N/A: La verdad es que no tenía la intención de actualizar hasta que no terminara con mis otros fics (lo haré, lo haré), pero me he dado cuenta de lo poco sólidas que son mis decisiones (?). Muchísimas gracias a las almas cándidas que me han dejado un review, esta historia también es para ustedes.
Disclaimer: Skip Beat! y sus personajes son propiedad de Nakamura Yoshiki. Yo sólo les doy un empujoncito.
Las reglas del juego
Regla nº2:
Cuidado por donde pisas, podrías caer en tu trampa.
Kyoko dio un paso más adelante y se detuvo para contemplar con ojos totalmente incrédulos cada pincelada de aquel paisaje. El olor salado del mar le recorría los pulmones con una impresión purificadora, y los cálidos granos de arena le hacían cosquillas en la planta de los pies.
Un ligero temblor se apoderó de ella. La trampa debía estar oculta en alguna parte.
—Tsuruga-san, no comprendo nada.
El hombre a su lado terminó de ayudar al chófer a cargar la última maleta sobre el autocar y recolocó su visera para limpiarse la frente antes de confirmar con un rápido vistazo a su alrededor que todo estaba en perfecto orden.
—¿Por qué? ¿No te gusta? —Ella le lanzó una mirada de obviedad.
—¡Precisamente por eso! Éste debe ser probablemente el lugar donde se entretejen los sueños. ¿Dónde está el plan maléfico que Takarada-san tenía preparado para mí?
Ren la observó unos segundos antes de echarse a reír a carcajadas como si hubiese dicho algo muy tonto. Ella arqueó una ceja, muy rigurosa, pero el actor colocó sus brazos en jarras restándole importancia al asunto.
—¿Qué clase de plan maléfico? ¿Por qué piensas eso? —le preguntó viendo cómo ella se cruzaba de brazos y entornaba los ojos—. Está bien, supongo que yo en tu lugar también esperaría lo peor del Presidente.
—Esto no tiene sentido. Creí que iba a castigarme, que tenía que superar no sé qué pruebas y que debía aprender...
—...a apreciar lo que ya habías conseguido hasta ahora antes de plantear nuevas metas —concluyó él—. Sí, creo que también lo he oído un par de veces.
Kyoko se volteó rápidamente hacía él llena de sorpresa.
—Entonces, es verdad... —dijo—. El Presidente ya le había obligado a venir aquí antes.
—Vaya... ¿Quién te lo ha...? Bueno, olvídalo... —Kyoko podía llegar a jurar que él se abochornó ligeramente ante su creciente expresión de colapso mental.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué presentar el Programa como una sanción tan severa y desagradable? Esto no es algo que cualquiera despreciaría —enfatizó, mirando a su alrededor—. ¡Si parece el lugar idóneo para no mover un dedo! Sin noticias del exterior, sin forma alguna de contactar con nuestros conocidos... uno podría perfectamente desconectar de todo cuanto le rodea, olvidarse de las obligaciones, no prestar atención a las preocupaciones cotidianas y... y... —Él se inclinó despacio sobre ella y alzó paulatinamente las cejas en señal de asentimiento a medida que un sudor frío le recorría la sien a ella. Resoplando sonoramente, añadió—: Era esto precisamente lo que buscaba Takarada-san, ¿verdad? Obligarnos a tomarnos un respiro de un modo que no sería posible por nuestra propia voluntad.
El actor sonrió complacido. Se deshizo de la visera que le protegía del sol y se la colocó a ella mientras ésta le devolvía un mohín de disgusto. Se sentía ridícula por no haberse dado cuenta antes.
—Mogami-san, sabía que eras una chica lista.
Le guiñó el ojo con diversión y se adentró en el vehículo. Ella dio un último suspiro de resignación; no podía creer que un hombre con un bigote tan gracioso fuese tan cretino.
Kyoko profirió un sonoro gemido de cansancio antes de removerse un poco más sobre sus cobijas. Hacía ya diez insufribles minutos que llevaba escuchando los toquecitos incesantes sobre la puerta y sólo rogaba por que el cosmos tuviera piedad de ella e hiciera desaparecer mediante un espontáneo agujero negro a quien quiera que estaba allí molestando.
Al desgaste irremediable que le había provocado los nervios por el viaje, se le había sumado la sorpresa de verse aislada prácticamente en una isla de ensueño. Kyoko era consciente de que cualquiera habría estado encantado de ser premiado por su empresa con unas largas y reconfortantes vacaciones. Sin embargo, ella sabía que formaba parte de la excepción que confirmaba la regla.
«¡Esto es un despropósito! ¿Cómo se supone que voy a recuperar todo este tiempo perdido...? ¿Eh? ¡¿Eh?!»
No es que no apreciaba el lugar al que estaba sujeta, sino que no podía permitirse permanecer allí. Su mente estaba colapsada de objetivos que debía conseguir para alcanzar el puesto número uno en las listas de popularidad, y aquella pausa únicamente suponía un entorpecimiento en sus avances.
Los mismos deseos que la habían llevado a ser una persona alarmantemente activa, sin más ocupaciones que las de cumplir con su trabajo y dar lo mejor que tenía incluso en contra de sus propias condiciones físicas y psíquicas, era seguramente lo que había conducido a Tsuruga Ren también a ese lugar. Ahora, claro estaba, podía entenderlo todo; si había alguien más obcecado con sus compromisos profesionales que ella misma, ése era sin duda el hombre al que tenía como instructor.
Kyoko se puso de cara al techo y abrió sus brazos a lo largo del colchón de la forma más perezosa.
Estaba agradecida de contar con la cercanía de la estrella de LME, pero aquello no sería suficiente para sustituir a sus dos amigas. Por supuesto, existía cierta complicidad innegable entre los miembros del mismo sexo y había confidencias femeninas a las que probablemente Tsuruga Ren no podría enfrentarse. Kyoko necesitaba tan desesperadamente una compañera con la que desahogarse como un vaso de agua en el día más caluroso.
«Está bien, Kyoko, sólo tranquilízate. Takarada-san sólo intentaba asustarte para que no te tomaras las cosas demasiado en serio —se dijo a sí misma con persuasión—. Lo único que tienes que hacer es quedarte aquí, esperar a que pase el tiempo y luego regresar a Tokyo fingiendo que el descanso era justo lo que necesitabas.»
Los golpes en la puerta se reanudaron, y medio minuto después, Kyoko percibió la presión de unas pisadas aplastando el cómodo suelo de madera en dirección a su habitación.
No estaba segura de si había sido producto de su imaginación o causa de su despiste, pero cuando volvió a abrir los ojos a la penetrante luz que se filtraba entre las persianas de perlas y conchas, tenía un hermoso rostro absolutamente desconocido justo delante.
—¡Hola!
Kyoko profirió un grito estruendoso antes de rodar por la cama y golpearse la nuca contra la esterilla del suelo. La chica frente a ella sacudió la cabeza sin dar crédito y Kyoko se aferró la mano al pecho, donde el corazón le latía tan deprisa que pensó que tendría que correr tras él para recuperarlo.
—¿Qu-qui... quién es usted y qué hace aquí? —barbotó asustada.
—Buena pregunta. Tenías que haber empezado por ahí.
La desconocida tenía una sonrisa tan enérgica como los asombrosos músculos que acolchaban su perfecto cuerpo de un color aceitunado. El sol arrancaba de su larga melena cobriza mil destellos platinados y la llevaba sujeta a una estirada cola alta que descendía hasta sus redondísimas caderas como una cascada. La miró con unos penetrantes y fríos ojos azules que compaginaban con los tonos chillones de su ceñida ropa deportiva.
—Me llamo Kanya y a partir de hoy y hasta el fin de tu correcto adiestramiento seré tu entrenadora personal —le aclaró muy resuelta.
—Mi adiestra... mi adiestra ¿qué? No, no, verá, creo que debe haberse confundido de habitación. Yo no soy...
—¿Mogami Kyoko, la chica de la risa tonta, nacida el veinticinco de diciembre, procedente de Kyoto, en Japón, actualmente matriculada en una escuela superior de Tokyo y con un contrato bastante cuestionable en Lory's Majestic Entertainment...? —La chica apartó la vista del pergamino que sostenía con mucha rudeza. Luego volvió a enrollarlo y a guardárselo en su generoso escote—. ¿Ésa eres tú?
Su maldita risita nerviosa la delató en el último momento antes de que ella pudiera controlarla.
—¡Mogami Kyoko, ya estás tardando en ponerte esto!
La robusta muchacha le arrojó con fuerza sobre la cara un manojo de ropas elásticas y después posó sus manos en la cintura mientras daba un vistazo reprobable a la lujosa habitación.
—Norma número uno; todo el mundo tiene que ganarse los privilegios. Así pues, confinaré tus objetos personales —esbozó alto y firme. Kyoko seguía mirándola con una extraña sensación de alucinamiento—. Norma número dos; no me llames de usted. No soy tu madre pero tampoco soy tu amiga. Soy la general de un ejército deplorable que actualmente sólo conformas tú.
—¡Kanya-san, yo realmente creo que algo no...!
—Norma número tres —prosiguió como si sus orejas perforados por joyas no filtraran su débil voz. Acto seguido rebuscó con cierto desdén en su maleta aún abierta sobre un rincón del suelo—. Si contradices alguna de mis indicaciones, te penalizo. Si cuestionas mis métodos, te penalizo. Si no cumples con mis expectativas, te penalizo. Si incumples mis normas o cualquiera de las concernientes en al Programa de Entrenamiento Intensivo al que estás inscrita, te penalizo. —Enseguida volvió a apoyarse las manos en la cintura y se volvió hacia ella—. Y si con todo, te penalizo, entonces desearás no haber nacido nunca, te lo aseguro.
Kyoko la miró con los ojos desencajados de sus órbitas. Había enmudecido ante su frialdad. Sin duda, era una ingenua al haber dudado siquiera. Como cabía esperar, la buena cortesía de Takarada Lory nunca era gratuita y siempre existían unas segundas intenciones no tan decorosas detrás de sus elaborados planes. Aquel viaje era un regalo envenenado.
—Bien, suficiente —declaró apenas se cambió de ropa—. Vamos a dar un rápido paseo por toda Hitode para que te familiarices con ella.
—¿En... en serio? —preguntó desconfiada. Bueno, eso no estaba tan mal. Apenas había tenido tiempo para inspeccionar el paraje después de su llegada y estaba ansiosa por perderse entre las playas de las que le habían hablado. La enorme sonrisa que recibió de Kanya fue como un merecido latigazo a su ingenuidad.
—Por supuesto. Tienes dos horas y media antes de rodearla por completo o no llegarás a tiempo para la cena. Preparada, lista...
—¿Cómo...? No, espera, ¿cómo se supone que voy a...?
—¡Ya! —rugió con fuerza—. ¡Vamos, vamos, vamos, Mogami Kyoko! ¡Mueve tu redondo trasero o no darás bocado mientras estés aquí!
La actriz se incorporó de un salto. Las únicas opciones posibles parecían morir o sobrevivir y, desgraciadamente, creía saber cuál acabaría ganando.
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Jamás había sudado tanto en toda su vida. El fuerte sol del atardecer la había deshidratado hasta creer que se disolvería por entero y Kanya sólo había consentido en ofrecerle un trago de agua cada vez que había concluido un tramo de quince kilómetros exactos.
Aquella mujer era una bruja sin piedad. Una enviada del Caos. El instrumento perfecto de Takarada Lory para enderezarla.
«Quiere matarme... Sin ninguna duda, el Presidente quiere deshacerse de mí sin dejar rastro...»
Tenía las rodillas magulladas por las contantes caídas y le dolían las articulaciones como si la electricidad corriera a través de ellas. Aunque, la verdad es que hacía una larga hora que había dejado de sentirlas.
Cuando su vista había alcanzado por fin el enorme edificio que suponía su meta, Kyoko había caído de rodillas al suelo presa de una aplastante oleada de debilidad. Estaba agotada y hambrienta, podía oler desde allí los aromas del banquete magistral del que sería privada por su incompetencia —tal y como Kanya le había prometido— y sólo la idea de no ver derribado todo su orgullo en su primer día en el Programa le concedía el coraje suficiente para seguir arrastrándose por el suelo como una insignificante babosa. Al pie de la letra.
La garganta le ardía de dolor y el sudor empañaba su vista, pero de alguna forma consiguió plantarse ante la hilera de peldaños que ahora le parecía la Pirámide de Giza en todo su magnificencia. Justo cuando llegó al último escalón y hundió el rostro en el suelo tras un suspiro exhausto, notó la ligera frescura de una sombra extendiéndose sobre ella.
—¿Te lo estás pasando bien?
Ni siquiera pudo mirarle a los ojos. Kyoko alzó una mano para hacerle saber a Tsuruga Ren que seguía con vida, aunque no estaba segura de por cuánto tiempo.
El joven emitió una particular risita y la ayudó a darse la vuelta hasta que quedó expuesta hacia el cielo, como una indefensa y ridícula tortuga que moviera sus patitas cuando está de espaldas contra su caparazón. Entonces, le vio, aunque del revés. Tenía el pelo ligeramente desordenado y una cinta atravesándole la frente, la camiseta blanca le quedaba adherida al pecho por el sobreesfuerzo físico que también debía haber realizado, pero a diferencia de ella, estaba resplandeciente como una rosa. Incluso después de una larga sesión de ejercicio, el rostro de Tsuruga Ren era lo más hermoso que podía haber visto en todo el día, y eso hacía resentir su autoestima.
«Dios podría haber echado en mi cazuela un poco de los ingredientes de Tsuruga-san, en vez de volcar todo el tarro en él. No le costaba nada...»
Aún seguía observándole con el pecho subiéndole y bajándole bruscamente cuando se percató de la chispeante y suculenta uva que él se llevaba a la boca. La henchida fruta estalló hasta humedecerle los labios con un brillo especialmente atractivo, y entonces, estuvo segura de que perdería el conocimiento.
La garganta le quemaba demasiado por los angustiosos jadeos como para articular una palabra de socorro, pero hizo acopio de su fuerza para elevar una mano temblorosa. Suplicante.
—¿Quieres una...? —preguntó él casi divertido. Por un momento, le acercó el gajo de uvas tanto que creyó que le permitiría atrapar una con los dientes, pero para su desgracia, apartó las preciosas perlas moradas antes de que pudiera olfatearlas. El chico se llevó despreocupado otra uva a la boca antes de decir—: Mogami-san, sabes perfectamente que me encantaría ayudarte, te lo prometo. Pero tu entrenadora nos está observando desde la ventana del restaurante —dijo mirando distraído hacia el lugar— y lo cierto es que tiene un aspecto que me inspira bastante respeto. Si quieres un consejo; no deberías desafiarla.
«No, Tsuruga-san... ¿Usted también? No, por favor...»
Kyoko esbozó un audible gruñido de molestia y dejó caer nuevamente su mano, derrotada. Cerró los ojos por unos instantes y se preguntó si le quedarían las fuerzas necesarias para arrojarse por el acantilado más próximo.
—Vamos, Mogami-san, tú eres fuerte —le dijo en un tono de voz cercano que le hizo creer que había dejado de burlarse de ella. Abrió los ojos para volver a verle—. Todos lo hicimos alguna vez y, si tuviera que elegir quién llegaría hasta el final sin problemas, yo apostaría por ti. Tú puedes con más que esto.
La hizo sentir conmovida, aunque sabía que no hablaba en serio. Pese a todo, si su mentor era capaz de esbozar tales palabras en alto como parte de su cortesía innata, ella no podía dejarle en evidencia no estando a la altura. Estaba a punto de darle las gracias con su último aliento cuando él ladeó la cabeza con una peculiar sonrisa que Kyoko no supo cómo categorizar. Mordió la última uva que quedaba en su pequeño racimo y se pasó el pulgar por una de las comisuras en un movimiento tan insoportablemente lento que ella se sintió hipnotizada.
—Te veo después, ¿verdad? —se despidió, y enseguida bajó la mano y paseó la yema humedecida por sus resecos labios.
El corazón de Mogami dejó de latir por unos segundos para descarrilarse inmediatamente después.
El tacto suave de Tsuruga Ren sobre sus labios había despertado en ellos un millón de terminaciones nerviosas, y el ligero sabor de la fruta que había impregnado su dedo sensibilizó sus papilas gustativas igual que si se tratase de un bálsamo milagroso. Le habría arrancado el dedo de cuajo si no lo hubiese retirado en el último instante.
Antes de que pudiera sentirse demasiado ridícula por su reacción, él se había marchado. Le tomó un buen rato volver a sentir que podía incorporarse sin volver a caer de nuevo al suelo. Cuando se dio media vuelta, una cara de muy pocos amigos la miraba con los brazos fuertemente cruzados.
—Llegas insultantemente tarde... —musitó la estricta Kanya.
La joven suspiró.
Kyoko no sabía cuál de esos dos cavaría su tumba antes.
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"Diviértete si puedes, querido Ren. Nunca debes perder de vista los objetivos más serios de esta iniciativa. Pero, sobre todo, no olvides poner tu corazón."
Las palabras de Takarada Lory le pululaban por la mente como la manía más absurda de un desquiciado.
A decir verdad, no había nada sospechoso en ellas a simple vista. El hombre se había despedido de alguien a quien había tratado como a un hijo como cualquier padre haría antes de que éste se aventurara a unas largas —y forzadas, por otra parte— vacaciones en el quinto pino del mundo. Sin embargo, no había usado ese tono conciliador ni ese exagerado fervor usual en él, sino esa precisa y tenebrosa entonación que le había hecho detenerse frente a la puerta antes de poder abandonar su despacho.
Y al girarse despacio, estaba allí. Esa sonrisa perversa. Esa burla disfrazada en esos ojos tan sabios que le ponía los vellos de punta. Ren llevaba demasiado tiempo siendo objeto de los tejemanejes de aquel hombre como para no saber cuando tramaba algo. Algo que debía preocuparle.
Cansado de pensar en ello, se sentó sobre la confortable hamaca de bambú y miró el cielo estrellado de Hitode. No había nadie a su alrededor. Ni siquiera en el lejano pub que un rato antes habría estado tan concurrido. A él también le habría gustado disfrutar de unas pocas horas de sol después de un vuelo tan largo, pero le dolía la mano lo suficiente como para no arriesgarse a firmar un autógrafo más en lo que quedaba de día.
"Diviértete si puedes, querido Ren. Pero, sobre todo, no olvides poner tu corazón", volvió a repasar sobre su cabeza.
No era la primera, la segunda ni la tercera vez que Lory le obligaba a embarcarse rumbo a esa isla de ensueño, pero tampoco era tan estúpido como para ignorar que algo era diferente en esta ocasión. De lo contrario, tal vez habría desistido de seguir llevándole allí.
Los motivos por los que siempre había acatado sus órdenes a regañadientes se basaban en cuestiones de peso. Necesitaba proteger su salud, reponer las energías que perdía durante todo el año viajando de un lugar a otro y exponiéndose a las duras jornadas de trabajo que los estándares japoneses demandaban a un personaje público de su calibre. Debía distraer su mente y ocuparla en otras cosas. Algo considerablemente difícil desde que Mogami Kyoko se adueñara desde hace unos meses de todos sus pensamientos.
Él sabía mejor que nadie que esa tozuda chica, tan obstinada y obsesionada con su trabajo, cumplía los requisitos necesarios para ser ingresada en el Programa en Hitode del Presidente, pero pretender que sólo sus características habían bastado para trasladarla allí y pasar por alto los esfuerzos que había hecho Lory para aproximarlos durante el último año, era un lujo que no podía darse. Puede que Kyoko no fuese del todo ajena a las segundas intenciones de Lory, pero sin duda, estaba muy desencaminada. Él, por el contrario, sabía bien que ambos formaban parte de la perfecta maquinación de amor que Lory se empeñaba en dirigir como si de un titiritero se tratase. Su locura había empezado imponiéndole su breve papel como su manager sustituta, avanzado entre sus posiciones como mentor y pupila y forzando lo absolutamente peligroso con sus roles como Cain y Setsuka Heel.
Aquello empezaba a ir demasiado lejos y Ren no estaba dispuesto a consentir que Takarada Lory lo manipulara a placer como a una marioneta. Tenía las capacidades suficientes para elegir por sí mismo y no iba a caer en su trampa sólo porque lo encerrara junto a ella en un lugar de donde no podía escaparse.
No, claro que no, aunque... un segundo después de reflexionar aquello necesitó frotarse el rostro para olvidar lo cerca que había estado de acariciarle el pelo a Kyoko cuando ésta bajó del avión y contempló la isla como si no hubiese sabido de la existencia del mar nunca antes; lo vulnerable que se había sentido cuando le rozó los labios con el dedo para que ella lamiera el resto del jugo de uvas y lo ansioso que había estado por cernirse sobre ella cuando se había sonrojado para recorrer con sus manos el cuerpo que ella sentía adolorido para que esta vez jadeara a su antojo.
Sí... Ren sabía que sería complicado resistirse al plan definitivo que el Presidente Lory había diseñado para él, pero ceder sin luchar no estaba en su repertorio de comportamientos válidos.
Incapaz de relejarse, se dispuso a regresar a su preciosa cabaña sobre la orilla del mar en el justo momento en el que la sonriente camarera depositó sobre la pequeña mesa que tenía a su lado una enorme copa de refresco.
—Disculpe, pero creo que tampoco he pedido esto... —se apresuró en decir. La chica le devolvió un gesto divertido, ya era la tercera vez que le llevaba algún manjar como invitación de alguna encantadora, y probablemente, nada desinteresada damisela y, creía haber acordado con ella rechazar el ofrecimiento de la forma más cortés que pudiera—. Creía que teníamos un trato —le recordó sonriente.
—Así es, señor Tsuruga. Me dijo que rehusara cualquier ofrecimiento por parte de cualquier dama por mucho que ésta insistiera en ello... —La sonrisa pícara que alargó en sus labios le hizo sentir un escalofrío—. Pero no me dijo nada acerca del interés por parte de un caballero.
La joven hizo un suave movimiento con la cabeza y él rodó la mirada hacia el lugar indicado. De una forma inminente sintió la sangre acudiendo con brusquedad al enorme agujero que aquella visión le había provocado en el pecho. Igual que si hubiese recibido un disparo certero.
—Dígale que es muy amable pero que no puedo aceptarlo. —Volvió a lanzarle al sujeto una mirada fugaz y regresó de inmediato a la chica—. Y dele las gracias. No. Mejor no le dé las gracias. Y a decir verdad, tampoco sería honesto honrarlo diciendo que es considerado, de modo que sólo...
—Señor Tsuruga, con todos mis respetos —interrumpió la camarera con gesto cansado—, no me pagan lo suficiente para hacer esto. ¿Por qué no se lo dice usted mismo? Parece simpático.
El actor volvió a mirar por encima de su hombro. En ese mismo instante, Fuwa Sho alargó su petulante sonrisa y movió aleatoriamente sus dedos a modo de saludo desde la lejana barra del bar desde donde le observaba insoportablemente entretenido. Ren volvió a darle la espalda.
—¿Sabes? Has dejado de ser mi camarera favorita —le dijo haciendo reír a la chica. Se llevó la media rodaja de naranja que había sobre el refresco a los labios y le murmuró con una sonrisa—: Al menos, acábatelo por mí.
La joven intercambió con él una última mirada burlona antes de retirarse y Tsuruga Ren se incorporó de su asiento con todo el autocontrol del que se creía capaz. No iba a dejarle saber a ese malnacido que su presencia allí había terminado de desmoronar sus previsiones sobre la tranquilidad. Le dedicó al cantante japonés un ademán desganado y éste le devolvió la misma mirada retadora.
No, qué va. Si el mundo del espectáculo no era lo bastante grande para que ambos coexistiesen en paz, la isla Hitode tampoco lo sería.
Atravesó la galería apresuradamente, esquivando con brusquedad a cualquiera que se cruzara en su camino como si inconcebiblemente se sintiera nervioso lejos de alguna mesa donde resguardarse. Podía esforzarse en aparentar que podía adaptarse a las nuevas circunstancias de su estancia allí, pero había pensado tanto en Fuwa Sho durante las últimas horas, en los retorcidos planes que podría poner en marcha y en cómo su presencia podría afectar a Mogami Kyoko durante su periodo tan delicado de entrenamiento, que lo cierto es que ya no pudo pensar en otra cosa.
Cómo si no tuviera suficiente con soportar los caprichos de Takarada Lory, ahora debería fingir también no tener la tentación de pulverizar hasta el último átomo de ese chico, como si fuera algo tan fácil.
Ren podía estar dispuesto a firmar una tregua, pero, con su desafiante mirada, había sabido en el acto que Shotaro le había tirado ese acuerdo a la cara. Ese muchacho había venido para dar guerra, y al parecer, nada ni nadie podría refrenarlo.
No obstante, tampoco era su intención precipitarse. Puede que el desencuentro fuera inminente, pero si alguien debía desencadenarlo en primer lugar, sin duda, no sería él.
Trató de mantener la compostura en lo que a todas luces era un comportamiento anormal en él. Tsuruga Ren había perdido la cuenta de los despistes domésticos que había ocasionado en la lujosa cabaña en la que se alojaba —desde dejar prendida una vela que casi incendia media habitación o inundar su cuarto de baño cuando pretendía llenar la bañera—, pero no quería preocupar a los demás con sus nefastos presentimientos. Aunque, ni siquiera había sido capaz de simular normalidad frente a su agente, incluso cuando éste acababa de llegar a la isla con un cargamento considerable de chismorreos y sólo tuviera que limitarse a escucharle atentamente.
Yashiro Yukihito le había pasado la mano por las narices en una docena de ocasiones sin que él hubiese podido regresar del mundo interno en donde habitaba.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó por enésima vez, depositando sobre la mesa una limonada y obligándolo a dejar de sujetarse la sien mientras miraba a su alrededor, donde la gente se agolpaba y se movía eufórica, sin saber exactamente qué buscaba encontrar.
—Perfectamente.
—Oh, perfectamente... —repitió el agente, en ese mismo tono desanimado—. Menos mal. Con esa cara de desolación pensaba que realmente te habías dado cuenta de que estás aquí, perdiendo el tiempo en una fiesta que no te interesa nada mientras Mogami Kyoko se aburre como una ostra en algún rincón de todo este montón de arena...
—No he venido a divertirme...
—De hecho, el punto principal de este Programa se basa precisamente en eso. Si el Presidente vuelve a obligarte a estar aquí es porque aún no te ha quedado claro.
Yashiro le sonrió mientras sorbía alegremente por la pajita de su refresco, sólo que esta vez se trataba de una sonrisa mucho más burlona. Ren se dejó caer sobre el respaldo y se cruzó de brazos mientras le miraba a los ojos de una forma muy significativa.
—Oh, vamos... Yo ya sé que esto se trata de una encerrona de Takarada, pero no puedes hacer nada por remediarlo y —dijo con una particular entonación— puesto que tú no estás demasiado desinteresado en estrechar los lazos con tu pupila, no entiendo por qué deberías desaprovechar esta estupenda oportunidad que tal vez no vuelvas a tener en adelante. ¿Es sólo por orgullo, Ren?
—Sólo en una aplastante proporción —se mofó. Su manager le hizo un gesto desdeñoso con la mano y él volvió a apoyar los antebrazos sobre el borde de la mesa para demandar un poco más de intimidad—. ¿De verdad que no te das cuenta? —El hombre se encogió de hombros antes de que él suspirara—. Yashiro, sabes mejor que nadie que admiro profundamente a Takarada Lory, pero no siempre estoy de acuerdo con sus métodos. Nadie puede cuestionar que al final siempre consigue alcanzar lo que se propone, pero yo no soy como él. No puedo dejar de pensar en la idea de que si me presto a seguirle el juego en este lugar, es como si yo mismo estuviera... Ya me entiendes.
—¿Manipulando también a esa chica? —Le dio la razón apenas componiendo un breve gesto y Yukihito resopló con ganas antes de volver a llevarse la pajita a la boca—. Pero qué idiota eres... Un idiota con principios, sí, pero idiota igualmente.
La conversación no se prolongó mucho más. Yashiro podía ser desesperante en su empeño, pero sabía perfectamente cuando debía detenerse; y todo lo concerniente a Kyoko había sido siempre para el agente un asunto delicado. Enseguida, le habló del mal tiempo previsto en Tokyo para los próximos días y de lo enfadada que había estado Takarada Maria al verse privada de esas cálidas y risueñas playas de Hitode en compañía de su hermana postiza y su primer amor; del nuevo escándalo que Kijima Hidehito había protagonizado al ser descubierto su encuentro amoroso con una presentadora de moda mientras mantenía supuestamente una relación formal con la sobrina del Primer Ministro; y de lo mucho que le costaría deshacerse de su agobiante rutina como agente ahora que no tenía grandes asuntos de los que ocuparse.
Ren estaba a punto de disculparse con él para retirarse, le dolía la cabeza por el sonido tan alto de la música y el aroma sofocante de la sensualidad que se esparcía a su alrededor como el calor del verano, pero notó una calidez inesperada en el hombro. Se volteó tan rápido para descubrir a Mogami Kyoko que se sintió mareado.
Ante su mirada, ella curvó los labios.
El descanso le había sentado bien. Aún parecía un poco incómoda en sus movimientos, pero ya no había rastro del abatimiento en su rostro. Tenía el cabello sujeto en una sencilla diadema y vestía probablemente el primer conjunto de pantalones que había encontrado en su equipaje. No era fácil deducir que la gracia de su elegancia en las presentaciones de la empresa se debía a la buena mano de un estilista, aunque la fiesta tampoco parecía algo más que una excusa para hacer trasnochar a los huéspedes, por lo que tampoco tenía importancia.
Ajena a la invitación con la que le había obsequiado deslizándose a un lado, Kyoko tomó asiento al lado del agente mientras le tomaba las manos afectuosa y la invadía una radiante sonrisa de alegría.
—¡No tenía ni idea de que usted estaría aquí! —dijo entusiasmada—. De haberlo sabido habríamos podido coordinarnos para viajar todos juntos en el mismo vuelo.
—No podía ser. Tenía que encargarme de un par de contratos antes de embarcarme y no estaba seguro del tiempo que me tomaría.
—Pero, no lo entiendo... Pensé que Tsuruga-san debía descansar de sus compromisos... —Inmediatamente, le buscó con la mirada como si fuera él quien debía dar respuesta a eso.
—Me ofendes, querida. ¿Acaso no me ves capacitado para formar parte de este maravilloso elenco de trabajadores compulsivos sin vida propia? —La chica abrió mucho los ojos antes de romper en risas con Yukihito al darle efectivamente la razón. No quería prestar atención a ello, pero ahora que Yashiro sería una presencia constante entre los dos, ella parecía mucho más aliviada—. ¿Cómo te ha ido en tu primer día...?
—¡Ha sido horrible! —afirmó sin contenerse—. El lugar es precioso. Precioso de verdad. Creo que nunca he visto un paisaje más admirable, pero la entrenadora que me ha sido asignada... —De pronto, miró a su alrededor como si temiera realmente que la mujer se plantara ante ella en un revuelo de humo y risas demoníacas—, ¡es un monstruo! No me lo explico, pero me odia. Justo hoy... —continuó hablando, mientras Ren perdía la concentración desviando la cabeza.
No estaba seguro de por qué lo había hecho, sólo lo hizo. Y, para entonces, lo que tanto temía encontrar ya tomaba forma delante de él.
Inmediatamente tuvo la impresión de que el resto de huéspedes se había marchado, de que los altavoces habían dejado de hacer vibrar el suelo con sus estrepitosos sonidos y de que sólo podía sentir su propia respiración: nerviosa.
No pudo apartarle los ojos de encima, ni a él ni a la guapa muchacha que le apretaba posesivamente el brazo mientras le comentaba algo muy gracioso a su amiga.
Sabía que eso pasaría. Sabía lo que Fuwa Sho se había propuesto desde el principio.
Ren titubeó un instante, pero comprendió enseguida que debía alejar a Mogami Kyoko del espectáculo. Se obligó a apartar la mirada de aquel muchacho y se incorporó del asiento previamente a que pudiera percatarse de que la conversación entre ella y su agente había finalizado, y de que ambos miraban con expresiones muy distintas al mismo punto.
La chica suspiró después de un largo rato, giró el cuello para mirarle a los ojos y luego agachó la cabeza como si se sintiera avergonzada. Ren no podía concebir cómo ese simple gesto podía afectarle tanto. Evidentemente, ella ya sabía que Sho se encontraba en la isla.
—Lo siento mucho... —dijo Kyoko con voz queda. Por un momento pensó en hacerse el distraído, pensó en ignorar siquiera que prestaba atención a la existencia del hombre que aún seguía provocando tanto dolor en ella, pero en lugar de eso, la miró de manera inquisidora.
—¿Por qué?
Ella le observó como si no entendiera la pregunta. Luego se encogió de hombros y volvió a agachar la cabeza.
—No lo sé. Se supone que todo en este lugar debería ser perfecto. Yo no podía saber que él estaría aquí...
—No, no podías —le interrumpió y ella volvió a alzar la barbilla—. Entonces, ¿por qué te disculpas? No puedes pretender asumir siempre la responsabilidad por los actos de ese chico —continuó, y se sorprendió a sí mismo de sonar mucho más frío de lo que esperaba—. Además, Fuwa Sho no es mi problema, Mogami-san. Y harías bien en considerar que hace bastante tiempo que debería haber dejado de ser el tuyo.
Quería no parecer todo lo enfadado que en realidad estaba, pero no podía corregir la gélida mirada que taladraba sobre ella, quien ahora parecía desubicada.
No lo soportaba. Lo cierto es que no podía.
Hacía un año que Kyoko había jurado una venganza a sangre fría contra ese hombre que la había destrozado por dentro, y sin embargo, sus sentimientos no habían cambiado desde entonces.
Seguía justificándose por él como si fuese el desgastado escudo que él podía seguir utilizando para defenderse y continuaba sintiéndose afectada cuando era otra chica la que obtenía su total atención. Ren suponía que si sus resentidos sentimientos aún podía retorcerse sólo por eso resultaba precisamente porque Kyoko no le había desterrado de su corazón tanto como afirmaba.
Y... debía reconocer que la mera idea le asqueaba.
Estaba seguro de que si continuaba apretando el vaso de su refresco con tanta fuerza acabaría haciéndolo pedazos. Kyoko balbuceó alguna frase que finalmente no consiguió arrancar de su boca y Yashiro rió forzosamente como si fuese el único capaz de quitarle hierro al asunto.
—¡Ups! ¡Esto se acaba sin que te des cuenta! Kyoko-chan, ¿por qué no vamos a pedir otra ronda...? —anunció zarandeando su copa vacía.
—Claro —le sonrió con timidez. Sin embargo, volvió a dirigir su atención a su mentor antes de tener la intención de incorporarse. Estaba segura de que si se marchaba ahora él no estaría allí para cuando regresaran—. Yo... no estoy segura de por qué permito que esto me afecte. Me gustaría que no me molestara, pero lo hace. Y, sé que no tiene que ver con él ni con lo que haga o deje de hacer. Es sólo por mí.
Fue en ese justo momento cuando Ren comprendió la dimensión del error que había cometido. Se había sentido celoso cuando ella sólo se reprochaba a sí misma. No debía, nadie tenía por qué juzgar a alguien que emitía tanto dolor apenas con un simple recuerdo.
Kyoko miró con gesto ceñudo los dedos que se retorcía sobre la mesa como si deseara arrancárselos.
—Es simplemente que me gustaría saber por qué. ¿Por qué? A mí nunca me trató así. Jamás fue... atento ni cariñoso conmigo de esa forma como si mi compañía le agradara. ¿Por qué cualquier chica es buena para él menos yo misma? ¿Por qué yo no merecía sus besos ni sus abrazos? —musitó en un tono mucho más enojado, como si hubiese dejado de estar allí y hablara a solas con sí misma—. Me encantaría poder seguir mirándole a los ojos y gritarle que todo ha sido culpa de su estupidez. Pero... —Kyoko volvió a buscar a su ex-amigo en la distancia—, cuando le veo comportarse así de cercano con el resto de chicas, no puedo evitar pensar que tal vez fui yo la que estropeó lo que fuera que teníamos antes.
Ella se mordió los labios, pero, al parecer, no lograba contener del todo el suspiro del corazón que ansiaba sangrar desde sus ojos. Aquella chica que siempre le había parecido tan fuerte, tan valiente, parecía poder desmoronarse con el siguiente soplo de aire.
Cuando parecía que ella sería incapaz de apartar los ojos de aquella dolorosa imagen, volvió a dirigir su mirada hacia las manos que aún entrelazaba sobre la mesa, y él comprendió un instante después que lo había hecho porque las suyas las habían cubierto inesperadamente..
—No te tortures, Mogami-san. —Ella estaba temblando. Tenía la piel helada. Había tratado de tranquilizarla al recuperar su afable tono habitual, pero confesar aquello había supuesto para ella mucho más de lo que parecía. Entonces, le sonrió levemente, como cuando hablaba de algo muy descabellado—. No hay nada malo en ti. Probablemente sea porque te respeta que Fuwa Sho siempre ha tenido contigo un tratamiento especial. ¿Nunca lo habías pensado? —le preguntó, y ella hizo un leve gesto no muy convencida—. ¿Piensas que alguna de esas chicas ha dejado mella en él? ¿Crees siquiera que es razonable compararte con ninguna de ellas? No, por supuesto. Si pretendes darle a una situación tan comprometida como ésa la misma importancia que una chica considerada haría, entonces es que aún no sabes absolutamente nada acerca de los hombres. Para algunos, las compañías... sólo son una distracción, una forma de pasar el tiempo. Mogami-san es mucho más importante que todo eso, y por ello, ese chico aún no puede olvidarte.
Kyoko le observó con una clara contrariedad en los ojos. Y entonces, le devolvió la misma suave sonrisa que a él le adornaba los labios. Su tristeza había desaparecido de su rostro para dar paso a un placentero alivio, casi visible en pinceladas de felicidad.
—Gracias, Tsuruga-san —murmuró antes de soltar sus manos—. Nunca me había parado a pensarlo de esa forma. Yo sólo creía que... —La chica sacudió la cabeza—. Iré yo por las bebidas.
Ren la volteó a ver mientras se alejaba entra la multitud con un aire absolutamente renovado. No fue hasta apreciar la forzada tos a su lado que rodó la mirada hacia su agente. Casi había olvidado que seguía estando allí.
—Bueno, parece que todo ha acabado bien pesé a que has estado a punto de pagar tu enojo con ella... —habló Yashiro, fingiendo hojear la carta de postres—. Sólo una cosa más. —Y le miró directamente a los ojos—. Aclárame si lo que acabas de hacer es lanzar a Kyoko a los brazos de ese chico, porque... increíblemente, se le ha parecido mucho.
Ren se acarició con los dedos el puente de la nariz y resopló con pesadez.
Sí, si hubiese tenido un revolver a mano el mismo se habría pegado el tiro.
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—Tú eres tonta, ¿no?
—¡No es por eso! —le gritó fuertemente—. Sé que lo que él hizo no tiene nombre, pero no es tan sencillo odiar a alguien a quien aprendiste a amar antes de a usar los cubiertos...
Kanae Kotonomi intercambió una mirada incomprensible con Amamiya Chiori antes de encogerse de hombros.
—Aún así, no puedes perdonarle —sentenció muy convencida—. Es injusto que él pueda seguir adelante como si nada hubiese pasado mientras a ti te carcomen los resentimientos cada vez que...
—¡A mí no me carcome nada! —la cortó furiosa. Aunque lo que verdaderamente le había molestado era la sola mención de que su ex-amigo pudiera olvidarse tan fácilmente de ella, como en el fondo sabía que había hecho—. Shotaro ya no puede hacerme daño. Si le fastidio es simplemente... es simplemente porque... ¡porque me aburro mucho!
—De igual manera, debes de tomártelo más en serio —intervino Chiori—. Si lo visualizas únicamente como un entretenimiento, corres el riesgo de perder el interés. Dejar escapar indemne a ese bastardo afeminado sería imperdonable. Yo en tu lugar ya habría usado este simple abrecartas para rebanarle lentamente sus preciados y masculinos...
—¡Ya, vale! Creo que te he entendido... —añadió Kyoko. Después de unos largos segundos en silencio, Kotonami atravesó el mediocre departamento de la chicas de rosa y se arrodilló frente a ella para apretarle las manos como si pretendiera proporcionarle parte de su coraje. A pesar de su rudeza, Kanae tenía unas manos muy cálidas y suaves.
—Escúchame bien, Kyoko. Ninguna de nosotras pretende atormentarte, pero es evidente que ese chico te usó como a una servilleta y ninguna chica se merece ser tratada de ese modo sin disponer de una revancha. —La chica sonrió con confianza y una pizca de malicia—. Créeme, tu corazón se sanará en el mismo instante en el que culmines tu venganza. Ése es el único remedio para tu dolor.
Tamborileó con los dedos sobre la barra mientras esperaba impaciente a que el simpático camarero le sirviera las bebidas que él mismo le había recomendado.
Era curioso que le dolieran las mejillas justo cuando un instante antes se había sentido tan miserable, pero le era imposible no dedicarle una resplandeciente sonrisa a todo el mundo aunque aquello la hiciera parecer una idiota.
"Mogami-san es mucho más importante que todo eso, y por ello, ese chico aún no puede olvidarte."
Pese a que sus deseos de venganza eran sinceros, Kyoko siempre había carecido de la suficiente determinación; una que se atestaba de huecos insalvables que siempre recalcaban que probablemente ella había sido parte del problema que había destruido su relación con Shotaro desde el principio.
No se había parado a meditar que sólo una difusa línea dividía el amor del odio, y que, con la misma intensidad con la que sabía que Shotaro la odiaba ahora, alguna vez, quizá no hace tanto tiempo, debía haberla amado.
El enfoque de Tsuruga Ren distaba en proporciones exorbitantes del que siempre habían propuesto sus mejores amigas, y aunque ninguna cambiaba en gran medida la desfachatez con la que Shotaro se había comportado con ella, existía una pequeña matización; y es que, por una vez, Kyoko había meditado la idea de que a Shotaro aún le importaba.
"Ese chico aún no puede olvidarte", recordó como si saboreara un manjar exquisito.
Era lo que había deseado oír siempre, el aliciente que necesitaba para no rendirse. Después de todo, no tenía sentido luchar contra alguien que consideraría el campo de batalla como una molestia pasajera, y al fin y al cabo, asumir una cruzada contra un enemigo al que le eras prescindible sonaba tan patético como enfrentar a un molino de viento por el mero reconocimiento del orgullo herido.
Y no, claro que no. Ella quería conseguir mucho más que eso.
Tenía que demostrarle al mundo que ella era mucho mejor que el imbécil que la había menospreciado. Debía hacerle saborear a él las cenizas de la devoción vuelta indiferencia. Quería conseguir que llorara su perdida, que ansiara su vuelta. Kyoko quería... quería... que la amara. Que la necesitara más de lo que anhelaba el aire para sus pulmones. Y ahora que sabía el poder que podía ejercer sobre Shotaro, no era tan descabellado presuponer que lo conseguiría con el ahínco necesario.
La ambiciosa estratagema continuó abriéndose paso entre sus pensamientos, arrancando de raíz un par de brotes de fragilidad que la habían hecho sentirse insegura durante el último tiempo, cuando notó el empujón. Había estado tan concentrada en su tarea que el brusco movimiento la obligó a morderse la lengua y pronto el suculento regusto de la victoria anticipada fue reemplazado por el penetrante sabor metálico de su sangre.
Palabras despreocupadas estuvieron a punto de salir de su boca antes de cruzarse con la altiva mirada de Fuwa Shotaro y suponer que aquello no había sido un mero accidente.
—Princesa, siéntate un rato, me pareces que estás un poco mareada... —le oyó susurrarle a la extrovertida chica en el oído, antes de que ésta estallara en carcajadas sin ningún motivo aparente. Kyoko la vio tambalearse antes de sentarse por error en las faldas de otro joven, estallando nuevamente en risas y regresando finalmente con el resto de sus compañeras a una mesa lejana. Cuando apartó la mirada, mitad asqueada, mitad compasiva, él la miraba fijamente a la par que se sostenía la barbilla con la mano que apoyaba en la barra.
—¿Qué? —escupió con frialdad.
El muchacho de rubios cabellos la estudiaba intensamente y tuvo que reconocer que el hecho de que la observara de arriba a abajo como si se hubiese ganado toda su atención, la hacía sentirse nerviosa. Con la mejillas encendidas por el alcohol y esas ceñidas ropas de cuero que tendía a vestir, Kyoko tenía que admitir que Shotaro era todo lo atractivo que podía esperarse de un hombre.
Un segundo después el chico torció sus brillantes labios y ella adivinó que no era un pensamiento bueno lo que estaba calibrando.
—Incluso una vaca en llamas llamaría la atención mucho menos que tú. ¿Qué vienes, de una iglesia? —inquirió con saña. Ella le volteó la mirada fingiendo desinterés aunque pretendía que él no alcanzara a ver el rubor que habían provocado sus palabras.
—No tengo la necesidad de ir exponiéndome por ahí como una pieza de ganado al que alguien deba dar el visto bueno —masculló, aunque luego se sintió arrepentida por si había sonado como una alusión demasiado descarada hacia su nueva amiga.
—No, la verdad —coincidió él. Entonces se dio la vuelta para apoyar los codos en la barra del bar y así poder seguir observándola con más comodidad—. De todos modos no creo que nadie quisiera hincarte el diente.
En ese instante, agradeció la tardanza del camarero, porque si hubiese tenido delante el par de copas no estaba segura de si habría podido contener la tentación de estrellarle una sobre la cabeza.
Realmente no, ella no podía perder los nervios de una forma tan sencilla. Demostrarle su ofensa sería otra forma más de hacerle saber que se sentía vulnerable ante él, que sus sentimientos por él aún la dominaban.
Sabía que en su estado no era lo bastante fuerte para enfrentarse a su adversario, por lo que planeó una retirada estratégica justo antes de que Shotaro la mandara al cuerno acariciándole un mechón de pelo.
—¿Q-qué estás...?
Como era de esperarse, lo miró sin comprender, tan rígida que se habría roto ante el menor forcejeo como una pieza de porcelana. A esas alturas Shotaro estaba mucho más cerca de lo que le había parecido antes, tan próximo que podía apreciar el gusto del alcohol en su boca o el aroma dulce del sudor con el que la pista de baile había hecho arder su cuerpo. Le apartó la diadema con cuidado y la arrojó a su espalda. Kyoko sintió su corazón agitarse mientras sus largos dedos le recolocaban el cabello, dándole ahora un aspecto mucho más descuidado, como si fuera lo más natural del mundo; como si no fuese ésa precisamente la primera vez que él se dignaba a ejecutar el más mínimo roce sobre ella.
Acto seguido, le desabrochó el primer botón de su camisa tan rápido que ni siquiera se dio cuenta. Kyoko no encontró los medios para huir de allí aunque él bufara con suficiencia, dando a entender que, pese a su improvisado arreglo, ella no hubiese mejorado lo bastante.
—Estás borracho —declaró entonces con un deje de reprobación.
—Puede ser... —Y se río de una forma demasiado encantadora para lo que a ella le habría gustado—. Aunque si te aburres en este condenado lugar tanto como yo, quizá podamos volver a la habitación juntos... —dijo, y extendió aún más su sonrisa, dejando claro que aquella pretensión suspendida en el aire no era un simple accidente.
Kyoko le miró estupefacta, tan espantada como cabía esperarse al darse cuenta de que él le hablaba completamente en serio.
«¿Y su divertida amiga? ¿Y su reciproco desprecio? ¿Esto es todo producto de unas copas?»
Afortunadamente tuvo el suficiente sentido común para comprender que Shotaro sólo pretendía disponer del último recurso que no había utilizado aún para destrozarla. Y era despreciable que hubiese optado por hacerlo.
—¡No voy a acostarme contigo! —La voz le salió notablemente aguda por la enorme vergüenza que la abrumaba y dio gracias a los dioses por que el camarero hubiese estado de vuelta para desenredar su mirada de la suya como de otra forma no habría podido haber hecho. Kyoko se atuvo a la magnifica escapatoria que tenía justo delante apenas él reparó en los dos vasos de licor. Él no lo esperaba—. Agradecería que me dejaras en paz, porque, por si no te habías dado cuenta, ya tengo la compañía necesaria.
Shotaro rió con ganas.
—¿De verdad...? —musitó sintiendo la misma desconfianza que ella misma al meditarlo—. ¿Y a quién debo darle el pésame? Oh, espera... seguro que hablas del resto del rebaño de LME. No sé cuántas veces tendré que repetirte que tu aburrida forma de ser sólo convierte en una obligación el tiempo que ellos deben malgastar en ocuparse de ti...
Kyoko le volteó a ver con el rostro desfigurado. No entendía por qué él se veía obligado a insultarla en cada oración sin disimular que su ácido sarcasmo era decididamente sincero.
Al parecer, no ceder a sus provocaciones iba a ser mucho más difícil de lo que se había imaginado.
Por eso, no le respondió. Su cuerpo giró sobre sus talones como si se tratase de una autómata preprogramada y un brillo particularmente malicioso se apoderó de sus ojos cuando distinguió la alta figura del único ser humano que conseguía acumular mayor odio en el corazón de Fuwa Sho incluso por encima de ella misma.
Poco tiempo después dejó con un golpe sonoro los dos vasos de refresco sobre la mesa sin apenas darse cuenta de que había derramado todo el contenido por el camino. Al ver su entrecejo fruncido, Tsuruga Ren dejó de sonreír por el avispado comentario que lo había mantenido distraído y, casi preocupado, se aproximó a ella para tomarla de un brazo.
—Mogami-san, ¿va todo bien...?
—Tsuruga-san... —anunció, con mucha más convicción de la que se veía capaz—, ¿puedo pedirle un favor?
—Claro, lo que sea... —Ahora parecía incluso más alarmado que antes.
"Lo que sea", volvió a repetir ella en su cabeza como si fuese el pistoletazo que necesitaba para precipitarse al vacío.
Entonces, dio una bocanada de aire, extendió las manos con rapidez hacia el rostro que tenía delante y alzó los talones hasta que sus labios tomaron con la guardia baja a los suyos en un arranque desenfrenado.
Oyó la copa de Yashiro hacerse añicos contra el suelo, pero, a partir de ahí, fue como si el resto del mundo hubiese contenido el aliento...
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Continuará.
¡Importante! Mis cálculos indican (por favor, que nadie le tenga demasiada fe a mis matemáticas) que en la próxima actualización ya no van a encontrar este fic en el rating T. ¿Avisadas? Bueno, pues gracias por leer. ¡Hasta pronto!
Shizenai
