Armin, pues en las cocinas a veces no se tiene suficiente azúcar para el café de la mañana y las regaderas suelen quedar inusables cuando no hay suficiente agua almacenada en los depósitos.

Es de suponerse que un sargento y sobre todo uno que es, además, el soldado más fuerte de la humanidad, tenga ciertos privilegios, pero Armin no puede dejar de pensar que es un poco frívolo. Algunos tés son muy caros y el sargento tiene un montón de variedades ahí. Las tazas de porcelana son otro lujo de un valor altísimo. Suspira. Quién es él para juzgar las posesiones y opulencias de un superior.

Toma la bandeja y se la lleva. Tendrá que dar doble vuelta para rellenar la tetera, pues no se arriesga a llevar demasiado y romper una de las valiosas tazas. Levi le observa irse disimuladamente. Es evidente que también se preocupa por el manejo de sus hermosas tazas.

[¿Cuál de nosotros cortó el cable?]


[Nos elevamos como humo]

—Te estás quedando con nosotros, ¿no? —fue la primera reacción de Eren, la cara brillosa, los ojos también, los labios resecos, una manta llena de pelusa alrededor de los hombros y una taza de barro con café sin azúcar entre las manos—. ¿Cómo que vas a entrenar tú solo con el sargento? ¿Para qué?

Para qué, pregunta Eren, como si no fuese evidente para el universo entero. Cómo que para qué, Eren, evita decirle. Cómo que para qué, si no ves que voy directamente a convertirme en yogurt para titán más rápido de lo que Mikasa le corta las manos a cualquiera que le jale un hilito a su bufanda, ¿eh?

Si no fuiste tú el que me salvó la última vez. Y la otra última vez.

Si acaso si no fuese por ti yo ya estaría acompañando a mis padres y a mi abuelo en la otra vida o lo que sea que se supone que pase después de que te mueres.

Pero Eren pregunta que para qué porque es Eren y a él le parece que Armin es muy adecuado, con sus carencias y todo, muy completo y muy normal.

Mikasa frunce el ceño lo más mínimo. Lograr esa reacción en ella requiere de un esfuerzo de muchísimos años. Tantos días de no reír juntos y de abrazarse por las noches para lograr importarle lo suficiente como para que frunza un poquito el ceño por ti.

—¿Con ese enfermo? ¿Para qué?

Armin parpadea.

¡Cómo que para qué!

Pone los labios en línea recta y luego suspira.

—Tal parece ser que el comandante Erwin le pidió que me entrenara personalmente para asegurarse de que yo no fuera tan débil y no me muriera durante la próxima misión… —le parece que lo ha resumido muy bien y que incluso ha usado algunas de las palabras del propio sargento en la explicación. Mikasa frunce más el ceño. ¡Un súper logro! Armin tal vez debería marcar este día en el calendario.

El día que Mikasa frunció todavía más el ceño por mí.

—Pero ese tipo está enfermo —Mikasa repite su punto, como si sintiera que antes no la entendieron bien—. Podría ocurrírsele cualquier cosa. No creo que esté bien.

—Pero si el propio comandante Erwin lo ha dicho —interviene Eren, mirándola con los ojazos verdes que vuelven locos a los otros dos—, no creo que haya mucho que podamos hacer. Es decir —regresa la vista a Armin—, supongo que si él lo ha dicho, le habrá dicho exactamente qué es lo que espera que haga, ¿no? El sargento será lo que sea pero siempre obedece al comandante. Seguro que no hará nada más de lo que se le ha dicho.

Mikasa suspira. Todo indica que ese argumento quizá ha logrado convencerla.

—Pero si hace algo raro, lo matamos —indica, sin expresión alguna, sin entonación, así como si estuviese diciendo "hola, me llamo Mikasa y carezco de emociones", así como lo dice casi todo cuando no está en presencia de ellos que son los únicos capaces de hacerle sentir y demostrar cosas.

Eren lo aprueba, golpeando un puño contra la otra palma abierta y mirándola de reojo.

—Exacto, lo matamos —dice. Y Armin sabe que Eren lo dice tanto no en serio como en serio porque es Eren y sus decisiones son como esa prueba del gato de Schrodinger, en la que no sabes que va a pasar sino hasta que pasa y mientras tanto ambas posibilidades son probables y reales.

—Claro —dice el rubio a medio corazón, reprimiendo un giro de los ojos, porque no va a ponerles una expresión fea a sus amigos cuando prometen volverse asesinos por él, y luego sonríe un poco. Los ojos de Mikasa reposan en Eren, y los de Armin en Mikasa, y los de Eren en el universo, porque así son las cosas. Y no hace frío pero Mikasa tiene su bufanda roja y Armin tiene su bufanda azul cielo y Eren tiene la manta desgastada que Mikasa encontró en un almacén olvidada hace dos años, porque en el fondo siempre tienen frío como si les hicieran falta los abrazos de esos padres que se fueron, y beben café sin azúcar como adultos, porque lo son, o creen que lo son, o se convencen de que lo son, aunque Eren todavía no haya dado su primer beso y Armin siga midiendo 1.63.

[Nos elevamos de entre las llamas]


Si uno pudiera jugar con los rayos del sol, tendría que lucir muy parecido a como Armin Arlert luce cuando se pasa los dedos pequeños y blancos por el cabello, Levi piensa. Está sobre el sillón grande de la salita, ocupándolo todo aunque esté sentado decorosamente en el centro, mientras que el mastodonte de Erwin está en el sillón pequeño y Hanji en el mediano.

Hanji está hablando, y Levi la está escuchando, pero sus ojos recaen en como Armin se toca el cabello para matar el aburrimiento. Él también se tocaría el cabello si es que luciera como una maldita maraña de oro hecho de seda o seda hecha de oro o lo que sea. Las pupilas de Levi suben y bajan con el movimiento rítmico de los dedos pálidos, y Erwin nota el extraño gesto, pero, como Armin está a espaldas de él, no logra identificar exactamente qué es lo que produce ese movimiento inusual en las orbes de su subordinado. Hanji, si se da cuenta, no lo hace notar. Sigue hablando de cristales, de la titán femenina, del pastor Nick y del titán colosal que está encerrado dentro de los muros.

—Así que según tu teoría de pacotilla, estamos rodeados por gigantes come hombres que se han vuelto de piedra. O sea, las cosas que nos matan, son a la vez las cosas que nos salvan, ¿es eso?

Levi finalmente quita la mirada fastidiada de Armin para ponerla en la mujer científico, quien sonríe y asiente entusiasmada. El frasco de la mermelada que usó para endulzar su té negro cargado con cafeína permanece insulsamente sobre la mesa, tentando a Levi a tomarlo y aventárselo a la cara porque quién le pone mermelada al glorioso té negro. Sobre todo al glorioso té negro de Levi.

Idiota.

—¿Qué opinas, Erwin?

—Ninguna prueba es concluyente, pero parece muy factible.

—¿Y tú, mocoso?

Erwin y Hanji voltean a ver inmediatamente a Armin, teniendo que girar sus cuellos en casi noventa grados para hacerlo, evidentemente intrigados de ver qué va a responder el pobre chico al que Levi acaba de poner en evidencia.

—¿Yo, se… sargento? —traga saliva. Levi entorna los ojos.

—¿Ves a algún otro mocoso en esta habitación?

Armin mueve los ojos, casi como si estuviese buscando al potencial otro mocoso, pero en realidad sólo busca escapar de los ojos de daga de su superior. Frunce un poquito el ceño.

—Dadas las pruebas y argumentos presentados por la señorita Hanji, yo llego a las mismas conclusiones que ella. Pero no es sólo eso, sino que también…

—¡Espera! —interrumpe Hanji. Los otros tres la miran—. Déjame decirlo a mí.

Y les habla de su idea, de cómo Eren podría encontrar la forma de volverse de piedra igual que los otros titanes, igual que Annie, y cerrar el agujero del Muro María.

Cuando los otros dos se van, Levi, que intenta no cojear tanto y para ello camina despacio –el hombre tiene su orgullo y quizá un día eso lo mate, pero morirá un hombre orgulloso, al menos–, se acerca nuevamente al escritorio y va a ocupar su silla de tela negra. Armin le mira desde la pared.

—¿Se encuentra bien?

Levi eleva los ojos. Le mira de lado y, como si su pregunta le diera muy igual, le cambia inmediatamente de tema.

—¿Tu conclusión era la misma que la de Hanji? Es decir, ¿pensaste lo mismo sobre Eren y el agujero en el Muro María? —cuestiona. Armin recorre su rostro un poco con los ojos antes de responder.

—Sí, sargento, así es. Creo que la señorita Hanji se dio cuenta, por eso me ha callado. Tuvimos la misma idea.

A Armin eso no le parece especial o importante. Nadie le ha dicho que Hanji es mucho más que una mujer que aparenta estar loca y demencial y que expresa un amor enfermizo e irracional por los titanes.

Nadie le ha dicho que Levi la respeta y que, en el fondo, aunque no se lo admita a nadie, aunque el único que se haya dado cuenta sea Erwin, y quizá, quizá, el subordinado ese de Hanji llamado Mobi o Mobit o lo que sea, él admira su inteligencia.

Y Levi mucho menos va a ser quien se lo diga. Pero Levi rumia el dato con interés. Armin, un cadete estúpido de quince años ha tenido la misma idea que la experimentada Hanji Zoe. No es sólo eso. Erwin ya le había hablado antes de él, que fue quien tuvo la idea que logró sacar con vida a gran parte de sus compañeros durante el ataque a Trost, después de que Eren se volviera titán. Que también es al que se le ocurrió usar a Eren y a la roca gigantesca que había sobrado del muro para sellarlo. Que la idea, si bien se le podría haber ocurrido a cualquier otro, a él se le ocurrió en un santiamén. Hizo las conexiones de roca gigante + Eren titán + agujero en la pared en un segundo.

Eren mismo lo dijo. Aunque Eren tiene cabeza de piedra y por lo tanto que él diga que alguien más es inteligente no es la gran cosa, pero lo dijo con tanta seguridad que algo debía haber ahí, ¿no?

Y ahora Levi lo ha visto con sus propios ojos. Es más, la propia Hanji lo ha reconocido como su igual, callándolo cuando ha estado segura de que ella y él estaban pensando en exactamente lo mismo.

Armin es inteligente. Eso. Será un inepto físicamente hablando, pero es inteligente. Es un arma poderosa. Es un elemento importante. Es algo que no se pueden dar el lujo de perder. Es alguien a quien Erwin puede usar. Levi lo entiende. Por eso Erwin lo ha puesto en esta estúpida tarea. Porque también ha reconocido su potencial.

Así que de él depende que este cadete viablemente valioso suba de nivel.

—Rubio, ve a lavar las tazas de Hanji y Erwin —le dice tras un momento y entonces vuelve a prestar atención a su papeleo. Armin le mira con cierta confusión y un poco de incredulidad.

¿Realmente…?

Se pone de pie.

Realmente el sargento Levi lo está usando como una especie de esclavo personal y no le parece particularmente divertido. Pero, suspirando, supone que no hay nada qué hacer. No pretende arriesgarse a enojar al hombre.

Toma las tazas y sale del despacho. Ya tiene rato que se dio cuenta, mientras guardaba las tazas que él y Levi habían usado por la mañana, de que había otras cinco tazas con el mismo diseño que la suya y determinó entonces que, en realidad, no estaba recibiendo ningún trato especial.

Armin el cadete que tiene su propia taza entre la colección de tazas del sargento Levi.

Toda una estafa, ese Armin.

[Cobarde]


Jean le pasa el brazo por los hombros cuando se lo encuentra en el comedor. Tiene un pan en una mano y le arranca una mordida antes de hablar, como si tuviese que, específicamente, mostrarle cómo es que habla con la boca llena.

—¿Goo va dodo gon du endrenabiendo? —le cuestiona como si hubiese quedado clara su pregunta y fuese muy normal intentar comunicarse de esa manera. Como si Armin ya debiese saber cómo descifrar esas palabras.

Lo más triste es que lo sabe.

—Bien. Bueno… —bueno, no ha hecho nada en todo el día más que observar al sargento y ser observado por el sargento porque claro que ha notado que el hombre se le queda viendo por ratos largos, pero todavía no determina cómo calificar eso. Además de eso ha lavado tazas, llenado agua, encendido el brasero del anafre, ha descubierto que su taza no es especial y ha sido puesto en vergüenza frente a dos –bueno, tres– de sus superiores, todo en las siete horas que han pasado desde que llegó al despacho de Levi esa fría mañana. Ya son las doce, en media hora entrarán todos al comedor para comer. Levi le ha mandado antes a buscar sus bandejas para no tener que toparse con el amontonamiento del almuerzo. Jean, de hecho, no debería estar aquí y mucho menos robando pan, pero como se ha dado piquitos con la chica a la que hoy le toca servir, pues bueno, se ha ganado el pan de forma literal.

Jean le mira a la espera. ¿Bueno qué?

—¿Bueno qué? —ya tragó. Armin vuelve a mirarle. La chica de los piquitos se acerca y les mira inquisitivamente.

—¿Qué ocurre? ¿Quieres más pan? —se lo dice a Jean y no a Armin. El más alto le lanza una sonrisita que probablemente haría a Eren golpearlo, sólo porque sí.

—No, ya no, gracias —responde y vuelve a mirar a Armin. Arquea las cejas—. ¿Entonces? ¿Bueno qué?

—Espera —pide el más bajo y voltea a ver a la chica—. ¿Puedes darme dos bandejas de almuerzo? Las solicitó el sargento Levi.

La chica abre los ojos como con impresión, les lanza una mirada a los dos y asiente suavemente. Procede a ir a sacar la comida. Armin suspira.

—Bueno, nada, es sólo que hasta ahora no hemos hecho nada de entrenamiento, realmente. Tan sólo he estado en su despacho, mirándole escribir y bebiendo té…

—Quizá esa es la intención —dice Jean con todo el tono de que se sabe la verdad del universo y ya adivinó qué mierda es lo que Levi pretende, como un genio. Le da otra mordida a su pan—. Quiwá la indenión ej gue demuejdre pajienjia.

Armin le mira.

—¿Te parecería aceptable que nos comuniquemos como dos personas normales cuando no tengas comida en la boca?

Jean traga.

—Que tienes que demostrar paciencia. Es entrenamiento mental, ¿ya sabes? —se señala la cabeza. Ni le importó el comentario de Armin. Él es muy seguro para todo. Armin suspira.

—Podría ser —no lo cree realmente pero no va a rebatirle y hacerle pensar que no ha acertado en algo. Jean sonríe y come otro bocado. Entonces le ofrece el resto del pan mordisqueado, pero hoy Armin no tiene un apetito especial y se niega.

—Lo necesitas más tú que estás entrenando de verdad —le dice completamente convencido. Jean se encoge de hombros y se acaba el pan en un par de mordidas más. La chica de los piquitos no tarda en traer dos bandejas servidas con comida. Le lanza una miradita y una sonrisita a Jean antes de devolverse a su faena.

Armin hace malabares con las bandejas para poder abrir la puerta cuando llega al despacho, y casi tira una. Se le derrama un poco de sopa encima de la madera. Suspira y se mete a la habitación. Va a poner la comida sobre la mesita de la sala. Espera al sargento. Éste se ha preparado un nuevo té y se lo bebe parsimoniosamente. Armin empieza a plantearse que sea un adicto. Se lo imagina con síndrome de abstinencia si se le cortara el suministro de tisana. Piensa entonces en que si el sargento pudiese leer su mente en ese momento, lo asesinaría en el acto.

—¿Cuál es tu té favorito, rubio? —busca saber de pronto el hombre. Armin parpadea. Empieza a sentir que ha pasado demasiado tiempo hablando de té en un solo día para que sea algo saludable o razonable o lógico.

—Bueno, no conozco mucho de tés, sargento, pero mi abuelo solía prepararme uno de frutos rojos con miel.

Levi hace una mueca. No está mirándolo.

—¿Miel?

Armin asiente.

—Ya veo —bebe un sorbo más de su té—. En la tarde te prepararé uno.

Parece un gesto amable. El propio Levi considera que está siendo considerado de más con el chiquillo. Pero, en el fondo, le interesa comparar sus habilidades como preparador de tés con la de este abuelo misterioso, que seguro que tenía muchos más años de experiencia y conocimiento en el mundo de los tés que él.

Se levanta y se dirige a la mesa para comer antes de que la comida se enfríe. Cuando llega le lanza una mirada a Armin pero después no dice nada y se sienta.

En el mueble mediano. Armin recién se da cuenta de que está ocupando el grande, en el que aparentemente al mayor le gusta sentarse. Se sonroja pero no llega a disculparse o cualquier cosa. Le parece que ya es demasiado tarde y que quedaría raro ahora que le ofrezca al sargento cambiar lugares. Incluso ha dejado la bandeja del mayor –la que no se derramó– del otro lado.

—Se lo agradezco, sargento.

Levi asiente sin decir nada y toma su cuchara para empezar a comer. Es un caldo de verduras con chorizo y plátano. Acompañado con un pan en bolillo y un vaso de jugo tibio. Armin empieza a comer sólo después de que el sargento ha empezado también, y tiene cuidado de no manchar nada más que la bandeja. Intenta no poner los ojos demasiado en el sargento, que come con una elegancia impecable, sin manchar nada, sin dejar demasiadas migajas, tiene gracia hasta para algo así, igual que Mikasa, pero de una forma más experimentada y adulta. Le agrada. Siempre ha admirado la desenvoltura natural con la que Mikasa hace todas las cosas, como si no hubiese nada que le costara trabajo, y Levi la tiene potenciada por mil. Armin no se da cuenta de cuando se pierde en su contemplación del hombre, hasta que sus ojos de zafiro se encuentran con los de metal y se percata de que no sabe, en realidad, hace cuánto que se han estado mirando. Desvía inmediatamente la mirada. Pero Levi no.

—Hoy te ha ido bien, rubio. Tenía mucho papeleo por hacer y escuchar a Hanji por períodos prolongados de tiempo me da jaqueca. Pero mañana iniciaremos apropiadamente con el entrenamiento. Te encontraré a las cinco en el campo norte.

Armin eleva los ojos despacio para toparse con los del mayor. Ahora es Levi quien desvía la mirada como si, habiendo dicho todo lo que tenía por decir, no tuviera ya más interés en dar reconocimiento a la existencia del joven cadete. Armin baja nuevamente el rostro. Casi puede sentir el frío de la mañana que va a tocarle sentir el próximo día, en la hora anterior al alba, bajo la falta de luz de una luna ausente porque mañana toca luna nueva y en la soledad profunda propuesta por el campo más lejano y descampado de todos, el que conecta con el bosque y se adentra en él. Armin puede empezar a conjeturar el tipo de entrenamiento que el sargento querrá. Le pide a sus músculos y a sus articulaciones que se preparen. Suspira.

—Entiendo, sargento. Gracias por el día libre.

Levi le mira. Sus ojos cortan.

—¿Día libre? Ningún día libre. Te falta aún volver a transcribir las notas de la reunión con Hanji y Erwin, porque tengo que darle una copia a cada uno, y también tienes que lavar los platos e ir a conseguirme azúcar. Lo último será particularmente difícil porque no hay en ninguna parte.

Armin frunce un poco el ceño antes de volver a mirarlo. Y Levi está observándolo, buscando quizá el momento en el que alguna de sus debilidades estalle sobre su rostro como una ampolla repleta de inseguridades.

—Sargento… pero, si no hay en ninguna parte… ¿cómo se supone que voy a conseguirla? —hace el cuestionamiento lógico. Pero su superior, por el rostro de suficiencia que pone, por como oculta con disimulo que Armin ha respondido exactamente como él ha querido, revela que no tiene la menor intención de ayudarle.

—Tengo la más leve impresión, cadete, de que ese no es mi maldito problema.

[Este agujero no tiene fondo]


Notas de la Autora: Bueno, tengo un par de notillas: Uno, vamos a ver un poco a Farlan e Isabel por aquí puesto que tienen papeles para jugar. Dos, le inventé a Isabel una condición llamada "sinestesia" que es una en la que los sentidos perciben los estímulos de forma mezclada, de modo que uno puede llegar a "oír" colores, "ver" sonidos, etcétera. Es la misma condición que tiene Twelve de Terror in Resonance (que si no la han visto HÁGANLO POR DIOS ES UNA MARAVILLOSA Y COMPACTA OBRA DE ARTE).

Tres, el baño militar es un baño que en promedio debe durar unos tres minutos y se usa para ahorrar agua. Y cuatro, al parecer en Rusia a veces usan mermelada para endulzar el té. Y Hanji también.

Me parece que por ahora es todo. Les agradezco mucho por leer, comentarios son siempre bien recibidos *corazón*

¡Hasta pronto!